Le estaba agarrando la mano. Sentía por fin el tacto de la misma en la suya. El cuerpo y la mente de Obito estaban tan alterados por las nuevas sensaciones que olvidó donde se suponía que tenía que ir cuando ya tenía el kamui activado, haciéndolos aparecer en un lugar diferente. Fue consciente de inmediato que la elección no era al azar, estaban en medio de un bosque y él lo reconoció de inmediato. Fue la primera vez que salió de la aldea en una misión de rango C con su equipo. A Rin le había encantado aquel lugar y tenía recuerdos bonitos con su equipo asociado al mismo. No tenía ese lugar en particular en mente mientras se teletransportaba, así que podría ser que su subconsciente tuviese algo que ver. Siempre quiso volver con ella ahí, sin Kakashi ni Minato, convertirlo en su sitio especial.
Sintió un amargo brote de culpabilidad, la estaba olvidando tan rápido y reemplazando por otra persona. Obito dudaba merecer lo que le estaba pasando, pero un sólo vistazo a Deidara le hacía olvidar eso. Quería estar con él, aunque no se sintiera merecedor del todo de esa felicidad.
—¿Un bosque? Qué inhóspito —dijo Deidara—. Interesante elección, hm.
Algo suave y húmedo empujó contra la palma de su mano antes de que pudiera contestar. Al ser consciente de que era su lengua, un cálido hormigueo sacudió su cuerpo entero.
—¿Qué haces? —preguntó con curiosidad.
La expresión de Deidara cambió. De repente de veía avergonzado. Dio un tirón a su mano para soltarse de él, pero Obito lo agarró fuerte, impidiéndoselo.
—¡Te juro que no soy yo! —dijo, dando unos cuantos tirones más.
—¡No! ¡Está bien! Está bien, de verdad, no me importa —respondió, la lengua no se detenía.
—No sé qué le pasa, normalmente las tengo bajo control.
—Ya dije que no me importa —murmuró apartando de su cara un mechón de pelo rubio.
—¿No lo encuentras asqueroso?
Obito sacudió la cabeza, preguntándose como podría parecerle asqueroso.
—No.
Le dio la vuelta a la mano de Deidara para observar mejor la lengua en su palma.
—Te quitaste los guantes —dijo Deidara, la solicitud de una explicación implícita en su tono.
—Dijiste que no confías en la gente con guantes porque siempre tienen algo que ocultar. Quiero que confíes en mí —dijo, mientras su pulgar jugueteaba con la punta de la lengua en la mano de Deidara.
El burbujeo que sentía en el estómago escaló a un nuevo récord. Al fijarse en Deidara, lo vio mirando lo que estaba haciendo sin parpadear, un leve sonrojo en sus mejillas. Tragó saliva, pensando en lo arrebatadoramente bello que era.
—¿Te diviertes, hm?
—Es un curioso kinjutsu, quería examinarlo más de cerca.
No estaba mintiendo, pero no vio venir que escalaría a algo más íntimo.
—Sí, claro —se burló, y Obito se sintió avergonzado—. ¿Y por qué un bosque? ¿Quieres que tengamos intimidad?
—En verdad, yo quería llevarte a la capital. Tenía pensadas algunas cosas que podríamos hacer... Lo que aún no comprendo yo mismo es por qué tenía este lugar en la cabeza.
—¿No puedes controlar tu propia técnica de teletransporte? Eso no suena bien.
—¡Es la primera vez que me pasa en muchos años! Un jutsu de espacio-tiempo requiere más concentración que cualquier otra técnica y...
Deidara pegó su cuerpo al suyo agarrándolo de los brazos para apoyarse en él.
—¿Significa eso que te pongo nervioso, hm? -dijo con una sonrisa de picardía.
—Eh, b-bueno, puede ser... —respondió avergonzado—. Pero tú tampoco puedes controlar bien esas lenguas en tus manos. Tal vez yo también te ponga nervioso a ti.
Por ese comentario, recibió un codazo de Deidara y él rió. Obito estaba feliz por ver que a ambos tenían reacciones parecidas el uno con el otro.
—De todos modos. ¿Sabes donde estamos? ¿Has estado aquí antes?
