Bueno chicas aquí esta el ultimo capitulo!

Lo subo Hoy 6 de marzo como regalo por mi cumpleaños eejejejejejej

Gracias por tods sus reviews los aprecio tanto! lastima no tenga tiempo de responder cada uno, peor los amo! ejejeje

Besos

Nessa


Capítulo 10

BELLA estaba en medio de su diminuto cuarto de estar, mirando a su alrededor, consternada.

Había llegado al apartamento con su hermana la noche anterior y, tras un rápido café, se había retirado a dormir. El tema de la cama había supuesto un motivo más de tensión. Rosalie protestó al ver que le iba a tocar utilizar el sofá, alegando que estaba tan agotada tras su vuelo que merecía pasar al menos la primera noche en la cama.

La antigua Bella habría cedido fácilmente a la pretensión de su hermana, pero la nueva Bella sabía que acceder habría supuesto sentar un precedente del que luego habría sido difícil dar marcha atrás. De manera que se mantuvo en sus trece e incluso se negó a preparar el sofá. En lugar de ello entregó a su contrariada hermana las sábanas y una manta y le dijo tan educadamente como pudo que se ocupara ella de preparárselo.

Pero Rosalie no se había limitado a prepararse el sofá. Por lo visto, también había decidido empezar a deshacer su equipaje y, en aquellos momentos, viendo el caos que reinaba en el cuarto de estar, Bella decidió que debía asegurarse de que su hermana se trasladara de allí cuanto antes.

Había ropa amontonada por todas partes, incluso en el suelo. La toalla que había entregado a su hermana la noche anterior estaba totalmente arrugada sobre la mesa de café, al igual que la ropa que llevaba el día anterior, que se hallaba hecha un amasijo a los pies del sofá en que Rosalie dormía en aquellos momentos como un bebé.

El primer impulso de Bella fue gritar. El segundo, empezar a recoger. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. En lugar de ello, se acercó al sofá y agitó el hombro de su hermana con firmeza.

-Vamos, Rosalie. Es hora de levantarse.

Rosalie murmuró algo incomprensible mientras se cubría la cabeza con la manta.

Bella respiró profundamente e hizo lo impensable. Tiró de la ropa de cama para destapar a su hermana, que se retorció en señal de protesta antes de sentarse y dedicar a su hermana una adormecida y fulminante mirada.

-Son las nueve -dijo Bella con calma-. No puedes seguir durmiendo aquí. Para empezar, hay que recoger la habitación -miró a su alrededor sin ocultar su irritación-. Ya te dije anoche que mi apartamento es muy pequeño; no pienso vivir en medio de este caos, y tampoco pienso dedicarme a ir detrás de ti recogiendo...

-¡Yo no te he pedido que lo hagas!

-Porque asumes que lo haré. Pero no pienso hacerlo. Y tampoco vas a poder quedarte aquí indefinidamente haciendo lo que te venga en gana hasta que aparezca algo mejor.

-¡Mamá se llevaría un disgusto si escuchara lo que me estás diciendo! -protestó Rosalie, ya completamente despejada.

-Es posible -Bella pensó que, muy probablemente, su madre se sentiría orgullosa de ella-. Pero yo estoy estableciendo algunas reglas.

-¡Tú y tus reglas! -Rosalie se puso en pie, furiosa. En el pasado, casi siempre solía salirse con la suya a ase de rabietas.

Bella recordó arrepentida hasta qué punto había contribuido ella a alentar el egoísmo de su hermana a ase de ceder para evitar confrontaciones.

Mientras su hermana se ponía a recoger a regañadientes, ella fue a la cocina a prepararse su desayuno. Tampoco estaba dispuesta a ponerse a cocinar para su hermana, que era muy maniática con sus hábitos alimenticios, y dada a quejarse de lo que le daban.

No era de extrañar que Edward hubiera sentido compasión por ella. Había calado a Rosalie desde el primer minuto y había supuesto que iba a ser una cruz para ella.

-¡No me has preparado el desayuno! -Rosalie apareció en el umbral de la puerta de la cocina y se cruzó de brazos-. Si vas a ser así de desagradable conmigo, Más vale que me vaya ahora mismo. Pensé que te alegraría verme, pero está claro que no es así.

-Claro que me ha alegrado verte, Rosalie, pero no tanto como para cederte el control sobre mi apartamento. Además, ¿dónde irías? -Bella suspiró-. No entiendo por qué te has ido definitivamente de los Estados Unidos. Pensaba que te lo estabas pasando en grande allí. Creía que era la clase de lugar en que cualquiera con la suficiente ambición triunfa». No como en Inglaterra, un país «demasiado pequeño y estrecho de miras».

