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Capítulo 7. Jugar al rey. Parte I
-Tal vez…- repitió ella, sin dejar de mirarle.
Athos la observó alejarse, sin añadir nada más; cuando hubo desaparecido de su vista, se dio la vuelta, y volvió al cuartel. A beber.
Pasaron días, semanas, y no volvieron a verse. Sin embargo, el capitán no lograba sacarse a Ninon de la cabeza. Sus palabras retumbaban en su cabeza sin que él pudiera hacer nada para acallarlas; le perseguían de noche en sueños y también durante el día. Trataba de no pensar en ella, y de ignorar los recuerdos de su rostro justo antes de marcharse. Tal vez…
¿Es que acaso podría haber hecho otra cosa? Tal vez… ¿qué, contárselo todo? ¿Y que viera el monstruo que se escondía bajo su piel? Imposible. Tal vez, si él no fuera como era, si no hubiera tenido más de diez años para construir un sólido muro a su alrededor… Tal vez si el mundo que les rodeaba no estuviera en guerra….
Pero, ¿qué hubiera hecho de ser así? ¿Salir tras ella, besarla y vivir en pecado mientras su mujer hacía Dios sabía qué con Dios sabía quién en Inglaterra, o donde diablos estuviera? ¿Cómo podría mirarse al espejo, o respetarse lo más mínimo cuando lo que estaba pensando significaba condenar a una mujer buena al infierno en el que él mismo vivía?
Pensaba en la última mirada que le dirigió la joven, en qué era lo que había en ella. ¿Tristeza? ¿Desilusión? ¿Frustración? No lograba definirlo con una palabra, pero sabía lo importante: que su insistencia en mantener la barrera alzada, en no dejarla ahondar en él, le había dolido a la joven condesa.
Ex-condesa. A pesar de todo lo que había pasado, del gran giro que había dado la vida de la joven, Athos seguía viendo en ella una condesa. Era algo que compartían, no dejaba de ser irónico. Ambos habían vivido holgadamente, con su título nobiliario, sus tierras y sus sirvientes; y a ambos la vida les había forzado a dejar todo aquello y a dedicarse a ayudar y servir al prójimo. Aunque por supuesto, los fantasmas de sus vidas pasadas no les abandonarían fácilmente.
A veces se planteaba si ella hubiera entendido su historia. Pensaba que tal vez no hubiera salido corriendo horrorizada; tal vez hubiera comprendido lo que había sentido, padecido, todo el dolor. Tal vez contárselo le hubiera ayudado, como ayuda la confesión al alma del que cree que Dios le perdona cuando le habla de sus tribulaciones al sacerdote. Si, tal vez confesarse le ayudara a pasar página, y si, tal vez ella lo hubiera entendido. Pero ¿a cambio de qué? ¿De que viera cómo era en realidad? Un asesino. O peor, un loco enamorado.
Había condenado injustamente a muerte a la mujer que amaba, y había huido de allí antes que verla colgar sin vida de un árbol. Aún más, cuando descubrió que no había muerto no pudo hacerle daño, y le perdonó la vida muchas veces a pesar de que entonces ya se había convertido en el monstruo que una vez él pensó que era. Y más aún, había estado dispuesto a marcharse con ella a otro país, empezar juntos desde donde lo dejaron, como si los años separados no hubieran existido, como si nunca la hubiera condenado; como si nunca hubieran existido Milady de Winter ni el mosquetero Athos.
No había forma humana de que Ninon entendiera aquello, pensaba él.
Los días y las semanas pasaron, más rápido de lo que se dieron cuenta. La primavera había llegado a Francia, casi dejando ya entrever atisbos del verano; y aquello significaba una cosa: se acercaba el cumpleaños del delfín.
En el palacio todo estaba preparado para la gran fiesta, comida, bebida, regalos… y todo ello costeado por el Marqués de Feron. Una forma como otra cualquiera de asegurarse el afecto de Luis XIII, quien parecía más emocionado por la celebración que su propio hijo. Pero desde luego, nadie iba a tener la fiesta en paz.
