Capítulo X: Merlot

Lo único que deseaba era no estar equivocada porque eso podría significar la muerte de cualquiera que estuviera a su alrededor por más grande que fuera su inocencia. Era bastante arriesgado hacer esa llamada pero debía hacerla. Tenía que ser fuerte. Como bien le había dicho Edogawa, no podía huir más de su destino. Debía encararlo y simplemente esperar lo mejor.

Después de dos pulsos se escuchó una voz del otro lado del auricular.

- Hola…

- ¿Quién sos? ¿Qué querés conmigo? - Demandó molesta.

- No puedo decírtelo en este momento - se percató de que estaba usando un distorsionador de voz. - Debo verte.

- ¿Sos idiota? ¿Creés que me encontraría con un extraño que ni siquiera se atreve a hablarme con su verdadera voz? - Replicó disconforme.

- Okay, entiendo. Había olvidado que, pese a tu frialdad, podés ser tan delicada como una rosa.

- ¿Vos me conocés? - cuestionó.

- Bastará con decirte: las lágrimas sirven para eliminar las impurezas del corazón.

Se le dilataron las pupilas.

- ¡Vos! - Estalló.

- Veo que te acordás de mí. Por favor, presentate en la estación de tren de Beika este jueves a la seis de la tarde. ¿De acuerdo?

- De acuerdo - le costó articular estas últimas palabras. Estaba muy sorprendida. - Pero vos… escuchame… - comenzó a sollozar.

- No te preocupes. Todo va a estar bien. Por favor, no faltes.

Colgó.

- ¡Ey! ¡Ey!

Arrojó el teléfono y el transformador. Cayó en sus rodillas y comenzó a llorar.

- ¡Haibara! ¿Qué te pasa? ¡Vamos, hablá!

No podía hacerlo. El dolor. El maldito dolor había vuelto. ¿Por qué tenía que recordarlo tan claramente?


Shiho se sentía sumamente feliz. Después de algunas semanas, volvería a ver a su querida hermana. A veces la Organización podía ser muy injusta y la mantenía alejada de su única familia.

Contempló por unos momentos la puerta del departamento muy animada. "Acá es donde vivís, Akemi", se dijo con una sonrisa.

Introdujo la llave en el interior de la cerradura y se adentró con calma hasta la vivienda. Miró los alrededores. Todo estaba ordenado y limpio. Los rayos del sol lo abastecían de una gran luminiscencia. Seguro que ella pasaba agradables tardes contemplando el atardecer cuando tenía tiempo libre. Notó que el equipo de música estaba encendido pero con el volumen bastante bajo. Caminó lentamente hasta él y lo subió. "Música clásica". Efectivamente, estaba reproduciendo los Nocturnos de Chopin. ¿Dónde estaba su hermana?

Dejó su bolso sobre el sofá, pensaba pasar el fin de semana con ella y por eso se trajo una muda de ropa. Se dirigió a la habitación de Akemi y la encontró. Mejor dicho, la descubrió arrodillada junto a su cama llorando. ¿Qué le pasaba? Angustiada corrió hasta ella y la acompañó.

- ¿Por qué estás llorando? - Inquirió.

- No es nada importante - respondió evasivamente.

- Si no fuera importante no estarías llorando - Repuso con angustia.

Akemi intentó secarse las lágrimas con las mangas de su camisa. Dibujó con sus labios una pequeña sonrisa. Tenía los ojos hinchados. Su cabello estaba un poco revuelto y despeinado. Sin embargo, se la veía muy animada por reencontrarse con su hermana menor.

- No te preocupes. Estoy sanando mis heridas - explicó.

- ¿Sanando tus heridas? - cuestionó confundida.

Ella volvió a sonreír. Envolvió a su hermana en un cálido abrazo.

- Las lágrimas sirven para eliminar las impurezas del corazón.

- ¿Impurezas? ¿Qué querés decir? ¿Te lastimaron? - preguntó preocupada.

- Estoy bien… sólo necesitaba descargarme un poco.

La soltó y se deshizo de sus penas en un instante. Una enorme dicha le provocaba tener a su hermana menor cerca. Era lo único que le quedaba en este mundo. En este mundo frío e injusto pero en el que los hoyuelos como los que se generaban en las mejillas de Akemi al esbozar una sonrisa lo hacían más bello y llevadero.

- Ahora contame, ¿cómo estás?

Shiho le devolvió el gesto. Admiraba la fortaleza de su hermana.


Shinichi estaba completamente perdido. No sabía hacer otra cosa que preguntarle a la chica sobre la llamada. Sin lugar a dudas, eso era lo que la había afectado tanto. Ella seguía llorando desconsolada, de rodillas, y se colgaba del traje del niño. Cuando entendió que no valía la pena seguir preguntando al respecto, decidió sentarse en el suelo, tomar a su amiga por los hombros y pedirle:

- Por favor, calmate.

