Desde el salón me llegaban claramente las voces de mi Doctora y de su madre. Me temblaban las piernas del miedo. ¿Habría descubierto algo? Desde luego que Joan conocía a Sombra y el cachorro debía estar sentado a sus pies, meneando la colita encantado de recibir sus caricias… Casi tanto como lo estaba yo de recibir las de Megan hasta hacía un minuto. Oh, mujer inoportuna… Vale, ya estaba decentemente cubierta, más o menos, así que mejor prestar atención.

- Megan, ¿Crees que no se lo que pasa aquí? –el aire de mis pulmones se convirtió en hormigón de repente. ¿Era posible que Joan lo supiera? Dios, espero que no. Jamás podré volver a mirarla a la cara…

- ¿A… que te refieres, madre? –Incluso a mi me fue sencillo notar el temblor de la voz de Megan desde su habitación.

- A que es obvio que no estás sola, cariño. Podrías haberme avisado, después de todo venía a invitarte a comer para que no pasaras el fin de semana sola al no estar Lacey en casa. -Comencé a darme suaves cabezazos contra la puerta de uno de los armarios, suaves más que nada para que no los escuchasen desde el salón. Estaba segura de que Megan se había quedado boquiabierta, sin palabras. Lógico, después de todo, ¿Quién iba a pensar que su madre podría querer pasar algo de tiempo con ella? ¡Estábamos tan centradas en nosotras que nos olvidamos de esa posibilidad!

- No… no estoy con nadie… -Murmuró Megan, seguido de un carraspeo nada discreto. Seguro que se sentía como una adolescente cazada con las manos en la masa por su madre. Al menos yo me sentía así, y no me habían "cazado" todavía. Esperaba que no llegasen a hacerlo.

- Claro que no. Por eso hay dos copas de vino a medio beber sobre la mesa de la cocina, así como un conjunto de lencería y tu pijama en el suelo… ¿Qué pasó? ¿Decidiste desnudarte aquí y luego ir desnuda hasta tu habitación y por eso has tenido que volver a vestirte antes de venir a saludarme? Vamos Megan… Soy tu madre. No espero que lleves una vida ascética. Yo no lo hago.

- ¡Agh, mamá, por favor! – Esbocé una sonrisa torcida. Casi podía ver la expresión de contrariedad en los rasgos de Megan y la risa divertida de su madre al hacerle esa revelación.

- ¿No vas a presentarme a mi nuevo yerno?

¡¿QUE?!

- ¿A… a quién? –de nuevo el tartamudeo en la voz de mi pelirroja delató su nerviosismo, ella que era todo nervios de acero… y piel suave… ¡Céntrate!

- Se bien que nunca llegas a acostarte con un hombre por el que no sientas algo profundo, cariño. Que no te de vergüenza. Si has conocido a alguien… Espera, ¿no será de nuevo ese impresentable de Tommy Sullivan, verdad? – El tono de voz de Joan iba subiendo conforme se iba enfadando por momentos ante la posibilidad de que su hija hubiera vuelto con ese sujeto al que ella despreciaba visiblemente.

- ¿Qué? ¡No! No hay ningún "yerno" que presentarte, mamá…

- ¿Un lío de una noche? ¿Megan, desde cuando eres así? Ese no es tu estilo, asique no intentes hacérmelo creer… te conozco muy bien.

¡Ay, Joan, si tú supieras…! Te daría un ataque.

Escondí la cara entre mis manos, avergonzada de solo pensar en lo que podría pasar si Joan decidía investigar por su cuenta y venir a echarle un vistazo al "hombre" dormido, y posiblemente desnudo, que yacía en la cama de Megan. No lo hagas, ¡no vengas! Pero ella tenía otros planes.

- ¿Qué haces mamá? ¿A quién llamas?

