El rey soldado: Debo muchas disculpas y muchas explicaciones. Empezando por el hecho de que sí seguí escribiendo esta historia, pero tuve muchísimos problemas con la plataforma de Fanfiction. No me dejaba publicar nada y luego no podía iniciar sesión. Hubo muchas modificaciones a esta historia después de decidir subirla a Wattpad. Mi usuario de Wattpad es Vi_Márquez, y esta historia también se titula "El regreso de las sombras" allá. El problema fue que edité todos los primeros nueve capítulos para poder continuar y decidí meter a Judai y a Yusei como parte del equipo. Te dejo la continuación aquí. Espero que te guste lo que hice con la historia. Debo ponerte bajo alerta, éste capítulo tiene Lemon y por lo mismo, decidí poner la aclaración aquí. La historia sigue, dentro de lo posible, reemplazaré los capítulos que ya estaban publicados para que futuros lectores no tengan problema al momento de seguirla. Pero quiero decir que estoy de vuelta en Fanfiction.


Aunque no había hecho daño a nadie, Aknadin había logrado escapar del ataque de los sacerdotes de Atem. Aunque el faraón se esperaba aquel final en realidad, después de todo, Aknadin era el creador original de los artículos del milenio, nadie mejor que él conocía sus artes y secretos ocultos, huir no había sido sencillo, pero para él era muy posible vencer a los artículos.

Ahora, Joey sostenía la mano de Mai con ternura, temiendo hacerle daño sólo de sujetarla. La rubia estaba tendida en la cama de hospital, inconsciente aún, ajena al hecho de que todos sus amigos estaban sentados a su alrededor, esperando cualquier noticia. No tardaban en anunciar el final del horario de visitas, Atem ya estaba de pie a espaldas de Yugi, con ambas manos en sus hombros para tratar de darle algo de tranquilidad.

— ¿Por qué? —Murmuró furioso el pequeño. — ¿Por qué siempre nuestros amigos sufren?

Atem suspiró sentándose a su lado y obligándolo a recargar la cabeza contra su hombro, el faraón suspiró apesadumbrado, pero sonrió levemente al sentir los brazos de Yugi en torno a su cintura.

—Mai es fuerte, Yu. Y terca. —Murmuró el faraón con voz aterciopelada y conciliadora.

Judai no pudo evitar sonreír enternecido al escuchar al faraón llamar al pequeño de aquella forma, principalmente por la ternura con la que había murmurado su nombre y el amor con que ahora lo envolvía, protegiéndolo.

Yusei suspiró tomando la mano de Judai, entrelazando sus dedos con los de él y pensando en que ellos dos eran muy afortunados de no tener que ocultarse de nadie.

—No creo que Aknadin sea capaz de hacerle nada. —Continuó el faraón, optimista.

—Siento que es mi culpa. —Admitió el pequeño, sintiéndose miserable.

—Si es culpa de alguien, es culpa mía. —Murmuró Atem sereno, pero dolido por sus propias palabras. —Yo soy el que ha dejado cabos sueltos en toda mi vida.

—Fue mi culpa. —Musitó Mai entreabriendo los ojos. Todos los presentes exclamaron el nombre de su amiga, y Joey apresó la mano de la rubia contra su mejilla, suprimiendo las ganas de llorar.

—No digas eso, tonta. —Regañó el rubio con los dientes apretados.

—No fue culpa de nadie. —Añadió Tristán, convencido.

—Pero fue mi culpa. —Insistió Mai. —No pude evitar tratar de desafiar a ese canalla cuando me di cuenta de quién es. Y lo enfrenté.

Atem se puso de pie en su lugar y sonrió aun sosteniendo una mano de Yugi. —Eres una terca, Mai. Ni después de tu batalla con Marik entiendes que no debes meterte con los reinos de las sombras ni con la gente que los domina.

