CAPITULO 9

Terry se volvió cuando oyó gritar a Candy. Obligó a su caballo a aminorar la marcha, al tiempo que ella obligaba al suyo a emprender un veloz galope. Cuando llegó a donde él estaba, se le echó en los brazos.

Fue muy oportuna. Se interpuso en el flechazo que iba dirigido a él. La fuerza de la saeta empujó su cabeza contra Terry. Él la atrapó y luego trató de colocarla sobre su regazo, para poder protegerla con el escudo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba clavada a él. La flecha atravesaba el hombro de Candy y se insertaba en la cota de malla de Terry.

El grito angustiado de Terry hizo eco desde la cima del cerro. Hizo girar a su corcel y este se dirigió hacia el refugio que proporcionaban los árboles del oeste. El largo cabello dorado de Candy tapaba la herida y aunque Archie no había sido testigo del incidente, el alarido de desesperación de su barón le indicó que algo terrible había sucedido a su señora. El vasallo ordenó a tres de los hombres más diestros a seguir al líder, y luego a otro, a hacerse cargo de la batalla. Poco después, Archie siguió a su barón hacia los árboles.

Terry pensó que Candy se había desmayado. Y le pareció una bendición, para que la mujer no tuviera que padecer el terrible dolor de tener la flecha clavada en el hombro. Estuvo a punto de apearse cuando ella le dijo:

—Perdónale, Terry. Él no sabía. No podía saber.

Terry no entendió de que estaba hablándole. Al sentir el peso muerto de Candy en sus brazos, se dio cuenta de que no podía contestarle a ninguna pregunta en ese momento. De todas maneras, él tampoco habría podido formular ningún interrogatorio lógico, pues la ira por lo que acababa de suceder le mantenía demasiado ocupado.

Archie bajó de un salto de su caballo y extendió su capa sobre el suelo. Tendió los brazos, para tomar a Candy, de modo que Terry pudiera desmontar sin seguir lastimándola. Terry meneó la cabeza.

—Todavía está clavada a mí —anunció, con la voz llena de angustia.

No permitió que su amigo le ayudara. Le temblaron los dedos cuando sacó el extremo de la flecha de su camisote. Después, inspiró profundamente para calmarse y poder descender del corcel. No toleraba pensar en el tormento que le esperaba. Apoyó a Candy, que seguía inconsciente, sobre la capa. Cortó la punta de la flecha y luego deslizó la vara de la misma, para quitársela del hombro.

Ella gritó y ese alarido desgarró el corazón de Terry. Le murmuró palabras entrecortadas de aliento, mientras la sangre que manaba de la herida le bañaba los brazos.

Archie era mucho más experimentado que su barón para curar heridas. Con la mente, Terry entendía muy bien esa realidad, pero su corazón no quería entrar en razones. Archie tuvo que pedirle tres veces que le permitiera acercarse a

Candy, hasta que por fin accedió. Candy comenzaba a recobrar el reconocimiento cuando el súbdito vertió un líquido ardiente sobre su herida. Esta vez, no gritó; rugió. También trató de abalanzarse hacia su verdugo. Terry tuvo que sostenerla. Si hubiera tenido una daga, habría matado al hombre que estaba tratando de ayudarla.

La preocupación en el rostro de Archie por fin penetró en su estupor. De pronto, Candy sintió que se le despejaba la mente. Entonces, se dio cuenta de que estaba gritando y se calló.

Terry estaba arrodillado en el suelo, junto a ella, con la cabeza apoyada en el hombro sano de Candy. Ella observó la escalofriante expresión de su rostro y casi perdió nuevamente el conocimiento. Dios, parecía furioso, como con deseos de matar a cualquiera y, por el modo en que estaba mirándola, supuso que la víctima en cuestión sería ella. ¿Cómo se atrevía a enfadarse con ella? Después de todo, le había salvado la vida, ¿no?

¡Oh, Dios!; su hermano Albert había tratado de matar a Terry. Era una carga demasiado pesada de sobrellevar. Santo Dios, ¿qué iba a hacer? Albert estaba con vida. ¿Pero por cuánto tiempo?

