¿Que si me hice la loca? No. Realmente tenía ganas de publicar esto hace demasiado tiempo, pero el miedo de cometer un OoC feo y asqueroso me retrasó completamente. Lo siento por eso. Esta es una de mis pareja favoritas de todo el jodido fandom y no quería decepcionar a nadie (tampoco a mí misma, eh). Hice todo lo posible por no caer en el PwP, y siendo este mi primer lemmon publicado (que escribiendo llevo desde los trece años cofcofcofestoypodridacofcofcof) no sé cómo sentirme, huh.
Este capítulo está dedicado a la queridísima Annie Thompson. ¡Gracias por apoyarme desde el principio! Sé que como a mí te gusta esta pareja así que espero que disfrutes leyendo tanto como yo escribiendo.
También, quiero agradecerles a Ren.00, Pomato, hikari eternity, Absalon95, Annie Thompson, Hisamicchi, Nikki Usagi y Lanma por sus hermosos reviews. Siempre están ahí para apoyarme, y no tienen idea de lo mucho que significan sus palabras para mí. Gracias a ustedes es que sigo esforzándome. ¡Las amo!
Kuroko no Basket y todos sus personajes son propiedad de Tadatoshi Fujimaki. Yo no poseo nada, sólo los feels y las ideas retorcidas.
Capítulo 10
Código de Letras y Números I:
Rakuzan
A Nijimura Shuuzou le gustaban los sábados. Primero que nada porque no eran parte de la semana, así que podía estar todo el día sin abrir un solo libro o preocuparse por permanecer despierto hasta el final de las clases. Tampoco tenía responsabilidades en su residencia, así que podía hacer literalmente lo que le saliera de los huevos.
El segundo motivo era la oportunidad de ver a Akashi con todas las de la ley. Nada de visitas de una hora que terminaban antes de empezar, logrando darse un beso tan corto que apenas si duraba un segundo completo, para después arrastrarse de vuelta a su casa con la moral en el piso. Estas eran las veces en que podía quedarse todo lo que quisiera, hasta a dormir si se le antojaba, y el cielo sabía que no mentía cuando decía que a él siempre se le antojaba.
Pero, para ser sincero, esa no era la única razón por la que se había lanzado de cabeza hacia Rakuzan apenas se hicieron las tres de la tarde. Casi que estaba corriendo como desquiciado. Aunque tampoco que fuera necesario que se apresurara, porque si realmente hubiera ocurrido algo, él ya lo sabría. Habría sido el primero.
Y es que estaba tan acelerado por el hecho de que no había visto al pelirrojo desde el miércoles. El miércoles. Ese día que nadie se atrevía a mencionar.
Apretó el paso lo más rápido que pudo, sorteando las primeras casas antes de llegar a Rakuzan; había recorrido tantas veces ese camino que lo conocía como la palma de su mano, pero hoy se le estaba haciendo ridículamente infinito. La verdad es que nunca le había molestado que Vorpal Swords* estuviera tan lejos de la casa blanca y celeste; ambos necesitaban su propio espacio e independencia, además de que podía mantener un ojo sobre Haizaki, no vaya ser que el cabeza hueca hiciera alguna burrada.
Ellos se sentían bien con ello. Y les funcionaba de maravilla. Aunque claro que a veces quería mandarlo todo al diablo y estar al lado de Akashi sin restricciones.
Llegó a la puerta de Rakuzan y tocó el timbre, dos veces. Esa era su señal personal. Esperó treinta segundos, y entonces la puerta fue abierta por Mibuchi.
El sujeto estiró los labios, adornando su ya de por sí empalagoso rostro con una sonrisa más falsa que su respeto por Mayuzumi.
―Ah, Niji-kun ―saludó. Nijimura casi tuerce los labios, haciendo una mueca fea. Jamás entendería por qué razón del infierno Mibuchi lo llamaba de esa forma, como si completar su apellido le supusiera un gran esfuerzo, pero ya ni para qué quejarse. Entró, dejó su bolsa de lona en el suelo y se quitó los zapatos―, qué bueno verte. Sei-chan está en la terraza.
―Ya. ¿Y cómo están ustedes?, ¿se encuentran… bien? ―inquirió. La verdad es que sí le interesaba saberlo. Aunque los había conocido hacía relativamente poco en comparación a Akashi, los miembros de Rakuzan le caían… bien. De verdad. En especial el jodido de Mayuzumi.
Reo hizo una mueca disimulada.
―Al menos ya no duele.
Nijimura abrió la boca para decir algo, pero no se le ocurrió qué. Miró durante un segundo los ojos de Mibuchi y luego desvió la mirada, contrariado.
Parecía que ni él pudo escaparse de la ola de depresión que flotaba sobre las cabezas de todos, sin importar la casa a la que pertenecieran. Y eso que la mayor parte del tiempo Mibuchi Reo era un tipo bastante engreído, haciendo de Reina del Drama cada vez que Nebuya o Hayama salía con alguna estupidez, escupiendo veneno a cualquier cosa que viniera de Mayuzumi, mirando por encima del hombro a quienquiera que no luciera como Kise o al menos mínimamente agradable a sus ojos, pero de la manera que fuera él también era mutante. Si no lo hubiera afectado estaría negando su propia sangre.
El de Rakuzan se dio la vuelta, metiéndose nuevamente en su papel de Reina Abeja, y le hizo una mueca rara con la mano derecha.
―Lo que sea ―espetó de manera forzosa―. No te quedes ahí parado y cierra la puerta que se entran los bichos ―dicho esto se retiró rápidamente del genkan, yéndose directamente a la sala de estar.
Nijimura cerró la puerta. Que si hablaban de bichos, Mibuchi les ganaba a todos.
Se deslizó con paso firme a la terraza, sin detenerse a ver si Mayuzumi andaba por ahí o se había escapado de Rakuzan y su constante empeño por ahogarlo en la mierda. A veces se preguntaba por qué el resto de los miembros, exceptuando a Akashi, lo trataban tan… ¿mal? No estaba seguro de si esa era la palabra correcta, pero fue la única que se le ocurrió; tampoco que fuera de los que se les da bien las frases complicadas, que para eso ya estaba su novio.
