Cap. 10

Proteger un beso con la vida


Snape se encontraba en su habitación, sentado en un banquillo en la barra cercana al comedor tras haber trabajado exhaustivamente en la poción que preparaba, y que finalmente había logrado perfeccionar. Le dio un largo sorbo a su taza de té, sus ojos se abrieron, su cuello quedò escondido cuando sus hombros se elevaron, sus ojos se abrieron de sorpresa, y casi de inmediato la escupió.

- Cuantas cucharadas de azúcar le puso??

- Cuatro.

- Cuatro??

- Esque ese té es el mío, este es el suyo, profesor.

Y el maestro gruñó mientras tomaba la taza de manos de la castaña y le daba un largo sorbo, encontrándolo mas a su gusto, mientras Hermione bebía de la taza que Snape dejara.

- Le gustó?

Snape la miró con el ceño fruncido mientras bebía, luego golpeó la taza vacía en la barra.

- No me gustó Granger, es solo que yo suelo beberme todo lo que no me gusta.

Ella sonrió mientras Snape hacía un gesto de exasperación y daba media vuelta para ir a la sala, la chica retomó el libro que leía.

Había pasado mes y medio. Cada semana la castaña le visitaba a lo menos tres veces, se sumergía en los libros y preparaba el té para cuando Snape volviera de dar clases, aprovechando siempre los entrenamientos del equipo de quiddich, lo que evitaba las sospechas de Harry y Ron.

La chica abrió varios libros.

- Entonces se va a quedar para las vacaciones de Navidad?

- Eso le informé a Dumbledore.

- Es una lástima que no lo vaya a ver en estas fechas.

- Y por eso se escabulló hoy a mi habitación. Me siento halagado.

Hermione le miró, rió entre dientes y volvió a los libros.

El día siguiente empezaban las vacaciones de Navidad, y ese día se habían marchado a casa la mayor parte de los estudiantes del colegio, dejándolos a ella, Harry, Ron, Ginny y otros pocos Gryffindors. Por supuesto, las vacaciones le impedirían conseguir suficiente tiempo a solas para ir a visitar al profesor de pociones, así que se había escapado con la excusa de ir a la biblioteca.

Hermione sonrió al encontrar algo de su agrado y se lo tendió al profesor, este miró lo que su alumna le entregaba y aceptó con la cabeza, la castaña se sentó a su lado.

La voz de Snape se había convertido en una especie de adicción para ella, le fascinaba acudir solo para escucharlo, para que él la mirara mientras leía, le gustaba sentir esos ojos negros sobre sus rasgos, leyéndola como si fuera el mismo libro que se encontraba en sus manos.

A veces se imaginaba lo que diría Ron si supiera lo que hacía su amiga durante sus ausencias, gritaría, patalearía, y seguramente iría a enfrentarse a Snape. Algo totalmente ridículo, pero seguro que lo haría.

Ron… no importaba cuanto lo intentara, él no se iba de su mente, no abandonaba sus sueños, no desaparecía de sus fantasías.

Abrió los ojos y miró a Snape.

Lo veía tan distinto. No parecía ser el mismo que le daba clases de pociones, tan cruel, sarcástico y favoritista, y se sintió feliz de poder convivir con el hombre dentro de la armadura.

Observar a uno de los mejores maestros de pociones del mundo trabajar era un deleite al que no pensaba renunciar.

Había aprendido a amar aquellas tardes en su compañía, aquellos momentos en que, tras acabar con sus deberes, se dedicaba a estar sentada y en silencio viendo al hombre trabajar en su caldero, observándolo tratar ingredientes, pesarlos, cortarlos o simplemente desecharlos. Cuando el profesor perfeccionó la poción ella había estado presente, y aunque no sabía para lo que era, por que usaba ingredientes que nunca había visto, no había investigado, luchando con su natural instinto y sed de conocimiento. Fuera lo que fuera, si el profesor no deseaba decirle, por primera vez, ella no iba a meterse.

Lo había visto crear esa poción al menos cinco veces para ir creando reservas, y su ágil memoria recordaba casi a la perfección cada movimiento ejecutado por él.

Su parte favorita, sin embargo, era esa apenas perceptible sonrisa que tocaba los labios del profesor, anunciando el final de su trabajo. Lo dejaba solo para que pudiera cambiarse a algo más cómodo, y luego se ponía a leer.