—Sólo puedo desplazarme a lugares en los que ya he estado. Vine aquí una vez, hace muchos años. Siempre quise volver pero nunca encontré la ocasión. Estamos en un bosque al norte del País del Fuego.
Sí, tenía buenas memorias asociadas a ese lugar, eso debió provocar el desplazamiento involuntario.
—Hm... Entonces quedémonos un rato. Vayamos a dar un paseo —dijo tomándolo de la mano de nuevo.
La lengua se había escondido de nuevo en el interior de la palma de su mano, y Obito se preguntó si Deidara se estaba concentrando en mantenerla bajo control. Él estaba feliz por agarrarlo de la mano, con lengua o sin ella. E incluso, quizá fuera mejor sin ella en el fondo. El malentendido de antes sobre sus intenciones podría volverse más cierto de lo que parecía en un principio. Obito jamás había anhhelado a nadie de esa manera.
Sentir deseo por alguien era prácticamente nuevo para él. Podía sentirlo en la forma en que su cuerpo reaccionaba a su ausencia, su proximidad y su roce. Y se sorprendió llegando a la humillante conclusión que ya no era un crío inocente de trece años al que nunca le explicaron como se hacen los bebés. Fue Guruguru quien se encargó de esa tarea junto a Zetsu blanco durante esa etapa de recuperación que pasó junto a Madara, antes de la muerte de Rin. Por supuesto, Obito no le había creído, lo que contaba era muy asqueroso. No fue hasta años después cuando descubrió que estaba diciendo la verdad, pero para ese entonces ya no importaba, ni le interesaba pensar en ello, puede que la roca le hubiera privado también de la capacidad de sentir deseo.
Luego el maldito Kakashi comenzó a leer groserías usando el sharingan para avanzar más rápido. El texto a veces aparecía escrito en los cubos de su mundo interior. Muros y muros llenos de guarradas a donde quiera que mirase, a veces incluso impresos en el suelo por lo que no le daba tiempo a mirar a otro lado antes de que determinadas escenas quedasen grabadas en su retina. Obito tenía planeado reprocharle lo de los libros eróticos si algún día sus caminos llegaban a cruzarse. No era para eso que le dio uno de sus ojos.
Pero desde que comenzó a sentir aquello por Deidara, descubrió que la roca no lo había dañado en ese sentido. Se sorprendió pensando que era un alivio, ya demasiadas cosas en su cuerpo ya no funcionaban como deberían. Aunque también lo avergonzaba terriblemente pensar que lo veía como un pervertido. Quizá debería dejar de darle vueltas. Si era un pervertido era sólo por culpa de Kakashi, como siempre. Leer tanto porno con su ojo seguro habría afectado a su subconsciente. Sí, era sólo culpa de él. Se esforzaría porque Deidara no pensase eso de él en el futuro.
Obito oyó a Deidara tararear una canción que hizo que dejara sus preocupaciones de lado. Esa melodía precisamente le traía memorias agradables de tardes de verano en Konoha, jugando al escondite con sus primos pequeños. Les solía decir que cuando se convirtiera en hokage haría que la tocasen el día de la ceremonia cuando se presentase a toda la aldea por primera ataviado con el sombrero y el uniforme. Qué épico se imaginó siempre ese momento.
—¿Te gusta esa canción? A mí me encanta. Fue mi favorita.
Deidara dejó de tararear.
—¿Fue?
—Bueno... No es como si me hubiese estado preocupando por eso estos últimos años —respondió con amargura—. ¿Cómo es que la estabas cantando?
—La escuché antes, tal vez en algún puesto de comida por el que pasé al ir a casa, hm —hizo una pausa para observarlo, Obito se preguntó por qué—. ¿Así que te gusta? Debe tener por lo menos veinte años. Mi madre siempre menciona que le recuerda a su juventud.
¿Lo estaba llamando viejo?
—Es un clásico. Los clásicos nunca pasan de moda —dijo a la defensiva, antes de notar si quiera que lo estaba—. Sólo me pareció una coincidencia curiosa que estuvieses cantando precisamente esa. Quizá sea una señal.
—¿Señal? Quien iba a decir que el que vino a mi casa a hablarme sobre como los vínculos son el punto débil de uno creía en las señales.
Obito se entristreció.
—Por favor no hablemos de eso.
