Este es un copy-paste. El nombre del libro lo dire al final.
Los personajes de SCC son propiedad de CLAMP.

¿Quién es el jefe?

Capítulo Nueve

Tomoyo no sabía si podría soportar la humillación, pero en ese punto ya casi no le importaba nada.

—Es bonita —murmuró Nakuru con voz acaramelada. Alzó la muñeca a la luz, donde la pulsera brilló con tres quilates de diamantes blancos—. ¿Cuánto dijiste, querida?

Tomoyo contempló el brazalete e intentó endurecer el corazón ante el hecho de vender la única joya que le había regalado su madre.

—Forma parte del lote —logro explicar—. Tienes la lista.

—Sí —la otra la miró con indiferencia, luego volvió a evaluar el resto de artículos extendidos sobre la mesa del salón—. ¿Sigues vendiéndome los muebles al precio que acordamos?

Sabía que distaba mucho de su valor real, pero a pesar de que acababa de llamarla la empresa propietaria de la hipoteca de su apartamento y ya sabía que Touya le había comprado algo de tiempo, todavía no podía permitirse pagarlo, lo cual la volvía más desesperada. Nakuru, a pesar de lo esnob que era, estaba preparada para hacerle un cheque en ese instante, ya que dirigía la empresa privada de subastas de caridad que iría a llevarse todas las cosas de Tomoyo. Que las dos mujeres se hubieran movido en los mismos círculos sólo incrementaba su humillación.

¿Qué podía hacer? Necesitaba mil quinientos dólares para cubrir dos alquileres y el depósito de seguridad de su nuevo apartamento. «Choza» habría sido un término más preciso, pero le daría un techo, y esa renta baja era lo único que se podía permitir. Lo que obtuviera de la venta de las joyas le ayudaría a pagar el precio de un coche usado.

También había llegado a la conclusión de que quería volver a la universidad y sacar un título, en alguna carrera cuyo fuerte fueran los números. Podría estudiar de noche, trabajar para Sakura durante el día, en cuando le comunicara a Touya que dejaba de trabajar para él, y estaría bien.

Sí. Y los cerdos volaban.

La llamada a la puerta la sorprendió. Igual que ver a Eriol.

—Hola —saludó con creciente pánico. Podía soportar venderlo todo, tener que mudarse. Pero no con un amigo de testigo—. ¿Por qué no estás en el trabajo?

—Quería ayudarte a embalar.

—¡No! Quiero decir… estoy bien. Te lo aseguré por teléfono. Estoy bien.

Nakuru apareció por detrás de ella y contempló a Eriol con abierta curiosidad. Tomoyo trató de ocultarle el campo de visión y rezó para que la otra mantuviera la boca cerrada.

—Parecías… rara en el trabajo —comentó él en voz baja, manteniendo los ojos en Tomoyo y no en la mujer alta y hermosa como una modelo.

—Como puedes ver, lo llevo bien —logró esbozar una sonrisa que sólo consiguió que Eriol frunciera el ceño.

—¿Estás segura?

—Sí; lo siento, no pretendo ser grosera, pero estoy muy ocupada. Te veré… —comenzó a cerrar la puerta, pero él la bloqueó.

—Quiero venir a ayudarte mañana en el traslado —por primera vez alzó la vista y observó a Nakuru con desconfianza.

—Hola —ronroneó la otra; Eriol asintió antes de volver a mirar a Tomoyo.

—Vendré pronto, ¿de acuerdo?

—Perfecto —empujó la puerta, sabiendo que tardaría menos si aceptaba que si discutía. Además, su ayuda sería bienvenida, y también su apoyo moral.

—Espera —Eriol sacó un sobre del bolsillo de atrás—. Te traje la paga. Pensé que te vendría bien.

—Gracias —lo aceptó sin mucho entusiasmo, ya que sabía que no solucionaría nada—. Te veré mañana, Eriol —antes de que pudiera protestar, le cerró la puerta en la cara tensa y preocupada. Y se sintió como una desgraciada.

