Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


-8-


Siguiendo las instrucciones de Naruto, Hinata contrató los servicios de un decorador, el señor Smith, para que les ayudara a cambiar los interiores del "Remolino". Acompañada por el señor Hatake, el administrador de la finca, Hinata guió a Smith en un recorrido por toda la casa.

-Como bien puede ver, señor Smith -dijo con risueño desconsuelo-, no exagero si digo que este será el mayor desafío de toda su carrera.

Smith, un caballero delgado, con una larga melena castaña, masculló algo poco comprometedor y siguió garabateando notas en un cuaderno de cantos dorados. Aunque su verdadero nombre era Utakata Smith, se lo conocía como «Posibilidad» Smith, apodo que se había ganado por su famosa costumbre de decir: «Este lugar tiene muchas posibilidades». Hasta el momento, Hinata había esperado en vano que pronunciara la mágica frase.

Lo había llevado al comedor egipcio, con sus armarios en forma de sarcófago, al barroco hall de entrada, a los salones chinos, con falso bambú, y al salón de baile marroquí, rodeado por figuras negras de mármol que vestían togas rosadas. Ante cada nueva habitación, el semblante de Posibilidad Smith se volvía cada vez más sombrío y su silencio aumentaba la sensación de mal agüero.

-¿Cree usted que vale la pena conservar algo? -preguntó Hinata, en un débil intento por parecer graciosa-. ¿O mejor lo quemamos todo y empezamos de nuevo?

Smith volvió su cabeza hacia ella.

-Como muestra del más puro mal gusto, no tiene rival entre todas las residencias que he tenido la desgracia de ver.

-Permítame asegurarle, señor -intervino Kakashi con tacto-, que lady Uzumaki posee un gusto exquisito y que no ha tenido nada que ver con esta decoración.

-Esperemos que no -murmuró Smith, y soltó un suspiro-. Debo echar otro vistazo al salón de baile. Después visitaremos la planta alta.

Se alejó lentamente, sacudiendo la cabeza con altiva desaprobación.

Hinata se tapó la boca con la mano, sofocando la risa, al imaginar la expresión del decorador en cuanto entrara en su dormitorio repleto de espejos. ¡Oh, debería haber ordenado a los criados que retiraran el espejo del techo antes de que él pudiera verlo!

Mientras observaba su rostro sonrojado, el señor Hatake le dirigió una sonrisa de simpatía y dijo:

-Ciertamente, lord Suigetsu y lady Karin han dejado su marca, ¿verdad?. Hinata asintió con la cabeza.

-Temo que no estemos en condiciones de afrontar el gasto que supondría cambiarlo todo..., pero ¿cómo es posible que alguien pueda vivir en un horror semejante?

-Yo no me preocuparía mucho por el gasto -la tranquilizó el señor Hatake-. El conde me habló de sus proyectos y quedé francamente impresionado. Reorganizando un poco sus propiedades, con un muy necesario préstamo y algunas inversiones seguras, creo que la hacienda será más próspera que nunca.

El buen humor de Hinata se desvaneció. Lo contempló con curiosidad y preguntó: -¿Entonces, le parece que el conde está como siempre?

-Sí y no. En mi humilde opinión, ha mejorado. Me parece que Uzumaki tiene más sentido de la responsabilidad y más agudeza para las finanzas que antes. Sepa usted que nunca demostró demasiado interés por sus asuntos de negocios. Al menos, no tanto como el que sentía por la cacería de aves o por el tiro al pichón.

-Lo sé -dijo Hinata, poniendo los ojos en blanco-. Pero ¿a qué se deberá este cambio? ¿Cree usted que pueda ser permanente?

-Me parecería lógico, después de todo lo que ha pasado -siguió diciendo Hatake en tono práctico-. Enfrentarse tan violentamente con la muerte, ver en qué se han convertido su familia y su propiedad en su ausencia, supone, realmente, una gran lección. Sí, creo que es un cambio permanente. Ahora, el conde se da cuenta de cuánto lo necesitamos aquí.

En lugar de responder que ella no necesitaba la presencia de Naruto en su vida, Hinata asintió brevemente. -Señor Hatake... ¿Le queda a usted alguna duda acerca de su identidad?

-No, ni la más mínima. -Pareció asombrado ante la idea-. ¡No me diga que a usted sí!

Antes de que Hinata pudiera responder, Posibilidad Smith entró en el enorme vestíbulo.

-Bien -dijo, soltando un largo suspiro-, sigamos con el resto.

-Señor Smith -comentó Hinata socarronamente-, parece usted asustado.

