Missing, y esta vez no es culpa nuestra


Anthony había sobrevivido, aunque no se sabía muy bien cómo pues la bala había salido fragmentada y el muchacho había perdido mucha sangre, pero era un tipo fuerte, tal vez fue eso lo que le salvó de morir.

Le habían dejado reposar en la habitación mientras ellos trataban de averiguar qué hacer. Era la primera vez que les ocurría algo parecido, ¡nunca les había desparecido nadie! La verdad es que aquella calle solía estar llena de Missings, pero para una vez que no era culpa de ellos, era su hija.

Sus corazones se estrujaban en lágrimas y sus cerebros en soluciones, cada uno viendo al otro en la esquina. Le destrozaba verla así, tan frágil y perdida. Seguro que ahora le odiaba, y él lo entendía. Él se odiaba.

Trató de hacer un movimiento torpe;

—Lo siento.

Esperando que ella le insultara;

—No es culpa tuya, yo accedí a salir.

—Sabes que eso no es cierto, yo te obligué a venir.

—Yo me escapé con ella.

—Por mi culpa.

—Porque me negaba a aceptar lo que me decías.

—Porque te lo dije.

—Porque fui a Fleet Street en primer lugar —estaba empeñada en cargar con la culpa, pero sólo se estaban haciendo más daño.

—... si no hubieras venido... me habría suicidado.

—... entonces también sería culpable de eso —se tapó la cara con las manos, empezando a llorar de verdad—. ¿Por qué nunca me salen bien las cosas? Debiste haber dejado que me suicidara...

Hizo caso a sus instintos y la abrazó, tratando de consolarla, pero ella hizo aspavientos diciendo que no se merecía piedad ni compasión de nadie. ¿Y cómo iba a pensar fríamente si no se dejaba acompañar? Le pidió que se desahogara, pero realmente desearía no habérselo pedido porque le contó todo. Y con todo es todo, le contó su falso matrimonio con Romeo, lo que habían hecho, por qué, cuándo, cómo, dónde y muchas anécdotas de familia feliz con Marion, familia a la que él jamás podría aspirar porque ella todavía amaba a su falso marido, y a él no.

—No se ofenda, Sr. Todd... si es cierto que al principio no me hacía gracia tener tratos con usted, ahora me cae bien, pero... todavía amo a Romeo y sé que él me ama... p-pero usted... usted es un buen amigo, Sr. Todd... siento cómo le traté —apretó su mano cariñosamente.

—No importa —suspiró con pesadez, devolviéndolo—. No importa...

Sí, sí que importaba, dentro de él importaba mucho, pero jamás se lo confesaría.

—Deberíamos pensar en haber quién se la ha llevado... ¿tienen enemigos?

—Algunos... pero no demasiados, y no están aquí. Creo que lo mejor será que vaya a hablar con Romeo, ¿no cree usted?

—Vaya, vaya —la soltó sin muchas ganas, bastante apagado.

—¿Está bien?

—No, pero por la niña. Vaya, vaya, moveré mis hilos por aquí.

Y eso hicieron. Vale, los métodos de Sweeney Todd no siempre son legales, pero son efectivos, ¿de acuerdo? Y en menos de una hora ya había seis o siete mercenarios dispuestos a buscar lo que fuera que habían perdido por una buena suma de dinero que el Sr. Todd NO poseía. ¿Qué? Ya le matarían en su momento, ahora había que encontrar a la pequeña. El que primero lo hiciera se llevaba todo.

Estaban terminando el contrato cuando llegaron Romeo y Julieta. Ella parecía muy afectada pero él... él estaba furioso.

El Sr. Hope se le acercó de dos zancadas y le pegó un buen puñetazo en la mandíbula, tirándole al suelo.

—¡Romeo! —exclamó la Sra. Lovett yendo a detenerlo antes de que continuara.

Hasta entonces no habían reparado en los siete hombres en la habitación, que se abalanzaron a socorrer a su jefe, mas éste les detuvo.

—No, no, está bien, chicos, me lo merecía —le ayudaron a levantarse.

—¡Mira con qué tipo de chusma se junta! ¿¡Y te extraña que se la hayan llevado! ¡No me extrañaría que fuera uno de estos! ¡Si la encuentran la secuestrarán y nos harán pagar más!

—Cállate, idiota —bramó el Sr. Todd—. Son hombres de confianza, estos son mis métodos. Al menos yo la hice reír un par de veces cuando peor estaban, ¿¡sabes! Y no tendréis que pagar nada porque corre todo a MI cargo.

—No puedes confiar en ellos, Juliet... —se giró hacia ella—. Deja que llame a la armada, a Scotland Yard, ellos se ocuparán...

—¿¡ESA CHUSMA! ¿¡ESA MISMA CHUSMA QUE ME ROBÓ A JOHANNA!

—¡NO SERÍAS TAN BUEN PADRE SI TE LA ROBARON TAMBIÉN!

Alzó el puño, alzó el puño para romperle los dientes y sacarle los piños uno por uno, pero se detuvo y golpeó a otra cosa, reventándose la mano.

—No te... no lo haré porque tienes que ver a esa puta armada tuya de mierda, pero como vuelvas a decir algo parecido TE JURO QUE TE MATO, ¿¡ME OYES!

—Calma... calma ambos... —susurró la pobre mujer que observaba la escena.

—... O si lo piensas, siquiera lo visualizas, te juro que...

— … cuántos más métodos mejor, chicos...

—Llévatelo, llévatelo y que no vuelva —gruñó el barbero pateando la silla y yendo hacia la ventana.

Aquél gesto le llevó recuerdos a la Sra. Lovett de cuando era más joven y estaban bien. Asintió suavemente.

—Vámonos, querido —susurró, como en aquellos tiempos.

Bien, ese gilipollas se ha ganado un puñetazo de recuerdo, o un golpe o algo parecido. Ahora sólo tengo que pensar dónde dárselo. Algo que deje marca para siempre, por imbécil.

Mira que insinuar... mira que... ¡ESO!

ARGH, LO MATARÉ.