¡Hola!
¡Mil gracias sus comentarios y por seguirme acompañando por aqui en esta historia!
Les traigo un nuevo capitulo de este fic ¡espero que lo disfruten!
Capitulo Nueve
Seiya despertó en una habitación fría, con el cuerpo cálido y desnudo de Serena al lado del suyo. Miró su rostro, tan hermoso que se preguntó si alguna vez podría captar aquella belleza en su retrato.
No debería estar tumbado a su lado, aunque allí era donde más deseaba estar. Al despertarse del sueño la había necesitado y su determinación de resistir lo había abandonado.
Miró hacia la ventana. La tenue luz del amanecer asomaba entre las cortinas. Había pasado toda la noche con ella.
Se soltó muy despacio. Serena murmuró algo y él quedó inmóvil. Ella se dio la vuelta y él esperó hasta que oyó su respiración regular y salió con cuidado de la cama. El suelo de madera estaba frío bajo sus pies. Tapó mejor a Serena, se acercó a la chimenea y echó más carbón a las ascuas. Al menos ella despertaría en una habitación caliente.
Encontró su ropa doblada en una silla, todo menos la camisa, que estaba en el suelo debajo de la camisola de ella. Se vistió rápidamente y sin hacer ruido y se acercó a la puerta en calcetines y con los zapatos en la mano.
La ropa de la cama se movió.
—¿Te vas? —murmuró ella, con voz pesada por el sueño.
Seiya se volvió.
—No quería despertarte.
Ella se sentó en la cama; su pelo era una masa de rizos.
—¿Por qué te vas? Hoy no pintas y no iremos al Egyptian Hall hasta más tarde.
Seiya miró la puerta.
—La casa está en silencio. Ahora no me verán.
Ella hizo una mueca.
—Aquí no le importará a nadie que hayas pasado la noche conmigo.
A Seiya no le preocupaba lo que pensaran de él.
—Tus amigos de aquí hablan con mucha franqueza. Una cosa es que hablen de mí como tu invitado en la cena y otra que mencionen que he pasado la noche. Es mejor que no lo sepa nadie.
Ella lo miró fijamente.
—¿Te preocupa que se entere BlackMoon?
Seiya asintió.
—Exactamente —se acercó a la cama y le apartó el pelo de la cara—. Nos vemos luego, cuando vengamos Michiru y yo a recogerte.
Serena le agarró la mano y se la llevó a los labios.
—Hasta luego.
A él le costó trabajo no volver a besarla en los labios, quitarse la ropa y regresar a las delicias del lecho, las delicias que desvanecían sus demonios, al menos durante un rato. No le importaba nada que BlackMoon se enfadara con él, pero eso podía hacer daño a la gente que más quería. Su madre y Serena.
Por ellas debía ir con cuidado con BlackMoon. Tenía que limitar su trato con Serena al estudio. Era preciso que continuaran siendo sólo artista y modelo.
Salió de la habitación con esa determinación y bajó las escaleras sin hacer ruido. Una vez fuera, se puso los zapatos y echó a andar por Adam Street. La ciudad despertaba a la vida con carros, carruajes y trabajadores yendo de acá para allá. Los vendedores callejeros empezaban a anunciar su mercancía de empanadas o galletas.
Seiya compró un bizcocho de jengibre, lo envolvió en su pañuelo y lo guardó en el bolsillo de la levita para comerlo con el té de la mañana. Le ahorraría la molestia de ir a desayunar a la mesa de su madre y correr el riesgo de volver a encontrarse allí con BlackMoon.
El aire de la mañana le llenaba los pulmones y sus oídos estaban libres de los ruidos de Badajoz. Casi podía decir que era feliz.
Pero cuando cruzó el Strand hacia Adam Street, su humor cambió. BlackMoon salió por la puerta de su madre y giró en dirección a él.
—Has madrugado, ¿no, Seiya?
—Y usted también —Seiya intentó hablar con indiferencia.
BlackMoon sonrió un momento.
—En casa de tu madre siguen en la cama.
Seiya apretó los dientes.
BlackMoon rió con suavidad, consciente sin duda de haberlo enojado. De pronto retrocedió como si lo viera por primera vez.
—Tienes aire de haber dormido con la ropa puesta. ¿Dónde has estado?
Seiya lo miró a los ojos.
—Si he dormido con la ropa puesta, señor, puede estar seguro de que soy demasiado caballero para contárselo.
BlackMoon soltó una carcajada estentórea.