Qué buen avance, pensó de un momento a otro, el que ya no le entrara la estupidez cuando pensaba en el pelirrojo como su novio. Recordó los tiempos cuando eran parte de Teikou, cuando él no era más que un mocoso con la tarea de cuidar y guiar a otra panda de mocosos con suficiente poder para tirar abajo cualquier barrera que les pusieran en frente, y lo extraño que había resultado todo. A veces hasta le costaba creer que realmente le había pasado.
No fue como si Akashi comenzara a gustarle desde "el primer momento en que lo vio", que tampoco eran una novela de libro barata, y menos cuando se suponía que ese niño de brillante cabello rojo y ojos despiertos era su kohai. En aquellos tiempos, cuando finalmente comenzó a darse cuenta que el crío le parecía un poco más atrayente que los otros, el sentimiento de que estaba enfermo lo agobiaba día y noche. No por la estupidez de que fuera otro hombre, sino porque se sorprendía a sí mismo queriendo besar esos labios rojos, o estrecharlo entre sus brazos con fuerza. Peor aún, quería llenarle esa piel tan blanca de marcas rojizas.
Pasó semanas y hasta meses enteros estrellándose la cabeza contra la pared, sintiéndose un idiota pervertido que quería corromper la inocencia de un niño. Aquello había sido en extremo estúpido, hasta para él.
Cuando saló a la terraza lo encontró de espaldas a la puerta, levitando tranquilamente mientras mantenía las piernas en posición de loto. Tenía puesto un suéter negro mangas largas con cuello alto y unos vaqueros, como si no hiciera un calor de putas tan grande que hasta Murasakibara se sentiría sofocado. No dijo nada y Nijimura tampoco. Simplemente se sentó en la silla más cercana, suspirando aliviado al ver la serena expresión que mantenía con los ojos cerrados. Había sido una completa idiotez preocuparse, como si de todas las personas algo pudiera pasarle a él. Más rápido le metían una bala en la cabeza con su forma de diamante.
―Buenas tardes, Nijimura-san ―dijo casi sin moverse―. Es bueno verte.
No le sorprendió en absoluto que supiera que era él. El vacío mental que representaba Shuuzou para la telepatía de Akashi lo delataba tanto como si estuviera gritando.
―Hola, sí. También es bueno verte ―respondió―. Estás bien.
―Por supuesto. No tienes de qué preocuparte. Pero es agradable saber que tú también estás bien.
―¿Diamante, recuerdas? No pueden hacerme daño.
Finalmente, el pelirrojo abrió los ojos, dirigiendo su mirada bicolor directamente hacia Nijimura. Éste la sostuvo de buena gana, y entonces una ligera curva se formó en los labios de Akashi hasta convertirse en una sonrisa.
Y ahí estaba otra vez, el mocoso lo miraba como si estuviera encantado, como si fuera una persona increíble. Ya, que él también tenía su dosis de amor propio y sabía lo que valía –quizás no era tan inteligente y podía dar más caña en los estudios, pero tenía sus virtudes, joder–, pero no soportaba cuando el otro lo miraba así. Tan… embelesado.
Frunció el ceño y se cruzó de brazos, esforzándose porque las emociones revueltas no se le subieran a la cara como si fuera un puberto virgen. Que estuvieran enamorados y en una relación podía entenderlo, normal, pero no había manera en la tierra en que pudiera lidiar con ese tipo de expresiones. Si seguía así, Akashi terminaría matándolo de alguna mierda rara del corazón antes de los dieciocho.
―Y entonces… ¿qué? ―masculló apresuradamente, queriendo meter algún tema de conversación, cualquiera, para disimular su ridícula vergüenza―, ¿hay algo nuevo? ¿Qué circula por las mentes de las personas ahora mismo, aparte de lo que ya sabemos?
Suspiró ampliamente, deshaciendo su postura y descendiendo hasta que sus pies tocaron el suelo. Nijimura realmente no entendía cómo era posible, pero todo lo que hacía el pelirrojo estaba cargado de una elegancia y majestuosidad inigualables. Incluso un acto tan sencillo como caminar, que es lo que estaba haciendo ahora, difería tanto de la mayoría de las personas que realmente se preguntaba si lo hacía de manera intencional porque, vamos, nadie puede ser tan perfecto.
Y si lo fuera, no andaría envuelto en una relación amorosa con un cualquiera como él. Si acaso, se la pasaría rodeado de mujeres, lujos y amigos lameculos que planearían en secreto una forma de destruirlo. O algo así.
―En realidad, sí hay novedades entre las mentes externas, específicamente en la de los agentes del gobierno ―respondió, acercándose a donde estaba Shuuzou y atrayendo una de las sillas de jardín telekinéticamente para poder sentarse. Como si le hiciera falta―, aunque no puedo captarlas por completo. Son sólo susurros, palabras escondidas en medio de pensamientos efímeros… Me han atrapado desde horas de la mañana y todavía no he podido resolverlas ―su entrecejo se arrugó, un claro signo de molestia, y se pasó cuidadosamente la mano izquierda por el rostro―. Es como si fuera un código de letras y números desperdigados por todos lados, y cada pieza estuviera oculta debajo de una cerradura que ni yo puedo abrir. Resulta frustrante.
―¿Crees que sea algo importante? ―preguntó Nijimura, interesado.
―Esa es la cuestión: no lo sé ―echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos ante la brisa que sopló repentinamente. Sus cabellos parecieron llamas vivas―. Pero será mejor mantenerme pendiente.
Shuuzou lo miró de soslayo.
―¿Tú crees…? ―hizo una pausa, rompiéndose la cabeza para encontrar las palabras exactas. Carraspeó la garganta―. ¿Crees que tenga algo qué ver con lo de Seirin?
Akashi le devolvió la mirada, y tras sus increíbles ojos se escondía algo, no supo identificar qué.
―Tal vez.
Nijimura apretó los puños, enojado. ¿Entonces así es como serían las cosas siempre? No es como si él aprobara totalmente lo que hicieron los de la casa blanca, roja y negra, porque poner en riesgo sus vidas no era cosa de risa, pero el constante recordatorio de que la lucha era inútil lo hacía sentir como la mierda. Por supuesto que esa era una lección que había aprendido hace muchos años atrás, cuando iniciaron el proyecto de segregación con los mocosos Alfa y él, pero el sentimiento de furia e impotencia seguía tan fuerte como la primera vez.
―Creí que Kuroko sería uno de los primeros en obedecer después de lo que pasó en primer año ―murmuró después de un rato. No importaba el tiempo que llevaran siendo parte de casas diferentes, había algo dentro de Nijimura que siempre lo haría sentir como el responsable de esos niños. Aunque estuviera en una relación con uno de ellos, también.
