Aclaración: Nada es mio, todo es de stuart Anne y Meyeer.. Mio solo el tiempo

kathesweet: Gracias por leer xD, a mi me paso igual que a ti cuando la empeze a leer y entre mas leia mas loca me volvia por la intriga jaja..!


Edward permaneció inmóvil mientras ella se le acercaba. A pesar de que superaba la edad en que muchas mujeres ya estarían casadas y con hijos, era sólo una muchacha, y tenía una inocencia que lo aterraba. Estaba dispuesta a lanzarse de cabeza al peligro sin pensárselo dos veces, y si fuera un hombre sensato, tendría que echar a correr para alejarse de ella cuanto antes.

Pero estaba tan loco como ella, y si el peligro iba a acercarse a él en una noche tranquila bajo la luz de la luna, pensaba mantenerse donde estaba y esperarlo.

Se suponía que no debía ser fácil, había sabido que sería muy duro. Siempre había sido un hombre de fuertes apetitos carnales, y había elegido la orden más estricta que había encontrado. No, no había optado por sumarse a los monjes orondos de la orden cisterciense, sino a la más rígida posible. Había optado por una vida de trabajo duro, continua penitencia, y condiciones espartanas.

En aquel entonces acababa de regresar de las Cruzadas, donde había soportado las peores condiciones imaginables. La penitencia que había asumido era merecida e inacabable, y el trabajo evitaba que enloqueciera.

Incluso había pasado alguna temporada en la corte del rey Juan, rodeado de mujeres hermosas para las que conseguir acostarse con un monje era un desafío. Eran el tipo de mujeres que había tomado en el pasado, y sin embargo no las había tocado. Había dejado que flirtearan con él, que le sonrieran y le posaran la mano en el brazo, pero se había mantenido firme e imperturbable. ¿Por qué iba a sentirse tentado de romper su férrea abstinencia por una muchacha de piernas largas y pelo rojo como el fuego?

Era irás fácil resistirse al pecado si uno lo evitaba por completo, pero él nunca tomaba el camino más fácil. Se merecía sufrir al estar cerca de lady Isabella, al pensar en su boca, en la inocencia de sus ojos, en lo que podía hacerle…

Estaba apoyado contra un árbol viendo cómo se acercaba, pero ante el cariz que estaban tomando sus pensamientos se levantó de golpe y estuvo a punto de huir. A lo mejor no podía resistirse a ella, a lo mejor le resultaba fácil mantenerse impasible ante las bellezas insípidas, pero no podía contenerse ante las inocentes. No, el problema era que jamás había conocido a una mujer que lo afectara como Isabella de Swan.

—Sois una idiota —le dijo con calma, cuando la tuvo a pocos metros de distancia.

Ella se detuvo y lo miró con obvia confusión. Su impresionante pelo se le había soltado, y ondeaba suavemente a su alrededor como un velo. Sintió un deseo avasallador de envolverse en aquel pelo largo y espléndido, pero se mantuvo inmóvil.

—¿Pasa algo, mi señor?

A pesar de que parecía tranquila, estaba sin aliento, de modo que estaba claro que sabía tan bien como él lo peligrosa que resultaba aquella visita nocturna.

—Id a dormir. No deberíais deambular sola por el bosque, hay animales salvajes… y hombres peligrosos.

No estaba acostumbrado a mirar a las mujeres directamente a los ojos, pero ella lo contempló sin pestañear, con una mirada límpida. Y no porque fuera lo bastante alta para hacerlo, sino porque era abierta y honesta. Y eso podía conducirla a un verdadero desastre.

—Que yo sepa, vos sois el único hombre peligroso que hay por aquí.

—Tal y como he dicho, sois una idiota. ¿Acaso queréis llegar a ser una mártir?, si os violo y os asesino no lo seréis, simplemente acabaríais enterrada y olvidada. Será mejor que encontréis otra forma de alcanzar la santidad.

—Vos no haríais tal cosa.

—¿Por qué no? —le preguntó él, irritado por lo segura que parecía.

—No soy el tipo de mujer por la que los hombres sienten pasiones peligrosas y violentas.

—Voy a decirlo de nuevo: sois una idiota. Y además sois lo bastante irritante para hacer que hasta el alma más caritativa tenga tendencias violentas.

—Al hermano Michael no le afecto así.

Edward alzó la vista hacia el cielo con exasperación. Le había pedido a Dios que lo pusiera a prueba y lo castigara, y el Creador parecía dispuesto a darle el gusto.

—¿Cuántos años tenéis, lady Isabella?

—Diecisiete.

—Entonces, ya deberíais saber que los hombres no son siempre lo que parecen.