Volviendo a su mundo, bajó la mirada y observó el brazo izquierdo de Snape.

El profesor mientras tanto estaba inmerso en su lectura, sin saber lo que acontecía en ese momento en la mente de su acompañante.

Era agradable tenerla con él. Voldemort no le había llamado en lo absoluto, lo que le había permitido a sus heridas sanar, todo con la ayuda de Hermione, quien la semana anterior había insistido en ayudarlo con sus viejas cicatrices, y de paso relajar sus músculos.

Comenzaba a pensar que se iba a volver adicto a las manos de la Gryffindor… tal vez y ya lo era.

Detuvo su lectura cuando sintió la mano de ella tocar su brazo izquierdo, la miró.

- Que se supone que hace, Granger.

- Yo solo… quería… verla.

- Verla?

Snape bajó la mirada hacia su brazo, como si no supiera lo que ahí se encontraba, luego miró a Hermione.

- Para que?

- Solo… quiero verla.

El profesor cerró el libro y lo dejó sobre la mesilla de noche, para luego desabotonarse uno a uno los botones, levantarse la manga negra y seguir con los botones en el puño de su camisa blanca, la cual subió cuidadosamente hasta su codo, después le tendió su brazo a la castaña con el puño cerrado viendo hacia arriba.

Hermione jamás la había visto así, grabada en la piel. La recordaba flotando en el cielo, en aquellos trágicos mundiales de quiddich, y el rápido vistazo cuando Snape enfrentó a Fudge y se levantó la manga ante él. O cuando Snape llegaba antes que ella a la habitación y lo encontraba en alguna camisa de manga corta que le permitía leves visiones de aquella marca.

Nunca creyó que la vería tan de cerca, en sus propias manos.

Estando inactiva era de un color negro bastante insípido, pero aún así completamente clara y visible en sus formas. Delineó con un dedo cada rasgo de la calavera, para luego delinear la serpiente que bajaba hasta la muñeca.

Snape se estremeció.

Ella subió sus ojos marrones hasta los negros de Snape, y en ningún momento le soltó.

- Por que se convirtió en mortífago?

- Por que tendría que responderle?

Hermione guardó silencio y regresó su mirada a la marca tenebrosa.

- Por que quiero saber.

Tan fácil y sencilla como esa era la respuesta.

Hubo un largo silencio y sus respiraciones fueron lo único que se podía escuchar, Snape observaba la mano de Hermione que recorría incesantemente el tatuaje en su brazo, ella abrió el puño del profesor, quien no opuso resistencia, lo que le dio acceso a acariciar su palma.

- Por que fui un imbécil…

Su mano se colocó sobre la de ella, pidiéndole que se detuviera. No es que realmente lo deseara, pero estaba controlando muy apenas los escalofríos que ella le causaba.

- Por que me dejé llevar por una niñez de porquería, por un padre homicida y suicida, el odio y el rencor, la necesidad de hacerle a otros lo que… lo que me hicieron a mí.

Snape cerró los ojos.

- Mi padre odiaba la magia, le tenía un miedo exagerado que cubría con furia… y mi madre… fue de los casos en que la depresión te hace perder todo tu poder mágico, se volvió… casi una muggle… y mi padre… él siempre se jactó de ser mas poderoso que su esposa bruja, sobre todo si le había echo perder su poder… pero cuando yo demostré que poseía magia… mi padre trató de asesinarla, no podía perdonarla por ser mas fuerte que él… que de ambos, fuera la sangre mágica de mi madre la que hubiera ganado en mi.

Hermione lo observó fijamente. Soltó una de sus manos y deslizó algunos mechones del rostro de Severus.

- Estando aquí… solo… perdido… abusado y siendo la burla… solo… solo deseé hacerle daño a aquellos que me dañaron… y a los que no me dañaron también… si yo era inocente y fui lastimado, por que ellos no?

Snape desvió su mirada hacia cualquier lugar, menos a los ojos de Hermione clavados en él.

- Fui… tan imbécil…

Y se quedó en silencio. No quería ver a la castaña, quería que ella se marchara y jamás volviera, por que él no se merecía estar en presencia de su angelical aura.

Pero sin que él lo previera, la mano de ella se encontró en su pecho, mientras su cabeza se apoyaba en su hombro.

