Si saben lo que es perder todos sus documentos de un usb, comprenderán mi devastada situación por la que en parte, andaba desaparecida de estos lares u_u Y peor, si pierden dos años de tesis trabajados, la depresión se vuelve más horrible, eso fue una de las malas situaciones que pasaron, la peor, peor, peor, de hecho *inserte voz de Anna*

Un capítulo con más de quince mil palabras espero pueda compensar mi ausencia por aquí, y para no hacer más largo el asunto: ofrezco una disculpa y acepto las mentadas, sin chistar (u_u)/

Declaración: Frozen no me pertenece, ni ninguno de los personajes populares que encuentren por aquí, todos son pertenecientes/salidos de la factoría mágica de Disney. Gracias Disney (u_u)/

Capítulo X

Bajo el delgado suelo

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Amanecieron nubarrones que pintaban el cielo de un azul grisáceo esa mañana, a pesar de la entrada de la primavera. Los surcos que se formaban por el viento golpeteaban los gruesos cristales que adornaban las paredes de la oficina de aquél edificio construido a finales del siglo pasado, y remodelado con la vanguardia de la lujosa vida que ostentaba el personal inmerso en su imponencia.

El viento era cosa de nada, innecesariamente preocupante para la relajada joven que echada sobre la silla reclinable, en una postura que indicaba un claro desenfado de sus ocupaciones, se impulsaba para girar sobre el objeto, con las manos caídas ceremoniosamente sobre el regazo. La trenza rubia platina le caía majestuosamente hacia el lado izquierdo, adornando el perfil refinado con los destellos solares que contrastaban con la tenue luz de la oficina, proyectando hermosas sombras de las figuras que ornamentaban el elegante recinto, y tiñendo de gloria el suave cabello platinado en un armonioso juego con los ceremoniales ojos azules de la chica, que no se podían ver más hermosos esa mañana.

—Elsa, hay una chica allá afuera que desea hablar contigo.

Elsa volvió el rostro hacia Mérida, con un gesto que la escocesa no supo descifrar del todo, como si Elsa estuviera pensando y apenas fuera consciente de la información que acababan de proporcionarle. Tenía un adorable surco entre las cejas y si hubiera sido posible, Mérida habría tomado una captura de ese rostro pensativo y lo habría enmarcado en una imagen que presumiría sobre su escritorio.

—Que pase.

Por el sonido de los tacones al chocar contra el suelo, la oficinista dedujo que se acercaba una importante mujer, y ya se estaba preparando para recibir a una posible ejecutiva que intentaría zanjar negocios con ArendCorp. No estaba reacia a escuchar ofrecimientos, de hecho, se sentía con ánimo de entablar una buena discusión cualquiera fuera el tema ofrecido.

Aurora entró con mucha clase a la majestuosa oficina, con ese andar seguro que solo es capaz de mostrar una chica de su respetado nivel diplomático. La rubia cereza era hija de un flamante y reconocido hombre de la moda en Noruega, mismo que tenía fijado su impresionante negocio en la capital del país, Oslo, con la detestable característica que la residencia la ubicaban en Arendelle por cuestiones de salud, ya que la ciudad era mucho más propicia para una persona que padecía de consecuentes enfermedades respiratorias. Esa era la razón por la que Aurora estudiaba en la misma Universidad que Anna.

Calzada en lindas zapatillas color rosa, la joven era una belleza típica de su nación, por supuesto, y su aire seguro le aportaba cierta imponencia a su paso. El único problema era que tal vez, vestía demasiado de rosa; Elsa lo atribuyó a su escondida homosexualidad, quizá si Aurora era la chica "ordinaria" que la sociedad demandaba para su estatus, su oscuro secreto se mantendría donde debía estar: oculto, privado. Claro que tuvo sus romances, la platinada lo sabía, Agdar solía contarle algunas cosas que sucedían en Arendelle cada vez que la frecuentaba, y los rumores corrían aun entre la clase alta, pero las revistas pronto se encargaban de borrar toda evidencia que implicara a la hija mayor de Enar Paulsen. Aun así, Aurora tuvo sus tropiezos en la preparatoria, y a una persona como Elsa, no se le podía engañar ni ocultar información tan fácilmente.

El cabello rubio cereza suelto sobre los hombros se agitó delicadamente con un leve movimiento de su mano que lo llevó hacia atrás, y se alisó el vestido corto a juego con las zapatillas y el bolso de costoso diseñador en ese odioso color rosa que Elsa tanto detestaba. Podría tenerle respeto, si no pareciera la pantera rosa anclada frente a ella en su oficina.

Aurora miró a la rubia de manera escrutadora, como si lo que fuera a decirle ya tenía por principio, una premeditada y acertada respuesta.

—Vengo a hacer negocios contigo.

Elsa expresó una media sonrisa y se colocó las manos entrelazadas bajo el fino mentón, con ese surco engalanando aun su despejada frente. —¿Sí?

La joven Paulsen no esperó la cortesía, tomó asiento y encaró a la platinada, con los ojos azules anclados en el otro par de hielos —. En cuatro meses me gradúo, tengo todo liberado, un buen promedio, una carta de buena disciplina y otras varias de recomendación firmadas por preparados profesores. Mi padre me ha dicho que apoyará mi iniciativa de iniciar una pequeña empresa de cosméticos… pero para eso necesito de ArendCorp.

—¿En qué medida? —Elsa trató de no hacer pausas en la conversación, tenía demasiado interés en todo lo que Aurora tuviera qué decirle, así que cerró la carpeta que había estado preparando para la ejecutiva que esperaba se presentase delante de ella, misma que fue reemplazada por la mayor de los Paulsen.

—En la medida de que eres muy lista.

La rubia no se inmutó, siguió mirándola sin cambiar el gesto de autosuficiencia que tenía enmarcado celosamente en la cara. —¿Explicación? Si eres tan amable.

La otra rubia lanzó un hondo suspiro, a sabiendas que requería toda la paciencia que los dioses, cualquiera fuera la cultura en donde se veneraban, pudieran facilitarle —. Tú y tu familia implementaron un sistema de calidad empresarial, donde todas las empresas en Noruega debían regirse a base de procesamientos ecológicamente sustentables y en la industria de perfumería y cosmetología con productos que no fueran tóxicos sino que tuvieran propiedades medicinales.

—No es una forma de ser "listos", Paulsen, eso fue a beneficio de todos. La sustentabilidad del medio ambiente debe ser una regla primordial entre las políticas empresariales, sobre todo para las que trabajan con residuos tóxicos como la cosmetología.

—No objeto nada contra eso, Arendelle, sólo señalo que ustedes iniciaron la propuesta, misma que les fue concedida abiertamente, y ahora todas las empresas del país deben regirse por ese sistema de calidad.

—¿Cuál es el problema entonces?

—Ya te lo dije, eres muy inteligente… y no creas que te estoy haciendo un cumplido —. La joven rubia la miró con los ojos expectantes, preparando su siguiente discurso, Aurora no era tonta, y conocía perfectamente que con Elsa no se podía jugar con las palabras —. Si alguien en Noruega quiere emprender una empresa en cosmetología, necesita de la farmacéutica, sin evasiones, ¿y quién se ha asociado últimamente con empresarios de ésta línea?

Una sonrisa se fue dibujando de a poco en los labios de la chica de los fríos ojos azules, una sonrisa que bien podía acentuar la máscara de teatro dedicada al género de suspenso o terror —. ArendCorp —respondió sin más.

—Exacto. Por lo que ahora me veo en la necesidad de requerir de tus… amigables servicios.

—No tienes que hacerlo —dijo Elsa, levantándose por fin de su asiento para coger otra carpeta de documentos situada sobre un archivero y ocupar de nuevo su lugar, evidentemente restándola importancia a su visita —Hay muchas otras empresas farmacéuticas en Europa que te ayudarían.

—¿Acaso crees que fuiste mi primera opción?

La rubia pasó las hojas de la carpeta, inspeccionado sus notas, de las que no estaba leyendo nada, pero disfrutaba el frenesí de Aurora por captar toda su atención, la chica se la estaba jugando, era obvio. Aurora tuvo que bajarse del altísimo pódium en el que estaba situada con todo y su orgullo, de otra manera no estaría rebajándose a esa conversación, de hecho, ni siquiera hubiese puesto un pie en los escalones de la recepción de esa oficina, ella no lo necesitaba, al menos, no lo necesitaba hasta ese día. —Pues claro que no. Soy nueva en esto, iniciaré mi empresa y mi padre solo me apoyará en algunos asuntos financieros, no más; quiere que yo vea por mí misma. Si consigo socios por fuera de Arendelle me saldrá muy costoso y no tengo presupuesto para invertirlo todo; me resulta forzoso tener que limitarme. No desperdiciaré el ahorro de mis inversiones en una empresa que incluso puede llegar a fracasar mucho antes de lo previsto.

—¿Tan pronto lo das por perdido?

—Es una posibilidad, y lo sabes. En los negocios debes arriesgar casi hasta… pero también ser inteligente —. El frenesí de la chica fue disminuyendo, hasta encontrar esa zona cálida de la calma que había llevado en el bolsillo para cuando le resultara necesario, y sabía que tratándose de Elsa la llegaría a necesitar en cualquier momento —. ArendCorp está aquí… y lastimosamente tiene el mejor servicio de compra-venta en Europa. No solo se ajusta a mi presupuesto, también… le dará estatus para comenzar, lo que podría ser muy benéfico para mi negocio.

Y luego de su punto, Aurora esperó pacientemente la respuesta de la muchacha que inspeccionaba sus improvisados documentos con las cejas ceñidas; esperó, hasta que la rubia finalmente cerró la carpeta y volvió a su postura inicial.

—¿Por qué te ayudaría?

Paulsen suspiró de nuevo, armándose de más paciencia, si es que aún quedaba algo de ésta en la fuente inagotable de cada uno de los dioses a los que se había encomendado esa mañana antes de salir de casa —. Porque eres empresaria, y eres inteligente, no mezclarás asuntos personales con tus negocios.

—¿Quién te dijo que no?

Esto sí que no lo podía creer. Definitivamente Aurora se estaba equivocando si pensó que Elsa sería una persona más fácil de tratar si se limitaba únicamente a las cuestiones empresariales, pero ahora comenzaba a dudar del buen juicio que la rubia solía presumir de manera petulante, pateara a quien pateara.

—Elsa… por favor, no eres tan perra como quieres mostrar. Tanto tú, como yo, somos exactamente de la misma calaña.

—Yo soy todo lo que quiera ser, Aurora, no deberías timarme.

—¿Esa es tu última palabra?

—Tal vez… ¿En qué me beneficia a mí nuestra asociación?

—Tendrás un nuevo socio dependiente de tus decisiones, lo que implica más poderío hacia tu parte.

—¿Crees que me gusta el poderío?

—Creo… —respondió la muchacha, con aquella solicitud confiada en su buen razonamiento, en el análisis de la persona de Elsa, de la que estaba segura no era tan diferente de sí misma —que te gusta tener siempre una razón para doblegar la voluntad de los otros.

Otra sonrisa indescifrable se dibujó en el bello rostro de la platinada, una sonrisa tan digna de enmarcar dentro de un cuadro terrorífico, colgado en alguna pared de una residencia de arte gótico —. Bingo —murmuró, como el siseo de una serpiente a la caza —Y mi beneficio es… —arqueó una ceja, esperando que Aurora terminara la frase.

—No te dejaré libre a Anna si eso es lo que esperas.

—Entonces no hay trato.

—¡Ay, por Dios, Elsa! —La exaltación que aquello le produjo, obligó a la joven a levantarse intempestivamente de su silla, como un huracán enfurecido —¡Tú ya saliste de su vida! ¡Supéralo!

—Creo que me encuentro muy cerca de ella ahora.

—¿Y para qué quieres estar cerca de ella? De todos modos no vas a ofrecerla nada más allá de tu pura "amistad". Entiéndelo, tú la dejaste, te fuiste; la abandonaste, Arendelle, así sin más.

