Capítulo 8 – Espejo de Agua.

Notas al final del capítulo.

Disclaimer: Hagane no Renkinjutsushi (Fullmetal Alchemist) no me pertenece. Escribo sin fines de lucro, con el mero afán de liberar tensiones y entretener a un público lector siempre confiable.


Una joven mujer corría por largos e interminables pasillos, apresurada, balanceándose en sus incómodos tacos. Paró de pronto para sacarse esos incómodos zapatos y seguir corriendo. Llevaba una noticia de riesgo nacional y debía informar de inmediato.

Varios hombres la vieron correr y se hacían a un lado. Sabían quien era esa mujer y cuando llevaba el dichoso semblante de preocupación no había quien pudiera contenerla.

Vuelta a la esquina y llegaba a su destino. Se puso los zapatos a toda prisa mientras abría las puertas de la lujosa y acogedora oficina.

- Señor… - jadeaba incansablemente.

- Calma, señorita Dana – decía el anciano desde su asiento – No debe agitarse así.

- Señor… Noticias… Tropas… Aerugo… - prosiguió, agitada. Trató de calmarse, mientras veía el semblante serio que había adoptado el Führer – Un informe reciente del puesto de avanzada del Oeste dice que las tropas de Aerugo se acercan a la frontera. Todo el ejército de esa nación está a menos de un kilómetro de la soberanía de Amestris, señor – explicó ya más calmada, mientras extendía una carpeta al General. El anciano se limitó a ver la carpeta, abriéndola suavemente.

- ¿Indicios de guerra? – preguntó.

- Ninguno. Al parecer esperan una orden… Y se ha informado de la llegada del heredero a Central por el señor Edward Elric – tomó un poco de aire – Deben esperar una señal del hijo del rey.

- Entiendo – dijo el viejo – Llame a todos los Generales disponibles, excepto al Norte y al General de Brigada Mustang. – ordenó. – Informe a comunicaciones el llamado de todos los alquimistas nacionales disponibles –

- ¿Los de Radeon igual, señor? – inquirió la mujer, mientras anotaba en una libreta todas las órdenes.

- No. Será suficiente con lo que tenemos – mencionó – Deje a las unidades de emergencia protegiendo las otras fronteras y un escuadrón limitado en Central.

- Entendido señor – la mujer se dio media vuelta, pero aún tenía una duda – Señor… ¿Informamos a los hermanos Fullmetal? – preguntó, tímida.

- Ya lo sabrán cuando hablen con el heredero… Tengo entendido que es bastante arrogante y de seguro se los dirá – dijo, mientras se acercaba a un ventanal y miraba al exterior. No dijo más y la mujer se limitó a salir y dar las respectivas órdenes.


- ¡Por fin en Central! – exclamó vigoroso un chico de tez pálida y hermosos cabellos rubios, casi blanquecinos, estirando sus brazos hacia arriba.

- Así es, señor – respondió un chico moreno, cabello oscuro y alto. – Mire, un militar nos llama – señaló el subordinado.

- ¿Cómo sabes, Gilga? – Preguntó el joven príncipe – Puede estar esperando a cualquiera.

- Lo deduzco porque usted usa la corona y el sujeto viene hacia nosotros, señor – Respondió nuevamente el chico – ¿Vamos, señor? – sugirió, algo tímido.

- No, deseo caminar. Quiero comer algo – replicó, mientras miraba en todas direcciones. – Dile que se lleve las cosas y… - sacó un pequeño pergamino del interior de sus ropas – que entregue este sobre al encargado de tropas de Amestris, el de más alto cargo que haya – dijo, mientras comenzó una caminata a la salida, enérgico.

- ¡Si señor! – Exclamó el joven acompañante – Por favor no se aleje mucho – rogó, mientras se acercaba al militar y daba las debidas instrucciones.

El joven y apuesto príncipe (1) caminaba sin rumbo por las calles de Central. El joven acompañante iba unos metros más atrás, vigilando a la distancia. Se acercó hasta una pileta que lanzaba agua de forma vertical, formando una muralla en forma de cruz. Miró atentamente su reflejo en la blanquecina agua, pero ésta no imitaba sus movimientos. Logró fijarse que extrañamente, el reflejo de su imagen iba acompañado, y vestía distinto.

De pronto, el agua dejó de brotar, dejando a la vista lo que sucedía. Quedó atónito el príncipe.

- ¡¿Quién demonios eres?! – exclamó, asustado. La persona frente a él era… ¡Idéntico! A excepción del cabello y el color de ojos.

- ¡Lo mismo quiero saber! – gritó de vuelta su "imagen", igual de asustado. Edward sólo se limitó a mirar embobado a ambos, mientras abrazaba ligeramente a su hermano.

- ¡Señor! – Gritó el joven acompañante del príncipe - ¿Qué sucede? – Preguntó, tomando ligeramente de los hombros al rubio.

- ¿Quién es ese sujeto del frente? – preguntó, señalando a Alphonse abrazado a Edward.

- Es una persona, imbécil… No un "sujeto" – respondió Edward, fiero.

- ¿A quién le dices imbécil, enano entrometido? – preguntó con desdén el joven príncipe.

Uno, dos, tres…

- ¡A QUIEN LE DICES PULGA MICROSCÓPICA! – gritó Ed, mientras se abalanzaba infructuosamente sobre el joven heredero.

Claro, infructuosa, ya que el joven e inocente acompañante y guarda espalda del príncipe sacó dos pequeñas dagas de sus puños y las lanzaba al rostro del dorado. Por suerte, Edward logró poner su brazo metálico y evitó las armas punzantes en su rostro, quedando incrustadas hasta la mitad de su auto-mail.

