Disclaimer: Los personajes no son míos . Son de la fantástica J.K Rowling .


Wrecking Ball

―Hola Hermione – escuchó que la saludaban e instantáneamente desvío su atención del antiguo tomo de runas que llevaba estudiando desde hace unas cuantas horas y se enfocó en su soñadora amiga Luna, quien se había sentado a su lado.

―Luna – saludó la chica con una pequeña sonrisa. Prácticamente no había sabido nada de su rubia amiga desde el inicio de clases y siendo brutalmente honesta, un poco de charla sobre las incoherencias en las que su amiga suele creer, le haría un bien a su estado de ánimo. Había pasado cada minuto de su tiempo libre, incluso en medio de clases, Godric Gryffindor la perdonara, leyendo libro tras libro que se relacionara con antiguas lenguas o códigos, runas, claves, algo que le pudiera dar aunque sea una mínima pista sobre el contenido de aquella carta de la cual Nott le habló. Pero nada. Y ya estaba empezando a oscurecer.

―Te ves cansada – observó la Ravenclaw y la castaña no pudo hacer otra cosa que silenciosamente llevarle la razón. Se había despertado a primera hora de la mañana, a pesar de no tener clases sino hasta mediodía, y había pasado cada hora, saltándose el desayuno sin siquiera notarlo, en la biblioteca. Al día siguiente sería la primera visita del año a Hogsmeade y la castaña se había retado a si misma poder descifrar algo, aunque sea una mínima parte de la carta, antes de la visita. Prefería encontrarse con sus mejores amigos sin tener otros asuntos en mentes, como los que tenía ahora, y al parecer a cada momento de su tiempo libre.

Entre Nott, Malfoy, Ginny y su constante mal carácter con la nueva chica terminaría internada en un psiquiátrico pronto.

Además, la noche anterior no había podido dormir mucho, rememorando una y otra vez su pequeña conversación nocturna con Malfoy en la Torre de Astronomía. Estúpido Malfoy y su tendencia a ser el motivo de sus trasnochos. No habían hablado mucho más luego de haber zanjado el tema de la correspondencia entre Malfoy y Harry, la chica incómoda le había preguntado al albino si ya se había recuperado completamente del incidente con Neville y la serpiente había respondido tajante haciendo que cualquiera intención de entablar conversación civilizada con el rubio, se escapara de la mente de la gryffindor, quien simplemente asintió y se despidió secamente del rubio alejándose de la torre y dejando atrás a un rubio que miraba abstraído al cielo nocturno.

Había algo en lo que le había dicho el albino, que no le terminaba de cuadrar. Hermione conocía a su mejor amigo, y sabía que el azabache hubiese preferido mil veces mandarle una carta de agradecimiento él mismo a la señora Malfoy, que pedirle al hurón que sirviera de intermediario. Así que tenía que haber más que eso, sólo que por los momentos no iba a conseguir más respuestas. Y por el infierno que eso le molestaba, en masivas cantidades.

― Si, no dormí bien anoche – admitió la gryffindor sofocando un bostezo antes los ojos saltones y preocupados de su amiga.

―Deberías de dormir más, si no los quitchs comenzarán a rondarte – advirtió la oji azul ganándose una mirada confusa de la castaña.

―¿Quitchs? – preguntó la gryffindor insegura de querer escuchar la respuesta de su amiga, más ansiando distraerse un poco.

―Oh si, son criaturas que rondan sobre la cabeza de aquellos quienes están muy agobiados, estresados o sufren de insomnio. Son llamados así por su apariencia, se asemejan un poco a la Snitch de un partido de Quidditch, pequeñas criaturas doradas volando alrededor de tu cabeza. Mi papá suele tener muchos de ellos rondándolo, y lo hacen enfermar – comentó la Ravenclaw.

La castaña un poco atontada asintió lentamente tomando toda la nueva información que recibía de su amiga. A pesar de no creer en esas criaturas míticas de las que tanto hablaban Luna y su padre, ella les tenía el suficiente respeto como para interesarse en el tema. Además le parecía fascinante como su amiga parecía tener aquella facilidad de dejarse llevar completamente en un mundo de fantasías. Francamente, a veces deseaba creer en todo aquello, así capaz podría vivir como Luna. Ciega a las críticas de los demás y ensimismada en sus propios pensamientos.

―Pues…si, no quiero coger ningún quitch – afirmó con vehemencia la castaña para luego volver a centrar su atención en el largo tomo que reposaba en frente de ella y la carta de Nott, la cual había dejado también sobre la mesa, tratando así de facilitar un poco su trabajo a la hora de comparar letras, claro que nada había funcionado – pero…por los momentos no puedo descansar tan a la ligera – dijo la castaña escuchando su propio lamento.

―¿Por qué? – preguntó dulcemente la rubia, que miraba de reojo la carta que reposaba en la mesa frente a su castaña amiga. El primer instante en que sus ojos se posaron en ella, había identificado el tipo de letra, pero le intrigaba saber que su amiga tuviera conocimientos sobre ese tipo de código, aunque tampoco sería de extrañar. Siendo ella Hermione Granger, la chica más lista de su generación.

―Oh…bueno, verás – comenzó la gryffindor decidiendo que no haría daño contarle un poco a su amiga, confiaba totalmente en ella y sabía que no corría riesgo de que la rubia le contara algo de lo que le dijera, a nadie – hace unos días me topé con esta carta – comenzó, señalando la carta en cuestión – y desde entonces llevo tratando de descifrar qué dice, sé que la escritura es alguna especie de código, patrón, runas….pero no puedo poner mi dedo en ello, y ya me estoy quedando sin opciones – admitió derrotada la castaña. La verdad es que había tomado el descifrar esa carta, como un reto a superar en su, aparentemente, muy aburrido último año en Hogwarts. Ya recuperar su maletín había pasado a segundo plano.

―¿Te haría feliz el descifrar que dice la carta? – preguntó la rubia mientras hojeaba dicha carta, y la castaña asintió no muy segura de lo que planeaba su amiga mirando tan profundamente a dicho documento.

―La verdad es que si – admitió la gryffindor exponiendo en voz alta sus deseos.

― Tienes razón con respecto a algo, si son runas, son una especie de runas bastante antiguas llamadas Futhark

La castaña miró a su oji azul amiga parpadeando repetidamente, francamente anonada. Jamás, ni en sus más locas ensoñaciones, se le habría pasado por la cabeza que aquella excéntrica chica supiera algo referente al tema. Pero tenía algo de sentido. La chica era Ravenclaw por algo. Una casa conocida por su inteligencia, destreza y habilidad mental. Además estaba el hecho de que ya muchas veces, su amiga había probado su inteligencia dándose cuenta de ciertas cosas que otros no, y además no sería raro, que siendo así de excéntrica, supiera algo sobre un tema tan extraño como lo era aquella carta.

―¿Futhark? – preguntó una vez se recuperó de su estupefacción. Algo de aquel nombre le sonaba familiar, más le costaba decir qué.

― Si, es una rama de las runas, hay más – comentó la chica sin despegar la mirada de la carta – también hay varios tipos de Futhark, pero éste es el más antiguo, iniciado en Escandinavia, normalmente no se usa mucho, ya que se ha ido desarrollando otro tipos de Futhark más avanzados y originales, éste se ha dejado atrás, pero sé que hay algunas personas que aún lo usan.