—Hierba mala nunca muere. —Se quejó la chica mientras se recorría en la cama para poder sentarse. Sonrió de oreja a oreja ante las miradas preocupadas y sonrisas cálidas que todos le ofrecían. —Debería prometer que no lo volveré a hacer.

—Pero todos en esta sala sabemos que lo intentarás. —Admitió Tea divertida. —Nada te detendrá de tratar de ayudar a tus amigos, ¿no?

Joey sonrió. —Porque eso es justo lo que tus amigos haremos por ti. —La rubia le dedicó una amplia sonrisa al muchacho y asintió con lágrimas en los ojos.


10.-Cercanía (Lemon)

N/A: Puedes encontrar esta historia completa en Wattpad con el mismo nombre "El regreso de las sombras" mi usuario es Vi_Marquez. Tuve problemas con Fanfiction para publicar, pero aquí está la continuación, en Watt encuentras la historia ya editada en su totalidad, con sus respectivos personajes nuevos y demás. Espero pronto poder subir toda la historia aquí y hacer las debidas correcciones con el resto de los capítulos. En fin. Gracias por leer

Sakura Yagami Faron: Lamento muchísimo la demora, pero tuve muchos problemas con la plataforma. Creo que estoy de vuelta, pero reedité toda la historia para agregar starshipping. Si te gustó el puzzle de antes, vas a flipar con esto.

Agente C: Hola, volví de entre los muertos, gracias por cada comentario a esta historia, espero poder seguir publicando aquí

Guest: Esta vez sí me pasé un poco con el tiempo de actualización. Edité toda la historia, la encuentras completa en Wattpad, pero me haré un tiempo para publicar aquí los cambios

Yuna alice: Me pregunto si todavía tienes el mismo usuario, te buscaré, no lo dudes. Gracias por los reviews, lamento esta vez haber tardado tantos siglos en actualizar, pero toda la historia cambió. Te dejo ésto de momento y aguas con las caras, de verdad contiene Lemon

sakurhita: Creo que tú y yo ya nos encontramos por wattpad jajaja, gracias por seguir la historia.


Estaban recostados espalda con espalda, Yugi tenía el rostro vuelto hacia la pared y se debatía entre romper el silencio o dejar descansar a Atem, quien hacía rato que ya no se revolvía. Una parte de él se decía a sí mismo que el faraón ya se había dormido y que lo mejor era tratar de dormir también él. Otra parte le decía que debía sacarse de la cabeza todo lo que tenía, pero no sabía por dónde comenzar.

Suspiró.

Y en respuesta a esa respiración, Atem carraspeó sonriendo.

—Pensé que dormías. —Admitió el Faraón.

—¿Yo? —Murmuró en respuesta el menor, sintiéndose ridículo al instante. ¿A quién más podría estarle hablando Atem en ese momento?

Ambos muchachos giraron el rostro al mismo tiempo, encontrándose con la mirada del otro como si se tratase de un espejo. El faraón sonrió con ternura mientras que Yugi se sonrojó levemente, agradeciendo en su fuero interno que la oscuridad reinante hiciera por ocultar un poco el enrojecimiento de sus mejillas.

—No, perdón. —Murmuró Atem con sarcasmo mientras giraba para encarar al pequeño. —Le hablo a mi conciencia, pero me gusta hacerlo en voz alta para que me escuche bien.

Yugi volvió la vista a la pared y se acurrucó en su sitio, cubriéndose hasta la cabeza a sabiendas de que, ni la oscuridad podría ocultar su sonrojo ahora. El pequeño sintió movimiento en la cama y sonrió percatándose de la repentina cercanía del cuerpo de Atem. Irradiaba calor, no lo tocaba, no había espacio en el que hiciera contacto con el egipcio de forma física, pero podía sentirlo acurrucado a su espalda, adoptando perfectamente la postura que él mismo tenía, como si lo protegiese con su cuerpo.