—Has estado con una mujer, ¿eh?
Seiya no contestó.
BlackMoon lo miró de hito en hito.
—Espero que esa mujer tuya no te impida trabajar en el retrato. Quiero ver los progresos que has hecho.
—No hay nada que ver.
—¿Qué? — BlackMoon arrugó la frente—. ¿No has hecho nada? El tiempo es importante, ¿sabes? Estamos casi en marzo y la obra se estrena en abril.
—Soy muy consciente del tiempo —repuso Seiya.
BlackMoon lo apuntó con un dedo.
—Pues no te retrases. Quiero saber el instante en que esté terminado, el instante en el que pueda ver el producto final. Y más vale que sea pronto.
Seiya asintió con brusquedad.
—Lo tendré informado. Prepare el resto de mi paga para entonces.
—Haz lo que quiero cuando lo quiero y te pagaré — BlackMoon empezó a alejarse, pero se volvió—. De hecho, quiero que hagas dos retratos. Uno es mi regalo para la señorita Tsukino, el otro es para mí.
A Seiya no le gustaba la idea de que BlackMoon tuviera una imagen de Serena.
—En ese caso, la tarifa es doble —replicó. BlackMoon sería un tonto si aceptaba aquellos términos.
—¿Doble? —resopló el otro—. No tardaras el doble de tiempo.
Seiya inclinó la cabeza don desdén.
—Me retrasará en aceptar otros encargos. Lo toma o lo deja.
BlackMoon entornó los ojos con aire amenazador.
—Espero la mitad de la suma mañana o tendré que aceptar otro encargo —continuó Seiya.
No tenía otro encargo, pero eso BlackMoon no lo sabía.
BlackMoon frunció el ceño, pero acabó moviendo una mano en el aire.
—A mí no me importa el dinero. Pagaré esa cantidad.
Seiya decidió que era tonto.
—No puedo perder más tiempo contigo — BlackMoon se alejó apresuradamente.
Seiya lo vio doblar la esquina en el Strand.
—Que te lleve el diablo —murmuró.
OoOoO
Serena miró de nuevo por la ventana para ver si Seiya y su hermana habían llegado ya. Esa vez tuvo suerte y los vio acercándose a la puerta.
Corrió al pasillo y llamó a la doncella.
—Molly, mis invitados están en la puerta. Diles que bajo en un minuto. Pueden esperar en el vestíbulo.
—Sí, señorita —contestó Molly desde abajo.
Serena volvió a su cuarto y se puso un abrigo verde de frunces que acababa de llegar del fabricante de Mantua. Un gorro y guantes también verdes completaban su atuendo. Se miró al espejo y confió en gustarle a Seiya.
Salió al pasillo de nuevo y vio que Seiya la miraba desde el pie de las escaleras. Su hermana estaba a su lado.
—Estoy lista —sonrió a Michiru—. Es un placer volver a verla, señorita Kou.
Michiru hizo una reverencia.
—Para mí también.
Serena le sonrió.
—¿Su Haruka no nos acompaña?
—Tenía clase.
—¡Qué lástima! —Serena habría querido que Michiru y Haruka tuvieran también una salida juntos.
Miró a Seiya.
—Señor Kou, gracias por sugerir esta excursión.
Michiru parecía confusa.
—Seiya me ha dicho que fue idea suya.
Serena sonrió.
—Lo fue.
Seiya abrió la puerta y salieron al exterior.
—Si no les importa andar, sospecho que no hay más de una milla hasta Piccadilly.
—Caminaremos —repuso Michiru.
Seiya miró a Serena.
—¿Señorita Tsukino?
Ella se agarró de su brazo.
—Caminaremos, pues.
Michiru parecía más apagada que en su primer encuentro, pero Serena sospechaba que se debía a que Haruka no estaba con ella. Envidiaba el amor joven de la chica. Debía de ser agradable ser cortejada por un joven respetable y esperar una vida convencional y predecible.
Ella, por su parte, había elegido otra cosa y debía contentarse con lo que le ofreciera la vida. La excitación del teatro. La libertad de hacer lo que quisiera. Nadie esperaba que una actriz fuera casta. Podía elegir compartir su lecho con Seiya si así lo deseaba. Y lo deseaba.
OoOoO
Michiru se animó cuando el Egyptian Hall apareció a la vista.
—Se parece a los grabados de edificios egipcios que vimos —dijo.