- Que demonios… - exclamó por lo bajo el mayor, mientras veía a su atacante. Ya no tenía ese aire de tranquilidad. Sus ojos destellaban rabia y de ser redondos y perfectos pasaron a unos rasgados y semi cerrados párpados.

- La próxima cortaré vuestro cuello – dijo – Aléjate de mi príncipe y te dejaré vivir – amenazó, fiero, mientras sacaba cuatro dagas más, poniéndolas entre sus dedos.

- Gilgamesh, retrocede – Ordenó un ya recompuesto príncipe, mientras acomodaba su fina corona en su cabeza.

- Tranquilo hermano, déjame sacarte estas cosas – dijo Alphonse, mientras se acercaba y se ponía frente al príncipe y a su acompañante, dándole la espalda.

- ¿Se encuentra bien señor? – preguntó el joven guarda espalda a su acompañante, volviendo a ese serio semblante

- Alphonse, estoy bien, sólo son rasguños en el brazo – decía Edward, mientras apartaba un poco a su preocupado hermano.

- Espera… ¿Dijiste Alphonse? – Preguntó el príncipe, mientras se acercaba a los hermanos - ¿Alphonse Elric? – señaló al castaño, dudoso.

- Espera… - dijo el oji-plata – ¿Alphonse Heydrich? – mirando de arriba abajo al príncipe.

- El mismo que viste y calza – dijo, mientras se acercaba, galanteando su estatura y tomando la mano de Al – Un gusto conocerte – dijo, mientras besaba la mano de Al, suavemente.

De nuevo. Cuenta regresiva.

Nada. No hubo explosión. Sólo un rápido movimiento.

- Deja a mi hermano – rugió el rubio, mientras quitaba la mano de Al de entre las de Heydrich. – No te hagas el galán, ni menos frente mío. – miró desafiante al rubio extranjero, quien no hacía más que mirar con aire tranquilo al dorado.

- Gilgamesh… - murmuró el príncipe – Mátalo – dijo sin más, tomando al castaño por el brazo.

- ¡Espera Alphonse! – Gritó el Elric menor, mientras se soltaba del agarre – Aquí no se puede andar matando cuando quieres – dijo, posicionándose entre el rubio y el guarda espalda - ¿Por qué mejor no conversamos y volvemos a empezar? – sonrió inocente, algo nervioso pero con la mirada inocente de siempre.

- Señor… - dijo el castaño oscuro - ¿Procedo? – pidió permiso a su superior, mientras volvía a poner sus dagas en los dedos.

- No… - respondió el oji-azul – Vamos a almorzar, yo invito – sonrió, mientras se giraba para volver a ver a los hermanos – Lamento mi actitud – dijo. – Ustedes conocen más esta ciudad, así que vamos a donde quieran almorzar –

- Íbamos a eso – dijo Alphonse – Vamos, conozco un buen lugar – sonrió, satisfecho y tranquilo.

Edward sólo se limitaba a dejar a su hermano seguir con sus planes. Tendría que evitar todo tipo de combate con el guarda espalda y tratar de destensar la situación. Por otro lado, Heydrich parecía verdaderamente interesado en su contraparte.


- Señor – interrumpió nuevamente la mujer, secretaria del Führer, ahora con un pergamino en sus manos – Ha llegado este pergamino con el sello imperial de Aerugo… El príncipe ya arribó en Central – informó, aunque era algo obvio y esperado por el anciano.

- Déjeme ver… - extendió su mano para recibir el pergamino y leerlo. Terminó de hacerlo cuando una soberana exclamación se hacía escuchar por todo Central… Era la voz de Edward. Quizás se enteraba de lo mismo…


- ¡¿QUÉ?! – gritó a todo pulmón el rubio… De seguro se escuchó hasta en Rizembul, pensó.

- Lo que escuchaste – dijo el príncipe, mientras comía arroz – Las tropas de Aerugo están en el límite fronterizo de Amestris, esperando mi reporte cada dos semanas hasta cumplir mi objetivo – explicó nuevamente, ante la mirada atónita de Alphonse y Edward.

- ¿No exageran un poco? – dijo Al, mientras trataba de ordenar un poco sus pensamientos – O sea… Estás bien y llegaste a salvo… Nada podría pasarte – sonrió nervioso.

- No creas, en el último tren que veníamos tuvimos que matar a tres sujetos que quisieron eliminarme – Dijo, mientras miraba a Gilgamesh - ¿Cierto Gilga? – preguntó, para que no hubiese duda alguna sobre eso.

- Señor, fueron cuatro – explicó el subordinado, detrás de la mesa donde estaba, sin probar bocado de su plato.

- Cierto… Olvidaba al ladrón ese que intentó llevarse mi corona – suspiró – En fin… ¿Cuándo nos vamos de aquí, Alphonse? – Preguntó, ante la mirada incrédula de Edward.

- Perdone su majestad, pero tenemos un problema… - dijo Al, mientras miraba de reojo a su hermano… Entraba en nervios y no sería bueno – He tenido que hablar con su padre por ese detalle –

- ¿Cuál detalle? – inquirió. Trató de observar en los ojos del castaño algún indicio, pero observó algo que lo dejó perplejo – Estás… ¿comprometido? – Alzó la mano para señalar el anillo en la mano del menor, quien se sonrojó levemente.

- Sí su majestad – interfirió Edward, molesto, sin apetito después de haber comido sólo un tercio de su comida – Conmigo – finalizó, mientras alzaba su mano y mostraba el otro anillo de compromiso, el acompañante del de Alphonse.

