Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Gracias a Isa por corregir este capítulo
Música de este capítulo:
Summertime-Janis Joplin
Only the Lonely-Frank Sinatra
Barbara-Nantes
NOTA ANTES DE LEER: Las letras en cursiva y negrita son extractos de la novela de Ulises de James Joyce, lo menciono porque hay un personaje llamado "Bella" para que no lo confundan con nuestra Bella.
«En realidad, parece imposible reconocer leyes fijas en esta loca agitación. Eludiendo la severa política de la voluntad racional, que guía el curso de las representaciones en la vida despierta, y escapando a la atención, logra el sueño confundirlo todo, en un desatinado juego de calidoscopio»
—Radestock
10-KAPPA
Junio, Tres meses después
Edward camina por el grisáceo pasillo del asilo. Viene distraído leyendo un expediente así que no mira a Gerardy y chocan ligeramente de hombros.
—Oh Edward, justo iba a buscarte. Necesito que hagas una evaluación a una nueva paciente que llegó.
—¿Sophie Moreux? —Edward dice no impresionado, levantando la ceja y apuntando el expediente con el mismo nombre.
Gerardy hace un gesto de molestia. Siempre ha pensado que Edward se cree mejor que todos aquí, y no es que sea un mal psiquiatra, es sólo su actitud prepotente y sabionda lo que no soporta. Él duró una década para estar en la posición de Edward, y ahora, este médico neófito piensa que puede pisarle los talones con este tipo de actos de sublevación pasiva. Gerardy nunca ha confiado en los que creen saber todo y Edward es uno de ellos.
—La misma —contesta Gerardy fingiendo indiferencia.
Edward ignora a Gerardy y sigue su camino definido. El cuarto, o celda, como le dicen los enfermeros, es un hoyo acolchonado de tres por tres metros. Éste, en particular, tiene una cama pequeña y un escritorio con una silla; está reservado para pacientes que no son violentos o tienen buen comportamiento.
Edward ha leído superficialmente el expediente, eso quiere decir que no debería alarmarse o sorprenderle lo que ve al abrir el cuarto. Es una joven, una niña en verdad; no más de 15. Tiene el cabello negro y mal cortado: tiene unos diez centímetros de largo y está con partes más largas unas que otras; es el tipo de corte que le hacen a un paciente mental para revisar si tiene ladillas, garrapatas o pulgas. La chica se ve recién bañada, pero eso no evita que Edward asuma que su proveniencia es humilde. Se ve desnutrida y con básicos niveles de hostilidad que le indican a Edward que es una paciente de abuso o con problemas familiares de abuso.
—Hola Sophie, mi nombre es doctor Masen —dice Edward al entrar al cuarto y cerrar la puerta. La chica está sentada en el piso—. Me gustaría hablar contigo un momento, conocerte mejor. Puedes sentarte si quieres, es más cómodo así —Edward habla clínicamente.
Sophie lo mira de reojo pero no contesta su pregunta. Sin embargo la chica, ahora que ha visto bien a Edward, empieza a sonreír.
—Eres guapo, no pensé que los médicos aquí estuvieran así de buenos. —Su tono vulgar y sus palabras corrientes no intimidan o sorprenden a Edward.
Ha visto el expediente y sabe que la chica está aquí por práctica incontrolada de onanismo; prostituirse y por exhibicionismo. Eso no es lo sorprendente, lo sorprendente es que es muy joven y presenta síntomas de ninfomanía. Edward ha tratado a mujeres así, nunca a una tan joven; pero Sophie se ve madura tras sus ojos. Por alguna razón, desafortunadamente, la comparación de juventud y madurez le recuerdan a cierta persona que debe ver hoy, ésa es Isabella. Puede ver como hubiera sido el futuro de ella en un lugar como éste, si no fuera porque es una chica de familia rica.
—¿Sabes por qué estás aquí? —Edward comienza con lo básico.
—No, no hice nada malo —ella dice defensivamente. Luego se levanta y camina hacia Edward—. Seguro tienes novia, ¿te chupa la verga? Yo puedo hacerlo por ti ahora si quieres. —Edward la ignora y toma la silla.
