Capítulo 10 Lucha de poderes

Edelmira se fue con ellos, y la señora Helena bajó detrás de ella, murmurando algo. Cuando estuvieron solos, Harry ya no aguantó.

-¡Para qué le hizo eso a Hermione¿Qué gana con ponerla nerviosa? –le preguntó con rencor-. ¡Ahora no va a querer venir más!

-No exageres, Potter –se rió Snape, restándole importancia. Luego cambió en un milisegundo la cara, y se puso serio-. Veo que apenas doy vuelta la espalda, te aprovechas para escapar de tu castigo.

Harry lo miró inquieto. ¿Estaba enojado porque había invitado a Hermione?

-Usted… usted nunca me dijo que no podía invitar a nadie –dijo asustado.

Snape sonrió, y Harry soltó el aire que había estado conteniendo.

-¡Para qué me asusta de ese modo! –se quejó. Snape se encogió de hombros.

-No lo sé… Deformación profesional, supongo. ¿Cómo pasaste tu día? –agregó acercándose a la mesa, y sentándose. Comenzó a ojear los pergaminos que yacían esparcidos.

Harry se acercó, y se sentó (con cuidado, si, claro).

-Bien. Hermione vino en la tarde, para ayudarme con el ensayo de McGonagall. –explicó-. Yo no…

-La profesora McGonagall, Harry –lo corrigió Snape.

-Bueno –continuó Harry, algo fastidiado por la interrupción sin sentido-. El ensayo era sobre una materia que yo no entendía muy bien, así que llamé a Hermione para preguntarle. Y ella ofreció venir a explicarme. Le pregunté a la señora Helena, y me dijo que podía invitar a mis amigos, que no había ningún problema.

-Está bien, Harry –le aseguró Snape-. Tienes suerte de tener una amiga como la señorita Granger, con paciencia para pasarse toda la tarde explicándole transformaciones a un amigo.

-Bueno, no estuvimos toda la tarde hablando de transformaciones –Harry sintió la necesidad de aclarar-. Pero me ayudó bastante.

-¿Y te quedó todo más claro, después de los buenos oficios de la señorita Granger? –preguntó Snape con algo de ironía.

-Si, bastante más –aseguró Harry.

-Excelente. Entonces espero una "E" cómo mínimo –fue la sentencia de Snape.

-E… está bien –murmuró Harry, algo inseguro. Esperaba que el brujo olvidara esa exigencia, en el tiempo que quedaba hasta septiembre. ¡No tenía deseos de que Snape le comenzara a exigir buenas notas! Por seguridad, prefirió alejar la conversación de tan alarmante tema-. ¿Adónde fue hoy?

-A ver al director –murmuró Snape, inseguro de si contarle o no a Harry las inquietudes del anciano. Decidió que no.

-¿Para qué? –preguntó Harry con curiosidad.

-Asuntos administrativos –mintió Snape-. No te incumben.

Harry captó que le estaba diciendo "no seas entrometido", y prefirió no insistir. De todos modos, había cosas más urgentes que preguntar.

-¿Puedo ir con usted a Rumania? –preguntó Harry, esperanzado.

-No.

-¡Pero por qué? –insistió Harry-. ¡No me quiero quedar aquí solo¡Quiero ir con usted!

-No todavía –insistió Snape-. No insistas.

-¡Pero usted me acaba de decir anoche que éramos una familia! –Argumentó Harry-. Usted es mi familia, y la familia de Viktor es su familia. Por lo tanto, también son mi familia¿no¡No se venga ahora a pasar lo de la transitividad por el…!

Harry no alcanzó a decirle a Snape por dónde se estaba pasando la transitividad, porque el brujo lo silenció rápidamente, con su varita. Harry lo miró con odio, y se cruzó de brazos.

-No permito groserías –le advirtió-. Si te retiro el hechizo¿me prometes que hablarás con respeto?

Harry asintió con la cabeza, y Snape le retiró el hechizo.