—Perdón. —Murmuró Atem levantando una mano hasta acariciar la cabeza de Yugi en un gesto conciliador. —Estoy nervioso y estoy cansado. —Admitió componiendo una expresión sombría y sintiéndose abrumado repentinamente. —Todo este torneo, la aparición de los juegos de las sombras, el revuelo mágico... Me da ansiedad.

Yugi se descubrió la cabeza y le dedicó una mirada de reojo al faraón, sonriendo de medio lado, comprendiendo perfectamente cómo debía estar Atem sintiéndose en aquellos instantes.

—Pero no estás solo. —Indicó el menor con optimismo. —Todos estaremos contigo para resolver lo que venga.

—Todos me lo han hecho saber. —Murmuró el faraón acariciando el rostro de Yugi, sabiendo que era el único que no lo había dicho en voz alta todavía. —Tea dijo que todo el grupo nos seguiría de nuevo hasta Egipto con tal de resolver esto.

La mirada de Yugi se desvió hacia la boca de Atem, había cierta melancolía en su expresión y en su voz cuando murmuró: —Tea está enamorada de ti.

—Lo sé. —Admitió Atem con seriedad.

Yugi frunció el entrecejo girando sobre sí mismo, para poder encarar al faraón.

—¿Lo sabes?

—Sí, hace tiempo venía sospechándolo, y no te ofendas, pero no me interesa mucho si es lo que ella siente, no porque no me importe, sino porque no puedo corresponderla.

El faraón hizo una pausa en sus palabras, deleitándose en el tenue rubor que había aparecido en las mejillas de Yugi, sumado a la interrogación de su mirada. Atem envolvió al pequeño entre sus brazos, obligándolo a recostarse contra su pecho. Ambos suspiraron al unísono.

Aunque la cama era bastante espaciosa (los Ishtar les habían dejado la habitación más grande de la casa al recibirlos) ahora les parecía que había demasiada distancia entre ambos a pesar de estar tan cerca el uno del otro.

Atem suspiró contra la coronilla de Yugi antes de hablar de nuevo.

—Después de todo lo que hemos pasado, no puedo creer que siga poniéndome nervioso de ser sincero contigo.

—¿Qué te cuesta confesar?

Atem soltó una risa por lo bajo antes de levantarle el rostro a Yugi con una mano y plantar un beso en sus labios, consiguiendo que el menor suspirara ante aquel roce inocente pero intenso. Ambos sabían que no había nada más por agregar después de ese gesto. Todo quedaba claro, aunque no se hubiera dicho nada. Y aun así había tantas dudas de por medio.

Yugi giró de nuevo, dándole la espalda al faraón y pegándose a su pecho, permitiéndole que apresara su cintura, el egipcio por su lado, pegó su mejilla sobre la de Yugi, sonriendo ampliamente ante la confianza del pequeño a permitirle esa cercanía.

—Yo no quiero a Tea... No de ese modo. —Dijo el Faraón metiendo una pierna entre las rodillas de Yugi y jalándolo con aires posesivos, atrayéndolo más cerca de sí mismo. —Aunque lo intentara, no podría sabiendo que me correspondes. Que me quieres. Y estaba harto de ocultar mis sentimientos por ti. Así que saberlo es el mejor regalo que me has hecho en todo este tiempo.

Atem le tomó el rostro al menor con una mano, obligándolo a mirarle de reojo, se adueñó de la boca de Yugi con un beso casto, un contacto con los labios del menor, reclamando su territorio, dejando claro el punto.

Yugi sintió un torrente de emociones invadirlo, no era la primera vez que Atem le robaba un beso en las últimas horas, pero escuchar que la razón por la que no podía querer a Tea era porque correspondía en sentimientos a lo que su corazón demandaba, eso lo hacía sentirse especialmente feliz. No pudo evitar suspirar en medio del beso, y sentir la boca entreabierta del pequeño, despertó en Atem un instinto asesino y arrasador, el faraón se aventuró entre los labios de Yugi, plantando una mordida leve, apresándole el labio inferior entre su boca y delineándolo con la punta de la lengua, arrancándole al menor un gemido bajito e involuntario que terminó de enloquecer al egipcio.