—Siéntate, Sophie.
Sophie sonríe con unos amarillentos dientes y unos resplandecientes ojos azules que Edward no había notado hasta ahora.
La chica, por alguna razón, le hace caso y se sienta. Edward puede ver vendajes en sus muñecas, eso no está descrito en el expediente, deben de ser recientes.
—¿Te lastimaste aquí en el hospital? —Edward pregunta sacando su pluma y su libreta, y anota el acontecimiento junto con una nota que decía "Vigilancia de suicidio".
Sophie bufa y se ríe.
—Lastimar —ella dice con desprecio—. Pudo ser mucho mejor, pude morir. —Su tono mórbido hace que Edward levante su mirada de su libreta y la note.
Sophie lo mira con saña, con una malicia que una niña de 15 años no debería tener.
—¿Trataste de terminar con tu vida? —él pregunta pacientemente.
—No es la primera vez, y no será la última. —Edward desea hacer más anotaciones, pero ha aprendido su lección; es mejor hacerlas al terminar la sesión y confiar en su memoria.
—¿Por qué?
—Usted es sólo un doctor, una abejita trabajadora en este inmenso panal. ¿Sabe lo que pasa tras puertas cerradas? No, no tiene idea. No me molestaría chuparle la verga a un guardia o que me usen como puta de burdel, pero eso no es lo que pasa —ella dice en tono macabro.
Edward frunce su ceño.
—¿Qué tipo de cosas? —él pregunta curioso.
Sophie, por primera vez, se ve aprehensiva y temerosa. Su mirada baja y sus puños se cierran; luego mira a Edward haciéndole recordar la inocencia perdida que una vez tuvo. Él puede ver en el reflejo de esos orbes de un lapislázuli apagado su destruida juventud: le muestran lo que tuvo, lo que perdió; en este momento, Edward lo único que puede hacer es recordar.
Palabra tras palabra, Sophie impala más el clavo en el corazón de Edward, no sólo por los aterradores acontecimientos que documenta con su lengua, sino por el hecho de que esta niña sea más observadora de lo que él pudo haber sido y haya sido víctima de su indiferencia, de la indiferencia de todos.
Edward sale del cuarto apretando su quijada. Con paso rápido camina hasta entrar a la oficina de Gerardy abriendo la puerta y asustando al hombre. Gerardy pretende protestar pero Edward no lo deja.
—¡Maldito mal nacido! ¿Los estás usando para pruebas médicas? Eso es... Ni siquiera hay una palabra para eso. ¡Vas a detener eso ahora mismo! ¡No voy a quedarme de brazos cruzados mientras aplicas químicos dañinos a niños!
Gerardy sólo levanta la ceja y cruza sus brazos. Edward sigue aventando amenazas: va a denunciarlo al comité médico y va a renunciar si no termina este acto aberrante. Cuando Edward termina, Gerardy se quita sus lentes y saca una carta de su escritorio. La carta es una aprobación del Estado para drogas experimentales en pacientes "voluntarios" aunado con un reporte químico de Benzodiazepina* de la farmacéutica Swan. Edward cree que va a vomitar; no sólo ha estado trabajando para una bola de científicos locos, sino que él padre de... su novia, es causante de esto.
Edward no se molesta en ir por sus cosas una vez que grita su renuncia a Gerardy. Su ira es tal que desea ir ahora mismo con Charles Swan y molerlo a golpes.
Cuando llega a su departamento bufa en frustración y cansancio. No sabe qué hacer, no sabe cómo proseguir con su detallado y perfecto plan. Todo era tan simple, tan predecible, pero ahora no sabe si pueda seguir adelante. ¿Con qué clase de mierda estaría relacionándose si se casa con Isabella? Pero luego se ríe a causa de su conmiseración exacerbada y la ironía de la situación; él no es mejor que ellos, él también juega con la vida de una inocente y nunca ha sentido remordimiento al respecto. Después de todo, él solo se metió en este lío, él solo se introdujo en esta mierda y es demasiado tarde para echarse atrás. El plan era sencillo: usarla para conseguir clientes, lo cual ha funcionado. Es por eso que se da el lujo de renunciar, ahora cuenta con una gama de clientes de élite que pagan por su tiempo.