Rosalie parecía incómoda escuchando sus propias palabras en boca de su hermana. Finalmente se encogió de hombros y entró en la cocina para revisar el contenido de la nevera. Luego se sentó en una de las sillas y empezó a prepararse un sándwich con mantequilla y mermelada directamente sobre la mesa, sin utilizar un plato. Su sedoso pelo rubio caía en torno a su rostro como una cortina y rozaba sus morenos y delgados hombros.

-Siempre podría acudir a tu amigo Edward para que me acogiera -su rostro adoptó la expresión de alguien haciendo unos rápidos cálculos mentales-. Supongo que me dejaría quedarme en su casa, ya que te conoce y te estaría haciendo un favor...

-¡No puedes hacer eso! -exclamó Bella, ruborizada, y Rosalie le dedicó una sagaz mirada.

-¿Por qué no? ¿Acaso no crees en pedir favores a los amigos? ¿o se debe a que estás un poco celosa? -sonrió y simuló mostrarse inocentemente sorprendida mientras Bella la miraba en silencio-. ¡Lo sabía! Pensé que tal vez habría habido algo entre vosotros, aunque eso habría sido ridículo... ¡lo que significa que debes haber estado encaprichada de él!

Bella sintió que toda la seguridad en sí misma alcanzada durante aquellas semanas se le escapaba de las manos. En un esfuerzo por conservarla, alzó la barbilla y preguntó con firmeza:

-¿Por qué te parece tan ridícula la idea de que hubiera habido algo entre nosotros?

-Porque, para empezar, no habrías sido capaz de guardarte algo así para ti misma.

-No quiero mantener esta conversación.

Bella se levantó bruscamente y dio la espalda a su hermana para dejar de ver su expresión burlona.

Una oleada de rabia y frustración atenazaron su garganta. Primero, Edward había demolido su vida, y ahora allí estaba Rosalie, rebuscando entre los escombros.

En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Bella nunca se había alegrado tanto de oírlo sonar. Fue a abrir con una sonrisa, suponiendo que sería su amiga Alice, pero se quedó boquiabierta al ver que se trataba de Edward.

Al ver su tensa expresión, Edward supo que había hecho lo correcto acudiendo a verla. Le entregó el ramo de rosas rojas que llevaba en la mano y pasó al interior... para encontrarse con Rosalie, que, juzgando por la sonrisa que iluminaba su rostro, no parecía sentirse especialmente avergonzada por encontrarse vestida tan sólo con una estrecha camiseta y los diminutos pantalones cortos que había utilizado para dormir.

-Estábamos hablando de ti -dijo Rosalie con evidente satisfacción. Fue hasta el sofá, donde se sentó con las rodillas dobladas-. Ha sido todo un detalle por tu parte traernos flores. Me encantan las rosas. Son mis favoritas.

Edward se esforzó por ocultar su desagrado. No sabía de qué habrían estado hablando las hermanas, pero Bella parecía bastante angustiada. Se las había arreglado para escabullirse y pudo atisbarla en la cocina, ocupándose de las flores.

-Ven a sentarte a mi lado -Rosalie palmeó el sofá a su lado, pero Edward la ignoró-. Tengo un pequeño favor que pedirte -continuó mientras Bella regresaba al cuarto de estar-. Bella no ha dejado de protestar desde que he llegado -dijo, haciendo un atractivo mohín-. No puede soportar el desorden... aunque ya he recogido mi ropa -enrolló un mechón de su sedoso pelo en un dedo y movió los dedos de los pies-. ¿Hay alguna posibilidad de que me acojas en tu piso un par de días...? -inclinó la cabeza juguetonamente a un lado, como si fuera un precioso gatito perdido que necesitara ayuda.

Bella apretó los dientes y se preguntó qué estaría pasando por la cabeza de Edward. Aún se estaba recuperando de la conmoción de verlo, y empezaba a preguntarse por qué se habría presentado con un ramo de rosas. ¿Acaso se habría dejado seducir ya por los encantos de su hermana?, se preguntó, celosa.

-Creo que a Bella no le parecería bien el arreglo -dijo Edward, que se situó tras ella y apoyó las manos en sus hombros.

El cerebro de Bella dejó de funcionar de inmediato. Sólo era consciente de las manos de Edward masajeándole los hombros, de la calidez de su aliento en su pelo.

La coqueta expresión de Rosalie dio paso a otra de evidente confusión.

-No entiendo qué tiene que ver Bella con eso -dijo tras recuperar el aplomo-. Además, te equivocas. Bella no me quiere aquí -su labio inferior tembló teatralmente-. Prácticamente me ha echado.

