After the Rain
Escrito por Kracken
Traducido por Aelilim y Van Krausser
Rewire #10
Nota: ¡Que tengan unas felices fiestas! Este es el penúltimo capítulo~
Duo todavía no estaba despierto. Se acuclilló a su lado y revisó su pulso. Era irregular. Su piel estaba lívida y una fina capa de sudor perlaba su frente, su flequillo castaño cubriéndola. Cuando lo vio temblar, sacó una manta térmica de su mochila y la desdobló concienzudamente.
Las reparaciones de Deathscythe no estaban completas y la noche caía con rapidez en el bosque montañoso. No debería de haber sido así. Heero había previsto cada eventualidad, hecho réplicas computarizadas de la colisión y estimado los daños para obtener el máximo grado de exactitud. Sus suposiciones habían sido en extremo precisas, las partes que le había dicho a Duo que llevara eran las requeridas. El tiempo calculado también debería de haber coincidido.
Cubrió a Duo con la manta y se puso en pie, mirando el bosque oscuro y luego a Deathscythe camuflado. Había previsto todo, excepto a Duo. De nuevo lo impredecible que era lo había atrapado con la guardia baja.
Duo había modificado a Deathscythe, creando seguridad para los controles computacionales y cambiando los paneles de las áreas delicadas por reforzadas y resguardadas con códigos. Había aprendido la lección después de que se conocieron y Heero robara partes de Deathscythe para su propio gundam.
Heero sabía que podía superar todos los intentos de Duo de protección, pero se le puso la piel de gallina al imaginar el tiempo que le tomaría. Había establecido parámetros y tenía que conducirse a fin de cumplirlos.
—Hn, Heero —murmuró Duo de pronto.
Esperanzado, bajó la mirada, y se arrodilló cuando vio el brillo de sus ojos bajo sus párpados caídos.
—¿De nuevo me estoy muriendo? —le preguntó con voz ronca.
Heero volvió a verificar el pulso de Duo, sus dedos tocando la piel húmeda y temblorosa.
—Sí —concluyó sombríamente.
Duo rió entre dientes.
—¿No podrías ser menos honesto? —Suspiró—. Al menos esta vez no estoy en el lodo.
—Los doctores han debido de dejar algo mal —le dijo Heero—. Algo que te mataría lentamente, para que así yo no los aniquilara en el hospital.
—Los dolores de cabeza —supuso Duo y quedó en silencio.
—Sí —dijo Heero—. La caminata debió producirte un sobreesfuerzo que a su vez causó un fallo interno, acelerando el daño.
—Qué modo tan mierda de morir —gruñó Duo, débilmente—. Debí caer con Deathscythe la primera vez y llevarme a cuantos soldados de Oz hubiese sido posible.
—Era preferible —concordó Heero.
Duo le sonrió. —¡Já! ¡Algo en común! Ambos queremos morir de modo heroico. El siguiente paso es que nos casemos y tengamos bebés de laboratorio.
—Duo —interrumpió Heero, manteniendo su confusión a raya con esfuerzo y preguntándose si el otro chico estaba perdiendo la cabeza. ¿Matrimonio? ¿Hijos? ¿Por qué pensaba en esas cosas ahora? En pocas horas, quizá a mitad de la noche, estaría muerto. Su pulso era irregular y estaba mostrando las primeras etapas de shock.
—Sí, ya sé, que me calle —resopló Duo y se frotó en el lado derecho por arriba de su oreja—. Aquí es —dijo—. Lo que sea que me han hecho está aquí. Se siente hinchado, tal vez está lleno de sangre.
—Umh —gruñó Heero, estirando la mano. Estaba inflamado y sí se sentía como si la sangre se estuviera juntando debajo de la piel. Era una confirmación del final—. Dame los códigos de bloqueo para que pueda reparar a Deathscythe —ordenó.
—¿Vas a dejarme morir solo? —preguntó Duo en voz baja—. Si estás allá arriba, yo me quedaré aquí respirando mi último aliento.
—Es necesario —contestó Heero y odió esas dos palabras. Era como si alguien más estuviera diciéndolas, alguien que no le agradaba.
