Aclaración: Nada me pertence, todo lo que reconozcan no es mio xD

Disfruten de esta historia

Nota: Disculpen la tardanza, pero pense que habia ya subido este capitulo

Los invito a pasar por mi otra historia Sueña Conmigo, esta en mi perfil xD

Gracias por tomarse su tiempo y leer, por haberlos hechos esperar montare dos capi, por c ierto ya a esta historia le queda muy muy poquito .!

Tan poquito que este es el PENULTIMO CAPITULO !


Bella se pasó el resto del día cuidando de Ethan, a quien le estaba saliendo un diente, y estaba decidido a que todo el mundo lo supiera. Edward había desaparecido, y el humor de Bella había ido variando entre la tristeza y la ira. Se había comportado como una tonta inmadura, y había reaccionado de manera exagerada, pero tenía la esperanza de que él escuchara sus disculpas. Sin embargo, su esperanza murió cuando entró en el comedor para cenar, y vio que sólo había un cubierto en la larga mesa de caoba.

—¿El señor Cullen no me acompañará? —le preguntó a Philippe.

—Me temo que no, madame. Se ha ido a Orleans, y no espera volver hasta mañana.

—Entiendo —ya se había ido, y la consternación de Bella era evidente—. En ese caso, creo que cenaré con una bandeja en el cuarto de la televisión. Iré a cambiarme antes. Estoy demasiado arreglada —dijo en un intento de poner una nota de humor. La usual impasible expresión del mayordomo se iluminó con algo parecido a una sonrisa, que sólo hizo que ella se sintiera peor.

Subió las escaleras preguntándose por qué había decidido ponerse el vestido de seda azul que Edward le había regalado. Había querido complacerle, reconoció mientras lo colgaba en el armario y sacaba sus vaqueros, para agradecerle que escuchara sus ideas sobre la empresa de ropa de bebé que esperaba establecer, y a la que inicialmente se había opuesto tanto. Le había jurado que quería darle a su matrimonio otra oportunidad, y crear el taller era la prueba de su compromiso pero de nuevo, se habían alejado debido a un malentendido y su maldita inseguridad.

Philippe le llevó la bandeja al cuarto de la televisión, Sylvie había preparado su bouillabaisse favorita, pero al levantar la tapa del plato, sintió náuseas, y salió corriendo de la habitación. Aquello no era un malestar de estómago normal, pensaba diez minutos después, cuando se tumbó en la cama. Las náuseas se le habían pasado, probablemente porque no le quedaba nada en el estómago, pero se sentía débil y llorosa, y le dolían los pechos. Sólo había una manera de quedarse tranquila, decidió saltando de la cama. Sacó el test de embarazo del fondo del armario del baño en el que lo había escondido.

Fueron los cinco minutos más largos de su vida. ¡Un bebé! ¡El segundo hijo de Edward! No sabía si reír o llorar, e hizo ambas cosas, pasando de la alegría a la desesperación ¿Qué pensaría él? ¿Se alegraría o se enfadaría? ¿La acusaría de haberse quedado embarazada a propósito y se alejaría de ella como ocurrió con Ethan? Necesitaba saberlo. No podía esperar hasta que volviera de Orleans para darle la noticia y ver su reacción. Corrió al despacho, al lugar sagrado de Edward. Encendió la luz e, inmediatamente, le llamaron la atención las fotografías que había sobre el escritorio. No eran de Ethan, sino de ella. Una en los establos de Heston Grange, otras de su mágico fin de semana en París. Brillaba de amor, y la emoción se podía ver en sus ojos. ¿Por qué razón se había rodeado de su imagen? Al dejar las fotos en su sitio, vio un nombre escrito en su cuaderno. La Fayette debía de ser el nombre de un hotel, suponía, rogando que el recepcionista hablara inglés mientras marcaba el número.

—Sí, el señor Cullen ha reservado la Plaza suite, pero está en una reunión, y dejó instrucciones para que no se le molestara.

—Soy su esposa. Conmigo hablará.

—Pero el señor fue muy claro —dijo el recepcionista vacilante.

—Es una emergencia. Insisto en que me pasen con él —después de unos minutos de silencio, oyó la tensa voz de Edward al otro lado de la línea.

—Bella, ¿qué pasa? El recepcionista me dijo que era una emergencia. ¿Se trata de Ethan? —ante el temor evidente de su voz, Bella se apresuró a tranquilizarle.