Si decide continuar con su plan, en un par de meses le pediría matrimonio, se casaría y posteriormente, un año o dos, cuando estuviera bien establecido, pediría el divorcio. Ahora se da cuenta que meterse en esa familia puede ser un arma de doble filo; sabe muy dentro de él que no sólo estaría vendiendo su tiempo y cuerpo a la caridad a favor de Isabella Swan, sino también su integridad médica.
En ese estupor de ideas que se le vienen a la mente, se le ocurre que, después de todo, si es yerno de Charles Swan al menos podría tener un voto en las decisiones médicas de ese tipo, claro, si Charles se lo deja. No tiene idea si una vez casado con Bella él pueda tener poder o influencia suficiente para eso, pero es posible que su hija sí.
Edward se tira a su cama y suspira tratando de decidir cómo proseguir; cree sentir que se forma una burda idea para la resolución de sus planes al caer dormido.
Un mes después
Julio 1962
Los domingos Bella va a misa muy temprano; al salir de misa toma un libro y lo lee en el jardín hasta que es hora de comer. Sólo los domingos come con su padre, es el único día que Charles Swan le "otorga" a Bella unos minutos para ponerse al corriente en la vida de su hija en manera casual. Bella nunca había esperado una tarde de domingo como ésta, no porque su padre esté presente, sino porque habrá un invitado extra. Edward le ha pedido explícitamente este día para hablar con su padre sin mencionar el propósito o razón de tal petición, o bien el tipo de conversación que quiere tener con Charles Swan. Bella no quiere hacerse ilusiones, pero no puede evitarlo. Por la última media hora ha estado leyendo la misma oración en la página 581 de Ulises:
"Bella: (Se vuelve hacia el piano) ¿Quién de ustedes estaba tocando la marcha fúnebre de Saúl?"
Lee su nombre como un personaje externo dentro de la corta oración formada por un soliloquio de palabras absurdas que en contexto son magistrales. Aun así, no significan nada para ella, esto no significan nada a comparación con la inminente transformación de su corazón. Sus dedos masajean la hoja ansiosamente; aún faltan dos horas para que Edward llegue y tres para la hora de la comida.
"Bloom: Es un recuerdo. Me gustaría tenerla
Esteban: Tener o no tener, ésa es la cuestión"
Tiene que admitir que Edward la tomó por sorpresa con tal petición. Su forma de hacerlo fue tan informal y ecuánime, como una mera idea fortuita que le llegó de la nada. Bella recuerda haberse sorprendido ligeramente y haber preguntando el motivo, lo cual Edward respondió con un "Es hora de que hable con tu padre".
"Esteban: Lucifer. Gracias."
También él hizo hincapié en llegar antes de la comida y poder hablar con ella en privado. Bella no es experta en estas cosas, pero todo apunta a Edward queriendo darle un cambio permanente a la relación. No quiere decirlo en voz alta, ni siquiera quiere comentar sus sospechas a Cleo, pero si estuviera Alice aquí, sabría que estaría acosándola con preguntas sobre si Edward va a proponerle matrimonio hoy. De sólo pensarlo, Bella cree que va a tener una ataque de ansiedad y un delirio de felicidad. Ha estado esperando este momento desde la tercera cita con él, cuando la llevó a un establo a montar un hermoso caballo pura sangre. Bella supo en ese momento que amaba a Edward, y ahora, casi cuatro meses después, está totalmente convencida que ningún otro hombre le hará justicia al amor que siente en este momento.
"Bella: A ver (Vuelve hacia arriba la palma de Bloom) Ya me parecía. Nudillos nudosos, de mujeriego."
