Me incliné hacia adelante, curioso. Perdí el apoyo de una mano al extenderla para tantear con suavidad la superficie. Mis yemas recorrieron suavemente el contorno, tratando de poner el mayor de los cuidados. Era una vista totalmente inusual.
– ¡…! – papá se sentó de repente, sobresaltándome y haciendo que cayese de la cama. Con el corazón desbocado y mi cabeza adolorida por el golpe, volví a subir a su cama dispuesto a quejarme para, en consecuencia, recibir mimos, pero algo me distrajo y me hizo preocupar.
– Papá, estás llorando.
Él me miró, sorprendido tanto por mis palabras como por mi presencia en su cama, y llevó sus dedos hasta sus mejillas, mismos que se vieron inmediatamente empapados. Me senté a su lado y, con las mangas de mi camisa, le ayudé a secarlas.
– ¿Por qué estás llorando? – pregunté al cabo de unos minutos de absoluto silencio; no era incómodo, pero tampoco agradable, solo… extraño.
– No lo sé – Su voz sonaba algo ronca y titubeante. Cerró un momento los ojos antes de dirigirlos a la ventana, a través de la cual traspasaban los tenues rayos mañaneros del sol – pero siento como si hubiese tenido un sueño muy largo.
Lo miré unos momentos, tratando de adivinar exactamente lo que quería decir, pero al final me rendí, optando por rodear su brazo con los míos. Si era algo importante, me lo diría después.
– Tenías una expresión muy suave – comenté mientras le sonreía. Él me sonrió de vuelta, levantando una ceja. Sus ojos brillaban un poco.
– ¿Me estabas mirando mientras dormía?
– Sí – contesté sin ningún tipo de vergüenza al tiempo que me acomodaba bajo las sábanas, soltando un suspiro de placer ante lo calentito que me sentía – desperté de repente, tal vez afuera hicieron ruido.
Papá no dijo nada más, sólo se acomodó a mi lado y pasó su brazo por mi costado para, así, poder abrazarme. Solté una pequeña risa y me acerqué más a él, dispuesto a dormir un rato más.
Por alguna razón, fui consciente de que papá no durmió más esa mañana. Y, también, sabía que lo que había hecho llorar a papá no era sólo un sueño, pero ¿cómo iba a saber lo importante que era, en ese entonces?
– Entonces, vuelvo en un rato ¿está bien? – por supuesto, no me quedé a esperar una respuesta. Cerré la puerta tal vez un poco más fuerte de lo que debía y salí a paso rápido a la calle. Al voltear un momento, pude ver a papá despidiéndome con la mano desde la ventana de nuestra habitación.
Inhalé profundo y procedí a avanzar en una dirección que era, por demás, conocida. Sentía un poco de nervios, pues aún no me acostumbrara del todo a ir solo, menos por el placer de caminar y conocer.
Pasé por el mercado sin detenerme a detallar nada, aunque casi al final terminé comprando un par de deliciosas manzanas. Iba comiendo una cuando vi a la señorita Carla. Estuve a punto de acercarme pero, detrás de ella, apareció un hombre. Era alto, algo delgado y con una sonrisa algo nerviosa. Tenía el cabello rubio y unos ojos oscuros que, por un segundo, me recordaron a los de Beaure.
Fruncí el ceño, intrigado, y me acerqué un poco.
Ellos no hablaron más de un par de minutos antes de que la señorita Carla le diese un beso -¡un beso!- en la mejilla al desconocido, y ambos tomasen caminos distintos.
Mentalmente, decidí marcar al hombre como una alarmante amenaza a mis planes familiares. No me daba ni un poco de confianza. En primer lugar ¿cómo es que él conocía a la señorita Carla? Jamás lo había visto, ni siquiera cuando iba con papá o tío Keith a la taberna para buscar a la señorita Carla al terminar su turno.
Tenía que hacer una investigación pero, hasta que se presentase la oportunidad idónea, actuaría como si nada, empezando por lo lógico. Volví a la calle principal y seguí a la señorita Carla un par de minutos, actuando como si estuviese distraído, antes de correr hacia ella y abrazarme a su cintura, divirtiéndome con el pequeño brinco que dio.
– ¡Hola! – chillé, y ella volteó con una mueca luego de pasar el susto. Me dio un golpecito en la frente con los dedos para luego agacharse y besar mi mejilla. No pude evitar pensar en el "hombre-amenaza" y la forma en que había podido disfrutar de ésta dulzura.