-¿Cuándo me va a devolver mi varita? –preguntó Harry con rencor. ¡Detestaba que le lanzaran hechizos, sin poder defenderse!

-Tal vez antes de irme, si te portas bien –respondió el brujo.

-¡Pero la puedo necesitar, en caso de emergencia! –insistió Harry, alarmado-. Usted sería un irresponsable de dejarme sólo en casa de muggles, sin una varita.

-Está bien, te devolveré la varita antes de irme –contestó Snape, reconociendo que Harry tenía razón-. ¡Pero no me vuelvas a tratar de irresponsable!

-Los siento –contestó Harry de inmediato-. No debí decir eso.

-No, no debiste –respondió secamente Snape.

-No creo que usted sea un irresponsable –aseguró Harry, de corazón.

-Más te vale, malcriado –le contestó Snape, con asomo de sonrisa.

-¿Y puedo ir a Rumania, con usted y mi primo Viktor? –preguntó Harry con una gran sonrisa, y poniendo cara de angelito-. ¡Por favor!

-No… -insistió Snape. Luego, al ver la cara de pena de Harry, agregó-: te necesito aquí.

-¿Para qué me va a necesitar aquí? –preguntó Harry, con incredulidad.

-¡De rehén, por supuesto! –dijo Snape con una gran sonrisa-. ¡Cómo crees sino que la señora Helena me dejará salir vivo de su casa!

-No se burle de mi –murmuró Harry-. ¿Cuál es la verdadera razón por la que no me quiere llevar con usted?

Snape suspiró, y comenzó a jugar con la pluma de Harry.

-Son dos razones, Harry –confesó finalmente-. La primera es la que ya conoces: no quiero que nos vayamos los dos, y que mi tía abuela sienta que la abandonamos apenas aparecen otros parientes. ¿Comprendes? De verdad te necesito aquí, para que ella sepa que no la estamos abandonando. Significamos mucho para ella.

-Lo sé –murmuró Harry. Entendía perfectamente el argumento, pero eso no quitaba de su corazón las ganas de ir a Rumania-. ¿Y la otra? –preguntó sin ningún entusiasmo, viendo que era una batalla perdida.

-La segunda es más práctica –explicó Snape-. No te voy a llevar a ninguna parte sin reconocer terreno primero. Primero voy yo, a ver qué encuentro, y recién ahí te llevo conmigo. ¿Entiendes?

-Si. Está bien –contestó Harry resignado-. ¿Pero me promete que también me va a llevar a mi, en otro momento?

-Si todo va bien allá, si –le prometió Snape-. Pero no te aseguro cuando será eso.

-Hermione me dijo que ella y Viktor viajarían el viernes en la noche. ¿Usted se irá con ellos?

-Si –respondió Snape con evidente desagrado. Harry lo miró con curiosidad.

-¿Tan mal le cae Hermione?

Snape se largó a reír.

-No, no es viajar con la señorita Granger lo que me molesta –aseguró sonriendo. Le causaba mucha gracia la confusión-. Lo que me molesta es que iremos en un avión muggle.

-Yo nunca he viajado en avión… -comentó Harry casualmente, intentando ocultar la envidia que sentía.

-Yo tuve ese desplacer ya una vez. Te aseguro que no te pierdes de nada –le aseguró Snape.

Harry se encogió de hombros. Cualquier cosa que Snape asegurara, no borraba el hecho de que se iría a Rumania, sin él. Lo razonable de sus argumentos no conseguían echar fuera el sentimiento de abandono que lo había invadido desde que le había dicho que se iría, y que no lo llevaría.

-¿Y no podrían aparecerse? –preguntó Harry.

-Sería teóricamente posible para Viktor, que conoce el destino –respondió Snape-. Pero aparecerse a tal distancia sería una proeza peligrosa. Yo mismo, no me atrevería a intentarlo. ¡No correría el riesgo de dejar alguna parte de mi cuerpo en el camino! Además, yo, aunque sé aparecerme, no conozco el destino. Y la señorita Granger, aunque ya conoce el destino, todavía no puede aparecerse.

