Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es del libro Bad Romeo de Leisa Rayven. Yo me limito a transmitir esta increíble historia.
QUÍMICA
Hoy
Nueva York
Sala de ensayos del Teatro Graumann
Guardo mis cosas en el bolso mientras miro a Cullen con el rabillo del ojo. Está nervioso y no deja de observarme como pensando que voy a largarme y a dejarle plantado.
No estaría mal, pero mi cerebro me dice que tenemos que quedar para que pueda explicarse y yo dar rienda suelta a mi rabia. Después quizá podamos destrozarnos mutuamente y comprobar si nuestras piezas siguen encajando. Pero mi corazón se encuentra acobardado como un perro que ha sido apaleado demasiadas veces.
Lo que viene pasando entre nosotros en los últimos días me da un miedo terrible. La química que llevo tres años intentando olvidar ha resurgido con la misma fuerza de siempre, sin apenas el menor esfuerzo.
Incluso ahora, al verle embutirse en su cazadora y meter a empujones el guion en su mochila, el gigantesco impulso magnético que siempre me atrajo hacia él está ahí, exigiéndome que me acerque.
Odio esa compulsión tan familiar.
—¿Isabella?
Al girarme me topo con Marco, guion en mano, con el sombrero ladeado de un modo que solo puede describirse como «estiloso».
—¿Va todo bien? —pregunta al tiempo que echa un vistazo a Cullen, que en este momento está revoloteando descaradamente al otro lado de la sala —. Edward y tú parecíais alicaídos durante la escena de sexo de hoy. ¿Hay algún problema?
Él contaba con que nuestra química natural allanara el camino y los baches de nuestro pasado. Sin embargo, va a hacer falta algo más que química como Cullen y yo no soltemos lastre. El trayecto entero se detendrá en seco con un chirrido y nuestro deseo ciego por el otro será un mero punto en el espejo retrovisor.
—Estamos arreglando las cosas —contesto con toda la sinceridad de la que soy capaz—. Es complicado.
Asiente y vuelve a mirar a Cullen.
—Ya veo. Pero no te equivoques: independientemente de vuestros líos, mi prioridad absoluta es la obra.
—Entiendo.
—Cuando Cullen me suplicó que le diera este papel, yo sabía que corría un riesgo por vuestro pasado tórrido. Sin embargo, confiaba en que dejaríais vuestras diferencias al margen por el bien de la obra. Si no es el caso, dímelo ahora y buscaré a otro para el papel.
Me da un vuelco el estómago.
—Espera, ¿cómo? ¿Que Holt suplicó para salir en esta función?
Marco suspira.
—Sí. Después de decidir que te quería a ti, mantuve conversaciones con otro actor. Un desconocido con mucho talento. Pero, de buenas a primeras, Cullen me llamó para venderse para el papel. Yo, por supuesto, sabía que su horda de fans desmadradas prácticamente garantizaría el éxito de taquilla y físicamente resultaba perfecto, pero había oído rumores sobre lo que te hizo y tenía mis dudas en cuanto a si funcionaría. Me llamó tres veces al día, todos los días, durante dos semanas. Me recordó la reacción que tuve al veros en Romeo y Julieta en The Grove. Me resultó un poco irritante. Pero su pasión es lo que finalmente me hizo ceder; el modo en el que hablaba de ti… No pude pasarlo por alto.
—Lo siento, Marco, no tenía ni idea.
—No lo sientas. Hazlo mejor. Si no puedes trabajar con él, dímelo. Todavía estamos a tiempo. Podría conseguir que lo sustituyeran para finales de la semana que viene, si eso es lo que quieres.
Me mira expectante. Es una oferta tentadora. Si Cullen no estuviera en la función, no tendría que enfrentarme a los fantasmas de nuestro pasado. Podríamos reanudar nuestras respectivas vidas y no volver a vernos jamás.
Se me hace un nudo en la garganta ante la perspectiva.
—Sus fans la armarían gorda si lo sustituyéramos —señalo. Marco se encoge de hombros.
—Puede ser. Pero es preferible eso a que los críticos nos destrocen por una actuación de los protagonistas torpe y sombría.
—¿Me dejas que me lo piense? —pregunto, y él coge mi mano.