―Tetsuya siempre se ha mostrado reacio ante la represión, sin importar las consecuencias. Lo sabes ―reposó su cabeza sobre el hombro de izquierdo del mayor. Nijimura le pasó los dedos entre su cabello―. Además, no fue él quien inició la rebelión, sino su compañero, Kagami.
―¿El pelirrojo a quien le das clases? Pues sí que tiene huevos ―sacudió la cabeza―. Pero me sorprende. No creí que existiera alguien verdaderamente capaz de levantarse contra esos malditos. No conociendo las consecuencias.
Ambos permanecieron en silencio, y Nijimura se puso a pensar en las musarañas.
No le gustaba hacerlo, pero todavía ahora podía recordar perfectamente la primera vez que desobedeció una orden por parte del gobierno. Todos los días, cuando se quitaba la camisa, podía ver las cicatrices de las dos balas que le metieron –una debajo de la clavícula derecha, otra en el costado– y casi le cuestan la vida. Pasó una enorme cantidad de tiempo antes de que volviera a estar completamente bien, aunque lo que vino después…
―Eh, por cierto, ¿qué pasó con las clases al chico este… Kagami? ―preguntó repentinamente, tratando de cambiar el jodido tema de una vez por todas―. No me digas que se rindió después de lo del jueves.
―En absoluto ―inclinó la cabeza para poder mirarlo discretamente―. Él es un excelente aprendiz, solamente necesita pulir su concentración. Entre las mutaciones elementales, creo que él posee la más poderosa. Después, claro, de Atsushi.
―Ya. Pero que Hayama no se entere, ¿eh? Que te la monta en grande.
El pelirrojo dejó que una sonrisa adornara sus labios, y Nijimura lo imitó, sólo porque sí. Se permitió disfrutar de ese momento de paz disfrazada, saliéndose de la tormenta que eran sus vidas para fingir que, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, de que apenas unos días atrás una residencia entera había sido masacrada, de que vivían en esas cárceles y de que sus vidas pendían de un hilo tan delgado como la hebra de un cabello, ellos estaban bien. Que lo único que necesitaban era la compañía del otro para que estuvieran bien.
Él nunca había sido una persona cursi, muchos menos hábil para expresar sus sentimientos, pero a veces real, realmente deseaba que Akashi pudiera leerle la mente. Así se evitaría la vergüenza de decir ese tipo de cosas en voz alta y terminar sonando como un completo idiota.
―… Eh. Esta noche voy a quedarme aquí ―avisó, aunque a estas alturas fuese algo más obvio que sus malditos labios de pato―, así que mejor que le digas a Mibuchi. Si vuelve a culparme por tener que dormir en la misma habitación que Eiki y Hayama juro por Dios que le voy a romper el cuello.
El pelirrojo le dirigió una mirada divertida.
―No creo que Reo encuentre algún problema con ello. Además, si no le agrada, siempre hay una cama disponible en la habitación de Mayuzumi-san.
Ah, Mayuzumi Chihiro; la cereza en el pastel.
―Mibuchi lo mataría a mitad de la noche y lo sabes. Lo ahogaría con la almohada o lo llenaría de tantas hormonas de adrenalina que el desgraciado sufriría un infarto ―sacudió la cabeza, encojonado.
La Reina Abeja de Rakuzan era quien más odiaba a Mayuzumi, sólo Dios sabe por qué, como si el mayor tuviera algún tipo de enfermedad contagiosa parecida a la lepra o algo. Cierto que el hombre no era ninguna joya cuando de actitud se trataba, jodiéndolo constantemente con ese sarcasmo y humor que rayaba en lo ácido, pero mala persona, lo que se dice mala persona, no era. Con más decir que, si realmente no le dirigías la palabra, podías pasar el resto de tu vida sin que te molestara su presencia que, igual que pasaba con Kuroko, era prácticamente nula.
―Quizás no lo mataría… No de una manera en que alguien llegue a sospechar de él, al menos ―discrepó Akashi―. Probablemente acudiría a Kotaro, quien absorbería su energía bioeléctrica. Así ni siquiera yo encontraría su causa de muerte.
Nijimura dejó escapar un resoplido de molestia.
―Cabrones.
El líder de la casa se puso de pie, cautivando una vez más a Shuuzou con su elegancia tan innata, y le tendió la mano. Éste la tomó sin quejarse.
―Vamos a mi habitación. Una vez que estés ahí Reo no podrá emitir queja alguna que valga ―indicó.
A Nijimura siempre le sorprendía ver lo impecable que lucía Rakuzan, a pesar de que todos ellos eran hombres. Antes, cuando estaban en Teikou, sobrevivían de no caer en la inmundicia gracias a Momoi, Midorima y –por supuesto– Akashi, a quienes de vez en cuando se unía Kuroko, pero esto era otra cosa más allá de su compresión. No existía una esquina, algún rincón de la residencia con una sola mota de polvo, y si pasara la lengua por el suelo estaba bastante seguro de que terminaría más limpia que cuando estaba dentro de su boca. Y eso era decir algo bien grande.
Atravesaron la cocina y se dirigieron a las escaleras, el pelirrojo guiándolo como si no conociera el camino de antemano. Escuchó voces procedentes de la sala de estar, reconociendo a Nebuya gracias a las incoherencias que exclamaba. También a Mibuchi, por sus quejas de Reina del Drama, enfurruñándose cada vez que Eikichi y Hayama estallaban en risas como desquiciados. Mayuzumi no se sentía por ningún lado, y Nijimura casi pudo estar seguro de que se había ido a suicidar a la biblioteca, o la lavandería.
Ya se enteraría cuando encontraran su cadáver.
Llegaron al segundo piso. Cruzaron el pasillo y entraron a la última habitación, perteneciente a Akashi y su compañero, Mibuchi, y aunque Shuuzou no lo hubiera sabido, nadamás entrar se habría dado cuenta. Todo estaba perfectamente pulcro, como si fuera una recámara de esas que aparecen en las revistas que le gustaba leer a su madre para luego quejarse de que ellos no podían tener una de esas.
…Hum. Pensar en su madre le hacía sentir nostálgico. Sacudió la cabeza.