Esos eran los golpes bajos que la platinada nunca esperaba le dolieran como entonces, le escocían el alma, como un garra de fiera salvaje que se daba un festín con todo el complemento de su adormecido cuerpo mutilado —. Déjala ser feliz, tú nunca vas a poder darle una vida normal, lo sabes.

—Tampoco creo que tú le convengas, eso es lo que me preocupa sobre Anna. ¿Por qué de pronto te muestras interesada en ella? —Elsa de repente había abandonado su respetado asiento, para acercarse un poco más Aurora, rodeando el escritorio de madera tallada —No es porque la quiera para mí, sé que no puedo. Pero sí quiero que ella salga con una persona digna, nadie que la lastime.

Elsa trató de contener todas las emociones que la embargaban en ese momento, porque Aurora tenía razón, ¿para qué Elsa quería a Anna libre? ¿Acaso pretendía volver a construir esa vida que soñó tantas veces con ella? ¿Elsa pretendía dejar sus miedos y comenzar algo con la pelirroja? ¿Estaba segura que sería lo suficientemente madura como para no volver a rechazarla? ¿Como para mantenerla cerca? ¿Como para decirle que la quiere y mantener su palabra, sin jugar al "hoy te quiero, pero no podemos estar juntas"? ¿Para qué la quería libre entonces?

—Eso no te importa, Elsa… Pero si de algo estoy segura, es de que tú no puedes ofrecer nada mejor que lo que yo puedo darle a Anna.

Aurora comenzó a sentir una corriente fría que le puso los vellos de punta, y rápidamente entendió por qué —. Ahí está la prueba —le escupió con acusación a la platinada —A tu lado ella solo tendrá frío todo el tiempo. No puedes ofrecerle amor, Elsa, porque tú no lo tienes por nadie, y eso es porque tu alma está congelada, y tu corazón es un témpano de hielo. No puedes amar a nadie, ni siquiera a ella. Tú eres solo… frío.

La rubia se puso de pie lentamente y por un momento vio en los ojos de Aurora una opacidad de temor cuando una corriente de nieve se formó sobre ellas como un remolino dando vueltas antes de debilitarse y caer. Aurora tenía miedo, pero no se acobardó ante su firmeza.

—Lo siento mucho, no puedo hacer negocios contigo. Te rogaré que te retires.

Sin esperar nada mejor de su parte, ni pensar en el arrepentimiento, la rubia cereza cogió su bolso de diseñador y abandonó la oficina. Sabía que las cosas se le pondrían muy difíciles y sin el trato con la chica Arendelle, técnicamente su negocio quedaría a voluntad de los más sanguinarios compradores, quienes si no encontraban la calidad demandada, le darían pocas probabilidades de éxito, así que prácticamente Elsa de Arendelle la estaba hundiendo, sin siquiera comenzar.

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Cuando vio salir a Aurora de la oficina de Elsa, los peores escenarios posibles vinieron a la cabeza de Anna. De todos los lugares donde esperaba encontrarse con la chica, ese era el menos probable, y sin embargo, Aurora estaba ahí, caminando hacia el ascensor. Anna pronunció su nombre con un tono lo suficientemente justo como para que la joven la escuchara y volviera la cabeza, sin devolverle nada más que una sonrisa llana y un saludo con la mano.

Sin saber por qué, los nervios invadieron hipotéticamente a la pelirroja y enseguida se apresuró a alcanzarla. Ese escenario no le estaba brindando paz a su razón, y ella tenía qué averiguarlo.

—¿Qué hacías en la oficina de Elsa?

Aurora sonrió. El semblante de la chica pecosa le hizo denotar que a Anna no le había parecido apropiado el saludo, antes que eso, la practicante necesitaba saber qué cosa hacía ella ahí, o más bien, qué cosa había estado tratando con Elsa, pues todo lo que tenía que ver con Elsa, Aurora sabía que a Anna le importaba más que si el sol no volviera a salir sobre la tierra —. Nada relevante, solo vine a hablar con ella algunas cosas, algunos tratos.

—Entonces sí estabas haciendo algo importante. ¿Qué cosas viniste a tratar con ella? Y siento si ahora me veo como la peor entrometida del mundo pero… es que… ya sabes… hay que…

Aurora posó sutilmente un brazo sobre el hombro de Anna y la miró, con mucha gracia en los ojos, ella no podía hablarle de otra forma a Anna, tampoco podía ignorarla y mucho menos, negarle algo —. Solo fue una entretenida charla sobre negociaciones.

La menor de los Von Bjornson tuvo que digerir esas palabras, pues ese era otro escenario poco probable dentro de su mente. Resultaba obvio para la misma deportista que Elsa y Aurora no podían habitar el mismo espacio, eran materia que jamás, jamás, incluso si eso rompía las leyes de la química, podían mezclarse. Anna no podía hacerse una idea con la imagen de esas dos muchachas reunidas en una sala para discutir de acciones empresariales, era imposible y… de cierta manera, patéticamente gracioso —¿Vas a hacer negocios con Elsa? —La pelirroja preguntó, sorprendida y con un atisbo enorme de impaciencia.

Aurora sonrió socarronamente, porque no le quedaba de otra, y porque no se sentía con la suficiente seguridad para explicarle a Anna lo que había sucedido dentro de esa oficina. Se preguntó si aún estaría nevada. No obstante hizo el mayor esfuerzo por ocultar su enfado y mantenerse en una actitud relajada —No, eso es un imposible.

Los ojos verde azules de Anna se dilataron, mirando fijamente a su amiga e intentando deducir qué otra respuesta se hallaba oculta entre las débiles palabras de la joven Paulsen —. Ella se negó a hacer negocios contigo.

No era una pregunta, y Aurora era bastamente inteligente como para darse cuenta la frustración que la chica Von Bjornson había tenido de repente contra su jefa.

—En el mundo empresarial, Anna, las cosas a veces vienen… así. Una persona no siempre va a darte luz verde. En ocasiones tienes éxito, en otras solo es no; tienes qué intentar de otra manera.

—Pero es posible que ella no quiera hacer tratos contigo por otras razones.

—¿Ah, sí? ¿Qué razones?

El semblante de la pecosa dio un cambio brusco, obligando a sus mejillas a tornarse de un escarlata encendido, pero no de ese escarlata que denota pena o nervios, sino rojo de coraje, de enfado, de frustración contenida a punto de ser liberada, explotada mejor dicho.

—No quiero pensar cómo ella tiene esa… glacial imagen… tan fría y estoica y todo este poderío… y a la vez se comporte como una ridícula y tonta niña.

Apuñó las manos y sin decir nada más se alejó de Aurora trazando un camino recto hacia la oficina de Elsa. La rubia estaba de pie, señalando a Mérida algunas notas en un reporte que la secretaria acababa de entregarle.

—¡¿Se puede saber por qué de repente te comportas como una niña ridícula?!

La más sorprendida de todas fue Mérida. En todo el tiempo que llevaba conociendo a Elsa, jamás había visto a nadie hablarle así, nunca, nunca; y el único que en alguna ocasión se atrevió a confrontarla, fue Hans, pero el mismo pagó muy caro las consecuencias y ahora lidiaba con el recuerdo de una vergonzosa humillación al verse envuelto en una espantosa imagen de súplica a la rubia para que volviera con él, una tortura que se prolongó por tres meses, luego de los cuales, Elsa ni siquiera lo perdonó, solo volvió a responderle las llamadas y poco a poco, accedió de nuevo a salir con él, sin que nada volviera a ser lo mismo. De hecho, los labios de Hans jamás volvieron a besar los de Elsa.

Mérida miró confusa a la rubia, como si esperara que ésta le diera la debida orden de llamar a seguridad para que echaran a Anna de ahí, pero la empresaria simplemente cerró la carpeta con toda calma y fijó su vista en la chica que había comenzado a desafiarla.

—Lo corregimos más tarde, Mérida, ahora déjame a solas con Anna.

Sin estar plenamente convencida, la pelirroja de cabellos rizados tomó la carpeta y salió del lugar, como si aún esperara que Elsa revocara la orden. Al ver que la joven no miraba más que a Anna, cerró la puerta y se alejó.

—Me hubiese gustado decirle que sí, pero no se hacen negocios a la primera con cualquier persona, Anna.

—Bien sabes que ese no es todo el problema.

—¿Ah, no? ¿Entonces cuál? —Preguntó la rubia, con una desafiante ceja enarcada que Anna hubiese querido abofetear ahí mismo. Definitivamente, ella no conocía ese lado petulante de Elsa, y lo que más dolor le causaba, es que ni siquiera le resultaba una razón para dejar de admirar a esa chica, ni un motivo para sentir que la apreciaba menos, sino todo lo contrario. Y le dolía estar ahí, tan furiosa con ella, apretando los puños cerrados, pero aun admirando esa arrogancia de la empresaria.

De hecho, ese gesto le hizo pensar que Elsa no se preocupaba por ocultar lo que ella era, porque si la rubia deseara algo de Anna, se mostraría diferente, tal y como hacen las personas rapaces cuando necesitan conseguir alguna cosa de un inocente, se disfrazan de ovejas, siendo unos lobos. Pero Elsa no, Elsa le estaba dejando ver a Anna lo que ella era. Y eso le pareció… adorable… aunque no estaba segura de utilizar ese término para describir el sentimiento que le embargaba justo ahora.

—Se trata de Aurora, es eso, y no me digas que me equivoco porque estoy segura que he dado en el clavo.

La rubia relajó su semblante, aun se sentía poderosa. Luego de la conversación con la chica Paulsen el sentimiento de superioridad no se le había esfumado de la cabeza a la platinada, y viendo a Anna ahí, con sus pecas esparcidas limpiamente por todo el rostro, veía en ella la imagen de la inocencia, porque si la inocencia fuera personificada en una persona, esa sería Anna y sus pecas, y ella la maldad cerniéndose a su alrededor para instarla a cometer un crimen.

—¿Y por qué estás tan segura?

—Porque te estoy conociendo —. Los ojos de la pelirroja estaban chispeantes, Elsa nunca los había visto tan peligrosamente oscuros, tan siseantes y avasalladores; ese color particular de los ojos de Anna siempre le había inspirado confianza y ternura, irradiaban brillo, pero en ésta ocasión ese par de orbes verde azules lucían furiosos y las brasas ardientes que hacían fulgurar le inspiraba más a Elsa erguirse y mantener su postura dominante, porque Anna se daría cuenta quién era ella, precisamente, y por qué Elsa de Arendelle no era cualquier persona, y por qué no se podía jugar con ella como con quien sea que le viniera a la mente —. Y para mi desgracia, me doy cuenta que efectivamente eres una reina de hielo, como todos dicen de ti.

Más que molestarse a Elsa le pareció divertido, ¿de verdad así la llamaba la gente? Estaba segura que ese era un sobrenombre marca "princesas", y esa es la razón por lo que Anna lo conocía, seguramente lo habrá escuchado de labios de Rapunzel y, por primera vez, Elsa se detuvo a reflexionar sobre su actitud, pero no porque le resultara preocupante, sino porque exactamente era eso lo que pretendía que la gente interpretara de ella. Mientras más agria fuera considerada, menos personas querrían estar con ella o hacer tratos con ella, y eso le funcionaba muy bien, eso estaba bien para ella.

Se acercó a la pecosa con una media sonrisa dibujada en el fino rostro, otra vez esa sonrisa fatal que a Anna le asemejaba a un grotesco personaje de terror. Involuntariamente, la deportista dio un paso atrás —Ni se te ocurra tocarme.

Elsa se detuvo y nuevamente fijó la mirada en ella, en silencio. La frase tuvo su función como una barrera que le impidió seguir avanzando, pero Anna se preguntaba de dónde le había venido la idea, si todo lo que deseaba en ese momento era que esos labios rojos y arrogantes de Elsa se posaran en los suyos. Y otra vez Anna tuvo esa sacudida emocional al sentirse tan confundida por todo lo que la rubia le provocaba y se obligó a ceñirle las cejas, porque de otro modo no podría contener los suspiros ante lo deliciosamente linda que se veía la joven esa mañana, con los mechones del cabello rubio platino sobre la frente, como si se los hubiese revuelto con la mano, y ese rostro petulante enmarcando en un cuadro de honor toda su belleza… Anna quería esos labios petulantes, sí que los quería.

