Disclaimer: Ni Draco ni Hermione me pertenecen, la mayoría de los hechizos también. Las cosas que no reconocéis son de fruto de mi desatada imaginación y de las aportaciones de Zéfiro, al cual le doy las gracias desde aquí por sus brillantes ideas.

Gracias de nuevo a todas las lectoras me seguís este fic, tanto a las silenciosas como a aquellas que me dejáis vuestros reviews. No os podéis imaginar lo bien que sientan y lo que ayudan a continuar escribiendo. Miles de gracias, de verdad.

Sin más, os animo a leer y espero que os guste el capítulo.

Violete Frost


Capítulo 9. La cruda realidad

—¿Qué quieres Zabbini? —le interrogó Draco mientras instintivamente se interponía entre el joven mago y Hermione. Las varitas de ambos ya se encontraban en posición de ataque.

—Deseaba comprobar con mis propios ojos lo que ya venía sospechando —contestó mientras sonreía cínicamente.

— ¿Y qué es lo que sospechabas?

—Que nos traicionaste por algo más que por pura supervivencia. Aunque debo reconocer que jamás hubiera imaginado que se tratara de la sangre sucia de Granger —y alzó el labio superior en expresión de asco.

Ante esas palabras todos los músculos de Draco se tensaron y su rostro alcanzó el mayor grado de frialdad que jamás se hubiera podido imaginar en su persona. Casi rozaba la inexpresión, sin embargo, sus ojos llameaban en una fulminante rabia contenida. Hermione, mientras tanto, ya empuñaba su varita y recreaba en su cabeza las miles de probables situaciones que se podían desarrollar en cuestión de segundos, buscando una salida para poder ponerse a salvo junto a Draco.

—Porque en algún momento te tuve cierta estima voy a hacer como que no he oído nada, Blaise y aprovecho para aconsejarte que desaparezcas en este mismo instante si no quieres que nos enzarcemos en una lucha que estoy seguro ganaré —le amenazó Draco.

Hermione, ignorando el gesto de Draco, que con su mano izquierda pretendía que ella permaneciera tras de él, se situó justo a su lado manteniendo la varita firme y la mirada fija en su oponente.

— ¡Ja, ja, ja!—rió Zabbini con afectación dirigiendo un vistazo fugaz en dirección a la integrante del Trío de Oro. —No he venido a pelear contigo, viejo amigo. Digamos que tan solo quería advertirte de tu error y darte otra oportunidad.

—Lárgate, Zabbini.

—La soberbia te pierde, Malfoy —replicó el joven Slytherin al tiempo que se descubría el rostro dejando caer hacia atrás la capucha de su capa.

Hermione no pudo evitar soltar un suspiro de ahogo cuando se encontró con esos ojos, febriles, inyectados en sangre, violentos. ¿Dónde estaba el Blaise Zabbni que había conocido durante seis años en Hogwarts? Frente a ella ya no se encontraba el elegante muchacho de modales exquisitos y lengua afilada que conocía. Su piel, antes tostada y brillante, ahora lucía cetrina y unas profundas ojeras se marcaban bajo sus ojos, los mismos que derramaban una mirada turbia, ebria de rencor y rabia. Un escalofrío le recorrió la espalda haciendo que se erizaran todos los vellos de su cuerpo. Sintió miedo y lástima. La guerra aún estaba presente y Blaise Zabbini estaba ahí para recordárselo.

—Escúchame bien, Zabbini, porque no te lo voy a repetir —comenzó a hablar Draco con vehemencia. No quiero saber nada de ti ni de los que andan contigo y te quiero bien lejos de nosotros. ¿Queda claro?

—¿Nosotros? Así que hay un nosotros —articuló el joven mago con una inflexión oculta en la voz. —Creo que este encuentro va a resultar más fructífero de lo que inicialmente imaginaba.

Draco, ignorando el tirón de brazo que le propinó Hermione en un vano intento de conservar un mínimo de civismo en aquella conversación, dio un amplio paso en dirección a su antiguo amigo y compañero de andanzas, sosteniéndole la mirada en un duelo silencioso. Empuñaba la varita con fuerza dispuesto a enzarzarse en una vorágine de hechizos si fuera necesario para mantener a salvo a Hermione y su secreto. Su presencia se hacía poderosa como si toda la valentía de la que había carecido durante años se hubiera atesorado de su persona en los últimos segundos.