—Jean-Claude está bien. Sólo quería hablar contigo de… —se detuvo al oír un suspiro impaciente.

—Estoy ocupado, chérie. ¿No puede esperar?

—Sí —susurró, perdiendo el entusiasmo ante la realidad—. Lo siento, no debí haberte molestado.

—Llego mañana —dijo más suave al notar su angustia—. Hablaremos entonces, te lo prometo.

—De acuerdo —colgó y se quedó mirando las fotos. Qué tonta, todo lo que había deseado era un poco de amor, pero parecía ser pedir demasiado.

Las escaleras le parecían una montaña, y sus piernas hechas de plomo. Y las perfectas facciones de Tanya parecían burlarse de ella. Al llegar al dormitorio y ver el almohadón en medio de la cama, se echó a llorar. Estaba atrapada en un matrimonio sin amor, atada por su hijo y la nueva vida que llevaba dentro. Se sentía triste y sola, y tenía miedo.

—Deje que me ocupe de Ethan un par de horas —dijo Liz a la mañana siguiente, preocupada al ver la dificultad de Bella para tomarse el desayuno—. Estará bien conmigo.

Había dejado de llover y, por una vez, estaba contenta de poder dejar a Ethan con Liz mientras ella se refugiaba en el lugar que más le gustaba, los establos.

—Le odio —le dijo a Kasim enfadada para no llorar. Se negaba a derramar más lágrimas por Edward. Dejándose llevar por un impulso, ensilló al caballo y lo sacó del establo.

—¡Espere! Madame, no es seguro salir sola —el mozo de cuadras se apresuró tras ella, quien le miró con impaciencia. Lo que quería decir era que Edward le había prohibido salir con Kasim sola, pero estaba cansada de obedecer órdenes, y Edward no estaba.

—No pasa nada. No tardaré mucho —gritó mientras urgía al caballo a avanzar al galope—. No te preocupes, sé manejar a Kasim.

Una hora más tarde llegaba Edward a los establos con un humor de perros.

—¿Cómo que se ha ido? —de vuelta de la peor noche de su vida, su temperamento estalló, y tuvo que contenerse para no agarrar al mozo por el cuello—. Dejé claras instrucciones de que no debía salir con el caballo a solas.

—Intenté decírselo, pero se fue —dijo encogiéndose de hombros y, por un segundo, Edward sintió cierta simpatía hacia él. Conocía la determinación de Bella para conseguir lo que quería.

—Deberías haberla seguido —dijo al subir a su caballo con aprensión al ver caer las primeras gotas de lluvia—. ¿Hacia dónde se fue?

¡Monsieur! —algo en la voz del mozo le hizo mirar atrás, y su aprensión se convirtió en temor al ver a Kasim galopando hacia ellos sin jinete. Edward espoleó al caballo, y salió al galope campo a través como si le persiguiera el demonio.

Después de pasar días encerrado por la lluvia, Kasim estaba más alterado de lo normal, y le había costado a Bella más fuerzas de lo normal contenerle. El terreno estaba anegado, y notó cómo sus patas resbalaron varias veces. De todas las estupideces que había hecho en su vida, ésa era la peor, pensó cuando volvió a recuperar el sentido común, y se bajó del caballo. ¿Cómo había podido poner en peligro al ser que llevaba en sus entrañas por un solo segundo? Fuera cual fuera la reacción de Edward, ella querría a ese bebé con toda su alma.

Kasim, intranquilo, resoplaba y sacudía la cabeza sin parar. El sonido de una motocicleta acrecentó su pánico, retrocedió arrancando las riendas de las manos de Bella.

—Kasim, oye, chico —gritó frenéticamente, pero ya estaba demasiado lejos. Al tratar de seguirle, se tropezó, y cayó sobre un arbusto de zarzamoras, pero no podía llorar en esos momentos. Estaba lloviendo, y Kasim había desaparecido en la niebla. Sólo podía rezar para que Kasim volviera al establo, pero a ella le quedaba un buen trecho por delante a través de campos de barro con un tobillo que le dolía horrores cuando ponía el peso sobre él.