―Ah, mierda ―se quejó, sentándose en la silla del escritorio de Reo, porque sí―; dejé la bolsa en el genkan. Voy a… ―alzó la mirada, encontrándose con el pelirrojo de pie en la puerta, con la espalda recta apoyada contra ésta. Su rostro estaba tranquilo, aunque una pequeña arruga deformaba su ceño―. ¿Eh, Akashi?, ¿qué pasa? ¿Captaste algo?
Sus miradas se encontraron, y Akashi negó con la cabeza, deshaciendo su expresión.
―Nada importante. Como ya te dije, solo puedo atrapar pensamientos inconclusos, deformados, relacionados unos con otros pero sin significado alguno. Comienza a producirme migraña.
Los telépatas y sus migrañas. Cuando eran parte de Teikou había sido testigo de muchas, las cuales casi siempre terminaban con ventanas rotas y todos los que estuvieran a su alrededor volando unos buenos metros lejos de su posición original. O peor, con toda la habitación convertida un centro de prueba para astronautas, con la gravedad invertida** y todos los objetos –y personas– flotando como si fueran tan livianos como una pluma.
Se levantó de su puesto y se acercó a Akashi, quedando frente a él. No es como si no se hubiera dado cuenta antes, pero el mocoso era guapo. No guapo tipo Kise o Mibuchi, pero sí guapo. Sus rasgos encajaban perfectamente unos con otros, añadiendo al conjunto esos ojos que le quitaban el aliento a cualquiera con dos dedos de frente para apreciarlos. Y como si eso no fuera suficiente, también tenía que agregarle lo bien que le había hecho la pubertad.
Si no fuera porque ya eran pareja, Nijimura se sentiría bastante jodido por estar pensando así del crío. Pero, agarrándose al hecho de que hacía un buen rato que el título de "novio de Akashi Seijuuro" había sido agregado a su nombre, se inclinó, sosteniéndolo de ambas mejillas, y lo besó.
Ya venía siendo un tiempo desde la última vez que besó al pelirrojo –el miércoles por la noche, cuando regresaba a su residencia–, pero la sensación de suavidad y calidez fueron tan conocidas que lo hicieron sentir como en casa. Pasó la lengua por su labio inferior, deteniéndose un momento a chuparlo antes de abrirse paso dentro de su boca. Prácticamente suspiró cuando Akashi le correspondió de igual manera, absorbiendo su respiración y besándole con fuerza.
Hijo de puta. Él sólo quería darle un beso. ¡Un beso! No esperaba que le correspondiera con tanto aplomo. Claro, ni se estuviera quejando, pero la última vez que habían hecho algo más que sólo besarse había sido bastante tiempo atrás, y no se sentía muy seguro de su autocontrol que digamos. Si las cosas se salían de la raya le echaría la culpa completamente a Akashi, aunque después tuviera que pasar el resto del día como un trozo de diamante sin vida en la cama. O rubí o acero… Como sea.
Se separó un momento para recuperar el aliento, y recorrió con la vista el rostro de Akashi detenidamente. Sus labios estaban rojos y brillantes a causa del beso, claro, mientras que sus ojos relucían con un noséqué oscuro, astuto, que nadamás clavarlos en Nijimura fue suficiente para informarle que, malditos infiernos del demonio, él también estaba igual de ansioso.
Y bueno, ¡cómo no! no habían tenido sexo desde hacía dos meses. No es como si él se la pasara pensando en eso todo el tiempo, que de verdad, no lo hacía –tenía suficiente mierda en su vida para ocuparse en vez solamente quedarse en su cama y masturbarse pensando en su novio–, pero la libido de un adolescente era bien grande. Ahora mismo tenía las bolas azules de las ganas que se estaba aguantando.
La cabeza casi le estalla en una llamarada de lujuria repentina. Volvió a lanzarse por su boca, hambriento, buscando su lengua y enredándola en un baile tan embriagante y enloquecedor que las piernas le temblaron como si estuvieran hechas de mantequilla. Sintió las manos de Akashi sujetándole de la espalda, empujándolo hacia abajo para devorarlo ferozmente, y el hombre comenzó a perder el poco juicio que alguna vez creyó haber tenido.
Lo besó con ahínco, explorando todos los recovecos de su boca como si lo estuviera haciendo por primera vez. Chupó y mordió sus labios, deleitándose del dulce suspiro de agrado que escapó de la garganta de su novio, impulsándolo a buscar un poco más de contacto. Se separó un momento, lo suficiente para poder quitarle el suéter, disfrutando como demente de la belleza de su torso desnudo. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo vio.
Se lanzó rápidamente a su cuello besándolo con ganas. Akashi ronroneó, embelesado, y ese sonido no hizo más que poner a Nijimura en un estado casi frenético. Lamió una larga porción de piel, desde el nacimiento de la mandíbula hasta llegar casi a la clavícula, para entonces besarla con fuerza. Una ligera marca rosada apareció en la increíblemente blanca piel de su amante.
Regresó a su boca, apoderándose de sus labios en un beso húmedo y caliente. Akashi metió las manos por debajo de la camiseta de Shuuzou, deslizándolas por su pecho y sus pezones con una sensualidad abrumadora. Su polla comenzó a molestarle dentro del pantalón, clamando por un poco de atención por su parte, pero se esforzó por ignorarla. Se concentró, entonces, en llevar al otro hasta la cama más cercana.
Akashi era un caballero en todo, hasta en la manera de excitarse. No se desesperaba, ni tampoco le arrancaba la ropa, ni mucho menos lo atacaba como si quisiera comérselo. No. El hombre se tomaba su tiempo, besando los labios de Nijimura con una parsimonia tan larga que parecía querer fundirse en una misma piel. Lo volvía loco. Todas las veces que lo habían hecho –que no eran muchas, la verdad– hacía lo mismo, como si estuviera consciente del efecto que producía en Shuuzou.
Quizás el muy maldito sí lo sabía, quizás no, pero en ese preciso momento su cabeza estaba demasiado entumecida para ponerse a rumiar sobre la idea.
Se detuvieron al borde de su cama, de pie, y casi de manera automática Nijimura se puso a repartir besos por todo el rostro del pelirrojo, deslizándose por su cuello y llegando a sus pezones. No es algo que llegaría a aceptar en voz alta jamás, pero realmente le encantaban los pezones de Akashi. Eran como una adicción extraña, una vez que se los metía a la boca le resultaba imposible sacárselos hasta que estuvieran rojos e irritados.