-No había pensado en eso –contestó Harry. En realidad, le daba lo mismo. Como fuera que viajaran¡se irían sin él!

Snape se puso de pie.

-Voy y vuelvo –le dijo.

Harry no contestó. Se volvió a encoger de hombros, sin mirarlo siquiera, y comenzó a ordenar la mesa para tener algo que hacer. Le dio la espalda al brujo, y escuchó como la puerta se cerraba. Le picaban los ojos. ¡Era muy injusto! Snape lo había dejado hasta mediado de mes castigado, encerrado en su cuarto, y durante ese tiempo el se iba de viaje a Rumania, con Hermione y con Viktor, a conocer a una familia que supuestamente también sería su familia.

Harry guardó todas sus cosas en el baúl, y vació en su taza el resto de té frío que quedaba en la tetera. En un gesto de rabia, lanzó la tetera lejos. Se hizo añicos contra el muro, desparramando hojas de té por toda la alfombra. Eso lo distrajo de su angustia en forma brutal.

-Oh Oh… -murmuró.

Se lanzó rápidamente a limpiar, antes de que Snape volviera. ¡Jamás terminaría de recoger todo eso a tiempo! En un arranque de desesperación, cometió el sacrilegio de barrer con su propia Saeta de Fuego los restos de cerámica y hojas empapadas debajo de la cama. Luego observó la mancha que había quedado sobre la alfombra. ¿Qué podía hacer? Escuchó un par de pasos que subían la escalera, y tuvo una idea. Agarró su baúl, y lo volcó sobre la alfombra. El contenido se desparramó, efectivamente, tapando la mancha. Corrió a la mesa, y se sentó a disimular, rogando que nadie echara de menos la tetera.

Edelmira y Snape entraron a su cuarto. Ambos traían sendas bandejas, con lo que parecía la cena. Se quedaron mirando el tiradero de ropa y objetos varios, sobre la alfombra, y Harry sintió que se le encendía el rostro.

-Recoge esto –le dijo simplemente Snape, asumiendo que el chico había pateado su baúl en una pataleta.

-¿Puedo hacerlo después de la cena? –preguntó Harry-. Es que me muero de hambre –mintió.

Edelmira le hizo el quite a la pila de cosas, y se acercó a la mesa. Apoyó la bandeja que traía. Iba a tomar la bandeja con las tazas del té para llevársela, cuando notó que faltaba la tetera. Miró a Harry con curiosidad, pero al verle la cara de angustia con que Harry la miraba (le gritaba "no diga nada" con los ojos), decidió no preguntar. Levantó la bandeja, y se la llevó sin decir nada.

-Recoge esto –insistió Snape enojado. No le gustaba que Harry se dejara llevar por sus rabietas, como cuando había lanzado la poción, la noche anterior. Y, por supuesto, le molestaba profundamente que lo desafiara delante de otros. No pensaba dejarlo salirse con la suya, delante de Edelmira.

Harry se acercó, resignado, y comenzó a levantar sus cosas lentamente. Esperaba que, para cuando terminara y la mancha quedara al descubierto, Snape ya no se encontrara parado justo al frente para notarla. Suspiró con alivio, al ver que el brujo se iba hacia la mesa, y apoyaba la bandeja que traía. Harry observó, por el rabillo del ojo, que se sentaba a esperarlo. Estaba claro que había decidido subir a cenar con él. Dado lo complicado de su situación, Harry hubiera preferido que se fuera. ¡Cómo había sido de estúpido, lanzando esa tetera! Snape le había advertido que no volviera a lanzar cosas, justo la noche anterior. Y, más encima, había quebrado la tetera, y había manchado la alfombra con té. ¡Recordaba haber escuchado a su tía Petunia comentar que esas manchas no salían con nada!

Estaba intentando imaginar un modo de quitar la mancha con magia, cuando Snape pasó al lado de él. Se detuvo frente al muro, junto a la puerta. Harry levantó la vista, para ver qué hacía.