- Todos cometemos actos de imbecilidad… yo me enamoré de Ron… hay que ser imbécil para enamorarse de alguien que no te corresponde.

El maestro de pociones la miró largamente. Si, había que ser imbécil para enamorarse de alguien que nunca te iba a corresponder por que amaba a alguien más.

- Severus… podrías seguir leyendo?

Hacía tanto que no le llamaba por su nombre, él retomó el libro y lo abrió en donde se había quedado.

- "Tu me enseñaste a hacer vibrar con palabras el papel, poniendo mis sentimientos en un lugar donde no afecten a mi corazón. Por eso, enséñame a vivir en la soledad, enséñame a soportar la incomprensión de ser especial."

Se detuvo un instante. La Gryffindor, tal vez de forma inconsciente… había comenzado a dibujar círculos en la tela de su pecho, la piel debajo respondiendo al mandar descargas en su espina dorsal.

La miró un segundo, tenía los ojos cerrados, estaba relajada y segura… escuchándolo.

Quiso hablar y le tembló la voz. Cambió de página.

- "El día que te marches tal vez y sea la última vez que vaya a saber de ti. Tal vez y te pueda escribir, pero no albergues en mi grandes esperanzas pues nunca he sido buena para las cartas. La última vez que te vea puede ser por una extraña casualidad del destino que te ponga en mi sendero, o tal vez el día que te despidas por que vas a buscar nuevos horizontes"

Abrió la boca y el aire, envuelto en palabras no salió cuando la mano sobre su pecho cayó en su regazo.

- Granger?

No hubo respuesta. Snape movió levemente el hombro y la cabeza de la chica amenazó con caer, por lo que velozmente la detuvo y reacomodó… Y ahora que?

Ahora… ahora se quedaría quieto, mirando al ángel que dormía a su lado. Sacó la varita y la movió a su alrededor, todas las velas se apagaron y la chimenea se encendió, bañándolos a ambos de una suave luz.

Que sucedía? Que le pasaba? Por que la respuesta le parecía tan inmensamente obvia que se negaba con todas sus fuerzas a aceptarla??

La luz de la chimenea dibujaba sombras en el rostro de la chica, la que le atendiera por las noches, la que curara sus heridas, la que lo hiciera sonreír más de una vez. Llevó uno de sus dedos al rostro de ella y lo deslizó desde el costado de su frente, bajando por la sien, pasando por la mejilla y llegando a la barbilla, para luego tocar y delinear sus labios.

Recordaba perfectamente el sabor que tenían sus labios, aún había noches en que despertaba soñando con aquél episodio y su boca ardía. Le costaba reconocer que añoraba el sabor de su lengua, o la delicia de su saliva.

Por Merlín… se moría por besarla de nuevo. Podría?

Solo tenía que acercarse unos centímetros, levantarle el rostro y… rozarla, no pedía mas, no necesitaba ahondar mas el beso, y si quisiera hacerlo podría lograrlo, solo sosteniendo su cabeza y dejando suelta la mandíbula ella abriría la boca.

Cuantas tentaciones.

Snape aspiró con dificultad cuando la escuchó suspirar en sueños y reacomodarse, le tomó del mentón y la hizo girar la cabeza hacia arriba. Se acercó.

Solo iba a presionar sus labios contra los de ella, eso era todo. Sintió la mano en su regazo apretarse levemente. Se mordió el labio, estaba a punto de rozarla, no le separaba más que un centímetro…

Y en ese instante, un dolor lo atravesó, como un cuchillo ardiente que le hizo tensarse violentamente, su brazo quemando como si estuviera en medio de las brazas.

No Merlín… no ahora.

La miró, deseaba besarla, deseaba quedarse, deseaba que ella despertara y le mirara con sus ojos brillantes, deseaba que ella le llamara profesor con esa forma tan inocente y le rodeara con sus brazos, quería abrazar su cintura y besarla una y otra vez, pero en lugar de ello tenía que acudir a una cita con un demonio que iba a destrozarle cada centímetro del cuerpo.

Dejó el libro en el sillón y se libró tan rápido como pudo de ella, Hermione gimió brevemente y se acomodó en el sillón, para continuar durmiendo.

Snape frunció los labios y acarició la cabeza de la joven.