Pasaron por un puente colgante hecho de cuerdas y tablas y Deidara miró hacia abajo, al río de agua verdosa que corría bajo ellos.
—Alguna vez tendremos que hacerlo, hm.
—De acuerdo, pero no ahora. Sólo quiero que nos lo pasemos bien.
Siguieron por el sendero que les esperaba al otro lado.
—... ¿Te lo estás pasando bien? —prosiguió—. Hay muchos bosques cerca de Iwa, quizá lo encuentras aburrido.
—Es cierto que hay muchos bosques, pero son muy diferentes a este. Los del País de la Tierra son más secos, hay más pinos, más matorrales... —Deidara se distrajo un momento, mirando a lo lejos una cierva con sus dos cervatillos que salieron huyendo al oírlos hablar—. Ni siquiera sé el nombre de muchos de estos árboles.
Obito sí los sabía, le hicieron estudiar la fauna y la flora del país en la academia, pero no quería quedar como un sabelotodo. ¿Era eso de lo que se hablaba en una cita? La idea de que podría impresionar a Deidara con su conocimiento sonaba idiota. Se dio cuenta que estaba de nuevo dándole demasiadas vueltas a las cosas. Esa fue la razón por la que nunca se le declaró a Rin.
—No me dijiste si te estás aburriendo —insistió.
—Nah... Hace mucho que no doy un paseo, hm —lo miró con una media sonrisa que a él se le contagió—. Aunque prefiero volar. Otro día podemos ir en mi nube si no te da miedo.
—¡Claro que no me da!
A él no le importaba ir en nube, o caminando. Lo único relevante en la frase era que Deidara estaba planeando algo más para hacer juntos. Pero primero debía hacer que esa cita fuera bien. Enmendar sus errores con él, hacer que se relajase del todo, ya que a veces sentía que estaba demasiado alerta, como si el miedo a ser capturado no se hubiera ido del todo. Era por su culpa, pero no le gustaba que fuera así.
—Déjame ver qué hay más allá.
Deidara se soltó de su mano, dirigiéndose a la orilla del sendero.
—¿A dónde vas? —preguntó, mientras lo veía trepar con agilidad a un árbol.
—Ya me cansé de seguir el camino, hm. ¿Por qué no vamos por aquí?
Saltando de rama en rama, pronto desapareció de su visión y comenzó a localizarlo a través de la posición de su chakra. Para ser un ninja de Iwa, se movía bien a través del bosque, lo cual era una especialidad de los ninjas de Konoha. Se preguntó si ser el jinchuuriki del yonbi tendría algo que ver, pero es algo que jamás le preguntaría por temor a ofenderlo. De un salto, Obito se posó sobre una rama, agarrándose a la misma al aterrizar para estabilizar más rápido su equilibrio. No tardó mucho en empezar a seguirlo, esforzándose en ponerse a su altura para que viera que podía seguirle el ritmo.
Acabaron convirtiéndolo en una competición amistosa, cada uno intentando sobrepasar al otro usando todo tipo de trucos, incluído el kamui a pesar de las protestas de Deidara por hacer trampa, que usó su fuerza extra para propulsarse, rompiendo en el proceso unas cuantas ramas. Más adelante, el terreno comenzó a elevarse, haciendo más difícil la carrera. Obito desapareció unas ramas por encima para avanzar y cortarle el paso a Deidara por el frente cuando vio un edificio en la cima de la cuesta.
—¡Hey! ¡Vayamos en esa dirección, he visto algo interesante.
Deidara cambió de rumbo y cuando el bosque dio paso a un claro, ambos bajaron de nuevo al suelo. Frente a ellos se erigía el característico portal rojo de un templo shinto, aunque a juzgar por las enredaderas que trepaban por el mismo y el aspecto podrido de la madera, debía llevar años abandonado.
—Desde luego sí pinta interesante, vamos a ver qué hay más allá, hm.