-¡Mierda! –Susurró, al ver que el brujo miraba otra mancha: la que la tetera, al quebrarse, había dejado en el muro.

-¿Qué pasó aquí? –preguntó Snape indicando el muro.

-Un accidente –murmuró Harry.

-¿Qué accidente? –preguntó Snape, con calma.

-Es que… una tetera cayó ahí –confesó.

-Las teteras no caen sobre los muros, Harry –afirmó Snape-. ¿Qué pasó?

-Después voy a limpiar. No se preocupe –le dijo, mientras continuaba lentamente levantando sus cosas para dejar tiempo de que Snape volviera a alejarse.

Mala idea, la de Harry. Snape no era conocido por su paciencia. Y tampoco le gustaba que no le contestaran, cuando preguntaba algo. El brujo se acercó a él, lo agarró de una oreja, y lo obligó a ponerse de pie.

-Me vas a explicar, en este instante, lo que pasó, Harry –le dijo con la voz amenazante con la que solía torturarlo, en clases.

-¡Ay! Suélteme… –dijo Harry, tratando de soltarse. Pero el brujo mantuvo la oreja firmemente entre sus dedos.

-Te voy a soltar, cuando te decidas a dejar de mentirme.

-¡Está bien! -dijo Harry, cediendo-. En un arrebato, lancé la tetera contra el muro. Se quebró, y dejó esa mancha. ¿Me puede soltar la oreja ahora por favor?

Snape lo soltó.

-¿Dónde está?

-En el muro, si la acaba de ver –contestó Harry pensando que se refería a la mancha.

-¡La tetera! –Bramó Snape-. ¡Si esa mancha ya la vi !

-Debajo de la cama –confesó Harry, cansado. Ya había vuelto a armarla. ¿Por qué no conseguía dejar de meterse en problemas?

Snape miró debajo de la cama. Apuntó con su varita, y de un reparo la tetera ya estaba intacta. La recogió, e hizo desaparecer las hojas de té. Luego apuntó al muro, y también la mancha desapareció. ¡Parecía todo tan simple, con magia!

-Aquí hay otra –dijo Harry de inmediato, poniendo con el pié sus cosas fuera del camino, y dejando la mancha de la alfombra al descubierto. Snape negó con la cabeza, y también la hizo desaparecer. Luego apuntó las cosas de Harry, y todas volaron dentro de su baúl.

-Gracias –murmuró Harry.

-No hay de qué –gruñó Snape-. Comamos, antes de que se enfríe.

Eran lentejas. A Harry nunca le habían gustado mucho, pero no pensaba contárselo a Snape. También notó que la bandeja de Snape tenía un plato con panqueques, y la de él no (obvio). En cambio, la de Harry tenía algo que la de Snape no: un vaso pequeño con poción. Que mala suerte tenía… Tuvo la loca idea de decirle al brujo "le cambio esos panqueques malolientes por esta deliciosa poción", pero no estaba seguro de que una broma fuera muy bienvenida en ese momento. Miró al brujo. No. Snape parecía molesto, de modo que se guardó el chiste.

Terminaron las lentejas casi al mismo tiempo, y Harry miró con envidia a Snape comerse sus panqueques. Recordó a Hermione, que no había querido disfrutar del pastel sin él, y suspiró. No, Snape estaba lejos de ser tan generoso como su amiga.

Snape hizo aparecer otro plato, y depositó en él uno de los panqueques. Harry lo quedó mirando, sin poder creerlo.

-¿Para mi? –preguntó, aunque resultara obvio.

-Si, pero sólo después de que te tomes la poción –le aclaró Snape.

Harry no se hizo de rogar. Se la tomó de un trago, y se comió lentamente el panqueque, para disfrutarlo.

-¡Gracias! –le dijo, sonriendo.

-Está bien –le dijo el otro-. Para que veas que no soy tan malo, como cuentan los alcornoques de tus compañeros.

Harry se rió.

-Yo no creo que sea tan malo –le aseguró Harry. Snape lo miró con sorpresa, y Harry aclaró, riendo pícaramente-: sólo un poquito.