Menos mal que Edward no estaba, pues estaría furioso con ella por haberle desobedecido. Incluso era posible que vendiera a Kasim, como había amenazado. Pensó en cojear más rápido pero, al acercarse a la verja, una figura apareció entre la niebla, y sus pasos se ralentizaron. De lejos parecía un caballero salido de uno de los tapices del castillo. Al acercarse, vio que en lugar de una cota de malla de acero llevaba un grueso suéter negro que brillaba con las gotas de agua atrapadas en su superficie. Su pelo mojado dejaba al descubierto las duras facciones de su rostro. No era justo que a pesar de estar empapado hasta los huesos, tuviera un aspecto tan sexy, mientras que en su caso, el barro salpicaba ropas y pelo.

—¿A qué demonios estás jugando?

—Podría preguntarte lo mismo —dijo con bravuconería cruzando los brazos—. ¿Qué tal tu reunión? Debe de haber sido de vital importancia para no poder hablar con tu mujer. O puede que no. Estoy bastante abajo en tu lista de prioridades, ¿no, Edward?

—No seas ridícula. Claro que eres importante. ¿Te hiciste daño al caerte del caballo?

—No me tiró.

—¿Entonces qué pasó? Kasim apareció en los establos hace media hora. ¿Quieres decir que decidiste volver a pie bajo la lluvia con un esguince en el tobillo por pura diversión?

—No tengo ningún esguince. Me tropecé y caí sobre él. ¿Está bien Kasim? No lo venderás ¿verdad? —le rogó con los ojos muy abiertos.

—Está bien, pero aun no he decidido si se queda. Sabía que era demasiado bravo para ti.

—No lo es.

—Cállate y dame la mano —la interrumpió con una mirada de acero, Bella sintió que su rabia iba en aumento. La noche anterior no había tenido tiempo para ella, y ahora su cara de preocupación se debía probablemente al hecho de haber puesto en peligro a un caballo caro.

—Me las puedo arreglar, gracias —sin embargo, la agarró por el brazo y la subió con la misma facilidad que a una muñeca para sentarla delante de él y rodearla con los brazos.

Pegada a él podía sentir los latidos de su corazón. Olía a lluvia, natural y sensual. El tiró de las riendas con energía, y empezaron a moverse a paso lento bajo la lluvia. Al estar sentada entre sus piernas, el movimiento del caballo empujaba su cuerpo contra el de él con un ritmo cada vez más erótico, y su respiración se aceleró. El estaba claramente excitado, y deslizó hacia abajo la mano de la cintura de Bella hasta dejarla caer entre sus piernas.

—Quítame las manos de encima. No puedes tenerme simplemente cuando estás de humor y no estás demasiado ocupado. Anoche ni siquiera se te podía molestar, ni para hablar conmigo —le acusó, tratando de sonar enfadada, pero en vez de eso, sonó triste y deshecha.

—Me pasé la mayor parte de la noche conduciendo por Orleans, tratando de reunir el valor para enfrentarme a ti —le dijo pegado a su cuello con voz suave y seductora.

—No te creo. Tan pronto como lleguemos al castillo, te dejo. Me niego a ser… humillada por más tiempo.

—No dejaré que te vayas, chérie —dijo implacable, haciéndola temblar y dejándola muda al entrar en los establos. El se bajó antes de bajarla a ella. Tan pronto puso los pies en tierra, se dispuso a ir hacia el castillo—. ¡Espera! Quiero hablar contigo —dijo, haciendo que ella se diera la vuelta indignada. Pero decidió ignorarla mientras hablaba con el mozo.

No se iba a quedar ahí como un perrito faldero. Estaba de espaldas a ella, así que se escabulló en el granero. Podía ser que quisiera hablar con ella, pero no estaba de humor para escucharle. Aún estaba pensando en lo que había dicho respecto a que había necesitado reunir todo el valor antes de volver al castillo. A lo mejor quería informarla de que, después de todo, quería el divorcio. Se alegraba de no haberle dicho que estaba embarazada. Era su secreto, y estaba decidida a mantenerlo hasta saber hacia dónde iba la relación.

Pasaron los minutos, y Bella, tumbada sobre el heno, se preguntaba si sería seguro salir de su escondrijo. Seguramente Edward ya se habría encaminado al castillo, pensando que ella se había adelantado, pero al oír crujir la puerta, se le cayó el alma a los pies. ¡Maldita sea! No podía encontrarla allí. Se acurrucó y cerró los ojos con fuerza para reprimir un estornudo, pero no funcionó, y el sonido de la risa burlona de Edward rechinó en sus nervios.

—Yo no podría haber elegido mejor sitio para una conversación privada, chérie —dijo rodeando el fardo de heno para detenerse frente a ella—. Quiero hablarte sobre Rosalie.