Pero la rubia no dio un paso más, con un admirable y muy envidiado autocontrol, total y pleno, adoptó un tono muy suave para continuar hablándole a Anna —. Es tarde, debemos ir a la universidad.

—¿Qué?

—Sé que tienes un partido importante hoy, le pedí a Meg que te avisara que podías ausentarte.

Anna no se podía creer aquél brusco cambio de conversación. Habían estado discutiendo sobre Aurora y de repente Elsa dejaba el tema zanjado, la pelirroja no sabía cómo sentirse respecto a eso, seguía furiosa, pero confundida. Esa rubia era una sinvergüenza, sin ninguna duda, ¿cómo sus padres podían tenerla en un pedestal tan reconocido siendo presuntuosamente antipática y engreída? ¿Y por qué Anna no lo había visto antes? "Es porque eres tan ingenua, que te fijaste en sus virtudes antes que en sus errores, y ahora te sorprendes de lo que miras", le respondió su subconsciente.

Y peor aún, esos errores eran más perfectos que todo lo bueno que le había visto en un precario principio.

No obstante, el tono que Elsa había usado fue tentadoramente dulce, y Anna estaba luchando ahora por responder de una manera diferente, solo porque no podía permitirse que Elsa mirara su recién descubierto orgullo caído en la ignominia; pero le resultó lo contrario, simplemente no pudo mostrarse agria ante la amabilidad repentina de esa rubia sinvergüenza, "patana" —. Es mi responsabilidad, tenía que venir —Y luego cayó en cuenta de que todo ese teatro tuviese un origen tramposo, una trampa muy sucia por parte de la líder empresarial —. No iré contigo a ningún lado —Bajó las manos y volvió a su gesto molesto, decidida a darle la espalda a la otra chica.

—No llegarás a tu partido a tiempo y te recuerdo que juegas tu pase a la final.

—¿Desde cuándo estás pendiente de mis asuntos?

—¿Desde que me importas?

—¿Yo te importo?

—Ya basta, Anna, no vamos a volver a entrar en una discusión, se hace tarde. Andando.

Cogió del brazo a la pelirroja y avanzó dos pequeños pasos hacia la puerta, antes de que la deportista se detuviera en seco y lograra zafarse con un violento tirón.

—Iré por mi cuenta. Así que, si no se le ofrece nada más, señorita de Arendelle —dijo, haciendo énfasis en las dos últimas palabras y conteniendo el bufido que casi podía vérsele emanando de su nariz —me retiro.

—Anna… —Elsa intentó tomarla nuevamente por el brazo pero la muchacha se volvió con una furia ya poco contenida y la miró con esos orbes chispeantes.

—No me toques.

Elsa la soltó.

—Y ya no estás invitada a mi partido.

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Toca aquí… ¿Qué sientes?

La joven rubia ciñó las cejas centrando su mirada penetrante en los azules ojos de su padre, al borde de esbozar una sonrisa solo porque la situación le parecía demasiado graciosa.

¿Qué quieres mostrarme con esto?

¿Sientes algo?

Solo siento los golpeteos de mi corazón…

¿No sientes nada más?

Agdar, admítelo, no estás enseñándole nada con eso —. Idun habló del otro lado de la mesa.

Aguarden, claro que hay algo.

Madre e hija se lanzaron miradas sonrientes, ninguna de las dos podía encontrar el significado de las palabras que el hombre de rostro serio y bigote muy bien recortado, llevaba media hora tratando de explicarles.

¿Entonces? ¿Sientes algo más?

La joven rubia decidió dar un último esfuerzo y centró toda su atención en cualquier sensación extraña que tuviera justo en la posición donde su corazón solamente estaba palpitando, como su cuerpo vivo demandaba, sin ninguna cosa alterando el orden natural de su cuerpo; sabía que su padre intentaba enseñarlo algo importante, una enseñanza ejemplar, pero Elsa no lograba entender a qué venía toda esa actuación de Agdar, él nunca se había caracterizado por ser un maestro, precisamente, él solo daba órdenes y si quería enseñarle algo a su hija, simplemente le hablaba claro; para Agdar, dos más dos sumaban cuatro y eso era todo, él era el típico arrogante que menospreciaba la sabiduría de una ecuación tan básica. Sin redundancias. Pero ahora el guapo negociante tenía un entusiasmo como nunca antes visto y Elsa estaba dispuesta a mantenerlo por el tiempo necesario.

Tal vez… ¿frío? —respondió la muchacha, insegura de su respuesta, pero no había otra cosa que pudiera sentir sino solo frío alrededor de ella. Llevaba cuatro días batallando con la dificultad de controlar su habilidad con la nieve y el hielo. Inesperadamente esta extraña particularidad se vio proyectada de manera desmedida, y Elsa se había sumido en un temor hacia su propia persona, no quería incluso, salir de su habitación y se había excusado exitosamente con Anna alegando que tenía tareas de final de curso.

Exacto —le afirmó el hombre con vehemencia —. Frío.

Idun carraspeó y bebió de su copa de vino, con una media sonrisa divertida en los labios.

Papá… por favor, sé que eres genial, pero ahora no te estoy comprendiendo…

El frío es una particularidad en ti, Elsa —la interrumpió el hombre —. Es parte de ti. Tú no eres como todas las personas, no eres una chica normal.

Gracias, padre, necesitaba que alguien me recordara lo diferente que soy para "sentirme menos mal".

Tú eres extraordinaria. Y debes creértelo.

¿…Y eso en qué me beneficia?

Cuando entiendas que tienes una cualidad que los demás no pueden entender y que los demás no posean, para lo único que debe hacerte sentir diferente es para usarla a tu favor, no en tu contra. Nadie debe dominarte por eso, tú eres la única persona capaz de subestimarte a ti misma. La gente puede pensar que eres miserable pero solo serás miserable si tú crees que eres miserable. Si alguien te dice que eres idiota porque tienes una cualidad diferente al resto, serás idiota si te lo crees, pero si no te lo crees seguirás intentando con aquello diferente hasta darle un uso que cierre la boca de aquellos que quisieron subestimarte, de los que te creyeron idiota.

Entonces… lo que me quieres decir es que…

Lo que te quiero decir es que te patearé el trasero si no representas mi apellido con orgullo. Eres mi hija y exijo que seas digna de mí. Así que bajar la cabeza no te está permitido, ante nadie, sea rey o gobernante; eres mi hija y porque yo creo que eres extraordinaria es que me siento un hombre extraordinario y tú no deberías sentirte diferente.

¿No crees que me exiges demasiado?

Ya te lo dije, eres extraordinaria. No te estoy pidiendo nada que no puedas conseguir porque sé perfectamente que puedes hacer cualquier cosa que te propongas.

De repente las sonrisas de Idun cesaron y miró a Elsa con un rostro capaz de trasmitirle su acuerdo total hacia las palabras de su esposo. Idun bajó la copa que sostenía en su mano y observó a su familia en silencio.

Eres mi hija, Elsa… y yo confío en ti. Y aun cuando tú no tengas fe en ti misma, siempre seré consciente de todo lo que eres capaz de demostrar. Tu madre no me ha hecho padre de ninguna tonta. Créelo.

Elsa acarició la superficie lisa de la pipa de la paz que perteneciera a Agdar, él no fumaba, pero a Elsa le causaba gracia mirarlo con ella, así que Agdar nunca se deshizo de ese instrumento que le sacaba sonrisas a esa niña alta de ojos tristes, su hija. Su orgullo.

Por ese orgullo Elsa no se había presentado al partido de Anna. Era doloroso de cierta manera, pensar cómo acabarían las cosas entre ambas chicas tarde que temprano, y todo provocado por ella, por su necedad, por sus miedos que parecían estarle ganando la batalla de nuevo. Y aun resonando en ella las palabras de su padre, no era capaz de mantenerlas como un soporte, seguía teniendo temor. Su padre siempre la había alentado en cuanta cosa veía que las fuerzas le faltaban, pero Agdar no estaba ahora y ella se sentía frágil, lo único que le quedaba a la mano era su espíritu débil y no el racional. Así que si Anna le pedía que se alejara de ella, Elsa iba a obedecerla, porque su espíritu débil no le permitía pensar las cosas.

Cuando Megara y Eugene felicitaron a Anna por su última victoria en el partido jugado, ella solo fue capaz de mirarla a través de una pared de cristal que dividía el único sueño que no podía obtener, de ese personaje oscuro en el que ella se había convertido, bebiendo agua fría para quitarse la jaqueca que le producía el solo hecho de estar a pocos metros de Anna, y conformarse con verla únicamente como ese sueño difuso que cae en el vacío sin poderlo rescatar.

Esa tensión en el ambiente puso en alerta los muy bien desarrollados sentidos de Mérida, pero la escocesa supo esperar el momento adecuado para hacer las preguntas que su cerebro procesaba desde la primera vez que conoció a la menor de los Von Bjornson. Mérida podría pecar de coqueta y vanidosa, pero no era tonta, y si de algo estaba segura, es que Anna era esa chica con la que Elsa siempre la llamaba en aquellos momentos en los que la rubia, entrada en estados de melancolía o en medio de una borrachera improvisada, se dejaba acariciar por la de cabellos rebeldes.

Fritz decidió terminar con su tiempo de espera, y cuando Anna salió de la oficina de Elsa aquella mañana, se levantó de su lugar con pasos seguros porque era el momento correcto de encarar a la rubia, había esperado lo suficiente y después de todo, si bien no tenían ningún compromiso formal de por medio, la escocesa era su amante, ¿no? Merecía saber quién era ella, quién era Anna, merecía alguna explicación por parte de la rubia, lo que fuera, como viniera, y aunque le partiera una vez más como siempre, el corazón.

—¿Qué sucede?

La platinada preguntó, cuando el silencio de Mérida se hizo palpable. La joven había ocupado una silla frente a ella y llevaba rato guardando un inusual silencio —¿Me vas a contar acerca de ella?

Sin la necesidad de aclarar quién era "ella", la empresaria suspiró y se recargó contra la silla giratoria, adoptando una actitud sombría, con las manos enarcadas frente a su rostro —¿Por qué estás interesada en saber sobre Anna?

—Porque es obvio que hay algo entre ella y tú. Lo noto... Es esa la chica, ¿cierto?

Arendelle se permitió la respuesta hasta después de varios segundos, no tenía nada que esconder ante Mérida, pero tampoco ensuciaría el nombre de su pelirroja favorita contando sus intimidades solo porque su amante se lo había pedido —Sí.

Y la amante bajó brevemente la mirada hacia sus manos y continuó —¿Aun sientes algo por ella?

Ahora fue Elsa quien se miró las manos, esa no era una pregunta difícil, pero la empresaria jamás había declarado estar enamorada de nadie, su imagen era la de un personaje estoico, empoderado, ártico, no la de una mujer enamoradiza que en cualquier momento podría tropezar por un ridículo escándalo de amor, o a la que podría vincularse en las revistas envuelta en polémicas de relaciones frustradas. Elsa nunca hubiera declarado nada como aquello, pero ahora estaba metida en su oficina, su reino, y la pregunta había sido hecha por su secretaria, su mano derecha y su amante, o examante, así que no había porqué negarse a responder algo que ya estaba resultando demasiado obvio. Tomó aire y al fin lo reveló —. Fue por Anna por quien hui de Arendelle. Éramos adolescentes, me enamoré de ella y ella de mí cuando estábamos de… "amigas"; pero yo no podía seguir alimentando esos sentimientos.

—¿Por qué?

Esa sí era una pregunta difícil, porque Elsa no estaba preparada para contarle a Mérida sobre sus poderes de hielo, lo que había sido, por principio de todo, el punto fulminante que acabó por alejarla de su sueño romántico. Pero Elsa también sentía la cada vez más creciente necesidad de ser sincera con la chica, sobre todo porque sabía que Mérida sentía algo por ella —. Creí que le estaba fallando a la familia de Anna, ellos confiaban en mí, yo era un "modelo ejemplar" que ponían siempre delante de ella y de su hermana… Saber que a sus espaldas sostenía amoríos secretos con la menor de sus hijas no me parecía para nada digno. Éramos dos chicas con bastantes situaciones en contra… Cuando la oportunidad de estudiar en Nueva York me llegó a las manos… no lo pensé dos veces, era mi oportunidad para alejarme de Anna.