-Juzgando por el estado de caos reinante en el cuarto de estar -dijo Edward mientras miraba a su alrededor-, no me sorprende.

-No es tan terrible como parece... ¡y nunca se me ocurriría desordenar así tu piso! -aseguró Rosalie, ansiosa-. De hecho, más o menos estoy buscando trabajo. Podría ocuparme de hacer lo que hacía Bella cuando trabajaba para ti. Y.. -Rosalie dedicó una sonrisa de triunfo a su hermana-... no tendrías que preocuparte por la posibilidad de que te avergonzara encaprichándome de ti...

Intensamente ruborizada, Bella rogó que la tierra se abriera a sus pies y la tragara. A Rosalie siempre se le había dado bien utilizar trucos sucios para obtener lo que quería, y en aquellos momentos quería a Edward... y su piso.

Edward se apartó de ella y se encaminó hacia la ventana, obligando a Rosalie a torcer el cuello para mirarlo.

-Me parece que no has captado el mensaje, Rosalie -dijo con frío desdén-. No vas a alojarte en mi piso.

Rosalie se quedó momentáneamente boquiabierta, y Bella casi sintió lástima por ella.

-No se lo has dicho, ¿verdad, querida? -añadió Edward.

-¿Qué no le he dicho? -preguntó Bella, desconcertada.

-No le has hablado de nosotros... -Edward sintió una intensa y dulce satisfacción mientras avanzaba hacia Bella. Por la expresión de Rosalie, parecía que acababan de darle un mazazo.

Pasó un brazo por los hombros de Bella y la estrechó contra su costado, sorprendiéndose al no notar ninguna resistencia.

-¿De vosotros? -Rosalie los miró con expresión perpleja-. ¿Qué pasa con vosotros?

-Que estamos comprometidos.

Bella se quedó horrorizada al escuchar aquella mentira, pero por unos maravillosos instantes disfrutó del raro espectáculo de ver a su hermana atónita. Se había puesto totalmente pálida y sus esfuerzos por hablar dieron como resultado unos balbuceos ininteligibles.

A través de la bruma de sus confusos pensamientos oyó que Edward seguía hablando y que manifestaba su sorpresa por el hecho de que no hubieran compartido aquella confidencia.

Un instante después Rosalie se puso en pie, corrió al baño con unas prendas de ropa en la mano y salió; unos momentos después para marcharse del apartamento sin ni siquiera despedirse.

Bella estuvo a punto de dar las gracias a Edward por aquel momento de poco caritativa satisfacción... algo que sabía que estaba mal. Pero, a fin de cuentas, sólo era humana, y a Rosalie no le vendría mal descubrir que su hermana no era la completa mema que parecía pensar que era..

En lugar de ello, se apartó de su lado y se volvió hacia él con los brazos cruzados.

-¿Cómo se te ha ocurrido decir eso?

-No me digas que no has disfrutado viendo la cara que ha puesto tu hermana -contestó Edward, aunque lo cierto era que no sabía qué lo había poseído para decir aquello. ¿Por qué lo había hecho? ¿Y por qué no sentía ningún deseo de retractarse?

-Eso no tiene nada que ver -protestó Bella-. ¡No tienes derecho a presentarte aquí en misión de rescate! -se sentó en el sofá y abrazó un cojín contra su pecho mientras se esforzaba por contener las lágrimas-. Has sentido lástima de mí, ¿verdad? La pobrecita Bella no es capaz de cuidar de sí misma ni de controlar a su hermana.

Edward también se sentó en el sofá, pero cuidando de mantener las distancias.

Al ver que no respondía, Bella se volvió a mirarlo, pero enseguida apartó la vista. Algo en la mirada de Edward le hizo contener el aliento. Ya no se fiaba de la reacción que pudiera tener en su presencia. Se había entregado completamente a él y en su ingenuidad se había visto bruscamente apartada de su lado. No pensaba cometer el mismo error en dos ocasiones... aunque su expresión estaba haciendo que deseara arrojarse entre sus brazos.

-No puedo creer que estés dispuesto a montar de nuevo esa farsa -dijo con voz temblorosa.

-Hacerlo sería una locura.

-Rosalie no va a desaparecer convenientemente, como tu madre. Va a seguir por aquí y no va a parar de hacer preguntas que no podré contestar.

-Supongo.

-No tienes derecho a irrumpir en mi vida y ponerla patas arriba -murmuró Bella.

-Yo podría decir lo mismo respecto a ti -replicó Edward.

Bella le dedicó una mirada fulminante desde su extremo del sofá.