- No voy a llamar a nadie, estoy enviando un mensaje a Aylaranna, por si decide venir a por su cachorro, para que no se encuentre con… – "¡Bip Bip!" "¡Bip Bip!" sonó la alarma de mi teléfono en la mesilla de cristal del salón, no lejos de donde estaba Joan. Mierda. Estamos jodidas del todo. - ¿Qué hace el te…. Teléfono de…? Oh, por Dios…

El gemido angustiado y avergonzado de Megan y el mío sonaron exactamente iguales y a la misma vez. Al cuerno el secretismo. ¿Debería salir y enfrentarme al juicio de Joan junto a Megan, o mejor debería meterme en la cama y fingir que todo esto no era más que una terrible pesadilla producto del alcohol y el cansancio? Como una cobarde, me decantaba mejor por la segunda opción, pero sabía que era una opción inútil.

- ¿¡Lara!? Sal, nos han cogido…

- Eh… ¿Joan? –salí de la habitación con pasos cortos, totalmente aterrada por el cuadro que podría encontrarme en el salón. Era más que posible que a Joan le estuviera dando una aneurisma de solo imaginarse a su querida hija con otra mujer, una mujer que bien podría ser su hija ya que tenía veinte años menos.

Me las encontré a las dos en el salón, de pie una frente a la otra. Megan había apoyado la espalda en el borde de la mesa Isla de la cocina. Tenía su pijama y mi ropa interior hechas una pelota en los brazos en un intento de esconderlos de la vista de su madre, quien estaba de pie con la boca abierta de la impresión, junto a uno de los sofás de la parte de la salita más alejada de la cocina, junto a las ventanas de la fachada del edificio. Joan aún mantenía sujeto su móvil entre ambas manos por haber estado escribiéndome el dichoso mensajito delator. Moonlight y Sombra estaban sentados a los pies de Megan, mirándome fijamente moviendo las colitas perezosamente como diciendo "mira la que se ha liado en un momento. ¿Raro, eh?"

- Joan… no es lo que…

- ¡No!... –alzó una mano, con la palma hacia mí, como si así pudiera detenerme.- no lo digas…

Miré a Megan con terror en los ojos. ¿Tan mal le había sentado el descubrimiento a Joan? Y yo que pensaba que me tenía cierto aprecio… Si ella se lo tomaba así, ¿Cómo podría reaccionar Lacey, una niña a quien yo adoraba? Ella se acercó a mí y me cogió de la mano en un simple gesto de apoyo. Instintivamente me acerqué a ella en busca de protección, sonriendo ligeramente cuando ella me rodeó la cintura con el brazo y me abrazó delante de su madre. ¿Acababa de oficializar nuestra relación, o solo intentaba que me sintiera mejor? Oh, malditos miedos…

- ¿Desde cuando… os veis? –la temida pregunta salió de entre los labios de Joan Hunt con solo una ligera duda. Yo miré a su hija, no muy segura de quién de las dos debería responder a eso. ¿Deberíamos decir la verdad, o quitarle importancia?

- Eh… en total, más o menos creo que llevamos "viéndonos" unos… cinco meses y... –cerré los ojos para hacer bien los cálculos- y tres… cuatro días.

- ¿Cinco meses?

- ¿Tanto ya?

Ambas preguntaron a la vez, con idéntico tono de incredulidad. ¿De verdad había pasado ya tanto tiempo? Yo asentí. Recordaba bien aquella noche de verano en la que cierta patóloga forense entró en mi vida, y de ahí se fue colando lento pero seguro en mi bien custodiado corazón.

- ¿Alguien más lo sabe?

- No. –Respondimos las dos a la vez con seguridad.- Hasta ahora habíamos tenido mucho cuidado… y mucha suerte.

- Bueno, mejor que os descubriese yo antes que Lacey. –De pronto Joan miró el bulto de ropa que su hija intentaba ocultar entre sus brazos y comprendió súbitamente.- Oh, Dios… He interrumpido… Oh. Lo siento. Mejor dejamos esa invitación para comer para otro día… -cogió su bolso y salió disparada hacia la puerta, dispuesta a marcharse corriendo.