El otro hizo un sonido de placer, bajo, tan profundo que cada fibra de su cuerpo pareció estar de acuerdo. Enredó los dedos en el pelo de Shuuzou, obligándolo a mantenerse en su lugar, aunque ese no era el objetivo de su amante. Nijimura engulló su pezón derecho, lamiéndolo y soplando suavemente su aliento contra él, para después pasarse al izquierdo y devorarlo con hambre.
―Nijimura-san ―suspiró Akashi con voz ronca.
Y eso fue lo último que Nijimura escuchó antes de que su cerebro se desconectara completamente de su cuerpo.
Él mismo se quitó la sudadera, harto de la tela que lo sofocaba como su estuviera hecha de fuego. La lanzó al otro lado de la habitación sin orden ni concierto, recorriendo con sus manos aquel cuerpo duro y ligeramente más pequeño que el suyo, disfrutando de cómo sus dedos dejaban marcas rosáceas en la piel pálida del pelirrojo ahí donde apretaba. Akashi tenía la piel tan, tan blanca… El deseo de marcarlo por completo se convirtió en algo irresistible.
Se puso de rodillas, besando su vientre y mordiendo porciones de piel hasta dejarlas rojas. El otro se estremeció de gusto, y de manera casi imperceptible arrimó las caderas hacia adelante, buscando contacto en el hombro izquierdo de Nijimura. Éste puso los ojos en blanco. Estaba tan excitado que las bolas comenzaban a dolerle, pero por ningún motivo se rendiría en su misión de enloquecer a Akashi primero. Por los infiernos que no.
Llevó, entonces, sus dedos temblorosos hacia el apretado botón de los vaqueros de su novio, bajando el cierre y deslizándolos de las piernas del pelirrojo con rapidez. Lo retiró de sus tobillos y lo quitó de su camino, concentrándose en la única pieza de ropa que todavía quedaba sobre el otro.
El aliento se le atoró en la garganta.
La verdadera primera vez que vio a Akashi desnudo en plano sexual, hacía bastante tiempo ya, Nijimura sufrió tal ataque de nervios que estuvo a punto de vomitar de la ansiedad. Se pareció mucho a aquella vez en primer año, cuando probaba las habilidades de los críos bajo su cargo, y Kuroko le produjo una ceguera tan tremenda que duró al menos una hora completa, pero peor. En ese momento temió quedar viendo en blanco por el resto de su vida, cuando lo hicieron por primera vez… no tenía idea de qué rayos era lo que lo atormentaba, pero seguro que si intentaran rayarle la piel de diamante con lonsdaleíta, se sentiría de esa manera.
Esta vez, desde luego, fue diferente. Ninguno de los dos era un puberto virgen a punto de tener sexo con su recién estrenado novio, y aunque claramente tampoco sería la primera vez que lo hiciera, cuando Shuuzou deslizó los bóxers de Akashi por sus muslos y los dejó en sus tobillos sintió su rostro convirtiéndose en una llama ardiente, tan roja como el cabello del sujeto frente suyo.
Su erección saltó, libre de su encierro, apuntando directamente a la boca del mayor, como si ya presintiera lo que estaba por suceder. Nijimura tragó grueso, llevando sus manos a la polla que se exhibía descaradamente frente a su rostro. La masajeó suavemente, masturbándolo, deslizando el puño por toda la longitud. Frotó la punta con el pulgar, utilizando sus dedos para jugar con el glande, deleitándose de manera obscena con los suspiros de placer que escapaban de los labios de Akashi. Sabía, desde la primera vez que habían hecho el amor –casi se abofetea por semejante cursilería, pero sus manos estaban ocupadas en ese momento–, lo mucho que lo encendía darle placer al pelirrojo. Era algo indescriptible, pero una vez que le ponía las manos encima no encontraba la fuerza o el control suficiente para apartarlas.
Nunca se había puesto a buscarle un nombre a esa sensación, y tampoco es como si se fuera a poner hacerlo ahora.
Impulsado por este noséqué, que por ahora llamaría noséqué hasta que tuviera cabeza suficiente para llamarlo de otra manera, llevó los labios hacia la punta, dándole un beso húmedo y corto. Akashi soltó otro suspiro de placer, buscando la cama con la palma de la mano izquierda, y con mucho cuidado se dejó caer. Nijimura le abrió las piernas cuidadosamente, enterrando el rostro en la cara interna de sus muslos para repartir pequeños besos y mordidas.
Por todos los infiernos, Akashi tenía la piel tan suave. Y los músculos tan duros. Era delicioso.
Movió la mano al ritmo de sus besos, acariciando la dura e hinchada polla de su novio un poco más rápido, utilizando la otra mano para masajearle las bolas. El pelirrojo enredó sus dedos en el cabello de Nijimura, deslizándolos con cariño, y lo guió hacia su erección. Shuuzou casi sonrió, pero no tuvo tiempo de hacerlo ya que inmediatamente comenzó a lamer lentamente el glande de su amante, dándole lengüetazos largos y rápidos.
Akashi se retorció, empujando las caderas hacia adelante, ansioso; a Nijimura ese movimiento se le antojó tan sensual que estuvo a punto de perder la cabeza. Lo agarró de la pelvis, inmovilizándolo todo lo que pudo, y entonces comenzó a engullir su polla muy lentamente, haciendo círculos con la lengua en todo lo que abarcó dentro de su boca. Chupó y succionó varias veces seguidas, sacándolo hasta la punta y volviendo a tragárselo al tiempo que exhalaba su aliento.
No era como si Nijimura se hubiera levantado un día y dicho a sí mismo "ey, tengo ganas de chuparle la polla a alguien", pero disgustar, lo que se dice disgustar, no le pasaba. O sea, por algo estaba ahí, de rodillas, dándole una mamada con todas las de la ley a Akashi Seijuuro –que, por cierto, no era la primera vez que lo hacía, y seguramente tampoco la última–; si realmente lo odiara ni siquiera podría pensar en la posibilidad de hacerlo.
Sólo lo había hecho dos veces –sin contar ésta–: la primera vez que tuvieron sexo y la última, mientras que el pelirrojo no lo había hecho nunca. No porque Shuuzou no quisiera –que quería, de verdad, y mucho–, sino porque una vez, cuando vio a Akashi acomodarse entre sus piernas buscando su erección con la boca, se había excitado tanto que literalmente se corrió sin ningún tipo de estimulación previa. Casi ni se había masturbado, si acaso lo habitual que se hace cuando se sacaba la polla de los pantalones, y eso no de verdad que no era nada.
