Necesidad
No puedo sacarme de la cabeza las sensaciones de esta mañana, como si aún pudiera sentirlas por todo mi cuerpo. Incluso me vi obligada a imitar a Peeta y darme una larga ducha de agua fría. Comprobé por mí misma que ayuda; pero no lo suficiente.
Me termino vistiendo con unos vaqueros, unas botas negras y una remera a tiras. Empiezo a preparar mi desayuno cuando un movimiento de la cortina sobre el lavaplatos y un bufido me sobresaltan. Veo al horrible animal; gustosa y a la vez asqueada. Desapareció hace un par de semanas, seguramente el estruendo de la fiesta lo espantó lo suficiente para no volver hasta ahora. Lo que me causa algo de asco, es que este cubierto de barro y otro par de sustancias que ni siquiera sé definir.
-Estúpido gato… tendré que bañarte. – suspiro resignada, aunque en el fondo me alegra tener algo que hacer que me mantenga ocupada. Aunque sea prácticamente un acto suicida intentar bañar a éste animal.
Lo tomo por la piel del cuello para dejarlo cerca de su plato. Le lleno un cueco de agua y casi de ahoga él mismo al beber desesperado. Quizás en donde demonios se ha metido. Dejo un par de restos en su plato y se pone a comerlos con la misma impaciencia.
Cuando termino mi desayuno observo que se acerca al sofá para recostarse después de atiborrarse de comida. Me apresuro a sostenerlo antes de que saltara encima del mueble.
-¡No te atrevas! – me lanza un maullido como si fuera un inocente gatito asustado. Seguramente, si no fuera tan espantoso, me hubiese conmovido un poco más.
Lo arrastro hasta la bañera que lleno de agua tibia y, cuando descubre mi intención, su versión de "gatito asustado" desaparece; comenzando así, con mi misión suicida del día.
Para cuando termino con él, tengo rasguños y mordiscos en mis manos, brazos, un par en mis hombros y uno que otro en mi rostro. No puedo evitar decirle improperios cuando lo estoy secando con la toalla. Estoy a punto de finalizar esta tortura para ambos, cuando descubro un manchón carmesí que queda en la toalla. Vuelvo a inspeccionar al animal y descubro que, en el lateral de su lomo, tiene una herida más o menos considerable.
-Maldición…aun no termino contigo – lanza un gruñido tan resignado como yo.
Lo instalo en la mesa de la cocina, con el botiquín de primeros auxilios y me gano otro par de arañazos mientras le corto el pelaje de la herida y empiezo a curarlo. Para mi suerte, no se requieren puntadas, por lo que termino mi trabajo rodeándolo con vendajes y cinta.
Después de mi misión cumplida, por fin le permito recostarse en el sofá. Me doy una ducha rápida para sacarme el aroma a gato mojado y me visto de igual manera con ropas limpias.
Me dispongo a recostarme en el sofá, al lado de Buttercup, prendiendo la televisión mientras trenzo mi cabello.
Para la hora del almuerzo, se materializa otro ser que se había perdido hace un par de días. Haymitch entra, sin necesidad de golpear la puerta, y se sienta en el sillón frente a mí.
-¡Tengo hambre!
Le levanto una ceja e inevitablemente recuerdo la entrada de Buttercup, por la ventana de la cocina, y su bufido. Que curiosa comparación.
Termina comiéndose tres platos de estofado de conejo. Internamente lo maldigo ya que no dejó nada en la olla para Peeta cuando regrese, por lo que tendré que cocinar otra vez.
Por lo menos se digna ayudarme a lavar los platos y a ordenar la cocina. Después nos acomodamos en la sala. Él se recuesta a sus anchas en el sofá, empujando al gato y yo me siento en el sillón para ver la televisión durante lo que queda de la tarde. Me alivia que la tarde avance con rapidez.
Le comento que conocí a los chicos de la panadería. Me sonríe cómplice.
-Así que al fin pones algo de tu parte… - inevitablemente me sonrojo un poco. Luego mira el televisor – es bueno saberlo.