Se volvió para mirarse la herida, cuando Archie le quitaba el manto cortándoselo con la daga…

Candy se dio cuenta de que no se trataba de una herida fatal. El corte era profundo, sí, pero la hemorragia había disminuido considerablemente.

Terry le apartó el rostro.

—No mires —le ordeno—. Te hará daño.

Le tembló la voz. Candy pensó que era porque se contenía para no gritar.

Albert estaba vivo y trataba de asesinar a Terry. Claro que, de tener la oportunidad, su esposo también intentaría matar a Albert. ¿Qué iba a hacer?

Decidió optar por la salida más cobarde. Luchó para poder sentarse y luego fingió que el movimiento la había mareado. Se dejó caer contra el cuerpo de Terry, le imploró que le rodeara la cintura con el brazo para sostenerla y cerró los ojos.

Pero las náuseas la tomaron por sorpresa. No estaba segura de si se trataba de una reacción a la trampa que había puesto en práctica o de que había perdido más sangre de la que creía.

Archie levantó el bajo del vestido y arrancó una tira de la enagua para usarla como venda. Entonces comenzó a colocarla sobre el hombro herido.

Candy miró las deterioradas vendas que le cubrían las quemaduras de las manos y meneó la cabeza por las paupérrimas condiciones en las que se encontraba. Dios, era una piltrafa. Desde que había conocido a Terry, tuvo que soportar una lesión o indignidad tras otra. De seguir así, moriría en una semana.

Quiso hacer ese comentario a su esposo, solo para herirle en su orgullo; pero, abruptamente, el malestar que pretendió fingir apenas minutos atrás se convirtió en realidad. Debió pedirle a Terry que la sostuviera por la cintura, aunque en esa ocasión por un motivo verdadero.

—No he decidido todavía si voy a despedir mi cena o a desvanecerme —murmuró.

Terry deseó fervientemente que se desmayara. Y ella le dio el gusto.

—Otra vez perdió el sentido —comentó Archie.

Terry asintió. Su voz sonó entrecortada, cuando dijo:

—Ha perdido demasiada sangre.

La angustia del barón no pasó inadvertida para Archie.

—No, Terry —contesto—. Solo lo normal. Se recuperará en una semana o dos.

Ninguno de los guerreros volvió a hablar hasta que Archie no terminó de atenderla. Terry permitió a su amigo que sostuviera a Candy hasta que subió al caballo. Una vez allí, tomó a su esposa y la situó sobre su regazo. Notó que el vendaje blanco que Archie había aplicado en su hombro ya estaba manchado de sangre.

—Tal vez se desangre hasta morir antes de que lleguemos a casa—masculló.

Archie meneó la cabeza.

—La hemorragia ha cesado —dijo—. Terry, no entiendo tu reacción. No estamos frente a una herida mortal.

—No quiero hablar de mi reacción —exclamó Terry.

Archie asintió de inmediato. Montó su corcel antes de volver a hablar.

—¿Por qué lady Candy se interpuso, Terry? Seguramente se habría dado cuenta de que su armadura le protegería.

—No lo pensó —respondió Terry— Solo se preocupó por protegerme a mí.

Su explicación pareció muy relamida.

—Candy dijo algo, justo después de… No entiendo a qué se refería, Archie, pero en todo esto hay algo más que…

No continuó. Uno de sus soldados le llamó la atención al ofrecerle su capa. Terry aceptó la prenda y la utilizó para tapar a Candy.

Luego dio la orden de reunir a sus hombres. Era la primera vez, en su larga trayectoria como guerrero, que emprendía la retirada de una batalla. Pero ni siquiera lo dudó. Candy era su única preocupación. Lo único que le importaba.

Pero de todas maneras, no fue necesaria la retirada. Archie vino a dar la noticia a Terry de que los atacantes habían huido con la misma rapidez con la que habían aparecido.

Terry se quedó pensando en lo extraño de la situación durante un largo rato.