-Estaba asustado hace una hora. Ahora estoy francamente horrorizado. -Le ofreció su brazo y dijo-: ¿Vamos?

El señor Smith y sus ayudantes se quedaron en la casa el resto de la semana, realizando bosquejos, tomando medidas, cubriendo los suelos con alfombras y muestras de telas. En medio del tumulto, Hinata encontró tiempo para visitar a sus amigos de Konoha Hill y para, lo más importante, ir al orfanato.

Todas sus preocupaciones pasaron a un segundo plano cuando entró en una clase de botánica en la que había seis alumnos, dibujando las plantas del jardín bajo la supervisión de la señorita Chapman, su maestra. Sintió que una sonrisa se le dibujaba en la cara cuando fue hacia ellos, sin importarle la hierba o el lodo que manchaban sus ropas.

Los niños corrieron hacia ella en cuanto la vieron, dejando sus lápices y cuadernos y llamándola por su nombre. Riendo, Hinata se puso de cuclillas y los abrazó.

-Tom, Moegi, Maisie, Udon, Rob... -Se interrumpió y revolvió el cabello de este último-. Y tú, Konohamaru... ¿Te has portado bien?

-Bastante bien -respondió él, agachando la cabeza con una sonrisa picara.

-Ha hecho un gran esfuerzo, lady Uzumaki -dijo la maestra-. No ha sido exactamente un ángel, pero se ha portado bastante bien.

Hinata volvió a sonreír y abrazó a Konohamaru, a pesar de que este protestó, retorciéndose. Tras revisar los dibujos que estaban haciendo, fue hacia el fondo del aula para conversar con la señorita Chapman. La maestra, una mujer menuda, de cabellos claros y aproximadamente su misma edad, la miró con expresión amistosa.

-Gracias por el material de dibujo, lady Uzumaki. Como puede ver, estamos haciendo buen uso de él.

-Me alegro -respondió ella, pero sacudió la cabeza con pesar-. No sabía si era conveniente comprar pinturas, papel y libros cuando necesitan ropa y comida.

-Los libros son tan necesarios como la comida, creo yo. -La señorita Chapman sonrió y preguntó con curiosidad-. ¿Ha visto ya al niño nuevo, lady Uzumaki?

-¿Un niño nuevo? -repitió Hinata, sorprendida-. No estaba al corriente... ¿Cómo y cuándo...?

-Llegó anoche, el pobrecito.

-¿Quién lo envió?

-Me parece que fue el médico de la prisión de Holbeach. Mandó al niño después de que colgaran a su padre. No sabemos muy bien qué hacer con él. No nos queda ni una sola cama.

-¿A su padre lo colgaron? -Hinata arrugó la frente-. ¿Por qué delito?

-No me informaron de los detalles. -La señorita Chapman bajó la voz y añadió-: El niño vivía con él en la cárcel. Evidentemente, no tenía otro lugar donde quedarse. Ni siquiera el reformatorio local quiso aceptarlo.

La rabia se apoderó de Hinata al oír aquello. Un niño inocente, viviendo entre peligrosos criminales. ¿Quién podía permitir algo así?

-¿Cuántos años tiene? -preguntó.

-Aparenta tener cuatro o cinco, aunque los niños que viven en esas condiciones suelen ser pequeños para su edad.

-Tengo que verlo.

La señorita Chapman le dirigió una sonrisa alentadora.

-Tal vez tenga más suerte que nosotros. Hasta ahora, no ha pronunciado una sola palabra. Y se puso muy violento cuando tratamos de bañarlo.

-Oh, Dios mío.

Afligida, Hinata abandonó la clase de botánica y se dirigió a la antigua casa principal. Dentro reinaba un relativo silencio, ya que los niños estaban ocupados en sus diversas tartas y actividades. La cocinera, la señora Davies, estaba ocupada cortando legumbres, que luego metía en una inmensa olla de estofado de cordero. Nadie sabía por dónde andaba el niño.

-Una criatura rara, vaya si lo es -señaló la señorita Thornton, la directora del lugar, que salió de una de las aulas en cuanto supo de la presencia de Hinata-. Localizarlo es tarea imposible. Todo lo que sé es que prefiere estar aquí dentro. Por lo que se ve, salir le da miedo. Algo muy poco natural en un niño.

-¿Y no hay sitio aquí para él? -quiso saber Hinata, preocupada. La señorita Thornton negó enérgicamente con la cabeza.

-Ha tenido que pasar la noche en un jergón improvisado en una de las aulas y dudo que haya dormido ni un segundo. Imaginando el lugar en el que ha vivido, no me sorprende demasiado. -Soltó un suspiro-. Tendremos que mandarlo a otro sitio. La cuestión es: ¿quién se hará cargo de él?