Me extraña que no se haya dedicado a molestarme por mi reacción de la semana pasada o por cualquier cosa que se le ocurra. Empiezo a disfrutar realmente de su compañía.
-Supongo que empezaré a golpear la puerta de ahora en adelante. – le miro extrañada – Nunca se sabe cuándo estén haciendo cosas sucias por los rincones de la casa.
Mi pensamiento previo se desvanece por completo. Se ríe abiertamente por mi notorio sonrojo y le lanzo con fuerza un cojín que va dirigido a su cara. Descubro que esta sobrio, porque lo intercepta con habilidad y lo coloca detrás de su cabeza.
-Gracias, preciosa. Justo lo que necesitaba
Se ríe por mi gruñido mientras me pongo de pie para empezar a preparar la cena.
Para cuando llega Peeta, ya había trozado el conejo y me encuentro terminando de cortar algunos vegetales para añadir al nuevo estofado que debo preparar por culpa de Haymitch.
Le lanzo un cortante "hola" mientras sigo blasfemando contra el alcohólico, sin dejar de cortar las verduras.
Siento su risa cuando se acerca por mi espalda y besa mi cabello. Ahora él también se burla de mí. Mi enfado se incrementa.
Me detengo en seco, sorprendida, cuando siento que me sujeta con suavidad por los hombros y empieza a acariciarme, siguiendo un exquisito recorrido a lo largo de mi brazo hasta llegar a mis manos y de vuelta. Por algún motivo quiero seguir enfadada; pero es poco lo que me dura por las sensaciones que me causa el volver a sentir que me rodea con sus brazos.
Apoya su mentón al lado de mi cabeza -¿Qué te pasó? – le escucho susurrar cerca de mi oído. Lleva una mano a mi cintura y con la otra delinea los arañazos de uno de mis hombros.
-Volvió el estúpido gato – reclamo – estaba tan asqueroso que tuve que bañarlo.
Siento su sonrisa y doy un ligero brinco cuando siento sus labios en mi hombro, en una de las líneas rojas de mi piel. Empieza a llenar de besos el camino entre el hombro y el comienzo de mi cuello - ¿Mal día? – susurra con una voz ronca.
No contengo el suspiro cuando sus labios empiezan a recorrer el nacimiento de mi cuello y se hacen camino hasta llegar atrás de mi oreja, haciendo que experimente una oleada de escalofríos por todo mi cuerpo ¿De donde aprendió a controlar mi enfado de esa manera?
Giro mi rostro para poder ver el suyo – Haymitch está en la sala. – trato de advertirle.
Besa mi mejilla con delicadeza – Está dormido… - susurra justo antes de sellar mis labios con los suyos.
Sus manos se posan en mis caderas y se cuelan por mi remera hasta mi cintura y vientre. Siento las convulsiones de mis músculos más íntimos cuando sus caricias empiezan a ser demandantes.
Libera mis labios y trato de seguir cortando las verduras sin poderme concentrar debido a que sus manos continúan acariciándome y sus labios siguen en mi cuello. Me estimula de tal manera que la mayoría de mis sentidos se van durmiendo.
-Peeta… detente… - suspiro entrecortadamente, causando el efecto contrario al que pretendía.
Siento sus besos retomar su camino por mi cuello, sumándole un par le ligeros mordiscos, mientras vuelve a recorrer la longitud de mis brazos con sus manos. Lo único que puedo hacer es cerrar mis ojos para disfrutar de sus exquisitos toques.
De pronto se detiene bruscamente y retrocede un par de pasos.
-Oh no… - lo escucho exclamar – Despierta a Haymitch – me advierte angustiado.
Volteo sobre mi misma para quedar viéndolo de frente y me doy cuenta que tiene su cabeza gacha y sus manos se aferran firmemente en su rostro.
-Katniss… - me llama – Despierta a Haymitch – me repite con dificultad.
Instintivamente levanto una mano sosteniendo una de sus muñecas. El abre sus manos sacudiéndose la mía y es cuando por fin veo esos ojos que ya han dejado de ser azules.
No, por favor. No otra vez.