- Entonces tendré que dar paso a que abran fuego – suspiró resignado el príncipe, mientras se paraba y dejaba dos grandes monedas de oro en la mesa – Nos vamos, Gilgamesh – dijo.

- ¡Espere! – dijo Al, mientras se paraba de su asiento rápidamente. Se acercó al joven príncipe, deteniéndole el paso - ¿Puedo conversar con usted, en privado? – dijo, mirando a su hermano y al guarda espalda, tratando de inspirar confianza.

El príncipe miró desconfiado el acto del castaño, pero algo le dijo que aceptara. Asintió levemente, saliendo del recinto, dejando a Edward y a Gilgamesh ahí, sentados.

El rubio sólo suspiró. Se paró y se sentó en la mesa donde estaba su "enemigo". Extendió su mano derecha, sorprendiendo al castaño oscuro.

- No quisiera tener un enemigo, me basta con los que tengo – Edward mantuvo su mano, esperando algún gesto del otro – No tiene nada, sólo quiero hacer las paces – sonrió.

Gilgamesh no sabía como reaccionar. Su conciente le decía que no aceptara, pero una vocecilla inquiría en que fuera cortés. Siguió el segundo consejo y estrechó la mano del rubio, con desconfianza pero lo hizo.

- Así está mejor – Ed miró el plato intacto del guarda espalda – Será mejor que comas, está buenísima la comida –

- No acostumbro a comer esto, sólo pan y agua con algunas vitaminas en cápsulas – respondió, apenado. – Además con suerte podré pagar esto – suspiró, mientras seguía viendo el plato – Mi señor pagó la comida de ustedes, yo no debería estar aquí –

- Vamos, yo pago – dijo Ed, mirando apenado al joven… Era tan inocente como Al, pero fiero a la hora de combatir. Sacó dinero de la billetera (De Al) y lo dejó sobre la mesa. – Pide lo que quieras, con eso alcanza… Tengo que hacer algo mientras tanto – dijo, al tiempo que se paraba y dejaba al muchacho comiendo, feliz y consternado.

Edward se dirigió a la plaza central, el punto centro de la ciudad y necesitaría de mucho espacio para lo que iba a hacer. Caminó un poco antes de llegar a su destino, el parque central.

- Espero que Al no se enfade… - musitó al aire. No había gente en los alrededores.

Inspiró fuertemente, sintiendo sus pulmones llenos de oxígeno. Golpeó sus manos y las dirigió al suelo.

El parque, Central, todo Amestris, el continente completo temblaba. Era una especie de terremoto de magnitud colosal que azotaba a todo el país y mucho más, especialmente a la frontera del Sur, con Aerugo. La gente comenzó a salir de sus hogares, pero Edward seguía inmóvil en su posición.

Seguía temblando, y al parecer no se detendría.

Algunos alquimistas pudieron darse cuenta de que se trataba. Se sentía mucha energía alquímica transmutada en el suelo, como canales y ríos bajo la tierra. Fuera quien fuera el que producía el temblor, tenía demasiada energía para concentrarla en el Sur.

- ¡Van! – Exclamó cierto púrpura a su hermano - ¡Es la energía del maestro Edward! – gritó a su hermano, mientras palmaba la tierra con sus manos, sintiendo la tremenda cantidad de energía que sacudía el suelo.

En otro lado de Radeon, tanto los Tringham como Mustang y Armstrong sentían lo mismo. Involuntariamente, todos decidieron prestarle un poco de energía a Ed, quien parecía cansado… Empezaba a decrecer la magnitud, pero no llegaba a su fin.

- ¡Está loco! – Exclamó Alphonse, mientras corría hacia el parque, acompañado de Heydrich - ¡Está transmutando la tierra a demasiada distancia y no podrá sólo! – explicó, mientras seguía corriendo.

Y lo encontró, Edward sudaba y jadeaba incansablemente, aún con las manos en el suelo.

- ¡Hermano! – Llamó el castaño - ¡Vamos, golpea mi mano! – extendió su mano… Necesitaría seguir con la transmutación que hacía el dorado y él tenía mucha más energía para eso.

Edward levantó su mano metálica mientras Al la palmaba con su izquierda, enviando sus manos ahora a la tierra. Otro gran flujo sacudía Amestris de Norte a Sur, de Este a Oeste, inexplicable para muchos ahí, especialmente para el príncipe que miraba atónito como el terremoto hacía crujir algunas fachadas de casas, derrumbaba algunas techumbres, pero nadie se encontraba en peligro.

- ¡Es la energía de Alphonse! – exclamó Van, quien también daba parte de su energía desde Radeon, como muchos otros.

- Alphonse es increíble… - murmuraba Fletcher, que desde un árbol junto con su hermano transmitían energía al gran flujo.

- Ya casi… Al – susurró entrecortado el rubio al castaño. No le quedaban fuerzas, pero había completado su misión. Miró a su hermano para darle la seña de detener todo.

Y el terremoto decrecía en intensidad, ligeros temblores se sentían a lo largo de Amestris, pero ya no se sentía esa gigantesca y dantesca energía por el suelo. Edward con suerte podía mantenerse despierto, pero alcanzó a ser sujetado.

- ¡Gilgamesh! – exclamó el príncipe, mientras veía que tomaba a Edward en brazos, ante la perpleja mirada de los otros dos presentes.

- Gracias… - musitó, inaudible, mientras se desvanecía por el cansancio.

