Aquel día fue uno de los más largos de su vida. Estuvo tres horas más en la biblioteca, y, a la hora de comer, como no le apetecía nada, salió a los jardines para pasear sola. No volvió al castillo hasta que empezó a anochecer, cuando todo el mundo ya estaba listo para la cena. Para encontrarse a Hermione y a cualquier persona en general, decidió ir ya a la torre de Gryffindor. Se acostó muy pronto, aunque no pudo dormirse hasta pasada la medianoche.

Durante todo este tiempo, estuvo pensando qué tenía que hacer a partir de entonces. Sabía que Hermione no diría nada a Fred. Estaba segura de ello. Cualquier duda que hubiera podido tener fue ahogada por la necesidad de creer que su amiga no la traicionaría.

También sabía que, aunque Fred le había dicho en su carta que la quería, lo más probable era que, cuando supiera que era ella quien escribía, este sentimiento se desvanecería como el humo. Y eso la carcomía por dentro.

Estaba bastante convencida de que era la hora de usar la Amortentia, y eso le provocaba sensaciones contradictorias. ¿Debía estar emocionada por ello o debía tener miedo?

HPHPHPHP

A pesar de sus preocupaciones y temores, durmió llanamente, sin pesadillas. Era la primera noche en qué dormía bien desde hacía semanas. Quizás por esto se despertó con pensamientos optimistas aquella mañana de domingo.

Como no había comido nada desde la mañana del sábado, bajó al Gran Comedor con la intención de tomarse un desayuno bien completo. Allí vio a Hermione, la cual no se percató de su llegada, pues estaba demasiado ocupada hablando con Harry y Ron. Ginny fue a sentarse al otro lado de la mesa, cerca de donde estaban Fred y George, para evitar ser vista por Hermione. Al ver a su hermano, pero, sus pensamientos se dirigieron a él, dejando su enfado con su amiga de banda.

Sintió como le quemaba el frasco de Amortentia en su bolsillo, y se preguntaba si había alguna posibilidad de verter esa poción en la copa que Fred sujetaba con su mano, a punto de dar un sorbo a su jugo de calabaza.

Pronto, los gemelos se fueron del comedor, no sin antes acercarse a Ginny y recordarle que se verían aquella tarde en el despacho de Filch, donde Umbridge los había castigado a los tres.

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Y la tarde llegó después de tantas interminables horas de soledad, las cuales empleó observando como caía la nieve a través de la ventana de la biblioteca, pensando en el tiempo que pasaría junto a sus hermanos aquella tarde.

Cuando se acercaba la hora del castigo, decidió actuar. Fue corriendo a su habitación y se alegró de ver que ninguna de sus dos compañeras de habitación estaba allí. De su mesita de noche, cogió una botella de cerveza de mantequilla, la cual había comprado en Hogsmade, y vertió dentro la Amortentia. Hecho esto, guardó cuidadosamente la botella en su mochila y se fue tranquilamente al despacho de Filch.

Allí se encontraban ya sus hermanos y Filch, el cual la regañó por llegar tarde. Les contó brevemente en qué consistiría su castigo: limpiar las copas de la Sala de Trofeos.

- Tenéis suerte. Podría haberos tocado copiar con la pluma especial de la profesora Umbridge – dijo Filch como una mueca, como si estuviera realmente molesto porqué no hubiera sido así.

Les acompañó a la Sala de Trofeos y les dijo que tenían que quedarse allí hasta que no estuvieran todas las copas limpias. Si volvía y no les encontraba ahí, se iban a enterar. Una vez limpias todas las copas, debían ir a informar a Filch, el cual estaría a su despacho esperando.

Dicho esto, les quitó las varitas para que no pudieran usar la magia y les dejó solos.

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El trabajo era fácil, pero requería bastante tiempo hacerlo. Por suerte, podían hablar entre ellos para distraerse. Y eso es exactamente lo qué hicieron: estuvieron charlando, gritando, haciendo bromas e incluso cantando. Eso, por supuesto, hizo que se retrasara su trabajo. Pero les daba igual, casi se podía decir que lo estaban pasando bien.

Cuando al fin terminaron, tenían que ir al despacho de Filch para avisarle.

- ¿Por qué no va sólo uno de nosotros? - preguntó Ginny, tratando de hacer una voz inocente – Está muy lejos de aquí, el despacho.

- Si no quieres ir, sólo dilo – dijo George, riéndose –. Ya iremos nosotros, si tienes pereza de recurrir esta "distancia tan grande".

- ¿Por qué no vas tú sólo, George? - preguntó Fred.

Ginny miró a su hermano con los ojos abiertos de par en par, gratamente sorprendida por su propuesta, pues es exactamente lo qué ella quería: que George se fuera para quedarse a solas con Fred.

- ¿Por qué yo? - preguntó George, aún riéndose.

- Venga... - hizo Ginny, con voz suplicante.

Insistieron tanto que George acabó cediendo. Y, una vez se fue, Fred dijo a su hermana, con una voz enigmática:

- Supongo qué sabes por qué quería que nos quedáramos solos...

La muchacha arqueó las cejas, sorprendida. El corazón se le aceleró.

- No. ¿Por qué?

- ¿No crees que deberías contarme lo qué ocurrió ayer con esa carta?

De su bolsillo, Fred sacó la carta que le había escrito a su admiradora secreta. Aquella que decía que la quería.

- Ah... - hizo Ginny, sonrojándose – Es que Tanya me quitó la carta y se la llevó sin querer. Y su hermana la encontró y...

- ¿Pero qué pasó con el sobre? Dentro había un collar. ¿Dónde está? ¿Y por qué abriste el sobre? Te había dicho que no lo hicieras – Fred sonreía, pero había cierto tono de reproche en su voz.

- El sobre lo tiene ella. Y la carta... bueno. Es que, al leerla, se puso tan feliz que me la dio para que la leyera yo también... Y entonces fue cuando llegó Tanya y me la quitó.

Su hermano suspiró pacientemente.

- Está bien. No pasa nada.

El tema de conversación cambió y empezaron a hablar de Quidditch mientras deambulaban por el castillo. Cuando llegaron a la puerta principal, decidieron ir a dar un paseo cerca del Lago Negro.

Estaba haciéndose de noche. La luna ya acechaba por el horizonte, iluminando el lago con su luz blanquecina. Los dos hermanos se detuvieron a contemplarlo, sentándose, exhaustos, bajo un sauce cercano.

Allí, bajo las ramas caídas de aquel sauce, Ginny decidió pasar a la acción. De su mochila, sacó la botella de cerveza de mantequilla y fingió beber de ella. Fred la miraba con los ojos luminosos.

- ¿Quieres un poco? - le preguntó la pelirroja, sonriendo.

- Pues no te voy a decir que no – dijo Fred, tomando la botella de los dedos temblorosos de su hermana –. Esas malditas copas me han dejado muerto – se acercó la botella a los labios, pero la volvió a bajar –. Por cierto, ¿dónde está George? Él debe tener nuestras varitas – miró hacia atrás, pero ya era muy oscuro para ver nada.

- Sí. Las debe tener él. Filch se las debe haber dado – se sorprendió su voz tan firme, que para nada parecía nerviosa.

Fred se encogió de hombros.

- Bueno, da igual.

Y, sin más dilaciones, tomó un buen trago de cerveza.