-No lo sé -dijo Hinata, preocupada-. Tendré que pensar en ello. Mientras tanto, ¿le importaría que lo buscara por mi cuenta? La señorita Thornton la miró con expresión dubitativa.

-¿No prefiere que la ayude, lady Uzumaki?

-No, por favor, siga con sus tartas. Creo que puedo encontrarlo sola.

-Muy bien, lady Uzumaki -aceptó la directora, ostensiblemente aliviada.

Hinata buscó por toda la casa, habitación por habitación, sospechando que el niño elegiría algún rincón aislado para ocultarse, lejos de los demás.

Finalmente, lo encontró en el rincón de un salón que había sido transformado en aula; estaba acurrucado debajo de un pupitre, como si aquel incómodo espacio le ofreciera alguna clase de seguridad. Hinata vio que se hacía un ovillo en cuanto ella entró en la habitación. El niño se abrazó las huesudas rodillas, en silencio, y la observó. No era más que un pequeño atadillo de harapos, con una larga mata de sucios cabellos parecían negros, pero tenían tintes de celeste.

-Ahí estás -dijo Hinata con suavidad, mientras se arrodillaba junto a él-. Pareces un poco perdido, cariño. ¿Vienes a sentarte conmigo?

Él retrocedió aún más, sin dejar de observarla, y Hinata pudo ver aquellos ojos profundamente claros, rodeados por oscuras ojeras de cansancio. Al advertir que hundía una de sus manilas en el agujereado bolsillo, agarrando algo con actitud protectora, le dirigió una sonrisa y preguntó:

-¿Qué tienes ahí?

Supuso que se trataba de un pequeño juguete, un ovillo de hilo o alguno de aquellos objetos que tanto gustaban a los niños.

Lentamente, el pequeño sacó del bolsillo el cuerpecillo gris, diminuto y peludo de un ratón, que la miró por entre los dedos del niño con ojillos brillantes.

Hinata reprimió un respingo de sobresalto.

-Oh -exclamó, débilmente-. Es muy... interesante. ¿Lo has encontrado aquí?

El niño negó con la cabeza.

-Vino conmigo. -Acarició suavemente la cabeza del ratón, entre las dos orejas, con sus dedos sucios-. Le gusta cuando le acaricio así la cabeza. -La atención que le prestaba Hinata le dio un poco de confianza y siguió diciendo, más animado-: Lo hacemos todo juntos, Ratoncillo y yo.

-¿Ratoncillo? ¿Así se llama?

De modo que para el niño ese roedor era una especie de mascota, un amigo. Hinata sintió un nudo en la garganta, una mezcla de pena y de risa.

-¿Quieres cogerlo? -le preguntó el niño, mostrándole la inquieta criatura.

Hinata no consiguió atreverse a tocarlo.

-No, pero muchas gracias.

-Muy bien -dijo él, y volvió a meterse el ratón en el bolsillo dándole unas palmaditas.

Hinata sintió una rara y dulce tensión en el pecho al contemplar aquella escena. El pobre niño no tenía nada -ni familia, ni amigos, ni futuro-, pero a su precaria manera se estaba ocupando de alguien..., de algo. Aunque no fuera más que un ratón encontrado en la cárcel.

-Eres guapa -dijo el niño con generosidad, y trepó hasta su regazo.

Sorprendida, Hinata titubeó antes de responder a aquel gesto y rodearlo con sus brazos. Era huesudo y liviano, enjuto como un gato. De su cuerpo y sus ropas fluía un olor acre y la asaltó la desagradable idea de que probablemente el niño hirviera de bichos, igual que el ratoncillo. Pero entonces él se recostó contra ella y alzó la cabeza para mirarla, y Hinata se encontró acariciándole el revuelto cabello. Se preguntó cuánto tiempo debía hacer que el niño no recibía un abrazo maternal. ¡Era tan pequeñito y estaba tan solo!

-¿Cómo te llamas? -le preguntó. El no respondió. Tenía los ojos semicerrados y parecía estar más relajado, pero no aflojó la presión de sus dedos mugrientos sobre la manga del vestido de Hinata -. Dios mío, necesitas un baño -siguió diciendo Hinata, sin dejar de acariciarle el cabello-. Debe de haber un niño muy guapo debajo de toda esta mugre.

Hinata siguió acunándolo y murmurándole quedamente hasta que lo sintió cabecear contra su hombro. Estaba totalmente agotado. No pasó mucho tiempo antes de que se durmiera. Al rato lo soltó, con delicadeza, se puso en pie y le indicó que la siguiera.