La vergüenza que había sufrido fue tan grande que no pudo volver a mirarlo a la cara durante cinco semanas completas. Y cuando se besaban o tocaban ocasionalmente, su cuerpo se transformaba inmediatamente en piedra. Una vez se convirtió en rubí.
Nijimura sorbió el líquido preseminal que comenzaba a escaparse de la punta, tomándose su tiempo, enredando la lengua entorno a la hinchada cabeza de la polla de Akashi. Llevó sus manos a ese torso tan blanco y duro suyo, haciendo un sonido de placer desde el fondo de su pecho ante el leve gemido de gusto del pelirrojo. Se alejó de su entrepierna, repartiendo besos ascendentes por los lugares recién tocados, hasta llegar finalmente a su boca.
El beso que se dieron fue húmedo, caliente, intenso; con un sabor a sexo tan fuerte que fue como si se metiera por sus poros y llegara hasta su cerebro, aunque allí dentro no entrara nada ni siquiera a golpes. Lamió los labios del otro con la punta de la lengua, poniendo los ojos en blanco como drogado cuando éste le devolvió el favor.
Se apartó un segundo, sólo lo suficiente para poder mirarlo a los ojos –oscuros, deseosos, increíbles–, y en ese momento deseó, igual que antes, que Akashi pudiera leerle la mente. Que pudiera mostrarle a través de sus pensamientos todo lo que por palabras no hacía. Pero su jodido cerebro impenetrable no lo permitiría, ni ahora ni nunca.
Con cuidado, avisándole con la mirada, llevó sus dedos a su boca, acción que conllevó a que Akashi los chupara inmediatamente. Su lengua dio círculos, lamiendo y succionando sus falanges de la misma manera en que él lo había hecho con su polla. Shuuzou soltó un sonido ridículo, algo parecido a un jadeo y una blasfemia, provocando que una sonrisa maliciosa curvara los labios del pelirrojo.
Maldito crío. Siempre tan… tan…él.
Volvió a hincarse frente a la cama, tardándose un momento para contemplar el cuerpo desnudo y cubierto de besos rojizos de Akashi. Aparte de sus pómulos mediamente ruborizados y las marcas, su piel seguía siendo un hermoso lienzo blanco. Sus músculos estaban tensos a causa de la excitación, pero en el instante en que sus ojos chocaron con los del otro, ladeó la cabeza y se mordió el labio superior de manera casual.
―Ah, Nijimura-san ―suspiró en voz baja, como si no fuera nada, como si lo estuviera llamando para que le prestara atención en alguna cosa que estuviera diciendo.
¡De verdad, maldito crío de los cojones! Siempre apabullándolo con su mierda de caballero elegante y educado.
Enterró el rostro entre sus muslos, comiéndole la polla, mientras que con los dedos empapados en saliva tanteó su entrada. El pelirrojo se estremeció, exhalando un dulce jadeo de expectación, y sus caderas embistieron suavemente contra sus dígitos, invitándolos a entrar. Shuuzou no se abstuvo, introduciendo el primero en el apretado agujero que lo engullía con ganas.
Ambos gimieron al unísono, aunque Nijimura estuvo bastante seguro que el suyo se escuchó más alto.
Chupó y succionó la hinchada erección de Akashi, dilatándolo con su dedo lentamente, insertando el segundo y el tercero cuando creyó que era el momento adecuado. Empujó hacia dentro, haciendo círculos y movimientos de tijera, frotando e irritando el interior de su novio suavemente. El pelirrojo llevó el ritmo con sus caderas, enredando sus dedos en el oscuro cabello de Shuuzou y jalándolo levemente hacia adelante, dispuesto a follarle la boca al mayor.
¡Ja! Como si él fuera a dejarse.
Utilizó su mano libre para inmovilizarlo lo más que pudo, lamiendo un largo tramo del su polla, desde la base hasta la punta, para luego tragarla y darle un beso profundo y caliente, igual que si lo hiciera en sus labios. Embistió fuertemente con los dedos, encontrando aquel manojo de nervios que lo hacía ver las estrellas, presionándolo con saña.
Y ahí, ahí fue cuando Akashi echó la cabeza hacia atrás, embriagado en el placer, dejando escapar un suave gemido de gusto. Un montón de objetos salieron volando, estrellándose estrepitosamente contra las paredes, impulsados por un rayo telekinético inesperado.
Nijimura perdió la cabeza. Se puso de pie, quitándose los pantalones con todo y ropa interior de un tirón para nada elegante, lanzándose sobre la cama y buscando los labios de Akashi desesperadamente, devorándolos en un beso salvaje. Soltó un gruñido animal, comiéndole la boca de la misma manera en que el pelirrojo lo hacía con él, abrazándolo de la cintura y atrayéndolo hacia su cuerpo. La nívea mano de su amante sostuvo su polla, acariciándola suavemente, provocando que los ojos del mayor se fueran hacia atrás de las cuencas a causa del delirio.
―Quieres matarme, ¿verdad? ―gimió con voz rota, tan áspera que fácilmente pudo romperle la piel a cualquiera―. Mocoso astuto.
Akashi esbozó una sonrisa maliciosa, estirando sus labios rojos e hinchados por culpa de los besos como pocas veces hacía. Sus ojos chispearon de complicidad.
―Si realmente quisiera hacerlo, Nijimura-san, ya estarías muerto.
Shuuzou capturó su boca nuevamente, no sin antes dejar escapar una leve risita, mordiendo y chupando sus labios con ansias. Lo obligó a recostarse, pegando la espalda al colchón, y comenzó a guiar su polla hacia la entrada del pelirrojo, avisándole previamente con la mirada.
Se enterró lentamente, deteniéndose cada cinco segundos para que Akashi pudiera acostumbrarse. Estaba condenadamente apretado; dos meses era demasiado tiempo para estar sin sexo, y aunque obviamente la culpa no era de ninguno de los dos, se prometió a sí mismo no volver a abstenerse tanto, aunque tuviera que meterse cada fin de semana a Rakuzan –y asegurarse de amarrar a Haizaki a la cama para que no hiciera alguna estupidez mientras él no estaba–.
