9.
Quince años antes: Faltas menores.
La mujer era baja y menuda, con la ropa ligeramente deslavada para una habitante de Utopia y una melena espesa que iba desde el naranja hasta el amarillo con naturalidad. No llevaba maquillaje pero tenía una cara agradable, la nariz respingona y los ojos verdes, y sostenía a la niña dormida con ambas manos, la cabecita morena descansando en uno de sus hombros y llenándoselo de babas, los brazos echados alrededor de su cuello. La niña llevaba un vestido de verano y la piel llena de protector solar, aunque empezaba a anochecer, y sus pies descalzos se balanceaban con cada paso de su portadora. Quizá por eso la mujer, Rose, aceleró el paso mientras atravesaban las calles veraniegas de Saskatoon, brillantes y cálidas por sus célebres generadores de calor subterráneos, casi tan luminosas de día como de noche. Aspiró el olor de la niña con una sonrisa y se entretuvo mirando el interior de los cafés y las luces de colores. Jamás había estado en Saskatoon, que había decidido sólo unos años antes disputarle a UC el honor de ser la ciudad más agradable de Utopia. Claro que antes de que Saskatoon decidiera presentar batalla, UC no tenía competencia.
El hombre que la seguía se llamaba Jaime y llevaba el pelo rubio algo más largo de la moda vigente aquel año, y las manos en los bolsillos. Le sacaba una cabeza y media a Rose y como sus piernas eran muchas más largas no necesitó apresurarse cuando ella lo hizo. Había nacido en Saskatoon y no tenía demasiado interés en la ciudad, así que se limitó a seguirla a ella y a la niña durante un buen rato. Después del viaje en tren magnético desde las montañas se agradecía poder dar un paseo por algún lugar que no amenazase con la congelación después del atardecer. Mientras atravesaban una de las plazas principales, en la que el gobierno incluso se había permitido el lujo de plantar árboles de verdad, acortó en dos zancadas la distancia que le separaba de Rose y la pasó la mano por los hombros con cuidado de no golpear a la niña. Pero ésta estaba tan profundamente dormida que ni siquiera notó cuando los dedos largos del hombre le apartaron el cabello de la cara, antes de inclinar la cabeza para besar a Rose en la coronilla.
—¿Crees que irá todo bien? —preguntó Rose. Lo hizo en voz baja, distrayendo su atención de la ciudad y sus gentes para concentrarse en la niña y en la respuesta de Jaime.
—Claro que sí. Lo más difícil ya ha pasado, y ha salido bien. A partir de aquí sólo puede ir a mejor.
—Es una niña guapísima, ¿verdad? Igual un poco flaca y larguirucha —preguntó Rose, cambiándola de un brazo a otro. La niña continuó profundamente dormida.
La pareja torció a la derecha al terminar la plaza, y luego a la izquierda otra vez un par de bloques más adelante, y antes de que pudieran darse cuenta iban de camino a un control policial.
Jaime soltó un juramento que resonó delator por toda la calle e hizo que al menos dos de los siete policías que componían la patrulla repararan en ellos.
Contra toda lógica utopiana y física, la reacción de Rose fue echarse a correr. Fue algo instintivo, aunque ella no supiera que en la edad de piedra o en la sabana africana aquella había sido la defensa más común de cualquier madre con una cría, mucho más que sacar una pistola y disparar, como había crecido pensando. Para los inmigrantes la historia había comenzado cuatrocientos años atrás, con una guerra nuclear, y antes de aquello sólo existía el paraíso. Pero de alguna manera casi tres mil años de instinto de supervivencia se concentraron ahí, en ese momento, cuando supo que tenía que correr aunque Jaime no lo hiciera, y aferró la nuca de la niña y lo hizo con todas sus fuerzas.
Rose había pasado sus primeros veintitrés años viviendo muy cerca de la antigua central minera de Nuevo Phoenix y pronto el instinto se encontró con la oposición de sus pulmones. Los policías, utopianos, sanos, con sus uniformes brillantes, parecieron surgir de todas partes. De la siguiente calle, del portal más cercano, de un agujero negro a su espalda, hasta que le fallaron las rodillas y se dejó caer en el asfalto. Jaime se resistía detrás, y resistirse también era un crimen. Una falta menor, como todas de las que había escapado ella alguna vez, cosas como recoger una cartera del suelo y no devolverla, cosas que veían las cámaras de las ciudades y que se registraban pero sólo quedaban en los testers que los controles policiales llevaban consigo.
Se encogió sobre su estómago, la niña todavía pegada a ella, todavía dormida, y lloró a voz en grito, despertando a los vecinos y sacando a los clientes de los bares y las tiendas. Porque habían estado tan cerca, increíblemente cerca, y al destino no le había dado la gana dejarles el paso libre.