—Entonces prepárate para la conversión más corta de la historia, porque de todos los temas de los que me gustaría hablar, Rosalie no es ninguno de ellos —de repente, empezaron a castañearle los dientes, probablemente una reacción a todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas y al hecho de que su ropa estuviera empapada, pensó. No tenía nada que ver con la proximidad de Edward, ni con la forma en que examinaba su camiseta mojada y sus pechos—. ¿Por qué crees que querría hablar de ella? —y para su consternación, él se tumbó de lado junto a ella para poder acariciarle la mejilla con una brizna de paja.

—Sé que mintió. Sé que volviste al apartamento de Chelsea con Ethan poco después de que naciera. Anoche quedé con ella, por eso no podía hablar contigo.

—¡Dios mío, qué hijo de…! —dijo mientras trataba de respirar—Pasaste la noche con ella. Y pensar que te creí cuando negaste haber tenido una aventura con ella. ¿Es que nunca voy a aprender? —susurró con desesperación—. ¿Dejarás de romperme el corazón algún día?

—No pasé la noche con ella. Le pedí que se reuniera conmigo en el hotel porque no podía soportar verla en el château —explicó. La vena que latía en su cuello era una indicación de la tensión que sentía—. Después de que me dijeras lo de tu visita al apartamento, decidí comprobar un par de cosas con mi ama de llaves.

—La señora Patterson no estaba —señaló Bella.

—Lo sé, pero me dijo que estaba algo perpleja, porque estaba segura de que alguien se había quedado a dormir allí mientras yo estaba en Sudáfrica, lo cual confirmó tu historia —se quedó observándola, esperando una respuesta, pero Bella estaba curiosamente aturdida.

—Así que al fin me crees. Rosalie mintió, pero qué cambia eso en nuestro matrimonio.

—Rosalie nos mintió a los dos, ma petite, pero si te sirve de consuelo, siente terriblemente el daño que ha causado.

—Está enamorada de ti —dijo Bella, preguntándose cómo no se había dado cuenta antes. Cerró los ojos, y trató de imaginarse lo diferente que habría sido todo si Edward hubiera estado en el apartamento aquel día en lugar de Rosalie. A pesar de su frialdad con ella durante el embarazo, ya no tenía dudas de que quería a su hijo. Pero seguía sin entender su relación con Rosalie, ni qué lugar ocupaba ella en su vida.

Nada había cambiado, ella le quería, pero él a ella no, y no podía seguir viviendo una mentira, tratando de parecer feliz cuando todo estaba fracasando.

—Creo que me gustaría volver a Inglaterra durante una temporada, y llevarme a Ethan para que vea a mi familia. No voy a quitártelo pero… —vaciló un momento—, creo que necesitamos pasar un tiempo separados.

—¡Me abandonas! No merezco otra cosa, pero tienes que creerme cuando te digo que siento en el alma haber creído a Rosalie antes que a ti, y te juro que haré cualquier cosa para compensarte.

—No es sólo Rosalie. Te creo cuando dices que nunca te has acostado con ella y que nos ha engañado, pero de eso se trata. Si hubiéramos confiado más el uno en el otro, habríamos descubierto sus mentiras antes de que nos afectaran. Necesito tiempo para pensar —admitió, y al ir a levantarse, él la hizo caer sobre el heno y la atrapó bajo el peso de su cuerpo.

—No puedo dejar que te vayas. Tú y Ethan pertenecéis a este lugar —el cambio de tono de su voz, un murmullo ronco, era suficiente señal de alerta, y le empujó sin resultados, desesperada por escapar de él antes de hacer alguna estupidez, como rogarle que le hiciera el amor—. Has sido mía desde la primera vez que te entregaste a mí, y guardo mis posesiones con celo. Quizás vaya siendo hora de que lo demuestre —esas palabras despertaron en Bella su espíritu desafiante, pero antes de poder girar la cabeza, él la atrapó con sus labios. El beso la dejó sin respiración y sin el poco orgullo que le quedaba al demostrar que él era el amo. El deseo que sentía por él era aún más sorprendente porque ya no le importaba que no la quisiera, sólo satisfacer ese deseo de sentirle dentro de ella. Sería la última vez que hiciera el amor con él, un último adiós. Una vez supiera que estaba embarazada, no querría, y ella no podría quedarse y dejar que su indiferencia la hundiera de nuevo. Cuando por fin se apartó para mirarla con un brillo en los ojos que advertía que esa vez no habría indulto, sus labios estaban hinchados.

