Capitulo ocho: Cena familiar y buenas noches


Eran las 19.13 y la cena ya estaba servida. Donatello entró al comedor, llevaba la ropa lo más apropiada, como lo hacía en el orfanato: una camisa blanca y pantalones casi cortos que le llegaban hasta las pantorrillas. Lo único diferente en su apariencia y en comparación con los demás, era que no usaba los zapatos. Desde que entró a la casa fue lo primero que sus nuevos padres le pidieron que hiciera. «Costumbres» pensó él.

Al pasar por el umbral, abrió la puerta deslizante y vio a toda la familia reunida. Si hubiera tenido cámara, pensó, sacaría el mejor plano y lo colocaría en uno de esos marcos ornamentales que venden en el supermercado.

—Enhorabuena, ya estás aquí —anunció Miguel Ángel alzando la mano—. Ven, siéntate a mi lado.

A lo que Leonardo intervino:

—No, es mejor a lado mío.

Y a lo que Raphael agregó:

—Solo porque eres el mayor no significa que tomes el papel de «hermano ejemplar».

Y a los que Splinter concluyó seriamente:

—Niños. Es nuestra primera cena familiar en que integramos a un nuevo miembro a la familia. No se los puedo repetir todo el día.

El ambiente familiar que estaba esperando Splinter parecía estar decayendo. Exageradamente en su cabeza, era como una batalla entre perros (los padres) y gatos (los chicos).

—Pero, papá —excusó Mikey.

—No discutas, Miguel Ángel —Splinter vio a Donnie aun de pie—. Lo lamento, a veces puede que tengamos estas discusiones como familia pero se resuelven a tiempo. Puedes sentarte al lado de Miguel Ángel

Este último mostró una mirada de victoria. Miwa, que estaba en el mismo lado de la mesa, suspiró poniendo los ojos en blanco.

—Hombres.

—¿No te molestaste por la espera, Donatello? —preguntó Shen.

—De ninguna manera —afirmó Donnie sentándose en su almohadón.

Si bien el muchacho entendía, que las cenas familiares eran una forma apacible de unir enlaces que aun no se forman o que se han quebrado debido a conflictos u otros problemas. Recordó sus tiempos en que cenaba con los demás chicos del orfanato, siempre charlando, riendo y chillando; algunas veces fue testigos de algunas guerrillas de comida, donde veía volar algún trozo de carne jugosa o chorros de zumo de cereza; pero nunca vio volar un postre en su vida. También creía en que las cenas familiares —como el mejor centro de convivencia del mundo— el derecho a poder hablar no se le sería arrebatado. Hablar de nuestros días (por ejemplo «¿Qué tal estuvo tu día?» «¿Cómo te ha ido en el examen?» «¿No te enteraste que…?» «¿Qué piensas hacer mañana?»), el trabajo, los amigos, los hobbies, de todo…

Durante la cena, pasado cinco minutos aproximados en el que estuvieron callados y sirviéndose sushi tranquilamente, excepto el chico revoltoso y el rebelde que devoraban sus tazones de arroz como locos, Splinter le cayó la cara de vergüenza.

Donatello nunca había cenado de la forma en que los Hamato lo hacían: sentados sobre almohadones blancos, la comida sobre una mesa baja y todos sentados con las piernas cruzadas (excepto a Shen que estaba cómoda sobre sus piernas). No había cubiertos, todos comían con palillos; por suerte había servilletas.

—Es tu primera vez cenando de esta forma —dijo Leonardo a Donnie como si le leyese la mente—. Lo sé porque lo veo en tus ojos.

Donnie lo miro tímidamente.

—Y porque estás tomando mal los palillos —concluyó Miwa—. Permíteme.

Avergonzado, Donnie tenía uno de los palillos por la punta equivocada. Miwa articuló sus dedos para mejorar su postura. Ambos sonrieron al ver que dio resultado cuando Donnie tomó un poco de su tekka maki, disimulando sus mejillas sonrosadas agachando la cabeza.

—Dinos, Donatello —dijo Rapha—. ¿Cuéntanos de ti? Y no solo espero ver como mueves la cabeza para decir sí o no, amigo. ¿O siempre eres tan callado?

«Por dónde empezar» pensó Donnie.

—Bueno humm… soy bueno en las matemáticas.

—Genial —afirmó Mikey—. Ahora me irá bien en los exámenes.