—Si en algo estimas tu mediocre existencia, Zabbini, no se te ocurrirá tocarle un pelo, de lo contrario desearás no haber conocido la magia en toda tu vida —le amenazó sin reparos. — ¡Es más, desearás que yo no la hubiera conocido!

—¡Ja, ja, ja, ja! ¿Así que Draco Malfoy por fin tiene algo que perder? —se regodeó Zabbini. —Interesante, muy interesante.

Tanto Draco como Hermione percibieron la peligrosidad en las palabras de su antiguo compañero de clase. Estaban solos, en mitad de la calle, sin testigos. Podrían matarles y nadie se enteraría. Pero, ¿estaba Blaise Zabbini solo? ¿Cuántos más de ellos había? ¿Dónde estaban? Posiblemente ocultos tras algún hechizo desilusionador. La situación les colocaba en franca desventaja, y aunque Hermione no era una gran estratega como lo era Ron, podía percibir claramente el riesgo al que se estaban enfrentando. Nada es más peligroso que no saber dónde se encuentra tu enemigo. Estuvo tentada de lanzar un Homenun Revelio para poder detectar la presencia de aquellos que se encontraban ocultos, pero desistió, si les superaban en número, entonces sí que estaban pedidos. Optó por una solución menos belicosa y se esforzó por recordar exactamente la ubicación del apartamento de Draco, al fin y al cabo, la única salida viable que encontraba era aturdir a Zabbini y poder desaparecerse junto a Draco. Sin embargo, ¿cómo hacerlo?

—Vete, Blaise.

—Sí, creo que me voy, al fin y al cabo me llevo más de lo que esperaba.

—¿Qué insinúas, Zabbini? —intervino ahora Hermione con furia. —¿Acaso te piensas que después de todo lo que he pasado, tú y tu patético grupito vais a darme miedo?

—Granger, Granger —arrastró su apellido Zabinni acompañando las palabras con una mueca de antipatía. — No nos subestimes, esa puede ser tu perdición.

—¿Mi perdición? —replicó Hermione. Draco mientras tanto se esforzaba en entrar en la mente de Zabinni haciendo uso de su extensa formación en Legeremancia.

—¡Fuera de mi cabeza, Malfoy! —le espetó su oponente. —¿Es que te piensas que eres el único Oclumante en toda Gran Bretaña? No vas a conseguir nada.

—¡Ya está bien! —chilló Hermione. —Será mejor que desaparezcas, Zabinni, o este encuentro va a terminar muy mal. Draco, déjalo.

Draco, apretando fuertemente las mandíbulas, cesó en su intento de penetrar en la mente de Zabbini para averiguar las motivaciones reales que éste perseguía con ese encuentro y, sobre todo, sus intenciones posteriores tras haber conocido la relación que le unía a la chica. Resopló.

—Sí, creo que será mejor que me vaya, al fin y al cabo no necesito mucho más. Hasta la próxima, Malfoy.

—Te mereces que te friera a Cruciatus, Zabinni, pero por respeto a Hermione, voy a dejarte marchar.

—Traidor, insolente —embistió contra él Zabinni adelantando su varita hasta situarla casi rozando el cuello de Draco. —Debería darte vergüenza. Mira que enredarte con una sangre sucia.

Hasta el momento, la actitud del joven mortífago había conseguido casi colmar el vaso de la paciencia de Draco pero en ese instante, esas palabras que tanto odio y repulsión le producían, fueron la gota que lo rebosó. Olvidando su templanza y la presencia de su compañera levantó la varita y lanzó un hechizo aturdidor sobre Zabinni con toda la intensidad de la que era capaz.

—¡Desmaius! —chilló.

Pero no fue lo suficientemente rápido, Zabinni intuyendo el ataque ya se había puesto a salvo invocando su propia desaparición. Mientras el hechizo lanzado por Draco se estrellaba contra una papelera se escuchó un "ploff" y la figura del esbelto y tétrico Zabinni desapareció en mitad de la noche, dejándoles allí, desconcertados y furiosos, muy furiosos.

—¡Mierda! ¡Hijo de mala sangre! ¡Asqueroso mago de feria! —Draco, con el rostro congestionado por la indignación y la ira, no paraba de lanzar improperios mirando en todas direcciones, deseando que su oponente apareciera de nuevo para borrarle de la faz de la tierra.

—Draco, ya está. Déjalo, se ha ido —intentó tranquilizarlo Hermione. —Vámonos a casa.