—Por supuesto. Personalmente, tengo la esperanza de que lo arregles. Es obvio que ambos os sentís abatidos sin el otro, y ser testigo de ello es deprimente. Él especialmente.
Hace un ademán con la cabeza hacia Cullen, que ahora está caminando de un lado a otro alternando la mirada entre sus pies y nosotros.
—Pensaba que la historia era que él te había roto el corazón —comenta Marco en un hilo de voz—. Desde mi posición da la impresión de que es al contrario.
Reprimo la risita nerviosa que bulle en mi garganta.
—Te aseguro que yo fui la víctima, no el verdugo. Lo que pasa es que no sé si…
Enarca las cejas.
—¿Si qué?
Doy un suspiro.
—Si el daño es irreparable. Si podremos recomponernos algún día.
Sonríe y se acerca para besarme en la mejilla.
—Querida Isabella, a veces no es cuestión de intentar arreglar algo que se ha roto; a veces es cuestión de empezar de nuevo y construir algo distinto. Algo mejor. —Echa una ojeada a Cullen, que ha dejado de dar vueltas y nos mira fijamente—. Da la impresión de que los viejos cimientos siguen ahí. Úsalos.
Se marcha y al pasar junto a Cullen le da una palmadita en el hombro.
—Espero verte el lunes, Cullen.
Edward frunce el ceño y me mira.
—¿Lista?
Asiento y nos ponemos en marcha.
Subimos en silencio por las escaleras que conducen al vestíbulo. Sujeta la puerta para que pase y salimos a la calle.
—Marco quiere sustituirme, ¿verdad? —pregunta al tiempo que unos cálidos dedos se posan en la parte baja de mi espalda y me acercan a él cuando cruzamos la calle.
—No quiere, pero, como no arreglemos lo nuestro, lo hará.
Al llegar a la acera de enfrente se detiene.
—¿Es eso lo que quieres?
Me froto los ojos para evitar mirarle.
—No lo sé. Marco me ha dicho que te vendiste para salir en la función.
Yo pensaba que toda esta historia era el destino que nos volvía a unir, pero no es así. A lo mejor esta obra es una mala idea.
Por un momento pierde la compostura y acto seguido adopta una determinación férrea.
—No quiero fastidiarte esta oportunidad, Bella. Si quieres que abandone, abandonaré. Pero, si solo lo haces por evitar tener que lidiar conmigo, la jugada no va a salirte bien porque volví a Nueva York por ti. La función era un mero aliciente.
—Edward…
—Sé que en su momento me porté como un imbécil, pero ¿esto? ¿Volver a estar contigo? Llevo tanto tiempo deseándolo que ni siquiera concibo que no esté funcionando.
—Es que no funciona. Ese es el problema.
—Tiempo al tiempo. Voy a demostrarte que he cambiado. Entonces volverás a enamorarte de mí y tendremos el final feliz que deberíamos haber tenido la primera vez.
Me quedo sin aire en los pulmones.
—¿Ese es tu plan? ¡Por Dios, Edward! ¿En qué estabas pensando?
—No hagas eso —dice con un gesto totalmente serio—. No adelantes acontecimientos antes de intentarlo.
—No estoy adelantando acontecimientos. Lo que digo es que tus esperanzas son imposibles. ¿A qué vienen esas expectativas tan poco realistas sobre lo nuestro después de tanto tiempo?
Suspira y, al volver a hablar, su tono es más suave pero firme.
—Tú ten pocas expectativas si eso es lo que necesitas para protegerte, pero no me digas que limite las mías. Eso no va a pasar. Si son demasiado ambiciosas, quien únicamente va a salir mal parado soy yo.
—Edward, no…
Me coge de la mano y desliza el pulgar por mi piel. Un gesto de lo más dulce y sencillo, pero lo siento en todo mi ser.
—Mira, Bella, lo he pillado —dice—. Entiendo cómo te sientes porque antes yo también me sentía así. Resulta más fácil no esperar nada porque así nadie te puede arrebatar nada. Pero las cosas no funcionan así. Yo intenté convencerme a mí mismo de que no quería nada de ti y acabé perdiéndolo todo.
Me mira a los ojos y creo que Marco tiene razón: por mucho que me rompiera el corazón, él también salió mal parado.