― Y…¿podrías decirme que dice la carta? – preguntó la castaña temiendo la respuesta. Sería muy bueno para ser real, si de la nada conseguía entender toda la carta en un santiamén.

― No – dijo la rubia y la castaña se dejó deslizar un poco en su silla, sintiendo como la decepción caía sobre ella. Oh, vaya que si se había ilusionado. – No totalmente – continuó la rubia – Llevo mucho tiempo que no uso estas runas, pero creo que aún podría ser capaz de entender una que otra línea – culminó la Ravenclaw.

Oh, gracias Merlín por mandar a esta chica en mi camino – pensó la castaña sintiéndose verdaderamente agradecida.

― Sería de gran utilidad Luna – respondió la castaña con una sonrisa, esta vez verdaderamente alegre.

―Pues…– comenzó la rubia tras un largo período de silencio en el cual se había dedicado a escanear las antiguas runas que la carta revelaba. – Sólo logro entender unas pocas palabras – dijo la rubia para desaliento de la gryffindor, quien suspiró. Si, demasiado bueno para ser real. – Pero, si quieres podría conseguirte un libro que habla sobre Futhark – ante esto la castaña asintió esperanzada. Quizá no podía conseguir que Luna le tradujera la carta, pero si conseguía que le diera un libro que la ayudara con descifrar la carta, serviría igual de bien. – Pero tardará un rato – añadió la rubia.

―¿Cuánto? Y si no te molesta que pregunte…Luna ¿cómo es que sabes sobre todo este asunto del Futhark y las runas? – preguntó auténticamente curiosa. Sabía por Ginny, que la Ravenclaw no tomaba clases de Runas Antiguas.

―Oh, mi mamá me enseñó – contestó con un deje de nostalgia que hizo que Hermione se mordiera el labio entristecida. Había escuchado la historia de la muerte de la señora Lovegood, y sólo podía hacer conjeturas de lo destrozador que debió haber sido para Luna ver morir a su madre ante sus propios ojos. – Ella solía hacer pociones, realmente era buena en ello, muchos magos de otros países, religiones, culturas, creencias se pasaban por casa para que mamá les vendiera cantidades inimaginables de pociones. A mí me parecía interesante y un día le pedí que me dejara ayudarla. Mamá lo consideró peligroso, pero dijo que si había algo con la que la podía ayudar, escribiendo. Ella solía mantener correspondencia con alguno de sus más constantes compradores, y hubo una época en la que las pociones consumían todo su tiempo y no tenía para otras cosas, como escribir o leer cartas. Así que me pidió que la ayudara con eso. Muchas fueron fáciles, pero habían otras que estaban escritas en raras lenguas, mamá me dijo que unas eran idiomas tan antiguos que sólo una pequeña secta la usaba, habían desde idiomas en romance, hasta runas, como la Futhark. Mamá me enseñó todas. La futhark, específicamente la usaba con los clientes del Sur, según tengo entendido son un pequeño grupo de magos que se mantienen escondidos, desde años atrás, inclusos antes de la primera Guerra, jamás se inmiscuyeron en esos asuntos. Eran como un grupo que se encontraba entre las dos líneas, la del mal y la del bien, sin definirse por una. Solían comprar en su mayoría pociones para la edad y el hambre, mamá decía que pasar tantos años escondidos les dificultaba el encontrar alimentos y cuidar de ellos mismos. Muy pocos se reproducían, así que poco a poco fueron reduciéndose en números, así que actualmente no sé cuántos quedan. Pero mi papá mantiene contacto con uno. Artemis Scamander. Fue uno de los primeros miembros del grupo, fundador, se podría decir. Quizá podría conseguir que papá le pida aquel libro que mi mamá le dio un poco antes de morir, con el fue que aprendí el Futhark – aclaró la rubia a una castaña que no cabía de asombro.

Escuchar una historia como aquella, sobre sectas ocultas, la primera Guerra, Artemis Scamander, antiguos libros, otras lenguas…se le hacía extremadamente fascinante.

Después Ron y Harry andan diciendo que la historia no es interesante – bufó mentalmente la gryffindor

―Oh Luna, eso sería asombroso…que contactaras con Artemis Scamander, soy una gran admiradora de él, escribió uno de mis libros favoritos "Animales fantásticos y dónde encontrarlos". Estaría tan honrada si lograrás que me prestara el libro – dijo la chica con jovialidad obteniendo una sonrisa por parte de su rubia amiga.

― Lo intentaré Hermione – dijo a modo de despedida la Ravenclaw mientras se levantaba de su asiento – Por cierto…lo que logré entender de la carta fue "Bajo las ordenes" "Mis más sinceras disculpas" "Atardecer" "La orden".

La castaña frunció el ceño completamente extrañada. Si trataba de unir aquellas frases, no se le venía nada en mente que las relacionara. ¿De qué iba todo aquello?. ¿Y si aquello era algo más…mucho más grande de lo que una simple chica de 18 pudiera manejar?. ¿Realmente estaba haciendo lo correcto en no reportar nada de esto a las autoridades?.

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―¡Práctica de Quidditch! – gritó un moreno en la Sala común de Slytherin ganándose una mirada envenenada de parte de su albino amigo.

― Ya te dije Blaise, que no necesito practicar para ganarle a ese cabeza de troll – siseó cabreado. Su amigo ya llevaba días molestándolo con el tema del primer partido de quidditch, o más bien, en el primer entrenamiento oficial de slytherin. Sabía que sus amigos contaban con él, y que si no ganaba el puesto estaba sometiéndolos bajo el mandato de Gorvin, quien se aseguraría de hacerles la vida un infierno. Y la verdad, el rubio quería evitarles eso. Pero no iba a ponerse a practicar como un aficionado corriendo el riesgo de verse preocupado de poder perder ante el troglodita.

Por años él había formado parte del equipo de slytherin, en cambio Gorvin sólo había logrado entrar en el equipo el último año, y eso valiéndose de que muchos del equipo se encontraban escondidos, ausentes o con otro tipo de asuntos oscuros. Sólo lo había visto jugar una vez, como bateador, y no tenía mucho potencial. Sabía que había pedido el puesto de buscador, pero no se lo dieron. A estas alturas Draco no sabía si su petición fue negada porque ese puesto estaba ocupado por él, o porque realmente el chico no tenía lo que se necesitaba para cubrir el puesto. Tampoco es que le importara, él confiaba en sus habilidades. Slytherin rara vez perdió un partido cuando él jugaba, a no ser que fuera contra Potter.

― ¿Puedes, por un miserable día, dejar tu ego atrás? – preguntó cabreada Parkinson mientras miraba enojada a su albino amigo. No podía creer que todavía, luego de todo lo que había pasado, su mejor amigo siguiera con esa actitud.

― No es mi ego Pans – suspiró el chico buscando qué palabras decir para no enfurecer más a su amiga – Entiéndelo, si Gorvin me ve jugando, asumirá que estoy preocupado por el puesto, y agarrará de ahí para fastidiar, más de lo normal.

