10. Como coser y cantar.
Blaise cerró la puerta de un golpe y gruñó arrugando el pergamino acerado en la mano. Lo lanzó con rabia hacia un rincón y se llevó las manos a la cara, subiéndolas hasta desordenarse el pelo negro como el carbón. Nada estaba saliendo como había planeado. Tras la noticia de la desaparición de Draco en la prensa junto a la maldita sangre sucia y al engendro del hombre lobo, había creído que todo sería más sencillo. Después de su conversación en Azkaban con Lestrange que le había costado muchos sobornos a las altas esferas, tenía claro que los encontraría, pero ahora comenzaba a dudarlo. Había removido cielo y tierra, repasando los torpes pasos de las autoridades y del maldito de Potter y Weasley, y había viajado hasta Nueva York en un traslador durante la última semana, encontrándose con la realidad de que nadie los había visto ni había oído hablar de ellos. El tiempo pasaba y comenzaba a temer las represalias de los chupa sangre que tenían las manos atadas en la prisión y esperaban su parte del trabajo. No hacían más que enviarle ultimátums encubiertos que le ponían la piel de gallina y situaban un nudo de ansiedad en su garganta. A veces se preguntaba por qué había cedido a aquello, por qué había tenido que joderlo todo sólo por el ansia propia de su apellido. Pero había sido tan sencillo coger el relevo, demostrar lo que valía y obtener un poco de reconocimiento...
Una carcajada macabra atrajo su atención hasta la cama. Apartó las cortinas semi-transparentes del dosel y la vio allí tumbada, con una sonrisa satisfecha en la cara.
—Ya era hora de que te dejases ver—comentó con sorna, moviendo suavemente las piernas de lado a lado. Se fijó en los vaqueros ajustados que llevaba, que marcaban sus glúteos, y el suéter verde de cachemira que dejaba un escote triangular sobre su pecho. Observó sus pies descalzos y sus brazos estirados al lado de su cabeza con dejadez, acariciándose un mechón de pelo moreno con una mano.
—¿Qué haces aquí?—gruñó.
—Quería venir a celebrar contigo la buena noticia—Se burló, estirándose desvergonzadamente, consiguiendo que su entrepierna se endureciese y que la furia se personase en sus puños cerrados.
—No estoy para gilipolleces, Pansy—gruñó girándose y caminando hasta la butaca del otro lado de la habitación, sentándose en ella y desabrochándose los zapatos.
—Oh, vamos—exclamó incorporándose y sorteando los zapatos verdes de tacón que había dejado a los pies de la cama, caminando hacia él con actitud gatuna—. En el fondo no querías que muriese. Reconoce que una parte de ti se alegró—El moreno cogió aire profundamente, parando de desabrocharse los cordones e intentando serenarse, y después de un instante continuó sin contestar—. Vamos… llevo tres semanas esperándote—masculló colocándose a su espalda e inclinándose sobre él, pasando las manos por su pecho—. ¿Dónde estabas?
Tenso por sus manos sobre él y por sentir sus pechos contra su espalda, por notar la sonrisa velada de su voz y la satisfacción de su fracaso, la agarró de la muñeca y tiró de ella, logrando que sortease el respaldo y cayese sobre sus piernas.
—Escúchame bien, preciosa—susurró rabioso—Si sigues tocándome los cojones vas a conseguir encontrarme. Y hoy no me responsabilizo de mis actos.
Pansy sonrió de medio lado, mirándole la boca, y se rió entre dientes.
—Blaise… tú no me das miedo.
El moreno gruñó y la agarró de los brazos con fuerza, logrando que adoptase una mueca de molestia que pretendía ocultar tras el orgullo, y hundió la cabeza en su cuello, mordiéndola con fuerza. Pansy gimió y trató de zafarse de su agarre, pero él era más rápido que ella. Se puso de pie, dejando que sus piernas resbalasen hasta el suelo, y la obligó a mirarle levantándole la cara, haciendo que su cabello alisado cayese hacia atrás.
—¿No te doy miedo?—bufó, con los ojos relampagueando de furia—No sabes lo que estás diciendo, joder.
—Tú nunca podrías darme miedo, Blaise—silabeó curvando la espalda y pegando el pecho contra él, con las manos agarradas a ambos lados—. No eres más que un capullo arrogante.
El moreno la miró abriendo las aletas de la nariz, dejando que el músculo de su barbilla palpitase iracundo, y la zarandeó consiguiendo arrancarle un jadeo.
—¿Qué coño quieres de mí, Pansy? ¡Dime!—gritó observando sus ojos. Su respiración entrecortada le golpeaba en la cara y, bajando la voz hasta conseguir un susurro descontrolado, la acercó más a él—. ¿Quieres volverme loco?
La chica bufó consiguiendo que su pecho subiese y bajase de forma abrupta.
—Sí—espetó con perversidad—. Y quiero que sepas cuánto me he alegrado al saber que Draco no murió en ese barco—susurró con perfidia y una sonrisa ladeada, maliciosa—. Cuánto deseo verlo de nuevo, follármelo y luego contarle lo que has hecho.
Blaise sintió que una pesadez se posaba en su estómago y un velo nublaba su vista y oprimía sus sienes. Apretando las manos alrededor de sus muñecas y arrancándole un quejido, la arrastró hasta los pies de la cama y, girándola, la empotró de frente contra ella.
—Oh, sí, ahora trata de castigarme—Se carcajeó tranquila—. Eres un inútil. Apártate—ordenó con seguridad.
Blaise, a su espalda, inspiró su aroma endureciéndose aún más y gruñó chocando sus caderas contra ella, haciendo que sus piernas se estrellasen de nuevo contra la madera del somier. Pansy se quejó tratando se liberarse de sus manos, que la mantenían fuertemente apresada contra su pecho. Sintió su nariz contra su cuello, inspirando, y cómo su boca bajaba lamiéndola hasta el hombro, retirando el jersey y mordiéndola.
—¿Qué coño haces? Te digo que me sueltes—exigió con menos seguridad en su voz. Miró al lado de la cama, donde había dejado su bolso y donde tenía su varita, y por primera vez temió tener que necesitarla.
—¿Qué te suelte?—Se carcajeó bestialmente, sujetándole ambos brazos contra su pecho y, rodeando su cintura con la otra mano, desabrochó el cierre de su pantalón. Con un rápido movimiento tiró de él hacia abajo. Pansy jadeó y se removió, logrando arrancarle otra carcajada—. Has venido a jugar conmigo, pero los juegos son cosa de dos, preciosa.
Se llevó una mano a la parte trasera del pantalón y sacó la varita, masculló un par de palabras y una cuerda ató ambas muñecas de la chica. Haciendo un gesto preciso la cuerda tiró de ella hacia el cabecero, obligándola a doblar la cintura hacia delante y manteniéndola perpendicular al colchón, sin apoyarse sobre él. Toda la represión de aquellas semanas que había estado autoimponiéndose para no estallar de rabia y frustración comenzaba a burbujear en su interior. De algún modo Pansy despertaba todos aquellos sentimientos contenidos que él se esforzaba por evitar. Saber que le despreciaba y sólo era un juguete para ella le había corroído siempre, pero nunca había desatado su rabia, pues fingir que le daba igual, aunque ambos supiesen que no era así, era la pose que le tocaba adoptar. Sin embargo hoy se había equivocado, porque hoy no quería simplemente saborearla y hacerla gritar su nombre con ansia. Hoy quería desquitarse y ella… ella estaba en el lugar y momento inadecuados.
—¿Qué haces?—gritó asustada, tirando de las cuerdas al observar cómo se ataban en los postes de madera de los lados.
Blaise enarcó una ceja acariciando su cadera y mirando su trasero, sólo cubierto ahora por la fina lencería que la chica solía utilizar.
—Vamos, sólo te pones estas bragas para verme a mí. Es lo que buscabas, ¿no?—comentó endureciendo su voz a cada instante. Volvió a mover la varita y otras cuerdas aparecieron atándose a sus tobillos y separándole las piernas para apresarla contra los postes. La imagen que quedó de la chica, inclinada e inmovilizada contra la cama le obligó a abrirse el cierre del pantalón, molesto por su dureza.
—Suéltame, maldito hijo de puta—gritó la chica removiéndose contra las cuerdas, sintiendo la tensión de sus músculos—. Te vas a arrepentir de esto, Zabini. Voy a matarte. ¡Te lo juro!
Blaise la ignoró y pasando la varita con suavidad por su jersey, lo rasgó y lo apartó con dureza haciéndola jadear de nuevo. Observó sus pechos colgando apresados bajo la tela semitransparente del encaje y cogió aire, apretando la mandíbula.
—Mírate—gruñó acariciándole una nalga y dándole un azote repentino que la sobresaltó—. Vienes a mi casa a joderme, a darme por culo. Pues no, cariño, hoy no.
Pansy respiró acelerada, dejando caer la cabeza sobre un brazo al notar la rigidez de su cuello por luchar contra las cuerdas. Cerró los ojos y se mordió la parte interna de la mejilla. Aquello le provocaba un gran sentimiento de ira y humillación que, de algún modo, conseguía hacerla humedecer. Le odiaba más que nunca, aunque eso no era nuevo. Era un estúpido y le aborrecía, pero había una atracción animal entre ellos ante la que ella siempre se mostraría reacia, al menos de puertas para afuera. Su relación con Blaise siempre había estado sesgada por insultos y retos de su petulante orgullo, manejada con pinzas únicamente porque los dos se toleraban a expensas de Draco. Y cuando se acostaron por primera vez fue ella la que se desquitó cruelmente con él por un desaire con el rubio, como la mayor parte de las veces desde entonces. Y percibía su odio y su rabia, y sabía que había algo que le dejaba vulnerable ante ella, que le atormentaba y le impedía negarse ante su cuerpo. Le controlaba, aunque fuese haciéndole perder el control. Pero hoy era diferente. Hoy sabía que no tenía el control de nada, y eso la asustaba.
