―¿Se puede saber donde te habías metido? ¡Casi nos hemos vuelto locos buscándote!
La estridente voz de Athenea fue el saludo de mi equipo al volver a la planta de mi distrito a la mañana siguiente, intentando pasar desapercibida. Lo cierto es que no pensaba ausentarme toda la noche como había acabado haciendo, pero me había sentido tan aliviada lanzando cuchillos en el gimnasio que permanecí en aquella sala hasta que amaneció, cosa de la que no podía ser consciente, pues era una construcción subterránea. Simplemente consideré que ya había pasado demasiado tiempo allí abajo, por lo que decidí volver, para ir a caer directamente en las garras de una Athenea fuera de quicio.
Detrás de ella se encontraban los demás, con aspectos cariacontecidos por su parte. Hermes parecía más preocupado por las ojeras que, según él, tenía más marcadas que nunca, pero lo cierto es que me daba igual el aspecto físico que pudiera tener después de una noche en vela. Eso sin contar con que me había deshecho del traje y volvía con el atuendo que usaban los tributos durante los entrenamientos.
―Estaba en el gimnasio―respondí parcamente, pues sentía la mente abotargada por todo lo que había ocurrido en la noche pasada, aunque trataba de pensar lo menos posible en lo acontecido en la casa de Deveraux, pues el mero pensamiento dedicado a ello hacía que me sintiera especialmente sucia y humillada.
―¿En el gimnasio?―a la mujer se le escapó un gallo mientras que me escrutaba con el ceño fruncido―¡Esa planta está reservada para los tributos y los vigilantes, y que yo sepa, tú no eres ni lo uno ni lo otro!
Ni lo uno ni lo otro… aquello, a fé de ser sincera, había puesto a mi cabeza, que ya estaba acusando los efectos de una noche sin sueño, algo descolocada. En los últimos meses, aunque ya habían acabado los Juegos del Hambre, seguía pensando en mí misma como en una tributo, como en una persona que aún tiene que luchar por poder seguir adelante con su vida. Puede que la lucha que ahora estuviera desempeñando no fuera del tipo que tuve que sufrir en la arena, pero a fin de cuentas las bases eran las mismas: tenía que mantenerme firme y evitar flaquear para que los demás no se me llevaran por delante. Pero ahora que Athenea me señalaba que mis días como tributo habían tocado a su fin, la existencia que veía ante mí parecía demasiado vacía. Cuando aún me consideraba "tributo", cuando aún veía la vida como una batalla, me parecía que todo tenía un mayor sentido que si me limitaba a tacharme a mí misma de mentora. ¿Qué interés podría tener para alguien como yo el limitarse a pasar año tras año sentada en algún sitio, controlando paracaídas y poco más? Siempre había venido amando la acción, y estaba claro que ese detalle había de ser suprimido de mi vida.
Me di cuenta de que la añoranza que había sentido hacía unas horas por la Chrysta tributo, por aquella chica que luchaba a destajo para salir del estadio, se había convertido en un profundo anhelo. Seaview andaba en lo cierto cuando decía que ganar los Juegos era lo simple, lo sencillo, comparado con la existencia sin sentido que me esperaba. Aquella idea me hizo albergar el deseo oculto de querer volver a ir a los Juegos este año, de poder volver a luchar… aunque sabía que eso si que era un sueño imposible, no solo porque ya no tenía la edad necesaria, sino porque dudaba mucho que el Capitolio permitiera a su más reciente ganadora volver a acudir a la arena. Como ya había comprobado, los vencedores éramos el ejemplo de que se podía acceder a una vida más cómoda solamente con ir a los Juegos, de tal modo que la población se encontrase más predispuesta frente a estos de lo que en un pasado pudiera haberlo estado. Éramos una publicidad de los Juegos del Hambre, una propaganda de la bondad de la ciudad que nos dirigía y que nos había regalado una vida libre de preocupaciones, o al menos aparentemente.
―Aquel que ha sido tributo una vez, nunca dejará de serlo―le respondí a la mujer en voz baja, mientras que me deslizaba casi sin ser consciente hacia mi dormitorio. Estaba demasiado cansada como para pensar en una respuesta más inteligente.