-Entonces, creo que tomaré de vuelta el pedazo de panqueque que te queda –le dijo Snape bromeando-. Después de todo, soy sólo un poquito bueno.

Harry alejó el plato del brujo, antes de que lo pudiera tomar de vuelta. Snape se echó a reír.

-¿Tú crees de verdad, Harry, que si yo quisiera quitarte ese plato me lo podrías impedir? –le preguntó.

-No, supongo que no –razonó Harry.

-Termina de comer –le dijo Snape riendo-, que vas a necesitar la energía.

Harry lo miró con curiosidad. ¿Energía¿Para irse a dormir?

-No me mires con esa cara de sorpresa, mocoso –le dijo-. Vas a escribir cien veces "No debo lanzar las cosas" antes de irte a dormir.

Harry gruñó.

-Oh, si Harry –le dijo el otro con una dulzura sarcástica-. Vas a aprender a hacerme caso, aunque sea por las malas.

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Snape se llevó las bandejas levitando. Harry, resignado, sacó pergamino, pluma y tinta de su baúl. Acababa de instalarse, cuando Snape volvió a entrar. Traía un libro, y se sentó junto a Harry, quién lo quedó mirando.

-¿Qué esperas¿Te quieres quedar toda la noche? –preguntó Snape.

-¿Se va a quedar conmigo, mientras escribo cien líneas? –preguntó Harry, no pudiendo creerlo.

-¿Acaso crees que quiero que me despiertes para entregármelas? –se burló Snape.

Harry no respondió, pero sintió que Snape lo hacía para acompañarlo, a pesar de lo que acababa de decir. De hecho, podría pedírselas en la mañana, si quisiera. No pudo evitar sentir afecto por él, y eso le dio algo de ánimo.

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Acababa de pasar la número cuarenta, y Harry ya estaba aburrido.

-Esto no tiene sentido –le dijo al brujo-. Ambos estamos perdiendo horas de sueño, para algo que no tiene absolutamente ninguna utilidad. Ya entendí lo que intenta decirme: no lanzar las cosas. Ahora¿podemos irnos a dormir?

-Continúa –le dijo Snape, sin levantar la vista del libro.

-Es que estoy cansado –se quejó Harry-. Y, de todos modos, ya entendí que no debo lanzar las cosas.

Snape marcó la página con la mano izquierda, y con la otra apuntó su varita al pergamino. Se borró la última línea que Harry había escrito.

-Continúa, si no quieres que continúe yo –le dijo.

Harry no quería tener que comenzar todo de nuevo. Resignado, untó la pluma en el tintero.

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Acababa de escribir la línea 78, cuando un sonoro bostezo escapó de su garganta antes que lograra retenerlo.

-¿Puedo continuar mañana? –preguntó esperanzado.

-Sólo si estás dispuesto a escribir doscientas, mañana. No creo que te convenga –respondió Snape, sin levantar la vista de su libro.

-¿Usted no tiene sueño? –preguntó fastidiado.

-Si. De modo que ten la amabilidad de apurarte.

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Harry por fin había terminado la centésima línea, y arrastró el pergamino hacia Snape

-Terminé –gruñó.

-Ya era hora –murmuró Snape-. Sin siquiera mirar lo que estaba escrito, apuntó el rollo de pergamino con su varita, y éste se quemó igual que Fawks. Quedó un diminuto montón de cenizas. Harry lo miró escandalizado.

-¡Ni siquiera lo miró! –le dijo con rencor.

-Por supuesto que no –afirmó Snape poniéndose de pie, y estirándose-. Es castigo, no el mío.

Harry tuvo el impulso de lanzarle el tintero, pero se contuvo. Después de todo, no quería pasarse el resto de la noche escribiendo "No debo lanzar las cosas".

AN: ¿Les gustó? La historia no avanzó mucho, supongo. Pero me pareció divertido hacerlos discutir mucho :) ¡Me gustan mucho los reviews!