- Espera Joan. – La cogí del brazo cuando pasó por mi lado- No quiero que pienses que tu hija y yo solo..

Ignoré la mirada curiosa de Megan y la avergonzada de su madre e intenté ser valiente por primera vez y aceptar mis sentimientos por esa mujer que me abrazaba por la espalda.

- Podemos ir las tres a comer juntas, si no te importa. Podemos hablar…

Ella miró a Megan por encima de mi hombro, no muy segura de querer aceptar, pero algo debió ver que yo no pude, por que el brillo nervioso de sus ojos se transformó en una dulce sonrisa. Me acarició la mejilla con los nudillos y aceptó con un asentimiento de cabeza al que respondí con una brillante sonrisa.

- Pero lo primero es una ducha, y ponernos algo de ropa encima. ¿Vienes? –Megan me tomó por la cintura y me condujo hasta su habitación, dejando a su madre con la única compañía de los cachorros en el salón.

- ¿Crees que es buena idea? Ducharnos juntas estando tu madre aquí…

- Bueno, ya lo sabe, ¿no? ¿Para que esconderse o fingir que no ocurre nada? Tú misma lo dices en esa canción… ¿Cómo era? "Well now they know. Let it go" –entonó la frase con el tonillo de la canción de Frozen, ganándose un pellizco por mi parte al que respondió abrazando mi cintura más fuerte.

- En serio, ¿nunca vas a dejarme olvidar la actuación de aquella gala?

- Te perseguirá por los siglos de los siglos. ¿Qué clase de princesa Disney le roba sus canciones a otra? –ella se burló de mí, pero yo ya tenía mi respuesta preparada.

- ¿Quieres ducharte sola, Amor? – contraataqué, y por lo que parece gané por que se rió entre dientes y dejó el tema. Ambas cogimos algo de ropa del armario y nos metimos en la ducha juntas.

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Ah, el agua caliente resbalando por mi piel, por mi espalda, llevándose consigo la tensión y la preocupación que se habían adueñado de mi cuerpo en los últimos días y se habían agravado con el descubrimiento de nuestra relación por la madre de mi pelirroja. Que delicia el poder dejar que el agua se las llevara consigo por el desagüe. Hmmm y el que las manos de Megan frotasen mi piel también era de ayuda, he de admitirlo.

Podía sentir su amor envolverme como una cálida protección contra todo y contra todos conforme sus manos iban enjabonando cada parcela de mi cuerpo. ¿Quién era yo para prohibirle hacer algo con lo que ella disfrutaba tanto? Si le gustaba bañarme, ¿Cómo decirle que no? ¿Cómo negármelo a mi misma? Yo disfrutaba casi tanto como ella cuando me daba la espalda para que hiciera justamente lo mismo con ella. Era en esos momentos de intimidad total en los que simplemente nos tocábamos sin necesidad de ir hasta el final, solo por el simple placer de rozar la piel de la otra con los dedos, en los que me daba cuenta de la magnitud de los sentimientos que esa mujer podía despertar en mi interior. Recordar lo que sentía en brazos de Kieron palidecía en comparación del fuego que ella era capaz de prender en mí con solo una sonrisa. Eso debía ser amor, ¿verdad? Esa llama que prende en tu corazón y se agita y bailotea cada vez que miras a la persona amada. Esa sensación de plenitud cuando sus brazos te rodean. Ese intenso dolor cada vez que discutís, pero que sientes como recupera su brillo y fuerza con cada beso hasta el punto en el que crees que podrías morir y lo harías felizmente si fuera exhalando tu último suspiro en sus labios…

Era tan obvio… ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Cómo podía haber estado tan ciega? ¿Tanto miedo tenía, que simplemente no quise verlo?