Cuando estuvo totalmente dentro se quedó quieto, disfrutando de la estrechez y del calor que lo abrazaba. Observó el rostro de Akashi, quien se estaba aferrando a las sábanas con fuerza, con los labios entreabiertos y la mirada perdida en algún punto de la cara de Shuuzou. Qué tipo de expresión estaba haciendo, no sabía, pero fue entonces cuando el pelirrojo echó las caderas hacia adelante, invitándolo, y eso fue más que suficiente para dar la primera embestida.
A la mierda con todo. De ahora en adelante tendría sexo con su novio todos los días.
Comenzó un vaivén lento, adaptándose a lo apretado del interior del pelirrojo, yendo un poco más rápido cuando éste le indicó que lo hiciera. Su cuerpo se cubrió con una delgada capa de sudor, que sumado a todo el calor que estaban produciendo ocasionó que la habitación se llenara de un olor a sexo irresistible. Sostuvo las piernas de su amante, cambiando el ángulo, colocando su pie izquierdo sobre su hombro y empujando con fuerza.
Supo que había encontrado nuevamente la próstata de Akashi cuando la primera ráfaga telekinética azotó las paredes, ahogando el suave gemido que escapó de sus labios.
La verdad es que le sorprendió. La primera vez, cuando los dos eran unos pubertos a punto de perder la virginidad, los dos habían perdido la cabeza de tal modo que el techo de Teikou estuvo a punto de romperse en pedazos, literalmente. La telekinésis de Akashi explotó en forma de rayos, lanzando todo lo que estuviera a su paso, y cuando llegó al orgasmo… La cama terminó pagando los platos rotos, por no decir que acabó rota en dos partes desiguales.
Por un momento, la duda de si los tipos de Rakuzan seguían ahí abajo lo asaltó de repente. No es como si importara realmente, ya que ellos sabían perfectamente qué tipo de relación tenían Nijimura y su líder, pero tampoco es como si tuviera muchas ganas de que escucharan los niveles de su relación. Rogó porque Akashi les hubiera dado una orden mental de que se fueran o algún otro truco psíquico, o al menos que Mibuchi percibiera las hormonas y les dijera que su querido Sei-chan necesitaba privacidad. O algo.
Ya ni sabía en qué diablos estaba pensando.
Embistió acompasadamente, agarrándole la polla y masturbándolo al tiempo de sus estocadas. Miró a los ojos de Akashi, oscuros, llenos de deseo. Ladeó la cabeza hacia la derecha, dejando al descubierto la parte izquierda de su perfecto cuello mientras se mordía el labio. Nijimura casi sufrió una aneurisma en ese momento. No era justo que hiciera eso. Ni justo ni legal.
Rápidamente se lanzó a atacar el lugar ofrecido, mordiéndolo y chupándolo como si fuera un poseso. La piel le sabía a sal. Movió las caderas hacia adelante, empujando más profundo contra su novio, quien clavó los dientes con más fuerza en su labio al tiempo que una ráfaga telekinética hacía crujir las paredes. Shuuzou lo embistió otra vez, lamiéndolo una tira larga de piel marfileña, deslizándose hasta el lóbulo de la oreja para darle un mordisco. Los cimientos de la habitación volvieron a quejarse.
Era ridículo. Habían hecho el amor tres veces –sin contar ésta– ya, sabían perfectamente cómo reaccionaban sus cuerpos ante las acciones del otro, y apenas si lograban controlarse lo suficiente para no tirar la residencia abajo. Cierto que los dos eran unos vírgenes en todo cuando comenzaron, cosa que Nijimura jamás admitiría en voz alta ante los demás –que era un tipo de diecisiete años, tenía su orgullo, maldición–, pero estaba consciente de que no era normal la manera en que se necesitaban mutuamente, como si fuera más importante que cualquier otra cosa, más que el hecho de respirar. La palabra control no existía en sus vocabularios una vez que sus cuerpos se tocaban.
Y la verdad, eso lo tenía completamente sin cuidado. Esa tarde lo sentía por el resto de los miembros de Rakuzan, pero el que Akashi tumbara la casa cuando llegara al orgasmo estaba más cerca de ser un hecho que una simple posibilidad. Mucho más que la primera vez.
Akashi se aferró a su espalda, clavándole las uñas en la carne con fuerza, cosa que provocó que las estocadas se hicieran más vigorosas, perdiendo el ritmo y transformándose en un ataque irregular y desacompasado. Jaló y acarició la erección del pelirrojo con saña, frotando duramente la punta con el pulgar. Se lanzó hacia su boca, devorándola y mordiendo sus labios de manera escandalosa, provocando que otro rayo telekinético hiciera chillar a las paredes como condenadas.
Se separaron varios centímetros, los suficientes para que Akashi tirara la cabeza hacia atrás, haciendo chocar su barbilla con los labios de Nijimura.
―Ah ―gimió en voz baja, ronca, necesitada. No lo gritó, no lo susurró; simplemente lo gimió―, Shuuzou-san.
Se corrió con fuerza, haciendo temblar todo a su alrededor, reventando el espejo de cuerpo entero que estaba junto a la cama de Mibuchi. Chorros se semen blanco cubrieron su vientre, dejando pequeños regueros en el puño y dedos de su amante.
Akashi era un caballero en todo, hasta para correrse.
Nijimura, en cambio, no.
El orgasmo de Akashi lo absorbió con fuerza, envolviéndolo en los deliciosos espasmos de su apretado agujero, haciéndole perder el poco sentido de la realidad que le quedaba. Se corrió con ganas, vaciándose en el interior del pelirrojo, clavándole los dedos en las caderas para no caerse de espaldas.
Cerró los ojos con fuerza, balbuceando todo lo que se le venía a la mente, pronunciando todas las blasfemias que alguna vez había escuchado, maldiciendo a todas las deidades que conocía.
―¡Por la puta madre del infierno, Seijuuro! ―exclamó entre dientes, perdido en la bruma del clímax―. ¡Seijuuro, Seijuuro, Seijuuro, Seijuuro, Seijuuro…!
Se tumbó en la cama, acostándose al lado de Akashi, saliéndose de su interior y esperando a que su respiración se ralentizara para poner sus pensamientos en orden. Sintió los fuertes y delgados brazos del pelirrojo enredarse en su pecho, envolviéndolo en un abrazo caluroso y bastante torpe, y entonces sus labios rozaron la cicatriz de su hombro con delicadeza.