Tuvo que evitar emocionarse cuando Deidara lo tomó de la mano de nuevo, guiándolo hacia las escaleras de piedra erosionadas y llenas de musgo que había más allá del portal. El sol acababa de ponerse y la luz estaba comenzando a decaer dándole al entorno un aspecto más solemne. Pasaron por un pequeño y descuidado cementerio y varias estatuas de buda también manchadas por el musgo y la humedad antes de llegar al edificio el cual estaba cerrado, malas hierbas creciendo sin control por todas partes. Se adelantó para examinarlo más de cerca mientras Deidara se entretenía con las esculturas. En la pared de madera, decenas de parejas habían dejado su nombre dentro de un corazón. Una inscripción dejada por alguien hace mucho tiempo decía que daba buena suerte. Aunque sólo pareciese una excusa para vandalizar un lugar sagrado, Obito sintió ganas de hacerlo, era el tipo de cursilada que a su viejo yo le habría gustado, si eso no significase tener que revelar su nombre. Antes de que Deidara lo leyese, saltó al techo y se sentó en él.
—Este parece un buen sitio en el que parar un rato. ¿No quieres subir y sentarte...? —la mano de Obito se congeló en el aire, a medio camino de las tejas junto a él, pero se le ocurrió una idea mejor, le daba vergüenza expresarla, sería un nuevo récord de atrevimiento y puede que Deidara aceptase. Su mano se retractó, posándose en su pierna con una media sonrisa— ¿...aquí?
La falta de luz camuflaría su sonrojo. Deidara alzó una ceja, y él se regañó a sí mismo en su interior. Si se le sentaba encima iba a acabarse en los pantalones en dos segundos o menos. Una parte de él rezó porque no le hiciera caso, y la otra porque sí, pero ambas partes se averiaron en cuanto Deidara saltó al tejado y se sentó sobre sus piernas, agarrándose a su cuello para mantenerse estable.
—Hola, hm.
Le hubiese gustado contestar algo seductor a eso, si tuviera idea alguna de como seducir.
Aunque quizá, no necesitase decir nada, Obito se armó de valor y rodeó su cintura con un brazo, colocando la mano libre en la rodilla del chico. Por suerte su predicción no se cumplió, pero debía tener cuidado para que Deidara no notase una erección que ya comenzaba a cobrar peso y vigor. Con disimulo, la plegó entre sus piernas mientras lo besaba para distraerlo. Podría soportar las molestias si eso significaba no alarmarlo y ahorrarse pasar más vergüenza. Cuando Deidara apoyó todo su peso en su cuerpo, ambos casi caen hacia atrás, pero logró mantenerse estable a duras penas. Tras hacer una pausa para apartar unos mechones de cabello rubio que se habían colado entre ambos. Deidara comenzó a reír, y él lo calló uniendo sus labios otra vez. Fue un beso menos torpe que los anteriores, también más calmado. A él le pareció perfecto y su mano fue moviéndose de su rodilla arriba de su pierna, estrujándola un poco para obligarse a detenerse ahí.
Ambos tomaron aire, tras lo cual Deidara apoyó la cabeza en su hombro. Su mentón quedó rozando su suave cabello suelto. Obito no podría haberse sentido más feliz en ese momento. Se preguntó si no estaría teniendo el mismo problema que él, aunque con la túnica holgada que había elegido para la ocasión era difícil de decir. Como fuera, quizá mejor no saberlo, no había pensado aún cómo actuar, ni quería que Deidara volviese a sentir que estaban yendo demasiado deprisa.
Así estaba bien. Deidara descansando sobre él, sintiendo su pecho subir y bajar con cara exhalación, siendo consciente de cada movimiento en su cuerpo, por pequeño que fuera. Sí. Así era inmejorable.
—Pregúntame algo —dijo Obito luego de un rato.
—¿Algo como qué?
—Lo que tú quieras. Decías que querías saber más de mí.
Obito quería volver a aprender a confiar en alguien, así como ganarse la confianza de Deidara. Había llegado el momento de darle esa información que tanto quería. También estaba intrigado por saber lo que Deidara iría a preguntar primero.
Cambiando ligeramente de posición, el chico se irguió para mirarlo y acariciar la parte derecha de su rostro.
—¿Qué te pasó en la cara, hm?
Pensó que iría a preguntar por su nombre, pero al parecer, había sido más astuto, un nombre no significaba tanto comparado con un fragmento de su pasado, Obito había tenido ya demasiados nombres y Deidara ya sabía que eran falsos. Preguntar eso era una manera de entenderlo mejor. Conmovido, decidió responder con honestidad.
—Tuve un accidente hace muchos años, durante la tercera guerra. Estaba intentando proteger a mi compañero de equipo de un desprendimiento en una cueva. Lo empujé y el techo cayó sobre mí —dijo.