-Ahora te llevaré con la señorita Thornton -dijo-. Es una mujer muy buena y debes prometerme que le harás caso. Te encontraremos un hogar, cariño, te lo prometo.

El niño obedeció y la acompañó hasta la oficina de la señorita Thornton, aferrado a su falda. Llegaron a una minúscula habitación y encontraron a la señorita Thornton sentada detrás de su escritorio.

La directora sonrió al verlos.

-Tiene buena mano con los niños, lady Uzumaki. Debería haber sabido que usted lo encontraría. -Se acercó al niñito y lo tomó de la muñeca-. Venga conmigo, caballerito. Ya ha distraído bastante a milady.

El niño se acurrucó aún más junto a Hinata y le mostró los dientes a la señorita Thornton, como un animalito salvaje.

-¡No! -gritó.

La directora lo miró sorprendida.

-Bueno, después de todo parece que sí puede hablar. -Renovó sus esfuerzos por apartarlo de Hinata y dijo-: No hay necesidad de que te comportes así, muchacho. Nadie va a hacerte daño.

El pequeño se puso a llorar y se aferró a las piernas de Hinata. Apenada, Hinata se agachó para acariciarle la espalda.

-Oh, dulzura, yo vendré mañana, pero tú debes quedarte aquí...

Mientras el niño seguía aullando, aferrado a Hinata, la señorita Thornton salió de la habitación y reapareció acompañada de otra maestra.

-Es usted muy singular, lady Uzumaki -comentó mientras forcejeaban ella y la otra mujer para arrancarlo de allí-. Solamente usted puede llamar «dulzura» a un niño como este.

-No es malo -dijo Hinata, tratando en vano de acallarlo.

Finalmente, las dos mujeres lograron que la soltara y el niño emitió un alarido de furia y desesperación. Hinata, visiblemente alterada, se quedó mirando al rebelde muchachito, que gruñía y se retorcía como un cachorro salvaje.

-No se preocupe por él -dijo la señorita Thornton-. Ya se lo dije, es un poco raro. Bendita sea, milady; usted ya tiene bastantes preocupaciones como para encima tener que soportar una escena así.

-Está bien, yo... Hinata se quedó sin voz por la ansiedad que la invadió al ver que arrastraban al niño fuera de la habitación. La maestra lo reprendió con suavidad, sujetándolo del brazo para evitar que se escapara.

-Nos ocuparemos de él -afirmó la señorita Thornton-. Va a estar perfectamente bien.

-¡Nooo! -volvió a gritar el niño.

Durante el forcejeo, el ratón se escabulló del bolsillo del niño y aterrizó en el suelo. Al ver al roedor, las dos mujeres chillaron al unísono y soltaron al niño.

-¡Ratoncillo! -gritó él, gateando detrás del fugitivo roedor-. ¡Ratoncillo, vuelve aquí!

El ratón se las ingenió para encontrar un agujero en la madera del zócalo y, meneando su cuerpo, se escurrió allí dentro y desapareció. El niño se quedó mirando el diminuto orificio, estupefacto, y se echó a llorar desconsoladamente.

Al ver al pequeño deshecho en lágrimas, a la maestra dominada por el pánico y el rostro tenso de la señorita Thornton, Hinata se oyó decir:-Dejen que me ocupe del niño. Se... se queda conmigo.

-¿Lady Uzumaki? -preguntó con cautela la señorita Thornton, como si temiera que Hinata hubiera perdido el juicio.

-Por ahora, me lo llevo conmigo -continuó diciendo esta, rápidamente-. Ya le encontraré un lugar.

-Pero supongo que no querrá decir...

-Sí, así es.

El niño regresó a la segundad de las faldas de Hinata, con el pecho subiendo y bajando por la agitación.

-Quiero a Ratoncillo -lloriqueó. Hinata le puso la mano en la espalda.

-Ratoncillo tiene que quedarse aquí -le dijo en voz baja-. Estará bien, te lo prometo. ¿Tú también te quedarás aquí, o prefieres venir conmigo?

Por toda respuesta, él le tomó la mano y la apretó con fuerza.

Hinata miró a la directora con una sonrisa algo forzada. -Lo cuidaré muy bien, señorita Thornton.

-Oh, no tengo ninguna duda -se apresuró a decir la directora-. Solo espero que no le cause demasiados problemas, milady. -Se inclinó y miró seriamente al enrojecido rostro del niño-. Espero que comprendas la suerte que has tenido, joven Mitzuki. En tu lugar, yo me esforzaría mucho, mucho, en complacer a lady Uzumaki.

-¿Mitsuki? -repitió Hinata-. ¿Así se llama?

