¿Queres un café? – preguntó tranquila, más de lo que ella misma pudiese creer.
No, gracias. – contestó y volvió a la lectura…
Yo me voy a hacer uno. – se levantó y huyó rápidamente de la habitación.
La pava hervía y gracias al ruido que salía del fuego, el metal y el agua no podía escuchar nada de lo que pasara afuera. Le aterraba demasiado hasta sentir la rotunda caída de las hojas del árbol chocar fuertemente contra el piso y estamparse allí con la cruda verdad de que el invierno estaba llegando y nada las haría sobrevivir. ¿O ya estaba llegando la primavera? Hacía demasiado frío afuera como para eso, sus hijos estaban muy tapados como para que ya estuviese terminando el invierno.
Algo estaba mal con el mundo, rotaba de la manera adecuada… Del lado contrario a las agujas del reloj. En el invierno hacía calor.
No, algo sucedía. Algo más que le había nublado la mente… Sintió un golpe en la puerta. Seguro era su imaginación… Debía ser su imaginación.
Evidentemente no era su imaginación porque un vaso se estrellaba, nuevamente como hace un mes atrás, contra el fuego y se partía en mil pedazos. Era un deja vu, un sueño… Algo tenía que estar mal porque todo se repetía. Ahora ella llegaría y lo vería tumbado contra el hogar queriendo prenderse fuego con él.
¡Demonios, si habían golpeado la puerta!
Tardó lo más que pudo en la cocina retardando, como hace un mes atrás, ese momento odioso en el que tendría que volver a madurar y enfrentarse a la verdad de que Damon, su esposo o futuro ex esposo o lo que llegase a ser, le dijera todo lo que no estaba dispuesta a oír en la cara. Pero estaría en todo su derecho porque lo había lastimado, incluso más que su papá.
Estaba como una cobarde escondida entre la cocina, la taza de café y la pava… Esperando a que llegase la madrugada, Damon se cansara y se fuera a dormir con las lágrimas y el odio a flor de piel. Con la amargura acumulándose en sus ojos y en todo su cuerpo. Encadenándolo a la cama porque no tenía fuerzas ni siquiera para levantarse del dolor ocasionado por ella y sus mentiras. Esas ridículas mentiras que sirvieron sólo para lastimarla, en vez de poder ayudarla a descargarse. Ese estúpido que se había hecho pasar por una persona de lo más confiable y le había dicho que iba a estar siempre para apoyarla. Le clavaba un puñal por la espalda, una mentira que le salía chorreando sangre por todo su cuerpo. Sus arterias desgarradas y Damon mirándola, parado, porque ni siquiera tenía fuerzas como para intentar salvarla, salvarse o salvarlos, no podía hacer ni siquiera eso por ella. La mamá de sus hijos… La persona que amaba y que ella, simplemente podía demostrar que estaba hecha para no amarlo.
Porque lastimarlo de esa manera sólo lo haría una persona que no estaba dispuesta a quererlo ni siquiera un poco. Si le hubiese demostrado una pizca de cariño, le tendría que haber pedido el divorcio y hacer lo que tuviese ganas de hacer con cualquier persona con la que quisiese hacerlo.
Pero ella quería lo bueno y lo malo, el pan y la torta.
¿Qué clase de persona demostraba ser así? Una simple mujer sin códigos. Eso era. Que arrastrada por sus amigas – demostrando que tampoco tenía carácter – había caído entre los dedos de otro hombre al que fingía tenerle cariño. Creyéndose satisfecha así de que no lo hacía por un mal, si no por el bien de ella y de Damon. Porque así no tendría que preocuparlo por sus problemas.
Y quizás eso fuera lo más tonto de ésta situación. Lo más paradójico es que ahora no hacía más que preocuparlo y lastimarlo a cada golpe nuevo del que poco a poco iba queriendo levantarse, poniendo todo el empeño en hacerlo… Y esto había sido demasiado. Un knock out, la pelea la había ganado la mentira y era un campeón al que no podía discutírsele nada. Simplemente ya no. No quedaba nada que pudiese hacer… Quiso demostrarle todo, que estaba arrepentida ¿y ahora? Ahora volvía a jugar con su confianza y su paciencia como – recordando en éste exacto momento para sentirse peor – lo había hecho desde que lo conoció.
Apareció tímida y se quedó parada allí. Un sobre marrón hecho trizas en el suelo y él, parado junto a la leña que ardía miraba fotos, las miraba una por una para hacerse el mayor daño posible y autoconvencerse que no tenía que perdonar a su esposa. Que tendría que irse de allí rápido, huir para no lastimarse más. Correr como esa noche, correr y no pensar, por primera vez hacer algo estúpido. Algo de lo que todos pudiesen retarlo y decirle lo mal que estuvo. Pero el problema era, que no era él quien estaba mal. Sino ella.
