-Lo mejor -pensó- es ir mirando bien cada lugar, y... ¡No puedo creerlo!
El Amarillo-Anaranjado caminaba en ese momento por el Claro que había al sudoeste del Bosque Abierto, no lejos de donde estaba el Lobo blanco.
-¡Eh, esperá! -Llamó la Gata su atención. Luego se acercó a Rayo, el cual la miraba con cara de no entender nada; tan sorprendido como intrigado.
-¿Qué te sucede? ¿Nunca viste a una Gata?
-No... Es sólo que no te conozco personalmente. -Confesó él, y le preguntó su nombre. Cuando se enteró de quién era, su sorpresa fue mayor que su desconcierto inicial.
-¿Turquesa? ¿La que llegó a la Ciudad hace tres o cuatro años?
-Sí. -hizo memoria ella. -Fue hace casi cuatro años. Pero estuve viviendo hasta ayer en el Sector Moderno.
"ahora estaba sola aquí; esperaba a un Lobo...
-¿A un Lobo? -El Gato volvía a sorprenderse por algo que decía Turquesa.
-Sí... Pero ya no tiene importancia. ¿Podés decirme tu nombre?
-Rayo, me llamo. ¿Querés que te acompañe? Conozco bastante bien la región.
-Gracias… -Se alegró ella.
Mientras caminaban por el Claro, volvió a caer la lluvia. Los dos se apresuraron a entrar al Bosque Cerrado, cruzando el puente del pequeño arroyo.
A causa de la tormenta debieron permanecer allí hasta el día siguiente, al abrigo de un tronco caído y sin aventurarse más de lo necesario.
Atardeció; en donde ellos estaban, la lluvia inventaba caídas de agua por entre las ramas y las piedras de inhóspita belleza.

Día 5 (noche)

La noche cayó antes de tiempo, en el Bosque Cerrado. De vez en cuando, un relámpago centelleaba entre las apretadas copas de los árboles. Entonces, Turquesa y él veían los troncos como columnas grises bajo una bóveda de techo negro.
Con otro de aquellos relámpagos, alcanzaban a divisar una silueta borrosa pero de gran tamaño, como de Lobo; y con el tercero, de nuevo no veían nada.
Pero -ya fuera con luz o sin ella- la Gata y Rayo sentían, cada uno, la presencia temblorosa del otro.
Finalmente, ambos pudieron conciliar el sueño, y no abrieron los ojos hasta el día siguiente.

Día 6 (14/11)