Sin mediar palabra, el joven Slytherin se lanzó sobre ella cubriéndola en un fuerte abrazo y ambos se desaparecieron para aparecerse segundos después en el descansillo del apartamento de Draco. Todavía abrazados, como si la vida les fuera en ello, Draco enredado en el cabello de Hermione, murmuraba los encantamientos necesarios para desbloquear la entrada a su apartamento. La puerta se abrió frente a ellos y la muchacha le agarró la mano para entrar en la calidez y la protección que su casa les ofrecía.

Una vez dentro, Draco, silencioso, atravesó la estancia a pasos agigantados y se dirigió hacia el mueble donde guardaba el whisky de fuego y sacó dos vasos. Sin embargo, Hermione rehusó el ofrecimiento.

—Esta mierda no se va a terminar nunca —habló después de apurar la primera copa casi de golpe al tiempo que se tapaba el rostro con las manos. —¿Es que no pueden dejarme vivir en paz?

Hermione se sentó a su lado, ya despojada de su abrigo y, dirigiendo su mano hacia la mejilla del muchacho, le increpaba a que la mirara. La alegría que antes sentían parecía haberse esfumado de ambos. Dirigió su varita hacia la chimenea e invocó fuego para calentar la estancia.

—Draco, ¿de qué va todo esto? Por favor, cuéntamelo —le preguntó con ternura.

—¿Es qué no te lo imaginas?

—De nada me vale imaginar. Quiero que me lo cuentes tú.

—Reductos mortífagos. Una especie de resistencia en la sombra. ¿Nunca te preguntaste dónde estaban? ¿Qué hacían? —le cuestionó con amargura.

—No sé, Draco. Después de la guerra y los juicios y todo ese caos, —comenzó a relatar Hermione con pesadumbre— intenté alejarme todo lo que pude. Me refugié en mi familia, en Ron, aunque eso fue un desastre, y en olvidar.

—¿Olvidar? —se apresuró a intervenir Draco. —No se puede olvidar. Y no menciones a Weasley, me pondrá de peor humor.

—Tienes razón. Dejemos a Ron a un lado—contestó. —Pero dime, ¿qué sabes de ellos?

—No se cuántos son, pero sé que Zabinni está con ellos y Goyle, puede que también Parkinson —relataba Draco mientras se desvestía con desgana. —La familia de Pansy dice que la han enviado a Italia, con unos tíos, y que allí se ha prometido con un mago descendiente de los Medicci. Al menos eso es lo que Astoria me contó, pero nunca pensé que fuera verdad.

—Ya veo —musitó Hermione. —¿Y qué quieren de ti? —Se guardó para ella el hecho de que tampoco le gustaba mucho que Draco se refiriera a Astoria. En realidad, el papel que la joven muchacha jugaba en la vida de su amante se dibujaba ante ella demasiado poco claro por el momento y eso le producía cierto pavor.

—¿Qué van a querer? —respondió mientras lanzaba un puntapié contra la chimenea. —Que me una a ellos, supongo. Están podridos, Hermione. Creen que todavía pueden restaurar el orden mortífago. ¡Serán imbéciles!

—Eso es absurdo —replicó la chica. —La comunidad mágica apenas se está recuperando de aquel terror. Lo mejor será hablar con el Ministro —concluyó.

—¿Y qué les decimos, Hermione? ¿Que Blaise Zabinni, el cual no ha cometido ningún delito por el momento, se ha entrometido en nuestra relación y te ha insultado? —restalló con mordacidad. —No seas ingenua, por favor, no tenemos nada contra ellos.

—Pero… —titubeó Hermione. —No podemos dejar que te amenacen, que nos amenacen.

—De momento será mejor esperar a ver qué pasa, puede que den un paso en falso —argumentó Draco ya con algo más de tranquilidad. —Sí, ya lo sé, es un pensamiento más Slytherin que Gryffindor pero debes reconocer que es lo mejor.

—No, no es lo mejor —protestó Hermione poniéndose en pie. —No voy a vivir con miedo, ¿me oíste Draco Malfoy?, nunca más.

—No te harán daño.

— ¿Y a ti? —replicó con energía. —¿Crees que ahora voy a permitir que te hagan daño?

—A mí tampoco me lo harán.

—Eso es lo que tú dices. Mírame, Draco —le ordenó.