Un nuevo miedo se instaló en el fondo de mi estómago con semejante revelación.

¿Sentiría ella lo mismo por mi?

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Decidí aparcar esos pensamientos a un lado y centrarme en parecer tranquila delante de las dos mujeres Hunt. Era una buena actriz después de todo. Primero era mejor centrarse en lo más urgente en ese momento: secarme, vestirme, y ser una muñequita adorable delante de mi "suegra"… ósea, ser natural y dejar los miedos y las preocupaciones a un lado hasta que pueda analizarlas a fondo más tranquilamente.

Una vez listas, yo vestida con unos vaqueros azules, botas negras y una camisa burdeos y con el pelo recogido con una pinza y Megan con uno de sus vestidos formales, este de color crema, salimos a reunirnos con su madre y los cachorros. Nos llevó a comer en su club, supuse que por que era un sitio elegante, caro, y toda la "alta sociedad" solía reunirse allí, pues era un lugar para ver y ser visto, como todos los clubs sociales de Norte América, en realidad. Canadá no es tan diferente de su hermano mayor USA.

Megan y yo nos miramos, ambas compartiendo el mismo pensamiento pues lo teníamos claramente escrito en el rostro. "Pandilla de Snobs" pensamos a la vez, lo cual nos sacó una sonrisa a ambas. Joan iba por delante de nosotras saludando a sus amigos y conocidos y presentándonoslos a Megan y a mí.

Pude ver, sentada en un rincón, a una mujer mayor con tantas perlas enrolladas alrededor del cuello que me asombraba que pudiera beber de su taza de té y hablar sin asfixiarse. En sus rodillas, tumbado, un pequeño chihuahua con un severo problema de ansiedad ladraba con su vocecilla de pito a aquellos que pasaban por su lado sin que su dueña hiciera nada por impedirlo. Ver semejante dejadez me hizo esbozar una mueca de fastidio que ni me molesté en ocultar. Megan la vio y me preguntó a que venía solo con una mirada. Con un movimiento de cabeza señalé a esa vieja bruja y a su rata chillona, puse los ojos en blanco y solté un silencioso bufido que ella entendió a la perfección. Ambas sonreímos con complicidad.

Sombra y Moonlight nos seguían dócilmente pegados a nuestros talones, completamente relajados y lo que era más importante, en silencio.

- Que bonito. – comentó Joan de improviso, sobresaltándonos a las dos.

- ¿El que, madre?

- El que os entendáis sin palabras. –se sentó en una silla que uno de los camareros le apartó, como hacían dos de sus compañeros para Megan y para mí. Ni nos habríamos dado cuenta de que nos habían conducido hasta una mesa de no ser por la interrupción de Joan. Agradecimos el gesto de los camareros de empujar nuestras sillas para sentarnos correctamente a la vez, provocando otra sonrisa de su madre.

Ambas nos miramos e intentamos disimular las sonrisas, consiguiendo tan solo transformarlas en sonrisas educadas perfectas para el lugar en el que nos encontrábamos.

- ¿Puedo saber de que "hablabais" mentalmente? – Joan apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos de las manos y apoyó sobre ellos la barbilla al hablar.

De fondo aún podíamos escuchar los chillidos del chihuahua y a su dueña diciéndole "Shhh Chuchi. ¡Cállate! Que no puedo oír al señor Dobbs" Nuestros cachorros miraban en la misma dirección, con las orejas levantadas, atentos al más mínimo ladrido de ese molesto animal.

Con un gesto indolente de la mano señalé, como quien no quiere la cosa, hacia la mesa en la que estaban sentados la bruja de las perlas y su mascota. Acerqué la mano a mi oreja y extendí los dedos simulando que me explotaba el tímpano, todo con movimientos fluidos y elegantes que cualquiera que los hubiera visto no sabría interpretar sin saber de qué estaba hablando primero. Mis acompañantes se sonrieron divertidas ante mis gestos, sonrisa que compartí con ellas.