Cuando Rayo despertó, se dio cuenta de que había dormido con la cabeza apoyada sobre el hombro de la Siamesa. Se incorporó entonces rápidamente ; aunque no tenía nada contra ella, consideraba una falta suya hacia Clarita el haber estado durmiendo así con otra Gata.
De todos modos, al ver que aún estaba dormida y que había dejado de llover, salió a buscar algo de comer para ella y para él.
Pero, ¿Dónde encontraría comida, en aquel lugar en el que todo estaba en los numerosos arroyuelos disimulados por las plantas, brotando por entre las piedras cubiertas de Musgo?
Así vio Rayo el Bosque Cerrado, con sus árboles de ramas por ellos mismos entretejidas; y cuyos cauces sólo se adivinaban por la hierba que se mecía en los arroyos.
En uno de los cursos de agua vio un pez de tamaño aceptable. Lo pescó y volvió con él en la boca adonde se encontraba la Gata, ya despierta.
Ella le agradeció, feliz y sorprendida. Rayo no dijo nada y comieron en silencio; al Gato no le gustaba el pescado, pero trataba de habituarse a comerlo desde su llegada al Bosque. A ella, en cambio, le encantaba.
Al terminar, la Gata volvió a darle las gracias.
-De nada... Turquesa. -Respondió él. Aunque no llegara a demostrarlo, la Siamesa se sintió muy feliz con esa simple respuesta. Pero cuando volvieron al Claro, rato después, Turquesa se decidió a preguntarle por qué aparentemente no había estado alegre en su compañía.
-No sé... -titubeó el Gato rayado. -Hay cosas que no conozco de vos; y otras que no entiendo...
Pero también me ocurrió que perdí a mi esposa por algo sucedido hace poco. -Y le contó la historia, mientras iban hacia el Bosque Blanco.
-Y, ¿Estás triste, todavía?
-Pues, sí...
-¿Sabés una cosa? Voy a tratar de ayudarte a superar este mal momento.
Rayo dudaba en silencio. De pronto la Gata se acercó más de lo necesario, bajo el punto de vista del Gato.
-Yo estoy segura de poder hacerlo. Y, de cualquier modo, estaré a tu lado en todo lo que hagas.
-¡No, esperá! -la contuvo. -¡Aún guardo el fiel recuerdo de Clarita!
Turquesa comprendió que había actuado demasiado impulsivamente.
-Me lo imaginaba; pero yo sólo hablaba de hacerte olvidar el dolor del momento.
-Sí, pero va a pasar mucho tiempo antes de que pueda volver a ser feliz.
-Entonces, te dejo. -resolvió ella con tristeza y determinación. -Pero no olvides buscarme si cambias de opinión. El dolor de un amor sólo se alivia con otro amor.
Él la miró alejarse, sorprendido; con sus últimas palabras, Turquesa le había dado a entender que lo quería.
La lluvia regresó una vez más, entre la Siamesa y el Gato, y más allá aún.
Sentado en la hierba, sin hacer caso del aguacero y en medio del confuso torbellino de sus pensamientos, se dio cuenta de que era verdad lo que había dicho ella.
Turquesa había encontrado un refugio apropiado bajo la saliente raíz de un Algarrobo. Lanzó allí un suspiro que podría haberse escuchado en todo el Bosque Abierto, adonde había vuelto en su camino solitario.
-Ahora que lo pienso -se dijo- lo necesito para ser feliz... haciéndolo a él feliz.
Él seguía sentado allí, escurriendo el agua que le caía por las orejas que mantenía en forma de techito.
-En realidad, ahora que lo pienso bien, la necesito para aliviar mi tristeza. -Fue ahora su pensamiento, casi un descubrimiento.

Se levantó para buscarla y, a partir de ese momento, el destino aceleró su pulso.
La encontró bajo la raíz. Ella, sonriendo, se movió un poco para dejarle lugar. Y hablaron, ahora, mucho más de lo que habían hablado hasta entonces. La conversación giró sobre temas que ya habían tratado, y también muchas cosas nuevas. Descubrieron...
... Que los dos se necesitaban; que ninguno estaba seguro de poder seguir sin el otro.
Él comprendió que el amor podía realmente aliviar su dolor, si bien no lo curaba. Turquesa descubrió que el Gato había perdido la capacidad de querer, y le hizo ver en él la diminuta llama de una esperanza.
-Si sólo es por verte feliz, no me importa nada. -Dijo la Gata, melancólica.
-Pero, ¿Estás llorando? -Rayo le hizo erguir suavemente la cabeza para mirarla a los ojos.
-No, es sólo la lluvia.
-¿Cóóóómoooo?
-Cierto; perdoname. Creo que el amor es tan fuerte... tan impredecible... Y ya no sé lo que digo... ¡Por favor! -imploró luego. -¡No me dejes sola! No sabría qué hacer, sin vos.
-Es difícil creerlo, pero... Yo tampoco.
Entonces les llegó el momento del primer beso, bajo la lluvia que los había separado y unido, y con el recuerdo reciente de la noche en el Bosque Cerrado, cuando el frío y el temor eran tan sólo como una excusa; cuando el sueño compartido era una pregunta silenciosa de cada uno, cuya misteriosa respuesta era el otro.
Al atardecer, regresaron a la intrincada arboleda.
Allí permanecieron seis días, aunque para ellos el tiempo fue un recuerdo perdido fuera de los límites de ese Bosque.
Lo recorrieron por completo, deteniéndose aquí y allá (¿esperándose?), buscando medir el tiempo en las plantas efímeras o en las cosas que hacía cada uno.
Luego de nueve períodos verdes -cuando el Sol llenaba con luz de ese color el espacio comprendido entre la hierba y el follaje- pasaron del Bosque Cerrado al Blanco.