Blaise terminó de desabrocharse los pantalones del todo, pero no se los quitó.
—¿Sabes lo que pasará si no le encuentro? ¿Si no acabo con él?—inquirió desabrochándose los botones de las muñecas y sacándose la camisa por la cabeza sin desabrocharla—. Que me matarán—continuó acercándose a ella y apartándole cuidadosamente el pelo hacia un lado. Observó sus ojos—. Aunque supongo que a ti te da igual—Se rió entre dientes y se acarició la entrepierna por encima del bóxer negro—. ¿Pues sabes qué, preciosa? Que a mí también me da igual lo que te pase.
Pansy tragó saliva de nuevo y permaneció en silencio, mirándole con la cabeza ladeada. Vio el brillo dolido de sus ojos, que se transformaba en ira cuando llegaba a sus rasgos. Observó la tensión de sus músculos sobre la piel morena, ondulantes con el movimiento de su mano. Y después percibió la humedad que comenzaba a vibrar en su entrepierna. Se maldijo por ser tan sugestionable, porque él tuviese el poder de excitarla sólo con verle, con sentir su piel. Blaise transmitía dominación y fuerza, destilaba masculinidad. Con su andar elegante y seductor, había heredado cada ápice de sensualidad de su madre. Era pura testosterona personificada. Y ella no era inmune, como pretendía hacerle creer. Era adicta a él, y por eso le odiaba aún más. Y se esforzaba en torturarle bajo su indiferencia.
Blaise se colocó de nuevo a sus espaldas y fue bajándole las bragas lentamente, hasta que la abertura de sus piernas no se lo permitió más, dejándolas a mitad de sus muslos. Después se relamió al ver su sexo, húmedo e hinchado por la excitación. Se rio entre dientes, con una carcajada gutural que arrancó un respingo a la chica y, llevando la mano a su entrepierna, paseó los dedos por ella. Pansy cogió aire y cerró los ojos, intentando aguantar el gemido, pero cuando Blaise introdujo dos dedos en su interior, tentativo, no pudo evitar morderse el labio mientras su estómago temblaba compulsivamente. El moreno volvió a reírse y apartó la mano, permitiendo que se relajase de nuevo sobre la tensión de su cuerpo.
—Te gusta que te pongan en tu sitio—afirmó inclinándose sobre ella, colocando su dureza contra su centro, agarrándola del pelo con una mano para tirar su cabeza hacia atrás y adelantando la otra hasta llevarla a su boca. La morena recibió sus dedos sorprendida y sintió su sabor jadeando y notando cómo los pezones se encrespaban ansiosos.
Blaise la observó cerrar los ojos, con un par de lágrimas en la comisura de los mismos. Se fijó en cómo lamía tentativamente sus dedos y sintió la vibración de su garganta cuando gimió. La vio allí, disfrutando de su humillación, asustada por sus descontroles pero totalmente responsable por ellos.
—¿Draco no te hacía gemir?—susurró contra su oído sacando los dedos de su boca y sujetándola por la barbilla contra su pecho—. ¿Es por eso por lo que venías a buscarme a mí?
La morena respiraba con dificultad y, excitada, tragó saliva y asintió con la cabeza.
—Sí.
Blaise la soltó y se incorporó, mirando su cuerpo estirado, a su merced. Y una oleada de repulsión hacia sí mismo y hacia ella lo recorrió de arriba abajo. Era un fraude. Un mendigo que iba recogiendo los desperdicios que el niño mimado de los Malfoy dejaba a sus espaldas. Apretó la mandíbula y se separó del todo, abrochándose los pantalones. Y por eso estaba así ahora. Por eso ahora su vida peligraba por algo que, en el fondo, nunca le había valido la pena.
Se giró, agarró su camisa, y se dirigió a la puerta.
—¿Blaise?—inquirió Pansy desde la cama, incapaz de girarse para mirarle.
El moreno cogió aire y salió de la habitación, envuelto en una burbuja negra de malas decisiones, incapacidad y falta de determinación. Envuelto en la necesidad agobiante de ser alguien a quien siempre había detestado.
-O-
Ahora que la decisión estaba tomada, la incertidumbre y el peso de la indecisión se elevaron para dejar paso a una maquinación que podía llevar a su terreno de la frialdad, en el que se sentía más cómodo. Él destacaba en la seducción, era algo en lo que sobresalía, sobre todo en una casa en la que manejarla adecuadamente solía conllevar beneficios. Era una habilidad útil para la supervivencia, una habilidad con la que sabía que podría contar sin problemas. No más dejarse llevar por impulsos o fogosidad. Narices, él era un Slytherin: calculador, movido por objetivos, imperturbable. Y aunque esta vez el objetivo fuese el calor de una Gryffindor, el mecanismo era el mismo.
Apartó la vista de la pata de cabra que giraba a un ritmo constante sobre el fuego, ya casi hecha, y observó las setas cociendo a fuego lento. De reojo miró a la castaña, que acunaba a Teddy después de haberle dado de cenar, y le murmuraba un par de monerías recostada sobre el palo travesaño de la cabaña. A la luz del fuego, rodeada de oscuridad, era una belleza. Draco no podía más que intentar buscar algo malo, y era consciente de la poca objetividad que había adquirido durante ese tiempo con ella. A pesar de su aspecto por estar allí, incluso de su pérdida de peso quizá excesiva, Hermione lucía irresistible. Morena, con el pelo rizado por la humedad del ambiente, sus dientes perlinos relucían en la media noche. Veía el hueco de su clavícula y la tersura de su estómago. Y los veía a pesar de tener al niño encima. Porque la veía a todas horas, con aquel gesto de reprobación en la cara o aquella sonrisa mal disimulada. Había llegado a conocerla, a saber cuándo se enfadaría, cuándo enrojecería, cuándo sus ojos estarían buscándole. Demonios, sabía que ella se sentía atraída por él y, una vez más, maldijo a la moral y honorabilidad Gryffindor y se preguntó si acaso tenía que venir un Slytherin, frío y calculador, a despertar su pasión.
La vio observar al niño en silencio, con aquel brillo paciente en los ojos y aquella sonrisa tranquila en la boca. Se había dormido. Cuando dejaba de canturrear y de moverse para simplemente mirarle es porque Teddy había caído en el abrazo del sueño. Otra de las cosas que había aprendido a identificar de tanto mirarla. Hermione se levantó lentamente y entró en la cabaña. Draco siguió el péndulo de sus caderas y sus piernas, arenosas, desaparecer en la oscuridad del refugio.
Suspiró y se mojó los labios con la lengua, como dispuesto a dar comienzo a un gran trabajo. Su cabeza comenzaba a girar perfilando el plan. Su objetivo era que Hermione cayese rendida a sus pies, suplicando por sus caricias. No tenía prisa. Pensaba hacer aquello bien y disfrutar en el proceso. Y para ello tenía muy claro cuáles eran los pasos a dar: miradas, roces inocentes, un supuesto interés hacia todo lo que ella hiciese o dijese y frases con doble sentido. Simple a primera vista, sí, pero requería de un trabajo minucioso, frío y calculado para que saliese a la perfección.
Movió la varita y apartó la pata de cabra del fuego. Cogió los cuencos con las setas y comenzó a cortar la carne, dejándola caer dentro. Escuchó cómo Hermione salía de la cabaña y sonrió de medio lado sin poder evitarlo.
—¿Y qué ha pasado con el resto del animal?—preguntó sin abandonar el tono molesto de su voz.
Levantó la vista y la miró. La observó mientras se sentaba frente a él, al otro lado del fuego, incapaz de imaginar lo que el rubio se proponía.
"Ruborízate para mí, sabelotodo"
Mirando sus ojos fijamente, permitió que estos se desviasen durante un instante a su cuerpo, casi como un impulso imposible de refrenar, un impulso completamente identificable por ella. Recorrió los huesos de su clavícula y el perfil redondeado de sus pechos bajo el pareo que se había atado al cuello, y sin haber contado con ello, notó cómo su sangre comenzaba a bullir al ver el moreno de su estómago, que bajaba suave y plano hasta el borde de sus braguitas, con un suave bello rubiajo que parecía indicarle el lujurioso camino hasta su centro. Como sorprendido, y en realidad bastante afectado por su propio desliz, volvió a mirarla a los ojos y apartó la mirada con rapidez, volviendo a su labor con la carne.
—No íbamos a poder comernos todo hoy—masculló, recuperándose de aquella sensación de desboque que se había autoinducido pero feliz y consciente del rubor que había despertado en ella con su mirada y del mutismo al que la había obligado a retroceder. Podía percibir cómo se restregaba las manos, nerviosa.
"Diez puntos para Slytherin"
—Y… ¿las setas serán comestibles?—preguntó algo dubitativa agachando la cabeza y colocándose con timidez un mechón de pelo tras la oreja. Diablos, la conocía tan bien. Contuvo una sonrisa de suficiencia y se encogió de hombros.
—No parecen venenosas.
Levantó la cabeza, viéndola soplar el improvisado guiso, y notó como su entrepierna se endurecía, por décima vez al menos durante aquel día. Masculló algo por lo bajo, molesto. Sin proponérselo, ella le afectaba cinco veces más de lo que él lo conseguía. No sabía quién saldría peor parado con ese plan, si sólo con verla fruncir los labios su libido se subía por las nubes.