Bella a veces no puede creer cómo un hombre como él esté con ella, pero hace tiempo que ha decidido disfrutar de la intoxicante compañía de Edward. Él es todo lo que una vez pudo haber pedido y nunca imaginó fuera real: él es detallista, encantador, inteligente, interesante e introspectivo, pero lo mejor de todo: no la juzga por su enfermedad y la entiende completamente. La lista podría seguir sin considerar el aspecto físico que Bella jamás podría negar. En pocas palabras, Edward es el hombre de sus sueños y es perfecto. Nunca, ni una sola vez, ha visto a Edward enojado o tan siquiera molesto; siempre es un dechado de templanza y ecuanimidad que la dejan sin aliento.
Si él la ama no lo ha dicho aún, pero ella ha estado a punto de que se le escapase tal confesión más de una vez en algún beso apasionado o en un momento de debilidad. Quiere gritarlo, quiere decírselo y sentirse libre, pero es una dama y si su madre alguna vez le dijo algo respecto a los chicos fue "siempre deja que él dé el primer paso", claro, fue antes de que la metieran al asilo y la dejara de ver por dos años seguidos. Bella suspira porque desearía que su madre estuviera aquí, ella sabría qué decirle y cómo calmar sus nervios.
"Zoe: (Atisbando la palma de Bloom) Parrillas. Viajes, pasando el mar y casamiento con dinero."
Se da cuenta que Bloom está siendo examinado. Varios personajes descritos por Joyce leen su mano adivinando qué clase de persona es. Y sin poder evitarlo se pregunta: ¿qué diría Zoe de Edward? ¿Qué diría esta Bella? ¿Qué diría Esteban? ¿Qué dirían todos ellos de Edward y de sus manos limpias y ásperas? ¿Cómo adivinar basándose en algo tan cotidiano?. Son las manos, ella se dice en voz baja. Son las que recorren todo lo que tocas, toda tu vida. Es imposible vivir sin tocar nada, es imposible no herir las líneas de tus manos cuando sufres. Naces con ellas, creces junto con las líneas y las huellas que tocan todo. Edward la ha tocado con esas mismas manos, pero ¿alguna vez las ha visto? ¿Son nudosas como dice su homónima en Ulises? ¿Y qué tal sus labios? Siente que podría saber todo de él al tocarlos. Ella los conoce, ella sabe sus besos: unos pequeños y castos, con toques delicados que la hacen sonreír en una noche de lluvia. O esos besos severos que él toma con un derecho predispuesto. Mejor aún, los besos donde ella toma y él da, como si supiera que sólo él tiene la capacidad de terminar con su tormento interno. Es él, siempre ha sido él, y lo sabe. Sus manos son el lugar al que acude, su pecho es firme como un hogar creado para ella y su calor siempre será la cúspide de la protección. Bella aprieta sus puños, sus blancos, pequeños y delicados puños; exhala al cerrar sus ojos. Bajo las mallas naranjas de sus párpados, Edward la mira con determinación, sin duda de nada, extendiendo su mano y exigiendo todo de ella. Le parece como si él estuviera pidiendo total entrega hoy y siempre; ella es imposible de negarle algo.
Bella se queda dormida soñando con él, con el hombre que plaga sus sueños tibios y la carcomen con extraños recuerdos que aún no suceden. Es como si viviera una vida aparte cada vez que cierra los ojos, y no sabe si esa realidad es preferible a ésta. A un Edward real y casi suyo, o a un Edward onírico que la quiere consumir. Aún dormida, su corazón sufre por tal decisión.
Cuando entra al jardín, lo recibe el ser más vulnerable que ha visto en su vida. El cuerpo de ella forma una S sobre el sofá de verano que está en el jardín, su vestido blanco cae haciendo que se recorra ligeramente y muestre sus —hasta ahora—, inexploradas rodillas. Su cabello castaño brilla con destellos rojizos mientras un rayo de luz toca su coronilla, como si fuera un ángel. Su mano cae y ve que debajo de ella está un libro inmenso a medio leer. No sabe por qué, pero toma las Azaleas que le trae y las tira detrás del arbusto; como desprendiéndose de algo más que un puñado de flores.