—He estado rodeada de hombres durante toda mi vida. Me parecen seres muy simples y obvios, y se me da muy bien juzgar el carácter de las personas.

—¿En serio? Entonces, ¿por qué estáis sola bajo la luz de la luna, hablando con un hombre del que se dice que ha asesinado a varias mujeres? Eso parece indicar que carecéis de sensatez… a menos que creáis que la gente se equivoca, que en realidad soy una persona inofensiva y dulce, y que todas las historias que se cuentan sobre mí son puras patrañas.

Edward se dio cuenta de que acababa de cometer un grave error. Bella avanzó un paso, y él no pudo retroceder. Lo miró a los ojos con aquella mirada directa e intensa, sin saber que estaba jugando con fuego, y él no se molestó en parapetarse tras la máscara que solía usar para que nadie viera su tormento interno. Dejó que ella mirara todo lo que quisiera, que llegara hasta lo más profundo de su alma, para que se diera cuenta de la clase de monstruo con el que estaba. Finalmente, Bella sacudió la cabeza.

—Veo oscuridad… cosas terribles, un dolor horrible —parecía aturdida por lo que había descubierto, pero en vez de retroceder, posó una mano sobre su brazo de forma casi instintiva.

Edward contuvo un gemido, y le dijo con voz ronca:

—Echad a correr, mi señora. Manteneos apartada de los animales peligrosos, ya sean príncipes bastardos o monjes. Corréis peligro con ambos.

—¿Estáis alertándome en contra del hermano Michael?

Edward soltó una imprecación para sus adentros. Conocía a las mujeres lo suficiente para saber que, si le decía a Bella que se mantuviera alejada del supuesto monje, sólo conseguiría que se empeñara en acercarse a él aún más.

—Os estoy alertando en contra de todo el mundo.

—¿Creéis que el hermano Jasper es un hombre lascivo?

—No os preocupéis por él, es un hombre que mantiene sus votos por encima de todo.

—¿Y el hermano Michael no? También le he mirado a los ojos, mi señor, y sólo he visto bondad en ellos. Están limpios de culpa y de remordimientos. Es una persona con la conciencia tranquila.

—¿Pero lo es porque no ha cometido ningún pecado, o porque se niega a responsabilizarse de ellos? El mismísimo demonio sería incapaz de sentirse culpable de nada.

—¿Estáis comparando al hermano Michael con el demonio?

Edward tuvo ganas de zarandearla hasta hacerla entrar en razón. Le irritaba que fuera tan ciega como para no ver la locura del príncipe James. Quería decírselo, quería revelarle quién era y lo que era, lo que su santo hermano Michael le había hecho a la hija del barón Neville, las atrocidades que había cometido sin el más mínimo arrepentimiento.

Pero no podía decir ni una palabra, sólo podía mantenerla a salvo hasta que llegaran al convento.

—¿Qué queréis de mí, lady Isabella? —le preguntó con cansancio, mientras fijaba la mirada en la mano que ella aún tenía sobre su brazo. No llevaba ninguna joya, a pesar de que incluso la madre abadesa de Santa Ana lucía unos anillos enormes—. ¿Acaso deseáis saborear un poco de peligro antes de recluiros en el convento?, hay otros hombres aquí con los que no correríais tanto riesgo.

Aunque ninguno de ellos se atrevería a cercarse a ella, claro. Tanto los soldados como los monjes sabían quién estaba al mando a pesar de que no conocían su verdadera identidad, y nadie osaría cuestionar sus órdenes.

—El hermano Michael es uno de ellos, ¿no?

En ese momento, mientras la tenía tan cerca que podía oler el aroma floral de su pelo, él era mucho más peligroso para ella que un supuesto monje con escolta. Nadie los miraba. Ya la había besado en dos ocasiones… una en la frente, otra en los labios… y quería volver a hacerlo. Deseaba besarla por todo el cuerpo, en la boca, en los muslos, en los senos, en su mismo alma.

Colocó la mano sobre la suya, y la apartó de su brazo con aparente calma.

—¿Qué es lo que queréis, lady Isabella? —le dijo con tedio—. Supongo que habéis venido hasta aquí en medio de la noche por alguna razón, y dudo que haya sido para hablar del hermano Michael.

—Pues lo cierto es que sí que quiero hablar de él. No entiendo por qué sois tan duro con ese pobre monje, y quiero que dejéis de hacerlo de inmediato.

—¿Acaso estáis dándome órdenes? —le preguntó él con incredulidad.

—Estáis en un peregrinaje para limpiar vuestro alma de pecado, mi señor. La arrogancia y la intimidación no os ayudan en nada.