Elena Gilbert, la eterna adolescente que nunca se sentaría a pensar cuánto podía dañar con sus acciones.
La sintió detrás de él, miedosa porque no quería aceptar que tendrían que hablar… Que por primera vez pensar en la realidad y no suponer lo que podría pasar.
Ya no había vuelta atrás, no ahora.
Esto era a todo o nada.
La boca no podía abrirla por el desprecio que tenía por esas fotos en las que veía a su mujer… En la cama. Con otro. Con un muchacho castaño, de ojos verdes, quizás de unos veinte años y un universitario mediocre que no podía darle nada de lo que él si. Alguien que pensaba que la vida era una broma y se creía el dueño de todo, que el mundo caería bajo sus pies y que sin hacer nada llegaría lejos.
Un estúpido que se quedó con su mujer y destruyó su matrimonio. Sabiendo perfectamente – porque en la foto se veía que Elena tenía el anillo de casada – que esa era una mujer de familia y no una prostituta cualquiera.
¿Hay algo que no me hayas dicho, Elena? – comentó irónico. – O tengo que seguir mirando las fotos o poner este vídeo para enterarme todo lo que no quisiste contarme.
Damon… - dijo buscando palabras. Necesitaba agarrar un diccionario, el libro de prácticas del lenguaje de sus hijos para saber cómo coordinar las palabras y cuáles tendría que usar.
¿Qué? ¿Qué pretendes que me crea ahora? ¿Qué es una edición de imagen? ¿Qué esa no sos vos? ¿Cuál es la mentira de ahora, Elena? – ni siquiera él podía mirarla por el desprecio hacia ese matrimonio que los había arrastrado hasta esta desgracia patética. – Habla, Elena. Ahora mismo.
Es que no sé por dónde empezar… - apretó los puños y vaciló entre acercarse o no. No. No, mejor no, no era una buena opción. - ¡Quería contártelo! ¡Quise contártelo aquella noche en la que te enteraste pero, - dudó ¿por qué no se lo había dicho? – no lo sé Damon!
Porque sos una inmadura Elena, porque pensaste que jamás iba a enterarme… Porque jugaste a tu suerte y ahora estamos así Elena, a un paso de caer. A un paso de arrastrar a nuestros hijos con nosotros… ¡Decí algo ahora Elena! ¡YA! – gritó impaciente controlado por el Bourbon, por el whisky y por toda clase de alcohol que se encontraba en esa habitación. Tomó todo lo que pudo para que la verdad traspasara sus cuerdas vocales y no tener que guardarse nada… Porque si había una persona en el mundo a la que no podía decirle todo lo que quería por miedo a lastimarla. Esa era Elena. Que en éste mismo momento parecía un cachorro mojado al que todos le tenían compasión y lástima. Pero ya le había pegado lo suficiente como para querer mentirse y creer que ella no hacía daño. Quizás inconscientemente pero al fin y al cabo lo hacía y dolía demasiado. No podía soportarlo ya. – Yo soporté mucho durante éste matrimonio, Elena. Te enojaste miles de veces conmigo, quizás por idioteces, por cosas en serio… Pero te enojaste e hiciste que yo tuviera que volver rogando, pidiendo y hasta suplicando que me perdones. Ahora ya no Elena, hasta cuando fuiste VOS la que me engañó, fui YO el que tuvo que hacer todo, o la gran mayoría, para que esto saliera de a poco. – suspiró y dejó caer sus hombros arrastrados por el dolor – Ahora no. Ya no puedo. No puedo seguir maltratándome así… Haciendo todo yo, reparando tus errores.
¡Por favor, lo único que me animo a pedirte es que no tomes una decisión ahora! Es lo único que te pido… - un paso. Uno sólo y ya sentía como quería gritarle que se alejara de él. – Por lo menos por los chicos…
¿Vos pensaste en los chicos cuando te acostabas con él? – levantó la foto en la que se la veía desnuda, en la cama. La tiró al fuego, porque no quería recordarla… Ya había sufrido mucho. – Me estás pidiendo a mí, que razone, cuando vos jamás lo hiciste Elena. Te dejaste llevar por… ¿Por qué te dejaste llevar, Elena?
Damon…
¡Por la excitación! Te dejaste llevar por un vaso de vodka por el que, seguramente, me juraras que estabas borracha… ¿Y eso fue todo? ¿Tengo que perdonarlo por un vaso de vodka? ¡Sos una hipócrita, una estúpida adolescente! – tenía que calmarse, se estaba yendo de sus casillas… Eso no quería decírselo pero tenía que sacar todo de una maldita vez.