– Por las diosas, Zeke, no tengo edad para esos sustos – terminó riendo. Ella se enderezó y, de inmediato, le ofrecí la otra manzana que había comprado. Ella la tomó, y caminamos por la ciudad conversando sin ninguna preocupación.
Bueno, sí tenía una preocupación, una muy grande, pero no se lo iba a decir. Tenía que idear una estrategia, y para ello debía ser muy paciente. Nadie se llevará a mi futura mamá si puedo evitarlo, en especial un hombre que no la apreciaría en toda su vida ni la mitad de lo que papá lo hacía justo en ese momento.
– Bueno, Kurt, ahora que estás al día ¡promete que no se lo dirás a nadie! – le miré con la mayor seriedad, y tomé su silencio como un "sí".
Me senté a su lado en la cama, los brazos cruzados y la vista fija en el dibujo de mi madre; ella siempre me brindaba inspiración, pero esta vez no tuve la paciencia y bufé, pataleando un poco antes de dejarme caer hacia atrás.
Los ojos café de Kurt estaban fijos en mi, seguramente tratando de brindarme calma.
– ¡Es que no lo entiendo! ¿por qué tenía que aparecer él? Apenas había comenzado a planear una forma de que papá y la señorita Carla comenzaran a pasar más tiempo juntos ¡y ahora se viene a poner en medio! – me callé un momento, pensándolo un poco – bueno, tampoco es su culpa, tengo que admitir que la señorita Carla es muy bonita, el único que no parece haberlo notado es papá.
Atrapé a Kurt entre mis brazos, disfrutando de su apoyo y, ¿por qué no?, de su suavidad.
– Bien, entonces reuniremos un poco más de información y veremos que hacer ¿te parece? – le sonreí, aunque luego suspiré y volví a abrazarlo– cielos, a veces desearía que pudieras contestar ¡pero no importa! Eres genial justo así.
El osito de peluche de un inmaculado negro había sido un regalo de tío Keith. Aparentemente no podía permitir que mi anterior cumpleaños haya pasado como si nada, y decidió que TENÍA que tener al menos un regalo.
" Estaba sentado en los escalones que daban a la casa de la señorita Carla, sencillamente disfrutando del día con toda la pereza que el verano traía consigo De repente, el tío Keith apareció a mi costado y tiró un paquete de un tamaño considerable en mi dirección. Apenas tuve tiempo de atajarlo.
– ¿Qué es-
– Silencio – gruñó, y pude jurar que sus mejillas estaban un poco rojas – obviamente es un regalo de cumpleaños -¡sé que no es hoy!-, así que deja de hacerte el estúpido y ábrelo, mocoso.
Obedecí sin importarme un poco el lenguaje grosero de mi tío, ya bastante acostumbrado. AL rasgar el papel, una tierna cara de felpa con botones simulando ojos me saludó. Me quedé asombrado, y rápidamente saqué al tierno osito (que de pequeño no tenía nada, pues por sí solo era tenía un poco más de la mitad de mi tamaño) para, inmediatamente, abrazarlo contra mi pecho.
– ¿Y bien? – preguntó de forma más calmada, al parecer mi reacción era la que estaba esperando.
Le sonreí tanto que me dolían las mejillas y, luego de dejar con muchísimo cuidado mi nuevo compañero en los escalones, sentado sobre los restos de su envoltorio, me abalancé sobre tío y le murmuré mil gracias.
Él no lo sabía, pero ese oso era el primer regalo real que me habían dado por mi cumpleaños, aunque no fuese el día correcto."
– Sí, Kurt, tío es muy bueno ¿crees que él nos quiera ayudar? – de pronto. Recordé algo que había conversado con mi padre – ah, no, mejor no. Creo que seremos sólo tú y yo.
– ¿Tú y quién?
-¡AH! – me di la vuelta con el corazón en la garganta únicamente para encontrar a papá parado en el marco de la puerta, una sonrisa divertida iluminando sus facciones – ¡papá! No seas tan silencioso.
– Lo siento – aunque se notaba que no lo sentía para nada – entonces ¿tú y quién?
– Ah, eso, estaba hablando con Kurt – levanté un poco a mi oso para que pudiera verlo mejor – tenemos una misión sú~per importante.
– Supongo que los adultos estamos excluidos.
– Ajá.
– Está bien, pero no te quiero ver metido en problemas.
– Mira quien lo dice – le saqué la lengua cuando me miró con una ceja alzada, aunque luego continuó con lo suyo murmurando algo que sonó a "perdí el respeto".
Kurt y yo nos miramos, cómplices. El plan súper secreto acaba de comenzar.