―¿Y QUÉ? – chilló la morena y los otros dos slytherin que se encontraban a su lado se encogieron en sus asientos. Cuando la chica se enojaba, daba miedo, real y puro. – ¿Desde cuándo te importa lo que piensen los demás? – inquirió la chica cabreada.

― Por Salazar, Pansy, a mí me da igual lo que digan de mí, estoy previniendo que no los molesten a ustedes. Merlín sabe que ya de mí no pueden decir nada peor, pero ustedes…tú Pans, a pesar de que tus padres están en Azkaban…sólo tienen sentencia de cinco años cada uno, tú saliste ilesa. Theo, tus padres están…si, no están, pero nadie ni siquiera ha considerado culparte de nada, saliste totalmente limpio y tú Blaise, igual. Así que discúlpenme por tratar de que eso se mantenga así – culminó dejando auténticamente sorprendidos a los tres slytherin. Su amigo albino jamás hablaba de sentimientos ni mostraba que le importaba otra persona a parte de sí mismo, y que tomara en cuenta lo que pensaran los demás de ellos era una grande muestra de afecto a la que ninguno estaba acostumbrados.

La morena sentía su garganta seca y sus ojos húmedos, a la par que la culpa comenzaba a cernirse sobre ella. No debió haberle gritado así...

― Draco – comenzó, pero el rubio la interrumpió levantándose del sillón en el que se encontraba hasta esos momentos.

― No te molestes Pansy, sé que te disculparás, no importa….sólo…olvídenlo – se limitó a decir tras un suspiro y salió de las mazmorras dejando a tres serpientes atrás que se preguntaban qué debían olvidar, si el asunto del Quidditch, o la pequeña charla emotiva.

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No sabía por qué, ni cómo había terminado parado frente aquella sala que tantas pesadillas le trajo en su sexto año, pero allí estaba. En frente de la Sala de Menesteres, pidiendo un lugar tranquilo donde poder pensar sin que nadie se entrometa. Específicamente la última parte, viendo que al parecer cada lugar que escogía de guarida terminaba siendo un fraude. La Torre de Astronomía, perturbado numerosas veces por cierta gryffindor de pelo como arbusto. El campo de Quidditch, por Gorvin y sus secuaces. La cocina, por Potter.

Un mes después del juicio …

No entendía qué hacía devuelta en el castillo. Si, había accedido, bueno, prometido, donar una cierta cantidad de galeones al establecimiento para poder renovarse y recuperarse de los daños luego de la Guerra, pero eso no implicaba que el albino tuviera que volver a aquel lugar que representaba lo peor y a la vez lo mejor de sus años.

La profesora/directora McGonagall le había mandado una lechuza con una carta que le pedía que se presentara en el castillo a primera hora del día siguiente. El rubio se había propuesto no ir, por lo menos hasta que su madre se enteró de la carta y la petición de la profesora, y le pidió, obligó, coaccionó a que asistiera.

Así que allí estaba, parado frente a la entrada del castillo preguntándose, por vigésima vez en el día, qué demonios hacía ahí.

―Señor Malfoy – escuchó que le decían y enseguida enfocó su atención en su antigua profesora de transformaciones, quien se acercaba desde el otro lado de las rejas del castillo y con un movimiento de varita las abría para él – me alegro que esté puntual – dijo cordialmente la mujer, aunque no engañaba a nadie. El ceño fruncido y la manera en que evitaba mirarle a los ojos le decía todo. La vieja mujer no confiaba en él y obviamente no era una, de las pocas personas, que estaban dispuestas a darle una segunda oportunidad. No es que le importara mucho de todos modos, nunca fue muy apegado a ella, y además tener su apoyo ya no significaba nada para él, ya que no pensaba volver a ese castillo jamás.

―Directora McGonagall – se limitó a decir el chico a modo de saludo.

― Bien, señor Malfoy, ¿puede seguirme a mi despacho?. Creo que es mejor que hablemos allá adentro que acá – dijo tomando camino hacia su despacho. El rubio le seguía de cerca mirando curiosamente a los alrededores, sintiéndose a la par como un chiquillo de primero, otra vez. En tan sólo unos pocos meses habían conseguido lograr mucho. Ya no sólo la mayoría de las paredes estaban re-construidas, si no que no había más escombros ni grietas visibles. Además, algunos cuadros desaparecidos y uno que otro adorno nuevo. Haber estado seis años en un mismo lugar que no presentara el más mínimo cambio, y de repente ver cambios tan pequeños, pero a la vez significantes, le hacía sentir exactamente como su primer día en el castillo. Asombro, curiosidad e incluso respeto.

Escuchó a la profesora musitar su contraseña y la siguió dentro mirando detenidamente el espacio. Pocas veces había estado en el despacho de la directora. Anteriormente perteneciente a Dumbledore. Su padre se había encargado de que se le castigara lo más mínimo posible, así que las pocas veces que había pasado por ahí, había mirado todo con su disfraz de indiferencia, no tomándose un tiempo para admirar el entorno. Ahora que ya no importaba el disfraz, se dio el lujo de detallar una que otra cosa del lugar. Como los diversos cuadros en las paredes de, aparentemente, cada director que una vez pasó por el castillo. La esquina donde el pensador se encontraba, el gran escritorio en el centro del lugar. Las escaleras, que imaginaba, llevaban hasta la habitación de la directora…

― Asumo – comenzó la directora atrayendo la atención del rubio – que se preguntará el motivo por el cual le pedí que viniera a Hogwarts – luego de obtener un asentimiento por parte de su alumno, continuó – debo ser honesta, pensé que quizá no iba a venir – al ver el ceño fruncido del rubio, agregó – bueno, si le hubiese dicho la exacta razón del por qué le pedí venir acá, seguramente no habría venido.

El rubio ahora confundido, cabreado y aburrido se sentó, sin esperar permiso de la directora y la miró esperando a que continuara.

―Estamos muy agradecidos por su contribución con el re-establecimiento del castillo – el rubio rodó los ojos rogándole a Merlín que esa visita no fuera sólo para agradecerle. Bien le pudo haber mandado un obsequio si tanto agradecimiento sentía, y no hacerle perder su valioso tiempo. – Pero esa no es la razón por la que le solicité su asistencia – se apresuró a agregar previendo los pensamientos del chico. – Quería, por todo lo que cuenta, pedirle dos cosas. La primera es que se encargara del armario evanescente que se encuentra conectado con Borgin y Burkes y la segunda …

― ¿Y cómo pretende que lo haga? – interrumpió rudamente el rubio mirando a su antigua profesora como si hubiese perdido la razón.

― De la misma manera que se las ingenió para conectarlos – espetó ácidamente, más luego se corrigió notando lo poco ético que había sonado aquello. – Me refiero…se bien que el armario sólo aparecerá en la Sala de Menester si se desea, pero en dado caso, está el riesgo del armario situado en Borgin y Burkes – explicó.

― Así que quiere que me deshaga de ese – completó el rubio, más sin entender por qué. Es decir, no es como si él fuera el único capaz de hacer aquello. De hecho, cualquier auror podría hacerlo mucho más rápido que él. Podría apostar a que esa era su sutil manera de castigarle e intentar que vea el mal en sus acciones.

Muy tarde, profesora – pensó con sarcasmo el chico.