—¿Huiste de ella para evitar fallarle a los demás?

—Sí, sobre todo a ella —se levantó de su silla para acercarse a la ventana, recordar todo aquello no la hacía sentirse orgullosa y ciertamente le escocía más que ayudarle, pero ya había comenzado así que debía concluir —No soy la mejor persona, Mérida, tú lo sabes. Anna merecía a alguien mejor que yo.

—¿No eres buena?

—Eres mi amante —respondió bruscamente, soltando una risilla sarcástica —o eso es lo que has sido antes de venir acá.

—¿Eso te vuelve una persona malvada?

—Se supone que estoy con Hans.

—Elsa, por favor —se burló la muchacha, sonando demasiado áspera para ella misma —es idiota todo el que crea que estás con él porque te resulta interesante. Admítelo, su relación está más fría que la Antártida —. "No más que yo", pensó la rubia —Así que no me parece que estés… "pecando".

—Moralmente no debería de hacerlo, aunque tú y yo sabemos que Hans no es ningún santo tampoco.

—Ciertamente. Y de hecho creo que lo moral dejó de importarte hace mucho, pero es tu historia, así que estoy dispuesta a seguirla escuchando.

—El hecho es… que mi "relación" con Hans es "oficial". Y se supone que debería respetarlo, pero no lo hago porque los sentimientos de Hans me importan una mierda así como que él se entere que no le he sido nada fiel.

—Entonces, eso te hace menos santa que al resto, según tu propia biblia.

La rubia se dejó caer de nuevo sobre la cómoda silla giratoria, llevando su mirada perezosamente hacia el techo cuidadosamente ornamentado de la oficina.

—He hecho cosas peores.

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles? Se me antoja saber.

La platinada clavó la vista en Mérida, con un brillo jactancioso en toda la cara —¿Como imaginarme que me follo a Anna cuando en realidad estoy follando contigo?

"Definitivamente, eres una perra". Mérida tuvo que tragar saliva y permitirse unos segundos antes de que su orgullo herido fuera liberado como una fiera salvaje a la que le han comido los cachorros.

—Supongo que no puedo culparte por eso… —levantó la vista, Elsa seguía mirándola, esperando encontrar en sus reacciones la aprobación que la clasificaba entre los seres más perversos del infierno —desde el principio dejaste todo claro conmigo… —la respiración la tenía entrecortada. La rubia se sintió satisfecha al ver comprobada su teoría acerca de que su alto grado de maldad hacia las personas era justo colocado entre los más miserables del mundo —. Siempre he tenido en cuenta que lo nuestro era solo… sexo. Nada más. No voy a negarte que deseé pelear por tu corazón, pero una voz en mi cabeza me repitió mil veces que eso era un imposible y que no debía traspasar la línea, no si deseaba que siguieras amaneciendo en mi cama.

—Eso no honra para nada tu persona.

—Tampoco es que yo lo sea. Y lo sabes. Nunca me ha preocupado conquistar a nadie ni que me conquisten, has sido la única pero ya sabemos cómo son las cosas entre tú y yo, así que esperanzas no tuve. Mis relaciones se basan en periodos cortos donde se vive lo que se tiene que vivir y luego solo las cosas… vuelven a ser lo que son.

—No mereces eso, eres una buena persona.

—Me ha funcionado bien hasta ahora, así que no me quejo.

—Me alegro mucho por ti.

La escocesa observó a la rubia, nunca esperó verla en esa estado de convalecencia emocional, ante ella siempre se había mostrado imperiosa; aun en sus momentos de debilidad Elsa sabía ser dominante y precisa, pero Anna simplemente la debilitaba, el poder que ejercía la pelirroja en ella era digno de admirarse.

—¿No vas a darle otra oportunidad a Anna?

—Es ella quien debería dármela a mí… si tan solo recordara… —susurró para sí misma —. Y no, Mérida, tenemos vidas paralelas muy distantes ahora.

—Está claro que te enloquece.

Los mechones platinados se revolvieron cuando la rubia dejó su comodidad en la silla giratoria para inclinarse sobre el escritorio y hablarle a su secretaria con si describiera un capítulo revelador de su serie favorita.

—Es más que eso, Mérida… ella se lleva mi aire. ¿Cómo se supone que voy a sobrevivir sin ella si solo su recuerdo descompone todo a mi alrededor…? La comida me sabe putrefacta si no la tengo a ella. Estos años que me mantuve alejada solo viví como un zombie, caminaba por las calles y hacía cada cosa como si solo fuese un robot programado que no tiene ningún otro objetivo que ser un puto robot servicial. Es la estrella que no puede ser alcanzada… solo puedo admirarla desde mi limitado espacio terrenal… es un ser divino que vivirá solo entre páginas gastadas de mis libros personales.

—¿Y si llegaras a alcanzar la estrella? —preguntó la rebelde en un susurró. El siseo de Elsa le golpeó más que la afirmación que había antes herido su siempre sostenido orgullo.

—La devoro en un instante.

Hubo otro silencio sepulcral entre las dos, donde sus miradas se cruzaron y Mérida pudo ver en su jefa un destello inquietante de algo que nunca antes le había reconocido: peligro. Era como si de repente sus ojos se convirtieran en las retinas delgadas de una serpiente. Le dio escalofríos, y realmente tendría Mérida que ser masoquista o zoófila como para desear que los colmillos de ese animal venenoso y perturbador, se clavaran en ella.

—Sabes que siempre que necesites consuelo, puedes acudir a mí, ¿cierto?

La rubia alzó los ojos para mirarla cuando la secretaria se puso de pie para retirarse. Asintió.

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Anna se revolvió inquieta en el asiento trasero, luego de echar una mirada hacia uno de los lados del angosto camino y observar cómo la nieve lo cubría todo y lo desprotegidas que estaban en ese lugar, decidió esconder el rostro entre el cierre alto de su gruesa chaqueta impermeable. Se frotó las manos para entrar en calor hasta que unos desconocidos y largos dedos las sujetaron.

—No estés nerviosa, todo va a estar bien.

Los ojos verde azules siguieron la silueta de las manos de Aurora, hasta la cara pacífica que tenía en ese momento su amiga. Anna no entendía de dónde venía tanto miedo. Estaba acostumbrada a la nieve, Arendelle era un lugar frío, con nevadas intensas en invierno, algo que a ella solía divertirle más que suficiente, hasta hace un par de años, cuando la nieve y el frío se convirtieron en espasmos de temor, en enemigos de su paz. Y no tenía una explicación para eso. Le sonrió a su compañera, débilmente.

—No nos quedaremos mucho, Anna, no seas aguafiestas. Patinar no es difícil y estas aventuras no las tenemos cada fin de semana.

—Pensé que ya habías aprendido a patinar.

—Aún no, apenas consigo dar unos pasos y caigo al suelo. Lo hacía bien cuando era niña pero…

Aurora aprovechó que Anna escondió su bello rostro sacudiendo la pelusa invisible de sus guantes de algodón que tenía sobre el regazo. Los ojos azules de la joven Paulsen vagaron de los sedosos cabellos cobrizos, hasta su boca, pasando más de dos veces la mirada sobre las infantiles pecas de Anna, que siempre le habían parecido una particularidad ejemplar y digna de inmortalizar en un retrato. Aurora quería llegar más lejos con ella, pero no estaba segura de cómo hacerlo.

Días antes, estuvo sugiriendo ciertas respuestas a Rapunzel sobre el tema de homosexualidad cercana*, tema tabú para el grupo de chicas. Ninguna había expresado antes interés alguno sobre esa discusión, pero sus actitudes habían dejado claro que tal vez no sería bienvenida, probablemente habría que expulsar del grupo a quien violara el código de ética de heterosexualidad obligatoria. A Paulsen no le importaba ser desterrada incluso de Arendelle si con eso podía tener una oportunidad con la menor de los Von Bjornson, pero era difícil, tenía que admitir que era difícil acerca de Rapunzel. La ojiverde la respetaba de cierta manera; aunque sus inclinaciones amistosas no la hacían su amiga más cercana, le tenía respeto, ambas se lo tenían, y Aurora no encontraba una vía fácil para tratar el tema con la rubia.

Por indicaciones de Érick, Rapunzel detuvo la camioneta cuatro por cuatro a mitad de la carretera.

—A partir de este punto sigue un camino montañoso, debes tener cuidado, no vayas a más de veinte —sugirió a Rapunzel, la rubia asintió con un movimiento de cabeza —Si necesitan algo, solo toquen el claxon y la caravana se detendrá.

—¿Hay hielo sólido en pleno marzo en la montaña? —se encontró preguntando la pelirroja, con un atisbo de preocupación en el aniñado rostro.

—Es la montaña del Norte, siempre está nevada; y para que te relajes un poco, tu amigo el montañero estará vigilando.

—¿Kristoff vendrá?

—Sí, su padre es quien realiza éstas excursiones. Así que no hay nada qué temer, Anna, estaremos seguros —dijo Érick, revolviéndole el cabello a la chica.

Con Kristoff como guarda Anna optó por mantener un mejor semblante, aceptó la mano que Aurora le ofrecía y se dedicó a disfrutar del resto del camino.

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—¿Ahora dices que dé vuelta por aquí?

—Sí, el camino es más allanado por ese sendero. Fácil podríamos ir por la vereda izquierda que es mucho más corta pero igual terminaríamos demorando por lo montañosa que está; este lado es más largo pero tiene la estupenda característica de ser más seguro. Nada en la vida es sencillo, ¿no es cierto?

Terminó la empresaria, con una sonrisa limpia en sus labios, mostrando esa perfecta dentadura que bien podía ser la protagonista de un comercial de dentífricos de alta calidad.

—Conoces bien el camino, eh, rubia.

—Lo recuerdo perfectamente. Siempre que solíamos acampar por aquí, papá quería que viniéramos en helicóptero, pero mamá y yo siempre peleamos para llegar conduciendo, no consentíamos en perdernos la aventura del camino en carretera. Claro, era mucho más fácil sobrellevar la situación para nosotras que para él... De todos modos la bifurcación es una guía exacta.

El muchacho la miró con una sonrisa, él mismo se sentía enteramente complacido por ver a su amiga emocionada. Pocas veces Elsa tenía esa expresión en el rostro, Eugene no lograba recordar alguna imagen en la que su amiga bailoteara como niña tan solo por pasar un rato entre la nieve; era muy raro que la rubia se interesara por alguna cosa que implicara el ocio, sus intereses siempre se centraban en incrementos empresariales, es decir, nada divertido.

—Yo no sé patinar, nunca lo he hecho.

—No seas mentiroso, te llevé una vez a una pista en Nueva York.

—Sí, pero fui un desastre y jamás olvidaré cómo quedó de roja mi cara después de esa caída contra el hielo. Me debes una operación estética, Arendelle —alegó el muchacho, pasándose una mano sobre el mentón mientras revisaba su rostro en el espejo retrovisor del vehículo.

—Lo hiciste bien —dijo Elsa vagamente, centrando su atención en el mapa impreso.

—¿Qué? ¿Caerme? Te acepto esa, porque todo el mundo se rio de mí.

—No fue todo el mundo, exagerado. Solo los estudiantes de preparatoria que estaban de excursión.

—Sí, de todas las escuelas del Estado.

—Deja de lloriquear. Vas a divertirte.

—Wow… —se escuchó la voz rasposa de Mérida en el asiento trasero, interrumpiendo una típica discusión de la pareja adelante. La pelirroja había permanecido en silencio gran parte del camino, concentrándose en un grueso libro que había tomado de la biblioteca de la casa de Elsa —no sabía que Arendelle había tenido una monarquía anteriormente.

—Sí, hace bastantes años.

—1840.

—No, Eugene, en 1840 fue el reinado de la reina Elsa, valga la redundancia.

—Cierto, tu ancestro, Els.