La fachada del edificio pretendía parecer la entrada de un templo, con sus tres pisos que parecían uno solo. Dos estatuas enormes de Isis y Osiris se elevaban encima de la entrada, que estaba flanqueada por dos columnas tan altas como toda la planta baja. Símbolos egipcios que parecían tallados en piedra embellecían los marcos de las ventanas.
—Parece grandioso —comentó Seiya.
Pagó la entrada y penetraron en el edificio, donde se dirigieron a una habitación enorme con una exposición de animales salvajes grandes en el centro y de pájaros y mamíferos más pequeños en vitrinas colocadas a lo largo de las paredes.
Serena miró a su alrededor con disgusto.
—Están todos muertos.
Aquellas criaturas, que antes corrían, volaban y cazaban presas, habían sido disecadas para que las mirara la gente. Se volvió hacia Seiya, que le lanzó una mirada comprensiva que hizo que Serena se sonrojara de placer.
—¡Oh, vaya! —Michiru corrió de inmediato al elefante. Tuvo que sujetarse el sombrero para alzar la vista—. No sabía que eran tan grandes —caminó por la parte central, observando el hipopótamo, el oso polar y la cebra.
Serena se quedó sola con Seiya y lo rodeó con su brazo.
—Parece más animada.
—¿Más animada? —preguntó él, sorprendido.
Ella echó la cabeza a un lado.
—Tu hermana y tú están muy callados hoy.
Él puso una mano encima de la de ella.
—Hay muchas cosas que no puedo decir delante de Michiru.
—Comprendo. ¿Pero qué es lo que preocupa a Michiru?
Seiya miró a su hermana.
—No lo sé.
—Si tú lo quieres, intentaré descubrirlo.
Él miró una pared cubierta de pájaros muertos.
—Lo dejo en tus manos, pues. Yo me dejaré fascinar por esas aves de colores.
Serena resistió el fuerte impulso de besarlo. Sus miradas se encontraron y vio que la de él reflejaba el mismo anhelo.
—Voy a estudiar esos pájaros —murmuró él.
Ella respiró hondo.
—Sí. Yo haré compañía a tu hermana.
Se reunió con Michiru, cuyo entusiasmo inicial por los grandes animales parecía haber remitido. La chica miraba la cebra como sin verla.
—Desde luego, parece un caballo, ¿verdad? —dijo Serena.
Michiru parpadeó.
—Sí, así es.
—Hoy parece triste, señorita Kou. ¿Qué ocurre?
Michiru suspiró.
—Nada.
Serena la obligó a mirarla.
—No me convence.
Michiru miró el oso polar.
—Oh, es sólo que lord BlackMoon no deja de hablar de buscarme marido.
Otra vez BlackMoon.
—¿En serio?
Se acercaron a una vitrina que contenía reptiles.
—Supongo que cree que así me ayuda —prosiguió Michiru—. Pero yo no quiero casarme todavía.
—¿Le ha hablado a BlackMoon de su Haruka?
Michiru se ruborizó.
—Usted lo llama mi Haruka, pero sólo somos amigos —suspiró—. Además, le queda un año de estudios para terminar y después tendrá que trabajar para alguien. Y… y tal vez él no me quiera a mí.
—¿No la quiera a usted? —para Serena estaba claro que Haruka estaba enamorado de ella.
—Debido a mi familia, ¿sabe?
Serena no comprendió al principio, pero luego recordó que, fuera del mundo del teatro, la aventura con un caballero convertía a una mujer respetable en una paria social. En el caso de BlackMoon, por supuesto, aquello sólo aumentaba su caché.
Dos jóvenes petimetres empezaron a lanzarles miradas impertinentes; daba la sensación de que estaban haciendo acopio de valor para acercarse.
Serena movió la cabeza en su dirección para advertir a Michiru, pero ésta parecía ignorante de lo que la rodeaba.
—Vamos a reunirnos con su hermano —dijo Serena.
Seiya sonrió cuando se acercaron a él. Salieron juntos a buscar la habitación de artefactos antiguos egipcios.
—¿Te ha dicho lo que le preocupa? —preguntó Seiya en cuanto tuvo ocasión.
—Al parecer, lord BlackMoon sigue hablando de buscarle marido —susurró Serena.
—¡Ese maldito! —exclamó Seiya entre dientes.
Encontraron una sala donde se exponían curiosidades de los Mares del Sur, entre ellas insectos y reptiles, así como otros pájaros disecados. Serena estaba impaciente por cambiar de sala, pero Seiya parecía empeñado en examinar minuciosamente todas las caracolas y trozos de coral de la habitación.