Traga saliva y camina lentamente hacia ella, tratando de no hacer ruido. Se arrodilla y, sin tocarla, acerca su cara a Bella. Ella pareciera estar muerta, con labios semiabiertos y ojos pacíficamente cerrados. Nadie debería tener el derecho de despertarla, robarla de este nido de seguridad en el que posa. Edward levanta su mano y toca un mechón de cabello, probablemente la parte favorita de Edward. Traga saliva nuevamente y toma este momento para decidir, para ser débil. El cielo le está dando esta señal de que algo tan puro no debe ser mancillado, algo tan noble no debe ser destruido. Se siente miserable al verla, porque ella representa la naturaleza humana antes de sufrir y él sabe que cambiará eso, lo hace un victimario.
Cuando al fin toca su mejilla, espera que ella despierte, pero está profundamente dormida.
—Bella —dice en voz baja, y su vaho toca ligeramente los labios de Bella—. Isabella —repite él, pero ella sigue sin despertar.
Edward cree que es una señal, porque las apofonías lo han seguido toda su vida. Le recuerda esa ópera de Turandot** donde el príncipe tiene que adivinar tres preguntas y así conseguir casarse con la princesa. Edward sonríe, porque si tan sólo pudiera despertarla, eso es justo lo que haría, sólo que él no es ningún príncipe; es un villano.
Decide ahora que su alma y consciencia son débiles, que si ella despierta a la tercera llamada, él seguirá con su plan. Piensa unos segundos, su tercera respuesta. El nombre, la base, la ruina. Su lengua se mueve dentro de su boca invocando la palabra y hasta que está seguro que es capaz de pronunciarla, la vocaliza. Desea que no sea la correcta.
—Marie. —Su voz es tan baja, que sería casi imposible que alguien más que él la haya escuchado.
Los ojos de Bella se abren y está vez para él no es Isabella o Bella, esta mujer delante de él es Marie; es Marie a la que decide destruir. Bella es la parte pura que se niega a tocar y tener remordimiento. Dentro de su corazón, transforma a esta joven mujer en una idea abstraída de su ser: ella es nada. Mientras ella sea Marie, él podrá ignorar la destrucción a su paso y el dolor de ella.
X*-*-*X
Le cuesta trabajo discernir si es un sueño, pero siente su aliento y su nariz es invadida por el olor de su colonia. Él sonríe, con esa sonrisa quebrada que indica condescendencia coqueta. Sus ojos recorren su cuerpo y terminan en su rodilla expuesta. Bella quiere tener un poco de decencia y cubrirla, pero tiene sed de que él la mire así un poco más, sólo un poco más.
—Me dijiste Marie —ella dice asombrada, aún somnolienta.
Edward sonríe tristemente, pero trata de ocultarlo.
—Te diré así de ahora en adelante —él dice convencido.
—¿Por qué? —ella pregunta emocionada, porque sabe lo que significa.
—Porque eres Marie, eres mi Marie —él dice simplemente, tocando la mejilla de ella.
Edward no puede evitar mirar nuevamente las piernas de Bella, blancas y suaves, piernas que desea tocar.
—No era mi intención quedarme dormida —ella dice contemplando las pestañas de él, como se mueven lentamente mientras no pierden de vista la piel expuesta.
Edward la sorprende al levantar el libro de James Joyce.
—Entiendo que te hayas quedado dormida, Joyce es literatura pesada —él dice parcialmente en burla.
Bella se ríe y se levanta, sentándose sobre el sofá de verano. El jardín es su única cubierta ante las demás personas y sólo aquí se atreve a tocar a Edward con libertad. Toma su cara y su mano recorre su quijada afilada que se aprieta cuando hace contacto con el dulce toque de ella. Bella, luego, toma la mano de Edward y la sostiene sobre su cara.
—Tus manos son perfectas —ella dice con una sonrisa.
Edward se ríe ligeramente y levanta una ceja. Se levanta y se sienta a un lado de ella, soltando la mano en el proceso.
—Mis manos son comunes —él responde modestamente.