—Reina Elsa de Arendelle —, leyó Mérida —1818-… ¿1900…?

—Es que no se sabe exactamente cuándo murió, el dato es impreciso, porque ella solamente un día… desapareció tras… internarse en la montaña, exactamente la misma montaña a la que vamos ahora… Eso pasó después de la muerte de su hermana Anna.

—¿Eso quiere decir que no se sabe si murió realmente?

—Dudo mucho que exista una persona inmortal, Eugene, así que en algún momento ella pasó por la muerte… o la muerte pasó por ella.

—¿Encontraron su cuerpo en algún lado?

—No.

—¡Ajá! —Elsa lo miró con recriminación.

—Eres su reencarnación, Elsie, son extraordinariamente parecidas.

Para defender el argumento de Eugene, Mérida le mostró la foto. El cuadro original engalanaba la sala de su enorme casa; la reina tenía, tal y como lo había señalado el joven, exactamente el mismo parecido con Elsa, solo que aquella misteriosa mujer vestía con el ropaje de la realeza, y Elsa estaba ahora envuelta entre gruesa ropa que la cubriera del frío.

—Creo que es porque ella sería algo así como la tatarabuela de mi padre —dijo la rubia, como algo muy obvio.

—Pensé que no se había casado —Eugene discutió, sorteando el volante ante el camino.

—No se casó, sólo tuvo un hijo.

—Agdar.

—No, Agdar fue el guerrero que venció a los bárbaros que atacaron la parte Norte, donde hoy está fundada Arendelle, él fue el abuelo de la reina Elsa. La reina tuvo después un hijo llamado Harald y de esa línea descendía mi padre.

—De esa línea desciendes tú.

—Exacto.

—¿Quiere decir entonces que, si la monarquía aun existiera en Arendelle, tú serías una princesa?

Elsa asomó al camino antes de emitir una respuesta, luego volvió a su posición en el asiento del copiloto —Reina, para ser exactos; mi padre acaba de morir, mi madre renunció a todo, así que prácticamente el trono sería mío ahora.

—¡Ahh…! —Exclamó la chica de cabellos rizados —Eso me convierte en amiga de la realeza.

—Me alegro que el padre de mi padre, o sea mi abuelo, decidiera acabar con la absurda monarquía, de otra manera estoy segura que jamás hubiera estado ni preparada, ni interesada en ser reina… Solo de pensarlo… estar atrapada en un mismo lugar… siendo responsable de todo… me habría hecho claudicar de buenas a primeras.

—Pero es lo que haces ahora, estás al frente del imperio de tu corporación.

—Es diferente, Eugene. Tú no dependes de mis decisiones, y tampoco el resto de la gente que no trabaja en ArendCorp. Si fuese reina ahora… ahs, simplemente sería distinto.

—Eso es verdad —Eugene miró a Mérida por el espejo retrovisor, con las cejas ceñidas, como si estuviera concentrándose demasiado en procesar la información que mantenían sobre la mesa.

—Oye —, finalmente el joven se animó a preguntar —¿no dice la historia que la reina Elsa estuvo enamorada de su propia hermana?

La mirada glacial de la empresaria se posó fríamente en el camino, a Eugene no le gustaba esa mirada. Eugene asociaba siempre los ojos de Elsa como si fueran su corazón, el estado emocional de la joven se revelaba en el color de sus ojos enmarcados con la mirada. Había aprendido a distinguir los distintos tonos de azul en los ojos de ella, una característica de la que podía presumir ser el único conocedor, así fue como logró ganarse poco a poco su confianza. Elsa se sorprendía cada vez que el joven la abordaba adivinándole por poco el pensamiento, en realidad, a Eugene solo le bastaba descifrar el color de los orbes de la rubia para deducir si se encontraba de buen humor o estresada, y aunque Elsa intentara por todos los medios esconder tras una máscara cada una de sus emociones, sus ojos eran una ventana a sus sentimientos, eso es lo que veía Eugene. Pero ese era su secreto y jamás pensaba revelarlo. El puertorriqueño estaba seguro que aquella persona que lograra descubrir esa característica tan particular de su mejor amiga, él mismo acompañaría a la chica para que pidiera su mano.

Y ahí estaban esos orbes azules, mirándolo en ese estado de confusión, de incomodidad. Él escondió la sonrisa que amenazaban con dibujar sus labios.

—No es un decir, todo apuesta a que sucedió de verdad. Y no solo se cree que estuvo enamorada, sino que ellas vivieron toda su vida en una relación clandestina, aun cuando la princesa Anna se casó con aquél montañero cuyo nombre no recuerdo porque se ha perdido en la historia… Al menos eso es lo que cuentan los datos no disponibles al público. Jamás lo verás escrito en los libros de texto porque eso perturbaría la mente de los niños.

—¿No es extraño? —Preguntó de nuevo el chico —Elsa… Anna…

Mérida alzó la vista y entonces el muchacho calló —¿Por aquí, dijiste?

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—Muy bien, repasemos: —Érick sacó punta al bolígrafo de tinta fina y procedió a hacer anotaciones en la libreta que sostenía en la mano, tenía un aire encantador, jovial y alegre. Dos hoyuelos caracterizando sus bronceadas mejillas sonrientes —. Aquí solo está la gente importante —Phillip, su mejor amigo, le devolvió el codazo, esos dos formaban la típica pareja que suele sacar de sus casillas a la universidad, los populares, la piedra en el zapato de la comunidad docente —. Salimos cuarenta personas de la ciudad en siete coches…

Mientras Érick repasaba el itinerario del día, Anna observó el lugar. Situada en la orilla más recóndita de Arendelle, engalanando con majestuosidad una extensa área montañosa cuyas superficies se adornaban con una muy limpia y suave nieve, se alzaba con asombrosa imponencia la Montaña del Norte, la más alta y emblemática de la ciudad, rodeada de misterios ancestrales que contaban montones de leyendas históricas y cuentos nórdicos. Una de las leyendas más populares que muchas veces escuchara Anna en sus clases de nivel básico, era aquella que narraba la historia de la enigmática Reina Elsa, quien según los rumores que habían sido transmitidos de boca en boca a lo largo de decenas de años por cada generación de pobladores, relataban la desaparición de la joven mujer entre sus heladas tormentas invernales, penetrando por las faldas de la montaña, donde nunca más se le volvió a ver; las más extrañas y atrevidas historias continuaban sus relatos acrecentando la fama de ese sitio como mortal, afirmando que nadie, hasta la fecha, había logrado escalar hasta la punta, pues todos los atrevidos perecían en el intento, y sus cuerpos quedaban atrapados entre la sólida nieve que se encargaba de sepultar con honores a los amantes del hielo.

Anna recordó esta y otras historias de las que incluso su madre le leía por las noches, haciendo hincapié en los particulares poderes de hielo y nieve que poseía la reina, y cómo los dibujos que reproducían las leyendas, enmarcaban el fino rostro de una chica cuyo parecido tenía una sobrenatural semejanza con el de otra joven mujer a la que ella había conocido recientemente.

—¡Anna! ¡Vamos!

La pelirroja detuvo sus pensamientos y caminó hasta el grupo que ya se dirigían con mochilas y patines al cuello rumbo a la pista. Escalaron la pequeña colina de pocos metros justo a la mitad de la montaña, con la emoción casi cristalizando sus ojos cuando visualizaron el lago congelado. Anna imaginó lo hermoso que se vería aquél paisaje cuando el invierno terminara por llevarse los últimos vestigios de nieve en esa parte alzada, dejando serpentear las cálidas aguas de ese lago ahora guarecido bajo gruesas capas de hielo sólido, pero el paisaje provisto para el grupo a esa hora de la mañana de ninguna manera se consideraba baja competencia para la montaña en verano.

Eran casi las nueve de la mañana y el sol estaba proyectando una luz que descomponía los colores en matices ligeramente rosados, seguramente más temprano se vería mucho mejor, pero las expresiones de cada estudiante concordaron en que el universo era una maravilla en cada partícula que componían todo su sistema, otros posiblemente glorificaron a Dios por semejante creacionismo.

—¡Bienvenidos a la majestuosidad! Admiren la belleza que nuestra amable naturaleza nos ofrece a la vista.

Anna reconoció la voz grave de Pabbi, el abuelo de Kristoff, un anciano de cara redonda y bonachona que dedicaba su vida a la vida campestre. Anna sabía que Kristoff pasaba todas sus vacaciones con él, desde que su amigo quedara huérfano. Pabbi era un buen amigo de los Von Bjornson, de ahí que emplearan a Kristoff en su casa desde que este tuvo edad para decidir que quería ganarse el dinero con sus propias manos. Los padres del chico eran un misterio, él se conformaba con narrar el iluso fin de dos seres que un día se elevaron al cielo como un acontecimiento místico. Anna también aceptó la historia.

El anciano hombre se acercó con un andar poco vigoroso, apoyándose de un cayado y cargando una pesada mochila a sus espaldas. Tenía puesta una gorra verde fluorescente y botas que a su vez, le hacían más sencillo el paso por la nieve; llevaba consigo además, algunas estacas que se usaban como indicadores para delimitar la sección de peligro. Se sacudió la nieve de la gorra y le sonrió al grupo. Justo detrás de él, Kristoff le hacía sombra.

—Buenos días, Pabbi, Kristoff —el rubio le guiñó un ojo a Anna y se distrajo cuando Érick se soltó la mochila para acercarse a los dos hombres, con una impecable sonrisa en el bello rostro. El muchacho intercambió algunas palabras con los montañeros y entonces volvió de nuevo al grupo. A pesar de que Érick tenía fama de casanova y que estaba al acecho de Elsa, a Anna le caía bien, era muy amable con todo el mundo y al parecer, un buen amigo de Kristoff y de Pabbi, y sin la intención de ser displicente, Pabbi y Kristoff no se destacaban por ser personas muy articuladas, y definitivamente no asistían a los mejores eventos sociales, por lo que el hecho de que Érick mantuviera esa amistad con los hombres Bjorgman le dictaba a Anna que el chico era de buenos sentimientos, un asunto nada discutible cuando incluso el joven, tenía un especial cuidado hacia ella, solo por ser la hermanita de su "novia". Así que Anna confiaba en Érick.

—Antes de que entren a la pista tenemos que darles algunas indicaciones —, habló fuerte y claro el hombre de la montaña, dando un paso firme hacia el grupo —no es necesario que se den cuenta de los listones amarillos, están ahí para marcar la división donde el hielo está sólido, que marca el área que ustedes usarán… —indicó, señalando la pista blanca y despejada en el centro —y donde el hielo es débil. Deben tener cuidado de no pasar más allá de la contención marcada.

—Muy bien —dijo Érick, asintiendo con la cabeza.

—Hay por lo menos cuatro metros de hielo sólido después de los listones, de manera que si por alguna razón alguien traspasara el límite, tiene un breve espacio para mantenerse a salvo y lo podamos sacar…

—¿Qué pasa si por casualidad caemos en la capa delgada?

Cada par de ojos se volvió a la pelirroja. Anna nunca había sido muy amante del peligro, era valiente y osada, pero no iba por la vida buscándose la muerte a cada suspiro, y el hielo ciertamente la ponía demasiado nerviosa; a pesar que le gustaba el frío, por alguna razón, ella se sentía expuesta ahí, en ese lugar, como un ser desnudo que vaga por una calle transitada llena de transeúntes sospechosos.

—Mejor que lo evites, Anna; si llegaras a caer ahí, el hielo se rompería y estarías entrando a aguas bajo cero que en cuestión de minutos paralizarían tus sentidos y órganos vitales llevándote a una feroz hipotermia. El hielo volvería a formarse de inmediato y sería muy difícil poderte rescatar, difícil, pero no imposible. Nunca venimos a este lugar sin estar preparados, las sierras son para salvar vidas.

Rapunzel se movió del lugar donde estaba recargada y todos las miradas se fijaron ahora en las pesadas sierras que los montañeros habían llevado —. Esperamos no tener que usarlas.

—Perfecto. ¿Alguna otra recomendación, abuelo Pabbi?

—Por mi parte sería todo. No traspasen los límites, chicos; diviértanse.