Draco se resistía a sostenerle la mirada a la chica, en su fuero interno sabía que a ella no le faltaba razón. ¿Qué se podía esperar de esa resistencia mortífaga? En el fondo también estaba asustado, pero no lo iba a reconocer, y a ella menos que a nadie. Haciendo acopio de todas sus fuerzas le enfrentó la mirada.

—Ahora estamos juntos en esto —comenzó a hablar Hermione. —Puede que tengas razón en que debemos ser cautelosos y no precipitarnos, pero no me vas a dejar fuera, ya no. No te vas a deshacer tan fácilmente de mí.

—No pretendo deshacerme de ti, no podría aunque quisiera —le sonrió Draco.

—Gracias.

—Pero hazme caso por una vez, cabezona —insistió esbozando una ligera sonrisa.

—Francamente no se cuál de los dos es más tozudo.

—Bueno, en eso voy a tener que darte la razón.

Hermione se detuvo en estudiar el rostro de Draco, ahora parecía algo más sereno, aunque no sabía identificar bien qué otras emociones acechaban esa mirada, mezcla de deslumbre ante su presencia y pesadumbre ante todo lo ocurrido. Desde que se había cruzado en la línea de vida de ese joven nunca lo había sentido tan abatido. Se esforzó en disolver la imagen constante de Zabinni que se dibujaba en su mente para concentrarse en aprovechar las pocas horas que le quedaban junto a Draco.

—Vámonos a dormir —le sugirió tendiéndole la mano. —Mañana veremos las cosas más claras y decidiremos qué hacer.

— ¿Y el postre?

—No tienes remedio, niño rico.

Ambos se dirigieron hacia el dormitorio enlazados por las manos, estaban cansados y un pellizco de tristeza se reflejaba en sus andares. Se necesitaban más que nunca, deseaban sentirse cerca, seguros. Una pequeña sonrisa se perfiló en los labios de Draco, jamás lo reconocería, pero junto a ella se sentía protegido. Ahora era importante para alguien más. Otra cosa más en la que debía otorgar la razón a Hermione, otra emoción más en el día y todo su sistema se colapsaría.

Se desvistieron despacio, no parecían tener prisa, esperando vanamente que aquel momento se prologara ingenuamente, deseando que no llegara la mañana y tener que enfrentarse de nuevo a la cruda realidad.

Draco sostuvo el rostro de la chica entre sus manos y comenzó a cubrírselo en un aluvión de breves e impetuosos besos los cuales Hermione fue respondiendo con caricias por toda su espalda y pecho. No quería que se le olvidara ni una sola línea, ni un perfil, ni una sola cicatriz. Era hermoso, bello a sus ojos, y ahora más hermoso aún, después de haber accedido a tan reveladora visión de su mundo interior.

Para sorpresa de la chica, Draco tomó su varita y lanzando un cuidadoso Wingardium Leviosa hacia los dos, los cuerpos desnudos de ambos comenzaron a flotar por toda la estancia mientras se fundían en un abrazo sexual, necesitado.

Hermione, por su lado, experta como era en convocar el fuego, prendió todas las velas que antes reposaban en el cuarto de baño y también las hizo levitar por la estancia otorgando a la habitación un aspecto aún más mágico, embriagador

La evolución del sexo al que se entregaban se desarrollaba a pasos agigantados, ahora no se besaban con ese desenfreno de horas antes ni sus manos volaban voraces recorriendo sus cuerpos agitados, aprendiéndose cada rincón, cada resorte. En esta ocasión se buscaban con ternura, deleitándose en los besos, amándose con cuidado.

Draco les hizo bajar hasta la cama donde la espalda de Hermione se encontró con los almohadones e instintivamente abrió las piernas para dejar que su amante la penetrara con delicadeza, sin dejar de besarla, moviéndose cadenciosamente en su interior y apretándola fuertemente hacia su pecho para sentirla en toda su profundidad.