―Exactamente señor Malfoy…y la segunda es un préstamo – al ver que el rubio alzaba una ceja, se apresuró a explicar – Verá…con la batalla perdimos muchos elfos, y como bien debe de saber, son criaturas extremadamente valiosas para nuestro castillo – comenzó a recitar pero se vio nuevamente interrumpida por el albino, quien no se encontraba de humor para una charla sobre morales, ética y la importancia de los seres inferiores.

― ¿Cuántos necesita?

― Cuantos sea capaz de ofrecerme, señor Malfoy – respondió la profesora con el ceño fruncido. No le gustaba la actitud del slytherin, y que Merlín la perdonara, pero si tuviera que elegir su alumno menos-favorito, sería él.

― Bien, mañana a primera hora tendrá a sus elfos – culminó el rubio levantándose de la silla en la que se había sentado durante la conversación.

―De acuerdo, gracias señor Malfoy, eso es todo – con eso el rubio se dirigió a la puerta dispuesto a salir lo más pronto posible de allí – siéntase libre de retirarse del castillo, o bien puede dar una vuelta por los alrededores.

Con eso, la puerta del despacho de McGonagall se cerró tras de sí. Más el rubio le prestó poca atención. Estaba sopesando la oferta de la mujer. Si era sincero consigo mismo, tenía muchas ganas de recorrer el castillo una última vez antes de despedirse de él para siempre. ¿Y cuándo iba a encontrar otra oportunidad como aquella?.

Decidido a aceptar la oferta, se encaminó hacia el primer punto de parada de su recorrido. Las mazmorras.

Volver a ellas le hacía recordar muchos momentos vividos allí, como la primera vez que las vio, en su camino a los dormitorios. Absolutamente todos sus compañeros estaban fascinados con esa parte en específico del castillo. La más fría, solitaria y oscura de todas, después del despacho de Snape, probablemente. Pero para los slytherin significaba una sola cosa: familiaridad.

Cada uno y sin excepción, de los alumnos seleccionados para slytherin poseían una gran cuenta bancaria en Gringotts y una mansión. Conocía la de los Parkinson, los Notts, los Zabini, los Greengrass, entre muchas otras, por lo que podía decir con seguridad, que cada una tenía ese aire que irradiaba las mazmorras, oscuridad. Pero no específicamente mala, sólo una oscuridad que a él se le antojaba cómoda.

También recordaba con bastante claridad su segundo año, el incidente de la cámara de los secretos y como aparentemente todos sus compañeros daban por seguro que él era el heredero de slytherin. A su edad se había sentido poderoso y halagado, y muchas veces sólo por tomarle el pelo a otros, jugaba a serlo. Pero muy en el fondo sabía que aun así de ser él, el heredero, jamás haría todas esas atrocidades…bueno, quizá si hubiese petrificado a la Sra Norris, Merlín sabía que esa bola de pelos le había traído suficiente problemas a lo largo de los años. Recordaba específicamente cuando Crable y Goyle habían actuado bastante extraños, primero perdidos en el camino hacia las mazmorras, luego haciéndole pregunta tras pregunta y por último, pero más alarmante aún, saltando en defensa de la come-libros, sangre-sucia, amiga del niño-que-vivió.

Salazar sabía lo inconsciente e inmaduro que había sido al haber dicho que deseaba que Granger fuera la siguiente víctima. Realmente le daba igual, sólo había dicho aquello para quedar bien como el príncipe de slytherin. Pero ahora, cinco años después de aquello se arrepentía sinceramente, la Gryffindor no se merecía ni se merecería nunca aquello.

Luego habían otros momentos que recordar, como la primera vez que estuvo con una chica…había sido Pansy. Habían probado una especie de noviazgo antes de cuarto, pero no había funcionado. Más no se arrepentía de haber estado con la que actualmente es su mejor amiga. También estaba aquellos fatídicos días de deambular por el castillo, prácticamente en estado zombie, dándole vueltas en su cabeza al asunto del armario y su tarea de asesinar a Dumbledore. Aquellos habían sido los peores meses de toda su vida.

Tener que debatirse entre hacer lo que tenía que hacer y lo que debía hacer. Tenía que matar a Dumbledore, si no la vida de su madre estaría en peligro, debía haber dicho algo a su profesor, advertirle, pedirle ayuda, algo…pero con ello se hubiese arriesgado a ser descubierto por el Señor Tenebroso y por ende, mandar al matadero a su madre. Al final de cuentas había sido un cobarde para ambas cosas, no había podido evitarlo, pero tampoco había podido hacerlo. Al momento de tener desarmado a su profesor, se había acobardado. No podía hacerlo, tan simple como eso.

No dudaba que pudiera matar de ser necesario, pero matar a alguien tan poderoso como Dumbledore, un hombre que lo acepto en su castillo, un hombre que no hacía otra cosa que velar por sus estudiantes, un hombre que no le había hecho mal a nadie…No, él no podía matarlo.

Su último año había pasado como un borrón, recordaba las clases de los hermanos Carrows, obligando a los alumnos a lanzarse imperdonables entre si…por suerte el rubio jamás se vio obligado a ello, ya que para los mortífagos era opcional, en cambio para otros alumnos, como Longbottom, Thomas, las Patil…había sido una especie de castigo, lanza la maldición tú, o súfrela. Ese año para él, sólo había durado unos cortos meses, porque enseguida se había visto obligado a retirarse del castillo, no que lo fuera a extrañar demasiado, a permanecer en su Mansión, esperando por órdenes de su Lord, quien trataba a su familia como unas ratas de alcantarilla por culpa de él, por no haber podido cumplir su misión.

Pero a pesar de ello, las mazmorras para él, seguían significando comodidad y familiaridad. Quizá no tanto en esos momentos en los que, todavía, algunos muros estaban destrozados, grietas recorrían cada pared y escombros se encontraban por todos lados. Al parecer todavía no habían remodelado esa parte del castillo…o quizá simplemente no lo harían, como castigo a la casa de mortífagos. Merlín sabía que la mayoría de mortifagos eran slytherin, sólo sabía de unos pocos Ravenclaw y algunos que otros gryffindors en el bando del Señor Tenebroso.

Alejándose de allí, se encaminó hacia el campo de Quidditch, uno de los pocos lugares que realmente significaban algo para él en aquel lugar.

Había presenciado como aquel había sido prácticamente el centro de la batalla, donde la mayoría fueron derrotados, se imaginaba que ese había sido el lugar más difícil de volver a su normalidad. Pero allí estaba…el campo de Quidditch, con los aros en su lugar, las gradas re-construidas, todo impecable.

Los pocos momentos que había tenido de auténtica diversión, donde realmente había disfrutado y soltado una que otra risa, habían sido en el campo jugando Quidditch.

Salazar había sido testigo de lo furioso, celoso e infantil que había sido en su primer año al enterarse que Potter había conseguido entrar en el equipo, cuando se suponía que ninguno de primer año entra, sin excepción. Pero claro, Potter tenía que romper la regla, como con todo. Si Draco había estado furioso, su padre lo triplicaba en enojo e indignación, una vez se enteró del asunto, se encargó de conseguir el mejor entrenador de Quidditch, uno de los compañeros de Ludovic Bargman, de su época en la selección de las Avispas de Winbourne. Había pasado todas sus vacaciones de navidad practicando, al igual que su descanso para pasar a su segundo año.