—¡De acuerdo, grupo, ya escucharon a Pabbi, de preferencia, intenten mantenerse dos metros lejos de los listones amarillos!

—O congelarán sus traseros —añadió Phillip, Érick le devolvió el comentario con una risa jovial que hizo suspirar, varios metros adelante, a una soñadora Ariel. La pequeña pelirroja llevaba una eternidad enamorada de Érick. Sus familias eran cercanas, pues ambas se dedicaban a las producciones pesqueras, y Ariel había crecido prácticamente de la mano de Érick, solo que el chico no la miraba más allá que como una amiga muy cercana, casi hermana, aunque él en ocasiones se refiriera a ella como prima.

—Es tan perfecto —suspiró de nuevo Ariel.

Rapunzel dejó caer los brazos que había mantenido cruzados hasta entonces, con la mirada ceñida y recelosa hacia Érick. Ellos habían discutido y esta vez, al parecer, su relación no veía otro punto de encuentro —. Es un idiota —dijo al fin, comenzando a sacar los patines de su mochila de campo.

Anna aún se encontraba nerviosa por la excursión. Con las manos sobre sus piernas y la mirada contemplando todos los artículos dentro de su propia mochila, ignorando qué acción debía emplear primero; mantenía la mente incontrolablemente trabajosa en una cruda imagen de ella sumergiéndose entre aguas heladas rodeada de bloques de hielo. La visión la tenía perpleja, no era la primera vez que tenía la sensación de haber vivido una situación como esa. A menudo Anna se despertaba por las noches agitando los brazos y respirando con dificultad, la pesadilla era recurrente: ella, luchando por salir a flote de entre un mar de agua congelada. Y literalmente, Anna despertaba temblando y con frío. No podía volver a conciliar el sueño entonces.

Una mano delicada la sacó de su ensimismamiento.

—¿Tienes tus patines?

La pelirroja asintió, todavía sintiéndose perdida entre bloques de hielo y mar antártico —P-Pero no estoy segura de usarlos, yo no…

—No tengas miedo —, le dijo Aurora, tomándola de las manos para ayudarla a ponerse de pie —yo voy a cuidarte.

Con la ayuda de Aurora Anna logró colocarse los patines y se dejó conducir, con bastante dificultad, hacia una de las orillas de la pista, el resto del grupo decidió no perder tiempo y disfrutar la belleza de un suelo blanco y firme rodeado de nieve fina.

—Escucha, solo mantén el equilibrio, haré el resto del trabajo.

Anna dio un trastabilleo y estiró las manos para equilibrarse, lentamente pudo mantenerse en pie y alzó el entusiasta rostro, con las mejillas enrojecidas furiosamente y el resto pálido, tan pálido por el frío, los nervios y el temor. A mitad de esa sonrisa, las mejillas de Anna se tornaron doblemente carmesí cuando sus ojos se posaron en la etérea imagen de su conocida más rubia: Elsa.

Eugene estacionó la camioneta todoterreno junto a los coches del grupo, que yacían varados frente a los cúmulos de nieve que rodeaban y ocultaban la pista. Se dirigió al lado del copiloto para darle gentilmente la mano a Elsa y ayudarla a bajar del monstruoso vehículo.

Las miradas se volvían hacia ellos.

—Que no, Eugene, no es como estás pensando.

—Pero si lo piensas, tiene mucha lógica, Els. Tu nombre, más el de Anna…

Mérida puso los ojos en blanco tras la insistencia del chico en el tema de la reencarnación de la reina Elsa de Arendelle, en la Elsa de la actualidad.

—¿No decían que la Reina Elsa tenía poderes de hielo? —preguntó.

Eugene se detuvo intempestivamente y su silencio fue un claro indicio de que le estaba siendo revelada información extra y clasificada que estúpidamente no había considerado antes —Es cierto —murmuró, con un susurro mecido por el viento. Elsa clavó su mirada en él, Mérida desconocía la particularidad de Elsa para dominar la nieve —. Decían que tenía poderes de hielo.

—Que podía controlar la nieve y el hielo —reiteró la pelirroja.

—Es un mito, una leyenda, qué se yo; es obvio que esas cosas son absurdas, no suceden de enserio. Son… bonitas historias para contárselas a los niños.

Eugene le devolvió la mirada —¿Estás segura?

—Sí, Eugene, completamente —afirmó.

—¿Por qué estás tan obsesionado con eso? —preguntó Mérida, dando los primeros pasos con las manos metidas en la gruesa chaqueta de lana que llevaba cerrada hasta el cuello.

—Porque es un actor frustrado que quiere vivir sus historias de ciencia ficción conmigo como protagonista.

—Oye, no soy un actor frustrado, pronto me verás triunfar en los mejores escenarios de Hollywood.

—¿En serio? Eso pensé que haría yo, luego me convencí que los escenarios no eran lo mío así que… decidí ser la asistente de una magnate de negocios ultra-millonaria —la pelirroja le lanzó el anzuelo; aunque no estaba realmente dolida, quería hacerle notar al latino que la ignoró deliberadamente a la hora de bajar del coche, así que algo debía encontrar ese día para poner iracundo a Eugene. De alguna forma, le parecía divertido crispar las emociones del chico.

—No te creo que hayas sido una actriz —abordó él.

—Cuando quieras te lo demuestro.

La escocesa no lo miró, siguió avanzando con ese paso seguro de quien tiene la vida resuelta—¿Cuál es tu actriz favorita? —Fitzherbert se adelantó para encararla, caminando hacia atrás para no perderse un solo gesto de las dos muchachas al frente.

—¿Con esa pregunta piensas a evaluar mi talento sobre los escenarios?

—No es lo mismo decir Dakota Jhonson a Meryl Streep.

Mérida giró los ojos, haciendo énfasis en lo torpe que le parecía la pregunta del latino —Ya te daré clases de actuación, niño bonito.

—¡No soy un niño!

—Sí, seguro. Y yo no soy pelirroja —. Una sonrisa burlona se dibujó en los labios seductores de la chica y aminoró el paso para alcanzar a Elsa —¿Cómo dicen que ella obtuvo sus poderes? —Eugene esbozó una evidente cara de fastidio contra Mérida, una muy graciosa que casi hace reír a la rubia, pero se contuvo para no seguir hiriendo el orgullo ya cerca del suelo, de su amigo.

—¿Qué dice el libro que venías leyendo, genio? —Fritz estuvo tentada a responderle, pero optó por la misma decisión que Elsa: no seguir hundiendo al mesero, como ella lo llamaba despectivamente para hacerlo enojar, haciendo alarde al trabajo de Eugene en el Starbucks de Nueva York.

—Según el libro dice que nació con ellos, pero la mayoría de los historiadores lo relacionan con una profecía en la que una poderosa reina con poderes de hielo nacería bajo la corona Nórdica.

—En serio, chicos, son personas mayores, deberían dejar de tomarle importancia a relatos que se alimentan esencialmente para mantener el interés de los niños. La reina Elsa no tenía poderes de hielo, solo es una creencia. Falsa, por cierto. Y deberían dejar de comportarse como infantes.

—¿Y qué me dices de ese periodo de congelación en el que Arendelle quedó sumido cuando la reina escapó del palacio justo la misma noche de su coronación?

—Mitos, Eugene, solo mitos.

Elsa se pasó delante de él para evitar que hiciera más preguntas, aun cuando sabía que no tendría éxito en lograrlo, y en efecto, no lo tuvo.

—¿Y qué me dices de Anna?

Elsa vio a Érick venir y detuvo el paso, esforzándose por mostrar su sonrisa más sincera.

—La historia dice que eran hermanas, y si te sirve de algo, yo ya investigué la línea de sucesión de Anna y ella y yo no tenemos un solo lazo familiar.

—¿Estás segura?

—¡Érick!

—¡Hey! ¡Viniste, Arendelle!

Érick escaló el corto espacio que alejaba la pista del resto de la nieve para recibir a los recién llegados.

—Mérida y Eugene, amigos y colegas.

Érick sonrió y les dedicó un cálido saludo a ambos. Eugene lo miró con una ceja enarcada. Desde que lo vio venir, supo de inmediato la amenaza que representaba, porque físicamente no eran muy distintos. Érick le llevaba quizá por algunos centímetros y parecía el tipo que se quitaba la camisa para cortar leños y preparar una fogata ante la admiración de las chicas, porque eso era algo que Eugene procuraría evitarse para no dañarse la manicure. Érick era guapo, pero no ostentaba ninguna vanidad, al menos, no como la de Eugene. Y lo que menos le gustó al puertorriqueño, fueron las miradas que le dedicó a su rubia amiga, sabía qué tipo de mirada era, porque él mismo la había visto así cuando recién la conoció. Si Érick osaba por pasarse de listo, Fitzherbert ya estaba seleccionando la parte de su cara donde le adornaría mejor un puñetazo.

—Acabamos de recibir las indicaciones; solo… no hay qué traspasar los listones amarillos —señaló, apuntando hacia los gruesos listones que se extendían en un perímetro bastante bien delimitado.

—Sí, no debes preocuparte, Eugene sí distingue el amarillo.

"Me beberé todos tus refrescos de cola", decidió el americano, dentro de sus pensamientos, orgulloso de ser conocedor de una de las grandes debilidades poco manifiestas en público de la rubia. Eso era mejor que decirle que se bebería a Anna. Si eso hubiese dicho, estaría sumergido ahora varios metros en el fondo de ese lago congelado que fungía como pista.

—¿Y esos quiénes son? —preguntó Ella.

—Quién sabe, pero miren a ese chico… justo como me lo recetaron.

El comentario poco ingenioso de Blanca pasó desapercibido para los oídos de Rapunzel, cuyos ojos verdes se envolvieron en el vaivén que eclipsó su respiración junto con sus sentidos… dejó de ser consciente del tiempo y el lugar y los labios se le fueron separando de a poco. Cuando se dio cuenta, la vergüenza pudo más que su admiración.

—Otro frikie —resolvió la mayor de los Von Bjornson, pero algo se había removido en su interior.

Eugene por fin se olvidó de su enojo con Mérida y le extendió la mano para ayudarla a saltar hacia la pista, después se ocupó de Elsa, aprovechando que Érick había sido llamado por Pabbi. El latino se sintió aliviado de su retirada.

Por su parte la empresaria no podía sentirse menos que ridícula llevando todas esas prendas encima para "cubrirse del frío", fácilmente podía andarse por el lugar sin nada más que los pantalones cortos que tanto amaba y si ella lo quería, sin zapatos, pero había qué seguir el protocolo y ocultar su característica resueltamente inigualable, de cualquier forma, ella ya estaba acostumbrada.

Anna alejó las manos que tenía entrelazadas con las de Aurora cuando los aros azules de Elsa se fijaron en ambas. Aurora sonrió y se obligó a mantener controlada sus emociones. El gesto lo sintió doloroso, cada esfuerzo realizado hasta el momento por ganarse la simpatía de Anna, le costó un repiqueteo por el sonrojo que la pelirroja había mostrado apenas mirar a la rubia. No es que Anna no quisiera pasar el rato con Aurora, pero ciertamente Aurora estaba consciente de dónde y con quién prefería estar la pecosa.

—¿Seguimos? —logró decir.

La deportista asintió con una sonrisa, pero aun con la ayuda de Paulsen era muy difícil para ella dar un paso, o era, mejor dicho, que de repente sintió los nervios como dos fieras manos que le sujetaban las rodillas, impidiéndole hacer cualquier movimiento y mantenerse firme sobre el hielo.

Pero entonces una seguridad comenzó a imperar en Anna, y se sintió tonta por eso, porque sabía cuál era la causa de que de repente el temor que sentía por deslizarse sobre el hielo, se fuera disipando apaciblemente, como si un dios de las nieves estuviera mirando desde su trono helado para ir a socorrerla cuando ella lo necesitara, y encontrar en él la calma. Era una tonta por pensar en aquello, pero ver a Elsa ahí, con su ceremonioso estilo para andar sobre esa solidificada capa de agua, con su porte regio y elegante, le hacía imaginarse a Elsa con vestiduras de reyes. Con una corona dorada sobre su cabeza y un cetro en sus manos. Toda blanca, incluso el cabello platinado ayudaba a representar la imagen divina de la rubia como una diosa de la nieve, como una reina del hielo que la rescataría ante cualquier peligro.