- Por suerte mi Sombra es igual de silencioso que su nombre, ¿verdad peluchito? – Bajé la mano hasta la cabeza del cachorro y le acaricié entre las orejas con las puntas de sus dedos, haciéndole soltar un jadeo de placer como única respuesta.

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Pasamos una agradable velada, hablando de mi recuperación, del trabajo de Megan, del mío, de política incluso, aunque ese tema no me gustaba demasiado. La comida transcurrió con la normalidad que cabría esperar, por supuesto, en un lugar con tanta clase y savo affaire… si olvidamos el escándalo de la minirata, todo era perfecto. Me costaba creer que mi doctora, la misma que disfrutaba gruñéndome cochinadas al oído en pleno momento de éxtasis, se había criado en este tipo de ambiente. Verla ahí sentada, convertida en toda una dama, elegancia de la cabeza a los pies, era simplemente… No había palabras para describirlo.

De vez en cuando, alguno de los amigos de Joan y Megan se acercaban a la mesa a saludar, curiosos de ver a ambas mujeres acompañadas de "una chica tan joven y bonita a la que no tenía el placer de conocer" fue la última descripción que hizo de mí un hombre de cierta edad, conocido de Joan de su época como jueza del tribunal supremo. Según me comentó Megan al oído, el viejo era un célebre Rompecorazones entre las féminas más jóvenes del club, o al menos eso le gustaba pensar a él. Yo era toda sonrisas educadas para las personas que se acercaban a saludar y a quienes me presentaban como una "amiga de la familia" o vecina de Megan. La última que se acercó fue la bruja con su rata, a quien llevaba sujeto por una correa rosa adornada con cristales de Svarovsky. El pobre animal iba vestido con un pequeño chaleco rosa, con un collar de cristales alrededor de su cuellecito. Cabe decir que el chihuahua era un macho. No me costaba entender la razón de su ansiedad y agresividad contra todo aquel que se le acercase. De hecho la comprendía. Por su parte, la bruja vestía exactamente del mismo color. Era como un enorme y esquelético esperpento de algodón de azúcar y perlas con su vestido de falda y chaqueta en color rosa con el cuello adornado con pelo animal, teñido de rosa por supuesto. Llevaba en el pelo lo que me parecieron al menos dos botes de laca para que no se le moviera ni un solo pelo durante el más crudo huracán que pudiera azotar la costa de Florida en plena temporada, y al menos dos anillos en cada dedo con su correspondiente diamante o piedra preciosa.

La primera palabra que se me aparecía en la mente al mirar a esa mujer era "Ostentosa" la segunda era "Hortera" y la tercera un insulto para la pobre comunidad de los payasos de rodeo que no tenían ninguna culpa de que esa mujer les hubiera robado el maquillaje.

- ¡Joan Hunt! Querida, cuanto tiempo sin verte. Espera ahí, ahora me reúno contigo en tu mesa. –incluso su voz era más aguda que la de su perrito.

- ¿Somos invisibles? –comenté en voz baja de modo que solo mis acompañantes pudieron oírme.

Miré a Megan con una ceja levantada y media sonrisa que me costó esconder a tiempo cuando la mujer llegó junto a nuestra mesa. Ella me devolvió la sonrisa, junto con una palmada sobre mi mano para darme ánimos.

- Han llamado los años 40, dicen que quieren que les devuelva su conjunto de ropa y las gafas de pedrería. –comenté mordaz al oído de Megan, arrancándole una risotada que camufló como un ataque de tos. Me miró de reojo, acusadora pero con un brillo divertido en los ojos.

- No seas mala. Prácticamente son parte de ella desde hace… cuarenta años. –me respondió con una ladina sonrisa.

- Niñas, comportaos. –nos regañó Joan sin mucho entusiasmo, pues estaba escuchándonos y nos miraba con la misma risa brillando en sus ojos.- La viuda Lovewood es una mujer muy influyente.