A pesar de haber mejorado increíblemente en el juego, su padre inseguro de sus habilidades había optado por chantajear a los miembros el equipo de Slytherin con escobas último modelo. Con eso, y con un poco de sus habilidades, quería creer, logró obtener un puesto en el equipo. En el campo también había llamado por primera vez a alguien "sangre-sucia" y justamente había sido a Granger. Había escuchado a su padre decir aquel término una y otra vez, sabía qué significaba y lo había empleado para infringir dolor, lo cual consiguió con éxito al ver como los ojos de la ratona de biblioteca se humedecían. El insulto se había vuelto viejo a mediados de quinto, más para mantener las apariencias, jamás lo dejó de usar. Hasta ahora.

Año tras año se esforzaba al máximo, pero siempre estaba Potter ahí para impedírselo, no sabía por qué, pero por más que intentara, el azabache siempre le ganaba. Es como si fuera invencible.

Como una especie de Voldemort en el Quidditch – pensó con sarcasmo.

Lo había dejado en su sexto año, con su misión y todo lo que sucedía con el mundo mágico, veía absurdo preocuparse por banalidades como aquellas. Pero de ser sincero, hubiese dado lo que fuera para poder liberar un poco de estrés de vez en cuando en aquella época. Y viendo, por última vez el campo, debía de admitir que iba a extrañar esos juegos, incluso enfrentarse y perder contra Potter.

La cocina sería su última parada. Nadie sabía aquello, pero durante la última mitad de su quinto año, todo su sexto, y algunos momentos en séptimo, se escabullía por las noches para tomar un bocadillo nocturno y dejar correr sus pensamientos. Por increíble que fuera, aquél era uno de los pocos lugares en el castillo donde había verdadero silencio. Podía estar repleto de molestos elfos que se movían de un lado a otro molestando, pero si te tenían miedo, como era su caso, ni se te acercaban de no ser necesario.

Tan sumergido en sus pensamientos iba que no se percató de un chico con cabello azabache y anteojos salía de dicho lugar.

―Malfoy – saludó cordialmente al chico, que sobresaltado miró al niño-que-vivió con asombro y enojo.

Lo que más le alegraba de dejar atrás del castillo, probablemente sería a Potter. Y tenía que topárselo justo el día en que estaba decidido a decirle adiós a aquel lugar que por tantos años fue su hogar.

―Potter – dijo con parsimonia el slytherin.

― ¿Qué haces acá? – preguntó el azabache.

― Podría hacerte la misma pregunta

― Vine a visitar a Hagrid – Por supuesto, debió haber esperado algo así. Sabía que el gigante había mudado su hogar dentro del castillo, solo Merlín sabía en qué parte en específico. Recordaba como su tía Bellatrix había incendiado su cabaña aquel día de la muerte del director. Por supuesto que algún maldito miembro del Trío Dorado estaría bajo las faldas de ese gigante.

― McGonagall me pidió que viniera – se limitó a decir el albino decidiendo que ya no tenía ganas de ir a las cocinas y que prefería marcharse cuanto antes del lugar. Pero al parecer Harry tenía otros planes, por la postura incómoda en que se encontraba y la manera en que abría y cerraba la boca, como buscando algo apropiado que decir. El rubio rodó los ojos. – Dilo ya, Potter.

― Me estaba preguntando – comenzó el chico – si…¿podemos hablar un momento? – preguntó indicando con un gesto la cocina y el rubio suspiró asintiendo. Después de todo ya no podía actuar tan crudamente con su compañero, que en repetidas veces le salvó la vida.

―Amo Harry ¿qué le trae de nuevo por acá? – escuchó una vocecita irritante a sus espaldas una vez entraron en la cocina y se dio la vuelta para encontrarse con un pequeño elfo con un vestido. Se mordió la lengua para no bufarse. Seguro aquello habría sido idea de Granger, ella con sus estúpidas creencias de que los elfos debían ser tratados como iguales, le parecían un tremendo chiste al slytherin.

― Winky, vine con un… - Potter hizo una pausa pareciendo buscar un adjetivo que describiera al rubio – compañero, a hablar.

La pequeño elfo pareció notar la presencia del rubio y abrió sus ojos más grande de lo normal.

― Oh…si, Winky dejará solos al amo Harry y al amo Malfoy – musitó con cierto miedo que, para que negarlos, le causo satisfacción al rubio. Por lo menos alguien reconocía su poder.

Una vez Winky desapareció, la cocina quedo a solas y ambos chicos se sentaron frente a una mesa repleta de frutas y panes.

―¿Entonces Potter? – le apresuró el chico.

― Primero, quería pedirte que le dieras mis agradecimientos a tu madre…como sabrás, sin su ayuda no estaríamos acá – comenzó – también quería…hablarte sobre tu sobrino – al ver que el rubio alzaba la ceja auténticamente curioso, el gryffindor explicó – supongo que sabes que Tonks tuvo un hijo – el rubio asintió recordando la escena en el Gran Comedor justo después del final de la Batalla. Andromeda entrando con un infante en brazos, cayendo de rodillas y envuelta en lágrimas al ver el cuerpo de su hija yaciendo sin vida. – Bueno, no estoy seguro si esto sea de importancia para ti o no, pero no te voy a negar el derecho que tienes sobre él. Se llama Teddy Lupin, nombrado tras su abuelo. Es un metamorfomago, como lo era Tonks. Como ya supones, es tu sobrino segundo, y pues…en vista de que sus padres murieron – hizo una pausa que al rubio se le antojo un tanto dramática y espero a que el chico de gafas no se lanzara a llorar como una chica – y yo soy su padrino – al ver la auténtica mueca de sorpresa en el rostro de la serpiente, el azabache sonrío burlón – así es Malfoy, al ser yo su padrino, Teddy estará bajo mi responsabilidad. Te cuento todo esto con la simple intención de hacerte saber, que si en algún momento sientes ganas de conocer a tu sobrino, estás en todo tu derecho y nadie te lo va a prohibir, a pesar de todas las rencillas que hay entre ambas familias.

El Slytherin se debatió entre sentirse agradecido con el chico por haberse tomado el tiempo para comunicarle eso, o ofendido porque siquiera se pusiera en duda los derechos que tenía sobre dicho familiar suyo. No es que tuviera mucha importancia. No tenía planeado en ningún futuro pronto conocer a Teddy.

―¿Es hijo de Lupin, verdad? – optó por preguntar queriendo confirmar lo que una vez, en su séptimo curso, había escuchado musitar a su tía Bellatrix.

― Si, y si eso te pone algún impedimento por querer acercarte a Teddy – comenzó enojado el chico de gafas, pero Draco le interrumpió burlón.

― Mira Potter, relájate. Sólo estaba preguntando. Sé que el niño no salió licántropo, de igual manera no me interesa. No tengo intenciones de relacionarme con él – se sinceró el rubio.

Harry asintió sabiendo bien aquello. Realmente no había querido hablar con el Slytherin por ello, pero había optado por hablar de ello para parecer más casual a la hora de preguntarle lo que realmente quería preguntarle.