—Vamos nosotras —susurró Serena a Michiru, tomándola del brazo—. Estamos en la sala de al lado —dijo a Seiya.
Esa albergaba la exposición norteamericana, dominada por la estatua de un indio piel roja vestido para el combate. Dos caballeros la examinaban. Serena vio inmediatamente que uno era Zafiro BlackMoon; el otro era un hombre mayor que formaba parte del Comité de Cultura Nacional del teatro con lord BlackMoon. Miró a Michiru, que frunció el ceño y se giró hacia la puerta, pero no antes de que las viera lord Rubeus, el caballero mayor.
Las saludó con la mano y se acercó.
—Señorita Tsukino.
Lord Rubeus era un hombre de estatura media y cuarenta y tantos años, de pelo ralo y cintura ancha.
—Señorita Tsukino, es un placer verla —miró a Michiru—. ¿Puede presentarme a su encantadora amiga?
Serena apretó los labios. Lord Rubeus probablemente asumía que Michiru era también actriz, una fruta madura para ser recogida por él. Miró a Zafiro, que las miraba a su vez pero sin acercase. Uno era un pesado pero el otro podía ser un problema. A Seiya no le gustaría que su hermana estuviera cerca de Zafiro.
Hizo la presentación que pedía Rubeus.
—Señorita Kou, le presento a lord Rubeus, al que conozco del teatro.
—Encantado, querida mía —lord Rubeus se inclinó.
Michiru hizo una reverencia cortés.
Serena miró a lord Rubeus.
—Michiru no es del teatro, señor. Acompaña a su hermano, que es el artista que pinta mi retrato. Está en la sala de al lado —confiaba en que Rubeus perdiera interés cuando supiera que Michiru no era una joya en venta—. He pedido al señor Kou que me traiga aquí para ver objetos egipcios. Quiero asegurarme de que mi retrato como Cleopatra tenga autenticidad.
Lord Rubeus seguía mirando a Michiru.
—Entiendo.
—Ya nos íbamos —añadió Serena.
Rubeus no le hizo caso.
—¿Usted ayuda a su hermano, señorita Kou?
Michiru arrugó la frente confusa. Lanzó una mirada nerviosa en dirección a Zafiro.
—Cuando él me lo pide —dijo un paso hacia la puerta.
Rubeus le sonrió.
—Estoy encantado de que le ayude hoy. Así he tenido la buena fortuna de conocerla.
La llegada de Zafiro ahorró a Michiru el tener que responder.
Zafiro la miró con cara de pocos amigos.
—Dondequiera que voy, me encuentro con un Kou.
—Estoy igualmente encantada de verlo a usted —replicó Michiru.
Lord Rubues hizo una mueca a Zafiro.
—Muy poco educado por su parte, joven. No lo toleraré.
Serena hizo una reverencia.
—Debemos irnos. Que tengan un buen día.
Michiru y ella salieron en busca de Seiya. Su hermana corrió hacia él y le tiró de la manga.
—¡Seiya! Zafiro está aquí —miró a Serena—. Es hijo de BlackMoon y lo conocemos desde la infancia. Era un chico odioso, siempre metiéndose conmigo y buscando pelea con Seiya. Esa cicatriz le da un aspecto terrible.
Seiya miró al pasillo y vio a Zafiro en el umbral de la otra sala. Los dos hombres se miraron de hito en hito.
Seiya se volvió a Michiru.
—No te acerques a él.
—No hace falta que me lo adviertas —Michiru tiró de él—. No quiero estar aquí si está él. ¿Podemos irnos ya?
Seiya interrogó a Serena con la mirada.
—Yo he visto suficiente —dijo ésta, aunque todavía no habían visto ningún objeto egipcio.
Se dirigieron a la salida.
—Me disgusta que Zafiro nos haya visto juntos dos veces —susurró Seiya a Serena.
—He explicado que estamos haciendo investigación para el retrato —intentó tranquilizarlo ella, que sentía mucha curiosidad por conocer el origen de aquella reacción tan extrema de Seiya ante Zafiro BlackMoon. ¿Se lo contaría alguna vez?
—Yo me alegro de estar lejos de él —Michiru miró las tiendas alineadas en la calle—. Seiya, ¿puedo visitar al perfumista un momento? —la tienda estaba allí mismo.