Entonces, Hermione se giró sobre el cuerpo de él y sentándose abrazando sus caderas comenzó a moverse circularmente sobre su masculinidad mientras Draco, con una mirada ardiente y fija en su rostro, fue deslizando con sumo cuidado la mano derecha hacia el clítoris de ella, estimulándolo con atenuados movimientos circulares y perfectamente acompasados. Hermione probó a apretar su musculatura vaginal, y Draco emitió un sordo quejido de placer, entonces lo hizo otra vez, y una más. Los dedos del joven mago la estaban llevando de nuevo a la cumbre del éxtasis, esos dedos que la iban conociendo, que ya sabían dónde se encontraban los resortes adecuados. En ese momento, los movimientos de Hermione se volvieron más violentos, y Draco respondió al instante incorporándose hacia ella para besarla con desenfreno. Iban a alcanzar de nuevo el orgasmo, un orgasmo diferente, más completo, más intenso, más real. Entonces ambos se encontraron con la mirada y comprendieron al instante lo que los dos estaban pensando, era el momento de aplicar el hechizo más placentero que un mago o una bruja pudiera conocer:

Voluptio —murmuraron los dos al mismo tiempo y una ola expansiva de placer se extendió por cada una de sus terminaciones nerviosas. Hermione había oído hablar de ese hechizo pero nunca lo comprobó, su sexualidad con Ron no daba para tanto, sin embargo, ahora en los brazos de Draco había surgido casi instintivamente.

Las espaldas de los dos se arquearon y casi no podían abrir los ojos, sintieron un agradable calor que avanzaba desde sus sexos hasta cada rincón de sus cuerpos. Una bomba de satisfacción física completa que segundos después se diluyó.

Un final perfecto.

—No desaparezcas —le susurró Draco al oído atrayéndola más hacia sí y escondiendo el rostro entre su cuello.

—No tengo ni la más mínima intención de desaparecer.

—Eso espero, porque por ti sí que merece la pena ser alguien mejor.

—No digas esas cosas, Draco —se quejó Hermione. —Es demasiada responsabilidad. Y además, tú ya eres alguien mejor.

Draco no respondió a esas palabras. Sí, ahora se sentía algo mejor consigo mismo y sí, ahora tenía algo importante que perder. Pero era demasiado tarde y el día había sido demasiado intenso, ni siquiera su muy entrenado cuerpo era capaz de resistir tanta agitación, por no decir su sistema nervioso que ya no daba para más.

—Es la primera vez que voy a pasar la noche completa con alguien, ¿sabes?

—¿La primera? —se extraño Hermione abriendo ampliamente los ojos para acompañar sus palabras.

—Pues sí, nunca me apeteció compartir tanto tiempo con una persona.

—Mira que puedes llegar a ser frío —exclamó.

—Sinceramente, Hermione, tú no tienes ni puñetera idea de lo frío que he podido llegar a ser.

—Ni ganas —replicó frunciendo el entrecejo. —Y creo que será mejor que durmamos un poco, sería incapaz de mantener ahora mismo esa conversación.

Hermione se giró dando la espalda a Draco y acoplando todo su cuerpo al de él sonrió cuando sintió el abrazo del muchacho que dejaba descansar la mano sobre uno de sus pechos. Draco murmuró un Nox Lumen y todas las luces de las velas se apagaron dejando la habitación sumida en una profunda oscuridad. Dejó caer los párpados y se acercó más a la chica para esperar que el sueño le alcanzara envuelto en el aroma de su cabello.

A la mañana siguiente Hermione se despertó con el aroma a café y tostadas que provenía de la cocina. Fue abriendo los ojos lentamente y se desperezó, estaba sola en la cama. Se tomo un tiempo repasando cada rincón del lugar e intentando encajar en su cabeza todas las vivencias por las que había pasado en las últimas veinticuatro horas. Si no fuera porque percibía claramente su desnudez bajo las mantas y porque sentía agujetas hasta en el último músculo de su cuerpo, hubiera pensado que todo era un sueño.

Se levantó de la cama y tomando la camisa de Draco que estaba en el suelo, se paró un instante en aspirar el olor que emanaba de ella inspirando profundamente y después, con una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro, se vistió con ella. Sentía un hambre voraz así que se encaminó directa a la cocina. Al pasar junto al equipo de música en el salón subió el volumen de la música, All I need de Radiohead era una de sus canciones favoritas.

—Buenos días —le saludó Draco. —¿Café? —Hermione se apoyó en el marco de la puerta y se deleitó en observar la elegante figura del muchacho que, recién duchado y con el pantalón de pijama negro como única vestimenta, le tendía una taza de humeante café negro.

—Gracias, ¿tiene azúcar? —preguntó en un bostezo.

—Dos cucharadas y media.

—¿Y tú como sabes cómo me gusta a mí el café?

—Te observo desayunar todas las mañanas en el Gran Comedor—reconoció Draco con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Pero si siempre estás enfrascado en El Profeta y con tus eternos auriculares puestos —se quejó Hermione.

