SANSA

– ¡Samwell! – Sansa se ruborizó al verlo. Se sentía mejor, pero seguía guardando cama. Por suerte, ya no sudaba tanto ni necesitaba dormir la mayor parte del día – Has tardado en volver.

– Lo sé – Los ojos del joven cuervo estaban cargados de dolor. Sansa se removió en el lecho, inquieta. "¿Y si se arrepiente de… lo que pasó la otra noche?". Ella no se arrepentía, pero se sentía avergonzada. ¡Prácticamente, había obligado a Sam a hacer… lo que hizo!

"Le dije que era su señora y que debía obedecerme". ¡Qué horror! No era así como debía comportarse una doncella.

Claro que ella ya no era una doncella…

Sabía que lo que habían hecho no estaba bien, pero no conseguía horrorizarse. "El amor no es malo", se decía una y otra vez. "Si el amor fuese malo, no le cantarían canciones".

Además… se habían sentido demasiado bien como para que fuese algo terrible.

Miró a Sam e intentó sonreír, pero él parecía triste.

– ¿Ocurre algo?

– Sansa… – Sam se sentó al borde de la cama y agachó la cabeza, apesadumbrado – Claro que ocurre algo. O, mejor dicho, ocurrió… y nunca debió ocurrir. He sido muy malo contigo.

– ¡Eso no es verdad! – Protestó ella – No eres malo, Samwell – Le gustaba llamarlo Samwell, le parecía más caballeresco que Sam – Eres el hombre más bueno que he conocido nunca.

– ¡No! – Él meneó la cabeza, visiblemente angustiado – Si nos descubren…

– ¿Cómo iban a descubrirnos? – Sansa abrió los ojos como platos cuando cayó en la cuenta – ¡Oh! Pero… no creo que… – Se mordió los labios – Ni siquiera había pensado en eso.

– Yo tampoco lo pensé… en ese momento – Murmuró el joven – Sansa… me siento muy mal. Yo… no quiero que pienses que hice lo que hice porque… – Infló el pecho – Sansa, tú me gustas. Creo… ¡No, lo sé!

– ¿Qué sabes?

– Sé que también estoy… enamorado. De ti – Aclaró.

– ¿Lo dices en serio? – Sansa sonrió y se hundió un poco en la almohada – Es maravilloso…

– Sí, ¿verdad? – Sam también sonrió como un tonto hasta que recordó por qué había ido a verla – ¡No! No quería decir eso… – Se llevó las manos a la cabeza – ¡Maldita sea, no es maravilloso! – La miró con pesar – Sansa, tú y yo no podemos estar juntos. Es imposible.

– Sí que podemos – Se empeñó Sansa – Nadie tiene por qué enterarse…

– ¡Es peligroso! Además… – Sam hundió los hombros – Tarde o temprano, volveré al Muro. Es mi destino.

– No.

– Sí. Yo no puedo… Sansa, ojalá pudiera casarme contigo – En sus ojos amables vio tanta pena que sintió deseos de echarse a llorar – Pero es imposible. Y es mejor que nos hagamos a la idea – Se inclinó hacia ella y depositó un beso en su frente – Te quiero – Susurró.

En ese momento, una voz les heló la sangre en las venas:

– ¿Alguien puede explicarme qué está pasando aquí? – Robb estaba en la puerta y, a juzgar por su mirada, había visto y oído más que suficiente.