Seiya se volvió hacia la puerta del Egyptian Hall como para comprobar que Zafiro no los seguía.
—Yo pasaré por el señor Hewlett, pues —señaló una tienda de óleos y pinturas—. Y las veré delante de la perfumería.
Serena acompañó a Michiru a la tienda, aunque su mente no estaba en las esencias sino en Seiya. Le importaba mucho, le preocupaba que Zafiro lo alterara, le importaba lo que le había ocurrido en el pasado y no sólo en el presente. Le sorprendía la profundidad del sentimiento que suscitaba en ella. No había esperado volver a sentir algo tan fuerte por un hombre. Hasta que conoció a Seiya.
—Quiero comprarle algo a mamá —le dijo Michiru cuando se acercaban al mostrador. Se acercó al tendero y empezaron a hablar de fragancias. Ella señaló los bonitos frascos de cristal dorado y esmerilado para guardar perfumes.
Serena se acercó a la ventana de la tienda y miró la calle. Un rato después vio salir a Seiya de la tienda de pinturas.
—La espero en la puerta con su hermano —dijo a Michiru.
La chica asintió y levantó un frasco para examinarlo con atención.
—Tardará unos minutos —explicó Serena cuando se acercó a Seiya.
Él parecía todavía alterado.
—Me gustaría que Zafiro BlackMoon no te afectara tanto, Seiya.
Él le tomó un momento la mano.
—Perdóname, no soy buena compañía.
—Estar contigo es suficiente para mí —murmuró ella. Miró la tienda para comprobar que Michiru seguía ocupada con el tendero—. Me gustaría que vinieras esta noche a mi habitación.
Las líneas que bordeaban los ojos de él se hicieron más profundas.
—No sería inteligente.
—No me importa quién nos descubra —dijo ella, valientemente.
La expresión de él era seria.
—No deben vernos juntos. BlackMoon te puede causar muchos problemas. No deberíamos vernos fuera del estudio —respiró hondo—. Ven mañana por la mañana y podremos trabajar todo el día.
Serena asintió. Él hablaba de trabajo, pero ella ansiaba repetir los placeres de la noche anterior. Señaló el paquete envuelto en papel marrón y atado con una cuerda que llevaba él en la mano.
—¿Qué has comprado?
—Pinceles y colores que necesitaba —él sonrió un instante—. Mucho blanco. Para su retrato.
Ella sonrió a su vez y lo miró a los ojos. Fue como si una chispa ardiera entre ellos, una pasión compartida que necesitaría poco para prender.
Michiru salió de la perfumería con su compra.
—He elegido una mezcla de rosa, violeta y jazmín —dijo.
—Eso la hará anhelar la primavera —sonrió Serena.
Michiru miró a Seiya.
—Espero que le guste a mamá.
Seiya le pasó un brazo por los hombros.
—Claro que le gustará.
Caminaron de regreso a Henrietta Street. El día no había salido como Serena esperaba y tenía que soportar el resto de la tarde y la noche entera antes de volver a ver a Seiya.
OoOoO
Esa noche, después de lo que le pareció una representación interminable de Romeo y Julieta, Serena cumplió con su deber en el Salón Verde. BlackMoon estaba allí, conversando con lord Rubeus con expresión seria. Ella se mordió el labio inferior y confió en que Rubeus no le hubiera dicho que la había visto con Seiya.
Para alivio suyo, BlackMoon no se acercó a ella, aunque la seguía con los ojos como un gato que observara a su presa. Ella se estremeció y se volvió.
Por desgracia, al hacerlo, se encontró con Zafiro BlackMoon, que llevaba un vaso en la mano.
Intentó pasar de largo, pero él se interpuso en su camino con una mueca.
—Me pregunto qué pensaría mi padre si supiera que ha salido con Kou.
Ella levantó la barbilla.
—No se me ocurre por qué le puede importar eso.
Zafiro tomó un trago de su vaso.
—Rubeus me ha hablado de eso. Mi padre la persigue como un viejo patético. ¿No es así?
Ella hizo una mueca.
—Si su padre no le hace confidencias, difícilmente puede esperar que se las haga yo.
Zafiro soltó una carcajada.
—Antes de alejarse, permítame que le diga algo de Seiya. Él se cree mejor que sus iguales, pero su madre no es más que una vulgar ramera.
Serena casi lo abofeteó, ofendida hasta la médula en beneficio de la madre de Seiya. Pero no quería meter a Seiya en aquello.
Se inclinó hacia Zafiro con aire conspirador.