No solo eran las matemáticas en que tendría que ayudarle, sino en casi todas las clases que tanto le costaba. A Donatello le parecía divertido ser como un maestro para sus nuevos hermanos, aunque para Mikey su campo de la concentración era escasa; en menos de un minuto ya estaría soñando con la patineta que tanto soñaba. Estaba claro que prefería vivir en su cabeza o irse a otro planeta.

—Eso sería fantástico —Shen comentó—. Pero debes entender que Donatello no hará tus tareas y estudios para toda la vida. También debes dar tu esfuerzo —a lo que lanzó una mirada seria, pero tranquilizadora, como si digiera: «No te salgas con la tuya».

—Lo sé, mamá —se quejó el chico.

Si Donnie fuera un psicólogo, en un diagnostico podía definir el problema de Mikey y la escuela: inmadurez indefinida.

Donatello habló más de él y su vida en el orfanato y los niños con los que vivía. Disfrutaron de su cena como nunca antes lo habían hecho. Ahora eran una familia de siete; siete y medio agregando a la nueva y tercera mascota. No muchas familias son tan numerosas.

—Miguel Ángel —dijo Shen—, cuando traigas a tu gato, por favor no intentes darle de comer más helado.

—Pero mamá, Gatito Helado es un fan del helado, por eso lo llamé así.

—Lo sé, cielo. Pero no puedo estar todo el día limpiando helado de fresa en el tapete de tu habitación.

Donnie escuchó la situación sobre la mascota que no había conocido todavía. En su cabeza empezó a analizar el problema hasta encontrar una respuesta sacada de su cerebro infinito de conocimiento.

—Los animales no deben comer comida de persona, porque cambia su alimentación y es posible que su digestión no sea buena. Metabolismo. El helado, por ejemplo, tiene colorantes y algunos químicos; y está a una baja temperatura.

Todos parecían desconcertados mirándole como un ídolo muy aclamado. El conocimiento del chico lo hacía parecer como un veterinario graduado con honores.

—Vaya, ¿de dónde sacaste eso, Señor Diccionario? —preguntó Raphael—. Tenemos a un nerd entre manos.

—¡Raphael! —exclamó su padre.

—Solo fue un decir, no quería ofender. No exagere, sensei.

Para Hamato Yoshi fue ofensivo usar ese tipo de sobrenombre. Tenía razones para replicar de esa manera, pero tarde o temprano (quizá esa noche) entendería que había sido duro y que era posible que para mañana las cosas podrían estar mejor.

—¿Qué no exagere? Para mañana en el entrenamiento quiero que hagas 30 vueltas. Sin chistar.

—Debes estar —en ese mismo instante se vio interrumpido con la mirada helada que su padre le puso—. Vale.

Splinter no parecía estar del todo satisfecho. Con la mirada grave en Raphael esperaba a escuchar un «¿si qué?» y que respondiera como en el ejercito. Pero la guarida de los Hamato no era un centro militarizado y nunca lo sería.

—Hai, sensei —finalizó bajando la cabeza con el ceño fruncido.

Donnie notaba la forma en que se comunicaban, aun así, le gustaba aprender nuevos idiomas.

—¿Cómo sabes tanto? —inquirió Leo.

—Lo leí en una revista educativa.

—¿El National Geographic? —agrego Miwa

—No. Fue hace años, pero aun recuerdo su contenido. No es una revista tan reconocida.

—¿El Newsweek? —adivinó Mikey.

—Esa es una revista de política —corrigió Leo—. En fin ¿Siempre has vivido en Nueva York? —dirigiéndose a Donnie—. Lo digo porque tienes una aspecto de alguien que no nació neoyorquino.

La pregunta llevó a Donnie de nuevo a la nostalgia. En donde no era más que un crio.

—De hecho, si —admitió—. De muy pequeño vivía en Seattle.

—¿Seattle? guau. Dicen que llueve mucho allá que aquí.

—Me mude cuando tenía cuatro —agregó—. Pase un año en acostumbrarme a la Gran Ciudad hasta que…

De repente, un helado presentimiento rodeó al joven haciéndose sentir como la única persona en el mundo, solo y sin nadie que lo acompañara. Volvió a pensar en el terrible día de la tragedia. Las imágenes más fuertes lo golpearon como un martillo a un clavo.

—Donatello ¿estás bien? —Yoshi preguntó preocupado.