Anna sabía que Elsa provenía de la realeza de Arendelle, sus padres lo mencionaban a menudo y Anna leyó y memorizó toda aquella historia de la familia en sus libros de texto, por eso tenía presente la delicada imagen de Elsa ataviada en vestiduras reales.

—Sólo deja caer ligeramente tu peso sobre la pierna que estás deslizando, Eugene; lo más importante de esto es que no te pongas nervioso porque perderás el equilibrio y entonces te irás de bruces contra el suelo. Es como cuando aprendes a nadar, debes relajar tu cuerpo, porque mientras más pesado lo dejes ser para mantenerte a flote, más pronto vas a hundirte.

Con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, Mérida los observaba paciente. Tampoco era una experta patinando, pero ciertamente no se encontraba en la misma mala situación que Eugene, así que echó una mirada perezosa al resto de la multitud reunida, hasta que sus ojos claros se clavaron en Belle, y lo que fue una mirada vaga, pasó a convertirse en un interés apremiante. El carraspeo agudo y discreto de una garganta le desvió la atención de su objetivo.

—Con ella no, Mérida, es de las pocas personas que me caen bien.

—¿Me crees poca cosa para ella, acaso?

—Es hetero.

—Aguarden, aguarden, aguarden… —interrumpió Fitzherbert, con las palmas de las manos extendidas sobre su cabeza —¿me están diciendo que tú también… —señaló a Mérida —eres lesbiana?

—Yo no soy lesbiana, Eugene —le reprendió Elsa con un ligero enfado.

—Yo sí.

La pelirroja respondió, echando de nuevo su mirada sobre el grupo —¿Qué me dices de ella? —preguntó y Elsa entornó los ojos hacia la otra chica producto de la fijación liberal de su secretaria.

—No lo sé… Se llama Jane Porter, juega en el equipo de volibol y es una muy buena amiga de Anna.

—Y está guapa… ¿La apruebas? —Una extensa sonrisa se dibujó en los labios de la escocesa, tratando de chinchar a la rubia, ésta le devolvió la mirada con un grado mucho más alto de soberbia.

—¡Esperen, esperen… esperen! ¿Cómo es que las chicas más guapas son todas lesbianas ahora? ¿Se dan cuenta del problema que eso representa? Cada vez son menos las opciones para nosotros.

—Pues lo mismo pasa de nuestro lado, querido —respondió Fritz.

—¡¿Por qué?! ¡¿Qué hemos hecho los hombres para que ahora las chicas no quieran saber nada de nosotros?!

—Excelente pregunta, repítetela cada vez que te mires frente al espejo, y luego se las compartes a tus amigos simios —Mérida concluyó, palmeándolo en la espalda —Si los tienes.

—Ya, deja esa cara, Fitzherbert.

—¡Es que no es justo…! ¡Te juro que no es nada justo! —Repetía incrédulo —Tú, Anna, Mérida, la rubia que quiere follarse a Anna…

—¡Eugene!

—Déjalo, Elsa, el chico está frustrado porque hace mucho que no ha podido usar a su amiguito —la rubia tuvo qué bajar el rostro hacia el suelo para evitar extender más el sonrojo que le produjo el comentario y el ademán que Mérida utilizó para decir aquello, sacudiendo su mano.

—¡Eh, te quitaría lo lesbiana en una noche conmigo!

—Bien dicho, genio, esa es una de las razones por las que cada vez hay más lesbianas en el mundo. Razón número uno por la que no tengo novia: todo lo queremos remediar con sexo. ¿En serio crees que las mujeres solo vivimos pensando en un buen "acostón" para resolver nuestra vida?

Ante el palpable y crudo silencio de su mejor amigo, Elsa se permitió dar crédito al comentario recién expuesto de su secretaria.

—Recuérdame subirte de puesto por esa respuesta, Mérida, lo has noqueado.

—Lo siento, Els, pero yo no soy de esos tipos que se dejan vencer por argumentos "bien" armados de mujeres de mundo —Mérida soltó una risotada que, para su gusto, fue más divertida que molesta —lo que tengo es indignación, mera indignación como hombre.

Los ojos azules de la rubia chispearon divertidos, le encantaba siempre que Eugene intentaba mostrar esa cualidad artística suya para la actuación. Estaba tentada a dejarse escuchar cuán realmente divertido le parecía su argumento, pero la parte noble de su mente le dictó que por el bien del ego del americano, se mantuviera reprimida.

—Sé que también quieres reírte, no veo por qué no lo harías, rubia. No es bueno contenerte, anda, toma vuelo y ríete también de mí, es una costumbre que deberé tom…

Calló, sus ojos castaños de repente cruzaron mirada con un par de orbes verdes que lo estudiaban a lo lejos, el par de orbes verdes se giraron para susurrar alguna cosa a otra chica pelirroja que se encontraba a su lado —¿Quién es esa belleza?

Elsa miró hacia donde los ojos de Eugene estaban clavados —Uh, ni se te ocurra, "esa belleza", es Rapunzel, la hermana mayor de Anna.

Eugene abrió mucho los ojos y dejó caer la mandíbula, en plano exagerado —¿Oh, en serio? ¿Te gustaría que todo quedara en familia, Els? —sonrió.

—No, esa chica no está disponible para ti, puedes apostar por quien quieras, pero no por ella.

—¿Vas a reprimirme igual como has hecho con tu secretaria de quinta?

—No, Belle es amable; en todo caso, Mérida puede amistarla, pero Rapunzel es diferente, ella solo es… complicada.

—Yo tengo mis encantos, Arendelle.

—En serio no, Eugene, y por favor, no discutamos sobre eso.

—¿Te preocupa que yo me acerque a ella siendo quien soy? ¿O es acaso por la cercanía que existe entre Anna y ella?

—Me preocupas tú. Rapunzel en serio, en serio, Eugene, es muy difícil. Y si las cosas no han cambiado, ella está saliendo con Érick, porque toda la vida ha estado enamorada de él.

—¿Qué tiene él que no tenga yo?

Elsa lanzó un hondo suspiro y por un segundo pensó en pedirle ayuda a Mérida, la chica era buena para sentar las cosas donde no había más oportunidades en cuanto a las relaciones personales de la gente cercana. Al final, decidió que ser sincera con su mejor amigo era lo más ideal —Érick y tú no tienen ninguna comparación, ambos tienen sus encantos y tú no eres menos que nadie. No es cosa de posición; pero Rapunzel no ve las cosas como nosotros las vemos, ella ha sido educada de una forma donde jamás ha tenido que pelear por nada y las cosas le llegan solo pedirlas. Y tú no eres ese chico que irá por la vida cumpliendo caprichos, porque no mereces eso y porque yo no te dejaré, así patees contra el suelo… Solo… no permitiré que te hagan daño.

—¿Y Rapunzel me haría daño?

Elsa no contestó. El único sonido que hubo fue el de Mérida colocándose los guantes, y la ausencia de su comentario mordaz fue atribuido como un acuerdo hacia el reciente discurso. Con la mirada le indicó al joven que podían seguir con la discusión más tarde.

A lo lejos, Elsa vio a Anna acercándose hasta donde estaba situado el grupo de Rapunzel, y pareció que la pelirroja les estaba poniendo al tanto de algo, Elsa casi podía jurar que le estaban preguntando por Mérida y por Eugene.

La empresaria dejó de prestar atención al resto de la multitud y se dedicó a enseñarle a su mejor amigo la manera más sencilla de patinar, la ventaja es que Eugene, si bien nunca se destacó como atleta, era joven y aprendía rápido. Arendelle se sintió orgullosa cuando lo vio alejarse de ella y mantenerse exitosamente todo el tiempo de pie, casi aplaudía.

Se quedó parada donde mismo, cuidando que Eugene no trastabillara e hiciera el ridículo en medio de todos, cuando de pronto sintió unas delgadas manos en su espalda que la empujaron al frente varios centímetros.

—Lo siento, lo siento, ups… lo siento. No quería… yo no… —y entonces la pelirroja resbaló, Elsa solo tuvo unos segundos para que su sentido de la percepción actuara y consiguiera sostenerla suavemente por los codos.

—¿Estás bien?

—Sí, es que Mulán me estaba ayudando pero… no aprendo.

Arendelle levantó la vista hacia el frente, Mulán estaba llegando hasta ellas para reclamar a Anna —Se me escapó de las manos —dijo a modo de disculpa —Le rogué a Aurora que me permitiera darle lecciones, pero fallé vergonzosamente.

—¿Puedo? —Sugirió Elsa —Eugene ya aprendió y dentro de poco presumirá ser un maestro, creo que tengo cualidades profesionales para impartir esta materia.

—Ah… claro. Sí, seguro —murmuró Mulán, poco convencida.

—Ahm… yo…

Antes de que Anna replicara cualquier cosa, Elsa la sujetó fuerte de las manos y la condujo hasta el centro de la pista, alejándose a propósito del resto de la multitud que se formaba incómodamente alrededor —Bien, solo debes mantener una alta concentración para no perder el equilibrio.

¿Alta concentración? ¿Elsa hablaba de concentración? ¿Concentración siquiera? ¿Y cómo carajos iba Anna a mantenerse concentrada con ella justo en frente, sujetando sus manos?

—Concentrada. Sí, concentrada, nací más que concentrada… aunque… no es lo mismo que jugar volibol. Pero, estaré concentrada.

La rubia sonrió —Sí. Ahora inclínate un poco, es parte de la aerodinámica, es decir, estás muy rígida, y así no vas a conseguir la velocidad para desplazarte, debes inclinarte un poco para conseguir el impulso requerido, y luego das un paso yendo hacia un lado y luego al otro con movimientos armónicos, como si siguieras un vals —. En esa parte, Anna dejó de escuchar. Perdida entre los finos labios que le dictaban la lección de deportes, de repente recordó aquella vez que Elsa estuvo en la cocina de su casa y un hilillo de agua fría resbaló por la delgada y fina piel de la boca de aquella joven, junto a eso también recordó cómo es que ells había deseado lamer ese hilillo de agua. Invadida por un deseo descontrolado que atrajo a la vergüenza, se obligó a volver a la realidad.

—Anna, ¿me estás escuchando?

—Sí, claro. Concentrada.

Anna dijo, aunque solo eran palabras vanas, pero se lo repitió en la mente para convencerla. Lo que más deseaba en esos momentos —por su propio bien— era alejarse de Elsa cuanto antes, sobre todo porque no quería seguir mirando a sus ojos azules para perderse en ellos, porque solo la paralizaban y le hacían sentir más frío recorriéndole la columna vertebral y erizándole los vellos de la piel. Y porque la imagen del hilillo de agua fría corriendo por sus labios todavía la tenía perpleja.

—¿Sigues enojada conmigo? —la suavidad de la entonación proferida en las palabras le hizo volver la cabeza hacia arriba, para encontrarse torpemente con los ojos fríos de los que fervorosamente intentaba huir.

—Creo que siempre voy a estar enojada contigo.

—Entonces aun no me perdonas.

Anna bajó la mirada, reservándose su siguiente respuesta hasta haberla meditado lo suficiente. Sabía que podía herir como arma de doble filo con lo que sus labios la empujaban a confesar, pero si no era de esa forma, ¿cómo? Si no hoy, ¿cuándo? Elsa había sido clara con ella sobre su relación y lo lejos que quería mantenerse de la pelirroja, y eso no era lo que Anna quería, por supuesto, pero tampoco podía quedarse en la línea de espera a que Elsa cambiara de opinión, porque siendo sincera con ella misma, no conocía del todo a la rubia; nada de lo que tuvieron en el pasado había vuelto por arte de magia a su mente, así que la platinada seguía siendo una total desconocida ante sus ojos, y Anna no podía arriesgarse por algo que casi estaba segura, jamás llegaría a ser. Tenía qué armarse de valor y comenzar a levantar la cabeza del suelo, mirar otras perspectivas, trazar otras líneas y darse la oportunidad de ser feliz por ella, sin dependencias. No tuvo qué retenerlo por más tiempo, su maestra aguardaba por una respuesta y ella ya la tenía —. Quiero comenzar algo con Aurora, ¿vale? Y necesito que me dejes en paz —mintió.