En la prisión de la capital hubo un motín entre los encarcelados el mismo día del festejo, los cuales escaparon en masa hacia la ciudad. Marcheaux y sus guardias rojos, en un despliegue de perfecta incompetencia, no lograron sofocarlo ni devolver un solo hombre a su celda, de modo que los mosqueteros tuvieron que encargarse.
Cuando la situación estuvo controlada en el lugar, la Guaria Roja se quedó para terminar de restablecer el orden, mientras Athos y sus hombres salían a la ciudad en busca de los que habían escapado del recinto. A los primeros los interceptaron y detuvieron en el mercado.
-Deben ser más los que han escapado- dijo Athos, mirando a su alrededor tras contar a los que habían cogido.- Se dirigen al campamento de los refugiados.- Aquel era el último lugar al que a Athos le apetecía ir, después de haber pasado semanas y semanas sin hablar, o si quiera haber visto, a Ninon. Pero no quedaba otro remedio, era su deber.
Las calles de Saint Antoine estaban casi desiertas, las gentes parecían estar en sus casas. Lo cual significaba que los presos fugados debían de haber entrado con ellos, y los refugiados estarían expuestos a un grave peligro. Los cuatro camaradas corrieron hasta la puerta de la primera casa que encontraron y entraron ella, con Athos a la cabeza. Allí encontraron a un pequeño grupo de personas que, en silencio, observaron su llegada.
-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? – nada más entrar, la voz de Ninon llegó a los oídos de Athos. La miró, aparentando normalidad, como si no la conociera. Ninon era inteligente, y Athos supo captar el mensaje de aquellas palabras frías y cortantes: estaban en problemas.- No tenéis nada que hacer aquí, mosqueteros, así que marchaos.- Mientras decía esto, la joven miraba en dirección a un hombre que había justo detrás de los mosqueteros; y luego hacia otro a su izquierda.
-Unos hombres huyeron hacia aquí, son fugitivos.- dijo D'Artagnan, que había entrado tras sus compañeros a la casa. Athos aprovechó su intervención para mirar hacia donde lo había hecho Ninon, identificando a los dos primeros fugados.
-Vosotros sois los únicos extraños aquí.- en esta ocasión, la joven miró hacia el hombre que tenía justo detrás, el cual (al igual que los otros) portaba un gran cuchillo con el que amenazaba a la joven sin que los mosqueteros le vieran. Athos, sabiendo qué era aquél hombre que tenía a Ninon asida por la cintura, se acercó un par de pasos a ella, la cogió por la barbilla y, tras echar una mirada rápida a sus compañeros y que estos le confirmaran que también habían captado el mensaje, le dijo:
-Será mejor que nos acompañes.- Aquello hubiera pasado perfectamente por la detención de una revoltosa si no fuera porque un segundo después, Athos separaba a la joven de su taimado captor y daba la orden de atacar a aquellos que ella misa les había señalado con la mirada.- ¡AHORA!- En cuestión de minutos, los cuatro fugitivos volvían a estar presos y los refugiados volvían a estar a salvo.
Athos salió de allí antes siquiera de cruzar más palabras con Ninon. Las pocas que se habían dicho habían bastado para ponerles a todos a salvo, y no había necesidad de intercambiar más. No dijo nada, pero no pudo evitar mirarla antes de marcharse. La miró, y vio en su rostro agradecimiento por haberles salvado, pero también cierta tristeza; o al menos eso quiso ver él. Cuando salía por la puerta volvió a sentir aquellas palabras retumbar en sus entrañas. Tal vez…
-¡Athos!- el mosquetero ya estaba bajando las escaleras para marcharse cuando de nuevo oyó su voz.- ¿Qué va a pasarles a esos hombres?- le preguntó desde el quicio de la puerta.
-Eso no es decisión mía…- le respondió, parándose sobre los peldaños y girándose para mirarla.
-Tampoco era decisión de los mosqueteros si la condesa de Larroque vivía o moría aquella mañana quemada en una hoguera. Y sin embargo intercedieron por ella, porque aquellos mosqueteros luchaban por la justicia. Feron encarceló a muchos inocentes entre los culpables en su caza de brujas. ¿A caso ya no creéis en que merezca la pena salvarles?- dicho esto, la joven esperó unos segundos y volvió adentro.
Tal vez…