Comieron en silencio, soplando el caldo caliente y saboreando la carne después de tanto tiempo comiendo sólo lo que los árboles y el mar les proporcionaban. Draco era consciente de que, en el transcurso de lo que se proponía, él lo pasaría posiblemente peor que ella. Obligarse a mirarla directamente significaba desatar las ganas de agarrarla con fuerza y besarla hasta que le doliesen los labios, y verla además ruborizada, afectada por él, sólo complicaba más las cosas. Pero era algo ante lo que no pensaba retroceder. Había pasado demasiado tiempo. Las viejas rencillas perdían su significado y las ganas del uno por el otro empezaban a dominar todo su campo de visión. Maldita sea, si hasta se había cortado el día anterior sólo por verla caminar torpemente entre las rocas.
En un momento determinado, mientras masticaba, la observó pasarse el dorso de la mano por la boca, con las manos pringosas de las setas. Un trocito de carne quedó enganchado en un mechón de su pelo y la serpiente astuta que tenía dentro sonrío pérfidamente. Ella le miró a su vez, resaltando el brillo blanquecino de sus ojos en medio de la oscuridad.
—Granger, tienes…—masculló haciéndole un gesto descuidado a su pelo.
Hermione se chupó el índice y el pulgar, provocando que Draco gruñese internamente y la serpiente sisease, y se llevó la mano hacia donde él señalaba.
—¿Dónde?
—Un poco más…—El gruñido se amplificó en su cabeza cuando la vio juguetear con su pelo—. No—chasqueó la lengua y se sacudió las manos limpiándoselas en el pantalón, fingiendo molestia por tener que moverse. Se incorporó un poco, llevando la mano a un lado de su cabeza y quitándole un trocito de comida que se había quedado allí enganchado. Con cuidado le apartó la melena hacia atrás y la miró a los ojos.
—Tengo el pelo estropajoso…—masculló sonriendo avergonzada y volviendo a colocarse el mechón tras la oreja. Casi podía escuchar el latido de su corazón acelerado y sentir la ligereza de sus manos temblorosas.
"Vamos, Draco, lo tienes chupado"
—Bueno, eso sólo te hace más leona—comentó burlón volviendo a sentarse y agarrando su cuenco de nuevo.
Hermione enarcó una ceja y torció la cabeza, entrecerrando los ojos con curiosidad.
—¿Eso es un insulto o un halago?
Draco se rió entre dientes agarrando un poco más de carne, con la fiereza de un depredador en sus gestos despreocupados pero definitivamente seductores.
"Eso es un movimiento magistral, Granger"
—Tú te sientes orgullosa de ser una leona ¿no?—Se llevó la comida a la boca echando la cabeza hacia atrás y la miró masticando, sonriendo con socarronería.
—Bueno ya, pero tú no consideras que ser una leona sea algo bueno—contraatacó. El rubio percibió con agradable sorpresa cómo su mirada se escurría de imprevisto por su cuello y retrocedía avergonzada con rapidez y nerviosismo. Saber que le miraba y que posiblemente él era tan tentador para ella como ella lo era para él, despertó un impulso que aceleró sus pulsaciones.
—Creo en que las personas pueden redimirse—adujo son simpleza, volviendo a mirar el cuenco para intentar tranquilizarse—. Cada vez tiene menos sentido segregar así a los alumnos, no trae más que problemas y etiquetas.
Hermione masticó mirándole con sorpresa. Se pasó la lengua por los labios y dejó el cuenco al lado del fuego, sacudiéndose las manos.
—Espera—Su voz sonaba a incredulidad divertida—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con Draco Malfoy?—Draco volvió a reírse entre dientes y se encogió de hombros. No tenía ni idea de por qué había dicho aquello, y eso le pasaba por estar más pendiente de cómo su lengua se paseaba por sus labios, saboreándolos, o de cómo su estómago moreno se estiraba con su respiración—. Hogwarts no tiene la culpa de todo lo que hagan los alumnos. Las casas son una tradición, separan en función de las habilidades y permiten que los alumnos conozcan a personas con sus mismos intereses y…
—¿Y qué?—La interrumpió retándola a los ojos directamente. Diablos, le encantaba ese toniquete sabelotodo que adquiría cuando defendía una idea. Quién se lo iba a decir...—. Recibimos todos la misma educación, no es que vayan a potenciar más unas cosas en una casa que en otra. Pero se nos marca con sólo 11 años, se nos etiqueta. Y a veces las etiquetas son más causa que consecuente—sonrió de medio lado y se recostó contra el tronco que habían colocado un par de semanas atrás para sentarse, victorioso—. Las diferencias son fuente de conflicto. No veo la necesidad.
Hermione negó con la cabeza sonriendo. Draco notaba su incredulidad, su incomprensión y su miedo a pensar que él pudiese tener pensamientos tan "civilizados". Eran asuntos a los que en realidad no daba demasiada importancia. Al fin y al cabo poco se podía hacer al respecto. Pero no era estúpido y era capaz de seguir el hilo conductor del razonamiento tan bien como ella. Y ese pavor absoluto que había aparecido en sus ojos cuando discutieron acerca de su infancia volvió con más fuerza, acompañado de un brillo extraño, de una melancolía que él no conseguía identificar hasta que ella no volvió a hablar.
—Eso mismo decía mi padre.
Draco entrecerró los ojos, sorprendido. El pasado de esa frase se coló tan hondo en sus huesos que se descubrió hablando antes si quiera de pararse a pensar.
—¿Decía?
Hermione cogió aire, con una sonrisa compungida.
—Sí.
Dudó un instante si preguntar algo más pero este duró poco cuando se dio cuenta que realmente quería saberlo.
—¿Qué le pasó?
—Espero que nada—contestó con sencillez—. Tuve que hacerles un obliviate antes de que la guerra empezase, para protegerlos. Y… luego se fueron. Sin más. Cuando volví ya no quedaba nada de ellos.
Draco arrancó la corteza de una ramita que había cogido, mirándola. Vio cómo el brillo dorado había desaparecido del fondo de sus pupilas, dejando sus ojos oscuros y sin vida. Pudo percibir cómo sus hombros se hundían, resguardándola del dolor, y cómo sus manos perdían vida mientras jugaban con la arena. Sintió su estómago encogerse al verla así, apagada, y se sintió un estúpido. No sabía exactamente por qué, sabía que no era su culpa, que no podía haber adivinado que pensaba igual que su padre, y su parte más puramente Malfoy le decía que era estúpido por sentir ese peso macizo en su estómago, pero la parte de Draco, el Draco que había ido saliendo poco a poco durante aquel mes y medio sólo quería retroceder el tiempo, pegarse por hacerla empalidecer, acercarse a ella y abrazarla con fuerza.
—¿Por eso ibas a Nueva York?
Hermione carraspeó y cogió aire.
—Sí—Se llevó un brazo con descuido al hombro contrario, acariciándoselo en un gesto inconfundible de protección a sí misma—. Mis padres siempre habían querido ir a ver los cincuenta estados en un viaje por carretera. Mi padre adora todo lo country—Se rió entre dientes—. Siempre hablaba de ir a ver el Cañón del olorado, la Biblioteca Nacional de Nueva York, el Golden Gate, el teatro chino, las Vegas… Se pasaba horas viendo documentales y tenía su despacho lleno de libros—Se quedó en silencio un momento y Draco la observó durante el mismo, mirando al fuego distraída. Su mano acariciaba su hombro, replegándose sobre sí misma y haciéndose pequeñita, casi diminuta a sus ojos—. Pero donde más quería ir—continuó riéndose—, era a un bar de carretera de la Ruta 66. El Área 207. En él se reúnen una vez al año todos los camioneros de la ruta, con esos enormes camiones brillantes con luces. Mi padre decía que si fuese allí les haría tocar el claxon a todos a la vez—volvió a reírse de sus recuerdos—. Espero que esté allí, esperándome.
Draco la observó en silencio, con una extraña sensación recorriéndole las piernas. Ella le inspiraba tantas cosas que jamás había sentido que no podía más que sentirse confundido. Protección, ternura, exasperación, diversión, excitación rayana en la demencia… Era una mezcla explosiva y ella parecía, al igual que él, haberse propuesto volverle loco.
—Los encontrarás. Y entonces se acordarán de ti.
Draco no sabía por qué había dicho algo tan banal, tan absurdo, pero Hermione levantó la mirada y, para su sorpresa, le sonrió. Y fue una sonrisa que le cortó la respiración, que le llevó a la profundidad de la noche, para luego hacerle volver con rapidez al candor del fuego, rodeándola. Una sonrisa que llegó al centro de su pecho y le tocó, fragmentando el hielo que aún quedaba en fino hilos plateados que poco a poco iban extendiéndose y resquebrajándole. Porque en ese momento, con esa sonrisa sincera, agradecida, sintió que ella era ahora el centro de todo. De todo en absoluto. Draco notó que todo su cuerpo temblaba ante esa nueva realidad y que algo cálido se esparcía por su vientre.
—Gracias—Levantó la cabeza y miró al cielo—. Oh, madre mía, mira.
Draco levantó la mirada para encontrarse con un cielo basto y oscuro en su profundidad, pero iluminado por multitud de estrellas que titilaban como siguiendo una armonía celestial insonora para oídos humanos. Un par de estrellas fugaces cruzaron la bóveda dibujando senderos a su paso. Volvió a bajar la vista y la miró a ella, que se había recostado hacia atrás sobre sus brazos, mirando al cielo, de nuevo con aquel brillo reluciente en sus ojos. Se quedó observándola, maravillado por sus cambios de humor que a veces conseguían enfurecerle. Huía de lo malo buscando la belleza en lo más mínimo, como cuando se escapaba de la prisión de la isla yendo a nadar al mar, buscando conchas o caracolas, jugando con Teddy hasta que terminaba riendo a carcajadas. La observó, con su pecho subiendo y bajando con suavidad, su estómago temblando y su pelo acariciándole la espalda con el vaivén lento de la brisa marina.