- Tal vez la próxima vez que nos veamos señorita Granger…

Y dicho esto corrió a su habitación. Se agachó veloz y sacó el baúl, sacando sus ropas de espía del interior de este. Se desprendió de sus ropas para después abrir el cajón de su mesa de noche, extrayendo un frasco con la poción que recientemente creara.

Era el momento de probarla.

Rápidamente apuró el contenido de la botella y una mueca de intenso asco recorrió sus facciones cuando el líquido blanco atacó su gusto, paseó el líquido por su boca mientras terminaba de retirarse la ropa interior, hasta quedar absolutamente desnudo.

Echó la cabeza hacia delante y colocó sus manos a manera de cuenco, dejando escapar algo de aquél líquido, para frotarlo entre sus dedos y llevárselo al cuello.

Fue cuestión de agilidad y rapidez que el profesor vació todo el contenido de su boca para esparcirlo por todo su cuerpo, procurando alcanzar cada zona posible, y sintiendo cierto asco cuando lo pasó por encima de su miembro.

- Profesor?

La voz adormilada de Hermione congeló en su lugar al maestro de pociones, el cual miró alarmado la puerta.

Pasaron un par de segundos de angustioso silencio y el profesor se apresuró a empezar a vestirse, su gesto crispado con la intensa repulsión.

Ella iría a buscarle de un momento a otro, y él no podía, no deseaba enfrentarse a ella.

Se sentía incapaz de despedirse, de revelarle a donde se marchaba y ver como sus ojos se entristecerían. Que podía hacer?

- Profesor, está aquí?

Ella estaba en la puerta. Snape pateó el baúl para que entrara debajo de la cama y se dirigió a un lado del armario. A un toque de su varita se abrió la puerta que conducía a su camino secreto hacia los terrenos de Hogwarts, justo terminó de cerrar la puerta cuando escuchó la de su dormitorio abrirse.

Recorrió el camino de piedra a grandes zancadas, tratando de no pensar en lo que estaría viviendo la castaña en ese instante. Por un momento imaginó lo que habría ocurrido de haberse quedado, pudo verla entristecerse al verlo marcharse, pudo sentir sus brazos alrededor de su cuerpo pidiéndole que no fuera, pudo verse a si mismo reflejado en sus bellos ojos marrones mientras le ofrecía sus labios como ofrenda a que se quedara.

Y sacudió la cabeza para sacarse semejantes tonterías de la cabeza.

Minutos más tarde emergió al aire de la noche, los terrenos estaban claros, iluminados por una luna blanca que pronto estaría llena.

Corrió a los límites de la barrera de protección, tratando de normalizarse, tenía que llegar a Voldemort con la cabeza despejada y fría o echaría todo a perder.

Pero todo intento de calmarse se esfumó cuando sintió un golpe muy dentro de su cuerpo, como si su alma misma fuera llamada.

Se detuvo sobre sus pasos y giró el rostro.

El castillo se encontraba bajo las luces azules de la noche, y en una de las torres se observaba la débil luz de una chimenea que debía estar consumiendo sus últimos alientos de vida.

En aquella ventana de la torre que pertenecía a la casa de Godric Gryffindor, el profesor apreció la fantasmal silueta de una jovencita de alborotados cabellos castaños la cual le observaba fijamente, los labios entreabiertos y las manos apoyadas en el frío vidrio.

Los ojos de ella, a pesar de la lejanía podría jurar que estaban cargados de lágrimas. Observó como una de sus palmas bajaba por la superficie helada, su otra mano cerrándose en un puño que golpeaba suavemente para llamarle. Ni siquiera el ardor del segundo llamado pudo hacerlo despegar su mirada de aquella angelical visión.

Snape sintió un nudo en la garganta, bajó la mirada y continuó su camino.


En la mansión abandonada, el mortífago entró sigilosamente, siempre bajo la mirada atenta de los demás sirvientes de Voldemort, los cuales se inclinaban a su paso.

Finalmente entró al salón de reuniones, donde había una larga mesa de madera bastante desvencijada, Voldemort sentado en la cabecera. Sus ojos parecieron brillar al momento en que entró, las velas titilaron cuando se coló una ráfaga de aire.

- Severus… ven… a mi derecha.