—Te necesito. —Murmuró el egipcio en una súplica implícita, dedicándole una mirada lasciva a Yugi, recurriendo a todo su autocontrol para mantenerse en su lugar.

El menor puso una mano en la mejilla de Atem y lo atrajo hacía sí, besándole, anhelante. Trató de imitar el gesto del egipcio, paseando la lengua por la boca del mayor, sintiéndose torpe e inexperto al conocer los linderos de los labios que le tenían pendiendo de un hilo, no sólo por la forma en la que lo había besado, sino por todo en general. Lo enloquecía la sonrisa de medio lado de Atem, la forma en que fruncía la boca cuando algo le disgustaba, cómo apretaba los labios cuando trataba de ocultar que estaba feliz u orgulloso. Y, sobre todo, lo enloquecía la sonrisa que sólo sabía dedicarle a él, ahora tenía sentido darse cuenta de que esa sonrisa sólo existía para sí, dado todo lo que sentían el uno por el otro.

Atem entendió el mensaje, tenía permiso de Yugi.

Con cuidado de no romper el contacto, deslizó una mano por el costado de Yugi, recorriendo su camiseta y dibujando una línea con las yemas de los dedos, arrancándole al pequeño un escalofrío que consiguió erizarle la piel.

Se separó de él para quitarle la camiseta, aún sin permitirle encararlo. El egipcio plantó una serie de besos desde la mejilla, recorriendo su mentón, paseando por su cuello y hasta el hombro del menor, plantando ahí una mordida leve, haciéndole gemir de nuevo.

Atem deslizó la mano de regreso, metiéndola en el pantalón del pijama de Yugi y acariciándole el muslo, arañándole un poco la piel al deslizar la mano de regreso. El pequeño soltó un jadeo por la sorpresa ante el torrente de emociones que aquel gesto le hizo sentir y permitió que Atem hiciera y deshiciera a su antojo, acariciándole la piel mientras se sumía en la oleada de placer que aquello le suponía.

Una parte de su mente le decía a Yugi que tenía que compensar todas las atenciones que Atem tenía con él en ese momento, pero para ser honesto, no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo, después de todo, él no tenía mucha experiencia en el ámbito sexual y Atem debía saber aquello. El faraón por su parte, se movía como un experto.

Yugi soltó un grito ahogado, mitad por la sorpresa, mitad por la excitación. Atem había pegado de nuevo la boca en el nacimiento entre el cuello y el hombro de su hikari, succionando levemente, como si tuviese la intensión de dejar un chupetón en la piel inmaculada del pequeño.

—Atem... —Murmuró Yugi en un suspiro ahogado cuando las manos del mayor lo empujaron hasta situarlo boca abajo en la cama.

El egipcio por su parte, se posicionó sobre Yugi y repitió aquel gesto, una mordida, un lengüetazo, un chupetón, deslizándose desde el cuello hasta la columna y bajando por la espalda del menor, dejando un rastro de saliva por donde su boca pasaba, arrancándole gemidos y jadeos al pequeño entre uno y otro beso.

Yugi ahogó un jadeo cuando las manos de Atem lo tomaron por la cadera y tiraron con fuerza de su peso, poniéndolo a gatas en la cama. El pequeño quería hacer algo para corresponder a Atem, pero estaba tan aturdido por todas las sensaciones que su cuerpo tenía en aquel momento que no sabía en qué dirección moverse. Sus pensamientos terminaron de fundirse cuando sintió la mano de Atem deslizarse dentro de su ropa interior para comenzar a acariciar su erección en un movimiento rítmico y controlado, ejerciendo la presión justa para arrancarle uno tras otro, escalofríos de placer.

—Atem... —Murmuró de nuevo el pequeño, como si aquella palabra fuese una plegaria, una súplica.