—Mi madre solía decirme que cada estrella que brilla en el cielo tiene su propia historia ¿Ves esas estrellas de ahí, esas tres que se alinean y brillan con más fuerza que las demás?
Draco volvió a mirar al cielo, acunado por la voz suave de Hermione, dejando las réplicas mordaces y el miedo a intimar lejos, encerrado con fuerza junto a la voz de su padre. Hablar de sus padres les había unido, podía notarlo, podía sentir como esa cadena que cada vez tiraba más de él hacia ella se volvía sólida y casi visible.
—Es el cinturón de Orión el Cazador—explicó—. ¿Puedes ver la silueta?
El rubio la miró, observó sus piernas cruzadas sobre la arena, sus pies finos, endurecidos por andar descalza, y sus manos delicadas, enterradas en esta con dejadez.
—Sí, la veo.
—Hace mucho tiempo, en la Antigua Grecia, Orión era un gran cazador—comenzó con suavidad, sin dejar de mirar el cielo—. Como hijo de Zeus y Euríales, recorrió el mundo en busca de su verdadero amor. Después de mucho buscar y casi dándose por vencido, conoció a Mérope. Pasó muchos años intentando conquistar su corazón y tratando de que su padre le diese el consentimiento para casarse con ella. Después de mucho intentarlo, tras una noche de desesperación, perdió la paciencia y la violó. Como castigo, su padre le cegó, y él viajó en busca de la diosa Artemisa para que le curase. Artemisa se enamoró de él, pero su hermano Apolo, celoso del amor que le profesaba a Orión, la engañó consiguiendo que le matase. La diosa, hundida en el dolor, elevó a Orión al firmamento con el fin de poder recordarlo siempre.
Draco observó las estrellas, que como pequeñas luciérnagas repletas de vida, parecían bailar al son de la historia de Hermione.
—Poseidón.
La castaña apartó la mirada del cielo y le miró.
—¿Cómo?
—Orión era hijo de Poseidón y Euríales, no de Zeus.
Hermione se rió y negó con la cabeza, sorprendida.
—Sí, tienes razón—consintió entrecerrando los ojos—. ¿Tu madre también te hablaba de las estrellas?—bromeó.
—No, pero la astrología y la astronomía me gustan. Un hobby.
Hermione enarcó una ceja y se incorporó del todo.
—Eres una caja de sorpresas, Malfoy.
—No, soy una caja normal, Granger, lo que pasa es que aún no te has atrevido a mirar dentro.
Hermione le miró en silencio, con una mirada fija y firme. Y en ese momento pudo ver como la cadena se rompía, y la brisa del mar volvía a ganar potencia, y las olas rompían contra la arena casi de manera molesta. Vio el brillo apagarse en sus ojos, y la desconfianza asomar sin disimulo. Y sintió como la rabia y la desilusión ganaban terreno en aquel fragmento de hielo que con su sonrisa parecía haber partido en mil pedazos. Observó cómo se levantaba y se sacudía la arena.
—Creo que me voy a ir ya a dormir—masculló casi para sí misma. Le miró de pasada, seria, y se rascó el cuello—. Buenas noches.
Draco apretó los dientes y la vio desaparecer en el interior de la cabaña. Recogió los cuencos y fue hasta el riachuelo, a tientas en la oscuridad. Los lavó y se sentó en una roca de la orilla. Notaba aún esa bola intensa y nerviosa que latía en su pecho, y veía sus ojos y su forma de moverse aun cuando la oscuridad era absoluta. Recordó su voz afectada al hablar de sus padres y la necesidad de reducir su dolor a menos diez. Y se maldijo por ello. Porque todo había comenzado con un maldito plan estudiado para seducirla, y había terminado preocupándose realmente por ella, admirándola en todas sus facetas, queriendo protegerla y aliviar su dolor. Maldición, había terminado observándola como a una jodida piedra preciosa hecha para mirar y adorar en lugar de como a un delicioso bistec, listo para ser devorado.
"Joder, Draco, se-duc-ción, nada de chorradas de estrellas o traumas. Tócala al descuido, mírala, pero por dentro, duro como una roca"
-O-
—¡Draco!
El rubio parpadeó en la penumbra de la cabaña, con un par de rayos de sol colándose entre los troncos y jugueteando con las sombras.
—¡Draco!
El grito aumentó su intensidad y longitud y, levantándose de un salto y agarrando su varita, miró a Teddy dormir plácidamente en su cuna y salió de la choza con rapidez. Se plantó en calzones en la arena y miró a la playa, con los ojos entrecerrados y sensibles por la luz. Hermione estaba subida a las rocas, mirando al agua, con la tela que usaba de pareo hondeando al viento hacia atrás, pegándose a su cuerpo. Levantó la cabeza y le miró.
—¿Qué pasa?—preguntó corriendo por la arena hacia ella, sintiendo aún el frescor de la madrugada en sus pies—. ¿Estás bien?
—¡Un pulpo!—exclamó haciéndole un gesto para que se acercase más.
Draco bufó y caminó de mala gana hasta ella, sorteando las rocas y pisándolas con cuidado de no hacerse daño.
—¿Para eso me despiertas dando gritos? Maldita sea, Granger—gruñó llegando a su lado y asomándose para mirar al lugar que señalaba. Un pulpo morado se escondía entre dos rocas y un liquen gomoso.
—¿Lo ves?—preguntó Hermione excitada, colocándose más cerca del agua.
—Sí—masculló acuclillándose en la roca. Apuntó con su varita, aún adormilado—. Accio pulpo.
No ocurrió nada. El pulpo no se movió ni un milímetro y a sus espaldas Hermione chasqueó la lengua.
—¿Qué haces?—inquirió con molestia—. El accio no…
—Ya, ya, no funciona con seres vivos—Terminó de mala gana. Se restregó los ojos, intentando despertarse del todo, y cogió aire—Me has llamado para que haga el trabajo sucio, ¿no?
Hermione agarró la varita que él le tendía y se mordió el labio con culpabilidad divertida. Draco se sentó en la roca, con cuidado de no tocar el agua con los pies para no espantar al animal.
—¿Cuánto quieres ese maldito pulpo, Granger?
—Podría hacer un buen caldo y su carne es muy nutritiva—Draco enarcó una ceja y la miró con impaciencia—Además, así cambiaremos la dieta.
—Ayer cenamos carne.
—Sí, y después de eso no quiero volver a comer caracolas y peces. Empiezo a tener pesadillas—Se quejó mirando fijamente al animal.
—Es un maldito bicho con ventosas—espetó con asco.
—No te cuesta nada, mírale, está ahí—Draco suspiró y se preguntó por qué diantres iba a hacer aquello.
—Sí, me cuesta mojarme sin haber desayunado—bufó bajando una mano al otro lado de la roca y tanteando el agua—Maldita sea…
—Deberías dejar de maldecir tanto, un día eso a lo que maldices podría tomar represalias—Se burló viéndole tantear la maniobra.
—¿Ahora te has vuelto supersticiosa?
Sin dejar que le respondiese se apoyó sobre una mano en la roca y saltó al agua. Con rapidez lanzó las manos hacia el agujero que había dejado de retirada al animal y las introdujo en el mismo. Agarró uno de sus tentáculos a tiempo pero este tiró con fuerza hacia la profundidad de los huecos entre las rocas y él se vio impulsado de cabeza hacia las olas. Salió con el pelo empapado y el agua negra de tinta recorriendo su cuerpo. Su cara de frustración y molestia provocó que Hermione se tapase la boca y comenzase a reír con disimulo hasta que fue imposible tapar sus carcajadas.
—¿Te ríes de mí, sabelotodo?—masculló mirándola con peligrosidad.
—No me río de ti, me río contig…—Una nueva carcajada la interrumpió, logrando que se doblase y diese una palmada entre risas.
Draco no pudo evitar una sonrisilla de medio lado al verla reírse así, despreocupada, con el viento y el pareo volando con la brisa, mirándole con algo que no sabía descifrar. Poco a poco se acercó a ella mientras se echaba el pelo hacia atrás, con un andar que cualquiera que no hubiese estado rompiéndose por la mitad a causa de la risa, habría llamado "felino".
—Así que te ríes de mí, ¿eh?—La agarró de las piernas con rapidez, provocando que chillase y se apoyase en él para evitar caerse. El rubio tiró de ella echándosela al hombro, riendo y girando hacia el agua con ella a cuestas.
—¡Estate quieto! ¡MALFOY! ¡Suéltame!—gritaba y reía a la vez, mientras él sonreía bestialmente—. Ten cuidado con la herida… —El rubio subió más la mano evitando su gemelo y la parte más cercana y Hermione dio un respingo al sentirle en su pantorrilla—. ¡Vale, lo siento, lo siento! ¡Bájame!—Pero Draco continuó sacudiéndola con gracia—. ¡Bájame o te hago un mocomurciélago que no te dejará respirar durante días!
—¿Me amenazas con mi propia varita?—preguntó divertido—. Qué ruin, Granger. Vale, qué quieres ¿qué te baje?—repitió fingiendo inocencia—. Está bien…
Tiró de ella y la dejó resbalar hacia delante, dejándola caer frente a él. Hermione contuvo el aliento por la temperatura del agua, que a ella le llegaba justo por debajo de los pechos, y le miró. Draco sonreía con esa mueca pérfida que le ponía la piel de gallina, demasiado cerca de ella, con sus ojos grises titilando divertidos.