Aunque los actos oficiales en el Capitolio ya habían llegado a su fin, yo habría de permanecer tres días más en la ciudad, de tal modo que Julius pudiera amortizar el precio que había pagado por mi compañía. Lo cierto es que la idea de tener que enfrentarme a otra situación como la pasada hizo que le suplicara a Dust que hiciera correr el rumor de que estaba indispuesta, pero el hombre, con una mueca resignada, negó con la cabeza.
―Te enviarían a cualquier médico para que te reconociera y te volviera a poner en perfecto estado de salud―me contestó en cuanto le propuse aquella idea―De tal modo que no puedes hacer más que resignarte a esperar que todo pase lo más rápido posible.
Puede que en el pasado, hubiera insultado a Dust por abandonarme de ese modo, mas lo cierto es que el hombre tenía razón en ese aspecto; ahora dependía de lo que el Capitolio quisiera hacer conmigo, y si era entregarme a Julius durante tres días, sería entregada tanto si me apetecía como si no. Ice me había dicho, cuando me regaló a Dandelion, que tendría siempre puesto un ojo en mí, de tal modo que me tuve que resignar a acudir a cualquier compromiso que Deveraux me huiera hecho. Pero eso no quitaba que cuando Dandelion, con muda disciplina, preparaba mis cosas para tales ocasiones, no me sintiera especialmente deprimida.
Sin embargo, no fue todo tan malo como el primer día, pues el hombre, tal vez arrepentido por lo sucedido, dejó de citarme en su vivienda para hacerlo en los múltiples lugares que el Capitolio ofrecía a sus habitantes para entretenerse. No iba a negar que era una persona educada y con unos modales perfectamente limados, que incluso se disculpó por lo acontecido durante aquella aciaga noche, mas me era imposible mirarle a los ojos. Una persona que te arrebata algo tan preciado por la fuerza no puede ser perdonada por mucho que se intente, o al menos a mí me parecía imposible.
Los dos primeros días no pasó gran cosa; me llevó a este o aquel evento, me paseó por el Capitolio, e incluso me invitó a ver un jardín botánico que tenían en aquella ciudad. Salía temprano del Centro de Entrenamiento, acompañada por Dandelion para cargar con mi abrigo y demás cosas, y volvía al anochecer.
La tercera jornada, sin embargo, empezaba siendo totalmente diferente a las previas. Muy temprano, tanto que aún ni había salido el sol, fui levantada por Dandelion, que parecía casi tan despistada como yo.
―¿Qué sucede?―inquirí medio dormida, mientras apartaba la ropa de cama de mi cuerpo―¿Ha pasado algo?
Ella negó con la cabeza y sacó de su bolsillo una libretita y un pequeño lápiz. Se los había comprado en una de mis visitas por el Capitolio, para que la niña, en el caso de necesitar comunicarse conmigo, pudiera hacerlo. No creía que a Ice le gustase ese hecho, pero mientras lo que nos dijéramos solo fueran banalidades de este tipo, dudaba que fuera a tomar cartas en el asunto. La pequeña escribió algo en dicho cuaderno y luego me lo enseñó:
El señor Deveraux dice que tiene una sorpresa para usted, así que me ha ordenado levantarla, además de que he de vendarle los ojos. Espero que no se moleste.
¿Vendarme los ojos? Aquello ya me estaba poniendo sobre aviso de que tal vez me esperaba algo desagradable, pero si Deveraux había decidido sacarme del Centro de Entrenamiento una vez más, ¿qué podía hacer yo? En el pasado me habría rebelado, pero ahora esa opción quedaba fuera de mis posibilidades, de tal modo que me tuve que conformar con insultar a aquel capitolino mentalmente mientras que Dandelion colocaba una venda sobre mis ojos y la ataba en la parte posterior de mi cabeza, para luego ayudarme a deshacerme del pijama y ponerme unos pantalones, unas botas y un jersey cuyo tacto me era escalofriantemente familiar, aunque dudaba por qué motivo. Luego, de la mano de mi desgraciada avox personal, fui conducida por el pasillo que conducía hacia el tejado, lo reconocí por las escaleras del mismo, hasta que me cogió la mano y me hizo aferrar un peldaño de cuerda que me paralizó en cuanto lo toqué. Conocía demasiado bien aquella sensación, pero lo que me sorprendía era el hecho de que habían mandado un aerodeslizador para buscarme, por lo que dudaba que hoy pasáramos el día en el Capitolio. Pero ya podríamos haber cogido el tren, pues la idea de ir a un lugar desconocido y para más inri con los ojos vendados, se parecía mucho a ir a la arena.