―Como quieras – le aseguró el niño-que-vivió – Hay otra cosa de la que quería hablar contigo – el rubio suspiró maldiciendo a todos los dioses por castigarlo de esa manera. ¿Por qué de todos los miles de alumnos en Hogwarts, tenía que haberse encontrado al más molesto? Bueno…al segundo más molesto, primero estaba Weasley. – Hermione – al ver como el rubio se tensaba a la mención de su amiga supo que iba por el camino adecuado. Había decidido dejar de hacerse el tonto, quería algunas respuestas, las cuales no iba a obtener de su mejor amiga a no ser que usara legeremancia en ella, y no iba a caer tan bajo, no de nuevo. Había pasado los últimos días dándole vueltas a todo el asunto Hermione-Draco y no veía un nexo entre la poca información que tenía.

Sabía que el rubio le había salvado en diversas ocasiones la vida a su amiga, y le estaba eternamente agradecido por ello, para qué mentir. También sabía que el hurón había dejado de usar esos motes tan desagradables, como "sangre sucia" y "ratona de biblioteca" a mediados de quinto, había notado como la chica se tensaba a la mera mención de su nombre, como lo defendía vehemente a pesar de que no pareciera darse cuenta ella misma y por último…había presenciado que efectivamente, al rubio le importaba su amiga, no sabía a qué escala.

La guerra había terminado, los mortífagos que necesitaban ser castigados ya lo habían sido, a excepción de uno que otro que lograron escapar, pero nada de que preocuparse demasiado. No veía razón por la cual mantener su rivalidad con el slytherin, claro está, eso no significaba que de la nada comenzaría a jugar ajedrez mágico y comer brownies con el albino. Así que la primera decisión que había tomado, una vez acabado los juicios y aligerado la tensión en el mundo mágico, había sido ocuparse y cuidar de su mejor amiga, devolviéndole así el favor que ella le había hecho velando por él durante todos esos años.

Que Malfoy se encontrara en el castillo el mismo día que él no era coincidencia, como él y McGonagall se habían empeñado en hacerle creer. Realmente sabiendo que si fuese él quien le pidiera una visita, el rubio ni se molestaría en presentarse, le había pedido el favor a su antigua profesora de trasformaciones, quien había accedido algo insegura. Hasta un ciego podía notar los prejuicios que aquella mujer tenía contra el slytherin. Pero al final la había conseguido, y allí se encontraba. Esperando que ese día fuera el que lograra resolver el misterio que envolvía a su mejor amiga y al albino, aunque algo le decía que no sería tan fácil.

― ¿Qué con ella? – siseó el rubio deseando salir de las cocinas, las cuales a cada segundo que pasaban se le antojaban más y más estrechas.

― ¿Qué sucede exactamente entre ustedes dos? – directo al punto.

― Nada – se sacudió la pregunta el slytherin con un encogimiento de hombros.

― Déjame plantearlo de otra manera…¿qué sucedió entre ustedes dos? – al ver como el rubio rodaba los ojos, se apresuró a añadir – no evadas la pregunta Malfoy…por más que te empeñes en creerlo, no soy tonto ni ciego, y haría falta un ciego para que no viera como se miran….como tú la miras – corrigió sintiéndose inseguro de hablar por su amiga.

― Te estás creando una historia de amor en tu cabeza Potter – advirtió el rubio dividido entre la diversión y la incomodidad - ¿qué acaso Ginebra no te satisface? – se burló y notó como el chico tensaba sus puños.

Punto para mí – pensó con sarcasmo.

―Mira Malfoy, no estoy aquí para que insultes a mi novia o a ninguna persona que me importe – advirtió tratando de serenarse. Sabía que si perdía los estribos no llegaría a conseguir ninguna respuesta, y dudaba que tuviera otra oportunidad como aquella para sacarle información al albino.

―¿Entonces para qué estás aquí Potter? Ilumíname, porque de verdad no lo sé.

―Para saber de una buena vez por todas que sucede entre Hermione y tú, no soy ciego, como bien ya te dije. Además de como la miras, está lo sucedido en el juicio…

―Mira Potter, no es mi culpa que a tu amiga le haya brotado la vena heroica y haya decidido abogar por mí – se defendió el rubio.

―¿Y todo eso que dijo sobre ti? ¿es mentira? – le retó el gryffindor.

¿Voldemort, por qué no te lo llevaste contigo? – se preguntó mentalmente el rubio mientras dejaba salir un resoplido de frustración.

―Termina de hablar Potter – le exigió.

―No te molestes en decir que fueron mentiras, porque conozco a Hermione y sé que jamás se atrevería a mentir ante la corte, y aún si fueran mentiras, yo mismo sé unas verdades – al ver como la serpiente alzaba una ceja burlón, explicó con frustración – te vi en sexto – el rubio le miraba parpadeando con parsimonia preguntándose a qué se refería el endemoniado chico – luego de la fiesta de Slughorn – aclaró borrando enseguida todo rastro de burla o sarcasmo del rostro del slytherin, quien había empalidecido más, de ser posible, recordando aquel incidente.

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― Estúpido mortífago con complejo de héroe, estúpido celador y su estúpida gata chismosa, estúpido Slughorn y su estúpida fiesta – iba musitando bajo su aliento cierto rubio perteneciente a la casa de slytherin, mientras vagaba por los pasillos prácticamente desolados del castillo.

Aparentemente la mitad del castillo había asistido a dicha fiesta, la mayoría como acompañantes claro está, ya que sólo muy pocos entraban en el cuadro de preferidos del gordo profesor, y la otra mitad estaba encerrada en sus respectivas Salas comunes. Dejándolo a él y alguno que otro fantasma vagar por los pasillos.

Tan sólo unos pocos minutos atrás había sido descubierto tratando de infiltrarse en la fiesta, descubierto nada más y nada menos que por la insufrible gata/amante de Filch. No sabía en primer lugar por qué había tratado de colarse, ni que asistiendo a ella fuera a obtener las respuestas a todos sus problemas. Claro, en aquellos momentos le había parecido una excelente idea el entrar a la fiesta, relajarse un rato, burlarse un poco de los pobretones como Longbotton y otros que servían como elfos y ¿por qué no?

De una vez echarle un vistazo a Granger. No es que se muriera por hacerlo, pero llevaba semanas sin toparse con ella y para ser sinceros, aquello le causaba cierta incomodidad, no es que estuviera preocupado por ella o algo por el estilo. Además quería ver con sus propios ojos si era verdad aquello que había escuchado decir por los pasillos, que había invitado a ese tal McLaggen, del cual sinceramente, el rubio no sabía nada.

Claro está que no logró verificar nada, ya que no había ni terminado de cruzar por el pasillo cuando la Sra Norris le había descubierto y se había visto arrastrado contra su voluntad por el celador, quien le puso en ridículo. ¿Cómo se atrevía él?. En algún otro momento le hubiera amenazado con que su padre se enteraría de eso, pero realmente sabía que aquello sería una excusa muy pobre, ya que aparentemente ese año a su padre no le interesaba nada más, aparte de que Draco cumpliera la misión impuesta por su señor, así que una simple riña con el viejo celador no significaría absolutamente nada para él.

Luego el tonto de su padrino había decidido "salvarlo" y se lo había llevado de la fiesta, justo cuando el viejo y gordo profesor había decidido que el rubio se podía quedar. Estúpido Snape.