Aunque los rebeldes habían tenido una clara ventaja al principio, a Terry no le habría costado nada obtener la victoria. Por otra parte, sus soldados eran mucho más idóneos que los sajones. Eso se había evidenciado en el modo en que el enemigo se había lanzado sobre ellos desde las colinas. Simplemente, se habían limitado a correr hacia adelante, sin preocuparse por flanquear a los normandos ni por cuidarse las espaldas. Tampoco hubo disciplina en las filas, por lo que constituyeron un blanco fácil para las flechas normandas.

Durante el largo viaje a Rosewood, Terry se mantuvo concentrado tratando de separar sus ideas de sus emociones. Una tarea sencilla, bajo circunstancias normales. Sin embargo, su corazón no hizo más que dificultarle la tarea. Cuando dio la orden de emprender la retirada, se repitió hasta el cansancio que solo estaba cumpliendo con su obligación. Candy era su esposa y su responsabilidad era protegerla. ¿Pero por qué estaban temblándole las manos todavía? ¿Por qué la herida de su hombro le enfurecía tanto que le impedía pensar?

Maldición, esa contrariedad estaba escapándosele de las manos. Candy interfería en sus pensamientos. Toda la vida de Terry había sido trazada cuidadosamente, como un mapa, hasta que apareció esa mujer. Ella tenía fácil acceso a cada una de sus ideas.

Cuando llegó al castillo, mientras la llevaba en sus brazos por las estrechas escaleras que conducían al cuarto, descubrió el alcance de la horrorosa situación.

No solo la quería. Se estaba enamorando de esa mujer.

Para ser totalmente franco, aceptar la realidad le dejó tan atónito que por poco la deja caer en las escaleras. Pero se recuperó de inmediato y siguió conduciendo a Candy hacia su habitación. Mientras tanto, su mente le dictaba, una tras otra, todas las razones por las que no era posible que amara a esa mujer tan obcecada e ilógica. Demonios, pero si le resultaba antipática la mayoría de las veces.

La lógica vino en su auxilio. No le era posible amarla. No sabía amar. Claro, se dijo. Durante todos esos años, había recibido entrenamiento para combatir. A nadie se le había ocurrido enseñarle a amar. Por lo tanto, era natural que le fuera imposible amar a Candy.

Por supuesto que siempre tendería a cuidar y a estimar a su esposa, porque ella era una posesión más. Terry le tendría el mismo aprecio que todo dueño siente por cualquier objeto valioso que le pertenece.

Se sintió mucho mejor después que ordenó todos sus sentimientos. No obstante, contradijo sus propias convicciones gruñendo a todos los sirvientes que presumían de su capacidad de velar por Candy. El barón Charlie había seguido el desfile de lloronas que subían las escaleras. Se quedó parado en la puerta, observando con creciente asombro a Terry, que trataba de tender a Candy sobre la cama. El monumental guerrero parecía no entender nada de lo que estaba presenciando. Dos veces le vio inclinarse sobre la cama, pero cada vez que volvía a incorporarse, Candy seguía en sus brazos. Era como si Terry no hubiera podido desprenderse de ella.

Charlie sintió pena por su amigo. Ordenó a todas las sirvientas que se marcharan de la habitación, con excepción de una de ellas; una dulce, rolliza y atractiva mujer, de nombre Dorothy, a quien Charlie había estado tratando de llevarse a la cama durante casi una semana. Le hizo un gesto, para que se echase a un lado y luego ordenó a Terry que pusiera a su esposa en la cama. Le apoyó la mano sobre el hombro.

—Quítate el casco y atiende a tus propias necesidades. Dorothy cuidará de Candy.

Terry se quitó el casco y acostó a Candy, pero se negó a abandonar la alcoba. Arrojó la cabezada a un lado y luego entrelazó ambas manos sobre la espalda. Se quedó como un guardia, junto a la cama. Vio que Candy se sobresaltó al escuchar el ruido del casco cuando dio contra el suelo. ¿Entonces podía escucharlos?, se preguntó. Tal vez comenzaba a recuperar el conocimiento. Dios, ojalá, imploraba Terry.