—¿Cuidarás bien de Deathscythe por mí?
—Lo rescataré.
Duo asintió y le dio los códigos. Después, cerró los ojos y trató de lidiar con el dolor, una de sus manos acariciando su cruz dorada debajo de su abrigo.
Los parámetros de la misión batieron la mente de Heero como un redoble, exigiendo su atención y eliminando cualquier pensamiento en relación al piloto moribundo. Por una vez, Duo estaba actuando como un buen soldado, reconociendo que él estaba acabado pero que la misión debía de ser completada. Era una entrega a la causa que había dudado que poseyera. Ver ahora ese rostro tenso, pálido, ese labio determinado y rígido atrapado entre dientes para evitar cualquier gemido de dolor, le provocó un súbito respeto por Duo… y arrepentimiento… y… Heero cerró los ojos, resguardándose de las punzadas de alarma de dolor, y se alejó.
Hizo las reparaciones, pero todo el tiempo sintió que se estaba moviendo a través de fango, sus pensamientos sin estar exclusivamente centrados en la tarea. Se mantuvo dirigiendo vistazos hacia la oscuridad creciente, intentando identificar la figura del joven desahuciado.
«¿Por qué?», se preguntó. Nunca antes le había importado alguien, ni siquiera el hombre que le había criado como asesino o el Dr. J, quien le había dado un propósito en la vida después de haber sido abandonado para valerse por sí mismo. Preocuparse por otro individuo era completamente desconocido para Heero Yuy, una debilidad que quería ignorar, pero que no podía.
Recuerdos de Duo en la escuela resurgieron mientras hacía los últimos arreglos. Un Duo sonriente, sus risas, sus bromas. Cómo Duo se había entremezclado, hecho amigos, representado el papel de adolescente normal a la perfección. Heero, entrenado en ser sigiloso y en técnicas de infiltración, había sobresalido como pez fuera del agua, siendo un misterio que todos querían resolver.
Había sentido nerviosismo por primera vez, incertidumbre, confusión y… anhelo. Se lo admitió con cautela y trató de analizarlo. La conclusión fue inconfundible no importase cuántas veces cambiara las variables. Duo era un buen soldado, a pesar de sus emociones. Entendía al enemigo y sobresalía donde Heero fallaba por la humanidad que el Dr. J y él mismo habían rechazado por ser una carga.
A Duo las emociones no lo habían hecho alguien débil. Era fuerte, estaba muriendo en la oscuridad para permitirle cumplir la misión.
Heero nunca antes había cuestionado su rol, las cosas que se prohibía, que le habían dicho que se las prohibiera a sí mismo. ¿Había habido algo que lo llevara a tomar otra trayectoria? No. No tenía amigos ni familia, nunca había sentido apego hacia nada en su vida. Deber y sacrificio fueron los que llenaron el vacío de su corazón y alma, y le habían dado objetivos en una existencia que carecía de estos.
La guerra todavía era todo lo que había para Heero. Era lo más importante. Demasiadas personas contaban con los otros pilotos y con él para que no fuera así. Bajó la mirada hacia Duo y pensó que, incluso de esa manera, Maxwell había resquebrajado su armazón impenetrable y él no creía que podía o quería arreglarlo.
Duo le había mostrado otro camino, un modo de ganar la guerra y vivir, y algo más, algo que aún no podía reconocer en qué tenía que ver con el piloto trenzado. Algo que le daba un motivo repentino para querer recuperar su humanidad.
El Dr. J había estado equivocado, lo supo mientras apartaba sus herramientas. Había creído que el soldado perfecto no debía tener emociones. Que la falta de familia, de seres amados y amigos era un beneficio que mantendría la mente del soldado enfocada en su misión, no en permanecer vivo para retornar a sus conocidos o a una existencia personal plena. El Dr. J había denominado a todo eso distracción y debilidad.
Heero recordaba que el anciano le dijo una vez que él tenía una vena sensible en lo profundo y que lo mejor era extirparla para que nada afectara su desempeño.