El faraón sonrió mordisqueándole el lóbulo de la oreja al menor mientras decía entre dientes. —Me encanta cómo suena mi nombre en tu boca.

Yugi gimió ante aquello. No estuvo seguro si fue la voz ronca de Atem, la presión de sus dientes en el oído o las manos del faraón acariciándole el miembro lo que lo ocasionó. No pudo frenarlo cuando escapó a su boca y se arrepintió al instante. Los Ishtar podrían escucharlos en cualquier momento.

Atem soltó una risa, complacido ante la tensión que había aparecido en la espalda de su hikari, pero no dijo nada. Siguió acariciando a Yugi, arrancándole otros jadeos de placer, aumentando el ritmo con el que se movía.

—¿Confías en mí? —Murmuró el faraón volviendo a mordisquear la oreja de Yugi.

El pequeño ahogó un nuevo jadeo mientras asentía con la cabeza. Atem dirigió su mano libre hasta el rostro del menor, introduciendo dos dedos dentro de su boca.

—Chupa. —Ordenó el faraón con voz ronca.

Yugi estaba aturdido, no entendía aquella indicación, pero obedeció paseando la lengua por los dedos de su Yami, perdiéndose en el placer que este le proporcionaba con sus caricias.

No pudo evitar dedicarle una mirada de reproche cuando dejó de sentir sus manos, giró el rostro en busca de una explicación y sintió su respiración cortarse de golpe al ver el torso desnudo de Atem justo antes de que el egipcio le arrancara los pantalones y la ropa interior en un movimiento brusco pero seductor.

—No puedo hacer intromisión sin más. —Explicó sonriendo de medio lado. Sus ojos tenían un brillo carmesí que habría intimidado a cualquiera, para Yugi no existía color más hermoso que el de los ojos de Atem en ese momento, lo tenía cautivo de su hechizo.

Con la mano con la que lo había estado masturbando, arañó la espalda de Yugi en toda su extensión, desde el cuello hasta la base de la columna, consiguiendo que el pequeño se arqueara y soltara un gemido bajito y contenido, echando la cabeza hacia atrás y apretando los ojos para sentir el placer. Con la otra mano acarició la entrada de Yugi en un gesto circular, rítmico, seductor, aprovechando la saliva del pequeño en aquel gesto para facilitarse la entrada. El faraón sonrió introduciendo lentamente un dedo en Yugi, atento a las reacciones del cuerpo del menor, esperando paciente mientras preparaba el cuerpo del pequeño para que el resto no fuese tan doloroso.

—¿Cómo estás? —Murmuró el faraón escrutando el rostro de Yugi, que tenía los ojos apretados y el entrecejo fruncido. Recibió un asentimiento de cabeza por parte de su hikari, así que comenzó a moverse dentro de él, buscando un punto en específico para comenzar a estimular el placer.

Cuando Yugi relajó tanto el cuerpo como la expresión y volvió a soltar uno que otro gemido ante las caricias, Atem supo que podía continuar; con cuidado introdujo un segundo dedo y sonrió al sentir que el cuerpo de Yugi empujaba contra su mano, pidiéndole más.

Atem pegó su cuerpo a la espalda de Yugi mientras seguía masajeándolo para estimularlo, le mordisqueó el cuello, subiendo hasta su oído de nuevo, y cuando atrapó el lóbulo de su oreja entre los dientes, murmuró: —Me gusta que seas exigente.

Yugi giró el rostro en un movimiento brusco, liberándose de la mordida de Atem y robándole un beso, paseando su lengua por los labios del egipcio antes de iniciar una guerra contra la propia lengua de Atem, tratando de capturarla entre sus dientes para regresar una de las tantas mordidas que había recibido en esa noche.