-¡Aléjate! ¡No me toques! – me grita el arma de Snow. Lanza un manotazo que me empuja con violencia contra la pared de la cocina. El fuerte impacto, de la robusta madera, contra mi espalda me quita por completo el aire de mis pulmones. Quedo jadeante tratando de volver a inspirar, pero el acto reflejo se toma su tiempo en volver.
Se acerca a zancadas y pone ambas manos a cada costado de mi cabeza y comienza a golpear reiteradas veces la pared. Puedo sentir el temblor de la madera en mi espalda, incluso la oigo crujir. Sólo atino a cerrar mis ojos con fuerza.
-Katniss…
Me sorprendo al oírle llamarme. No es el tono del arma creada para destruirme, pero cuando abro los ojos reconozco en su mirada que el amable chico que conozco está lejos de aquí.
-Katniss… - vuelve a llamarme, de una forma más forzada que antes.
-Aquí estoy, Peeta… - se me cortan las palabras, aún no puedo inhalar correctamente.
Veo su cuerpo tensarse y quedarse estático apenas me escucha.
-No quiero lastimarte… - sus palabras se cortan por los quejidos mientras retiene la respiración.
-Lo sé… - susurro como puedo. Un fuerte nudo empieza a anidar en mi garganta; sumándose a la angustia de no poder respirar bien y al pánico.
Levanto mi mano izquierda para acariciar su mejilla pero sacude rápidamente su cabeza apenas rozo su piel con la punta de mis dedos.
-¡No me toques! ¡No te atrevas a tocarme! – vuelve a golpear a pared justo al lado de mi cabeza.
Recojo mi mano con rapidez y la acuno en mi pecho. Vuelvo a cerrar los ojos cuando sus golpes se van acercando cada vez más a mí.
Haymitch por fin aparece y trata de sostenerlo rodeando a Peeta por la cintura y sujetando uno de sus brazos. Hace que se aleje un poco de mí y los observo forcejear.
-¡Sal de aquí, Katniss! – Me grita Haymitch, apenas pudiendo contra la fuerza de Peeta. Sé qué debo hacerle caso, sé que puede tratar de calmarlo cuando ya no me tiene a su alcance; pero me encuentro paralizada. Ninguna fibra muscular atina a reaccionar en estos momentos. –¡Muévete, maldita sea!
-¡Suéltame Haymitch! – Peeta se enfurece aún más y trata de liberarse del agarre.
-¿Qué demonios esperas? – Vuelve a gritarme mi ex mentor - ¡Muévete de una buena vez!
Por fin recupero algo de motricidad, pero apenas alcanzo a dar un paso cuando veo horrorizada como Haymitch es lanzado con fuerza contra el horno y cae pesadamente al suelo.
-¡Haymitch! – trato de acercarme a él, que queda inerte con su rostro hacia el suelo.
La imponente figura de Peeta me intercepta y vuelve a empujarme contra la pared. Me vuelvo a quedar sin aire y siento la firme madera contra la cabeza. Él retorna los reiterados y fuertes golpes contra la madera que cruje tras mi espalda.
Siento su respiración agitarse cuando por fin se detiene y vuelve a aferrar sus manos a la pared.
-No quiero lastimarte, Katniss… - susurra jadeante.
Esta clara su lucha interna entre la bestia que creó Snow y el amable chico del pan. Varias veces sus manos se acercan para rodear mi cuello pero luego las aleja golpeando fuertemente la pared en un intento para controlarse. Mis lágrimas empiezan a salir ante la impotencia y el miedo. Me quedo estática siendo espectadora de una lucha de la cual no puedo formar parte, no puedo protegerlo de él mismo.
-Katniss… - vuelve a susurrarme el chico encerrado en la bestia – Mátame…
Abro los ojos sorprendida ante la petición – ¡No! – grito dañando mi garganta anudada por el llanto.
-Katniss ¡Mátame! – Siento como su piel se va desgarrando por la presión que hace contra la muralla. – ¡No se cuanto pueda controlarme!
-¡No puedo hacerlo, Peeta! – grito todo lo que puedo.