—A estas alturas ya no quiero nada de nada. Si me echas de la obra, lo entenderé, pero no voy a permitir que me cierres las puertas de tu vida sin luchar. ¿Está claro?
Ahora me explico por qué Marco claudicó. Su pasión es muy persuasiva.
¿Que quiere luchar por nosotros? No está mal, para variar.
Seis años antes
Westchester, estado de Nueva York Diario de Isabella Swan
Querido diario:
Hoy es la mañana después del día «cero»: un día que perdurará en mi recuerdo para siempre con un agradable cosquilleo entre las piernas.
Ni siquiera puedo expresar con palabras las sensaciones que Cullen despertó en mí.
No es normal que un hombre sea tan sexy que desquicie. A lo mejor ha hecho un pacto con el diablo. ¿Ves? Eso lo entendería.
Ha vendido su alma a Lucifer a cambio de poderes sexuales sobre vírgenes frustradas. Eso explicaría muchas cosas.
Por lo visto Bree siente lo mismo. Estaba bastante cabreada con él.
Tengo que indagar sobre su historia. O tal vez sea más conveniente hacer lo típico: esconder la cabeza como los avestruces para lidiar con tíos nocivos, intensos y amargados. Lo que no conozco no puede hacerme daño, ¿no?
¿No?
Conforme me aproximo al teatro veo a Cullen ahí, esperando. Me muero de vergüenza cuando caigo en la cuenta de lo excitada que me pongo al verle.
Jo, Bella. Hazte valer. No permitas que ejerza sus poderes maléficos sobre ti.
Ay, Dios. Demasiado tarde. Mírale.
Vaqueros oscuros. Camiseta de escote de pico negra remetida de cualquier manera por la cintura. Hebilla de cinturón vintage que me dan ganas de desabrochar con los dientes.
Levanta la mirada a medida que me acerco. Tiene dos vasos de cartón en las manos. Doy por sentado que uno es para mí, aunque seguramente hoy no me ofrecerá un capullochino. No después de su experto sobeteo.
Quizá en Starbucks preparen orgasmolattes.
Mientras me observa, se pone más erguido. Su pecho sube y baja con un profundo suspiro.
Oh, sí. Desde luego que quiere provocarme un orgasmo. Quiere matarme a orgasmos.
Quizá esta vez utilice sus dedos.
Por favor, Señor, que use sus excitantes dedos.
Le sonrío. Traga saliva, pero no me devuelve la sonrisa. Suenan timbres de alarma en mi cabeza.
—Hola —digo, haciéndome la despreocupada.
—Hola. —Pues la despreocupación no se le da mejor que a mí.
Está nervioso; suda un poco. Me tiende un vaso y lo cojo. Sospecho que es un capullochino después de todo.
Pone su vaso sobre el banco que hay junto a él y se endereza. Frunce el ceño y dice:
—Oye, Swan, lo de ayer…
Caray, Cullen, no lo digas.
—La verdad es que no tenía que haber hecho eso…, ya sabes…, eso. A ti.
Mira a cualquier punto menos a mí.
—Fue una gilipollez como la copa de un pino y estuvo mal… y… te utilicé.
—No —niego con rotundidad—. No lo hiciste. Yo deseaba que tú…
—Swan —ataja—, te follé como un puto perro. Delante de nuestra profesora de interpretación. ¿Qué coño me pasa?
—Cullen…
—Bree tiene razón. Necesito un examen psiquiátrico. Siempre que nos vemos pierdo la cabeza. Es una puta locura, por no decir que es un error monumental.
—Pero no podemos simplemente…
—No, no podemos de ninguna de las maneras.
—¡Deja de interrumpirme! Intento…
—¡Sé lo que intentas hacer, pero esto no admite discusión! ¡Lo que estamos haciendo se zanja ahora, antes de que alguno salga perjudicado!
Me dan ganas de replicar con una pulla ingeniosa, pero no se me ocurre nada. En vez de eso, sopeso la posibilidad de golpearle.
Su expresión se suaviza al dar un paso hacia mí.