Snape obedeció y adelantó a los mortífagos ya sentados, pero al llegar al lugar que habría de ocupar sucedió lo indecible, pues el lord oscuro se puso de pié y le abrió la silla, ofreció su mano y le permitió sentarse, acto que fue echo con absoluta elegancia.

Algunos mortífagos bufaron muertos de la envidia, especialmente cierta mujer de párpados caídos y espeso cabello negro que parecía echar fuego por su mirada.

- Lucius?

- Mi señor, he estado investigando lo que usted me pidió, uno de los nuestros estaba bajo la maldición imperius, pero todo indica que no dio información relevante.

- Y el auror que le colocó bajo el hechizo?

- Fue satisfactoriamente asesinado.

- Ya veo… sufrió?

Lucius pareció descolocado por la pregunta.

- N-no, señor… le lancé el Avada Kedavra y…

- Crucio!

El rubio se arqueó de dolor al impacto del encantamiento, la varita con empuñadura de hueso apuntando en su dirección mientras su dueño ladeaba la cabeza, disfrutando ampliamente del espectáculo.

Sus ojos rojos se giraron un instante hacia la figura sentada a su derecha, mirándole con la lujuria marcada en cada centímetro de su rostro, su lengua paseó sobre sus dientes y Severus no pudo menos que mantenerse quieto, su interior revolviéndose de asco.

- Nadie… escúchenme todos… nadie que ose tratar de sacar información de mi, puede morir sin haber agonizado terriblemente. Ahora bien…

El encantamiento terminó y Voldemort se acomodó tranquilamente en su silla, su mano derecha dejó la varita en la mesa, para después colocarla sobre la mano del profesor de pociones, que hasta ese entonces había estado en su muslo.

Ambas manos entrelazadas se colocaron sobre la mesa, de donde los mortífagos no podían despegar la mirada.

Severus sentía un nudo creciendo en su estómago. Odiaba todo esto. La conversación que continuó le tenía sin cuidado al profesor, el cual ponía atención a medias, pues estaba demasiado perdido dentro de su cabeza.

Granger…

Había estado tan cerca de besarla, solo unos cuantos milímetros y lo habría echo. Se hubiera contenido a un solo roce? O hubiera devorado los labios de la castaña hasta hacerla despertar.

Que habría echo ella? Salir corriendo?

Snape se permitió respirar mas rápido mientras su imaginación volaba inevitablemente a la escena que le hubiera gustado, la castaña mirándole confusa, tocándose los labios, para luego rodearle con sus brazos el cuello y atraerle para que bebiera de nueva cuenta el néctar que emanaba de su boca.

Sintió los dedos de Voldemort apretándose en los suyos, y escuchó como los mortífagos prorrumpían a risotadas, él ni hizo caso.

Recordó sin poderlo evitar aquella primera vez que llegó a su habitación y la encontró ahí.

- ¡Profesor, bienvenido!

- Granger? Que…

- Desea tomar algo?

No esperó respuesta y dejó el libro que había estado leyendo para correr a la barra, donde había una tetera humeante, sirvió una taza.

- Azúcar? ¿Una, dos?

Snape estaba demasiado confundido, apenas y aceptó con la cabeza mientras ella servía las dos cucharadas de azúcar y revolvía, para luego llevarle la taza.

- Espero le guste.

- Y yo espero que mientras esté en mi habitación no ande revolviendo mis cosas, Granger.

La castaña miró al profesor algo apenada, y este se sintió basura. Bebió un sorbo de té.

- A menos claro, que sea para preparar algo tan delicioso como esto.

Y Hermione sonrió.

Nunca nadie le había recibido de esa manera tan cálida, se sintió raro, con alguien esperando a que volviera al hogar, que le tuviera un trago y una sonrisa.

Tal vez y ahí comenzó todo.

Fue en ese día cuando empezó a añorar la presencia de la castaña, cuando su corazón entristecía al no verla, y saltaba de felicidad cuando llegaba.

A partir de ese momento la admiró mientras trabajaba en pociones, y apreció los más sencillos gestos que hacía con sus delicadas facciones.

Snape suspiró pesadamente.

Cuantas veces no había soñado ese rostro contorsionado en una mueca de placer, su boca abierta en un círculo casi perfecto mientras sus senos se balanceaban a un ritmo impuesto por él, sus uñas clavándose en su espalda.

