Capítulo 10. Acabo de terminar el capítulo 13, y me maldigo, maldigo dos veces porque he parado el ritmo de escritura. Bah. Da igual, esto no se va a quedar a medias, lo prometo.

No tengo mucho más que decir. POV de Lavi.

Gracias por leer ^^

Capítulo 10: Bookman.

-¿Sabes? Los Noah nos diferenciamos por los sentimientos principales de los humanos.

Lo miré, sin decir nada. Su mano seguía apoyada en mi vientre, sin ningún gesto violento que delatase que sufriría después.

-Yo, por ejemplo, soy el Noah del Placer.

Reí fingidamente:

-No me digas –me burlé.

No siguió mi broma:

-Lulubell es la lujuria, la lascivia.

-¿A quién no le entraría lujuria con semejante mujer? –le corté de nuevo.

Siguió sin hacerme caso:

-Road representa los Sueños. Skin soportaba todo el odio de Noah. Jasdevi nos unía a todos con sus lazos. Irizle era el Noah del miedo.

Me estremecí ante ese último nombre, e intenté que no se notase.

-Irizle era una persona muy curiosa, ¿verdad, Lavi? Y muy bella en su forma humana. Ojos grises verdosos, pelo castaño, adorable… y tremendamente afectable. Se aterrorizaba hasta de su propia sombra. Pero era adorable cuando gritaba de terror. Muy sugestivo, ¿no lo piensas así?

-No hables de Irizle –le corté, casi escupiendo las palabras.

El Noah del Placer sonrió seductoramente:

-Oh, había olvidado el rencor que le tenéis los Bookmans a Irizle. Pero, tranquilo. Ella ya está muerta. No pudo soportarlo más. Su frágil cuerpo era otra incomodidad para su asustadiza alma y, simplemente, se apagó.

Me quedé pálido:

-¿Muerta…? –repetí, con un hilo de voz. Sin pretenderlo, mis ojos se llenaron de lágrimas involuntarias. Como aquella vez, en el Clan, cuando niños, padres y abuelos comenzamos a llorar a la vez sin una razón fija. Mi corazón latía con fuerza.

-Irizle hizo un buen trabajo con todos vosotros. Supongo que nunca se sintió tan segura como con aquel humano –escupió la palabra "humano", con desdén-. Seguro que ni se imaginaba lo que estaba creando.

Desvié la vista.

-Largas vidas… ojos claros… pelo lacio y resplandeciente… rostros bonitos, cuerpos atléticos. Y una memoria prodigiosa. Una memoria que registraba cada rasguño en la superficie del mundo. Extraños seres, los Bookmen. Nacisteis en los albores del mundo por el amor entre la Noah del miedo y un guerrero valeroso. Y seguís conservando los genes de los descendientes de Noé. Aunque cada vez más débiles, por lo que puedo ver.

Se inclinó más sobre mí, y no retiré la mirada de sus ojos. No sonreía esta vez, sólo parecía intrigado, como un niño pensando la manera de abrir su regalo de cumpleaños sin romper el brillante envoltorio.

-No tendrás que preocuparte más por nosotros, Noah –dije, mientras sus dedos acariciaban la tela de mi parche-. Yo soy el último. Los otros de mi generación son completamente humanos.

Hizo un puchero:

-Qué triste… qué triste… ni humano, ni Noah. Un alma perdida en un mundo donde sólo quedas tú.

Deshizo el nudo que ataba el parche a mi rostro, y lo observé envuelto por sus dedos grises, alejándolo de mí. Sabía lo que estaba viendo Tiky.

Unos irises bicolores. El izquierdo, completamente verde, simple, humano. El derecho, como un secreto mal guardado, era brillantemente dorado. Dorado, como los ojos de Allen. Como los de Tiky, y como los de Road. Incluso como los del Conde. Como todos los irises semidivinos de los Noah. Los ojos de Irizle, en verdad.

Con aquella pupila descubierta, mi percepción y vista aumentó a pasos agigantados. Su rostro se hizo más nítido, y podía apreciar cada disimulada arruga en su camisa. Un color nuevo, desconocido, se sumó a los otros siete. Era bonito, pero no tenía nombre. El color Noah, quizá. Más tarde, la Ciencia lo llamaría ultravioleta.

-Qué bonito –susurró, pasando la yema de su dedo índice por mi párpado inferior. De pronto, jadeé. ¿Por qué había reaccionado así?

Sonrió torcidamente.

-Los Bookmans no le teméis a nada, al contrario que ella. Sólo teméis al propio miedo. Teméis morir, sufrir. Por eso una de vuestras reglas primordiales es no ser NADIE. Si no eres nadie, tampoco otro nadie podrá herirte. Si no sientes nada, tampoco sentirás miedo. Si no tienes nombre, nadie volverá a por ti, y no habrá despedidas. Muy coherente.

Mi respiración se agitaba, y una sensación de sofoco comenzaba a tomar territorio en mi cuerpo. Sacudí la cabeza, empezando a confundirme.

-¿Qué coñ…?

Tiky se inclinó sobre mí, y acarició mi mejilla lentamente. Una nueva oleada de confusión y calor se deslizó por mi piel. Mi mente pensaba, mi cuerpo no.

-Oh, ¿nadie te lo dijo?

Me forcé en abrir los ojos y mirarlo, aunque ellos casi se negaban a obedecerme. Sentía el rubor en mis propias mejillas, comenzaba a hiperventilar. Y aquello sólo podía ser una cosa. La mano de Tiky seguía inocentemente posada en mi vientre, y ahora parecía arder al contacto con mi piel.

El primer gemido ahogado escapó entre mis labios.

-Soy el Noah del Placer –reiteró-. Como tal, también puedo trasmitir esa cualidad a otros con sólo tocarlos.

-No –me negué, comprendiéndolo de golpe. Un terror totalmente racional se entremezclaba con el placer que se incrementaba en mi cuerpo.

-Sí –rió-. Voy a hacer que te retuerzas de gozo sin tocarte más que con ésta mano de aquí. Y lo repetiremos las veces que haga falta, hasta que caigas rendido. ¿Qué te parece?

Gemí por respuesta, y apreté fuertemente los ojos. Esto no podía estar pasando. No podía estar pasando. Pero un nuevo y delicioso pinchazo se trasladó a mi entrepierna, y me llevé las manos a la cara, ocultándome.

Jadeé, y creí arder en mi propio fuego involuntario.