Su párpado se cerró, los dedos de Deidara aún recorrían los desperfectos de su cara, su toque ligero y superficial. La sensibilidad en algunas zonas era demiasiada, en otras demasiado poca.
—Eso fue algo muy noble —Deidara ahora lo miraba con más curiosidad que antes—. ¿Fue por eso que cambiaste así?
—No. Eso fue sólo el comienzo. Debí haber muerto aquel día. A veces deseé que hubiera sido así, al menos habría muerto siendo un bobo bienintencionado. Jamás me habría convertido en una persona despreciable. Y aún seguiría pensando así de no ser por ti.
Respiró hondo, dándose cuenta que estaba apretando a Deidara con demasiada fuerza a pesar de que el otro no se quejó. Deseó que el otro no insistiera en el tema, aunque si seguía preguntando se sentiría en el deber de responderle.
—¿Qué es lo que hice exactamente? ¿Tan buen besador soy? Es bueno descubrir que tengo nuevos talentos, hm —bromeó.
Descubrir... Sus labios se abrieron ligeramente. ¿Fue ese el primer beso para ambos? Obito no podía creer que nadie más hubiera puesto sus ojos antes en alguien tan bello. A penas había luz ya, así que Obito podía sonrojarse con tranquilidad de no ser visto. No habló de nuevo hasta que no se aseguró que no iría a tartamudear.
—Deidara, por años no me importó nada ni nadie. Planeaba crear un mundo nuevo, así que traté a este y a todos los que lo conformaban como si hubiera acabado ya. No merecía la pena preocuparse por algo que iba muy pronto a dejar de existir, ni moverse para hacer sanar algo cuya cura no existía y cuyo reemplazo estaba por ocurrir. Pensé que podría hacer cualquier sacrificio... Pero admitirme a mí mismo que me importas hizo que todo lo anterior perdiera el sentido. No sólo porque no estaba dispuesto a extraer al biju de ti, sino porque es la primera vez que pienso en años que este mundo podrido tiene algo bueno, y que tal vez merezca la pena luchar por él sin tener que borrarlo y comenzar una nueva era.
Él volvió a cambiar de postura, dándole otra vez la espalda, en silencio. Obito lo dejó meditar, abrazándose a su cintura y atrayéndolo hacia sí. Deidara que era todo color, cabello dorado, ojos de cielo, explosiones, locuras y él tan apagado, tan marcado por los recuerdos mental y físicamente, apagado como los restos carbonizados de una hoguera extinta. Lo abrazó más fuerte.
Los destellos de decenas de luciérnagas brillaban abajo. Poco a poco, Deidara colocó una mano sobre las suyas, entrelazadas frente a su cuerpo.
Obito se sintió en calma por primera vez en mucho tiempo, por muy extraño que fuera, nada lo estaba angustiando. Ni el futuro y lo que haría con Akatsuki, ni el pasado y todo el horror que vivió y provocó, ni el presente y lo que Deidara pensase de él. Quería volver a ser feliz más que nunca, y en ese momento estuvo convencido de que lo había logrado.
Inclinándose sobre él, besó su cuello justo al lado del nacimiento del pelo. Tuvo que contenerse para no seguir, a pesar de que nada en ese momento le apetecía más.
—Espero que algún día puedas perdonarme por todo lo que te hice pasar.
—No estaría aquí si aún te guardase rencor. ¿No crees?
—Puede. Pero debía dejar ese punto saldado. En otra ocasión te contaré cómo acabé abrazando esa ideología—. No sabía si sería capaz de seguir hablando del asunto en ese momento—. De momento, sabes un poco más de mí. También esperaré que tú también me cuentes algo.
—Yo no soy tan complicado, hm. Lo que ves es lo que hay.
—Eso suena demasiado simple. No me lo creo.
La orquesta de grillos hacía rato que comenzó a sonar, de vez en cuando Obito podía sentir el revoloteo de algún murciélago o buho cerca de ellos. Siempre supo que aquel bosque sería especial para él, aunque si le hubieran dicho por qué en ese entonces, jamás lo habría creído.
—De todos modos, podríamos ir ahora al lugar donde pensabas llevarme. ¿No tienes hambre, hm?