Les llevaron a los tres a la comisaría más cercana, a apenas tres manzanas del lugar donde Rose se había rendido, aunque les costó al menos veinte minutos conseguir que dejara de aferrarse al suelo como un peso muerto. Al final cuatro policías tuvieron que arrastrarla a lo largo de las calles mientras los otros tres se encargaban de conducir a Jaime por delante, y los dos refuerzos se hacían cargo de la niña. Lo más difícil había sido desprenderla de la niña, que ahora tenía el vestido empapado de lágrimas y seguía inexplicablemente dormida. Al oficial médico de la comisaría le bastó un segundo mirando dentro de sus pupilas castañas para distinguir que no era un sueño natural, y los cargos por administrar estupefacientes a un menor se agregaron a los de desacato a la autoridad e intento de fuga. Los milagros de la información centralizada hicieron posible que en un nanosegundo las consolas de toda la red de Utopia almacenaran en sus archivos el dato de que Rose y Jaime Lamb habían sido señalados para la deportación. Las comisarías de Saskatoon no tenían celdas sino una eficiente red de transportes hasta las estaciones que recorría el transporte de la Puerta de Suburbia; menos de una hora después de su detención, la familia Lamb se encontraba a bordo del tren magnético diario al Muro.
Les separaron al llegar allí, Rose y Jaime a las celdas de detención que saldrían por la puerta gris, la niña al centro de examinación hasta que despertara y fuera enviada a Suburbia. Como la mayoría de los menores nacidos en Utopia su ADN no había sido registrado; el equipo de médicos la transportó en la cámara sellada que unía la sala de examinación con las instalaciones de la Franja, y comenzó a despertar cuando estaba a medio camino, bajo el suelo del desierto. Cuando la depositaron en el salón de entrada la hermana Gertrude ya estaba allí, avisada por uno de los médicos, preparada para llevársela al orfanato en lugar de dejar que, siguiendo el procedimiento habitual, se limitasen a darle un par de protecciones y señalarle el camino a Suburbia.
Lo primero que pensó Gertrude Gant fue que la niña había tenido sin duda una vida horrible, porque parecía cansada y aturdida más allá de las drogas, y que con suerte el salir de Utopia no sería un castigo sino una mejora. Se arrodilló junto al banco en que la habían tendido y le masajeó los pies helados, le peinó el cabello y se ocupó de que no hubiera mucho ruido a su alrededor mientras empezaba a despertar. La niña la miró con los ojos medio abiertos durante un buen rato, confusa, y Gertrude se inclinó hacia ella.
—Me llamo Gertrude, la hermana Gertrude, ¿me oyes? —Tardó unos segundos más de lo que hubiera tardado un niño sano, pero la niña asintió, brevemente, volviendo a cerrar los ojos—. Te voy a llevar a mi casa pero antes tienes que volver a abrir los ojos y decirme cómo te llamas. ¿Cómo te llamas? ¿Lamb, qué más?
—...no —murmuró sin abrir los ojos. La hermana Gertrude tenía experiencia con los niños, y aquel "no" de una niña que estaba despertándose de los efectos de la droga, aunque fuera débil, le intrigó.
—¿No? ¿Cómo te llamas? —Hubo movimiento de labios, desde luego, pero el sonido que surgió de ellos no parecía lo bastante fuerte. Gertrude se acercó más, pegándose a ella—. ¿Me lo puedes repetir? Venga, un último esfuerzo.
Lengua de trapo y todo, la pequeña escupió lo que sí que parecía un nombre y luego cayó en un sueño profundo que no tenía nada que ver con las drogas. Gertrude la levantó en brazos y luego la cubrió con sus protecciones, con ganas de llegar al orfanato cuanto antes. La niña apenas pesaba y ahora que no estaba drogada murmuraba en sueños, y en un par de ocasiones hasta lloró, mientras recorrían la explanada desértica. De vez en cuando Gertrude respondía a sus murmullos sin sentido, le pasaba la mano por el pelo y hacia sonidos tranquilizadores.
—Tranquila, sshhhh, tranquila, Klio... todo va a salir bien —aseguró.
La niña no se recuperó del todo hasta tres días después. Durante esos tres días durmió en una cama gemela en la habitación de la propia Gertrude, un lujo que solía reservarse a los niños más pequeños y recién llegados, y sólo por un breve periodo de tiempo. Normalmente no pasaba mucho antes de que incluso el niño más pequeño descubriera que compartir habitación con otros niños de su edad era infinitamente más interesante que hacerlo con una monja que roncaba. Klio no fue consciente de eso durante los primeros días, en los que sólo durmió y se agitó en sueños, y se consumió de fiebre, y cuando por fin abrió los ojos y no había drogas ni delirios en el iris castaño, lo primero que hizo fue preguntar por sus padres.
—Lo siento mucho, Klio, pero no creo que puedas verlos en una temporada.
Y la niña la miró, tremendamente sorprendida, con los pies sucios y las ojeras marcadas.
—Esos no eran mis padres. Y yo no me llamo Klio.