No supe a donde me llevaron, solo que me sentaron en un cómodo sofá, y una vez acomodada, me retiraron la venda de los ojos, para que pudiera ver frente a mí una mesa repleta de comida. Exactamente igual que cuando fui con Hermes al estadio. Frente a mí se encontraba de nuevo Julius, vestido con sus habituales prendas coloridas, aunque hoy iba de un suave color gris perla.
―Buenos días, Chrysta―había dejado de llamarme por mi apellido desde que le insistí tanto por que no lo hiciera―Me complace verte tan parecida a ti esta mañana, te prefiero con unos pantalones y poco más a con esos vestidos que últimamente llevas.
―Eso es cosa de mi estilista, no mía―respondí con frialdad mientras tomaba un panecillo de una bandeja y lo troceaba distraídamente―¿Se puede saber a dónde me lleva?
―Me temo que eso es una sorpresa, querida―contestó, ganándose de paso una mueca por mi parte―He permitido que te despejasen los ojos para que pudieras desayunar, pero en cuanto lleguemos a nuestro destino, tendrás que volver a tapártelos, pues deseo que no sepas a donde te llevo hasta que nos encontremos allí.
Lo cierto es que estaba bien planeado, teniendo en cuenta que en la sala donde nos encontrábamos no había ventana alguna, y si la había, se encontraba tapada o similar, de tal modo que no sabía cual era el rumbo que habíamos tomado. El estómago se me había cerrado por culpa de una sensación desagradable que llevaba sintiendo desde que me habían despertado, y que se había incrementado al ver las ropas que habían colocado sobre mi cuerpo. Los pantalones grises, y las botas y el jersey negros, junto con el cinturón, eran dolorosamente parecidos a las ropas que me entregaron cuando estaba a punto de ser lanzada a la arena.
Julius intentó comenzar una conversación, pero no estaba por la labor de mostrarme atenta o similar, pues me limitaba a gruñirle como respuesta a sus comentarios o preguntas. Supongo que debió dejarme por imposible, pues pronto abandonó dichos intentos y se limitó a seguir en silencio. Solo lo rompió para indicarme que me volviera a vendar los ojos.
Me bajaron del aerodeslizador, y luego dos personas me tomaron por los brazos, conduciéndome por lo que deduje que podría ser una serie de pasadizos, pues no dejábamos de caminar, doblando hacia un lado o hacia otro, hasta que finalmente me dejaron de pie, quieta. Alguien, no supe quien, me puso una chaqueta ¿o era un abrigo? bastante pesado, para luego deslizar mis manos en unos guantes. Una vez hecho esto, me hicieron subir un escalón para a continuación soltar el nudo de la venda que tapaba mis ojos.
En un principio lo veía todo borroso mientras me frotaba mis globos oculares, tratando de acostumbrarme a la luz que había en aquella estancia. Y cuando finalmente pude hacerlo, dejé escapar un grito ahogado, pues me parecía haber vuelto al lugar de mis pesadillas. Aquel sofá verde, aquella mesa de metal, aquellas paredes vacías… y esta cápsula donde me encontraba, envuelta en un cilindro de cristal que me apartaba de los dos hombres que me habían llevado desde el aerodeslizador hasta aquella placa. ¡Estaba en una sala de lanzamiento idéntica a la que ocupé yo durante mis Juegos del Hambre! ¡Y el cilindro en el que me encontraba era igual al que me elevó hacia la arena!