—Vaya, hombre, pues a ver quién observa más a quién.

Los dos se miraron en silencio sonriendo en su interior, al parecer sabían más cosas el uno del otro de lo que estaban dispuestos a reconocer. Hermione se sentó frente a Draco y comenzó a mordisquear una tostada con mantequilla y mermelada y contra todos los pronósticos guardaba un silencio sepulcral.

—¿Qué se estará fraguando en esa cabecita? —le inquirió Draco dándole un ligero toque sobre la sien.

—Pues que se han acabado nuestras veinticuatro horas y no sé qué es lo que va a pasar ahora —respondió lentamente.

—¿Tienes dudas? —preguntó Draco dando pequeños sorbos a su taza de café.

—Tener dudas implicaría que al menos hay algo sobre lo que dudar, pero el problema es que no tengo ni la más remota idea de lo que va a suceder —se lamentó.

—Y, ¿qué es lo que te gustaría que pasara?

—¿Y a ti?

—Es de mala educación responder una pregunta con otra pregunta, Hermione.

—Entonces debe ser que no soy una persona muy educada —restalló mordazmente.

Un profundo mutismo se apropió de los dos, quizás porque ninguno estaba seguro de lo que podía pasar a continuación o quizás porque ninguno se atrevía a dar el siguiente paso. Su fugaz e intensa aventura había finalizado y ahora debían enfrentarse a la realidad, una realidad que no se anunciaba nada halagüeña. Ambos se escondieron en sus desayunos evitando el momento, que por otro lado, se presentaba como inexorable.

—Podemos encontrarnos aquí siempre que quieras —Draco por fin rompió el silencio haciendo descansar la taza de café y cruzando los brazos sobre la mesa.

—¿Eso es lo que me propones? —preguntó Hermione con molestia. —¿Qué nos encontremos aquí de vez en cuando para echar un polvo a escondidas?

—No seas tan soez —le reprendió Draco. —Y no, no es eso a lo que me refería.

—Pues mira, siento mucho haber ofendido tu aristocrático oído, pero a eso me ha sonado.

—Mi aristocrático oído —objetó Draco con un toque de cinismo— ha oído cosas mucho peores, pero eso no quiere decir que me guste que me hables así.

—Está bien, lo siento —se disculpó con desgana. —¿Contento?

—Estaría más contento si no estuviéramos discutiendo.

—Discutimos porque no queremos las mismas cosas.

—Bueno, yo aún no sé qué es lo que quieres tú.

—Pues quiero… quiero … —Hermione no encontraba las palabras exactas para expresar todos sus sentimientos. —Quiero una vida normal y quiero no tener que esconderme.

Hermione se había levantado de un salto de su asiento y con los brazos cruzados sobre el pecho descargaba una mirada desafiante sobre el vástago de los Malfoy. En realidad, no tenía muy claro lo que sentía en ese momento. Estaba enfadada con Draco por mostrarse tan críptico y también estaba confusa, sin poder evitarlo, llevada por las antiguas experiencias que había tenido con el muchacho, le faltaba confianza en las palabras de éste. Se trataba más bien de un mecanismo de protección, una reacción inconsciente provocada por su pasado compartido.

—Y yo no quiero perderte.

—¿Y por qué me ibas a perder? ¿Acaso no te ha quedado claro ya al lado de quién se encuentran mis sentimientos? —le cuestionó con un toque de fiereza.

—No solo se trata de ti y de mí, hay muchas cosas más, personas, circunstancias…— una gran pesadumbre se colgaba de cada una de esas palabras, la voz de Draco destilaba preocupación y miedo. También se puso en pie y se fue encaminando lentamente hasta situarse frente a frente con Hermione.

—¿Ahora me vas a venir a decir que te importa lo que piensen los demás?

—A mí no, pero a ti sí —le aseguró.

—¿Y desde cuando se supone que tú sabes lo que me importa a mí? —ahora Hermione sí que estaba irritada de verdad. La soberbia de Draco ya estaba alcanzando unas cotas que ella era incapaz de tolerar.

—Sé que te importa tu familia, tus amigos —argumentó Draco ahora con bastante más frialdad—, sé que te importa el colegio y la comunidad mágica. Lo sé porque siempre ha sido así y porque así eres tú, no eres una persona egoísta.

La cólera que parecía haberse apropiado de todo su ser se mitigó con estas últimas palabras del muchacho. Aunque dichas con seriedad habían conseguido enternecerla y hacerle entender que no estaba adoptando una actitud muy civilizada.