Me ruega, me implora que termine con su agonía. Ni siquiera puedo imaginarme la lucha que está librando, completamente solo, como para poder pedirme eso. Pero no puedo cumplir con eso, no puedo acabar con su vida sin terminar la mía también.
-¡Hazlo Katniss! ¡Por favor!
-¡No lo haré! ¡No puedo!
Vuelve a hacer temblar la madera con sus manos para luego quedarse quieto nuevamente agachando la cabeza. Me quedo sin mover un músculo y completamente en silencio mientras mis lágrimas se desbordan, sin tregua, desde mis ojos.
De pronto una de sus manos se mueve y rodea con sus dedos mi mano derecha. Recién soy consciente que aún sostengo el cuchillo que utilizo para cercenar mis presas y cortar las verduras para el guiso. Trato de soltarlo pero Peeta aprieta más sus dedos alrededor, aferrando mi mano contra el mango.
-¡No, Peeta! ¡Detente!
Miro atónita como posa la hoja justo en su cuello. Forcejeo, grito, trato de detenerlo con la mano que me queda libre, pero cualquier esfuerzo resulta inútil. Mis sollozos van en aumento mientras veo horrorizada cómo, bajo la hoja, empiezan a salir ligeras marcas de sangre. Decide que mi otra mano, que trata de empujarlo, le molesta. Mueve su mano de la pared y me la toma por mi muñeca aprisionándola sólidamente contra la crujiente madera, al lado de mi cabeza.
-¡Peeta, por favor! – mis ruegos son completamente ignorados.
Se acerca en un rápido movimiento y sella firmemente sus labios contra los míos, acallando mis gritos. A pesar del conflicto que tiene él mismo, sus labios son los de siempre, tan tibios, tan de él. Me deja aturdida por unos instantes, mientras me aprieta contra la fría pared.
Vuelvo a ser consciente de la firmeza de su agarre contra mi mano en su cuello. Sigo forzando para alejar el cuchillo pero mi fuerza no compite contra la suya.
Apenas se aleja, puedo verlo a él en sus ojos por unos pequeños momentos; mi chico del pan, mi Peeta.
-Te amo Katniss… - susurra.
Mis lágrimas se desbordan sin control. No, no puedo aceptar que se despida. No así. No puedo permitirme ser yo misma la que sostiene el cuchillo con el que pretende abandonarme. Él es la razón por la que puedo levantarme cada día. Se volvió mi razón para seguir adelante. Mi futuro no tiene sentido alguno si él no está a mi lado.
Siento aterrada la presión sobre mi mano derecha y cómo el afilado cuchillo empieza a romper su piel bajo la hoja. La sangre mancha nuestras manos que sostienen el mango.
-¡Peeta, No! ¡No puedo seguir sin ti! – mi garganta se destroza.
Parece reaccionar ante mi última confesión. Se detiene en seco por un instante despreciable, no alcanza a ser ni un segundo. De pronto la presión contra mi mano en el cuchillo y mi muñeca en la pared, desaparece por completo. Su cuerpo se relaja de golpe y termina cayendo pesadamente a mis pies.
Apenas se desploma, justo frente a mí, puedo ver a Haymitch, respirando erráticamente. Tiene un hilo de sangre en su rostro y sostiene una jeringa en su mano; la reconozco del botiquín de primeros auxilios que dejé sobre la mesa de la cocina, cuando curé al gato, y no me dispuse a volver guardar.
-Eso estuvo cerca… - Comenta llevando una mano a su cabeza, angustiado. Deja caer la jeringa, que antes tenía la morfina, y se arrodilla para inspeccionar a Peeta.
Me siento desvanecer, por fin puedo soltar el cuchillo que da un par de saltos en el piso. Me dejo caer al suelo sin despegar mi espalda de la pared. Mi llanto no se detiene y siento que mi cuerpo deja de responderme. Casi estoy al pie de la inconciencia cuando siento algo cálido en mis dedos contra el suelo. Los levanto y veo aterrada las manchas carmesí. Mi vista se levanta y veo que Haymitch ha volteado a Peeta boca arriba y trata desesperado de detener el flujo de sangre que se escapa de su cuello. Un gran charco empieza a formarse en el suelo junto a la cabeza rubia.