Hacía mucho que no lo acusaban de ser arrogante. Siempre había sido uno de sus defectos, y aunque había trabajado duro para eliminar aquel rasgo de su personalidad, parecía ser que no lo había logrado.

No supo si quería zarandearla o besarla, aunque no iba a hacer ninguna de las dos cosas, por supuesto. Estaba empezando a desarrollar una devoción aún mayor por la vida monástica, en la que no tenía que soportar a seres enloquecedores como Isabella de Swan.

—Si sólo queríais defender al pobre hermano Michael, consideradme debidamente aleccionado. Pero que os quede claro que, si volvéis a alejaros a solas con él, haré que paséis el resto del viaje atada y amordazada.

Casi valió la pena pasar por aquel suplicio por ver su expresión boquiabierta.

—¡No os atreveríais!

—¿En serio? Recordad con quién estáis hablando, ¿no me creéis capaz de cumplir con mis amenazas? —tal y como esperaba, ella no contestó, así que añadió——: Si habéis terminado, regresad junto a la dama Alice y manteneos alejada de los hombres.

—No, no pero he acabado —le espetó ella, sin moverse.

Al menos tenía que admirarla por su tenacidad… aunque lo cierto era que la admiraba por su valor, su inteligencia, su inocencia, su boca, la curva de su cuello…

—¿Qué más queréis? —le preguntó con frialdad.

—Necesito un cuchillo.

—¿Es que no tenéis uno?, ¿cómo cortáis la carne?

—No he traído ninguno. Uno de mis hermanos se quedó con la daga con mango incrustado de joyas de mi madre, dijo que tendría que renunciar a ella de todas formas al entrar en el convento. No pensé que necesitaría una hasta llegar allí.

—Es una buena idea ir armado, pero no os imagino apuñalando a alguien.

—Nunca se sabe —murmuró ella, mientras le lanzaba una mirada elocuente.

Edward tuvo ganas de echarse a reír. Aquella mujer era imparable, y ni las advertencias ni las amenazas iban a amedrentarla a pesar de que sólo era una virgen indefensa.

Sacó sin dudarlo el pequeño cuchillo que llevaba bajo la túnica y se lo dio con la empuñadura por delante, pero entonces se dio cuenta de su error. Un príncipe, por muy ilegítimo que fuera, llevaría armas cargadas de joyas. Su cuchillo era muy sencillo, ya que pertenecía a un monje que había hecho voto de pobreza.

Ella lo tomó sin decir palabra, y lo guardó en la larga manga de su vestido.

—Tengo que cortarme el pelo.

Edward estuvo a punto de quitarle el cuchillo de inmediato.

—¿Por qué?

—¿Tenéis que preguntarlo? Es una marca del demonio, llama demasiado la atención, y me estorba. Me lo cortarán cuando llegue al convento, y daré mejor impresión si llego bien pelada.

—No os tomaba por la clase de mujer que se preocupa sin necesidad por la impresión que da.

—Ésa es la menor de mis preocupaciones. Mi pelo ha sido un estorbo y una maldición durante diecisiete años, y quiero cortármelo.

—Si habéis sobrevivido tanto tiempo, podéis aguantar los tres días que faltan para que lleguemos al convento. La madre abadesa se encargará de que os lo corten… es una mujer terrible, no dudará en arrancarlo de raíz y quemarlo después.

—¿Conocéis a la madre abadesa de Santa Ana?

Típico en ella, tenía que darse cuenta del único error que había cometido. Era demasiado lista. No había razón alguna que justificara que el príncipe James conociera a la Abadesa de un pequeño convento del sur de Inglaterra, y no se le ocurrió ninguna explicación.

—No vais a cortaros el pelo —se limitó a decirle, con una voz firme que no admitía protestas—. El cuchillo está demasiado afilado, sin duda acabaríais cortándoos las muñecas y desangrándoos hasta morir, y acabarían echándome la culpa a mí. No, gracias. Quedaos con él, así podréis ahuyentar a cualquier hombre que cometa la locura de acercarse a vos… aunque vuestra lengua es un arma mucho más afilada. En todo caso, no toquéis vuestro pelo.

—¡Destaca demasiado en el bosque!, podría atraer la atención de bandidos…

—¡Por el amor de Dios, pues poneos una capucha! Id a dormir y dejadme en paz, a menos que queráis acostaron conmigo.

Era lo que diría un príncipe lascivo, aunque James seguramente se limitaría a tomar lo que quisiera sin pedir permiso. Pero el problema radicaba en que no era James el que lo pedía, ni el impostor que ocupaba su lugar representando un papel. Era Edward el que lo pedía, el que lo deseaba, el que pecaba.