Y las ganas de besarle se impulsaron hasta el infinito, casi más que la noche anterior. Sintió un vahído extraño dejarla paralizada, rodeados de aquel agua negruzca, con el sol temprano de la mañana arrancando destellos a su piel morena. Con ese pelo rubio casi blanco, húmedo hacia atrás. Se quedó paralizada, inmersa en la fuerza de sus sensaciones e impulsos, sin saber encontrar demasiadas razones para no hacerlo, sin entender por qué la noche anterior se había levantado de la hoguera en lugar de atraerle hasta ella y saborearle como cada noche soñaba desde que le probó. Pero justo cuando algo en su cabeza le gritaba que recortase la mínima distancia que los separaba y volviese a probar aquellos labios exigentes, Draco retrocedió y se alborotó el pelo.
—Deben ser las siete de la mañana. ¿Qué narices hacías despierta tan pronto?—masculló agarrándose a una piedra e impulsándose para subir.
Hermione tragó saliva y fue detrás de él. Esa sensación de desatadura la impulsó a alzar una mano y tendérsela, esperando que le ayudase. Draco enarcó una ceja y, para sorpresa de ambos, le agarró la mano.
—No podía dormir.
—Pon ahí el pie—Le indicó sorpresivamente, con un tono de voz suave. Hizo lo que le decía y, de un tirón, la subió a su lado. Y de nuevo ese vaivén de ganas de agarrarle y pegarse a él la contaminó de arriba abajo.
Y también de nuevo Draco se alejó de ella, caminando con cuidado por las rocas hasta llegar a la arena. Ella le siguió, exprimiendo las puntas de su pelo y el pareo. Le vio caminar molesto por la humedad de sus bóxer, escuchándole gruñir por lo bajo, y sonrió.
Cuando llegaron a la cabaña era totalmente consciente de que el trozo de tela que usaba de pareo se había teñido de gris por la tinta y que no podía mantenerse inmune al trasero bien formado de Draco. Le observó agarrar sus pantalones y marcharse detrás de la tienda para cambiarse, y un súbito sonrojo la contaminó al pensar que justo al otro lado de la pared de troncos, en la que había algunos agujeritos, estaba el rubio desnudo. Se acercó a Teddy, que se había despertado y miraba en silencio el techo oscuro, y lo cogió. Y de reojo buscó al rubio entre las rendijas de los troncos, mascullando un insulto hacia sí misma cuando fue consciente de lo que estaba haciendo.
Si la noche anterior había conseguido parar el subidón de necesidad en forma de latidos, calor y frío súbitos y un curioso impulso de lanzarse contra él, haber pasado toda la noche sabiendo que estaba a tan sólo un metro de ella, recordando sus palabras, sus gestos fanfarrones, su sincera preocupación, había servido para que ahora el imán que existía entre ellos tirase de ella como nunca antes. Ron se difuminaba en su mente y Harry sólo era una leyenda. No conseguía recordar nada y ante cada argumento razonable aparecía la frase estrella que parecía pronunciar un diablillo sinvergüenza: "¿Y si nunca sales de esta isla?"
¿Y si nunca salía? ¿Qué significaba eso? Hasta ahora había vencido a la endiablada vocecilla respondiendo que podía esperar, pero estaba llegando a un punto crítico en el que esperar era lo más difícil que había hecho jamás. Más que vencer las pruebas de la Cámara Secreta. Más que hacer una poción Multijugos. Más, incluso, que destruir un horrocrux. Por Morgana, Draco Malfoy era más tentativo que la maldita Piedra Filosofal.
Y ella no había sido nunca de dejarse llevar por tentaciones. Era virgen. Ni si quiera los besos insistentes de Ron la habían confundido. En aquel entonces pensar que estaban en casa de los Weasley había sido suficiente para frenarse. Hoy, si le dijesen que sentiría con Ron lo mismo que estaba sintiendo con Draco, ni estar en el hall del Ministerio de Magia la habría frenado. Pero Ron no era Draco, y no estaban en la casa de los Weasley o en el Ministerio, estaban en una isla desierta, ellos dos solos, con Teddy. En la misma cabaña. Medio desnudos.
Era una jodida diosa de la contención.
Sentó a Teddy en una de las esterillas y fue a dar la vuelta a la cabaña para coger agua del riachuelo. Podría usar la varita, pero aquellos sencillos gestos hacían que la vida fuese más entretenida. Cuando no tienes nada que hacer, eso marca una gran diferencia. Estaba llegando casi a la esquina de la cabaña para girar a su parte de atrás, cuando recordó que Draco podía estar desnudo allí. Cogió aire y se paró de sopetón. Estaba dando la vuelta sobre sí misma para retroceder cuando el rubio dobló la esquina y se chocó con ella.
—¿Qué haces aquí?—preguntó acusador, con un brillo divertido en los ojos y los calzoncillos en las manos. Sin pretenderlo, Hermione bajó la mirada y observó que llevaba puestos los pantalones. Eso sólo sirvió para que Draco enarcase una ceja y sonriera con petulancia.
—Iba a… por agua para la papilla de Teddy—masculló colocándose el pelo y cruzándose absurdamente de brazos.
—Ya—contestó Draco con aquella expresión aún acusadora.
—No te estaba espiando—Se defendió con rapidez.
Draco se rió entre dientes y se movió esquivándola.
—Qué pena…
Hermione abrió la boca viéndole caminar hasta la parte delantera de la cabaña, agacharse y hacer cosquillas a Teddy con el pelo mojado. Se giró abruptamente deseando quitar esa, como tantas otras, irresistible imagen de su cabeza y anduvo hasta el riachuelo. Usó los dos cacharros de la cena para llenarlos de agua y, tras un instante pensativa, dejó caer la cabeza sobre su rodilla y suspiró. Tarde o temprano ni el mismísimo Dumbledore podría convencerla para no lanzarse a su cuello.
—Granger—La llamó Draco desde el otro lado de la cabaña. Hermione volvió a suspirar y se puso de pie, caminando hacia allí. El rubio la observó dejar los cuencos junto a la hoguera apagada y agarrar dos frutas—Voy a ir de nuevo a buscar algo para comer.
Hermione levantó la cabeza y le miró. Había agarrado los diminutos pies de Teddy y jugaba con ellos logrando que el niño se riese despreocupadamente.
—Vas a buscar a ese dragón ¿verdad?
Draco la miró, con los ojos grises brillando con profundidad y el rastro de la sonrisa que estaba brindándole a Teddy aún fresco en los labios. Su pecho brincó y remoloneó con fuerza por la visión de su piel morena y su pelo mojado. De su espalda desnuda y ondulante bajo sus movimientos. Se puso de pie y se acercó a ella.
—Volveré antes de comer—respondió mirándola. Se agachó a recoger su varita, que Hermione había dejado al lado de la puerta, y se la metió en el bolsillo trasero del pantalón.
La castaña le observó dar un beso en la frente a Teddy y susurrarle algo y luego se enfrentó a su mirada, indeciso sobre si acercarse más o no. Finalmente hizo un gesto con la cabeza y se alejó caminando por la zona de los árboles, hacia el fondo de la playa.
-O-
Ron no sabía cuánto tiempo hacía que estaba sentado allí, en su cama de la Madriguera, jugando con un guardapelo que Hermione le había regalado de broma, con una foto suya dentro. Recordaba sus carcajadas cuando, al abrir el envoltorio, se enderezó en la silla consternado. Ella se había acercado a él aun riéndose y le había besado, diciéndole que nunca nada iba a separarles. Luego había abierto el colgante y su mirada casi le había deslumbrado, sonriéndole y lanzándole besos desde la fotografía. Podía recordar la forma en que ella se había puesto de puntillas, pegándose a él, para colgárselo del cuello, y cómo había entrelazado sus dedos en los suyos, mirando soñadora el cielo y contándole algo acerca de unas estrellas. Como siempre, él se había perdido en su voz, en sus ojos y en la curva de su cadera, y ella había terminado enfadada con él por no escucharla. Pero cómo iba a escucharla si ni si quiera era capaz de pensar si la tenía cerca.
¿Qué era lo que había ocurrido en su cabeza para traicionarla de este modo? Seguía repitiéndose una y otra vez que había sido un impulso, que no había significado nada en absoluto, que seguía amándola igual. Pero sabía que, si él fuese el que hubiese desaparecido, no le perdonaría algo así. Y Sherly rondaba su mente cada vez con más fuerza. No tenía el arrojo que caracterizaba a Hermione, su desparpajo y su capacidad de intimidar. Era todo lo contrario, en realidad. Con ella se sentía poderoso, se sentía capaz de deslumbrar. Con ella sentía que perdía los papeles. Era adictiva, con ese aspecto frágil y delicado, con esas manos diminutas y esos ojos gigantes que revoloteaban cuando la hacía llegar al orgasmo. Él ni si quiera sabía qué hacían los ojos de Hermione cuando hacía el amor. Las piernas delgadas y pálidas de Sherly rondaban su mente continuamente, al igual que sus pezones sonrosados o su garganta estilizada. Y eso le ayudaba a combatir el terrible sentimiento de pérdida. Sabía que era egoísmo puro, que era una huida de la realidad, que se estaba hundiendo en un fango del que luego no sabría salir. Que si Hermione apareciese de pronto… demonios, querría morirse.
¿Eso significaba que no quería que ella apareciese? ¡No!, claro que no. Hermione era su vida. Su pasado, su presente y su futuro. Había soñado dormir cada noche con ella entre sus brazos y se había acomodado a su divertido refunfuñe cuando algo no iba como ella deseaba. Amaba a Hermione. Y por eso no entendía nada.
La puerta de su habitación se abrió lentamente, produciendo un chirrido agudo que le sacó de su ensimismamiento.
—Ronald—masculló Molly asomando la cabeza—¿Sabes si tu hermana y Harry van a venir a cenar?