Golpeé las paredes del mismo, aunque recordaba bien que no serviría para nada; ningún tributo habría podido romperlas, aunque en su momento yo no luché contra las mismas. Por el rabillo del ojo capté mi reflejo en el cristal que me rodeaba, y fue como haber vuelto en el tiempo, pues llevaba de nuevo las mismas prendas que me dieron. No sabía como había pasado esto, no sabía que era lo que tramaba Julius, pero me sentía de nuevo como un tributo que puede estar siendo lanzado hacia su muerte, una sensación que en la ocasión previa no sentí.
El suelo se alzó hacia la superficie, y me encontré de nuevo en el paulatino frío del tubo que subía hacia el estadio. De nuevo cayó un copo de nieve sobre mi nariz, mientras que me trataba de preparar para lo que se me venía encima: un paseo por la tierra de mis pesadillas.
La luz sobre mi cabeza era cada vez mayor, y de buenas a primeras me encontré de nuevo en aquella isla de hielo y nieve, mirando frente a frente a todos mis contrincantes. No sabía como el Capitolio había podido reproducir a todos ellos, como los había rescatado de la muerte para traerlos, aunque solo fuera en imagen, a aquel sitio. No muy lejos de mi se encontraba Silk con su larga cabellera rubia, y a su lado se encontraba Valkyrie, junto con su hermano gemelo Sand. Un poco más lejos estaban Marphil, Brass, Daph, e incluso Sunset. Y allí, seis placas a mi izquierda, como en la ocasión previa, estaba Jack. ¡Jack!
Fue un momento muy extraño, pues aunque sabía que Jack se encontraba en el Distrito 12, enterrado en una tumba junto con los otros tributos de nuestro distrito, casi creí que había vuelto a la vida y que se encontraba de nuevo en aquella isla a la que había sido devuelta. Pero no podía ser real, era un engaño, ¿o no? ¿Y si todo había sido un sueño y ahora me despertaba para enfrentarme de verdad a los Juegos del Hambre? ¿Qué era cierto y qué no? ¿De veras todos ellos estaban muertos, o es que me lo había imaginado todo?
Respiré con dificultad, mientras que cerraba los ojos con fuerza. Tenia que aclararme a mí misma que todo aquello, por verídico que fuera o que pudiera parecer, era falso, una ilusión. Silk, Marphil, Jack, y todos los demás estaban muertos, muertos, solo yo seguía viva.
El sonido de un gong, sin embargo, fue el detonante que hizo a mi cabeza estallar. No sabía si era por el recuerdo o simplemente porque ya estaba mentalizada de que cuando el gong sonase, tendría que echar a correr, pero lo hice casi sin darme cuenta, como en la ocasión previa. Los demás corrían del mismo modo que lo hicieron en el pasado, Marphil incluso lanzó contra el hielo al mismo chico que se le cruzó en su camino.
Pero no fue igual, no al menos como en la ocasión previa. Porque una vez que llegué a la Cornucopia y me hice con el arco y con los cuchillos, no esperé a mis aliados, sino que tomé el arco, coloqué una flecha en el mismo y apunté a la figura de Silk, que se acercaba a mí. No quería ver a aquellos fantasmas, no quería recordar que muchos de ellos murieron por mi culpa. Apretando los dientes, disparé, disparé y disparé, viendo caer a mis viejos aliados. Solo cuando el carcaj se quedó vacío y la explanada a mi alrededor se había visto limpia de viejos conocidos, pude permitirme desplomarme sobre el frío suelo y comenzar a gritar. Recordaba la conversación de Acqua conmigo, en la cual decía que su hermana había estado de viaje en el estadio de mis Juegos. Seguramente Julius había decidido llevarme, creyendo tal vez que me gustaría, pero no podía encontrarme peor en ese preciso momento, mientras que notaba como me desgarraba la garganta. Quería que me sacaran de allí, quería volver al Distrito 12 y olvidar que de nuevo había pisado la arena.
Perdón por el retraso, pero me temo que ando ocupadísima. Os ruego que, si os molestáis en dejar un Review, lo hagáis comentando el capítulo, diciendo que cosas os han gustado, cuales se pueden mejorar, etc. Entended que una escritora prefiere que comenten su trabajo y le den ideas o sugerencias.