Esta vez fue turno del egipcio de gemir, puesto que, sumado al beso, Yugi había echado el cuerpo hacia atrás, rozando la erección de Atem y arrancándole un escalofrío de placer. Con la mano libre, Atem recorrió todo el pecho de Yugi hasta llegar a su cuello, rodeándolo con su mano y empujándolo hacia arriba, hasta quedar ambos de rodillas e intensificar el movimiento de los dedos dentro de su hikari, haciéndolo gemir con más ganas. Ya no le importaba mucho si los escuchaban, y aún así, sus gemidos eran exclamaciones que apenas sobrepasaban el volumen habitual de su voz. Estaba a merced del faraón.

Yugi se empujó un poco hacia el frente para volver a recargarse en la cama, sintiéndose incapaz de mantenerse erguido mucho más ante los escalofríos de placer que estaba recibiendo, suspiró primero, con ambas manos cerradas en torno a las sábanas, jadeante, disfrutando los escalofríos y estremecimientos que recorrían su cuerpo.

—Estoy al borde. —Murmuró conteniéndose.

Atem sabía que sería más cómodo para Yugi si lo hacía de esa forma, teniéndolo a gatas en la cama, su cuerpo se adaptaría más rápido si entraba así en él y el dolor sería más soportable que si movían su posición, pero el faraón quería ver la expresión del pequeño en el momento en que lo invadiese para fundirse con él, una parte egoísta le recordaba cuanto quería ver su rostro cuando ocurriera, cuando por fin se decidiera a invadir de verdad el cuerpo de Yugi, fundiéndose en uno con él, y esa parte egoísta de su corazón le recordaba que el cuerpo del pequeño se adaptaría en algún momento a su intromisión y cualquier atisbo de dolor se convertiría rápidamente en placer.

Con un movimiento brusco, salió del pequeño y lo tomó por las caderas, girándolo para recostarlo sobre la cama. Yugi le dedicó una expresión de sorpresa y se deleitó en recorrer el cuerpo de Atem con la mirada mientras el faraón se quitaba los pantalones y ropa interior en un movimiento.

La mirada de Yugi paseó de los ojos del faraón, encendidos en lujuria y deseo, estudiando su cuello, su pecho perfectamente definido, el abdomen marcado ligeramente por la presencia de músculos y hasta la erección de Atem, el egipcio sostenía su miembro con una mano mientras que con la otra se apartaba los cabellos del rostro.

—Todavía te puedes echar para atrás. —Ofreció nervioso el egipcio. Si Tener a Yugi a su merced, con esa mirada de curiosidad e inocencia sumadas al deseo, lo hicieron dudar de sus decisiones. Quería aquello, quería fundirse con Yugi, quería consumar un acto que tenía tiempo imaginando, tenía demasiados meses deseándolo, pero quería que el pequeño estuviese seguro.

Yugi asintió, sintiéndose incapaz de articular palabra alguna, temiendo que le fallara la voz.

Atem pasó los pies de Yugi hasta sus hombros, se acomodó en la entrada del pequeño, haciendo de nuevo una pausa antes de mirarlo a los ojos e insistir. —Si quieres que paremos, lo entenderé. Quiero que estés seguro, tan seguro como yo.

—Te amo... —Murmuró Yugi en respuesta, como si esas dos palabras fuesen toda la explicación que se necesitaba. Era cierto, aquella afirmación tenía cobrando sentido en la mente del pequeño desde meses atrás, desde que habían vuelto de Egipto, desde que Atem tenía un cuerpo propio en su mundo, en su vida.

En cuanto lo dijo, sus ojos se llenaron de lágrimas, mitad porque por fin había confesado algo que sabía hace meses, mitad porque tenía miedo de arruinarlo todo en ese momento. Atem soltó un jadeo al escuchar aquellas palabras y al ver la expresión de Yugi. Y en un movimiento violento y controlado, se introdujo dentro del cuerpo del pequeño, abrazándolo con fuerza para darle algo de soporte o consuelo al dolor que podría sentir por aquello.