Ron miró a su madre. Escuchó su voz y negó con la cabeza. Y algo en su garganta se liberó. De pronto se sintió como aquel niño de siete años que lloraba porque Fred y George le habían robado su pedazo de tarta de ciruela. Pero Fred ya no estaba, y no era un pedazo de tarta lo que le habían robado, sino a Hermione. Se la habían arrebatado sin avisar y su madre no podría ir a la cocina a traerle otra para que dejase de llorar. Agachó la cabeza a tiempo para que Molly no le viese deshacerse, pero el sollozo partió el aire provocándole un escalofrío.
La mujer entró al cuarto cerrando con presura la puerta a sus espaldas y se acercó a él, sentándose a su lado y atrayéndola a su pecho.
—Sh…—susurró acunándole—. Todo estará bien, cariño.
—No—masculló abrazándola—. La he cagado.
—Esa boca—Le regañó, dándole un beso en la cabeza—. Seguro que tiene solución.
—No—gimió separándose, secándose las lágrimas con la manga de la camiseta—. No sé por qué siempre hago lo mismo. Soy un cobarde.
Molly llevó los pulgares a sus mejillas y terminó de secárselas.
—No eres un cobarde—afirmó sonriendo con ternura, como si su hijo, que le sacaba dos cabezas, aun necesitase que ella apareciese y venciese los monstruos de sus pesadillas—. Pero no te quieres lo suficiente. Cariño, ojalá pudieses verte como te veo yo—Ron negó con la cabeza y se sorbió la nariz—. No te pongas cabezón y escucha a tu madre. Eres un hombre fuerte, Ronald. Has enfrentado cosas que yo jamás sería capaz de enfrentar. Me has hecho morderme las uñas hasta casi quedarme con muñones y, sobre todo, me has hecho sentir orgullosa y feliz de tener un hijo como tú—Ron observó atento a su madre. Su pelo cobrizo estaba enmarañado por haber estado todo el día de un lado para otro, intentando no pensar. Tenía las manos desgastadas, pues había dejado de usar la magia desde la muerte de Fred, y unas finas ojeras se escondían entre las tenues arrugas de las comisuras de sus ojos. Pero podía sentirlo. Podía sentir el amor y la admiración de su madre hacia él, y eso sólo sirvió para hundirlo más. No se sentía con derecho de todo aquello. No después de haberse comportado como un maldito miserable—. No sé por qué te sientes tan incapaz de todo y tan poca cosa, pero sólo tienes que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que no es así. Estás rodeado de gente que te quiere, de gente que te ve—Puso una mano en su pecho, con aquellos dedos enrojecidos, y le levantó el mentón con la otra, con suavidad—, como eres de verdad.
Ron negó con la cabeza, sintiendo como las lágrimas acudían de nuevo a su garganta, y respiró hondo para apartarlas.
—Siempre tomo malas decisiones. Siempre salgo huyendo—susurró mirándola a los ojos.
—Eres humano, cariño, y los humanos nos equivocamos—intentó tranquilizarle—. Pero estoy segura de que no has hecho nada que no puedas solucionar. Si algo tienes es que, aunque dudes de todo, al final, siempre das con la respuesta correcta.
Ron observó cómo su madre se ponía de pie y le daba otro beso en la cabeza. Con una leve palmada a sus manos le sonrió y se dirigió a la puerta.
—Y cámbiate de ropa—comentó saliendo al descansillo—. No quiero que digan que mis hijos huelen a pocilga.
-O-
Draco se dio prisa en cruzar el río tras el bosquecillo de cañas y subió con rapidez por el bosque, sin pararse demasiado a pensar. Antes de llegar al lugar en el que había dejado al dragón la tarde anterior, se paró en unos matorrales y consiguió extraer un poco de salvia de las hojas de un sauce. La juntó con algunas hierbas medicinales que había cogido prestadas a Hermione y seis frutas de las moradas, las mismas que ella usaba para hacerle el cataplasma. Mientras intentaba darle la espesura ideal, con una textura suave y uniforme, como la castaña hacía, caminó hasta la zona de arbustos tras la que estaba el claro del animal. Dejó el cuenco en el suelo con cuidado y se asomó por el borde. El dragón estaba tumbado en el mismo lugar, con la cabeza apoyada de lado en el suelo. Sus patas, descarnadas y putrefactas, estaban cubiertas de moscas que aleteaban de un lado a otro y a las que intentaba espantar de tanto en tanto con fuertes golpeteos de su cola. Se puso de pie y miró a su alrededor. Arrancó una rama frondosa y sacó unas hojas de palmera que había cogido anteriormente. Las unió por sus extremos y las fijó al estrecho tronco que acababa de arrancar. Resultó un viaducto estrecho pero firme gracias a los hechizos de fijación, por lo que probó hasta dónde llegaría. Unos tres metros. Suficiente.
Traspasó los matorrales y la cabeza del dragón se levantó al instante, mirándole de reojo. Caminó con cuidado, pisando flojo, por el círculo de los árboles hasta situarse frente a él y, una vez que lo consiguió, agarró la rama y la fue acercando con cautela. En un momento determinado el animal bufó y golpeó el suelo con la cola, consiguiendo que se sobresaltase y parase su avance, pero tras unos instantes de espera, Draco continuó con su acercamiento y finalmente dejó el otro extremo de la rama con las hojas justo frente a su hocico. Sacó la varita, con cuidado de no hacer ninguna floritura especialmente llamativa, y apuntando a las hojas unidas susurró un leve "aguamenti". Un chorro de agua cayó sobre la hoja y continuó bajando por el conducto de las mismas a lo largo del tronco, hasta llegar al final, donde el agua comenzó a caer al suelo. El dragón observó el líquido y olfateó abriendo la boca. Estaba sediento. Draco lo sabía y esperaba que confiase lo suficiente en él como para beber. Pero el animal volvió a bajar la cabeza, mirándole fijamente, y se quedó inmóvil, con el agua derramándose frente a él.
—Vamos, maldito cabeza hueca, bebe—masculló estirando más el brazo y arrimando la rama. El dragón bufó y levantó una de las patas delanteras, produciendo un golpe sordo al dejarla caer en la tierra. El rubio se fijó en la garra, poderosa y enorme, casi del mismo tamaño que él, y tragó saliva—. No hay que ofender a un dragón, Draco, maldita sea, presta atención a lo que haces—gruñó para sí mismo. Se pasó el brazo por la frente y se secó el sudor—. Está bien, eh… ¿Dragón? ¿Te parece bien que te llame así? O debería llamarte…—Se fijó en sus patas, desgarradas por los hechizos, e hinchó los carrillos de aire pensando—. ¿Herido?—el dragón continuaba mirándole con parsimonia, vigilando sus movimientos—. Herida... No es muy correcto que precisamente yo te llame así, ¿verdad?—chasqueó la lengua y se rascó la cabeza, fijándose en las escamas moradas y en el largo hocico—. ¿Qué tal…Tragón?—probó indeciso enarcando una ceja—. He visto cómo te comiste esa cabra, amigo. Exactamente como cuentan las historias del Dragón Staal. "Y de un bocado, el mundo desapareció"—recitó sonriente—. Sí, serás Staal el Tragón. Tragón para los amigos, ¿eh?—Alargó más el brazo, acercando la rama—. Vamos, Tragón, bebe…
El animal cerró los ojos y suspiró, dejando que una nube de humo con olor a azufre lo rodease.
—Oh, mierda, lo has hecho a posta, ¿verdad?—Se quejó protegiéndose la cara con el brazo—. Te apesta el aliento, lagarto gigante—gruñó entre toses—. ¿Por qué no quieres beber? Sé que te mueres de sed.
Tragón bufó y movió la cabeza hacia arriba, ignorándole.
—Eso que dicen de que los dragones son unos orgullosos es cierto—masculló moviéndose y moviendo la rama con él—. ¿Qué quieres? ¿Qué te pida perdón por lo de… tus patas?—inquirió con escepticismo—. Está bien, lo siento. ¡Lo sieeento! ¿De acuerdo?
El dragón abrió un ojo y le miró. Levantó la cabeza y, con desparpajo, acercó el hocico a la rama y comenzó a beber sacando la lengua. Draco afianzó ésta en el suelo y continuó con el aguamenti, asegurándose de que no se derramaba demasiada.
—Claro, pero bien que ayer no dudaste al comerte la cabra—Se mofó, consiguiendo que Tragón bufase de nuevo y otra nube ácida fuese directa a su cara. Entre toses, Draco hizo aspavientos para apartar el humo—. Eres más insoportable que yo. Espera que Granger se entere, le dará un ataque.
Draco pasó toda la mañana afianzando su nueva relación con Tragón. En ocasiones el dragón se enfadaba por algún movimiento demasiado brusco y Draco tenía que retroceder entre toses y gases y esperar que se decidiese a volver a confiar en él. Cuando el sol ya brillaba en lo alto, entre unas cuantas nubes blanquecinas, Draco consiguió que Tragón aprobase la cataplasma, que olisqueo durante una media hora. El rubio logró colocarse al lado de sus patas y lavó las heridas con agua en abundancia, consiguiendo que el animal se quejase e intentase morderle un par de veces. Tuvo que repetir la maniobra unas tres veces, hasta que las heridas estuvieron completamente limpias y pudo extender la cataplasma por la zona que peor estaba. Haría falta mucha más mezcla y esperaba poder encontrar todos los ingredientes a tiempo. De momento, en cuanto acabó, se dirigió a la parte en la que aún estaba la rama y volvió a echarle agua. Tragón se lo agradeció bebiendo sin ninguna otra parafernalia y Draco se sentó apoyando la espalda en un tronco, observándole.