—¿Era tu novio? —preguntó Nakuru—. Es muy atractivo. Tanta preocupación en esos ardientes ojos azules.

Tomoyo abrió el sobre y casi se le paró el corazón. Touya le había dado un aumento muy grande. Sintió un nudo en el pecho. ¿Más compasión? ¿O algo más hondo?

—¿Eriol forma parte de CompuSoft?

Alzó la vista de la asombrosa cantidad de dinero y preguntó:

—¿Qué sabes sobre CompuSoft?

—Se habla mucho del futuro de la compañía —Nakuru enarcó las cejas—. Y, desde luego, de su dueño, Touya Kinomoto.

—¿Lo conoces? —se olvidó del aumento y se quedó quieta.

—Lo vi una vez. En una de las fabulosas fiestas de tu madre. Creo que tú te encontrabas en París. O quizá en Milán. No recuerdo. Es un tipo de cuidado.

—¿Mi madre?

—Baja de las nubes, querida —volvió a admirar el brazalete que llevaba en su esbelta y bronceada muñeca—. Touya Kinomoto. Todas las mujeres en la fiesta babeaban por él. Y pensar que ahora trabajas para él.

—¿Babeaban?

—Pareces un loro —Nakuru sacudió la cabeza. Se dejó caer en el sillón de piel y pasó los dedos por el respaldo—. Puede que éste me lo quede para mí… tienes tan buen gusto… —suspiró con placer y se reclinó—. ¿Qué decía? Ah, sí, Touya. Un chico malo y duro de un atractivo asombroso. Me encantan así, con una actitud ruda y un apetito sexual insaciable.

—¿Es que los dos…? —Touya y Nakuru.

—Lamento decir que no. Pero no fue porque yo no lo intentara. El modo en que ese hombre llena unos vaqueros hace que una mujer adulta suplique misericordia.

—¿Podríamos continuar con lo nuestro? —Dolía. No perder sus cosas… para empezar, jamás habían sido de ella. Lo que dolía era algo distinto, aterrador.

Echaba de menos a Touya. Sus comentarios irónicos, esa risa profunda que siempre la sobresaltaba. El gesto sarcástico y sus penetrantes ojos marrones. La intensa comprensión que tenía de la vida y sus complejidades. Un día sin él y se sentía mal.

Tenía problemas.

—Me llevaré todo —anunció Nakuru alzando la chequera—. Todo.

El Timbre le estropeó el alivio.

—¿Quién será ahora? —musitó mientras la otra se excusaba, diciendo que necesitaba llamar por teléfono.

Tomoyo se abrió paso por entre las cajas abiertas que ya había empezado a llenar. Ante la puerta, titubeó. Al abrir, el corazón se le detuvo.

Touya tenía los brazos apoyados en los lados del marco. Había bajado la cabeza, de modo que al abrir Tomoyo podría haberse adelantado para darle un beso. Cuando levantó el rostro, le atravesó el corazón con su mirada. No se movió ni sonrió, sólo la miró.

Los sentidos de ella se agudizaron, y sintió su mirada como si fuera un contacto. Al hablar le tembló la voz.

—Has pagado la hipoteca de este apartamento hasta final de mes. Luego me has subido el sueldo.

—Invítame a pasar, Tomoyo.

Eso sería un desastre. Levantó el cheque y lo agitó bajo su nariz.

—¿Por qué, Touya?

—Invítame a pasar y te lo diré.

—¿Fue por sentimiento de culpa? ¿O por compasión?

—De acuerdo —la apartó y entró en el recibidor—. No esperaré a que me invites.

—Touya…

—¿Dónde se encuentra Eriol?

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—¿Dónde está? —apretó la mandíbula mientras trataba de mirar detrás de ella—. ¿Arriba?