- Por nada – respondió el castaño oscuro, mientras entregaba el cuerpo inconsciente al oji-plata, que estaba sentado y jadeando en el suelo – Cuídalo – dijo, refiriéndose al dorado. Lo dejó y se acercó a su príncipe, que lo miraba furioso – Lo siento mi señor, acepto mi castigo – se inclinó, mientras agachaba la cabeza, esperando su sanción.

Y nada sucedió. Al parecer, Heydrich tomó eso mejor de lo que esperaba.


- Señor – Y ahí estaba de nuevo la mujer, colgando el teléfono, dirigiéndose al Führer. – El terremoto causó una gran brecha en la frontera sur de Amestris, es como un gran abismo de un kilómetro de extensión. – Dijo.

El anciano suspiró.

- Fue obra de los Fullmetal – explicó – Nadie más podría hacer eso, pero fue ayudado por muchos alquimistas – el anciano separaba su mano de la muralla, donde también había involucrado su energía en eso – Esos niños… Son increíbles. – murmuró.


- ¡Señor! ¡Su medicina! – exclamó Gilgamesh, mientras recogía a Heydrich del suelo. El rubio negaba con la cabeza, mientras su tos no cesaba.

- Dale esto – Al lanzó su frasco de pastillas al joven. Éste sólo miró el frasco, no tenía tiempo de preguntar, así que le dio algunas pastillas al príncipe.

Y cesó. Al parecer, padecían de una enfermedad similar.

Un suave movimiento distrajo su atención. Edward estaba despertando, pero se veía cansado aún. Él, al contrario, estaba sano y fuerte. No gastó tanta energía, pero Edward lucía cada vez más débil cuando utilizaba demasiada voluntad. Lo extraño es que siempre se recupera rápido, aunque al costo de ser demasiado cariñoso.

- ¿Estás bien, hermano? – preguntó, mientras le acomodaba suavemente unos cabellos de la frente en el costado del rostro. Le preocupaba que hiciera algo así y más sin su ayuda.

- Gracias a ti, si – respondió, plantando un inocente beso en los labios del menor - ¿Y tú? ¿Estás bien? – preguntó de vuelta, clavando los ojos en esos orbes de plata que tanto le gustaban.

- Claro – susurró – Pero Heydrich anda mal… Tomó de mi medicina recién – dijo, mientras giraba su mirada hacia el susodicho – Y sí, estoy celoso – respondió, ante la inquisitiva mirada dorada en su cabeza.

- Sólo trató de ayudarme Aru, sabes que no haría nada para lastimarte –

- Lo sé, pero… -

- Lamento interrumpirlos – Interfirió Gilgamesh, con Heydrich en brazos, moribundo – Necesito un lugar para que el príncipe descanse, es urgente – inquirió, preocupado.

- Ed… Vamos a casa – afirmó el castaño – Será mejor para todos –

- Pero… Estás débil Al, no puedo dejar que lo hagas – negó el dorado, turbado y con cierto miedo a que el estado de salud del menor empeorara.

- Estoy bien, sólo ayúdame y estaré bien – sonrió, cerrando los ojos. Su sonrisa siempre convencía a Ed, y esta no fue la excepción. Edward sólo asintió. – Gilgamesh… Tómame del hombro, será un viaje algo confuso – explicó, mientras palmaba suavemente las manos de Ed con las suyas. El joven acompañante del príncipe obedeció, tomando fuertemente el hombro derecho del castaño.

Descomposición y recomposición espacio temporal. A ninguno, definitivamente, le agradó el viaje, pero llegaron sanos y salvos a la casa de los Elric, en Radeon. Su aparición fue en el salón de estudios de los hermanos, junto a la chimenea… El problema es que en el sofá estaba Winry, leyendo un libro de mecánica, mientras fueron apareciendo lentamente frente a ella cuatro personas de aspecto bastante familiar.

- ¡Ed! ¡Al! ¡Y otro Al! – exclamó, cuando vio que aparecían por completo sobre la alfombra. Estaba aterrorizada y sus gritos sólo hicieron que la abuela Pinako se preocupara aún más.

- Estamos en casa – murmuró Ed.

'Zas'. Una llave inglesa le hizo saber que Winry comprobaba si eran reales o no, lo cual lo dejó viendo hermosos angelitos semi-desnudos con forma de Al

La tarde acaecía sobre Radeon. Edward ya había informado a Mustang su llegada, mandó a pedir las pertenencias del príncipe Heydrich desde Central, llamó a sus alumnos y como buen viernes que era, el lunes irían a clases con Al para re-abrir la escuela y arreglarla. Se dedicó un rato en explicarle al General que había sucedido, y la situación con Aerugo, el posible no llamado desde Central para su participación. Cuando parecía que ya había terminado sus trámites telefónicos, volvió a sonar la campanita de llamado del aparato; Führer.

- Ya estoy al tanto de todo, Edward – interrumpió el anciano cuando el dorado iba a comenzar-otra vez- la explicación de la sacudida. – Sólo llamo para decirle que cuide del heredero de Aerugo y cumpla bien sus expectativas. Es todo, adiós – y colgó.

- Que sujeto más extraño – murmuró, mientras dejaba el teléfono en su posición original.

'Ring, ring'. Otra vez el aclamado el teléfono.

- ¿Diga? Residencia Elric – dijo, ya cansado y aburrido.

- ¿Mi hijo está bien, señor Edward? – El rey de Aerugo llamaba directamente a su casa y estaba desconcertado.

- Esto… Si, sólo tuvo un pequeño ataque de su enfermedad, pero ya está mejor, señor – respondió, apretando con fuerza y desesperación el cable del auricular.