—Alguien llamó así a mi madre una vez —susurró—. Y su amante le pegó un tiro.
Zafiro retrocedió.
—Tenga cuidado con sus palabras, señor BlackMoon. Puede encontrarse con un duelo a pistola al amanecer —se alejó para unirse a un grupo en el que estaba el señor Garayan.
Cuando volvió a mirar, Zafiro se dirigía hacia donde estaba su padre, que seguía conversando con lord Rubeus. Estaba muy pálido.
OoOoO
Seiya se levantó temprano a la mañana siguiente, tan temprano que suplicó a la cocinera de su madre que le diera de desayunar en la cocina y conversando con la mujer descubrió que lord BlackMoon no había compartido la cama de su madre la noche anterior. Sin saber si eso era bueno o malo, regresó a su estudio a preparar otro lienzo mientras esperaba a Serena.
Vestido sólo con pantalones y una camisa manchada de pintura, construyó el armazón y estiró el lienzo. Eso lo distrajo de la anticipación de volver a verla. La presencia de Zafiro había arruinado su visita al Egyptian Hall, pero ese día, con un poco de suerte, ningún BlackMoon estropearía su trabajo.
Porque ese día debía ocuparlo el trabajo y no el placer, aunque el recuerdo de hacer el amor con ella hacía que todavía le ardiera la sangre. Sabía que deseaba tomarla en brazos, llevarla a la cama y al diablo con el cuadro.
Rió en voz alta.
¿A quién pretendía engañar? Pintarla lo excitaba casi tanto como hacer el amor con ella. Quería que el cuadro fuera todo lo que ella deseaba. Quería que la imagen que creara de ella durara para siempre, preservar su belleza y su esencia para siempre jamás.
Cuando terminó de estirar el lienzo, lo colocó en el caballete y entró en la cocina a preparar sus pinturas. Necesitaba mezclar mucho blanco plomo para la preparación del lienzo. El blanco cremoso más caro lo guardaría para el cuadro en sí. En un tazón de piedra mezcló los pigmentos de color con el aceite de linaza y añadió unas gotas de trementina hasta lograr la consistencia deseada. Con la navaja de la paleta levantó casi toda la mezcla y formó con ella una bola pequeña que pincharía con una aguja para extraer pequeñas cantidades de pigmento cada vez. El resto del blanco lo colocó en su paleta de madera.
Volvió al caballete, eligió una brocha ancha y empezó a cubrir el lienzo con capas finas de blanco. Cuando el lienzo estuviera totalmente seco, estaría listo.
Algunos artistas compraban ahora lienzos ya preparados, pero a Seiya le gustaba la naturaleza metódica de esa tarea, que ocupaba su mente hasta vaciarla de otros pensamientos, pero resultaba adormecedora en su simplicidad.
También le ahorraba dinero.
Cuando terminó y limpió el estudio, en el exterior la calle hervía de actividad. Casi podía sentir a Serena cerca.
Colocó la chaise longue para aprovechar al máximo la luz e intercambió el lienzo que acababa de preparar por el que ya estaba seco y listo.
Cuando miró por la ventana, no le sorprendió verla en la calle. Le abrió la puerta antes de que llamara.
—¡Seiya! —exclamó ella, con el rostro resplandeciente de placer.
En cuanto él cerró la puerta, ella se echó en sus brazos y alzó la cara para el beso que él supo ahora que llevaba esperando desde el amanecer. La besó con ganas, riendo para sí, y le quitó el sombrero y los guantes cuando ella le devolvió el beso. Las horquillas cayeron y el pelo quedó suelto. Le desabrochó la capa, la bajó por los hombros y la dejó caer al suelo. Las manos de ella se movían debajo de la camisa de él, acariciando los músculos de su espalda y calentándolo con un deseo urgente.
La necesitaba desesperadamente, no sólo como desahogo físico sino para estar unido con ella, para sentirse conectado a ella como si fueran uno solo.
Ella tiró de su camisa y colocó la boca húmeda en su pecho. Él le alzó la falda y la estrechó contra su entrepierna.
Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que la ventana que llenaba la habitación de luz también hacía posible que se viera el interior del estudio. La levantó en brazos con un gruñido de frustración y la llevó al dormitorio.
El paso a la penumbra hizo que parpadeara hasta que sus ojos se adaptaron a la habitación sin ventanas. La depositó en la cama y ella se giró para mirarlo.
—Desabróchame el vestido.