Y para culminar había terminado en un sermón sobre cómo debía tomarse su tarea en serio, y como él podría ayudarle en caso de que necesitara ayuda. Como si él no lo supiera. Había hecho el maldito juramento inquebrantable, por Merlín. Pero no sería débil… triunfaría en su tarea, aún si con eso derrotaba a la, probablemente, última esperanza del Mundo Mágico contra Voldemort.

Unos susurros apresurados al fondo del pasillo lo sacaron de sus pensamientos y el rubio frunció el ceño. En cualquier otra oportunidad se hubiese hecho el de oídos sordos y seguido de largo, pero algo le decía que fuese a averiguar. Además, aún seguía siendo su deber como prefecto…no es que hubiese estado cumpliendo su posición últimamente, de hecho, había renunciado.

― Cormac, ya te dije que no me siento bien – fue lo primero que escucho al llegar al final del pasillo, donde, escondidos tras una columna se encontraban Hermione Granger y Cormac McLaggen. El chico se encontraba aprisionando a la castaña con la mitad de su cuerpo, haciéndole prácticamente imposible escapar.

― Oh vamos Hermione – se burló el chico con una sonrisa en el rostro, la cual Draco se encontró bastante deseoso de borrar en esos momentos – Para algo me invitaste a la fiesta ¿no?.

Mala elección de palabras – pensó el rubio previendo la reacción de la castaña.

―¡Si! ¡Para que me acompañaras! ¡Para pasar un buen rato! – dijo indignada la gryffindor frunciendo el ceño.

― Es exactamente eso lo que estoy tratando que hagamos – dijo alargando su sonrisa – que pasemos un buen rato – aclaró acercándose aún más a la chica que retrocedía, lo más que podía, hasta toparse contra la pared.

―N-no sé qué clase de buen rato piensas que me refiero, pero estoy segura que no es al que yo me refería – le informó la leona maldiciéndose mil veces por haber invitado al troglodita para poner celoso a Ron.

Ni siquiera había logrado eso – pensó con resignación.

―Hermione, deja de pelear contra ello, todos saben qué hacemos una pareja perfecta. Tú con tu cerebro, yo con mi apariencia…seríamos imparables – dijo mientras recogía un mechón de cabello que se había salido de su agarre y se lo colocaba tras la oreja, dejando luego a su mano recorrer las mejillas de la gryffindor que tembló ante el roce.

No le hacía nada de gracia que aquel chico estuviera tocándole de esa manera, de hecho le daba asco. ¿Pero ahora cómo se salía de esto?.

Mientras la gryffindor peleaba contra Cormac, quien se acercaba cada vez más a la chica, cierto slytherin miraba la escena colérico. ¿Qué demonios pretendía ese bufón acosando a Granger?.

Era una chica, por Merlín. Así fuera una sangre-sucia, insufrible sábelo-todo y dientona, no se merecía ser acosada. Hasta él sabía eso.

―Cormac, aléjate – chilló la chica al ver como el jugador de Quidditch acercaba sus rostros a centímetros con la clara intención de besarla. Lo último que quería era ser besada por ese baboso. El jugador ya cansado de los peros de la chica, la tomó por la cadera aprisionándola fuertemente contra la pared, mientras acercaba su rostro al de ella y dejaba correr su brazo derecho por la longitud de sus piernas. ¿Cómo sería…

―Petrificus totalus

Merlín sabía que le había tomado todo su auto-control para no lanzarle un maleficio a aquel idiota que se atrevía a tocar a su…compañera. Verla aprisionada por el cuerpo del chico, ver el pánico reflejado en sus ojos, escuchar su tono de angustia, todo junto había sido el detonante de su ira. No estaba en sus planes hacerse dejar ver con la chica, pero ya no podía hacer ya nada para evitarlo.

La gryffindor saliendo de su estupor, desvío su mirada del cuerpo del gryffindor que yacía a sus pies petrificado, hacia el de cierto slytherin albino, quien se encontraba a no más de unos cuantos metros de ella, que en aquella oscuridad le parecieron kilómetros.

Por un momento había creído que aquello había sido todo, que hasta ahí había llegado su pureza. Que aquel…troglodita iba a tomarla allí mismo, a …violarla. Sorpresa se había llevado, cuando una vez que había cerrado los ojos fuertemente resignada a su fatal destino, escuchó el gritó proveniente de su compañero slytherin.

Jamás, ni en el más loco de sus sueños, y vaya que si había tenido varios de esos, se habría imaginado ser salvada de una situación así por Malfoy. No es que no estuviera agradecida. Pero todo aquello era simplemente muy vergonzoso, demasiado para digerir en tan pocos minutos.

El rubio veía como por las mejillas de la chica corrían gruesas y veloces lágrimas, más ella parecía ajena a todo. Conocía muy bien esa expresión que tenía en esos momentos, se estaba dejando llevar por sus pensamientos. Y sabía muy bien que aquello sería peor para la chica.

―De nada Granger – siseó con su típico tono de burla tratando de llamar la atención de la castaña, quien efectivamente levantó la mirada hacia él.

― G-gracias Malfoy – se limitó a decir la chica devolviendo su mirada al cuerpo todavía petrificado de su compañero de casa.

Oh por Merlín, había estado a segundos de haber sido violada…ella, Hermione Granger, de tan sólo 16, ella que desde pequeña se había jurado estar con alguien sólo cuando realmente sintiera que era correcto. Ella, quien raramente creía en el sexo antes del matrimonio. Ella…

Un fuerte sollozo escapó de sus labios y se dejó caer en el frío suelo del pasillo sin importarle que estaba haciendo una escenita justo al frente de Malfoy. ¿Qué importaba que le fuera con el cuento a sus amiguitos de slytherin?. Que hiciera lo que quisiera.

Y lloró, lloró por lo sucedido, lo que pudo haber sucedido, lo que no sucedió. Lloró pensando en Ron. Lloró pensando en los tiempos oscuros en los que se encontraban. Lloró de agradecimiento por haber sido salvada. Lloró de confusión hacia sus sentimientos. Lloró y lloró por largos minutos hasta sentirse seca.

Alzó la mirada sobresaltándose al darse cuenta que el slytherin seguía exactamente en el mismo lugar que había estado minutos atrás antes de que ella se derrumbara en el suelo, sólo que apoyado ligeramente de una pared y mirando distraídamente a la otra pared frente de él.

―¿Terminaste? – preguntó el chico sin molestarse en mirarla. No tenía la mínima idea de por qué se había quedado ahí, escuchándola llorar, pero lo había hecho. Obviamente no se había quedado para consolarla, pero tampoco iba a ser un idiota y hacerle pasar un rato desagradable. Ni en sus peores momentos lo habría hecho, no era tan desalmado.

La castaña le miraba sin saber cómo reaccionar. ¿Por qué se había quedado? ¿Para regodearse en su sufrimiento? ¿Para burlarse de ella? ¿para qué?. Una parte de ella sabía que estaba mal pensar así del chico, sólo por ese día, en vista que le había salvado técnicamente la vida, pero igual su parte desconfiada, fruto de la Guerra que se avecinaba, le hacía desconfiar. Pero realmente no tenía ganas ni fuerzas para pelear, así que si esas fueran las intenciones del albino se llevaría una gran decepción.