Bella sacude su cabellera y se queda seria. Quisiera poder decirle en este momento cómo lo ama, cómo sus manos son una extensión de ese amor que ella desea que tocase cada parte de él, pero aprieta sus labios sin dejar salir una palabra.
—Marie —él la llama, haciendo caso a su promesa.
Bella voltea y lo ve determinado, como en su sueño.
—Cásate conmigo. —Su voz tal vez sea dulce y tersa, pero es una orden para el corazón de Bella.
Bella quiere decir que sí, más que nada en el mundo, pero antes necesita saber algo.
—¿Me amas, Edward? —ella pregunta tímidamente, sin atreverse a mirarlo.
Edward le toma de sorpresa la pregunta. ¿Qué se supone que deba responder? La chica no está conforme con tener su cuerpo e integridad, también quiere su corazón. La idea se le hace absurdamente irreal e injusta.
—¿Crees que te propondría... —él empieza a hablar, pero ella lo interrumpe.
—Yo te amo, te amo más que la vida misma, Edward. Te amo tanto que me casaría contigo si no contestas mi pregunta. —Esta vez ella lo mira a los ojos.
Edward abre la boca para hablar, lo tiene en la punta de la lengua y sabe que si lo pronuncia, no habrá vuelta atrás.
—Sí, te amo, Marie —él dice mirándola a los ojos.
Una mentira cruel e innecesaria es aquella que daña más al que la dice que al que la escucha.
NOTA EDUCATIVA DE AUTOR:
*Benzodiazepina fue aislada en 1960:
Comercializada a partir1957 bajo el nombre de Librium. Después del lanzamiento del clordiazepóxido, se comercializó el Diazepam con el nombre de Valium, una versión simplificada del clordiazepóxido, seguido por otras benzodiazepinas.7 Éstas se recetaron ampliamente para dolencias relacionadas con el estrés durante los años 1960 y 1970 y a dosis más bajas que las necesarias para producir hipnosis—lo que los diferencian del fenobarbital, por ejemplo.
Efectos secundarios:
SomnolenciaVértigoMalestar estomacalVisión borrosa y otros cambios en la visiónDolor de cabezaConfusiónDepresiónTrastornos de la coordinaciónTrastornos del ritmo cardíacoTemblorDebilidadAmnesia anterógradaEfecto resaca (tambaleos)Sueños inusuales o pesadillasDolor de pechoIctericia
Nota: Cabe aclarar que aunque hoy en día esta es una droga altamente usada (y con buenos resultados) en aquel entonces se mezclaba con otros químicos para "experimentar" su efectividad; no quise poner aquí todas las drogas que se mezclaron con la Benzodiazepina, pero muchas ocasionaban ataques y derrames. Edward obviamente tiene conocimientos amplios de la droga y cuando ve el reporte puede ver que está siendo usado amoralmente en humanos, ya que él sabe los efectos secundarios que ocasiona y que no debería usarse en humanos a esta etapa de prueba. Sophie lo que sufrió fue una grave depresión, temblores y pesadillas, aunado con los malestares físicos. Imagina ser usado como un conejillo de india día y noche...
**Turandot:es una ópera en tres actos con música de Giacomo Puccini y libreto en italiano de Giuseppe Adami y Renato Simoni. Turandot es un nombre de origen persa que significa "La hija de Turán". Turán es una región de Asia Central que era parte del Imperio persa. El origen de la historia de Turandot se remonta a un poema de Nezami, uno de los grandes poetas épicos de la literatura persa, llamado Las siete bellezas o Las siete princesas. Este poema relata la historia de un príncipe persa de la época Sasánida, que tenía 7 princesas, cada una de ellas proveniente de un lugar distinto del imperio: Egipto, China, Rusia, Grecia, Turquía, India, Asia central. Una de estas princesas, de origen ruso, no encontraba ningún hombre que fuera digno de ella, y por eso se encerró en una fortaleza y declaró que se entregaría al hombre que la encontrara y pudiera resolver una serie de enigmas. Pero una vez resueltos los enigmas, debía pasar por su "puerta secreta guardada por misteriosas espadas que amenazan con decapitar al intrépido".