—No. ¿Tú sí?
A Obito hasta se le había olvidado la hora que sería.
—¡Claro que tengo! Me pasé el día entrenando y llegaste antes de que tuviera tiempo de cenar.
—Entonces Deidara, déjame que te lleve a cenar.
En la oscuridad de la noche, cuando Deidara se volteó para contestar al Uchiha, lo único que podía ver era el destello rojo del sharingan que acababa de activarse, iluminando de forma casi siniestra las cicatrices bajo su ojo y sobre el mismo. Los tres tomoe mutaron con el diseño del Mangekyo Sharingan y sintiendo lo que se avecinaba, Deidara se agarró con fuerza a él antes de que el mundo comenzase a distorsionarse por la espiral procedente del ojo.
Luces demasiado intensas para su ojo acostumbrado a la oscuridad aparecieron de repente. La temperatura y humedad también cambiaron. Era sin duda la capital del País de la Tierra siendo llevado en brazos. Lo reconfortó poder verlo con claridad de nuevo y más aún cuando vio el sharingan desaparecer.
—Oh, te funcionó esta vez la técnica. Debe ser que estoy perdiendo mi toque, hm —bromeó.
—¿Cómo estás tan seguro de eso? —replicó él—. Quizá soy yo quien tiene mayor resistencia a tus encantos.
—¿Vas a bajarme al suelo o no?
—No lo sé, me gusta llevarte en brazos.
Ahí donde estaban, en una calle perpendicular a una avenida, nadie parecía haber reparado en ellos aún, aunque no es como si le importase dar la nota. Como ya pensó, al salir de ahí alguna gente se le quedó mirando, pero como no temía ser reconocido, Deidara sólo les sacaba la lengua de vez en cuando mientras decidían qué es lo que cenarían. Unos pinchos de unagi fue lo elegido. Podrían caminar tranquilamente mientras cenaban y no necesitarían platos.
La ciudad estaba realmente animada a esa hora con todo el mundo dándose un respiro después del duro día. Deidara se preocupó por un segundo ante la idea de que hubieran descubierto su ausencia y lo estuviesen buscando pero no quería irse a su casa aún, si estaban alarmados ya daba igual cuanto tardase. Caminaron un trecho en silencio mientras comían, y justo al terminar, Deidara olfateó el aire, habiendo detectado un olor dulce y delicioso que parecía provenir de un carrito de venta de algodón de azúcar.
—¿Te apetecería comer uno o ya te saciaste? —le dijo el Uchiha, que se había dado cuenta de inmediato de a dónde miraba.
—Eres demasiado educado a veces —comentó, encontrando innecesariamente formal su elección de palabras—. Ni Onoki-sensei habla así.
—Recuerda que me preparé todos esos años para hacer creer al mundo que yo era Madara. Él sí que hablaba así.
No recordó haberle dicho que quería un algodón de azúcar, pero él se había acercado al carrito igual. Deidara estaba intrigado por ese nuevo tema de conversación y decidió no discutirle.
—¿Entonces, conociste al viejo?
—Fue él quien me rescató, de hecho. Tras su muerte decidí adoptar su identidad por motivos tácticos. Tras dejar la aldea, perdí todos mis objetos personales. Todo lo que tengo es suyo. Este traje era suyo, mis sandalias también, así como la colonia que llevo puesta. Pero él cuidaba mucho de sus cosas, así que todo está en buen estado.
Mientras pedía, Deidara lo observó de arriba a abajo. Ahora entendía muchas cosas.
—Ya veo por qué desprendes ese aura anticuada, hm —dijo una vez hubieron partido con el algodón de azúcar, antes de que pudiera probarlo, él le robó un pedazo.
—¡Eh! No es anticuada, es clásica. El clan Uchiha era prestigioso, sólo usaban ropa de calidad.
—Bueno, el traje me gusta. Y creo que te sienta bien, y me gusta su textura —dijo, notando divertido cómo el otro se sonrojaba—. Podrías vender eso a un museo y comprarte algo moderno.
—Pero acabas de decir que te gusta, creo que merece la pena quedármelo.
Deidara no encontró una forma válida de quejarse, divisó un karaoke, e imaginando que sería divertido verlo cantar otra vez, lo tomó del brazo para guiarlo hasta la entrada. Él se paró en seco cuando se dio cuenta a donde se dirigían.