¡Quemé etapas Damon! ¡Casi no viví mi adolescencia por conocerte a vos! En algún momento lo iba a hacer ¿no? Después de todo vos lo hiciste en toda tu secundaria. ¿O no era eso lo que me decías siempre?
¿Pero sabes cuál es la diferencia Elena? Que yo no estaba casado, no tenía una pareja. Y las pocas veces que la tuve, respetaba eso… Y si quería estar con otra chica se lo decía para evitar traicionarla y vivir sabiendo que era una persona patética por tener pareja y no respetarla. Y, además Elena, si hubieses tenido un poco de pensamiento lógico, sabrías que no lo necesitabas… Que lo hacías por un simple capricho. Y que esto que estás diciendo ahora son excusas baratas. ¿Dónde quedó la Elena inteligente que yo conocía? ¿La Elena que se graduó de abogada con un sobresaliente y fue una persona astuta? ¿Dónde está esa mujer de la que me enamoré?
Ni siquiera yo lo sé Damon…
¿Entonces qué es lo que sabes? ¡Nunca sabes nada Elena! Estás ciega. No queres ver la realidad porque tenes miedo a que no sea lo que queres que sea… Cerras todos tus sentidos por la simple idea de que lo que vaya a suceder no te llegue a gustar. Y eso, eso es… Es patético, Elena. Cuando te conocí estabas dispuesta a todo, a dejar todo por llegar lejos y cambiar la realidad, tu realidad. Eso fue lo que más me gustó de vos, tu decisión por crear tu propia vida y no la que los demás querían que tengas. Ahora simplemente te dejas llevar por la corriente de la sociedad y tu carácter se fue con la corriente alta de vodka. – se dio vuelta a mirarla y ella notó las lágrimas brillar por el fuego. Unos pasitos se escucharon en la escalera y el miedo a bajar recorrió toda la habitación. Sofía estaba parada allí, intentando hablar. - ¿Sofi? ¿Qué pasó? ¿Pesadillas devuelta?
Tenía hambre… - contestó sin saber muy bien dónde estaba parada. - ¿Por qué están despiertos? ¿Estás llorando, papá? – fue corriendo a abrazarlo. – No tenes que llorar, vos siempre decís que llorar no soluciona nada…
Pero, siempre digo que sirve para sacar todos los sentimientos ¿o no?
Ah sí, cierto… - le sonrió y volvió a abrazarlo. - ¿Mamá te hace llorar? ¿De alegría? – la incomodidad se hizo presente.
¿Qué queres para comer, hermosa? – le preguntó Elena y se acercó hasta Damon, sintiendo como instantáneamente al tener a su hija en brazos se relajaba.
¡Galletitas! – volvió a abrazarlos a ambos, acercándolos a ella. Sintiendo la unión que tenían más fuerte que cualquier otra cosa.
Ahí te las traigo… Quédate con papá. – huyó nuevamente a la cocina pero ésta vez, sabía que no podía tardarse… Porque aumentaría la furia de Damon. Una bandeja con galletas y Sofía esperándolas animada mientras secaba las mejillas desgastadas de su papá que ahora, a la luz del fuego se veía hermoso.
Las comió tranquila y subió a acostarse nuevamente de la mano de él, pintando el retrato más luminoso de toda su vida.
Los pasos nuevamente escaleras abajo y la charla que continuaría pero más calmada.
Lo único que voy a decirte, Elena, es que… Si queres que esto se recomponga, vas a tener que esforzarte vos solita. Yo no pienso colaborar más ni ponerme el matrimonio yo solo al hombro. Fue tu error, tus mentiras, tus estupideces. Va a ser TU responsabilidad repararlas. Y si no pensas hacerlo entonces… Esto ya no tiene vuelta atrás. Si no pensas hacerlo ni siquiera esforzarte, decímelo y vas a tener el divorcio cuando quieras. Los chicos van a saber aceptarlo. – pasó a su lado y se marchó.
Dejándola más sola que nunca, con dos anillos y toda una vida juntos que ahora tendría que cargar ella sola y ponerse, por primera vez, en los zapatos de Damon. Quien, como siempre, había tomado la decisión más madura… La que la haría aprender de una vez y por todas, todo lo que significaba un matrimonio e hijos.
¿Pero qué tendría que hacer entonces?
La mente en blanco como un diario que hay que completar con ideas, información, manipulando su cerebro intentando encontrar un pensamiento claro que le diera paso a algo más.
Pero nada…
Sería un tiempo duro.
Una guerra fría.
Porque tendría que sacar al Damon frío para volver a tener a su esposo que la llenaba de calor y cariño más que cualquier otro artefacto que irradiaba calor comprado. Tendría que volver a unir a Damon a su familia. No, error. Ella tendría que volver a unirse a la familia.
Madurar ya no era una opción.