-Si, no nos ha dicho su apellido, parece que no fue registrado por su padre. La manita tiró de la de Hinata y un par de ojos brillantes, llenos de lágrimas, la contemplaron.

-Mitsuki - solo Mitsuki -dijo el niño con claridad.

-Mitsuki -repitió ella, apretándole suavemente los dedos.

-Lady Uzumaki -la previno la directora-, según mi experiencia, es mejor no hacer muchas concesiones a un niño en esta situación, o se acostumbrará a esperarlas como algo natural. Sé que suena cruel, pero el mundo no es benévolo con los huérfanos que no tienen ni un penique... Es mejor será que conozca desde el principio cuál es su sitio.

-Entiendo -respondió Hinata, mientras se desvanecía su sonrisa-. Gracias, señorita Thornton.

La servidumbre del "Remolino" quedó manifiestamente estupefacta al ver al pequeño y desgreñado invitado de Hinata, que no se soltaba de sus faldas. El niño no pareció reparar en la sobrecargada ostentación que lo rodeaba, pues toda su atención se concentraba en Hinata.

-Mitzuki es bastante tímido -murmuró Hinata a su doncella personal, Natsu, cuyo primer acercamiento al niño había sido rápidamente rechazado-. Le llevará cierto tiempo acostumbrarse a todos nosotros.

Natsu contempló al pequeño y una expresión pensativa apareció en su rostro. -Parece que lo hayan encontrado en pleno bosque, milady.

Hinata pensó que hasta el bosque era un lugar saludable, comparado con el ambiente malsano y peligroso en el que Mitsuki había crecido. Deslizó los dedos por el enmarañado cabello del niño y dijo: -Natsu, quiero que me ayudes a bañarlo.

-Sí, milady -murmuró la doncella, aunque pareció desconcertada ante la idea.

Mientras un ejército de criadas subía cubos cuidadosamente por las escaleras para llenar la tina personal de Hinata, esta pidió que le subieran un plato de pan de jengibre y un vaso de leche. El niño bebió y devoró todo hasta la última gota y la última migaja, como si no hubiera comido en varios días. Cuando hubo saciado su apetito, Hinata y Natsu lo llevaron al vestidor de la primera planta y le quitaron las andrajosas ropas.

Lo difícil fue convencer a Mitsuki de que se sumergiera en el agua, que contemplaba con un alto grado de sospecha. Desnudo junto a la tina, tenía un cuerpecillo extremadamente frágil y delicado.

-No quiero -insistió con terquedad.

-Pero debes hacerlo -dijo Hinata, tratando de sofocar la risa-. Estás muy sucio.

-Mi papá dice que el baño puede matarte de calenturas.

-Tu padre estaba equivocado -respondió Hinata-. Yo me baño a menudo y sentirse limpio es una sensación muy placentera.

-No -persistió él.

-Debes darte un baño -insistió Hinata-. Todos los que viven en la hacienda deben bañarse regularmente. ¿No es así, Natsu?

La criada asintió enérgicamente.

Tras mucho insistir, lograron meterlo en el agua. El niño se sentó, rígido, y se le marcaron todas las vértebras de la columna. Hinata tarareó una canción para entretenerlo, mientras lo enjabonaban de pies a cabeza. Después de enjuagarlo repetidas veces, el agua quedó sucia.

-Pero mire estas greñas -comentó Natsu, tocándole uno de los enredados mechones de cabello húmedo-. Tendremos que cortarle el pelo.

-Qué blanquito es... -exclamó Hinata, maravillada ante el color de su piel-. Eres blanco como un copo de nieve, Mitsuzki. él se examinó con interés el pecho y los brazos flacuchos.

-Se me ha caído un montón de piel -observó.

-No era piel -dijo Hinata, riendo-. Solo suciedad.

Obedeciendo sus instrucciones, se incorporó y permitió que Hinata lo sacara de la tina. Ella lo envolvió en una gruesa toalla y secó toda el agua que le chorreaba por las piernas. Mientras lo secaba, Mitzuki se acercó más a ella y trató de apoyar la cabeza sobre su hombro, empapándole el corpiño del vestido.

Hinata lo estrechó en sus brazos.

-Te has portado muy bien, Mitzuki. Has sido muy bueno durante el baño.

-¿Qué hacemos con todo esto, milady? -quiso saber Natsu, señalando la pila de ropa sucia que había en el suelo-. Temo que se deshaga si intento lavarlo.