—¿Arriba? ¡Claro que no! —se llevó las manos a las caderas—. No te quiero aquí. Yo…

Él le aferró la cintura y la atrajo hacia sí. Tomoyo sintió como si se hubiera lanzado por un precipicio, como si cayera en cámara lenta, deslizándose en la ingravidez. El corazón le palpitó con fuerza.

—Apártate —le asió unos mechones de pelo con la intención de empujarlo, pero, de algún modo, terminó por acercarlo aún más. Temblaba. También él. Sus ojos se encontraron y a ella se le aceleró la respiración—. Touya…

Él reclamó su boca. Tomoyo se abrió con ardor y necesidad. Con las manos todavía en su pelo, modificó el ángulo del beso y lo ahondó, tragándose su incoherente murmullo de placer.

Lo quería, no sólo para que la abrazara, no para unos besos robados ni para que la consolara. Lo quería de un modo que jamás había sentido por nadie más. No podía permitirse el lujo de pensar en eso. No cuando su mundo se derrumbaba. Pero no dejó de besarlo, de abrazarlo.

Touya levantó la boca pero la mantuvo pegada a su cuerpo.

—Si dejas que Eriol haga eso…

—Viniste porque pensabas que yo podía… con Eriol… que nosotros… —al registrar sus palabras soltó un sonido de frustración y lo apartó de un empujón—. ¿Cómo puedes siquiera pensarlo? —amargamente decepcionada, intentó pasar a su lado.

Touya la atrapó por la cintura y la situó entre la pared y su cuerpo musculoso. No había duda de que estaba enfadado al besarla esa vez, pero insistió, mordisqueándola hasta que el malhumor se convirtió en una pasión encendida y deliciosa y ella le devolvió los besos con todo lo que tenía.

Cuando al fin la soltó, a Tomoyo el cuerpo le palpitaba y hormigueaba. Con un gesto muy suave, él le puso el pelo rebelde detrás de la oreja.

—Lo siento. Me confundes.

—Ya somos dos —afirmó ella—. Ni siquiera dejé pasar a Eriol, Touya. Y él tampoco se invitó a la fuerza.

—Jamás dije que fuera un caballero, princesa.

Lo miró fijamente, dolorosamente consiente de la respuesta de su cuerpo a su presencia. Vibraba.

—Todavía no me creo lo que pensaste, o lo mucho que me importa lo que piensas —le clavó el cheque en el pecho—. Quédate con tu compasión.

—La compasión no tiene nada que ver con ello. Te lo has ganado. ¿Por qué no me contaste que podías hacer algo más que contestar al teléfono?

—¡Te lo dije!

Nakuru entró en el recibidor y, ajena a la tensión reinante, anunció:

—Aquí tienes un cheque, querida. Pago por todo. Todo. Así que ni siquiera se te pase por la cabeza engañarme cuando mañana vengan los transportistas… Oh —al ver a Touya, cambió el tono de negociante y, en un abrir y cerrar de ojos, adquirió la voz sexy de una gata—. ¡Qué interesante!

Tomoyo echó la cabeza atrás y contempló el techo. «¿Es que aún no he recibido suficientes clases de humildad?»

—Qué agradable verte de nuevo —dijo Nakuru con dulzura al tiempo que extendía la mano hacia Touya—. Oigo hablar tanto de ti estos días.

—No creas todo —indicó Touya—. A menos que sea bueno.

Tomoyo puso los ojos en blanco. A Nakuru le faltó pavonearse.

—Muy poco de lo que se dice sobre ti es bueno, Touya. En su mayor parte es… excesivo.

—Excesivo, ¿eh? Veo que no he perdido mi toque —intensificó un poco la mirada—. ¿Qué te trae por aquí, Nakuru?

—Oh, somos amigas desde hace tiempo —intervino Tomoyo—. ¿Verdad, Nakuru?

—¿Viejas amigas? —Touya sonrió y asintió, como si lo entendiera a la perfección. Lo que de verdad comprendía era que ella estaba desesperada por romper esa conversación—. Qué bien. Es gracioso cómo Tomoyo ha elegido este día para hacer vida social, cuando se muda mañana.