―Mira Malfoy – comenzó la chica con parsimonia, pero el rubio la interrumpió ya algo cansado y drenada emocionalmente, no es que lo fuera a admitir.

― Guárdatelo Granger – al ver como fruncía el ceño enojada, suspiró – ninguna chica merece lo que ese…lo que ese te estaba haciendo, el hechizo sólo durará unos pocos minutos más – advirtió y la castaña asintió entendiendo esa como su despedida. Pero una vez que el chico se dio la vuelta, Hermione supo que tenía que pedirle otro favor.

― Malfoy – le llamó y el rubio volteó a mirarla con una ceja alzada, más al ver su expresión, todo rastro de burla se borró de su rostro. Sin saberlo como, ni entender por qué, sabía exactamente lo que Granger le iba a pedir – Por favor – dijo la chica y el rubio, tras una larga pausa, suspiró y levantó su varita odiándose por ello, odiándola a ella por pedírselo, y sobre todo odiando al idiota del gryffindor ese que se había atrevido a tocarla.

―Obliviate

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― No sabía que eras del tipo de los que espían, Potter – se limitó a gruñir el rubio más cabreado de lo que había estado en un largo tiempo. Recordar aquel incidente no le gustaba. Había pasado muchas noches, en su cama, rememorando ese día y deseando haberse borrado la memoria también. Pero claro, no es que uno pudiera hacérselo a sí mismo y no es como si pudiera pedírselo a otra persona.

―¡Malfoy, por Merlín! – gritó el chico de gafas encolerizado - ¡Para de hacer esto sobre mi cuando no lo es!

―Pensé que todo era siempre sobre ti – dijo con sorna el rubio

― Ya no más – se limitó a decir el azabache, y al ver que el slytherin no pretendía decir nada, suspiró cansado – mira Malfoy, no te obligaré a que me digas nada, hay un dicho muggle que dice que quien calla otorga y hay otro que dice que el silencio vale más que mil palabras. Así que realmente no necesito que hables – al ver como el rubio alzaba la ceja, gruñó – pero francamente me aclararía un poco la mente.

― Oh Merlín, no nos prives de la dicha de aclararle la cabeza al chico-que-vivió-y-volvió-a-vivir – se mofó el rubio

―Malfoy – advirtió el chico de lentes masajeándose las sienes. Y pensar que hubo un tiempo, bueno, sólo unos minutos, en los que se cuestionó por qué no había sido amigo de la serpiente.

―Pareces tener una clara idea de las cosas, Potter – comenzó el rubio cediendo un poco – así que ¿por qué no mejor arrancamos desde ahí?.

―Yo…te había seguido, los había escuchado a Snape y a ti hablar – al ver como el rubio se sorprendía, sonrío brevemente – y luego te seguí, jamás me imaginé que Cormac haría algo como aquello, y si tu no hubieses hecho nada, yo lo habría hecho, pero de igual manera te lo agradezco, por salvarla – el rubio asintió tomando los agradecimientos en silencio – no sé qué ha pasado entre ustedes antes, pero para que ninguno de los dos se arrancaran la cabeza en ese momento, me imaginé que debió haber sido algo significativo…y luego…le borraste la memoria…le hiciste olvidar – el rubio alzó la ceja burlándose de la obviedad en las palabras del gryffindor – me refiero a que…llegó a la Sala común radiante, realmente radiante, hablaba sobre lo bien que le había ido la noche, sobre como todo había sido perfecto, sobre lo caballero que había sido Cormac…parecía creer que Cormac le había escoltado hasta la salida del Gran Comedor y luego ella había conseguido su camino hacia la Sala Común, sin ningún incidente en medio de todo ello, de hecho parecí tener recuerdos de cosas que sé que no pasaron. Como por ejemplo, un supuesto show de luces y fuegos artificiales, música, comida agradable…y vi lo que hiciste con Cormac. Una vez Hermione estuvo fuera de la vista, le quitaste el hechizo y lo amenazaste, jamás te había visto amenazar a alguien de esa manera…digo, sí, pero realmente parecía que estuvieses dispuesto a cumplir cada una de tus amenazas – culminó con un pequeño escalofrío recordando el desagradable torrente de palabras que había siseado el rubio en tono de amenaza.

Justo ahí, en ese momento, el niño-que-vivió había temido de alguien que no fuera Voldemort.

― Bueno – comenzó el rubio sintiéndose mareado – pareces tener una idea bastante clara de lo sucedido, bien. ¿Qué más quieres saber?

―Tú…¿tú y Hermione han….ustedes… - sería hilarante ver a Potter enredándose con su lengua y diciendo palabras torpes, de no ser por el hecho de que aquella conversación le hacía sentir vulnerable y desprotegido.

―¿Preguntas si hemos intimidado? – adivinó y el chico de lentes asintió sonrojándose – creo que puedes decir por ti mismo que eso es algo muy privado y que no pienso responderte a ello – el azabache bajó la cabeza apenado, pero asintió – pero en algunos modos si – al ver que el gryffindor alzaba la cabeza sorprendido, decidió aclararle unas cuantas cosas como despedida. No pensaba quedarse por más tiempo en esas cocinas – Mi relación con Granger va más allá de las peleas y los insultos. Para mi insultarla no significa nada, porque cuando insulto a alguien lo siento, pero con ella no. Es pura costumbre y nada más. No la odio. Hemos tenido nuestros momentos, pero si te preguntas si pasa algo entre nosotros actualmente, la respuesta es no. Y dudo que alguna vez llegue a pasar algo. Granger y yo simplemente no congeniamos – con eso, se levantó de su asiento y con un simple asentimiento salió de las cocinas directo a la salida del castillo, dejando tras de sí a un chico de lentes bastante satisfecho.

Si bien no había obtenido una gran respuesta, al menos sabía algo. Al rubio le importaba Hermione, si no jamás habría reaccionado de aquella manera a la mención de su nombre y del incidente con Cormac.

Ahora sólo tenía que tratar de descifrar a su amiga – pensó con un suspiro sabiendo que aquello sería lo más difícil.

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Rememorando todo aquello, se sentó en una de las cómodas sillas que le había proporcionado la Sala de Menesteres y comenzó a escribir en un pergamino que había hecho aparecer.

Potter

Imagino que estarás en Hogsmeade este sábado. Encontrémonos, necesito pedirte algo.

Malfoy.

Su lechuza, la cual, aparentemente la sala también le había proporcionado, se posó en su hombro y el rubio le enrolló la carta en sus patas y le acarició el pico indicándole que entregara la carta a Potter, y enseguida arrancó el vuelo.

Después de todo, se sabía a la perfección la ruta.


De verdad disculpenme que haya pasado casi 3 meses sin actualizar, realmente he estado muy ocupada.

El avance que había puesto en el capítulo anterior, decidí dejarlo para el próximo y no éste. Ya que quería incluir más escenas Draco-Hermione pre-guerra. No se, pero simplemente me encantan.

No saben lo perfecta que me parece Wrecking ball para este fic, es como….el resumen de toda la historia.

Por cierto, déjenme saber que opinan sobre el tema de las runas, la secta secreta y todo eso.

Besos.