- Me alegro. Y bien echo, retrasaron las tropas al menos dos meses. Espero el informe cada dos semanas de mi hijo, recuerde. Hasta pronto – y colgó.

Al menos las llamadas eran bastante más cortas. Volvió a dejar el teléfono como estaba. Caminó un paso con dirección a su habitación, pero se detuvo en seco. Volvió la cabeza a mirar el teléfono con odio.

- Si suenas de nuevo, te rompo – amenazó, con cara de pocos amigos.

Y no volvió a sonar por el resto del día. Además, ya era de noche y nadie llamada tan tarde.

Caminó con dirección a su habitación, pero se giró al ver a Gilgamesh afirmado a la muralla, al lado de la puerta donde estaba descansando Heydrich. No pudo evitar verlo con pena.

- ¿Qué sucede, Gilgamesh? – indagó, mientras se acercaba y se arrodillaba frente al castaño oscuro, que parecía un verdadero azabache cuando no había luz.

- Nada, sólo velo por la seguridad de mi príncipe – respondió, levantando un poco la cabeza.

- Pero deberías estar con él adentro – refutó, mientras escudriñaba en el rostro del extranjero.

- No se me permite. Soy la persona en que más confía mi señor, pero no tengo ese permiso… El rey no lo ha permitido en más de cinco años, desde que éramos niños que es así – miró los ojos dorados que le examinaba… Algo le atraían, pero debía ocultar sus sentimientos.

- Entiendo… Entonces ven a nuestra habitación, te enseñaré donde dormirás – sonrió el dorado, mientras se paraba y extendía su mano para ayudar a pararse al joven.

Aceptó el gesto, aún a sabiendas de lo que debía hacer. No podía estar alojado en el mismo lugar que el príncipe. Sus leyes y código de defensa se lo prohibían.

- Este es nuestro cuarto, con Al – explicó Ed, mientras abría la puerta.

Era una pieza común, pintada de un suave color azul claro, a petición del menor Elric.

- Y esta, será vuestra cama – dijo Ed, mientras se acercaba a la cama que yacía contigua a la enorme que usaban con su hermano – Por ahora la cama gigante la usan Winry y Pinako… Así que será mejor uses tapones en los oídos… Winry habla dormida y no es agradable escucharla – soltó una carcajada – Lamentablemente, no tenemos más piezas, así que Al y yo dormiremos en el salón donde aparecimos. El sofá es bastante cómodo si nos acomodamos bien – sonrió, con una pequeña gota en su nuca.

- Señor Elric… Agradezco vuestro gesto, pero lamento rechazarlo… Nuestras leyes me impiden dormir en la misma residencia que el príncipe… Dormiré afuera, es normal en la guardia personal hacerlo – explicó el guarda espalda – No es mi deseo contrariar nuestro código ni desobedecer órdenes del rey –

- Pero nada… Ni se te ocurra dormir afuera… Pescarás un soberano resfriado si estás afuera – explicó Al, entrando a la pieza, quien escuchaba la explicación del muchacho, suponiendo la situación. – Enfermo no podrás siquiera cuidar a tu príncipe, así que no se te ocurra intentarlo. – amenazó, con los párpados cerrados, recargándose en la muralla, de brazos cruzados.

- Pero… Al menos déjenme usar a mí el sofá… Así no estaré en el piso donde descansa mi señor y sentiré menos culpa – inquirió el muchacho, ahora siendo amenazado por dos Elric que se preocupaban por su salud.

Y así discutieron otros diez minutos, para darle la razón al guardia de Heydrich; dormiría en el sofá.

- Lo olvidaba, la cena está lista – Una linda sonrisa se formó en los labios de Al, mientras salía de la pieza, acompañado de los otros dos.

- Sin tu príncipe, supongo podrás comer tranquilo – Ed comenzaba a comer el plato preparado por Al. El mencionado sólo asintió, deleitándose el paladar con la comida preparada por el castaño.

- Muchas gracias por la comida – murmuró Gilgamesh, mientras una fina lágrima de alegría amenazaba con salir y deslizarse por su rostro. Nunca había sido tratado con tanta confianza, a excepción de la vez en que su príncipe le protegió de la ira del Rey por un desacato cometido involuntariamente por lo mismo.

La cena transcurría alegre, con algunos chistes y anécdotas de los viajes de los Elric. Nadie se dio cuenta de la presencia de Heydrich, quien acababa de bajar por las escaleras, guiado por los ruidos de las voces.

- Buenas noches – saludó, adentrándose en la cocina, dejando frío al pobre de Gilgamesh. Estaba todo desaliñado, su corona ya no estaba y su pelo parecía que batalló con un tornado.

- ¡Señor! – Exclamó el guardia, mientras se paraba de su asiento y hacía una reverencia – Me retiro – dijo, mientras se dirigía a la salida de la cocina.

- Quédate Gilga, estás comiendo… Ya no estás en Aerugo, así que puedes ser normal – explicó, mientras obstruía la salida, evitando que escapara el mencionado. – Mi padre no sabrá de esto. Puedes estar tranquilo. Toma asiento nada más.

- Muchas… Gracias, señor – volvió a hacer un reverencia, mientras tomaba asiento en completo silencio en donde estaba anteriormente sentado, pero no tocaba su plato. Sus manos estaban escondidas entre sus piernas, entrelazadas, nerviosas.

- Heydrich – interrumpió Alphonse - ¿Deseas cenar? – preguntó, mientras se levantaba de su asiento para servir otro plato.