Candy sabía qué estaba sucediendo exactamente. Durante el viaje hasta su casa, había alternado entre un estado de inconsciencia real y uno fingido. El dolor del hombro se había calmado considerablemente. El problema era que tendría que explicar sus acciones a su esposo si él se daba cuenta de que ya se había recuperado y, en realidad, no sabía qué iba a decirle.

Necesitaba tiempo para determinar un plan de acción a su problema. Todavía estaba un poco aturdida por la noticia de que Albert estaba vivo… y agradecida, por supuesto. Como hermana, se sentía en la obligación de protegerle. Pero también era esposa de Terry. Le debía lealtad y también tenía la obligación de protegerle. Dios, qué confusión.

Candy empezó a temblar. Tenía miedo por Terry y por Albert. Conocía la naturaleza obstinada de su hermano. No descansaría hasta recuperar su fortaleza; pero Terry, por su parte, tampoco permitiría que Albert se quedara con ella sin pelear. Uno, o ambos, podría morir tratando de solucionar la cuestión.

Candy no quería perder a ninguno de los dos. ¿Qué iba a hacer? ¿Debería confiar en Terry y contarle toda la verdad? ¿Eso sería una deslealtad para con Albert?

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Necesitaba tiempo para ordenar sus ideas antes de actuar.

—Está sufriendo —murmuró Terry, atrayendo su atención—Quiero aliviarla. Ya mismo.

Candy no abrió los ojos. Deseaba que Terry la tomara entre sus brazos y le ofreciera todo el apoyo que tanto necesitaba en esos momentos. Quería que su esposo le asegurara que todo estaba en orden.

Que Dios la ayudara, pero realmente quería que él la amase, aunque solo fuera un poco, nada más.

—Podríamos enviar a alguien a la abadía a buscar algún curandero —sugirió Charlie.

Dorothy terminaba de revisar el baúl de Candy, tratando de hallar un camisón. Llevó una prenda blanca de algodón hacia la cama. Cuando Candy gimió, Dorothy se echó a llorar. Dejó caer el camisón y empezó a retorcer el ruedo de su manto, hasta hacerlo un nudo.

—Lady Candy no puede morir —sollozó—. Estaríamos perdidos sin ella.

—Deja ya de decir tonterías —le ordenó Carlie—. Ella no va a morir. Ha perdido un poco de sangre, eso es todo.

Dorothy asintió y luego recogió el camisón de su señora.

Charlie se quedó de pie junto a Terry, contemplando a Candy. Se frotó la barbilla y preguntó:

—¿Fue una flecha la que…?

—Se abalanzó sobre mí, para impedir que la flecha me alcanzara—le interrumpió Terry.

—Se recuperará —dijo Charlie otra vez—. ¿Estás de ánimos para contarme por qué está aquí? Pensé que sería entregada a algún valeroso caballero, como premio. ¿El rey cambió de parecer?

Terry meneó la cabeza.

—Es mi esposa.

Charlie alzó una ceja y sonrió.

—De modo que participaste en la contienda para ganarte su mano. Supuse que lo harías.

—No hice tal cosa —contravino Terry. Halló su primera sonrisa al responder—: Podría decirse que fue Candy la que se arriesgó por mí.

Charlie se echó a reír a carcajadas.

—Creo que aquí hay gato encerrado. Exijo una historia completa. Ahora quiero que mires hacia atrás, cuando ocurrió este lamentable hecho, y me expliques por qué tu esposa se arrojó sobre ti para defenderte. Tenías puesta tu armadura, ¿verdad?

—Por supuesto.

—¿Entonces por qué…?

—Tendré esas respuestas cuando Candy despierte.

Candy había escuchado toda la conversación claramente. Hasta hizo una mueca por la aspereza del tono de voz de su esposo. En ese preciso instante, decidió que lo mejor era seguir inconsciente, durante una o dos semanas más, hasta que decidiera qué hacer con Albert. Pero no mentiría a Terry. Para ella su palabra era tan importante como su lealtad. Había hecho una promesa a su esposo y la cumpliría.