—Así que… estás tú solo—Tragón volvió a mirarle sin moverse, apoyando la cabeza en el suelo—. ¿También acabaste aquí por casualidad?—Draco suspiró y lanzó una piedrecita hacia el interior del bosque—. Supongo que es cosa de la isla, atrayendo a los que están perdidos—comentó burlón, lanzando otra piedrecita.
De pronto, una un poco más grande le golpeó en el brazo.
—¿Pero qué…?—Se giró a mirar a Tragón, que intentaba alcanzar una aún más grande con el hocico—. Oye, no—Le regañó poniéndose de pie—. Me vas a escalabrar, estate… ¡Ah, joder! Maldito lagarto chiflado—exclamó cuando, con un soplido, la piedra fue a parar a su pecho—. Ya no pienso darte más agua, ¿te enteras?—bufó escondiéndose detrás de un árbol y agarrando el cuenco sucio de la cataplasma—. Y no sé si mañana vendré por aquí—añadió guardándose la varita en los pantalones.
Se giró y desapareció en la linde, dejando al dragón solo con los ojos rojizos entrecerrados, tratando de vislumbrar en la oscuridad del bosque. De pronto, una cabra, de nuevo sin una pata, apareció de entre los árboles y se posó delante de él.
—Y con esta despídete de las cabras—gritó Draco caminando entre los árboles sonriente, de vuelta hacia la playa.
-O-
Hermione bufó por cuarta vez mirando como Teddy jugaba despreocupado con una de las figuras de Draco, enterrándola en la arena al descuido y jugando a encontrarla de nuevo, tumbado sobre su barriga. El sol ya estaba bajando por el oeste y Draco aún no había aparecido. Y no sólo eso. Ella ni si quiera había podido probar bocado pensando en él.
—Vendré antes de comer—masculló haciéndole burla, recogiéndose el pelo con una pequeña ramita en un moño descuidado—. ¡Y un cuerno!
Se puso de pie y comenzó a recoger el interior de la cabaña. El calor apretaba con fuerza a esas horas y unas gotas de sudor bajaban perezosas por su garganta hasta su pecho.
"Ni si quiera te hace falta. Llegará, se tumbará en la sombra con Teddy y se quedará mirando el mar" Podía verles ahí, tumbados para combatir el calor. Teddy con su pelo… castaño, normalmente, acunado sobre el pecho de Draco o tumbado boca abajo en la esterilla, sobre su manta. Y Draco a su lado, paciente y cuidadoso, pendiente del niño y, sobre todo, perdido en su mundo. A veces le descubría mirándola, y esas veces se sorprendía a sí misma caminando de un lado para otro frente a él, esperando encontrarse con su mirada de nuevo. Pero eso no solía pasar. Si le había cazado una vez, se volvía cuidadoso. Era un juego entretenido, pero que poco a poco empezaba a atraparla por completo. Pero eso ella ya lo sabía.
Ya no era una cuestión puramente de supervivencia. No sabía qué haría sin él, es cierto, pero además, no quería estar sin él. No podía imaginarse sola con Teddy, imaginar que, si abría los ojos por la mañana, no estaría él ahí con los brazos estirados al descuido y una pierna doblada apoyada contra la pared. Sonrío de medio lado pensando lo que solía esconder entre las piernas, eso que por las mañanas no estaba tan relajado como él. "Eres una sinvergüenza, Hermione" Una leve carcajada escapó entre sus labios mientras negaba con la cabeza, colocando sus almohadones y almohazándolos.
—¿De qué te ríes?
Con un respingo se giró hacia la puerta y le vio allí, recortada su silueta contra la luz del exterior. Miró su mano, en la que había otra pata de cabra, y se levantó, empujándole a un lado para salir. Una vez fuera se giró y le miró de arriba abajo.
—Ya ha pasado la hora de la comida.
Draco enarcó una ceja y bufó, sorprendido.
—¿Y?
—Me dijiste que vendrías antes de comer.
El rubio suspiró y dejó la pieza de carne sobre las piedras de la hoguera. Después se sacó la varita del bolsillo y la dejó en su sitio junto a la puerta.
—¿Acaso nos hemos casado y yo no me he dado cuenta?—preguntó con sarcasmo mirándola de nuevo—. Porque si es así, creo que hay algunos derechos maritales que me pertenecen—comentó burlón mirándola de arriba a abajo.
Hermione abrió la boca con incredulidad. Se acercó a él, con la rabia y el enfado uniéndose a toda aquella burbuja de sentimientos y sensaciones incontrolables guardadas desde hacía ya un mes y medio, y levantó la mano dispuesta a golpearle. Pero él se adelantó, y agarrándola de la muñeca le pegó a él. Sus ojos grises guardaban una seriedad inusitada y su boca escondía un rictus mortífero, mezcla de burla y asco.
—Pensaba que una sabelotodo como tú recurriría a argumentos más sofisticados. Pero esta ya es la tercera vez que me levantas la mano—comentó con serenidad. Pero Hermione sintió que el bello de su nuca se erizaba y una gran oleada de vergüenza la recorría de arriba abajo—. No vuelvas a hacerlo.
La castaña se separó de él apartando la vista, sin saber dónde mirar.
—Me…me sacas de mis casillas—masculló intentando dominarse—. Me pones… contra la espada y la pared—comentó llevándose una mano a la cara—. No lo soporto más—dejó caer el brazo y miró a Teddy—. No puedo estar más aquí, contigo a mi alrededor todo el día. No soy capaz.
Entró en la cabaña y salió con uno de los almohadones.
—¿A dónde vas?
—¡A donde sea!—exclamó agarrando a Teddy, que comenzó a gimotear—Al otro lado de la playa. Cualquier lugar menos este, en el que tengo que estar controlándome para…
Suspiró se pasó la lengua por los labios, intentando respirar pacientemente.
—¿Para qué, Granger?—inquirió sibilino. Hermione levantó la vista y le miró. Lo sabía. Claro que lo sabía. Sabía que no podía dejar de pensarle. Que a cada lugar que mirase deseaba encontrarse con él. Que le observaba, y que cuando no lo hacía revivía cada parte de su cuerpo una y otra vez. Que de algún modo pensar en su entrepierna se había vuelto algo normal y observarle caminar en calzoncillos era la delicia para la que se preparaba cada noche.
—Para no partirte la cara.
Draco se metió las manos en los bolsillos y la observó agarrar la bolsita de Teddy.
—¿A dónde te llevas al niño?
—Conmigo—contestó escueta, comenzando a caminar por la arena hacia el final de la playa.
—No puedes. Es peligroso.
—Tú desapareces todo el día y no pasa nada—espetó con orgullo acelerando el paso.
—¡Voy a buscar comida!—exclamó comenzando a exasperarse.
—Bien, pues no vas a conseguir que me calme sólo porque traigas una asquerosa pata de cabra para cenar.
Draco frenó en seco y respiró hondo.
—Estás loca—aseveró sin dejar lugar a dudas—. Tan pronto te pones a contarme la dramática historia de Orión el Cazador—silabeó burlón—, mirando las estrellas y poniéndome ojitos—Hermione apretó la mandíbula sin dejar de andar—, como recoges tus cosas y te marchas gritando que no me soportas más—Terminó cogiendo aire—Pues está bien. Vete. Pero Teddy dormirá aquí cada noche.
Hermione se giró y le miró.
—¿Cómo dices?
—Él no tiene la culpa de que seas una estúpida—explicó encogiéndose de hombros—Dormirá aquí.
Hermione le observó con furia, con la respiración acelerada y luchando para que Teddy no resbalase con sus lloros.
—Bien.
Draco enarcó una ceja, confundido.
—¿Bien?
—Sí—confirmó. Carraspeó y levantó el mentón—. Irás a buscarle esta noche, antes de que se oculte el sol. Yo vendré a por él mañana después del desayuno.
—Perfecto—Hermione se giró de nuevo dispuesta a marcharse cuando la voz de Draco volvió a interrumpirla—. Y Granger, el dragón estuvo ayer por la zona de la pradera. No te vayas muy lejos.
Mintió, sintiendo un absurdo regocijo en su interior por ello. Hermione titubeó un momento pero, para su sorpresa, continuó andando, moviendo sus caderas de un modo tan llamativo, que Draco tuvo que girarse y apretar los puños para no perder la cabeza del todo.
-O-
Pansy carraspeó levantando los ojos hacia su padre.
—¿Y entonces no tienen comunicación con el exterior?
El señor Parkinson suspiró y dejó la copa de vino sobre la mesa.
—¿Qué quieres saber exactamente, Pansy?
La chica movió la cabeza y se mojó los labios.
—Blaise me contó que tenía un encargo y ahora… le noto raro. Preocupado—comentó al descuido, muy pendiente de la reacción de su padre.
El señor Parkinson era un hombre fuerte, con un físico que impresionaba por su tamaño. No podía decirse que estuviese gordo pero, debido a su enorme complexión, determinar su nivel de delgadez era algo complicado. Sus elegantes túnicas realzaban su imponencia y su cabello negro, cortado de un modo característico, le hacía casi imperturbable ante el tiempo. Era una persona paciente, pero conocía a su hija. Y conocía los defectos que esta tenía.
—Aléjate del chico Zabini, hija—contestó haciendo rodar la copa entre sus dedos—. Ya sabes lo que se dice de su madre.
Pansy cogió aire, cansada del discurso y los chismorreos de la madre de Blaise. Era una mujer viuda desde que era muy joven, y se había casado… demasiadas veces como para que estuviese bien visto. Su fortuna era un cúmulo de herencias de dudosa procedencia y la gente de las clases altas la recibían más por su dinero que por el respeto que la profesaban. En su casa, su madre se había cansado de repetir uno tras otro todos los chismes que iban desperdigando sobre ella en cada comida social.