- Espero que no en las revistas de moda. –comenté entre dientes, ganándome otra risita de parte de ambas.

- Joan, querida, cuanto tiempo sin verte por aquí. Es un placer volver a contar con tu compañía. –la vieja bruja se ajustó sus antiguas gafas de pedrería sobre el puente de su nariz y nos dedicó una inquisitiva mirada tanto a Megan y a mí como a nuestras mascotas, que estaban tranquilamente tumbadas en el suelo junto a nuestros pies observando imperturbables a su "Chuchi" quién les ladraba enloquecido.- me temo que no nos han presentado debidamente, señorita.

- Me llamo Aylaranna Fay, señora Lovewood. –me puse en pie para estrecharle su huesuda mano con una de mis encantadoras sonrisas. Ofrecí mi silla a la viuda y coloqué una junto a Megan. Ambos cachorros se levantaron y se sentaron junto a nosotras, protectores y sin quitarle el ojo de encima al perrito de la vieja.

- Aylaranna Fay. Me suena tu nombre, querida, pero no consigo recordar de que. –se sentó con naturalidad en la silla que le ofrecí, como si hubiera esperado que lo hiciera, y sin agradecerme el gesto cosa que no nos pasó desapercibida a ninguna.

- Tal vez sea por que Lara ha tenido la amabilidad de actuar en alguna de las galas benéficas que el club organiza para recaudar fondos. –comentó Joan con un ligero timbre de orgullo, que le agradecí con una discreta sonrisa.

- ¿Ah si? Pues no lo se, no creo que sea de eso. Ya sabes Joan que yo misma me ocupo de repasar las listas de invitados… -comentó arrogantemente.

La pequeña rata estaba gruñendo y ladrando enloquecido a Sombra, quien le miraba altanero desde su altura y con las orejas levantadas. Le rasqué tranquilamente la frente para que se calmase, haciendo que bajase las orejas, sin embargo Moonlight no le quitaba los ojos de encima a ese molesto bicho rosa. Di un discreto codazo a Megan para que ella hiciera lo mismo con su perrita antes de que le diera un mordisco al perro de la viuda. Con la misma naturalidad que yo, dejó reposar una mano en el cuello de la husky, calmándola de inmediato. Por debajo de la mesa, Megan puso su mano sobre la mía para calmarme a mí también en el caso de que lo necesitase dado los desplantes descarados de la vieja esqueleto de algodón. Apreté sus dedos entre los míos diciéndole silenciosamente que no era necesario, pero que se lo agradecía sinceramente.

Joan fue quien llevó casi todo el peso de la conversación que las tres mantuvimos con la Viuda. Megan y yo nos mantuvimos tranquilamente sentadas, con las manos cogidas y sendas sonrisas educadas para ella cada vez que despegaba los ojos o los labios de su jerez. Hubo un momento en el que Chuchi se lanzó contra el hocico de Sombra, dispuesto a morderlo sin previa provocación por su parte, cosa que todas vimos. Sombra alzó una pata y pisó al chihuahua y lo mantuvo contra el suelo con un gruñido de advertencia, haciendo que el bicho rosa se pusiera a ladrar histérico y por consiguiente que la vieja bruja se pusiera igualmente histérica gritando "¡CHUCHI! ¿Qué te ha hecho esa bestia? ¡Suéltale de inmediato!" Cogió su bolso rosa y lo alzó por encima de su cabeza dispuesta a pegar a mi lobo con él cuando me levanté de la silla y la agarré de la muñeca con una sola mano, la retorcí y la obligué a sentarse bajo la atónita mirada de todo el club.

- Cierre la boca, señora Lovewood. –gruñí entre dientes.

Todos se habían quedado blancos. Nadie tocaba a la viuda Lovewood, y menos aún, le hablaba en ese tono si quería seguir siendo alguien entre la alta sociedad. De la impresión, me obedeció.