—Oye, por el camino que vamos esto no va a acabar bien para ninguno de los dos. Te lo aseguro. Intuyo que quieres cosas de mí que no puedo darte. ¿Y si te enamoras? Bueno, esa sería una de las mayores estupideces de tu vida. Hay un montón de chicas que darán fe de ello.
Un fogonazo de rabia me sube por la espalda.
—Por Dios, ¿no anda tu ego un poco subido? A lo mejor no quiero nada de ti.
—Entonces dime que me equivoco —dice, y extiende las manos—. Dime que tu gesto al verme hace un momento no era de excitación con un toque de «Por favor, fóllame ya». Dime que no piensas en mí. Que no sueñas conmigo.
No digo nada porque no puedo negarlo. Pero no entiendo qué mal hay en tener esos sentimientos. Por la manera en que habla, parece ser que estrechar distancias entre nosotros es un crimen.
—Tú también me deseas —replico.
—No lo niego —dice, acercándose más—. Y ahí radica parte del problema. Ya me distraes lo bastante. Si empezamos a sucumbir a la tentación, entonces… Hostia, Swan, apaga y vámonos. Olvídate de concentrarnos en nuestras actuaciones. ¿Tu virginidad? Fuera. ¿Mi cordura? Fuera. Nuestro tiempo aquí se convertiría en una vorágine de polvos y hormonas, y no quiero implicarme en eso con nadie, y mucho menos contigo.
—¿Qué coño significa eso?
Se acerca tanto que huelo su colonia.
—Significa que no te conformarás con follar. Querrás emociones y manos agarradas y tonterías románticas. Y te mereces todas esas cosas, pero a mí no me van. Ya no.
—¿Por qué no?
Baja la vista y no contesta.
—Dios, Cullen, alguna chica te dio un buen palo, ¿verdad? ¿Fue esa chica de ayer?
Se queda callado, pero me lanza una mirada de advertencia para que no insista.
—¿Qué te hizo?
—Nada. Lo que ocurrió entre nosotros fue culpa mía, y no voy a cometer el mismo error dos veces. Seguro que te advirtió que te apartaras de mí. Hazle caso.
Me da la impresión de que está rompiendo conmigo, a pesar de que nunca hemos estado juntos de verdad.
De repente me encuentro muy cansada. Tengo la sensación de que siempre estoy luchando por estar con él, mientras él lucha por apartarme de su camino.
—Estupendo —digo—. Tienes razón. No debería sentir nada por ti. Está claro que no te lo mereces.
No soporto su gesto dolido al repetir:
—Está claro.
Como estoy demasiado agotada para discutir, echo a andar hacia la puerta del teatro. Justo antes de abrirla, me vuelvo hacia él.
—Cullen, no hay muchas personas en el mundo que tengan la química que, por la razón que sea, tenemos nosotros y decir que no deberíamos sentirla no va a hacer que desaparezca. Igual algún día llegas a la misma conclusión, pero para entonces será demasiado tarde.
Le doy la espalda y cierro la puerta al entrar.
—Vale, Swan, empecemos por «¿Qué es esto?».
Vamos a ensayar la escena de la muerte. Cullen yace delante de mí, inerte. Romeo se ha envenenado.
Idiota.
Como Julieta, estoy consternada al ver al amor de mi vida muerto en el suelo. Asesinado por su propia mano porque no podía seguir adelante sin mí. Él no sabía que yo simplemente estaba dormida. Cualquiera habría comprobado el pulso, ¿no?
Trato de levantar su cuerpo para abrazarle, pero pesa demasiado y me resigno a tumbarme sobre su pecho. Demasiado conmocionada para llorar, demasiado emocionada para no hacerlo. Paso mis manos por su cuerpo como si la fuerza de mi necesidad pudiera devolverle la vida. Salvarle de sí mismo.
Pero no hay salvaciones que valgan. Su precipitada decisión nos ha matado a los dos, porque sin él estoy muerta por dentro, a pesar de seguir teniendo ilusión por la vida.
Una vez asumida la muerte en mi corazón, lo único que necesito encontrar es el medio.
Recorro sus brazos con mis manos y descubro un pequeño frasco en su puño.
—¿Qué es esto? —me pregunto con la voz ronca de emoción—. ¿Una copa comprimida en la mano de mi fiel consorte?