Ella empezó a escucharlo. Estaba haciendo un enorme esfuerzo por dejar atrás todas las imágenes y reponerse.

- Así, respirá hondo. ¿Querés un vaso con agua?

Ella asintió con la cabeza. El pequeño corrió hasta la cocina, buscó un vaso, lo llenó de agua hasta el tope y se lo facilitó rápidamente.

El profesor, que escuchó unos extraños gemidos, se apareció ante ellos e inquirió:

- ¿Qué está pasando?

La niña siguió tomando el agua y el niño con gafas tenía toda su atención puesta en ella. Fue por eso que no hubo respuesta. Súbitamente sonó el timbre de la casa. Agasa se acercó hasta la puerta. Se trataba de Ran. La dejó pasar.

- ¿Qué tal, profesor? Vine por Conan, papá nos invitó a cenar… - se percató de que Ai había estado llorando.

Se acercó algo preocupada y le preguntó:

- ¿Te pasó algo malo?

Ai repentinamente la abrazó. Ran era tan parecida a su hermana. Esa mirada dulce, su suave y amable sonrisa. Lo atenta que era con todo el mundo. En verdad tenía un notable parecido. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, la soltó y dijo:

- Perdón.

Se puso de pie y se fue hasta su laboratorio. La chica la siguió con la mirada. ¿Por qué actuaba de ese modo? Agasa se aproximó hasta ella.

- No te preocupes, yo me encargo de ella - aseguró.

- Si ella necesita algo o hablar con alguien, no dude en llamarme.

- Claro que sí, Ran…

Le hubiera gustado quedarse y hablar con la pequeña. Entendió que no sería muy apropiado ya que siempre solía ser muy tímida y reservada con los demás. Tomó al niño de la mano que ponía un poco de resistencia, él también tenía cosas que preguntar, y abandonaron ese lugar.


- ¡Lo hice! ¡Lo conseguí! - Exclamaba con júbilo. - Tantas horas de trabajo han rendido sus frutos. ¿Me oyes, Shiho?

Ella no le estaba prestando atención. No. Estaba más concentrada en un veneno que estaba desarrollando. Sostenía con su mano izquierda un tubo de ensayo que contenía en su interior un líquido amarillento. Arrojó un químico en él. Observó con cuidado la reacción que causaba. Después, colocó el tubo sobre la gradilla y dejó a un lado también el químico.

Él se frustró. Odiaba que no le hiciera caso.

- ¿Me escuchás, Shiho? - Insistió.

- Ya te dije que me llames por mi nombre clave - contestó tajante.

- Perdón, Sherry. Pero lo he conseguido. ¿Lo entendés? ¡Lo logré!

Ella anotó sus observaciones en un cuaderno. Estaba contenta. Avanzaba bien su experimento.

- ¿Qué te pasa? - cuestionó fastidiado.

Era la única mujer en este mundo que conseguía ponerlo de malhumor.

- ¿Qué querés decir? - Respondió al fin.

- Estás muy seria… - observó.

- Estoy así siempre - contestó.

No podía engañarlo.

- Es verdad. Siempre tenés esa expresión de vieja amargada, pero tus ojos… Nunca se ven de ese modo, tan apagados. Algo pasó.

Ella quería concentrarse en su experimento pero no pudo hacerlo. Él la tomó de las manos, provocando que soltara su cuaderno y el bolígrafo con el que hacía las anotaciones.

La arrastró unos metros lejos del laboratorio para asegurarse de que hablara. Que dejara de esconder todo el tiempo sus sentimientos. No sería la primera vez que lo conseguiría.

- ¡Estoy bien! - Exclamó molesta. Le había hecho perder la concentración en su trabajo.

- Estoy bien - se burló de ella. - Te veías muy feliz porque ibas a ver a tu hermana… ¿qué pudo haber pasado? - Se tomó el mentón y se le arrugaron los rasgos de su cara, que adquirió una expresión pensativa. - ¿Discutiste con ella? - Preguntó arqueando una ceja.

- No, es que… estaba triste. Muy triste y lo peor de todo es que lo ocultaba - admitió agachando la cabeza.

- ¿No pudiste averiguar nada? - Tomó suavemente su mentón, ocasionando que ella levantara la cabeza y sus miradas chocaran.

- Sólo me dijo que estaba sanando sus heridas - contestó y apartó la mano de su rostro con delicadeza - y que las lágrimas servían para eliminar las impurezas del corazón. ¿Por qué me diría algo como eso?

Él retomó la postura de antes por unos segundos.

- Ya sé - aseguró orgulloso.

- ¿De verdad? - Dijo sorprendida.