—¿Es en serio? —los ojos de la rubia vagaron por todo su rostro, intentando descifrar la mentira en sus gestos, en el contorno de sus labios, en su mirada fija en otro punto menos en ella, en sus manos nerviosas y en el equilibrio que estaba perdiendo.

—¿Dijiste que solo me inclinara un poco? Bien, eso haré —Con mucha dificultad, porque los nervios seguían siendo un ente poderoso que la sujetaba de las piernas. Se soltó del agarre de la platina y dio los primeros pasos, complicados, pero al menos no se cayó. Esa fue una victoria inesperada y suficiente.

Unos metros a la distancia, Aurora se removió incómoda desde su posición.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —respondió Paulsen, desviando la vista de las muchachas en el centro, perdidas de la multitud, en su propio mundo.

—¿Es Elsa, no? Siempre siendo el centro de atención —la rubia, esta vez, se abstuvo de argumentar cualquiera afirmación avalando el comentario irritado de Rapunzel, aunque tenía una lista de cosas qué replicar en contra de la platinada —Sé que te estás llevando bien con Anna, pero cada vez que Elsa aparece acapara su atención, ¿no es cierto?

—Son amigas desde pequeñas… supongo que es normal que quieran recuperar el tiempo perdido.

—Sí, pero no es justo que apenas haya regresado, quiera quedarse con todo lo que nos pertenece.

—¿Lo dices por Érick?

—Él ya no me importa, es un imbécil.

—Como sea, Arendelle me tiene sin cuidado.

—¿Estás segura? —No, definitivamente Aurora no estaba segura, pero no iba a decirle eso a Rapunzel porque implicaría confesar sus verdaderas y oscuras intenciones hacia su hermana, y aun no era el momento, sobre todo porque la ojiverde no estaba en el mejor de sus días.

Ambas siguieron la línea trazada por Anna cuando esta se deslizó exitosamente sobre el hielo, manteniendo a la perfección el equilibrio hasta llegar junto a Melody y Jane que aplaudieron su hazaña. Anna se apoyó del hombro de su amiga amante de la selva y saludó a Mérida que se encontraba a su lado, a continuación, el grupo comenzó una charla seguramente divertida, porque las cuatro comenzaron a reír al instante.

—Y siempre tiene que ser la perfecta señorita al rescate de todos, ¿cierto?

—Parece que Arendelle nos está arruinando el paseo, ¿qué hay si nos divertimos un poco con ella?

La incansable y poco amable Ella sonrió maliciosa a su grupo de amigas. Aurora conocía esa sonrisa de complicidad, estaba familiarizada con ella aunque realmente no siempre estuvo tentada a participar de lo que sea que siguiera a esas sonrisas cómplices, Aurora era más bien, del tipo de mujeres vanguardistas a las que les tenía sin cuidado la vida del resto de la gente que no tuviera nada que ver con ella; pero esta vez tenía que admitir que era distinto, porque sin duda el grupo estaba tramando cobrarle factura a Elsa, por todos esos años que su sola presencia opacó el brillo de las demás; y Elsa estaba implicada con Anna, su Anna, y eso inmiscuía a Paulsen directamente en el juego.

—¿Qué tienen en mente? —Blanca preguntó.

Blanca era la menos destacada del grupo, su cerebro no presumía de grandes cantidades derramadas de ingenio, pero cuando se trataba de hacer maldades, ella seguía las instrucciones y jalaba del gatillo, y ese día particularmente, estaba harta de intentar llamar la atención de Ferdinand y que este mantuviera la atención fija en Jane, por lo que cualquier tipo de actividad le caería como anillo al dedo.

—¿Qué tal un poco de hielo frío? —sugirió perversamente Ariel. Ariel podría ser pequeña y con rostro inocente, pero al igual que Blanca, cuando se trataba de realizar tareas que no fueran las involucradas con la academia, también fungía a la perfección el papel de ejecutora precisa.

—¿Hielo?

—Sí, la señorita Arendelle podría pescar un resfriado por caer al agua congelada, y todo por no respetar los límites de contención.

—Eso sería demasiado peligroso, Ariel, podríamos provocar un accidente grave. Definitivamente no.

Aurora alzó las cejas, decidida a ser partícipe quizás, por esta única ocasión —¿Mm? ¿Qué puede pasar? Tenemos todo lo que necesitamos para evitar que algo grave suceda, ¿no? —Señaló las sierras que el abuelo Pabbi había mencionado.

—Tu boca está llena de razón, Paulsen.

Paulsen tenía aun la aguja clavada del rechazo de Elsa hacia su iniciativa de negocio, las palabras de su padre le retumbaban aun en la cabeza.

Lo siento, hija, pero no añadiré un monto financiero extra a tu presupuesto, así que, por tu bien, tendrás que emplear una mejor estrategia para conseguir hacer negocios con ArendCorp, si quieres una empresa independiente y alcanzar el éxito que deseas. Ese fue el modo como yo lo logré, tendrás qué seguir mis pasos.

La venganza giraba por su conciencia como una llamada de auxilio, una necesidad casi fisiológica que se apoderaba de ella. Pero nada era fácil, nada. Elsa la tenía cogida de las uñas y era doloroso siquiera recordarlo. No obstante la rubia, por muy temperamental que se mostrara, también tenía una parte racional de su conciencia funcionando, y de verdad que no quería lastimar a nadie, ni siquiera a Elsa. El veneno que más daño le hacía era ese que tenía que tragarse cada vez que bebía la imagen de Anna sufriendo por su rival de amores, llorando por ella. Y Anna era importante, en serio que ninguna otra persona le importaba tanto a Aurora como esa chiquilla de cabellera cobriza.

Pero Paulsen tenía también una ventaja, una clara, una fuerte y contumaz que las otras chicas no: Aurora sabía que Elsa tenía poderes de hielo, o alguna habilidad extraña para dominarlo.

—Hagámoslo —dijo al fin, poniéndose de pie —. Y probemos cuánto poder tiene la señorita reina de las nieves —siseó luego para sí misma.

¿Pero quién asegura que las cosas en la vida, por muy planeadas que parezcan, obtengan el resultado esperado? El cuchicheo de las amigas puso en alerta la basta intuición de la pecosa, que desde no mucha lejanía las estaba mirando.

Y tuvo miedo.

Esa misma sensación que trajo con ella durante el camino y la había seguido hasta que Elsa apareció.

Anna tuvo miedo, mucho miedo.

Un extraño escalofrío recorriéndole la piel la movió a actuar de inmediato, sin saber cómo ni por qué, sin conocer con certeza cuál sería el plan de aquellas. Anna simplemente se movió de su sitio para deslizarse, como no lo había hecho, sobre los metros de hielo que la separaban del juego infernal que Ariel y Blanca habían comenzado, tomadas de la mano en el centro de la pista, riendo a carcajadas mientras imaginaban lo divertido que sería ver su plan cumplido a la perfección, mientras daban vueltas cada vez más descontroladas.

Anna tuvo un instante, solo un pequeño instante, como una exhalación para poder reaccionar a tiempo y llegar hasta Elsa. Y como la misma Elsa le había enseñado, se inclinó hacia el frente para darse el impulso y deslizarse sobre el hielo, en el instante que Ariel se soltó del agarre de Blanca y se dirigió hacia la rubia que en ese momento miraba distraída a Eugene. Un toque, solo un toque lo suficientemente fuerte como para empujar un cuerpo que, sin tener la mínima idea, era el blanco de cinco mentes retorcidas que no tenía otra cosa mejor que hacer.

El golpe sonó seco, Elsa cayó con una fuerza descontrolada sobre la helada superficie, mientras que una cabellera pelirroja se perdía lejos de la línea marcada por los listones amarillos.

—¡Anna!

Se escuchó gritar a Rapunzel a lo lejos.

La ojiverde intentó llegar hasta ella pero los brazos fuertes de Érick le detuvieron el paso. Entonces con un sonido gutural vio a Anna detenerse a mitad del hielo, quedándose completamente estática, como una estatua propia de los fríos elementos que ese día pintaron la cruenta naturaleza, con el miedo reflejado en toda la cara.

Apenas Elsa incorporó parte de su adolorido cuerpo y su cabeza estuvo por fin liberada de los mareos sufridos por el repentino embiste, se obligó a fijar su atención en lo único que de verdad le preocupaba, solo para alcanzar a divisar la pelirroja cabellera de Anna desaparecer hacia abajo.

La pecosa se había hundido bajo el delgado suelo.

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Por favor, no se olviden de votar por los fanfics Elsanna que participan en el concurso de FanFiction titulado "Mi pareja favorita, del Mundo Frozen". ¡No permitas que Helsa domine el mundo, nosotros somos los buenos…! ;—)

No quiero subir este capítulo sin antes dejar un comentario para cada uno de los que se toman su tiempo para dejarme una review por aquí, pero antes agradezco a todos los lectores que me leen en anonimato, su lectura me es de mucho agrado, personas… simplemente no se puede estar más que agradecida de manera infinita.

AaraBlack, Danamagalii15, Dichiro, HannisG, LDiamond25, LaMafer, MichiriAngel, Rykaskimo, Erivip7, Parches y kariuchiha… ¡Gracias por añadirme a sus favoritos y seguirme y, por sus follows!

Passenger: lo sabemos, está en el cielo de cachorritos :—) Me estoy acostumbrando al "morra", eres la única que me llama así :')

DattebayoC: yo te agradezco a ti por tus capítulos largos. AMO eso, en serio lo amo, y más cuando escribes tan genial 3 Simplemente encantador *—*

Ichui: zopilagartas, entendido. Zopilagartas… ¡Zopilagartas! XD

Frank Lester: ¿Qué puedo decir de ti, muchacho? *Suspira* Ya estoy buscando tu dirección para secuestrarte, de este año no pasa, así que, cuídate, muñeco ;—) Amo tus reviews, siempre son tan… ahgs, cómo describirlos, tan geniales *—* Muchas gracias por tomarte tu tiempo y dejarme algo tan emocionante escrito, hace que todo valga la pena, en serio :')

Tasiakrood: ¿Mente retorcida? ¡Presente! (._.)/ ¿Qué sería el mundo sin nosotros retorcidos? :—D

Jeffry: es que Anna es una niña *—* Así me lo parece a mí, es tan… comible *—* Elsa quiere comérsela *—*

Guest2: ¿Verdad que sí? Yo también amo a Anna en este fic, aunque mi favorita siempre será Elsie, Anna me resulta adorable *—*

Madh—M: Ya lo sabes, Anna se lleva su aire… simplemente esas dos nacieron para estar juntas y morir juntas *—*

Copito: mándame el anillo de copitos de nieve en diamantes incrustados y me caso *—* XDDD

LaMafer: Ya te respondí en privado y ya me he leído tu fanfic :—D Ya sabes que, para cualquier cosa, acá andamos ;—)

Crhismas—Machine: Ya sabemos cómo es Elsa, las cosas simplemente con ella no pueden ir fácil. Cuando parece que todo acomoda, vuelve todo a empeorar… tan difícil pero tan perfecta, nuestra rubia *—*

Nerr: A todos les agrada Eugene XD Hasta a mí ._. Ja, ja, ja, de hecho, Elsa es bipolar ._. ¡Nah! XDDD Solo le gusta fastidiarse la vida, todo lo vuelve difícil porque… bueno, es Elsa, ella no se obtiene fácil porque es un premiesote, ¿a poco no? :—D

Loreley: Si quierer venir por mí pero, ¡ya llegué! XDDD ¿Esto estuvo bueno? :I

Dichiro: ¡Muchas gracias! Por leer mis otras historias y por finalmente decidirte a comentar y leer este. La verdad, es el que creo que me ha salido un poco mejor XD Amé tu review, en serio :'D Es bello que la gente reconozca el esfuerzo que haces en venir aquí y… pues pasarlo padre :'I Mereces un abrazo de oso \o/