-Quémalo -ordenó Hinata, cruzando una mirada de entendimiento con la doncella. Cogió una camisa limpia y unos pantalones de dril que había pedido prestados al muchacho del establo. Aquellas prendas eran lo único que había podido conseguir en tan poco tiempo y resultaban demasiado grandes para Mitzuki-. De momento servirán -comentó, mientras le ajustaba una correa de perro a la cintura para evitar que se le cayeran los pantalones.

Se inclinó y tomó uno de los piececillos del niño, que se sobresaltó y tuvo un repentino acceso de risa.

-Mandaremos que te hagan zapatos y ropa adecuada. En realidad... -arrugó la frente al recordar, de pronto, que había quedado con la modista aquella misma semana-, por Dios, no era hoy, ¿verdad?

-Vaya, siempre te las arreglas para sorprenderme -oyó la voz de su hermana desde la puerta, interrumpiendo sus pensamientos. Hinata sonrió al ver a Hanabi.

-Oh, vaya, olvidé que te había invitado para que me ayudaras a elegir vestidos. No te he hecho esperar, ¿verdad? Hanabi negó con la cabeza.

-En lo más mínimo. No te preocupes, he llegado un poco temprano. La modista todavía no está aquí.

-Gracias a Dios. -Hinata se echó hacia atrás un mechón de cabello húmedo-. No suelo ser despistada, pero es que he estado muy ocupada.

-Ya lo veo.

Hanabi entró en la habitación, sonriendo y observando al niño. Mitzuki, desgreñado, respondió al escrutinio con una silenciosa admiración.

Hinata dudó que el niño hubiera visto jamás una mujer como Hanabi; al menos, no tan de cerca. Aquel día Hanabi estaba particularmente elegante, con el cabello castaño rizado en brillantes bucles, recogido para lucir su esbelto cuello de cisne. Llevaba un vestido de muselina bordado con pequeños pimpollos y hojas verdes y un sombrero de paja bordado con una cinta de seda rosa. Sonriendo de orgullo, Hinata se preguntó si acaso existía otra mujer en toda Inglaterra que pudiera igualar la delicada belleza de su hermana.

-¡Hinata, eres una verdadera calamidad! -exclamó Hanabi, riendo-. Veo que has estado atareada con los niños del orfanato. ¿Cómo es posible que seas la misma muchacha que solía ocuparse tanto de su aspecto?

Abatida, Hinata echó una mirada a su propio vestido, oscuro y húmedo, y realizó un vano intento por sujetar los mechones sueltos de su lacio cabello.

-A los niños no les importa cómo voy -respondió con una sonrisa-. Eso es lo único que me interesa. -Sentó al pequeño sobre un taburete y le puso una toalla sobre los hombros-. Siéntate, Mitzuki, y quédate quieto mientras te corto el cabello.

-No.

-Sí -dijo Hinata con firmeza-. Y si te portas bien, diré que te hagan un birrete, con botones de latón. ¿No te gustaría?

-De acuerdo.

El niño se sentó frente a ella con cara de resignación.

Hinata empezó a cortarle el cabello, dando cuidadosos tijeretazos a la rebelde mata. Avanzaba lentamente, ya que a menudo tenía que detenerse para consolar a Mitzuki, que daba un respingo con cada chasquido de la tijera.

-Oh, déjame a mí -dijo Hanabi después de algunos minutos-. Siempre fui mejor que tú para esto, Hinata. Recuerda, papá siempre me dejaba cortarle el cabello, antes de que lo perdiera por completo.

Hinata soltó una carcajada y dejó al niño en las expertas manos de Hanabi. Dio un paso atrás para observar los enmarañados mechones que caían al suelo.

-Qué pelo más hermoso... -murmuró Hanabi, mientras daba forma, cuidadosamente, al cabello del niño-. celeste y levemente ondulado. Es un niño guapo, ¿no crees? Quédate quieto, muchacho... Terminaré enseguida.

Hinata comprobó con sorpresa que su hermana tenía razón. Mitzuki y era guapo, con facciones enérgicas, nariz atrevida, brillante pelo celeste y radiantes ojos claros. El niño trató de devolver la sonrisa a Hinata mientras se enderezaba en el taburete, pero abrió la boca en un irreprimible bostezo y se tambaleó ligeramente.

-¡Diablillo! -gritó Hanabi-. No te muevas. ¡Casi te corto la oreja!

-Está cansado -explicó Hinata, acercándose para quitarle al niño la toalla y bajarlo del taburete-. Es suficiente por ahora, Hanabi. -Llevó a Mitzuki hasta un sofá de caoba cubierto con una suave funda y almohadones de terciopelo-. Natsu, gracias por ayudarnos. Puedes retirarte.

-Muy bien, milady -dijo la doncella, y tras una rápida inclinación abandonó la estancia.