Guardó silencio por un rato.

—Necesito usar el baño.

—Hay uno debajo de la escalera —indicó Shen—. ¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias.

Se retiró y fue rápidamente al tocador que le indicaron. Cuando el desapareció de la habitación, todos se miraban confundidos, sobretodo Mike que no parecía entender nada de lo que pasó.

—¿Será porque no le gustó su cena?

La pregunta que hizo el menor, le hizo caer la cara de vergüenza a Raphael, mascullando un «cállate» tan silencioso para que no lo escucharan sus padres

En el cuarto de baño, Donnie abrió el grifo de agua fría. El agua cristalina que caía hacia el sumidero salpicaba los bordes del lavabo. Puso sus manos y al sentir la sensación del frío, solo agraviaba su tristeza.

Se pasó las manos por la cara y se masajeó los pómulos. Miró su reflejo y se dijo:

—No me volverá a pasar. No esta vez. Contrólate.

Tomó una toalla para secar su rostro. En los últimos días, no había soltado ni una lágrima.

A la hora de dormir, Mikey tenía a Gatito Helado ronroneando en su regazo en su cama. Cariñoso como siempre se fue a parar en su rascador sobre el televisor. Sonriente al ver que su mejor amigo estaba bien donde dormía, mejor ahora que Atenea vivía con ellos.

Tang Shen entró a su habitación.

—¿Todo listo para dormir, amor?

—Por supuesto —respondió el niño.

—¿Te lavaste los dientes?

—De adelante y atrás.

Rapha estaba tumbado en su cama alimentando a su tortuga Spike, la hoja de lechuga iba siendo lentamente devorada por el pequeño quelonio. Su pico mostraba una sonrisa que solo su amo, dueño y único amigo del alma podía entender.

El escuchaba a su hermano y a su madre como inquisidora nocturna para ver si todo estaba bien. Sus risas hacia apacible la habitación.

—Mamá ¿Puedo preguntarte algo?

—Seguro.

—¿Qué fue lo que pasó en la cena? Cuando Donnie fue al baño. Lo vi como asustado.

Shen observó a su alrededor y que Raphael mantenía la mirada fija en ella, ya que quería saber también. Segundos después, Leonardo y Miwa entraron buscando lo mismo que sus hermanos. Sabía entonces que debía decirles la verdad sobre su nuevo hermano.

—Bueno —suspiró—, como ya están presentes —inició—, no me queda más remedio que contarles.

Los cuatro escucharon atentamente la historia del chico que perdió a sus padres y a su hermana en el peor y traumático accidente que nadie quiere vivir. La experiencia de sentir lo mismo que el otro afecta no solo en la mente, sino del corazón y del alma. La razón por la que terminó en un orfanato, solo, sin ayuda para dejar de ser dependiente y ser autosuficiente.

Después de escuchar el relato, la reacción de los chicos fue en un silencio que solo dejaba paso al ruido de las avenidas y el ladrido de los perros, como todo drama de la vida real de los programas de televisión o en las películas. Pero esto fue real y no tenía reparo.

—La razón por la que Donatello está ahora en nuestras vidas, no es solo porque sentí lastima por él, sino también porque sé que necesitaba ese aire cálido que le hacía falta. Un refugio para su tormento.

Una expresión poética para referirse a la ayuda de los más necesitados. Leonardo miraba con tristeza que pronto surgió una mirada esperanzadora. Mikey tenía pocas y diminutas lágrimas brotando de sus cuencas.

—Qué horrible sensación —comentó Miwa.

—Lo sé —afirmó y abrazando a cada uno de sus hijos formando un semicírculo—. Quiero que me prometan algo: su padre ha sido duro con ustedes, en especial contigo Raphael para que no intentaran herir a Donatello. Sé que ustedes son buenos niños, pero deben entender que cosas pequeñas pueden causar cosas enormes. Es por eso que entre ustedes intenten incluir a su nuevo hermano y que se sienta parte de la familia. Juntos no estaremos solos, porque unidos somos fuertes de corazón, como dice su padre. ¿Entendido?

—Hai —los chicos dijeron al unísono.

—Bien —sonrió ella— Por cierto, Raphael. Te bajaron tu entrenamiento, serán solo quince veces, no treinta.

Rafael suspiro de alivio, pero aprendió la lección. Todos fueron a sus camas para dormir e iniciar un nuevo día.