Llevó su mano a su nuca. Sintió la línea delgada de un implante debajo de su piel, cuyos cables se hundían profundo en algunas partes de su cerebro. Su primer guardián le había dicho que se dejara guiar por sus emociones. El hombre nunca siguió sus propias palabras y le había brindado a Heero una compañía impasible y lejana, pero tal vez le ofreció el consejo en arrepentimiento, al darse cuenta que había tomado la decisión incorrecta.
«Sigue tus emociones.»
Heero agarró un pequeño láser de mano con un rayo muy delgado. Estaba agitado, poseído por una epifanía, y el dolor lo sacudió peor que nunca antes, en un intento de disipar su decisión.
—No —dijo entre dientes, denegándose, y empezó a cortar en su nuca con el láser.
—¿Heero?
Heero estaba en el asiento del piloto, poniéndose el cinturón de seguridad y revisando los paneles.
—¿Heero? —dijo Duo de nuevo con la voz debilitada—. ¿QQ-ué está pasando?
Detrás del asiento, envuelto en una manta y con la cabeza apoyada en la chaqueta de Heero que le servía como almohada, Duo estaba pálido como un fantasma. Focalizó sus ojos con esfuerzo y vio la cabeza de Heero por detrás cuando este se inclinó a su derecha para encender el sistema. Estaba cubierto de sangre, una banda rojiza cubriendo su nuca.
—¿Qué infiernos pasó? —demandó saber—. ¿Fuimos atacados? ¿Tuviste un accidente?
—Ninguno —gruñó Heero.
—Heero —se quejó Duo, desfallecidamente—. ¡No estoy en forma como para lanzarte veinte preguntas! Estás sangrando de una herida en la cabeza, estamos en Deathscythe y todavía no he muerto como debí. ¿Qué ocurre?
Heero finalizó con los controles y se giró para mirar a Duo.
—Estabas echado, inmóvil, y el frío ralentizó tu torrente sanguíneo. Aún te estás muriendo, pero con más lentitud. Deathscythe ahora está lo suficientemente operacional como para llegar al transporte. Lo cargaré y entonces…
—¡A buscar un doctor! —interrumpió Duo—. Heero, ¡ya no más! ¡Estoy muriendo! Olvídate de mí, quiero… quiero que te cuides.
Heero miró a Duo fijamente, perplejo, sin estar seguro de qué decir o cómo reaccionar. Su cuerpo se tensó por el dolor, aunque sabía que la causa de este ya no estaba.
—Los parámetros de la misión han cambiado —dijo, sintiendo lo inapropiado que sonaba.
—¿Han cambiado? —Duo se estaba hundiendo de vuelta en la manta, sin fuerza, pero la determinación ardía en sus ojos—. ¡Yo diré cuando hayan cambiado! La misión está arruinada, sería más adecuado decir. ¿Quién anticiparía que una caminata por los bosques terminaría así?
Misión arruinada. Heero dejó caer los párpados, cada fibra de su ser poniéndose rígida ante el fracaso en las palabras de Duo.
—Dime —susurró—. Dime cómo… cómo te sientes con ser partícipe de una misión arruinada. Dime cómo lo aceptas así de fácil, refiriéndote a eso como si no hubiera más. No puedo… Necesito entenderte.
—Uh… —Duo perdió el hilo, siendo testigo de la angustia de Heero y sin entenderlo. Trató de contestar, concentrarse en la respuesta correcta, presintiendo que Heero necesitaba escucharla, que necesitaba el consuelo que pudiera proveerle—. Supongo que lo acepto y ya, porque son cosas que suelen pasar. Siempre hay variables que no puedes prever. Lo importante es no rendirse, y regresar y completar la misión estando mejor preparado.
—Eso cuesta vidas —replicó Heero, amenazante.
—Seh —estuvo de acuerdo Duo—, pero, Heero, nadie es perfecto, nadie es infalible. Lo sé y tú también deberías saberlo. No es un fracaso, es un obstáculo. Si te rindes, si te culpas y no vuelves a intentarlo, puedes denominarte un perdedor y todo lo quieras. ¿Nunca has fallado antes?
—Sí, contigo —contestó Heero con tirantez.
Duo pensó en la respuesta, en la emoción que había detrás de la afirmación.