Odiaba tener esos sueños, por que siempre despertaba alterado y necesitado de la presencia de aquella chica… sin embargo, era mejor soñar con ella que con Voldemort.

- Te veo distraído, amado mío.

Fueron cinco palabras, y Severus hubiera preferido cincuenta cruciatus.

Su mano, atrapada por la de Voldemort fue subida hasta que este besó sus dedos.

- Tienes algo que decirme?

Snape le miró un segundo y luego a todos los presentes.

- Creo… que es una estupidez el plan de Avery.

El aludido le observó con aire de ofensa y pareció a punto de replicar, pero un rápido vistazo a la mano de Severus entrelazada con la del Lord le hizo quedarse callado.

El profesor rió suavemente, de la misma manera en la que se reía cuando Harry se equivocaba en alguna pregunta. Soltó su mano lentamente y Voldemort le dejó ir, para luego apoyarse contra el respaldo de su sillón.

- Dejas que esto te engañe, Avery? Crees que puedo ser un bastardo creído y llamarte cabeza hueca e imbécil solo por tener el honor de poder tomar la mano del lord? Avery, si te digo que eres un estúpido… es por que lo eres.

El mortífago hizo el amago de levantarse, pero se detuvo cuando Snape desenfundó rápidamente su varita.

- Tu plan… Avery… para asesinar a Potter, es completamente estúpido, y sin fundamentos…

- Pero…

- Por que tú crees, que todo en la vida es tan patético como en los cuentos de hadas lo pintan, y piensas, que poniendo a la familia muggle del mocoso bajo la maldición imperius, ellos van a hacer que él venga corriendo a nuestras manos.

- El muchacho…

- El muchacho odia a su familia… y su familia lo odia a él. Si a los estúpidos muggles con los que vive, se les llegase a ocurrir siquiera sacarlo a pasear para cualquier cosa, créeme que el muchacho sabrá que es una trampa. No es estúpido…

Razonó sus palabras e hizo una mueca despectiva.

- O al menos no TAN estúpido… a diferencia tuya, por supuesto.

Los mortífagos volvieron a reír con ganas, algunos golpearon la mesa con aprobación.

- Basta.

Y a la voz fría de Voldemort, todos callaron.

- Avery?

- S-si, mi lord?

- Haznos un favor a todos y lárgate.

El mortífago se puso de pié y comenzó a marcharse rápidamente.

- Avery?

- Mi lord?

- A gatas.

Snape sonrió triunfante y orgulloso, dejando que sus ojos dejaran ver toda la burla que sentía por su compañero mortífago, el cual masculló algo in entendible y se arrodilló, luego apoyó las manos en el suelo y se marchó del lugar. El profesor profirió una última y despectiva risa.

- Estúpido…

Voldemort le miró y sonrió. Bellatrix crispó los puños, enfurecida.

- Creo que es todo lo que teníamos que discutir por el día de hoy, Severus?

El espía se puso de pié, lo mismo que el Lord, y ambos salieron de la habitación uno al lado del otro. Lucius observó a su cuñada, la cual parecía a punto de irse detrás de los dos y agarrar a maldiciones a Snape.

Entrecerró los ojos mientras observaba el pasillo por el que desaparecieran "sus señores", mientras la sala empezaba a vaciarse.

- Cual es tu nombre, mocoso?

La mirada fría del niño de primer año congeló al prefecto.

- No me mires así, niño.

Lucius sonrió mientras le echaba una mano a la cabeza al pequeño de cabellos negros.

- No eres más que un enano al que tengo que mirar hacia abajo para…

Pero el infante no le dejó terminar, sacó su varita en un veloz movimiento y le apuntó.

-¡Expelliarmus, Levicorpus!

- Gaaahhh!!

Y antes de darse cuenta la varita había volado y el joven rubio se encontraba de cabeza, el niño sonrió despectivamente y le acarició el rostro con la varita.

Chasqueó la lengua con desaprobación.

- Muy mal… muy mal prefecto Malfoy… pero tiene razón… no soy mas que un enano a comparación suya… ¡Liveracorpus!

Y Malfoy cayó al piso pesadamente, a lo que el niño se apresuró a echarle el pié al cuello.

- Pero usted… no es más que un gusano en el suelo.

Dicho esto se marchó.