- Desearía un baño caliente… ¿Puede ser? – cuestionó, antes que el oji-plata siguiera en lo suyo.

- Claro. Usa nuestro baño, es más cómodo – explicó, mientras tomaba del brazo a Heydrich y lo llevaba a la pieza, para enseñarle las cosas.

Y salieron, quedando Edward y Gilgamesh en la cocina.

- Come, se enfriará y no es bueno… - Edward seguía con su cena, a la vez en que se servía un vaso con agua – Se demorarán… Al debe prestarle un poco de ropa, ya que sus cosas están en Central hasta mañana por la mañana – explicó.

- Lamento todos los inconvenientes – se disculpó el otro – Juro los compensaré como pueda, señor Edward – se excusó, mientras retomaba los utensilios para seguir comiendo.

- Soy de los que cobra la palabra, Gilga – rió, algo vacío, pero sin maldad – Después de Heydrich, es tu turno. Winry y la abuela aún no vuelven, así que podrás usar el otro baño, es más pequeño pero cumple con su propósito… Y yo te presto ropa, debe quedarte –

- Gra-gracias – susurró, apenado y sonrojado. Para él, el señor Edward era demasiado amable y, tal vez, muy cariñoso. Se preocupaba por él y le transmitía confianza… Le daba calor y afecto humano.

Alphonse bajaba desde el segundo piso, de seguro ya había dejado al príncipe con todo lo necesario. Se adentró en la cocina y se sentaba nuevamente, acompañando a los dos que terminaban su cena ya.

Edward cumplió con su palabra, llevándose al extranjero. Le explicó vagamente a Al, pero entendió a la perfección. Su hermano era demasiado comprensivo.

Heydrich ya bajaba vestido normal, con algunas ropas de Al. Llevaba unos pantalones de tela negros, una camisa blanca, sin abotonar hasta arriba y una chamarra verde esmeralda que hacía juego con sus ojos azules. Se veía mucho mejor así que con su elegante traje rojo de príncipe. Se acercó a la cocina donde estaba Alphonse, aceptando ahora la oferta de comida.

- Quien se case contigo, tiene a un excelente cocinero asegurado – afirmó Heydrich, mientras Al se sonrojaba ante el comentario – Y bueno, retomando nuestra conversación… No puedo obligarte, ni menos destruir tu relación, pero no puedo volver con 'las manos vacías' como dice mi padre…-

- Lo se –Interrumpió el castaño – Pero te aseguro que podrás encontrar a alguien aquí en Amestris… Me da gusto al menos saber que eres comprensivo – sonrió, ligeramente.

- Reconozco ser muy altanero, pero me han criado así desde que tengo memoria, Al – se excusó el rubio, mientras bebía un sorbo de su vaso con agua - ¿Quieres mucho a tu hermano? – preguntó, algo dudoso. Entraba en terreno desconocido y peligroso.

- Muchísimo… Le debo demasiado a Ed… - explicó. Un suave roce en su pierna atrajo su atención… Edo, el gato, pedía un poco de cariño. Lo tomó en brazos y lo dejó sobre su regazo, acariciando el blanco lomo del animal – Y después de un largo año, me di cuenta de que lo quería más que como hermano… Aunque al principio estaba reacio a la idea – Hizo una pausa, meditando sus palabras – Una relación de índole incestual no es bien vista en la sociedad, pero nuestra fama nos jugó por fin una buena pasada – rió.

- Además de estar año y medio escondiéndolo… - Irrumpió Ed en la cocina, asustando a ambos Alphonse – Pero nos dimos cuenta que no sacábamos nada… Era demasiado obvio – finalizó, tomando un vaso para sacar agua del grifo.

- Ya veo… - analizó Heydrich, terminando su plato – Estaba deliciosa la comida, Al – afirmó, esbozando una ligera sonrisa. – Disculpando mi pregunta… ¿Mis cosas cuando llegan? –

- Mañana por la mañana, las mandé a pedir hace algunas horas – explicó Ed, mirando hacia la ventana. – Vienen Winry y la abuela… Será mejor recibirlas – Y salió por la puerta lateral, mientras ayudaba con algunas bolsas a las mujeres que estaban atravesando el patio delantero.

Las mujeres saludaban cortésmente al príncipe, mientras le explicaban que se hospedaría algún tiempo en casa de los hermanos por asuntos diplomáticos. Gilgamesh hacía su aparición en el vestíbulo, vestido de un pantalón de cuero negro, una camiseta sin mangas de color rojo, bastante ceñida, que realzaba su abdomen y pectorales. Llevaba el pelo húmedo y su chamarra café colgando en su brazo izquierdo. El joven era bastante apuesto y atlético, pero con su ropa anterior no se podía apreciar en esplendor esos detalles.

La noche transcurrió tranquila. Gilgamesh se daba incontables vueltas en el cómodo y esponjoso sofá, soñando en las nubes. Ed y Al dormían abrazados, mientras Winry metía más ruido de aserradero en plena faena. La abuela simplemente dormía. Heydrich era el único despierto, el sueño no lograba entrar en él por culpa de su estúpida "siesta" por la tarde, a causa de su enfermedad. Decidió cerrar los ojos y empezar a contar ovejas.

El fin de semana transcurrió tranquilo, salvo algunos incidentes menores: Gilgamesh atorado en un árbol, Heydrich rogando por sus cosas extraviadas en el camino, culpa de militares ineficientes, Winry azotando a Ed con un juego de llaves inglesas, luego de la cuantiosa reparación a su automail, Al alimentando a Edo y similares sin importancia.