- Sí. Le han roto el corazón - develó.

- ¿Qué? ¿Cómo lo sabés?

- Es fácil… si fuera algo sobre tus padres te lo habría mencionado porque vos siempre preguntás por ellos y ella te cuenta cosas sin problemas. Si fuera algo vinculado con su trabajo sería extraño que hiciera alusiones sobre su corazón. Normalmente hablaría sobre cosas como la ética, la moral o la dicotomía entre el bien y el mal…

- Ya veo… - repuso con desilusión - ¿Y por qué no me dijo nada al respecto?

- No lo sé… Quizás simplemente creyó que sería mejor de ese modo.

Advirtió que Shiho estaba realmente desanimada por lo que unos segundos después agregó:

- ¡No te preocupes tanto! Akemi es una mujer muy fuerte. Además, todas las heridas, por más profundas que sean, siempre sanan. Así que deja de hacer esas muecas tan feas que te sienta mejor una sonrisa en los labios.


Su llanto era tan poderoso. Estaba verdaderamente triste. ¡Y cómo no estarlo! Ese día el mundo se había vuelto una porquería más grande de lo que ya era. Se había vuelto un poco más oscuro. Nada importaba. ¿Qué motivación tenía ahora en la vida? Aquello que más le importaba y más valor tenía para ella ya no estaba. Y lo que era peor… nunca volvería. Era la única posible reflexión. La más atinada.

Las lágrimas brotaban sin control. Sentía el peso de un yunque sobre su pecho. Le costaba respirar. "¿Y ahora qué?", volvía a pensar. No tenía más nada. Jamás volvería a sentir un dolor tan grande en toda su existencia.

Estaba arrodillada en el suelo. Daba algunos gemidos. ¿Por qué?, era otra pregunta que se hacía. Un millón de imágenes se reprodujeron en su cerebro. Momentos felices. Tristes. Culpa. Nostalgia. Remordimientos.

Sintió una mano sobre su hombro y se detuvo por un momento pero observar una cálida mirada como la de su hermana sólo la deprimió más aún y siguió llorando. Él se arrodilló y la abrazó. "Creéme que lo siento", alcanzó a decir tímidamente. Lo cierto es que en esos momentos no hay palabras ni explicación que valga. No. Sólo se siente. Así como se dificultaba para ella describir su primer beso, o las sensaciones que ocasiona el contacto, la piel, con su enamorado, jamás pudo explicar la desdicha que ocasiona la pérdida de un ser querido. Más aún de un hermano.

- ¿Por qué a Akemi? ¿Por qué? – Sollozó. - Ella estaba llena de vida, cómo alguien así puede morir…

La abrazó con más fuerza.

- No lo sé, no lo sé. Estoy tan impactado como vos - acarició sus cabellos.

Una furia nació en su corazón. La negación. La frustración. La disconformidad. La injusticia.

- ¡Estoy harta! - Bramó y se apartó del joven - ¡Quiero irme! ¡Voy a dejar esta maldita Organización!

- No digas estupideces, Shiho - quería ponerle los pies sobre la tierra. - No podemos irnos. No vuelvas a decir eso. ¿Entendiste?

- ¡Me iré! ¡Me iré! - sollozaba.

De repente, una figura apareció entre las sombras. Era un hombre alto. De pelo rubio muy largo. Llevaba un gorro negro y su vestimenta era de la misma tonalidad.

- ¡Merlot! - Exclamó molesto - ¿Qué mierda hacés acá? Te encargué un trabajo especial para mí. ¡Andá ya mismo al laboratorio!

Él se puso de pie y se paró delante de Shiho, porque sabía que Gin a veces podía ser un poco agresivo y no quería que la tocara. Ella también se incorporó y tomó su mano, asustada pero muy molesta. Estaba segura de que ese hombre era el responsable de la muerte de su hermana.

- Lo sé, Gin. Es que Sherry… es mi amiga.

- ¿Amiga? Este no es un jardín de infantes - replicó molesto.

Una ira recorrió las venas del rubio. Odiaba escuchar cursilerías como esa. Odiaba esa clase sentimientos tontos, vínculos como una amistad. Lo odiaba a él también. Sintió un fuerte impulso y lo golpeó con vehemencia en el rostro, ocasionando que Sherry diera un sobresalto.

- ¿Estás bien? - Se arrodilló a su lado. Se acariciaba en la zona donde había recibido el impacto.

- Estoy bien… - sonrió. - Lo mejor será que me vaya a trabajar… - dijo después. - Te prometo que en cuanto termine voy a volver para estar con vos.

Ella no supo responder nada. Gin lo levantó violentamente tomándolo de la camisa y lo arrastró fuera de ese lugar. "Maldito", murmuró la chica.