Aquél niño lo había sorprendido. Aquél día hicieron algo parecido a una amistad, era el único que no se intimidaba con su presencia ni con su dinero, es mas, lo veía hacia abajo en vez de mirarlo hacia arriba.

La amistad, aunque fué muy extraña, duró, tuvo sus altibajhos y sus casuales encuentros, aún cuando el rubio se graduó dos años después, y mucho mas tarde, cuando se enteraron del embarazo de Narcisa, el rubio no dudó un instante en nombrar padrino de su hijo al que fuere su único amigo del colegio.

La última vez que lo había visto, estaba roto, echo pedazos en el suelo. No sabía a ciencia cierta por que, pero Snape estaba sufriendo mucho, y él no podía hacer nada para ayudarle. Severus era especial, no cualquier otra bestia por quien no movería ni un dedo siquiera.

Lo conocía. No muy a fondo, por supuesto. Eran Slytherings y la casa de las serpientes no desarrolla fuertes lazos de amistad, pero si es capaz de ver cuando uno de los suyos está herido, y Severus se había marchado la última vez con el alma echa pedazos.

Ahora que lo volvía a ver, parecía más fuerte que nunca.

Lucius se mordió el labio y observó a su cuñada, la cual le miraba impaciente, esperando a que saliera de sus cavilaciones.

- Snape llegó tarde.

- No llegó tarde. El lord no lo había llamado.

- Hum…

La mortífaga se cruzó de brazos, luego escudriñó al rubio.

- Para que quería hablar el lord contigo?

- De que hablas?

- No te hagas el idiota, nos citó a todos, pero tú entraste primero con él. Que quería?

- Eso, mi querida cuñada, es un asunto entre el Lord, y yo.

La mujer frunció los labios cuando el esposo de su hermana dio media vuelta y se marchó, así que no le quedó otra que dar media vuelta y seguirle, no sin antes echarle una rencorosa mirada al pasillo por el que desaparecieran Snape y el Lord oscuro.


Severus mientras tanto se encontraba mirando por la ventana el frío paisaje, mientras Voldemort daba vueltas a su habitación, sumido en sus pensamientos, algunos de los cuales exteriorizaba en voz alta.

Finalmente se detuvo detrás de su pareja. Snape supuso que ahora era su turno.

- Severus…

- Si mi lord?

El mortífago se giró e hizo el amago de hincarse, pero Voldemort le detuvo.

- Quiero que hagamos el amor.

Si no fuese por que el profesor de pociones era un maestro en ocultar sus emociones y reacciones, habría brincado de la sorpresa y tropezado, yéndose al suelo.

- Pero…

- No hables… shh… no hables…

Presionó su dedo en los labios de su pareja, con una media sonrisa en sus labios.

- Me alejé de ti casi dos meses … no te he llamado a pesar de que por aquí ha habido mucha actividad… para extrañarte, para tenerte pensando en mi… y esta noche, Severus… quiero recompensarte por ser un excelente amante. Quiero que sepas que me fascinó lo que hiciste la otra vez por mí.

Dicho esto acarició los cabellos del profesor con una mano, en tanto la otra le comenzaba a desabrochar los botones.

- Quieres que así sea esta noche contigo, Severus? Quieres que sea suave contigo?

Susurró él mientras ponía sus dos manos a trabajar en los botones, sin darse cuenta de que dentro de su mente, el profesor había entrado en pánico.

Voldemort sonrió al verlo tan quieto, así que lo empujó hacia atrás y lo hizo recostarse en la cama, colocándose encima de él, para luego empezar a besar la longitud de su cuello, apartando algunos cabellos para tener mejor acceso a la piel.

Por un instante se retiró y saboreó sus labios al encontrar un sabor desconocido, pero estaba demasiado necesitado de su amante para ponerle atención, así que regresó sus húmedas atenciones a la piel de su pareja.

Snape por su parte sintió como todo su cuerpo se empezaba a agitar. El NO quería esto, y él NO podía permitirlo, pero que endemoniada opción le quedaba??

Granger.

Se refugió en su recuerdo. En su sonrisa, en su calidez, y sobre todo, en su beso.

La mano de Voldemort se posó sobre su pantalón, deslizándose lentamente en la tela, Snape se arqueó involuntariamente.