—Y como me encuentro tan ocupada —interrumpió al tiempo que trataba de empujarlo hacia la puerta—, será mejor que vuelvas al trabajo y me dejes terminar el mío. Gracias por venir…

—Parece que te queda mucho —comentó esquivando sus manos—. Quizá debería ayudarte a embalar.

—¿Tomoyo no te lo contó? —la otra rió, logrando que fuera un sonido burbujeante y compasivo a la vez—. Por decirlo de una manera, le salvo el pellejo. Me llevo casi todas sus cosas para sacarlas a una subasta de caridad la semana próxima.

Touya contempló a Tomoyo. Ella no apartó la vista de algo fascinante en el suelo. Parecía pálida y desanimada; Touya se sintió mal.

Nakuru miró su Rolex.

—¡He de irme! Volveré por la mañana con un camión y un par de mozos para que carguen todo —garabateó algo en un trozo de papel y al pasar junto a Touya lo introdujo en el bolsillo delantero de sus vaqueros.

Él lo sacó y no le sorprendió ver el número de teléfono y la dirección de Nakuru.

—Aguarda un minuto.

—No —Tomoyo entró en acción y corrió detrás de la otra para abrirle la puerta—. No puede esperar… tiene prisa. Y tú también. Nos veremos, Nakuru.

Con un pánico que no le era familiar, Touya pensó que podía solucionarlo. De lo contrario, ella lo perdería todo, y él sabía lo que se sentía al no tener nada.

—Tomoyo…

—Déjalo —susurró a espaldas de Nakuru—. Por favor —añadió con tanto pesar, que él se tragó las protestas y dejó que despidiera a la otra. Cuando se marchó, Tomoyo se volvió para mirarlo con cara tensa y retraída—. Quiero que te vayas ahora.

¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía tan impotente? Había sido un error besarla y tocarla otra vez. Le hacía sentir cosas que no debería, querer cosas que no deseaba querer. Ya era demasiado tarde para él. Anhelaba estar solo.

Y quizá si seguía repitiéndoselo, llegaría a creerlo. Se creería que no quería a esa mujer de verdad en su vida.

—Tomoyo.

—Necesito estar sola —alzó la mano con dignidad—. Quiero estar sola.

—No puedo dejarte. No de esta manera —se acercó, pero en el último instante se frenó en seco. ¿Qué derecho tenía a abrazarla? ¿A ofrecerle consuelo? No representaba algo a largo plazo, y ella no se merecía menos. Se llevó las manos a la espalda y respiró hondo—. ¿Has comido?

—Ha sonado sospechosamente a una pregunta de un hombre con sentimientos —lo miró boquiabierta y rió—. Pero eso no puede ser, porque tú no cometerías esa tontería, ¿verdad, Touya?

—Intento ayudarte —se negó a morder el anzuelo, aunque se impacientó—. Intento ofrecerte apoyo.

—¿Por qué?

—Porque somos amigos.

—No —meneó la cabeza con tristeza—. Los amigos confían entre sí, Touya. Y tú tienes un serio problema con eso. No puedes relajarte lo suficiente como para confiar en mí.

—Me importas —afirmó con tono hosco—. Y estoy harto de que me lo eches en cara.

—Lo siento —lo observó sobresaltada—. Sé que no te resulta fácil que alguien te importe, y no tengo derecho a hacerte sentir que no es algo bien recibido. Lo es —dio unos pasos hacia él. Con suavidad, apoyó una mano sobre su palpitante pecho. Miró sus dedos y susurró—: Tú también me importas, Touya. Demasiado.

—No lo quiero —murmuró tan bajo que ella casi no lo oyó.

Durante un momento, Tomoyo permaneció allí con la cabeza gacha. Luego, lo observó con ojos húmedos.

—Lo sé. Pero así son las cosas —estiró la mano detrás de él y abrió la puerta, invitándolo a dejarla sola.