Me tomé un momento para observarla fijamente, después fijé la atención en el animalejo que montaba tal escándalo y di una simple orden en tono tranquilo mientras me volvía a sentar con las manos sobre el regazo.

- Sombra, suéltalo.

De inmediato, mi lobo levantó la pata y se sentó muy erguido, con la cabeza rozando mi rodilla y los ojos fijos en el otro perro, al que cogí en brazos. Estaba temblando e intentó morderme, pero un simple gruñido de Sombra le hizo recular y no volverlo a intentar. Con naturalidad le quité el chaleco rosa y el collar, lo coloqué tumbado de espaldas entre mis piernas y le hice algunas caricias desde el cuello hasta el vientre, desde la cabeza hasta las patas traseras y de nuevo desde el cuello al vientre. Le di un suave masaje tranquilo durante unos minutos que calmó sus temblores. Durante todo el proceso no volvió a gruñir ni a emitir sonido alguno. Mi atención estaba puesta en el perrito, pero podía sentir la tensión reinante en todo el salón. El silencio podía cortarse. Terminé con una ligera carantoña en las orejitas del animal, un suave "Levanta" y Chuchi se sentó sobre mis rodillas, con la lengüecita colgando a un lado del hocico abierto y meneando su colita alegremente.

- Su perro sufre un gran estrés, señora Lovewood. Deje de vestirle como si fuera el peluche de una niña de cinco años y dejará de ser tan agresivo. Si insiste en ponerle ropa, olvide el color rosa. –cogí el chaleco y se lo di a su dueña, quien lo cogió con la boca entreabierta. Le puse el collar de piedrecitas al perro y lo dejé de nuevo en el suelo. De inmediato se tumbó obedientemente a mis pies, junto a Sombra que también se había relajado. Alisé la tela de mis vaqueros innecesariamente, crucé una pierna sobre la otra y dediqué una dulce sonrisa a la vieja, como si no hubiera habido interrupción alguna.

Todo el mundo a nuestro alrededor comenzó a hablar en murmullos excitados a la vez, cosa que ignoré olímpicamente. Cogí mi taza de café y bebí un trago para devolverla de nuevo a la mesa y dejar caer la mano por el reposabrazos con naturalidad, en busca de la mano de Megan, quien entrelazó sus dedos con los míos al segundo, manteniendo su sonrisa en todo momento.

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La viuda nos miraba boquiabierta, incrédula de lo que acababa de pasar. Primero por mi falta de educación al agarrarla del brazo, por mis palabras irrespetuosas, por como había cogido a su mascota y la había "desnudado" delante de sus amigos, para rematar diciéndole semejantes insolencias sobre su modo de educar al perrito. Y para colmo, nadie se había levantado para defenderla de mi atrevimiento. ¿Cómo era eso posible?

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Joan volvió a llamar su atención y recondujo de nuevo la conversación por donde la habían dejado antes de ser interrumpidas. Por mi parte, acariciaba perezosamente las orejas de Sombra, que había apoyado su hocico sobre mi pierna y cerrado los ojos encantado. Me incliné sobre Megan para susurrarle un "¿Salimos a dar un paseo a los bebés?" refiriéndome a nuestros cachorros, a lo que accedió encantada.

- Si nos disculpáis, vamos a ir a dar una vuelta con los perros. – Cogí a Chuchi y lo senté en las piernas de su dueña, le hice un par de caricias y cogí la correa de Sombra para marcharnos. No hizo falta ni que se la pusiera, él solito se alineó junto a mi pierna y me siguió obedientemente fuera del edificio hasta los jardines donde podría correr a gusto y jugar con otros perros. Megan entrelazó sus dedos a los míos en cuanto se puso a mi lado, siendo flanqueada por Moonlight al otro lado.