—Blaise no es como su madre—Le defendió dejando el tenedor sobre la mesa, sin estar muy segura de lo que acababa de decir. Blaise era el Casanova de Slytherin, siempre con al menos tres chicas besando el suelo que pisaba al caminar—. Y no sé qué tiene que ver eso con lo que te estoy preguntando.
—No estás preguntando nada—contestó comenzando a molestarse. Pansy lo sabía porque, cada vez que algo comenzaba a incomodarle, Roger Parkinson jugueteaba con los puños de su túnica—. No haces más que dar rodeos. Sé directa.
Pansy miró a su madre, que la observaba pidiéndole cautela por encima de su copa. En su casa nunca había habido ningún tema tabú. Sus padres habían profesado siempre su concordancia con ideas cercanas al oscurantismo, pero nunca habían impuesto nada sobre ella. Sin embargo, había un tema que consideraban demasiado peligroso como para hablarlo en casa, y ese era todo lo relativo al-que-no-debe-ser-nombrado y sus seguidores. Pansy había dudado muchas veces de su padre pero, después de la guerra, había dejado de hacerlo. Y ella, que había fingido apoyar todo aquello, ahora se alegraba. Se alegraba de no haber sido más que una chiquilla sin cerebro.
Por eso cogió aire, dio un sorbo a su copa, y le miró.
—¿Sabes si Blaise tiene algún encargo de…—Su madre gruñó y su padre entrecerró los ojos—...Azkaban? ¿Y en qué consiste?
Roger miró a su mujer, que negó con la cabeza casi imperceptiblemente.
—Escúchame bien, Pansy—comenzó su padre apoyando las manos sobre la mesa—. Zabini está metido en un lío del que no sabrá salir. Su madre se ha ido del país y él… no va a acabar bien. Se rumorea que hasta los Malfoy están metiendo la mano en esto. Magia muy oscura y muy peligrosa. Aléjate. ¿Me oyes?—Pansy abrió la boca dispuesta a discutir, pero su padre hizo un gesto indiscutible con la mano—. No quiero volver a escucharte hablar de él.
La chica se puso de pie, provocando que la silla hiciese un sonido sordo contra el suelo brillante de cerámica. Dejó la servilleta al lado de su plato y miró a sus padres con oscurecida decepción. Blaise quizá no era su persona favorita en este momento. Quizá disfrutaba haciéndole creer que no le importaba, incluso lo fingía con fuerza tratando de creérselo ella misma. Pero lo cierto era que habían sido amigos siempre, aunque se lanzasen hechizos a la espalda, y, que cuando pasaron a mayores, todo se intensificó. Ahora no sabía qué era lo que tenían, pero había algo que sabía cien por cien: no quería que nada malo le pasase, aunque tuviese que mentirse a sí misma sobre ello para mantener su orgullo.
—Bien, papá—masculló mirándole a los ojos—. Como tú digas.
Se giró y caminó hacia las escaleras, sin dudar un solo momento pero con su cabeza trabajando como una máquina de guerra.
-O-
Le observó salir del agua sacudiendo la cabeza, consiguiendo que miles de gotas irisadas por el sol volasen a su alrededor. Los rayos dorados arrancaban gemidos de luz de su cuerpo, tostado y brillante por el agua salada, y sus músculos parecían cantar con cada movimiento que hacía. Observó la arena que se pegaba a sus piernas y los calzones negros que se ajustaban rodeando a la perfección su…
Draco se giró hacia ella y la saludó mientras caminaba hacia la cabaña, sonriendo con petulancia.
Carraspeó y miró a Teddy, que la observaba casi resentido.
—¿Qué?—preguntó a la defensiva—. Tenía que alejarme un poco, ¿vale? Necesito tiempo.
El niño comenzó a proferir una serie de sonidos sin sentidos y Hermione suspiró y observó el cielo, con ligeras nubes blancas que naufragaban en él.
—Si tan sólo pudiese…
¿Pudiese qué? ¿Volver a Londres? ¿Decirles a Ron, Harry y todos los demás que estaba bien? ¿Retroceder el tiempo, llevar a Ron con ella, coger su varita, viajar en traslador…? No había ninguna alternativa que pudiese darle una salida real a aquel atolladero. Ninguna salida a lo que estaba sintiendo: un calor abrasador que la humedecía cada vez que le miraba, una mente masoquista que no dejaba de pensarle y un niño llorica que sólo se calmaba cuando él estaba cerca.
—Oh, vamos, Teddy, deja de llorar—pidió cogiéndole en brazos y poniéndose de pie—. Solo serán unos días, después podrás volver a dormir con él, a jugar con él, a bañarte con él, a…—negó con la cabeza—. Hagamos una cosa. Vamos a buscar algunas setas y a dar una vuelta. Nos vendrá bien.
Lo sentó sobre su cadera y se internó en el bosque, caminando con lentitud y observando a su alrededor. Encontró algunas plantas medicinales que guardó en un pequeño macuto fabricado con una tela y algunas frutas que les vendrían bien. Continuó internándose, descubriendo una madriguera de conejos ante la que llamar a Draco fue algo demasiado tentador, y un par de riachuelos que confluían en el rio que más abajo, en la playa, desembocaba al mar. Finalmente, sin perder de fondo el sonido del mar rompiendo contra la playa, encontró un racimo de setas a los pies de un gran ejemplar de palmero. Las observó con cuidado, pero no le parecieron demasiado diferentes a las de la noche anterior. Quizá tenían un color un poco más anaranjado, pero no podía estar segura, ya que las otras las había visto cuando era noche cerrada. Las agarró, y las metió también en la bolsa. Cuando volvió a la playa el atardecer estaba cerrándose y se preguntó cuándo vendría Draco a por Teddy y cuándo se daría cuenta que le había robado la varita.
Encendió un fuego, dejando a Teddy recostado sobre una hoja de palmera, y puso un cuenco hechizado para protegerlo de las llamas, como cazuela para hervir las setas. Estaba esperando que estas se cociesen cuando Draco apareció detrás de una palmera.
—Veo que mi varita te ha servido de mucho—comentó con seriedad acercándose a la hoguera.
—Sólo la necesitaba para encender el fuego—alzó la mano y se la tendió. Draco la cogió, rozándole los dedos, y se agachó para levantar a Teddy—. No ha cenado.
—¿Cuánto te va a durar la pataleta, Granger?—preguntó con aburrimiento en la voz.
Hermione le miró, con la molestia rodeándola.
—No es ninguna pataleta, Malfoy—silabeó decidida—. Necesito mi espacio.
—Creo que ya te he dado más espacio del que me gustaría—murmuró tentador con una sonrisa que parecía bailar a la luz del fuego. La castaña boqueó confundida y se puso en pie de un salto.
—¿Ves? ¡A eso me refiero!—exclamó—. Eres… un maldito estúpido que no hace más que soltar estupideces por la boca.
—Oh, vamos, sólo intento relajar el ambiente—Se quejó divertido.
—Pues yo no necesito que relajes nada—Draco enarcó una ceja, ampliando su sonrisa con lentitud, y Hermione sintió que un denso rubor subía por sus mejillas—. ¡No me refería…! ¡Deja de mirarme así!
Una risa gutural salió del pecho del rubio.
—Es divertido ponerte nerviosa—comentó agarrando a Teddy de las piernas, dejándole apoyado la espalda sobre su pecho—. Imagino que igual de divertido que ponerte de otras formas…—movió las cejas de arriba abajo, sugerente y Hermione contuvo una exclamación llevándose las manos a los oídos.
—¡Largo de aquí!
Draco se marchó riéndose a carcajadas, dejándola rodeada de noche y silencio.
"Cien puntos para Slytherin"
El plan marchaba a la perfección. La había visto mirándole cuando se bañó en el mar, sin apartar los ojos de él ni un sólo momento. Había percibido esa preocupación de nuevo cuando se había retrasado, y su desesperación por alejarse de él antes de cometer lo que, sin duda ante sus ojos, era un tremendo error. Quizá se había burlado de ella un poco, pero lo cierto es que ver a la perfecta alumna responsable intentando escapar de sus propios deseos era algo definitivamente divertido. Si todo seguía así, no pasaría mucho tiempo antes de que volviese rindiéndose ante la situación. Y no había nada que desease más en ese momento que su rendición.
AQUÍ ESTÁ. Por fín llegó. Caca pura para mí, pero vosotros mandáis así que... Seguramente corrija más cosas mañana, cuando pueda abrir los ojos sin sentir que me raspo con los párpados las retinas.
Antes de nada, dos aclaraciones:
1. Hermione es virgen. Lo dice en el tercer capítulo, creo. Ron sólo comenta que estaba feliz de no haberse reservado para ella (puesto que supuestamente llegó a mayores con Lavender) porque sino sí que no se habría perdonado perder la virginidad con Sherly (una excusa absurda que se pone para minimizar su pecado).
2. Ron, en su descalabro emocional, llevó a Sherly a Grimmauld Place, a la casa de Hermione, Harry y ya casi de Ron y de Ginny, que se acoplan allí cada dos por tres. Muchos me habéis preguntado si acaso la llevó a casa de Hermione. Pues más o menos, solo que también es un poco su casa.
Doy las gracias a vuestros reviews. En serio que me dan la vida. Y al apoyo que recibo por Twitter de la maravillosa Iris y de muchas más que me presionais fuerte para que actualice, lo cual agradezco porque sino me dormiría en los laureles. Prometo contestar hoy los reviews y actualizar "Potter, ¡Devuélveme mi cuerpo!" En cosa de una semana.
Y sin más, espero que os guste. Aunque repito que llevo un mes sin actualizar porque a mí me tiene desencantada muy mucho.
PD: User en Twitter: IlisiaBrongar