El niño se acurrucó contra Hinata. Le resultaba extrañamente natural sentir aquel ligero peso contra ella, aquella cabeza en el hueco de su hombro.

-Duérmete, Mitzuki. -Le acarició la cabeza y sintió la sedosa suavidad de su cabello bajo los dedos-. Estaré aquí cuando despiertes.

-¿Me lo prometes?

-Claro que sí.

Aquella seguridad pareció ser todo lo que él necesitaba. Se acomodó, más apretado aún contra ella, y se durmió. Pronto su respiración se hizo profunda y regular.

Hanabi se sentó en una silla y clavó en Hinata una mirada inquisitiva. -¿Quién es, Hinata? ¿Por qué lo has traído aquí?

-Es un huérfano -contestó Hinata, apoyando la mano sobre la espalda del niño-. No hay sitio para él en ninguna parte. Lo enviaron de la prisión de Holbeach, donde colgaron a su padre.

-¿Es el hijo de un criminal? -exclamó Hanabi, y el niño se revolvió entre sueños.

-Sshh, Hanabi -la reconvino Hinata con gesto de desaprobación-. No es culpa suya.

Se inclinó sobre el niño, con actitud protectora, y le frotó la espalda hasta que este volvió a relajarse.

Hanabi meneó la cabeza, perpleja.

-Pese a lo bien que te manejas con los niños, esto sí que no lo esperaba. Traerlo a tu propia casa... ¿Qué dirá lord Naruto?

-No lo sé. Estoy segura de que no lo aprobará, pero este niño tiene algo que hace que desee protegerlo.

-Hinata, sientes lo mismo por cualquier niño que te encuentras.

-Sí, pero este es especial. -Hinata se sintió torpe y desorientada al tratar de encontrar una explicación racional-. Cuando lo vi por primera vez tenía un ratón en el bolsillo. Lo había traído consigo de la cárcel.

-¡Un ratón! -repitió Hanabi, estremeciéndose-. ¿Vivo o muerto?

-Vivito y coleando -dijo Hinata, muy seria-. Mitzuki lo estaba cuidando. ¿No es curioso? Encerrado en una prisión, presenciando horrores que ni tú ni yo podríamos siquiera imaginar... Y encontró una pequeña criatura a la que amar y proteger.

Hanabi meneó la cabeza y contempló a Hinata con una sonrisa.

-De modo que en eso consiste la atracción: los dos tienen la costumbre de coleccionar casos perdidos. Son almas gemelas.

Invadida por la ternura, Hinata contempló al niño dormido. Él le había entregado su confianza y ella habría muerto antes de fallarle.

-Ya sé que no puedo salvar a todos los niños del mundo -dijo-. Pero puedo salvar a algunos. Puedo salvar a este.

-¿Qué piensas hacer con él?

-Todavía no lo he pensado.

-¿No pensarás quedártelo?

El silencio a la defensiva de Hinata fue respuesta suficiente. Hanabi se sentó junto a ella y le habló con total seriedad.

-Querida mía, nunca he conocido bien a Naruto, y ahora menos que antes, pero conozco el daño que te hizo cuando supo que no podías concebir. Él quiere su propio hijo, un heredero... No un niño de las cloacas salido de una cárcel.

-Hanabi... -murmuró Hinata, atónita.

Hanabi pareció avergonzada, pero continuó diciendo, decidida: -Puede que no te gusten las palabras que he elegido, pero debo ser franca. Te has acostumbrado a tomar decisiones sin la interferencia de un esposo. Ahora Naruto ha regresado y las cosas son diferentes. Una esposa debe someterse a las decisiones de su marido.

Hinata apretó la mandíbula y su rostro adoptó un gesto obstinado. -No pretendo ofrecerle a este niño como sustituto de los hijos que no puedo tener.

-¿Y de qué otra manera va a verlo Naruto?

-Como lo veo yo; comprendiendo que este niñito necesita nuestra ayuda.

-Querida Hinata... -La delicada boca de Hanabi se curvó en una sonrisa triste-. No quiero que te desilusiones. No me parece acertado buscar problemas entre Naruto y tú cuando hace tan poco tiempo que ha regresado. Un matrimonio sin problemas es la mayor bendición que puedas imaginar.

Hinata percibió la tristeza que se veía en la expresión de su hermana. La observó cuidadosamente y entonces advirtió las arrugas en las comisuras de los ojos y en la frente, y la tensión de su postura.

-Hanabi, ¿qué pasa? ¿Más problemas entre lord Indra y tú? Su hermana negó con la cabeza, molesta.