—¡No canto bien!
—Nadie canta bien en un karaoke, el punto es divertirse, hm.
—No creo estar listo para esto —dijo, dando un paso atrás.
Volvió a tirar de su brazo.
—Oh... No me vengas con esas. Quiero hacerte hacer algo que te de miedo. ¡Prueba que no eres un anciano anticuado en cuerpo de joven!
No supo si se resignó o lo convenció, pero se dejó arrastrar por él al interior del karaoke. Sabía muy bien qué canción iba a pedir, la que le oyó cantar en cubo de aquella extraña dimensión. Si su teoría era correcta, un estado de ánimo positivo desencadenaba recuerdos agradables. Esa fue una de las razones por las que la confianza en él fue en aumento. Cuando la canción comenzó a sonar, ambos la cantaron juntos, compartiendo micrófono. Tener sus labios tan cerca y obligarse a no besarlos fue difícil, ya lo haría después cuando estuvieran a solas. Aquel tipo lo volvía loco de una manera que jamás esperó de nadie. Yendo pasados de copas, varios desconocidos se unieron a ellos, gritando y desafinando. Ambos se miraron riendo, y él supo que al final se lo estaba pasando bien. Se quedaron por un par de canciones más antes de salir otra vez a la calle. Algunas tiendas estaban comenzando a cerrar. Era gracioso porque en Iwa a las cinco y media casi todo estaba ya cerrado. La vida en la capital era tan diferente...
—Supongo que es hora de que te acompañe a casa. Aún tengo que pensar en una historia de por qué no pude hacer lo que se supone que debía para atraparte.
Deidara decidió que no le gustaba demasiado viajar en kamui, pero ya estaba resignado a tener que acostumbrarse. Pronto harían las cosas a su manera. Aparecieron en su habitación, y fue consciente ahí de que se iba a ir de un momento a otro. Para alargar su estancia un poco más, se abrazó a él con todas sus fuerzas. Sí, la textura de aquel traje le agradaba. Era cómoda, suave y caliente. Podría quedarse así una hora y no cansarse.
—Gracias por aceptar venir conmigo hoy —susurró, respondiendo a su abrazo—. Jamás me lo pasé tan bien.
Él aún no quería soltarlo. Fue mejor de lo que él imaginó que sería, pero aún no podía parar de darle vueltas a una cosa.
—¿Aún no vas a decirme tu maldito nombre, hm?
Silencio. Deidara empezó a pensar, que no se lo iba a decir ese día tampoco. Ya iba a soltarse algo ofendido cuando él habló.
—Cuando sepas mi nombre, tendrás un poder inmenso sobre mí. Podrías ir ahora mismo a Konoha y decírselo a la godaime y ese sería el fin de todo. Podrías extorsionarme con divulgarlo y manejarme a tu antojo...
—¡No me interesa nada de eso! Sólo quiero saber quién eres -exclamó, y recordó que su madre debería estar en casa a esa hora y no debería gritar así. Ya debería haber aprendido.
—...no me dejaste terminar. Confio en ti y quiero que lo sepas. Mi nombre es Obito Uchiha.
El nombre no le decía mucho, pero apreció el gesto y le alegró no tener que llevarse una decepción.
—Ya era hora, Obito Uchiha, hm.
—¿Mejor? —dijo, tomando su barbilla—. Eres la primera persona en muchos años en llamarme así.
Cuando lo besó, Deidara se negaba aún a dejarlo ir. Apoyó la mano en su estómago, sintiendo los duros abdominales que había bajo la tela. Quería verlos. Un ruido procedente de abajo los alarmó, haciéndolos parar.
—Duerme bien, Deidara —susurró, sus frentes aún unidas.
—No me extrañes demasiado, hm.
Aún estaba agarrado a su manga cuando desapareció en la espiral. Deidara no podía dejar de tararear aquella canción.
Qué bonito es el primer amor aw. :3 Y qué boniito fue escribir este. Me hizo feliz. Sí. En ese mundo hay karaokes, una vez Yamato y Kakashi fueron a uno. Ah, están enamoradísimos, no puedo asjflkjl. No pasó demasiado, pero hubo muchas confesiones.
¡Saludos y gracias por leer!