Él le puso la mano en el hombro.
—Espera. Lo que hacemos puede tener consecuencias.
Ella emitió un ruidito de exasperación.
—¿Qué consecuencias, si nadie lo sabe?
Él le tomó la barbilla entre los dedos.
—Me refería… a que podríamos tener un niño.
Ella abrió mucho los ojos. Deslizó los dedos en el pelo de él.
—Sé lo que hay que hacer —murmuró—. No temas. No se puede vivir en el teatro y no saber esas cosas.
Él se relajó.
—¿Me desabrochas el vestido? —preguntó ella de nuevo.
—Será un placer...
Seiya le besó el cuello antes de abrir los corchetes y desatar las cintas. Le sacó el vestido por la cabeza y desabrochó el corsé. Ella se quitó la camisola y ambas prendas cayeron al suelo. Vestida sólo con las medias y los zapatos, presentaba una imagen muy erótica. Seiya se apresuró a quitarse los pantalones.
Ella lo observaba y sus ojos se agrandaron de placer cuando quedó ante ella desnudo y excitado.
—Seiya, ¿sabes lo magnífico que eres?
Él se acuclilló a tomarle los pies y le quitó un zapato.
—Soy yo el que debería decir eso.
Serena suspiró.
—Soy demasiado franca, lo sé.
La mano de él subió por su pierna a buscar la liga de la media.
—Demasiado hermosa, tal vez. Nada más.
Ella jugó con su pelo mientras él le bajaba primero una media y después la otra. Cuando se incorporó, ella lo tocó, examinando con los dedos su virilidad y provocando una tortura dulce que apartó todo pensamiento racional de la mente de él.
Se movió encima de ella en la cama e inició una tortura propia, saboreando la longitud elegante del cuello, el lujo de sus pechos, el vello que lo guiaba a su lugar más femenino. Cuando ella se retorció bajo él, sintió una sobrecarga de energía masculina y se colocó encima.
—Te deseo —murmuró ella, que seguía pronunciando en voz alta los pensamientos que él guardaba en silencio.
Estaba más que preparada para él. Seiya la penetró fácilmente, pero se obligó a moverse despacio, pues deseaba prolongar aquella deliciosa sensación de ser uno, quería saborearla todo el tiempo que pudiera.
Las sensaciones crecieron y pronto ya no quedaba deseo, sólo una carrera hacia el placer. Sólo existía Serena, moviéndose al unísono con él. Unida a él. Seiya se aferró a ese sentimiento deseando que permaneciera.
Llegó el orgasmo y sus pensamientos y sentimientos quedaron sumergidos en la explosión de placer. Derramó su semilla dentro de ella, que se estremecía de placer. Vio estrellas detrás de sus ojos cerrados y le pareció que el cielo estaba a su alcance. Aquel momento de placer a dúo duró más de lo que él creía posible, más que con ninguna otra mujer.
Cuando terminó, casi se derrumbó sobre ella, pero se detuvo antes de aplastarla bajo su peso. En vez de eso, se colocó a su lado y se tumbó de espaldas, con los ojos cerrados todavía. Intentaba crear en su mente una imagen de lo que habían vivido, ponerle forma y color. Se parecía a las iluminaciones que había visto en Vauxhall Gardens el verano anterior, salvajes, brillantes y llenas de alegría.
Se volvió a abrazarla y la besó con languidez.
—Eso ha sido… —empezó a decir ella.
Él le tapó la boca con los dedos.
—Permíteme ser yo el que lo diga. Ha sido… bastante agradable.
—¡Qué comedido! —rió ella—. Casi no tengo experiencia en estos asuntos, pero creo que yo lo describiría como maravilloso.
—¿Casi no tienes experiencia? —él frunció el ceño. ¿Qué mujer podía pasar años en el teatro sin adquirir ese tipo de experiencia?
—Sólo ha habido un hombre, Seiya —ella le acarició el rostro para desarrugarle el ceño—. Un actor algo mayor cuando yo tenía diecinueve años. Y no duró ni una semana.
El dolor de aquella experiencia se reflejaba en su rostro.
—Me enseñó muchas cosas… pero nada de amor —su voz sonaba crispada—. Temía no volver a sentirme tentada por un hombre, hasta que te conocí a ti.
¿Se había resistido a todos los caballeros del Salón Verde? ¿Y a los caballeros de hermoso carruaje con los que la había visto aquel primer día en Somerset House?