―Lo siento ―farfulló Nijimura, enterrando sus dedos en el brillante cabello rojo de su novio―, me corrí adentro. No sé qué rayos…
―Pude haber detenido la bala ―interrumpió, dándole un beso a la herida. Con sus dedos palpó la otra, la del costado―. Pude haberlas detenido las dos y no lo hice. No fui lo suficientemente rápido.
Shuuzou le acarició el rostro con la mano derecha, sin alzarlo para buscar sus ojos. No hacía falta.
―Y yo pude convertirme en diamante y evitarlas ―discrepó. De todas las conversaciones que se pueden tener después del sexo, ellos siempre escogían las peores. Eran unos idiotas―, pero si lo hacía te mataban a ti y los demás. Mejor las cicatrices en mí que los cadáveres de todos en las cloacas para alimentar a las ratas.
Akashi descansó la cabeza en su pecho, reacomodando telekinéticamente las cosas que había mandado a volar. El espejo de Mibuchi quedó como nuevo.
―Mi padre habría estado feliz si me hubiera convertido en comida para roedores ―murmuró, y su voz no sonó ni un ápice triste, ni melancólica, ni furiosa. Cuando mucho, sonó vacía.
Nijimura frunció el ceño ante la mención de ese hijo de puta.
―Tu padre debería estar feliz de que no le hayas abierto el cráneo, o hecho una de estas cosas mentales… ¿cómo se llaman? Amnepatía. Sí, eso.
Ninguno de los dos dijo más nada, quedando sumidos en un silencio tranquilo. Akashi terminó de restaurar el orden en su habitación, recogiendo el desastre que ambos habían provocado, hasta que finalmente se quedó quieto, recorriendo con sus dedos el torso de Nijimura.
Shuuzou le acarició el cabello, pensando en las musarañas.
―¿Nijimura-san? ―preguntó al cabo de un rato, incorporándose para mirar a los ojos del mayor. Los suyos relucían como piedras preciosas, oscuros, y su expresión de convirtió en algo sombrío―, creo que ya descifré el código de letras y números.
Vorpal Swords*: I Know what I did there~
"La gravedad invertida": la telekinésis es mucho más que sólo mover cosas con el poder de la mente. En Marvel esta mutación tiene muchos niveles –rudimentario, básico, intermedio, avanzado, molecular, atómico y Fénix (aunque éste último no cuenta porque solamente lo poseen Jean Grey, Rachel Summers-Grey (la mami (?) de mi foto de perfil), y si no me equivoco Nate Grey, y sólo cuando tienen la Fuerza Fénix (un rollo súper-complicado de Unncany X-Men, no me pregunten))–, y dependiendo de cómo sea la telekinésis de cada mutante así mismo son sus habilidades.
En este caso, como ya se habrán dado cuenta, la telekinésis de Akashi es molecular, la cual es capaz de muchísimas cosas, aparte de lo que y saben, incluyendo las de separar las moléculas de un objeto o persona, igual que como haría Miyaji, matando a dicha persona inmediatamente. Cuando Nijimura se refiere a invertir la gravedad, está hablando de que, normalmente, cuando un telépata común –o sea alguien que solamente sea telépata, no telekinético también– tiene migrañas, libera su energía psiónica en forma de zumbidos a todos los que los rodean, produciendo dolores de cabeza tremendos que pueden llegar a dejar en coma a una persona, o incluso a matarlo, pero en el caso de Akashi él provoca explosiones telekinéticas, las cuales lanzan todo lo que tienen a su alrededor tan lejos como les plazca, causando una destrucción increíble. A veces, estas explosiones, en lugar de devastar, lo que hacen es que mantienen flotando todo lo que esté en su camino, dígase objetos o personas, creando un espacio en que la gravedad parece ser inexistente gracias a la telekinésis.
Por cierto, la capacidad de volar por parte de los telekinéticos es una hazaña realmente difícil, ya que tienen que sacarse a ellos mismos de sus mentes para sostenerse como si fueran objetos. Eso es algo que solamente pueden hacer los que poseen telekinésis avanzada –muy difícilmente–, molecular y atómica. Akashi puede volar completamente sin problemas, aunque en este capítulo solamente estuvo levitando.
Y ya.
¿Qué, me excedí? Díganme la verdad, son las doce y media de la noche y no sé si estoy despierta o ya comencé a soñar que estoy escribiendo. Meh. Probablemente terminé de enloquecer a causa de estar haciendo lemmon de un OTP. Moriré contenta.
Me siento satisfecha en todo lo que concierne a este cap. Me disculpo en nombre de todas las AkaFuri shippers (¡no debería disculparme por poner a mi otepé a follar, qué me pasa…!); yo sé lo duro que es leerse algo que una pareja que no te agrada sólo porque el fanfic que sigo está bueno (cofcofcofcofquéfueesoyomismadijequemifanficestábuenosoyunaperracofcofcofcof), así que espero muuucho odio por su parte y que abandonen esta locura antes de que se salga de control. Ah.
El capítulo que viene va a ser fuerte, se los advierto; ya lo tengo prácticamente escrito dentro de mi cabeza, y si queda como tengo planeado, pues mejor que puse la categoría M desde ya. Sólo para que sepan.
Como sea, ¡gracias por sus reviews, favs, follows y views! Jamás me cansaré de decir esto, pero ustedes llenan mi vida de arcoíris y ponis y algodón de azúcar. ¡Las/os amo desde el fondo de mi corazón! Es por ustedes que la historia sigue en pie, sino hace tiempo me hubiera ido a vivir a Winterfell (?).
¡Eh, por cierto! Todos los que quieren los cómics, mándenme un PM con su correo electrónico, separado con paréntesis y demás porque sino FF se lo traga, y yo se los envío. No tengo la versión original de First Class, la de 1963 (esa la tiene mi hermana en su laptop muerta), sino una versión nueva y con dibujos más bonitos, pero que difiere mucho de la otra, aunque en esencia es lo mismo. Si no quieren esa, díganme, y entonces les mando un especial de los orígenes que hicieron en 2013, se llama Season One, y relata en un solo cómic los inicios, con dibujos buenos y demás. De ahí les paso directamente los clásicos, que inician con la primera re-génesis de los X-Men y The Phoenix Saga. Y así.
Sin más, me despido. Besos y cuídense. ¡Nos leemos!
`v`)/
PD: ¿quiénes aparte de mí está sintiendo el hiatus de la serie como una patada en las bolas? Y soy mujer. Vaya.