Llegó el tan famoso lunes, cuando tendrían que volver a la rutina de la escuela. Heydrich y Gilgamesh acompañaron a los Elric para conocer un poco la ciudad, además de esperar las cosas de los extranjeros que llegarían a manos de Mustang para ser revisadas, cosa que el príncipe estalló en ira cuando le contaron. Iban a ver Mustang a la barbacoa si llegaba a tocar ese equipaje.

Iban en el coche de Edward. El único incómodo ahí era Gilgamesh, por sentirse tan "familiarizado", pero no tenía de otra; Heydrich le obligó a ser normal, sin dejar de lado su tarea de guarda espalda.

Edward estacionó frente a la escuela. La reja estaba cerrada y algunos alumnos esperaban poder entrar. Estaban ansiosos por retomar sus clases de alquimia y ver en acción de nuevo a sus profesores.

- Le dije a Mustang que abriera la escuela… - murmuró con desdén Edward, mientras bajaba del coche, seguido de los acompañantes. Varios estudiantes se sorprendieron al ver al príncipe, tan parecido a su maestro Alphonse. Pero más les impactó el joven acompañante de cabellos castaños oscuros de cuerpo tan deseable. Hombres y mujeres del alumnado quedaron viéndole embobados, mientras éste sólo atinaba a ponerse su chamarra, colorado hasta decir '¡Basta!'.

- Tendremos que romper el candado para que entren, hermano – decía Al, mientras se acercaba a la reja, tomando la cadena amarrada al gran portal negro que protegía el establecimiento.

- Yo me encargo – dijo Gilgamesh, sonriendo. Sacó una daga de su bolsillo, lanzándola con fuerza hacia el candado. Partió en dos el trozo de metal que estrechaba la cadena, haciendo salir algunas chispas. La daga quedó incrustada en el suelo, tras la reja.

- Gracias Gilgamesh – dijo Heydrich, mientras posaba una mano en el hombre de su guardia – Pero creo el militar que se acerca tenía la llave – señaló hacia la derecha, mirando a un oficial se acercaba a la reja desde dentro del establecimiento. Gilgamesh sólo hizo una reverencia en señal de disculpa, apenado por su accionar.

- Tranquilo Gilga, mejor así, no es bueno que cierren la escuela – explicó Al, mientras abría la reja, dando paso a los estudiantes para que entraran corriendo hacia su segundo hogar. Algunos se despidieron del guarda espalda estrechándole la mano, dándole las gracias, otros solamente le gritaban 'Gracias, guapetón', haciendo más evidente el sonrojo del joven extranjero.

Y las clases iniciaron. El problema es que los profesores no habían ido a hacer sus clases ya que no les alcanzaron a informar sobre la vuelta a clases normales.

- Quizás podamos hacer un día recreativo, hermano – planteó Al, en la oficina privada que tenían.

- Deben seguir con sus estudios normales Al – refutó Ed, mientras revisaba algunas carpetas sobre su escritorio – Por suerte hay pocos, así que podremos hacer clases en el patio. Ahora que lo arreglamos, será lo mejor. – Explicó.

- Pero no todos estudian alquimia, Ed – rechistó el castaño, sentado en la silla frente a Ed.

- Yo puedo enseñarles algo de física de mi país – interrumpió Heydrich, desde el sillón de la oficina – Gilgamesh puede enseñarles matemáticas, es buenísimo en eso.

Edward quedó mirando a sus invitados, extrañado. ¿Física?... No tenía idea que era eso.

- Yo escojo historia, soy bueno en eso – dijo Al, mientras se ponía de pie – Vamos a la sala de profesores, quizás consigamos algunos libros para enseñarles. – explicó, acompañado de Heydrich y el guardia.

Edward quedó sólo, revisando algunos papeles. Ni Mustang se había presentado ese día en la escuela… Algo raro sucedía.


Había llegado la hora de almuerzo y Alphonse tuvo que encargarse de preparar la comida para unas 50 personas. Tenía de ayudantes a dos cocineras, ya que el resto no se presentó por las mismas razones que los profesores.

El comedor estaba prácticamente vacío con tan pocas personas, así que sólo usaban cuatro mesones. Hubo algunas disputas por quien se sentaba cerca de sus nuevos maestros que tuvieron un grado de aceptación idóneo… Sus clases fueron muy prácticas y entretenidas, bastante dinámicas y didácticas. Al final, puros chicos se sentaron con Gilgamesh, y varias chicas con Heydrich. Se escuchaban risas, mientras Edward hacía de director suplente, velando por los chicos.

- ¡Está listo! ¡Venid a buscar la comida! – exclamó Alphonse, desde la cocina. Todos los sentados en el mesón fueron a hacer la fila, sacando una bandeja para recoger su alimento diario. El almuerzo era arroz con salsa de carne, un trozo de carne acompañado por ensaladas. De postre, podrían elegir alguna fruta… Total, sobraban raciones.

Luego de servido el almuerzo, risas y un avergonzado Gilgamesh por los comentarios que escuchaba de su físico, tuvieron un pequeño receso donde se los profesores se pondrían de acuerdo para saber que hacer durante la tarde.

Gilgamesh haría una clase de defensa personal, los Alphonse dirigirían la hora de estudio de alquimia y Edward haría la clase práctica. Sólo había un pequeño detalle…

- ¡Hermanos de Acero! – un grito que se escuchó resonar por todo el colegio llamaba a los hermanos Elric. Conocían la voz… Era Roy Mustang y su escuadrón llegando a paso ligero.