Me la llevo a la nariz, huelo y a continuación me quejo angustiada. —El veneno, lo veo, ha causado su fin prematuro.
Miro en el interior por si quedase la pizca que necesito, pero está vacío. Furiosa, lo lanzo.
Agarro a Romeo de la cabeza y le reprendo en su preciosa cara inerte mientras las lágrimas se me derraman.
—¡Oh, avaro! ¡Tomárselo todo, sin dejar una gota amiga para ayudarme a ir tras él!
Tiene los labios entreabiertos; me agacho y cierro mis ojos anegados en lágrimas cuando nuestras frentes se tocan.
—Besaré tus labios; acaso exista aún en ellos un resto de veneno que me haga morir… sirviéndome de un cordial.
Presiono con dulzura mis labios sobre los suyos. Aún tan suaves… ¿Cómo puede estar muerto y sin embargo aparentar tanta vitalidad?
Se los chupo dulcemente, desesperada por encontrar cualquier traza de veneno.
Holt se tensa debajo de mí.
—Vuestros labios están calientes —suspiro contra su boca. Se tensa aún más.
Paso mi lengua por su labio inferior; él gruñe al tiempo que su cuerpo da una sacudida.
—¡Parad ahí! —exclama Tanya.
Cullen se incorpora y me mira fijamente.
—Caramba, Julieta —comenta Tanya—. Al parecer tus labios tienen propiedades curativas milagrosas. Ojalá Shakespeare hubiera relatado la dramática recuperación de Romeo de la manera que Cullen acaba de improvisar, pues habría muchísima menos tragedia al final de esta obra y la gente podría irse a casa silbando una alegre melodía.
—Me ha lamido los labios —protesta Cullen.
—Eso es precisamente lo que Julieta haría —replico—. Está intentando ingerir el veneno. Tienes suerte de que no te haya metido la lengua en la boca para hacerla girar como una escobilla de váter.
—Ah, porque eso es lo que haría Julieta, ¿no? Tú no.
—Sí.
—Mentira.
—¡Por lo que más queráis, haced el favor de poneros a follar ya! — exclama Riley desde el auditorio.
El resto del reparto rompe a carcajadas; Cullen y yo intercambiamos miradas avergonzadas.
Ojalá fuera tan sencillo, Riley.
Tanya ordena al reparto que mantenga el orden.
—Cullen, lo que Swan ha hecho me parece perfectamente aceptable. Quizá solo sea necesario que modifiques tu reacción. Estás muerto. Lo de menos es si te lame la boca entera empezando por las amígdalas. Tú no te muevas. ¿Entendido?
Cullen menea la cabeza y se ríe con amargura; a continuación se vuelve hacia mí y me clava la mirada.
Mi sonrisa no podría ser más cursi si la hubiera comprado en Don Sonrisas en Villa Feliz.
Pone los ojos en blanco.
—Bien, Swan —dice ella mirándome—, cuando empuñes la daga para apuñalarte, quiero que te sientes a horcajadas sobre él.
—Me cago en la leche —masculla Cullen. Tanya lo mira.
—Cullen, cuando Swan se desplome encima de ti, no quiero que dé la impresión de que os han acribillado a tiros en una reyerta entre bandas. Es necesario que muráis como habéis vivido: como amantes.
Estoy procesando todo lo que dice, pero mi cerebro tiene fijación con dos palabras: a horcajadas.
Piernas despatarradas. Mis partes aplastadas contra las suyas. Jolines.
Cullen se frota la cara y refunfuña.
Tanya nos sonríe. Creo que disfruta con nuestra mutua incomodidad.
—Volvamos al beso a ver si podemos llegar al final, ¿vale? El resto del reparto que interviene al final de esta escena, ¿hacéis el favor de colocaros en vuestro sitio a un lado del escenario?
Se produce cierto bullicio a medida que la gente ocupa sus puestos. Cullen me mira con cara de pocos amigos.
Le dedico mi sonrisa más inocente.
Me observa con una intensidad que me asustaría de no estar disfrutando tanto con su impotencia.
—Tiéndete, amante —musito con sensualidad—. Tengo que despatarrarme.
Maldice por lo bajini y se tiende.
A fe mía que el caballero objeta en demasía.