En un movimiento estuvieron sentados, Atem con las piernas cruzadas, Yugi aferrándose al cuerpo de Atem con brazos y piernas, esperando a que pasara el impacto de la intromisión. El faraón sintió cómo las uñas de Yugi se clavaron un poco en su espalda y esperó paciente, suspirando contra el cuello del menor, pensando en una disculpa que valiera para justificar por qué se había movido tan rápido.

Cuando por fin abrió la boca, las únicas palabras que salieron fueron formuladas a manera de pregunta. —¿Es de verdad? Que tú...

—Sí. —Murmuró Yugi sonriendo, sintiendo cómo su cuerpo se adecuaba lentamente a Atem, sintiendo que el dolor pasaba y dejaba el camino libre al placer, sintiendo como una única lágrima se deslizaba por su mejilla ahora que el impacto había pasado.

Ambos esperaron un poco más, disfrutando de la sensación del roce de piel con piel, deleitándose en la forma en que sus respiraciones parecían haberse sincronizado, sintiendo los latidos de sus corazones adecuarse al ritmo del otro. Y entonces Yugi tomó las riendas, moviendo las caderas hacia adelante y atrás, en un vaivén torpe pero constante, esta vez haciendo que el mayor jadeara entre uno y otro impacto, gimiendo él mismo ante el placer que aquello suponía. Y aunque se permitió sentir esa satisfacción un momento, aunque permitió que Yugi tuviese el control del ritmo y de las estocadas, Atem sonrió sintiendo que la velocidad de Yugi bajaba, seguramente ante el cansancio de un movimiento al que su cuerpo no estaba habituado. Recostó a Yugi sobre la cama y le acomodó las piernas a los costados, en una posición más cómoda para ambos y comenzó a moverse, iniciando una serie certera de estocadas, golpeando contra el cuerpo de Yugi en movimientos controlados pero efectivos.

Atem se agachó sobre el cuerpo de Yugi, recargándose en los codos para tener un mejor soporte, mayor velocidad, embistiendo una y otra vez contra el cuerpo del pequeño, arrancándole jadeos y gemidos mientras que Yugi se aferraba a su espalda, clavándole las uñas de vez en cuando, arañándolo levemente.

—Atem... —Repetía el pequeño una y otra vez, sintiendo cómo el faraón aumentaba la fuerza de las estocadas y la fiereza del ritmo cada vez que le escuchaba. —Espera... —Pidió al fin, recuperando el habla. —Ya casi... Yo... Estoy... Ah, Atem...

El egipcio sintió el calor en su vientre casi al mismo tiempo de su propio clímax. Yugi se corrió unos instantes antes que él, una fracción de segundo en la que ambos alcanzaron la nota máxima de placer al llegar al orgasmo a la par. Yugi manchándolos a ambos con su semilla, Atem vaciándose dentro del cuerpo de su amado. Ambos sabiendo que acababan de consumar un amor que parecía tener milenios esperando ahí.

Atem necesitó de un respiro, un par de minutos para reponerse de la experiencia que todavía reclamaba partes de su mente y de su cuerpo, escalofríos que seguían recorriendo su cuerpo por todos lados. Y cuando por fin sintió al placer remitir, salió en un movimiento lento del cuerpo de Yugi, consiguiendo arrancarle un último gemido de placer, pero dejándole una sensación de vacío enorme.

Por un momento, Yugi temió que Atem fuese a retirarse para asearse ahora que habían terminado, temió que lo dejase solo, lo que lo tomó por sorpresa fue sentir que el faraón se acomodaba sobre él, como estaba antes de salir, con el oído pegado a su pecho, atento a su corazón, y las manos entrelazadas a su espalda en un gesto posesivo y territorial. Como si lo reclamara como suyo.