-Yo te facilité la vida. Me aseguraba de que hubiera comida en la nevera, de que el piso estuviera limpio y recogido, de comprar todo lo que necesitabas, y nunca me quejaba cuando me despertabas a cualquier hora para dictarme algún correo que no podía esperar -notó que su voz temblaba mientras hablaba, pero ya no podía más.

-Es cierto.

-¡Haz el favor de dejar de estar de acuerdo conmigo! -protestó Bella-. ¡Si crees que te voy a decir que me ha parecido bien que te hayas inventado esa mentira porque Rosalie estaba teniendo un comportamiento detestable, te equivocas! ¡No necesito que me salves!

-Eso es cierto. Pero puede que yo sí necesito que me salves a mí.

Bella miró a Edward con expresión confundida. ¿Se trataría de alguna treta? ¿De algo que ella malinterpretaría para arrepentirse después de su error? Pero la expresión de Edward mientras se inclinaba hacia ella estaba llenando su cabeza de pensamientos prohibidos y esperanzas...

-No -dijo a la vez que se levantaba con brusquedad y se acercaba a la ventana para mantener las distancias.

-¿No, qué?

-No me engañes con tus palabras.

Edward se levantó para acercarse a ella.

-Engañarte es lo último que deseo hacer -murmuró-. Si crees que eso es lo que estaba haciendo, te pido disculpas.

-¿Me pides disculpas? -repitió Bella, confundida-. Tu nunca te disculpas, Edward.

-Lo cierto es que la única persona a la que he logrado engañar ha sido a mí mismo -dijo Edward, que no pudo evitar alzar una mano para apartar con delicadeza un mechón de pelo de la frente de Bella-. Cuando vivíamos juntos me engañé diciéndome que el motivo por el que siempre deseaba volver a casa no tenía nada que ver con el hecho de que tú estuvieras allí. Luego nos acostamos y me dije que sólo era sexo, nada más. Cuando te fuiste hice lo posible por aceptar que las cosas debían ser así porque en mi vida sólo había cabida para unas relaciones pasajeras que no alteraran lo importante. Lo que no quería ver era que lo importante eras tú.

-¿Qué estás diciendo? -Bella se esforzó por refrenar sus esperanzas. Cerró los ojos brevemente, deseando que aquel momento no terminara nunca.

-Ya sabes lo que estoy diciendo. He venido aquí para recuperarte. Pero quiero más que eso. No sólo quiero que vuelvas a mi piso, o a mi cama, temporalmente. Te quiero en mi vida para siempre.

-¿Para siempre?

-¿No es eso lo que deseas tú también? -Edward sonrió y Bella sintió que una intensa felicidad se apoderaba de ella.

-Sí, lo deseo. Te quiero. Siempre lo he sabido.

-Y yo también te quiero. Pero soy tan tonto que hasta ahora no me he dado cuenta.

Bella abrió los ojos de par en par.

-No planeaba decirle a tu hermana que estábamos comprometidos -continuó Edward-, pero en cuanto lo he dicho, todo ha encajado en su sitio y he sabido que casarme contigo, pasar el resto de mi vida a tu lado, era exactamente lo que quería. Y ya que me amas... -murmuró con considerable satisfacción masculina-... ¿estás dispuesta a casarte conmigo?

Edward no perdió el tiempo. Cuatro semanas después, las cuatro semanas más felices que podía haber imaginado Bella, se casaban en Grecia, rodeados de familiares y amigos.

Rosalie fue invitada y asistió a la boda. Volver a equilibrar las relaciones con su hermana iba a llevar tiempo, pero ya estaban en ello. Rosalie había abierto su corazón a Bella. Había admitido que su aventura en los Estados Unidos había sido un gran error y que se había liado con un hombre casado que la había herido emocionalmente, dejándola mal preparada para descubrir a una hermana que no sólo avanzaba en su profesión, sino que estaba enamorada de un hombre que la correspondía.

Rosalie se había quedado con el piso de Bella, que se había trasladado con su marido a la casa de campo de éste... el lugar perfecto para criar los hijos que pensaban tener.

En el silencio del dormitorio, tras hacer el amor, Bella miró con adoración a Edward, que dormía con la mano apoyada sobre su costado. Suspiró de puro placer y ajustó su cuerpo de manera que los largos dedos de Edward quedaran sobre sus pechos.

Edward abrió los ojos y sonrió.

-Mujer descocada... -murmuró con voz ronca. Aún le maravillaba sentir que su corazón se henchía de pura adoración cada vez que miraba a su esposa.

Ella le dedicó una pícara sonrisa.

-Tenemos que ponemos en movimiento si queremos llenar la casa de niños...