—Vale, allá vamos. Gracias, Swan.
Empiezo de nuevo la escena. Cuando llego al beso hago que sea lo más erótico posible adrede. Noto que Cullen respira pesadamente y deja escapar un leve sonido.
Eh, eh, eh. Hazte el muerto, por favor, cadáver caliente.
Exhala y se queda inmóvil.
Así me gusta.
Se oyen voces entre bastidores y miro en esa dirección. A Julieta se le acaba el tiempo.
—¿Ruido? Sí —digo con el pánico patente en mi voz al mirar a mi alrededor con desesperación—. Apresurémonos, pues.
Localizo la daga, apoyo la rodilla sobre la cintura de Holt y me siento en su entrepierna mientras empuño la vaina que lleva sujeta a la cadera.
—Oh, dichosa daga —digo al sacarla de la funda y llevármela hacia el pecho—. Esta es tu vaina.
Me clavo la cuchilla plegable en medio del pecho y grito con el rostro crispado de dolor. Al público le dará la impresión de que me he asestado una puñalada mortal.
—Enmohece… en ella… —doy un quejido y dejo caer la daga al suelo al tiempo que me aprieto el pecho. Me agarro a la camisa de Cullen y beso con ternura a mi Romeo una vez más antes de suspirar—: Y… déjame… morir.
Me desplomo encima de Cullen. Mi cara le aplasta el cuello; tengo una mano en su pecho, la otra en su pelo. Si alguien nos hiciera una foto, pareceríamos una pareja joven durmiendo en un íntimo abrazo.
Otros personajes entran precipitadamente en el escenario y continúan la escena llorando nuestra muerte y analizando la serie de acontecimientos que la desencadenaron. Noto a Cullen tenso debajo de mí, intentando controlar su respiración. Tengo su entrepierna oprimida con fuerza contra mí, y siento cómo se va endureciendo paulatinamente. Trato de no inmutarme. Mi vagina va por otros derroteros. Intento explicarle que está muerta y que por lo tanto ya no necesita la impresionante erección de Romeo, pero le resulta difícil dar crédito.
Ralentizo mi respiración y escucho la escena que se está desarrollando a mi alrededor. El lenguaje arcaico y su cadencia tienen un efecto sedante. Enseguida me concentro en los latidos del corazón de Cullen bajo mi oído.
Son hipnóticos, muy fuertes y constantes. A medida que mis músculos se relajan y mi ritmo cardíaco se ralentiza, mi cuerpo se hunde en el suyo; por un momento pienso que debo de resultar muy pesada hasta que su olor y su calidez me adormecen hasta el aturdimiento.
Antes de ser consciente de lo que está ocurriendo, noto que una mano me zarandea el hombro. Al abrir los ojos me encuentro a Riley de pie junto a nosotros y a otros miembros del reparto detrás.
—Vaya. Me alegro de veros tan excitados por nuestra actuación, chicos —comenta con una sonrisita—. A lo mejor la próxima vez podríais procurar no roncar.
Me siento rápidamente y bajo la vista hacia Cullen. Tiene cara de sueño y está confuso. Aguza la mirada cuando se da cuenta de que estoy encima de él. Capto la indirecta y me bajo, pero tengo los músculos flojos y endebles.
Jo, ¿quién iba a decir que sentarse a horcajadas corta tanto la circulación?
Riley me coge de la cintura y me ayuda a enderezarme. Soy el hazmerreír cuando las piernas me vuelven a flaquear y me doy de bruces contra él.
—¡So! Quieta ahí, Bella. Llevas muerta un buen rato. Será mejor que te lo tomes con calma.
Me estabilizo mientras Cullen se levanta. Se fija en que Riley me está sujetando y enseguida aparta la vista.
—Cullen, Swan —dice Tanya mientras sube los peldaños del escenario —, ¿doy por sentado que vuestras últimas posturas eran cómodas?
Me aparto de Riley y me atuso el pelo para intentar distraerme de mi creciente rubor.
—Más o menos.
La gente se ríe por lo bajini. Me muero de vergüenza. He besado a Cullen delante de toda esta gente. Joder, he fingido tener relaciones con él. ¿Pero lo que acabo de hacer? ¿Acurrucarme con él? ¿Fundirme en él y quedarme dormida? Eso es más íntimo que cualquier otra cosa que haya hecho.