- Creo que acaban de vetarme la entrada al club de tu madre, Cariño. – comenté como si cualquier cosa.

- Espero que también me la hayan vetado a mí. Así no tendré que volver a aguantar a esta gente… -comentó divertida. – Eso ha sido impresionante. ¿Cómo lo has hecho?

- ¿Calmar a Chuchi? Ha sido sencillo. Solo quería que alguien le quitase ese horror de peluche rosa y lo acariciase un poco. Se sentía castrado y poco valorado, por eso intentaba morder a todo el mundo.

- ¿Cómo lo sabes? –rodeó mi cintura con un brazo y me miró interesada.

- He tenido perros toda mi vida. Normalmente de razas grandes, pero cuando nos mudamos a un pequeño apartamento nos regalaron un cachorro de Yorkshire, un macho, al que mi madre vestía con chalequitos rosas también… Era el hazmerreir de los demás perros del parque, el pobre. Llamarse Dandie no era de ninguna ayuda –comente con una sonrisa- El pobre destrozaba toda la ropa rosa que veía, ya fuera suya o nuestra. Solo sumé dos y dos.

- Eres una caja de sorpresas. La mujer que susurraba a los chihuahuas.

Ambas nos reímos a gusto con eso mientras veíamos a Sombra y a Moonlight correr detrás de algunos patos, persiguiéndolos hasta su estanque.

- Hmm, lo pondré en mi currículum. –comenté en voz baja, ronca.

Sus ojos se posaron en mi boca descaradamente, tiró de mi brazo hacia ella y paseó la mano por mi espalda en busca del bolsillo trasero de mi pantalón, pero yo me reí burlona en su cara y comencé a alejarme en busca de los cachorros dejándola ahí plantada.

- Lo siento amor, pero tal vez a Lacey si que le gustaría que la admitiesen aquí algún día, y no me gustaría estropear su excelente pedigrí mezclando a su madre en un escándalo lésbico en el club. –esbocé mi mejor sonrisa traviesa y le guié un ojo antes de darme la vuelta para ir a buscar a los cachorros.

Megan se quedó allí, quieta, esperando mi regreso triunfal con los dos perros, cada uno trotando alegremente junto a cada una de mis piernas sin necesidad de llevarlos amarrados de sus collares o con las correas. Cuando llegamos a su lado pasamos de largo y volvimos a la mesa en la que Joan nos esperaba sentada sola bebiendo su café.

- Espero que esa vieja amargada no te haya prohibido volver aquí por mi culpa, Joan. –le murmuré al oído al inclinarme levemente sobre su espalda para hablarle al oído.

Ella rozó mi mejilla con los dedos y negó con la cabeza.

- En realidad la has dejado impresionada.

- ¿De verdad? –exclamé sorprendida. Miré por encima de mi hombro a Megan, que estaba a mi espalda escuchando. - ¿Has oído eso? Parece que al final no van a vetarte la entrada por mi causa. Lo siento, amor.

- Todavía nos queda lo del escándalo lésbico –comentó burlona en mi oído, rozando mi trasero con su entrepierna al inclinarse por encima de mi espalda para alcanzar su taza de café.

- ¡Oh, cállate!

- ¿De que habláis vosotras dos? Anda, id a sentaros a vuestros lugares.

Megan me sonrió divertida cuando se apartó y yo pude hacer lo mismo. Los cachorros estaban tumbados tranquilamente. Moonlight apoyaba la cabeza en el cuello de Sombra, ambos con los ojos cerrados y ambas respiraciones tranquilas. A veces sentía que su relación era un reflejo de la mía con Megan, y era tan adorables verlos juntos… hasta que me fijé en algo de lo que no me había dado cuenta antes.

- Megan, ¿Estarías en contra de tener dos o tres bebés más correteando por el apartamento? –comenté con el mismo tono desapasionado de quien habla sobre el último partido de soccer que han puesto en la tele.