—Ruego a Dios que lady Candy sepa dónde está cuando despierte.

El comentario de Dorothy atrajo la atención de ambos guerreros.

—¿Qué estás murmurando? —preguntó Charlie—. Por supuesto que sabrá dónde está.

Dorothy meneó la cabeza.

—Mucha gente pierde la memoria después de haber recibido un fuerte golpe en la cabeza o después de haber perdido mucha sangre. Otros se confunden. Y otros se vuelven un poco olvidadizos. Estoy diciéndoles la verdad —agregó, con un sollozo—. Tal vez, milady ni me reconozca.

—Jamás he oído hablar de esas cosas —gruño Charlie.

Durante la conversación, Terry no apartó la vista del rostro de su esposa en ningún momento, de modo que solo él pudo darse cuenta de que la mueca de dolor había desaparecido. En su lugar, se había instalado otra, de tranquilidad. ¿Estaría escuchando la conversación?

—Candy, abre los ojos —le ordenó.

Ella no le obedeció. Solo se quejó. Fue un sonido dramático, sin embargo, para nada convincente. ¿A qué estaba jugando?

Terry no pudo contener su repentina sonrisa. Candy se repondría. Se sintió profundamente aliviado.

—Contestarás a mis preguntas cuando despiertes, Candy.

Ella no respondió.

—Todavía está inconsciente, milord —susurró Dorothy— Está agotada.

Terry suspiró. Y luego esperó.

Pasaron varios minutos. Dorothy abandonó el cuarto, en busca de lo necesario para cambiar los vendajes de Candy. Charlie se ocupó de encender la chimenea. Terry no se movió de la cama de su esposa.

Por fin Candy abrió los ojos. Lentamente, su mirada buscó la de Terry. Tenía la mirada limpia, para nada turbada. Terry decidió que el entrecejo fruncido era fingido.

Adivinó su plan antes de que ella lo pusiera en marcha.

—¿Dónde estoy? —Candy observó su entorno, antes de prestar atención a Terry.

Él se sentó en la cama.

—En tu cuarto —le contestó—. Has dormido un largo rato.

—¿Sí?

Terry asintió.

—¿Quién es usted?

Terry disimuló su exasperación. Había estado en lo cierto: Candy había escuchado perfectamente los comentarios de Dorothy. Colocó una mano a cada lado de Candy y se agachó.

—Soy tu esposo, Candy —murmuró—. El hombre a quien amas más que a nadie en el mundo.

Esa frase provocó la reacción que él esperaba. Pareció pasmada. Pero no fue suficiente para él.

—¿No lo recuerdas? —le dijo.

Candy se encogió de hombros. Él sonrió.

—Soy el hombre a quien suplicaste de rodillas que se casara contigo. Seguramente, recordarás cómo me rogabas…

—Yo no te supliqué que te casaras conmigo, insolente cret…

Terry la hizo callar con un largo beso. Ella le frunció el entrecejo. El barón no pudo sentirse más feliz. Su esposa estaba a punto de recuperarse.

—Tendrás que explicarme por qué has reaccionado así, Candy.

Ella le miró, durante un largo rato.

—Lo sé —dijo por fin, con un suspiro resignado—. Solo te pido que tengas paciencia y esperes a que me sienta mejor, Terry. ¿De acuerdo?

Él asintió.

—También tendrás que prometerme que nunca, nunca jamás, volverás a hacer una tontería semejante, a riesgo de tu propia vida. Careces completamente de autodisciplina, Candy.

La joven se sintió muy ofendida. Terry se puso de pie y se dirigió hacia la puerta.

—Esperaré hasta mañana para que me des ambas cosas: tu confesión y tus disculpas, esposa. Ahora tienes mi permiso para descansar.

Candy se incorporó violentamente en la cama. El movimiento le produjo un dolor insoportable.

—Solo quise salvarte el pellejo, desagradecido.

Terry no dejó de caminar.

—Sí, por supuesto —admitió él—, pero hay algo más detrás de todo esto, ¿no es cierto?