Nos sentamos en el escenario mientras Tanya comenta nuestra actuación; en general está satisfecha con nuestros progresos. Riley está sentado al lado de Cullen, cuchicheando y riéndose por lo bajini. Cullen empuña a Riley de la pechera y le dice algo entre dientes cara a cara. Riley empalidece y se calla inmediatamente. Cuando Cullen lo suelta, Riley se aparta refunfuñando. Cullen se atusa el pelo y echa una ojeada hacia mí. Parece furioso.
Tanya pone fin al ensayo y el ambiente se llena de conversaciones mientras todo el mundo recoge el escenario y el atrezo. Leah y Zafrina me invitan a cenar con ellas, pero no estoy de humor. Les agradezco el ofrecimiento y me despido de ellas con un abrazo. Cojo la daga y se la llevo a Cullen mientras el resto del teatro se va vaciando despacio. Cuando la coge, parece que sigue enfadado.
—¿Estás bien? —pregunto mientras desabrocha la funda de su cinturón.
—Genial.
—¿Qué ha pasado con Biers? —pregunto.
—Es un gilipollas. —Mete la daga en la funda.
—¿Por qué?
—No paraba de preguntarme si estaba follando contigo.
—¿Qué le has dicho?
—No he contestado.
—¿Y?
—Y él ha dado por hecho que no.
—Lo cual es cierto.
—Sí, pero después le ha parecido buena idea decirme lo mucho que le gustaría follarte.
—¿Y qué le has dicho al respecto? —pregunto, y doy un paso al frente. Su mirada me recorre el cuerpo de arriba abajo antes de contestar:
—Que como se le ocurra acercarse a ti le corto los huevos y se los doy de comer a mi rottweiler.
—¿Tienes un rottweiler?
—No, pero él no lo sabe.
Toco la hebilla de su cinturón. Es un rectángulo con una especie de crucifijo. Qué curioso que lleve el símbolo de Dios estando confabulado con el diablo.
—A ver si me aclaro —digo al tiempo que paso los dedos por el metal frío—: ¿No quieres estar conmigo, pero tampoco quieres que otros tíos lo estén?
—Él no es un tío cualquiera. Es Biers. Si te acostaras con él, tu coeficiente intelectual automáticamente caería cuarenta puntos.
—¿Te has parado a analizar por qué eres tan celoso?
—No soy celoso. No quiero que ese pedazo de ceporro te toque y punto.
Es de puro sentido común.
—¿Qué me dices de Mike? ¿Me das permiso para acostarme con él?
Se le crispa el gesto.
—¿Tú quieres acostarte con él?
Aprieto los dedos y reprimo las ganas de arrancarle la camiseta.
—En ese caso, ¿te importaría?
Parece fuera de sí.
—Joder, no. Demasiado blandengue.
—¿Y Paul?
—Demasiado colgado.
—¿Ben?
—Creo que es gay.
—¿Y si no lo es?
—Demasiado ambiguo.
—Y dices que no eres celoso…
—Pues no.
—Entonces dime un nombre —exijo—. Dime con quién me permites que me acueste.
Levanta las manos con un ademán.
—¿Por qué coño te obsesiona tanto el sexo?
—¡Porque nunca lo he practicado! ¡Y, si por ti fuera, jamás lo haría!
Traga saliva y agacha la cabeza.
—¿Qué diablos quieres de mí, Taylor? ¿Eh? ¿Quieres que te folle? ¿O simplemente buscas una polla al azar para perder la virginidad? Si eso es lo único que quieres, te compraré un puto vibrador.
—Eso no es lo único que quiero, y lo sabes.
—Entonces volvemos a lo mismo, al motivo por el que necesitamos mantenernos alejados el uno del otro. Tú quieres lo que yo soy incapaz de darte. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?
—Lo que no entiendo es cómo puedes sentir esto —digo al pegarme a él y poner mis manos sobre su pecho— y fingir que no pasa nada como si tal cosa.
Ni siquiera pestañea cuando recorro sus pectorales con mis manos.
—¿No te has dado cuenta? Fingir se me da fenomenal.
Meneo la cabeza y suspiro.