—En vuestra rama paterna ha habido varios casos de locura, ¿verdad? ¿O acaso vuestra tendencia a sufrir extrañas alucinaciones procede de vuestra madre?

—El mundo será un lugar mucho mejor cuando estéis encerrada en el convento. ¿Es que no podéis controlar la lengua?, podría hacer que os la cortaran.

—Lo dudo. Y de todas formas tendré que guardar silencio muy pronto, porque vos mismo me dijisteis que la orden en la que voy a ingresar se dedica a la plegaria y a la meditación. Pero sigo sin entender cómo es posible que sepáis tal cosa, me extraña que estéis tan familiarizado con un convento.

Otro error previo del que ni siquiera se había dado cuenta, aunque en ese caso había mentido para aguijonearla. Las hermanas de Santa Ana eran tan parlanchinas como todas las mujeres, así que lady Isabella iba a encajar a la perfección en ese sentido. Era como una pequeña terrier sacudiendo a una rata y decidida a no soltarla, y estaba cansado de dejar que lo provocara, porque no podía hacer nada al respecto a pesar de que se moría de ganas de silenciarle la boca con la suya.

—Por última vez, lady Isabella: regresad junto a la dama Alice, o internaos conmigo en el bosque y levantaos la falda para mí.

Con aquellas palabras consiguió dejarla sin palabras por un breve y bendito momento.

—¡No!

—Si preferís que lo hagamos aquí mismo, no hay problema —le dijo, mientras se llevaba las manos al cinturón—. No me importa tener público.

La bofetada que ella le propinó resonó con tanta fuerza, que llamó la atención de los demás. Incluso los monjes se incorporaron un poco para ver qué pasaba. Nadie tenía forma de saber quién había abofeteado a quién, pero ninguna mujer quedaría impune después de abofetear a un hombre, y mucho menos si se trataba de un príncipe. Teniendo en cuenta su reputación, lo más probable era que pensaran que había sido él el agresor, aunque si ése hubiera sido el caso, Bella estaría con el trasero en el suelo… y seguramente, con las faldas por encima de la cabeza.

—¡Disculpadme! —le dijo ella con angustia—. No sé por qué lo he hecho, nunca en mi vida había golpeado a alguien.

—Soy bastante cargante —le dijo él con calma. Le había dado un buen golpe, la piel aún le cosquilleaba—. ¿Qué me proponéis que os haga como represalia?, uno no puede atacar sin más al hijo de un rey.

Bella parecía pálida e incluso asustada bajo la luz de la luna, y a pesar de que sabía que tendría que sentirse avergonzado de sí mismo, el hecho de que permaneciera callada era una bendición tan grande, que se dio el lujo de prolongar su agonía.

—Podríais golpearme —le dijo ella, con voz queda.

—No me gusta golpear a las mujeres —era otra mentira, pero esperaba que estuviera demasiado asustada para darse cuenta.

A él no le gustaba pegar a las mujeres, claro, pero el verdadero príncipe solía hacerlo, y Bella lo sabía.

Sí, claro que lo sabía; de hecho, abrió la boca para decir algo al respecto, pero volvió a cerrarla de inmediato. Al parecer, se había dado cuenta de que había ido demasiado lejos.

—Estáis llevando a cabo un juego muy peligroso, lady Isabella. No olvidéis que nunca hay que subestimar al enemigo.

—¿Acaso sois vos el enemigo?

Sus palabras fueron tan quedas, que Edward no supo si la había oído bien, o si se había imaginado el ligero tono lastimero que le había parecido notar en su voz. Fue incapaz de apartar la mirada de ella. Sus ojos ya no se mostraban desafiantes, su boca parecía suave y vulnerable, y si no se apartaba de ella cuanto antes, iba a poner en peligro su propio alma inmortal.

Aunque hacía mucho que su alma había quedado manchada, y pasar el resto de la vida haciendo penitencia no bastaría para limpiarla, así que… ¿qué más daba un beso más?

Le dio igual que los demás aún estuvieran mirándolos. Horrorizaría a Jasper, divertiría a los soldados, preocuparía a los monjes, y enojaría al falso monje que estaba observándolos con sus inocuos ojos azules.

Le daba igual. Cuando le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo contra sí, sintió sus senos suaves y voluptuosos contra su pecho a pesar de las capas de ropa que los separaban. Le colocó la otra mano bajo la barbilla y acercó su rostro mientras le acariciaba el labio inferior con el pulgar.

Oyó la exclamación ahogada de horror, pero no le importó si procedía de Jasper, de Bella, o de su propia conciencia, y cubrió sus labios con los suyos.