Ella no le contestó. Esa reacción iracunda le había arrebatado todas las fuerzas. Volvió a desplomarse sobre la cama. Estaba murmurando, con coloridos improperios, todo lo que opinaba sobre su esposo, cuando se dio cuenta de que el barón Charlie estaba parado junto a la chimenea. Se sintió horrorizada al comprobar que el caballero había sido testigo de una actitud tan indigna por parte de ella.

—Por lo general, no acostumbro a levantar la voz a nadie—declaró—. Pero este hombre me saca de quicio, barón.

Charlie sonrió.

—¿Por lo general le dice que es un hijo de perra?

De modo que le había escuchado los murmullos. Candy suspiró.

—Solo cuando creo que nadie me está oyendo llamarle así—confesó.

Charlie se acercó al lecho.

—¿Está lo suficientemente descansada como para contarme qué le sucedió, Candy? Me intrigan los vendajes que tiene en las manos.

Ella frunció el entrecejo.

—Ha sido una semana de lo más difícil, barón.

—Eso creo.

—Todo iba perfectamente bien, hasta que conocí a Terry.

—¿Entonces cree que todas estas lesiones son culpa de Terry?

—No directamente —eludió Candy.

Por la expresión expectante del barón, la muchacha se dio cuenta de que él pretendía que le ilustrase con detalles, pero ella no estaba dispuesta a hacerlo. Que Terry le explicara todo.

—Es una larga historia, señor —murmuró— Y penosa, también. Basta decir que ese hombre es responsable.

—¿Ese hombre?

—Terry.

Cerró los ojos y volvió a suspirar. Charlie supuso que querría descansar. Se volvió para marcharse.

—No sé para qué me he molestado en salvarle la vida—susurró—¿Acaso ha expresado su gratitud?

Charlie detuvo sus pasos. Estuvo a punto de responder, cuando ella misma lo hizo por él.

—No, barón, no lo ha hecho. Tampoco supo valorar mi acto de arrojo. No, al contrario, se enfureció conmigo. Es insufrible. Puede comentarle también que he dicho eso de él, milord.

Volvió a cerrar los ojos. Charlie trató de abandonar los aposentos por segunda vez. Pero al llegar a la puerta, ella le pidió que transmitiera a Terry otras de sus opiniones.

Quince minutos después, Charlie por fin pudo irse de allí.

Terry le encontró al pie de las escaleras.

—He estado a punto de enviar a buscarte —le dijo—. Candy necesita descansar, Charlie.

Hubo tanta desaprobación en la voz de su amigo que Charlie se echó a reír.

—Yo no la he fatigado, si es eso lo que te preocupa —le dijo—. A decir verdad, fue ella la que me agobió informándome sobre todo lo que opina de ti. ¿Quieres escuchar algunas de sus frases?

Terry no disimuló su exasperación frente a Charlie.

—No me interesan las trivialidades. Candy está bien ya. Cuando se recupere del todo, le explicaré cuáles son sus obligaciones.

Se dirigió hacia la puerta con la intención de salir, cuando Charlie le detuvo.

—Todo es tan fácil para ti, ¿verdad, Terry?

—Por supuesto —gritó Terry por encima de su hombro. Ignoró la picardía del tono de voz de su amigo—. Tal vez sea un flamante esposo, Charlie, pero entiendo que solo hay un modo de que esta sociedad funcione para satisfacción de todos: yo daré las órdenes y ella las obedecerá. Seré paciente, por supuesto. Candy se merece esa consideración. Para ella, el matrimonio es algo nuevo también—agregó—. Una vez que ella lo comprenda, la vida será sencilla. Solo tiene que obedecerme, Charlie. No es tan difícil.

—¿Candy ha entendido este dictado? —preguntó Charlie.

—Con el tiempo lo hará —juró Terry Su voz fue dura al agregar—Tendré un hogar apacible.

La puerta se cerró violentamente tras esa promesa.

Charlie se volvió, para mirar en dirección a las escaleras. Se rio otra vez. Claro, pensó, Terry vivirá en paz. Pero Candy primero se ganará su corazón.

Continuara...