—Te amo también. —Admitió al final el faraón, con voz ahogada y los ojos apretados, mientras estiraba el cuello para ocultar el rostro contra el mentón de Yugi. —Debí decirlo hace un rato, pero no encontraba las palabras. —Admitió mientras el pequeño comenzaba a acariciarle el cabello y un par de lágrimas le recorrían las mejillas.

—No hacía falta. —Respondió con voz quebrada, consiguiendo que Atem abriera los ojos, pasmado al escucharle así.

El faraón se movió rápido, recorriéndose hasta recargar la espalda en la cabecera de la cama y acunando a Yugi en su regazo, besándole el cabello, la frente, los párpados.

—Perdóname... —Murmuró Atem sintiendo un vacío en el estómago. —Perdóname, no quise hacerte daño, yo...

—No es eso. —Admitió Yugi sonriendo ampliamente mientras las lágrimas seguían abriéndose paso por sus mejillas. —De verdad, es sólo que estoy muy feliz.

Atem, temblando, apresó a Yugi entre sus brazos, sosteniéndolo con fuerzas y agradeciendo internamente por todo cuanto había ocurrido hasta ese momento.

Por un momento se había sentido miserable al escuchar la voz quebrada de Yugi, temió no haber sido suficientemente cuidadoso para preparar el cuerpo de su amante, temió que Yugi se arrepintiera de haber consumado un amor que tenía demasiado tiempo esperando a ser confesado. Lo último que habría querido era que la experiencia de Yugi (su primera vez juntos) fuera un mal recuerdo.

Ya había escuchado o leído por ahí que, ante la tensión acumulada en el acto, las personas podían entrar en llanto para liberar toda la energía que no se había aprovechado. No sabía que fuese real, así que cuando el pequeño comenzó a sollozar con el rostro oculto en su pecho, Atem apretó con fuerzas el cuerpo de Yugi, para hacerle saber que todo iría bien.

—Hikari... mi hikari... —Murmuró Atem haciendo consciente de cuán cierta era aquella afirmación. Yugi era su luz, su ancla a la realidad, la única persona que lo detenía de tomar venganza contra sus enemigos. —No sabes cómo te amo. —Repitió una vez más, consiguiendo que Yugi contuviera la respiración un instante.

Ambos suspiraron al unísono y el pequeño levantó el rostro. Atem sonrió limpiando las lágrimas con sus manos y tragando saliva, sintiéndose aliviado al ver la sonrisa enorme, diáfana, tranquila que Yugi le regresaba.

—Mi hikari... —Murmuró Atem atrayendo el rostro de Yugi para besarle.

—Mi faraón. —Respondió Yugi después del beso, con los ojos cerrados, sintiendo el cansancio abrumarle el cuerpo.

El llanto había cesado. Ahora sólo sentía el cuerpo pesado.

Yugi agradeció muchísimo cuando Atem se recorrió en la cama con cuidado, acomodándolo en torno a su cuerpo, aún con las piernas trenzadas, ambos abrazados el uno al otro, temiendo soltarse y quebrantar la quietud del momento.

Con las fuerzas que le quedaban, Yugi se acomodó sobre el pecho del faraón, no le importó la sensación de humedad por la piel sudada, se deleitó en el calor que ambos cuerpos habían generado y suspiró de nuevo cuando Atem le levantó el rostro para besarlo.

—Duérmete rápido. —Pidió Atem con ternura, apretando aún más a Yugi cerca de él. —Antes de que quiera comerte otra vez.

—Ten piedad. —Pidió Yugi divertido. —No sabía que esto era tan agotador.

—Piedad es lo último que quiero tenerte. —Admitió el faraón, divertido, sintiendo cómo Yugi apretaba el agarre en sus piernas y trataba de pegarse más a él. —Descansa. —Dijo al final el faraón, besando con ternura la frente de Yugi. —Que mañana será un día largo.

—A tu lado, que venga todo Egipto a pelear contra mí, si quieren. —Murmuró Yugi en medio de un bostezo, justo antes de caer en los brazos de morfeo. —A tu lado soy invencible.