- Mustang viene enojado… - comentó el dorado, mientras Alphonse sudaba frío. Algo malo había pasado y al parecer era su culpa. Gilgamesh y Heydrich sólo se miraron extrañados ante el comportamiento de los Elric, que parecían dudosos.

- ¿Qué demonios significa un camión militar de pertenencias a nombre de Alphonse? – Mustang exigía una respuesta y su tono no era de muchos amigos. Llegó al patio, acompañado de Riza y Havoc, quienes estaban tras él.

- Son mis cosas, oficial – explicó Heydrich, haciéndole frente al azabache. Gilgamesh de inmediato se puso de pie, a escasos dos metros de distancia del príncipe.

- ¿Y usted sería?... – interrogó, alzando un ceño, mirando con desconfianza al sujeto casi gemelo de Alphonse Elric - General de Brigada Roy Mustang, no 'oficial' – corrigió, mordazmente.

- General de Brigada Mustang… - comenzó Heydrich – Príncipe y heredero único al trono de Aerugo, Alphonse Heydrich – sentenció, alzando levemente su cuello, orgulloso. Observó la mueca de disgusto que se borró casi automáticamente del rostro del oji-negro, la mirada implacable de la rubia y la quijada al suelo de Havoc. Giró su cabeza para mirar a Ed y Al, mientras le guiñaba un ojo para que le siguieran el juego que iba a comenzar. – Por su bien espero no haya revisado mis pertenencias, señor – recalcó su última palabra, para hacer énfasis de su posición ahora; la notoria ausencia de éstos en la escuela hacía suponer que ya lo habían hecho.

- Me debo disculpar, su majestad – se excusó el azabache, acomodando un poco su traje – Sólo me ceñí al protocolo de misiones de alto riesgo –

Heydrich sonrió complacido. Estaba en lo correcto.

Edward sonreía con mirada cómplice. Era una oportunidad única de humillar a Mustang en su propio juego.

- Pero General – empezó el dorado – Las pertenencias venían con orden de un oficial de alto rango, por lo que queda nula su autorización -. Vio como Mustang se escondía ligeramente en el cuello de su traje… Necesitaba un poco de ayuda si no quería verse como inútil.

- El acta especial permite revisar pertenencias rotuladas a nombre de un oficial de rango inferior, en este caso de Alphonse. El único problema fue el apellido no escrito, por lo cual se cometió el error – interfirió Riza, zanjando el asunto – Sólo fueron confiscadas unas armas menores – explicó.

- ¡Mis espadas! – Exclamó preocupado Gilgamesh – Son de exclusivo uso protectivo para el príncipe. Asumo la responsabilidad de éstas – inquirió el castaño oscuro, preocupado.

- No se preocupe, serán devueltas una vez terminen de clasificarlas – Mustang parecía más calmado. Podría seguir en lo suyo si movía bien sus fichas.

- Ya basta de tanta conversación, tenemos alumnos esperando su clase – interfirió Heydrich, mientras retornaba hacia el patio, donde estaban todos.

Y el asunto quedó hasta ahí. Edward ordenó a Mustang y compañía retirarse hasta mañana, debiendo sólo avisar a los alumnos y profesores de la apertura del colegio. Por el grado de aceptación que tuvo el alumnado presente, Gilgamesh y Heydrich seguirían ayudando con las clases, para no desanimar a los extranjeros y estuvieran vigilados a la vez.

Gilgamesh se lució en su clase, no tuvo percances y los chicos la pasaron genial con él. Nuevamente, no pudieron ganarle al profesor. Los casi gemelos (Denominados así por sus alumnos) tuvieron lecciones de ciencias, un poco de alquimia avanzada, pero suave. Edward les dio una soberana paliza en el entrenamiento, por no haber practicado en casa.

- Profesor… - Uno de los tantos alumnos tendidos en el suelo llamaba a Edward - ¿Por qué su energía se sintió en el suelo el día que tembló? – interrogó. El resto de los alumnos hicieron similares preguntas, ya que todos sintieron lo mismo, gracias a las lecciones de Alphonse sobre reconocimiento de transmutaciones.

- Esto… - pensaba nervioso una respuesta – Fue parte de una misión que me encomendaron, niños – respondió, vagamente. No le creyeron, pero era lo único que no podían refutarle.

Y hasta ahí quedó la consulta. Lo más probable sería fuertemente interrogado al otro día por los otros alquimistas nacionales y por sus alumnos, que de seguro sintieron los mismo que sus compañeros. Puso cara larga ante sus pensamientos, inexpresivo. (2)

Despacharon a todos, dando la orden de correr la voz para que todos volvieran al día siguiente. Edward, Alphonse, Heydrich y Gilgamesh volvieron a casa, dejando a Mustang encargado del resto. El papeleo era su fuerte. Al menos, con una pistola en el cráneo era bastante eficiente.


(1): No es de mi agrado poner adjetivos así. Fui obligado, lo admito.

(2): La misma cara de Edward durante casi el transcurso completo del capítulo 82 del manga


Notas: Sí, lo se. Les ha cambiado un poco la personalidad a ciertos personajes adrede, para hacer la historia más interesante. Aún faltan muchos detalles por corregir. Agradezco infinitamente a Jim Mizuhara por el beteo de este capítulo (Y espero me ayude con los próximos. Excelentes aportes). Gilgamesh, el personaje OC que puse, es una vaga representación hasta el momento del verdadero ser que haré, además de tener rasgos físicos muy… Notorios.

Agradecería vuestra opinión. He desactivado el filtro de reviews, así que los anónimos podrán dejar su huella.

Hasta el próximo capítulo.