La cara de él debió reflejar su incredulidad, pues ella lo miró dolida.
—Mi madre es conocida por sus aventuras con caballeros del Salón Verde. Yo no.
Seiya le tocó el brazo.
—No dudo de ti, sólo me sorprende que hayas podido esquivar a esos caballeros —¿durante años? Parecía increíble.
Serena respiró hondo.
—Sé lidiar con ellos. Rechazarlos sin herir mucho su vanidad. Soy bastante diestra en ese aspecto. Por eso no me preocupa BlackMoon.
Seiya se apartó y se sentó en la cama.
—De todos modos, ten cuidado con él. Y con su hijo. ¿Estuvo anoche en el teatro?
Ella apartó la vista.
—Sí, pero no habló conmigo —se apretó contra la espalda de él—. No permitas que nos arruine el tiempo que pasamos juntos.
La calidad y suavidad de sus pechos desnudos contra la piel de él amenazaban con volver a excitarlo, a persuadirle de que abandonara cualquier idea de pintar y simplemente hicieran el amor todo el día.
Respiró hondo e inclinó la cabeza hacia ella.
—Deberíamos trabajar.
—Un beso más —pidió ella.
Seiya obedeció, pero se apartó enseguida.
—Tenemos que trabajar o perderemos la luz.
Ella suspiró.
—Supongo que tienes razón.
Saltó de la cama y caminó por la habitación, desnuda y llena de gracia, con los pies descalzos en el suelo de madera. Abrió la caja de los vestidos, sacó el de muselina blanca que habían elegido y se lo puso.
—En los grabados de la Real Academia, las mujeres egipcias aparecían sin zapatos. Cleopatra iría descalza.
Descalza. Desnuda. Seiya pensó en la Cleopatra de su imaginación, en la que llevaba el vestido transparente y debajo estaba desnuda pero majestuosa y seductora.
—Tengo otra idea —dijo—. Ponte el otro vestido de muselina.
—¿El otro? —ella lo miró sorprendida—. Creía que nos habíamos decidido por éste.
—Sí —él salió de la cama y se vistió con rapidez. Quería ver si el vestido se correspondía con la imagen que tenía en mente—. Me gustaría verte de nuevo con él.
Serena lo miró como si estuviera loco.
—Muy bien, pero creo que se ve mucho la ropa interior.
Él la miró a los ojos.
—No lleves nada más, sólo el vestido.
Ella abrió mucho los ojos.
—Hazme caso —él buscó una explicación—. El vestido es transparente. Vamos a ver cómo queda así.
Ella parecía nerviosa.
—¿Quieres que pose sin ropa interior?
Era como pedirle que posara desnuda, algo que hasta las prostitutas considerarían vergonzoso.
—Posar no. Sólo quiero verlo.
Una sonrisa sensual apareció en el rostro de ella, el tipo de sonrisa que tendría su Cleopatra imaginaria. Serena sacó el vestido de la caja y se lo puso. Se volvió a mirarlo.
Seiya tomó las cadenas de oro que había llevado ella del teatro y tiró de la mano de ella.
—Vamos al estudio.
Serena se dejó llevar a la otra habitación, que estaba tan llena de luz que ambos parpadearon. Él le ató una de las cadenas a la cintura y le puso las otras alrededor del cuello. Caminó a su alrededor y observó cómo aparecía su piel a través de la tela, cómo jugaban las transparencias con la luz y el color. La idea de pintarla así le quemaba la sangre, aunque fuera demasiado escandalosa para considerarla.
Ella enarcó una ceja.
—¿Quieres pintarme así?
Él la miró un rato con la tentación de decir que sí.
—No —dijo al fin—, ponte el otro vestido. Sólo quería ver éste.
¿Quien más piensa que Seiya debio de decirle que si a Serena para que la pintara con el vestido transparente? Tal vez si hubiera dicho si, las cosas se hubieran puesto más interesante entre ellos; aunque bueno, no nos podemos quejar de como han evolucionado las cosas entre ellos ¿o sí?
Falta ver como continuaran las cosas entre ellos y con BlackMoon que sigue empeñado en buscarle un marido a Michiru. En fin, todo eso lo sabremos en el siguiente capitulo
Me despido de ustedes por ahora. Como siempre, no olviden dejar sus comentarios, dudas, quejas o sugerencias que tengan. Nos vemos en el proximo capitulo
XOXO
Serenity
P.d. ¡No se pierdan el nuevo capitulo de Sombras del Destino!