—Pues ya está. Tú decides que no podemos estar juntos, y es lo que hay.
—Pues sí.
—¿Y te crees capaz de acatar tus propias reglas?
—¿Te refieres a si soy capaz de guardar las distancias?
Agacha la cabeza, sus labios justo por encima de los míos, tan próximos que puedo saborear su aliento, pura calidez y dulzura.
—Sí —susurro, sin otro deseo más que el de ponerme de puntillas y besarle.
Su exhalación es suave y mesurada.
—Swan, creo que subestimas mi capacidad de autocontrol. Aparte del lapsus que tuve durante la escena de sexo, contigo he mostrado el comedimiento del puto Dalai Lama. ¿Nuestro primer beso? Tú empezaste. ¿Hoy en la escena de la muerte? Todo cosa tuya. ¿Lo de ahora mismo? Tú.
—De modo que tu teoría es —replico— que, si no fuera porque yo me abalanzo sobre ti, nunca se te habría ocurrido tocarme.
—Exacto.
—Chorradas.
—Haz el favor de fijarte en que me estás toqueteando todo el cuerpo con las manos, mientras que las mías las tengo en sendos lados.
Bajo la vista mientras le acaricio distraídamente los abdominales. Inmediatamente doy un paso atrás.
Dios, tiene razón.
Soy yo.
Todo lo he empezado yo.
—Vale, estupendo —digo, y reculo un poco más—. No te tocaré fuera de la función, a menos que me lo pidas.
—¿Crees que vas a ser capaz de controlarte? —pregunta. Juro que le ha puesto alguna especie de salsa picante sexual a su voz para provocar mis ganas de lamerle—. ¿Le damos más emoción?
—¿Cómo? ¿Con una apuesta o algo así?
—¿Por qué no?
Lo medito durante unos segundos.
—Vale. El primero que toque al otro de manera íntima pierde y tiene que conseguir que el ganador tenga un orgasmo.
Se echa a reír y se atusa el pelo, pero me doy cuenta de que pasa revista a mi cuerpo con su mirada.
—Eso más bien anula el objetivo de la apuesta.
—No desde mi punto de vista. Los dos saldríamos ganando. Agarra su mochila y se la cuelga al hombro.
—Vete a casa, Swan. Tómate un trago. Deja de pensar en mí.
—La apuesta es no tocar. Puedo imaginarte en cientos de posturas sexuales diferentes si me apetece, y no hay nada que puedas hacer para impedírmelo.
Deja caer la cabeza y suspira; sé que he ganado el round.
—Nos vemos la semana que viene.
—Sí, nos veremos.
A continuación se marcha.
Como estoy viendo que la historia gusta cada vez a más gente, aquí tenéis dos nuevos capítulos para disfrutar. Un poco de toqueteo, alguna declaración de intenciones... Nunca imaginé que en los teatros hubiera tanta animación entre bastidores c;
EternalReader15: Es lo malo de las historias amor-odio, que al principio parecen todas iguales y si no te engancha de primeras la acabas dejando de lado. Edward se mantiene en su linea, aunque diré en su favor que en el "presente" ha tenido tiempo para entender en que se equivocaba, y a partir de ahora empezaremos a ver como ha madurado. Y solo necesitó 6 años para ello... A pesar de todo Bella no lo va a perdonar en el día uno, ella también ha tenido una transformación que la ha hecho más fuerte, racional y reacia a acercarse demasiado a él. Ahora que empieza a ponerse interesante intentaré traer más de un cap de cada vez para manteneros contentas :D
Estefania: Una de las cosas buenas de Bella es que todas hemos estado en situaciones parecidas jugando con fuego. Al final del día es una chica normal más.
Josa: Intentaré subir de dos en dos, aunque no quiero poner un día fijo para actualización por si luego no puedo cumplirlo por otros compromisos. De cualquier manera por ahora intento que sea a principios de semana. Son 21 capítulos así que prácticamente estamos a la mitad, aunque luego queda otro libro que aunque no estoy segura debe tener más o menos la misma cantidad.
Gracias a la gente que me deja reviews, me hace muchísima ilusión saber que la historia os gusta tanto como a mí ^^ Escribiré pronto, i promise.
Besos!