-¡Peeta! – me acerco a gatas, llevando una mano a la herida. Haymitch me alcanza lo que puede para ayudarme a detener la sangre.
Se pone de pie apresurado, se acerca al teléfono y marca rápidamente un número. Por mi parte trato de unir la piel cercenada. Escucho que dice algo de una emergencia y que se apresuren. Da la dirección de la casa y corta. Rápidamente se acerca a mí y me ayuda con paños, servilletas; lo que tenemos a mano para detener el escape de sangre.
Desconozco los minutos que pasan. Aún no deja de sangrar por completo, cuando golpean la puerta y Haymitch se levanta con rapidez para abrir. Una mujer que no conozco se apresura a arrodillarse junto a Peeta. Forcejeo con Haymitch quien me aleja rodeándome por la cintura. Sólo cuando me dice que es doctora, me dejo sostener por mi ex mentor.
No entiendo cómo es que hace para que deje de sangrar completamente y luego rodea su cuello con una venda. Apenas termina, le dice a Haymitch que es necesario llevarlo a su despacho en el pueblo para asegurarse de que esté bien. Dice que Peeta ha perdido mucha sangre y la zona de la herida es muy delicada. El corte, aunque no muy grande, puede ser profundo.
Apenas salimos veo a un joven en una ambulancia aguardando con las luces giratorias encendidas .No tenía idea que ahora se disponía de una de esas en el Distrito. Haymitch se sube de copiloto, yo me subo junto a la doctora al lado de Peeta y nos ponemos en camino mientras ella le coloca una bolsa de sangre vía intravenosa.
Llegamos a un edificio de tres plantas a medio habitar. La doctora (o, como la conocen más en el pueblo, nueva sanadora) me explica que están terminando de ambientarlo para hacer un pequeño hospital en el Distrito. Está en un rincón del pueblo que pocas veces he tenido la posibilidad de transitar ya que está alejado del bosque.
Dejan a Peeta en una habitación pequeña. Con un par de muebles a cada lado de la cama blanca de plaza y media. Finalmente Haymitch y la doctora se van para hacer el papeleo de ingreso y el ayudante se retira poco después de dejarlo conectado a un montón de parafernalias médicas que suenan rítmicamente.
Me quedo observándolo por no sé cuánto tiempo, creo que son horas. Estoy sentada en una silla justo al lado de él y me descubro pronunciado su nombre varias veces. Me parece irónico que hace unos años atrás me encontraba en una situación similar con Gale, cuando lo elegí a él; había decretado que Gale era mío y yo suya.
Ahora la situación es muy diferente. Me encuentro rogando que este chico rubio abra los ojos para poder ser la primera a la que vea. No quiero alejarme de él hasta que eso suceda. Quiero gritarle a todo pulmón que él es a quien necesito para poder sobrevivir, para sentirme completa. No necesito de nadie más. Ahora lo sé con seguridad.
Sus ojos se mantienen cerrados a causa del calmante, sin intención siquiera de despertarse. Tomo una de sus manos y me parece demasiado fría, su pulso es realmente bajo.
Recuerdo la vez que lo vi morir en la segunda arena y volver a la vida gracias a Finnick. La angustia que sentí en ese momento la vuelvo a experimentar ahora. Claro que, en ese momento, no entendía cuanto llegaba a importarme este chico. Me ocurre algo similar. Me doy cuenta que lo veía como un compañero en este nuevo viaje de seguir adelante, quizás un soporte que me ayudaba a dar los pequeños pasos para continuar. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba.
Se volvió mi motivo de sobrevivir. Si él no está a mi lado, no vale la pena seguir viviendo. Antes lo era Prim, pero con su muerte creí que nada más valía la pena hasta que Peeta volvió a formas parte de mi historia. Los demás han reconstruido su vida por su cuenta; Gale, mi madre, no necesitan de mí ahora Solo él me necesita tanto como lo necesito yo.
Vuelvo a pronunciar su nombre mientras beso sus fríos labios que ahora tienen un ligero tono azulado.