—Sí, tienes razón, todos ellos me importan, pero ahora tú también.

—Lo sé.

—¿Y yo a ti? —Hermione miraba a Draco con determinación y le exigía una respuesta sincera.

—Hermione, puedo decirte que te quiero tantas veces como seas capaz de escucharlo, pero eso solo nos recordará que con el amor no basta.

—Has dicho que me quieres —musitó aunque el timbre de su voz no estaba en armonía con las crecientes palpitaciones de su corazón.

—Sí, lo he dicho, y no sé por qué te extrañas tanto.

—Verás, es que decirle a alguien que se le quiere es algo complicado —empezó a argumentar Hermione. —Y viniendo de ti, bueno… es sorprendente, la verdad.

—Pues si yo echo la vista hacia atrás en el último día, creo poder afirmar que decirte que te quiero ha sido lo más fácil de todo —se defendió con un ligero bufido.

A Hermione se le escapó una profunda carcajada al tomar conciencia de las palabras de Draco. En lo que tarda la tierra en dar la vuelta sobre sí misma ella se había reencontrado con su sempiterno enemigo, se había entregado a una sexualidad voraz y preciosa con él, había descubierto quién era su admirador secreto, había accedido al universo privado de Draco Malfoy y conocido facetas de su vida que, en otro momento, le hubieran resultado impensables, de nuevo había vuelto a sentir miedo y, por último, otra vez su vida estaba amenazada en cierta medida. Mirado desde ese punto de vista, que Draco le dijera que la amaba era lo más sencillo de todo.

—Pero, es que yo no quiero esconderme —resopló desesperada.

—Hermione, mírame —le pidió Draco. —¿Qué quieres que hagamos? Que lleguemos a Howgarts después de las vacaciones como una pareja feliz. ¿Qué crees que dirán todos? "Oh mira, Draco y Hermione juntos, qué bonita pareja hacen"… "Ay, mira Hermione y Draco cogidos de la mano, están tan cucos…" No, Hermione, no es eso lo que dirán. Habrá presiones, muchas más de las que te imaginas. Presiones de personas que a mí me la traen al pairo pero que a ti te importan mucho.

—Vale, muy bien, habrá presiones, pero porque los demás no entiendan lo que tú y yo sentimos tenemos que negarnos el derecho a amar —replicó con contundencia.

—Yo solo te pido que vayamos poco a poco —se desesperó Draco. —Joder, Hermione, no me pidas que renuncie a ti antes de habernos dado la oportunidad de saber hasta dónde podemos llegar.

La joven bruja se dedicó unos instantes a sí misma en reflexionar sobre aquellas palabras. Era evidente que a Draco no le faltaba razón, ni siquiera era capaz de imaginarse la cantidad de barbaridades que saldrían por la boca de Harry y Ginny, por no mencionar a Ron, que directamente querría matarle. Y además estaban sus padres, los señores Weasley, el colegio, incluso hasta el propio Ministro de Magia tendría algo que decir al respecto.

—Está bien, Draco, vamos a hacer esto a tu manera —se rindió. —Pero no por mucho tiempo, ¿me has entendido bien?, solo hasta que estemos seguros de lo que queremos y podamos hacerle frente juntos.

—¡A sus órdenes, futura Primera Ministra de Magia!

—No te pienses que con tus bromitas y zalamerías… y esa sonrisa perfecta… y esos músculos de escándalo… y esa manos expertas… me vas a convencer— le reclamó mientras señalaba las distintas partes del cuerpo del muchacho con la mano.

—¿Ah, no? —Draco se acercó a ella y le fue levantando sutilmente la camisa rozando uno de sus dedos por el muslo descubierto. —Pues yo creo que sí.

Antes de que Hermione se hubiera dado cuenta ya estaba cargada sobre los hombros del atlético Slytherin y pataleaba en dirección a la habitación gritando:

—Draco, ¿dónde me llevas?... ¿Otra vez?... Me vas a tener que dar una poción revitalizadora porque voy a morir… Déjame al menos que me lave los dientes, ¿no?... ¡Draco!

Se oyó un sonoro portazo cuando Draco cerró la puerta de la habitación ayudado del pie, Thom Yorke ya no tenía audiencia mientras se deslizaba por la letra de House of Cards. Todavía disponían de un par de horas más, luego ya verían.

Plis-plas

Violete Frost