—Dijiste que querías hablar —le recordó Bella, y él soltó una carcajada mientras se quitaba el suéter para volver a echarse sobre ella.

—Hemos intentado hablar, y no nos ha llevado a ninguna parte. Esta es la única forma de comunicación que tenemos en la que no discutimos. Me deseas tanto como yo a ti —susurró desabrochando los botones de su camisa. Ella tembló, incapaz de negar la verdad. El le quitó el sujetador y acarició sus pechos antes de agacharse primero sobre un pezón y luego sobre el otro.

—Edward —gimió, deslizando la mano tras su nuca para incitarle a que siguiera. Pero él descendió para bajarle los vaqueros empapados con una fuerza que debía haberla asustado. Tras hacer lo mismo con la ropa interior, separó sus piernas y se arrodilló sobre ella—. ¡No! —su negativa cayó en oídos sordos, y para ser sincera, ella no quería realmente que parara. Su lengua, instrumento de tortura, la exploró hasta hacer que se retorciera temblando al borde del éxtasis. Ella le tiró del pelo para que se detuviera antes de que fuera demasiado tarde. Pero sus labios se cerraron alrededor de la hipersensible protuberancia del clítoris—. ¡Oh, Dios! Ahora, Edward, por favor —no podía aguantar mucho más, ya sentía cómo los primeros espasmos de placer tensaban sus muslos.

El se levantó, se quitó los vaqueros y se quedó mirándola durante lo que parecieron eternos segundos. Se arrodilló frente a ella, deslizó sus manos bajo sus caderas para posicionarla y la penetró. Inmediatamente, ella le rodeó con las piernas para empujarle más adentro con cada impulso. Incapaz de controlar sus reacciones llegados a ese punto, llegó a la cima enseguida. Gimiendo, se aferró a sus hombros. Cada nuevo impulso le causaba una nueva oleada de placer y, sorprendentemente, inmediatamente después de su clímax, sintió cómo volvía a acercarse a la cima. Le miró, viendo en las tensas líneas de su rostro cómo luchaba por controlarse. Perdió el control de forma espectacular, al mismo tiempo que ella volvía a alcanzar la cúspide. Le sintió estremecerse, mientras sus músculos se cerraban en tomo a él, antes de dejarse caer agotado sobre ella. Durante un rato, no oyó otra cosa que sus respiraciones, cada vez más pausadas, y no sintió más que el calor del cuerpo de Edward sobre ella y el dulce aroma del heno en su pequeño y particular nirvana. Finalmente, él rodó, dejándose caer junto a ella.

—En realidad, no quieres dejarme más de lo que yo quiero verte marchar —dijo mirándola a la cara—. Mira dentro de tu corazón, chérie —ella sabía exactamente lo que había dentro de su corazón, era el de Edward el que era un misterio. Suspiró y se apartó de él para ponerse la ropa—. ¡Dios mío! ¿Qué te has hecho en la espalda? Estás sangrando —su cara estaba blanca de angustia.

Ella se miró por encima del hombro, alarmada por el tono de horror de Edward, y vio que su camiseta estaba manchada de sangre.

—Estoy bien. No es nada, sólo unos arañazos de cuando me caí en los arbustos —dijo para tranquilizarle, pero él la pegó a su pecho y pasó sus manos por encima para asegurarse de que no estaba herida.

—Estás tan pálida. No soy mejor que mis bárbaros antepasados —farfulló asqueado de sí mismo. Parecía pequeña y frágil, y le había fallado. No le extrañaba que le mirase con esos enormes ojos asustados—. Toma, bebe esto —le dijo sacando una petaca del bolsillo. Su cara se tomó lívida al percibir el olor del coñac.

—Creo que no es una buena idea —murmuró débilmente, mientras él sostenía la petaca contra sus labios. Tenía aspecto de muerta, y a Edward le entró el pánico.

—¿Qué te ocurre? —le gritó al ver que le fallaban las piernas. ¿Acaso había mentido? ¿La habría tirado Kasim y se había callado por miedo a su ira?—. Mon Dieu Bella, debes beber esto.

—No —apretó sus azulados labios mientras la cabeza se le iba hacia delante—. Nada de alcohol, Edward… estoy embarazada.