Haymitch se materializa en la habitación, después de un par de minutos, con una expresión que no sé descifrar. Lo quedo mirando esperando lo que tiene para decirme.
-Hablé con el Dr. Aurelius, acabo de colgar. - dice con un tono extrañamente cauteloso – Dice que han sido episodios demasiado fuertes para tan solo un par de semanas. Por lo que le reportaba Peeta, tenía entendido que la mayoría de los episodios venían por lo menos a un mes de diferencia y que podía controlarlos aferrándose a algo sólido.
Mi mente hace memoria de las angustiosas veces en que me quedaba mirando a Peeta apretar el respaldo de una silla, con tanta fuerza, que sus nudillos se volvían blancos.
Traga un poco de saliva antes de continuar.
-Peeta le contó el episodio que tuvo antes de la fiesta y…
Subo mis cejas algo extrañada de que se tome tanto tiempo en contarme.
-Bueno… le acabo de contar lo que pasó hoy…
-Antes no había tenido ninguno así… - le sigo la idea, pero por una extraña razón me arrepiento al instante de haber abierto la boca.
-Exacto… ¿no pillas alguna coincidencia?
Me quedo parpadeándole un par de veces. Luego miro a Peeta durmiendo justo al frente de mí. Él ha estado meses viviendo en mi casa, pero nunca había reaccionado con algún episodio agresivo. Sólo el respaldo de la silla, algún objeto pesado, o bien, algún tronco de un árbol habían sido los únicos heridos. Me encuentro recopilando las escenas de cómo ocurrieron los episodios más intensos. Para el de la fiesta, habíamos estado durmiendo juntos algunas noches; para el de hoy… bueno… estábamos empezando a entrar en un terreno más íntimo desde mi interrogatorio.
Vuelvo a mirar a Haymitch con los ojos abiertos.
El levanta las cejas; como si entendiera perfectamente los pensamientos que acaban de pasar por mi mente.
-El Dr. Aurelius cree que es debido a que se han acercado más…
Vuelvo a ver a Peeta. Todo estaba tomando su curso hasta que se me ocurrió besarlo mientras dormía. Desde entonces empezó nuestro nuevo tipo de "relación". Ni se me pasó por la mente que ese hecho podría desencadenar este tipo de reacciones.
-¿Espera que me aleje de él? – digo casi en un hilo de voz. No es una de las ideas a las que me gustaría resignarme.
-No por muchos días…
-¿Se irá a vivir contigo? – No quito mi mirada de Peeta, quizás esperanzada de que pueda despertar y fundamente mejor que yo que no quiere alejarse. Aunque sé que no es correcto.
-No precisamente…
Vuelvo a mirar a Haymitch con la pregunta en mi mirada. Él lanza un soplido y se apresura a responder.
-Quiere que lo lleven al Capitolio para seguir un tratamiento allá.
¿Al Capitolio? Entiendo que allá pueden conseguir un tratamiento con mayor tecnología. Más de la que se cuenta en el Distrito. Además que Aurelius tiene pleno conocimiento de los episodios y lo ha estado tratando por meses. Aun así, no puedo evitar el vuelco de mi estómago al recordar la vez que lo tuvieron allá para torturarlo y volverlo el arma con que lucha ahora.
-¿Cuando? – empiezo a resignarme a la idea. El Dr. Aurelius encontrará la forma de poder ayudarlo mejor que yo.
Haymitch chasquea sus dientes – Apenas se estabilice…
Le abro los ojos de par en par – ¿Hoy?
-En un par de minutos… - me corrige esperando mi reacción; y tenía razón en hacerlo.
Me pongo de pie y lo encaro apelando a que Peeta aún no se ha despertado, que es imposible que le ocurra un nuevo episodio si solo hace algunas horas ya le ha ocurrido uno. Lo increpo de las mil maneras que se me ocurren. Él me responde cada una de mis acusaciones con argumentos demasiado válidos, pero independientemente de eso, no dejo de discutirle, aunque los míos sean cada vez más estúpidos.