Recordó cuando ella era más jovencita, y la primera vez que la vio. Tan dulce e inocente, sentada en un banquillo de su casa sosteniendo un libro, observando al desconocido que se acercaba a ella con una carta en las manos.

Un gemido escapó de su boca cuando la mano del Lord se deshizo del cierre de su pantalón y sus dedos encontraron lo que había debajo.

Hermione… la inteligente cerebrito sabelotodo amiga de Harry Potter.

Potter… ese mocoso que derrotaría algún día a la bestia que mordía su cuello, a este engendro que con una mano le acariciaba y la otra desabrochaba los botones faltantes de su camisa.

El beso…

Ese beso que aún ahora podía evocar y volver a sentir. Por las noches podía sentir los labios de ella sobre su boca, y podía sentir su lengua acariciando la de ella. Se sentía protegido por aquél recuerdo, recuerdo que a nadie iba a entregarle.

Recuerdo que le protegía en aquél momento como si de un escudo se tratase, recuerdo que hacía sentirse sus labios cálidos, recuerdo que le mantenía cuerdo y alejado de la insana realidad mientras su cuerpo era arrastrado a la locura.

Pero la calidez de sus labios comenzó a desaparecer cuando un aliento helado se sintió en su rostro, Snape sintió como todas las imágenes en su mente se desvanecían y Voldemort se acercó más y más para besarle.

Iba a perderlo… iba a perder el beso de la castaña, si Voldemort lo besaba dejaría en sus labios la sensación del hielo echo carne, robándose la calidez de la Gryffindor.

- NO!

Y en un acto reflejo se enderezó, tomando a Voldemort desprevenido y tumbándolo a su lado en la cama, Snape se apoyó de lado con la respiración agitada. Se tocó la boca.

Aún estaba ahí.

A su lado, Voldemort se puso lentamente de pié, quedándose de espaldas a él.

Hubo un largo y tenso silencio entre ambos.

- M-Mi señor?

El Lord oscuro se giró lentamente y comenzó a sacarse la ropa con movimientos bruscos, sus ojos rojos estaban fijos en la figura que seguía en la cama, sus facciones eran frías, cargadas de rencor, desdén y furia.

Snape retrocedió, comprendiendo que tal vez y acababa de cometer el error mas grande de su vida. Le enfrentó la mirada mientras se llevaba una mano a la boca, sabiendo que aquellos serían los últimos minutos en que se refugiaría en aquél beso.

TBC…


N/A: ¡Hola!

Espero este capítulo fuera de su agrado. Creo que Snape FINALMENTE se ha dado cuenta de que algo no es como debiera ser entre un maestro y su alumna… aunque siendo sinceros, desde el descubrimiento de Hermione, nada es como debiera ser entre ellos.

Ahora bien, no se si a alguien le interese, pero he hecho el descubrimiento del hilo negro. En el libro cinco, La Orden del Fénix, dice:

"Estoy mucho mas tranquilo desde que sé que Dumbledore estará sometido a una evaluación justa y objetiva – declaró el señor Lucius Malfoy, de 41 años, en su mansión de Wiltshire"

Ahora bien, en el libro siete, sale una escena en la que se menciona que cuando Severus fue seleccionado para ir a Slythering, se dirigió a la mesa del fondo, donde Harry pudo observar a Lucius Malfoy luciendo una insignia de prefecto.

Los prefectos son elegidos en quinto, por tanto, Lucius es 4 años mayor a Severus. En la Orden del Fénix, Severus tiene 36 años. (Umm… la flor de la vida. Papasito!!) En mi historia, Hermione tiene 16, casi 17. (No conozco su fecha de cumpleaños) Por tanto y con la información obtenida, Severus tiene 37 años.

Solo por si a alguien le interesaba saber.

En cuanto a los que me hicieron el favor de dejarle reviews al noveno capítulo. Mil gracias a Cissy, MPotterGranger (me halaga que te guste mi historia siendo fan del HP/HG mil gracias!), Tzunamii, Tercy-S-SCloe, Sayuri Hiro, Cleoru Misumi, Carolina, Hara Eslitere, Dany Snape, Kaixo, Neran, DulceySnape, Kambrin Potter, Shemaine Snape, Hestia.Phoenix y Mss. Sweeney Lovett Todd.

Cuídense mucho, y ya nos veremos muy pronto!

Lady Grayson, la oscuridad