-No..., es solo que..., últimamente Indra se muestra tan susceptible y se ofende con tanta facilidad... Se siente aburrido e infeliz y cuando se excede con la bebida se pone tan nervioso...

-¿Nervioso -preguntó Hinata en voz baja- o violento?

Hanabi permaneció en silencio, con la mirada baja. Daba la impresión de estar a punto de tomar una decisión desagradable. Tras una larga pausa, agarró el bolero de encaje blanco que le cubría el escote del vestido y se lo quitó.

Hinata contempló la garganta y el pecho desnudo de su hermana, donde dos grandes cardenales y la marca de cuatro dedos destacaban sobre la piel translúcida. Se lo había hecho lord Indra, pero... ¿por qué? Hanabi era la más dulce y buena de las criaturas, siempre atenta con sus obligaciones, con el bienestar de su marido y de todos los que la rodeaban.

Hinata sintió que se estremecía de furia y las lágrimas se agolparon en sus ojos.

-¡Es un monstruo! -exclamó en tono agudo. Hanabi se apresuró a ponerse de nuevo el bolero.

-Hinata, no, no... No te lo mostré para que lo odiaras. No sé por qué te lo mostré. Es culpa mía. Me quejé de su afición al juego y lo hostigué hasta que no lo aguantó más. Debo tratar de ser mejor esposa. Pero necesita algo que yo no puedo ofrecerle. ¡Si pudiera entenderlo mejor...!

-Cuando Naruto regrese, haré que hable con lord Indra -dijo Hinata, haciendo caso omiso de las protestas de su hermana.

-¡No! No lo hagas, a menos que quieras que vuelva a suceder esto... o algo aún peor.

Hinata permaneció en un acongojado silencio, luchando contra las lágrimas. A Hanabi y a ella las habían criado en la creencia de que los hombres eran sus protectores, de que el esposo era el elemento superior y más inteligente de todo matrimonio. En aquella inocencia protegida, no habían imaginado que un hombre fuera capaz de pegar a su esposa, ni de lastimarla de ninguna manera. ¿Por qué, entre todas las personas, tenía que pasarle aquello a Hanabi, la mujer más dulce y más buena que conocía? ¿Y cómo podía sostener Hanabi que era por su propia culpa?

-Hanabi -consiguió decir, con tono inseguro-, no has hecho nada para merecer esto. Y lord Indra ha demostrado que su palabra no vale nada. Va a seguir sometiéndote con su violencia, a menos que alguien intervenga.

-No debes decírselo a lord Uzumaki -suplicó Hanabi-. Me lo negaría todo y después encontraría otra forma de castigarme. Por favor, debes guardar el secreto.

-Entonces, insisto en que se lo digas a mamá y a papá. Hanabi sacudió la cabeza con desesperación.

-¿Y qué crees que harían? Mamá se echaría a llorar y me rogaría que me esforzara más por complacer a Indra. Papá se limitaría; a encerrarse en su estudio a cavilar. Ya sabes cómo son.

-Entonces, ¿no puedo hacer nada? -preguntó Hinata con angustia. Hanabi apoyó su mano sobre la de ella.

-Yo lo amo -dijo en voz baja-. Quiero quedarme con él. La mayor parte del tiempo es muy bueno conmigo. Solo muy de tanto en tanto, cuando no puede controlar su carácter, las cosas se ponen... difíciles. Pero siempre se le pasa enseguida.

-¿Cómo puedes querer a alguien que te hace daño? Lord Indra es un hombre cruel, egoísta...

-No. -Hanabi retiró la mano y su bello rostro adoptó una expresión helada-. No quiero oír una sola palabra más en contra de Indra, Hinata. Lo siento. No debía haberte hablado de esto.

Apareció una criada para anunciar que había llegado la modista y las dos hermanas se dispusieron a recibirla en el salón de la planta baja. Hanabi salió antes de la habitación, mientras que Hinata se demoró mirando al niño dormido. Lo tapó con un inmenso chal bordado, que arropó en torno a su cuello, y le acarició el cabello recién cortado.
-Descansa aquí, por ahora -susurró.

De rodillas junto al sofá, contempló el rostro pacífico y diminuto de Mitzuki. Parecía por completo indefenso, abandonado a merced de un mundo enorme e indiferente. Al pensar en la delicada situación de Mitzuki, en la de Hanabi y en los problemas de todos sus amigos de Konoha Hill, Hinata cerró brevemente los ojos.

-Amado Señor de los cielos -murmuró-. ¡Son tantos los que necesitan tu misericordia y tu protección! Ayúdame a saber qué puedo hacer por ellos. Amén.

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Continuará...