Basta con que la doctora, su ayudante y un par de tipos vestidos con batas blancas, entren a escena para quedarme helada. Anuncian que se llevarán a Peeta a la estación de trenes y miro absorta como, después que lo desconectan de los aparatos sonoros, el grupo de paramédicos lo trasladan a una camilla.
-También voy a la estación. - Miro a Haymitch quien no me hace ningún alegato al respecto.
Rápidamente volvemos a la ambulancia y nos dejan en una habitación especial de espera en la estación; aguardando a que llegue el tren. Solo quiero que abra los ojos, que me vea por última vez antes de que irremediablemente lo alejen de mi lado por un tiempo desconocido; pero sus ojos se niegan a abrirse.
Minutos después, sólo puedo ver impotente como llevan a Peeta al interior de uno de los vagones, junto con el ayudante de la doctora. Haymitch me rodea en sus brazos; más que para consolarme, es para retenerme en mis incontables intentos de entrar al tren.
-¡Por favor! ¡Solo hasta que despierte! – grito, pero mis ruegos son completamente ignorados.
Haymitch me aprisiona con fuerza.
-¡Suéltame Haymitch! ¡Quiero ir con él! – trato de alejarlo de mí.
-¿Acaso estás loca? ¡No puedes salir del Distrito! ¡Te dispararán apenas lleguen a la siguiente estación!
A pesar de ser cierto, no podría importarme menos. Me prometí a mí misma que permanecería a su lado hasta que sus ojos se abrieran para poder despedirme siquiera.
-¡Por favor Haymitch!
Finalmente me libero, empujándolo con todas mis fuerzas, y corro desesperada, sólo para chocar contra la puerta que se ha cerrado firmemente justo al frente de mí.
Grito su nombre, ruego, con lo que me queda de voz, golpeo la puerta de acero, lo más fuerte que puedo, exigiendo que me dejen entrar.
El tren empieza a avanzar y trato de seguir su ritmo, pero su velocidad aumenta con rapidez, por lo que termino retirando mis manos de la fría superficie y me quedo parada viendo cómo se aleja la silueta del tren hasta que lo pierdo de vista.
Calladas lágrimas adornan mis mejillas mientras siento que me caigo a pedazos. No tengo la menor idea de cuando podré volver a verlo. No pude despedirme de él, no pude decirle cuanto lo necesito.
Siento la palma de Haymitch en mi hombro y lo sacude un poco.
No puedo contener mi ira hacia él. Me siento traicionada por hacer que Peeta se aleje nuevamente de mí. Pero no puedo culparlo, en el fondo sé que llamo a Aurelius preocupado por nuestro bienestar. Vi su pánico cuando Peeta se desplomó en el piso de la cocina, apenas pudo inyectarle el calmante. Somos lo único que le queda, aparte de sus gansos.
Mis lágrimas salen sin tregua alguna de mis ojos y me dejo abrazar por él. Tomo su camisa con fuerza entre mis dedos y libero mis sollozos en su pecho. Él simplemente se limita a acariciar mi cabello con paciencia. No es la protección a la que estoy acostumbrada a sentir en los brazos de Peeta, pero de una extraña manera, me siento algo resguardada. Jamás podría parecerse al padre cariñoso que me enseñaba a cazar muchos años atrás. Pero en estos momentos, es lo más cercano que puedo tener a eso.
-Verás que pronto regresará… - susurra en mi oído. Pero es poco lo que logra convencerme.
CONTINUARÁ…
N/A
Y todo iba de maravilla hasta que mi imaginación se mandó un giro un tantito drástico. Faltaba una situación así para que nuestra personaje principal se diera cuenta (por fin) de cuanto necesita de su chico del pan.
No… ¡NO!... guarden las armas blancas y las escopetas, por favor. Aún tengo en mente otro par de capítulos antes de terminar esta historia y verán que pronto me volverán a querer (espero) *Risa nerviosa*
Como siempre les agradezco a todos los que se han dado el tiempo de mandarme mensajitos que me alegran el día y me animan a continuar.
A ver cómo seguimos los próximos capis. ¡Un gran abrazo a todos!
¡Hasta el próximo capítulo!