—¿Y no antes? Ah, no cabe dudas de por qué quieres alejarte de mí. Había arruinado tu record perfecto, y supongo que lo he vuelto a hacer.
—Eres emotivo, cometes errores. Aprendes, te preparas mejor y regresas a completar la misión —expresó Heero como si estuviera repitiendo una lección.
—Sí —dijo Duo, desconcertado. Casi sentía como si estuviera hablando con un niño, un niño a la deriva que no sabía diferenciar arriba de abajo.
—¿Cuál es tu tasa de fallos?
Duo se acarició la cabeza adolorida. Su visión era borrosa y no quería jugar a preguntas y respuestas; lo que quería hacer era cerrar los ojos y dormir. Su preocupación por Heero se lo impidió.
—Uhm, bueno, a veces fallas al volverlo a intentar, pero como te dije, nadie es infalible. A veces tu enemigo es mejor que tú.
—Encuentro eso inaceptable.
—Bien, lo siento, pero así es la vida —suspiró Duo—. Has tenido una buena racha e iba a acabarse tarde o temprano, conmigo o sin mí.
—Me enseñaron que las emociones son inservibles. Que si me entrenaba y preparaba meticulosamente, eliminaba todas las distracciones y me dedicaba a mi meta, era imposible que fracasara.
—Es… estás mal —contestó Duo con suavidad, al fin empezando a entender a Heero—. No hablemos de por qué no debes renunciar a tu humanidad, no creo que tenga el tiempo necesario. Te diría que las emociones son una ventaja, tanto en una misión como en llevar una vida lo más normalmente posible. Las dos cosas te ayudan a entender al enemigo, Heero. ¿Cómo puedes alistarte para todas las variables si no sabes cómo va a reaccionar algo? Cómo lucirá, qué planeará en base a lo que siente, qué tanto temen, o qué tienen en riesgo en su vida personal. Me infiltré en esa base para obtener unos códigos no haciéndome uno con las sombras y matando al que me descubriera. Lo que hice fue mezclarme, ser uno de ellos, les hablé, los entendí… Esas cosas me hacen un mejor soldado.
Heero asintió. —He llegado a la misma conclusión.
—¿Recién ahora?
—Hace una hora, veinticuatro minutos y ocho segundos atrás —recitó Heero y los ojos de Duo se abrieron ampliamente.
—¿Sabes qué es lo que dicen? A veces una persona puede cambiar en un instante. Tienes la suficiente lógica como para llegar a una conclusión por tu cuenta. Entonces, ¿qué te hizo alterar tu opinión en medio de una misión de recuperación?
Heero se volteó, casi temeroso, y agarró los controles de Deathscythe tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos. Nada de dolor, nada de refreno en sentir cosas que quería experimentar. Saber que el modo de Duo era el mejor era distinto a ponerlo en práctica. Podía cambiar su manera de pensar en un instante, pero no su entrenamiento, el cual estaba enraizado y automatizado.
—¿Heero? —dijo Duo, curioso del súbito retraimiento del otro—. No me queda mucho tiempo, ¿sabes? Es mejor que termines esta conversación, no estaré después para que la continuemos. —Heero no pudo contestar y Duo hizo un sonido de exasperación—. Está bien, olvídalo. Igual, ¿qué más da? Cuando ya no esté aquí, supongo que conocer el interior de Heero Yuy no será relevante. Lo que sí es relevante es que consigas un doctor. Tan pronto como pongas a salvo a Deathscythe, buscarás ayuda, ¿entiendes?
Se suponía que debía decirlo en una voz fuerte e imponente, pero salió endeble y extenuada. Heero quedó en silencio, poniendo a Deathscythe en movimiento. Ahora no seguía más órdenes que las suyas.
—Ok, ¡ve e ignórame, Yuy! —exclamó Duo en un chirrido—. Me callaré y tomaré mi último respiro, molesto contigo, y, y…
—No te mueras —dijo Heero duramente, su voz cargando la potencia de la que Duo había carecido.
Duo sonrió con lentitud, una sonrisa que era divertida y enfermiza.
—No creo que pueda seguir esa orden, Heero, pero haré mi mejor esfuerzo.
