N/A: YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY VOLVI! lamento mucho la ausencia, pero por motivos de salud no pude seguir con mis actualizaciones. Aquí les presento la siguiente parte de esta historia...


LA LEYENDA DE ZELDA: LA ERA DE LA OSCURIDAD

PARTE II – LA LIBERACIÓN DE FARONE Y LANAYRU


Capítulo 6 – El Paso Forestal


El sol se ocultaba en el horizonte; Tara y su padre conducían la carreta de vuelta al bosque, profundamente preocupada por Link. La última vez que lo habían visto se habían sorprendido de verlo vestido con un extraño atuendo, un aire determinado reflajado en su rostro, y se había marchado llevando consigo su espada y un lujoso escudo. Intentando reprimir un sollozo, se reclinó hacia su padre y apoyó la cabeza en su hombro. Mientras el sol se seguía ocultando, llegaron a un pequeño campamento cerca del bosque donde otros mercaderes que habían salido antes del castillo se encontraban descansando.

—Deberíamos descansar aquí esta noche —dijo el Sr. Dorian—. Se hace tarde y es peligroso entrar al bosque de noche, en especial ahora que las tierras parecen mucho más sombrías.

—De acuerdo papá... —dijo Tara sin mucha emoción.

—Cariño, Link estará bien —dijo el Sr. Dorian—. Es un joven muy fuerte y, según parece, tiene el espíritu de un feroz guerrero. Cualquiera que intente lastimarlo, seguro Link lo vencerá.

—¡¿Como puedes estar tan seguro?! —gritó Tara, las lágrimas finalmente empezando a fluir—. ¡Nunca antes ha salido del bosque! ¡El pobre aún se quemaba las manos con la fragua, por todos los cielos! —no lograba reprimir su llanto; sollozaba con fuerza, temerosa del destino que le deparaba a su mejor amigo.

—Tranquila, mi niña —dijo el Sr. Dorian, dándole unas palmaditas en la cabeza mientras la abrazaba—. Quédate aquí mientras desempaco la carpa para que pasemos la noche.

Poco después se unieron al resto de los campistas junto al fuego, luego de armar la carpa y alimentar a su caballo, y uno de los hombres le pasó al Sr. Dorian una jarra de cerveza y un plato con carne rostizada. Una de las hijas de otro mercader se le acercó a Tara y le ofreció un vaso de leche y un poco de pan con queso de cabra, el cual Tara recibió con una débil sonrisa y lo empezó a masticar distraídamente. A su alrededor, la gente conversaba y reía despreocupadamente. Un grupo de niños jugaban en un estanque cercano, tratando de atrapar algunos pequeños agallaverdes con sus propias manos mientras los hombres empezaban a bromear cada vez más fuerte, afectados por el efecto de la cerveza y otros licores. Tan indiferente a todos estos ruidos se encontraba, que Tara no se percató del cambio de ánimo a su alrededor hasta que una niña de aproximadamente 5 años pasó corriendo a su lado llamando a gritos a su mamá. Tara finalmente levantó la cara y vio a la gente corriendo alrededor del campamento: mujeres llamaban a sus niños a gritos, los niños lloraban de pánico y los hombres reunían a sus familias a su alrededor mientras los hacían subir a sus carretas. Sintió una mano aferrar su muñeca y dio un alarido de terror.

—¡Tara, soy yo! —dijo el Sr. Dorian, obligándola a ponerse de pie—. ¡Bulbins! Debemos irnos, ¡ahora!

En ese momento, Tara vio a una enorme criatura de color verde con una porra en una mano, cabalgando lo que parecía ser un jabalí sobredimensionado, y un grupo de unas 10 criaturas similares, pero más pequeñas, blandiendo porras y espadas de un lado al otro, destruyendo las carpas y saqueando las pilas de comida y cajas de mercaderías que no habían sido vendidas en el festival; inmediatamente, Tara se puso de pie de un salto y siguió a su padre hacia su carreta. El Sr. Dorian tiró de las riendas y el caballo empezó a galopar hacia el bosque, mientras el resto de la caravana se dispersaba en múltiples direcciones. Tara se dio la vuelta y vio a algunos de los bulbins corriendo hacia ella, mientras el más grande cabalgaba en su jabalí también siguiéndoles.

—¡Papá, se están acercando! —gritó Tara.

—Tara, salta al caballo —le ordenó el Sr. Dorian.

Ella obedeció sin pensarlo y luego se volteó a tiempo para ver a su padre cortar las cuerdas que ataban al caballo a la carreta, permitiéndole al animal agilizar su paso.

—¡Debes advertirle a la aldea! —gritó el Sr. Dorian, mientras Tara se alejaba cada vez más.

—¡PAPÁ! —gritó la chica. No pudo evitar dar un grito cuando vio a los bulbins alcanzar la carreta antes de que estuviera demasiado lejos para ver algo más.

El caballo siguió galopando velozmente por unos minutos, hasta que pareció percatarse que el peligro había pasado y empezó a desacelerar.

—Papá... —murmuró Tara, y empezó a llorar llena de miedo y tristeza.


El sol terminaba de ocultarse en el horizonte mientras Link caminaba con paso seguro hacia el bosque. Aún se encontraba muy lejos, pero podía ver el borde a la distancia. Cerca de la entrada al paso que se adentraba en el bosque, Link vio un tenue resplandor, tal vez la fogata de un campamento. Laila revoloteó unos segundos delante de él, mirando en la misma dirección.

—Creo que deberíamos detenernos por esta noche —sugirió.

—Deberíamos continuar al menos un par de horas más —respondió Link.

—Link, es peligroso de noche.

—No puedo perder más tiempo —dijo Link—, si quieres dormir adelante, pero debo continuar tanto como mis fuerzas me lo permitan —pensó por unos minutos antes de añadir—; tratemos de llegar hasta ese campamento.

—¿Cómo sabes que no es un campamento enemigo? —preguntó Laila.

—¿Quién dijo que lo sabía?

Laila rodó los ojos y se volvió a esconder en el sombrero de Link, quien continuó por un par de horas más hasta que el resplandor junto al bosque se hizo más evidente. Escuchó voces y, luego de poner un poco más de atención, se dio cuenta que se trataba de gritos. Desenfundó su espada y levantó el escudo mientras corría colina abajo con dirección al campamento; cuando finalmente llegó, todo había terminado. Caminó alrededor del campamento, mirando los cadáveres, tanto de hombres como bulbins, los cuales estaban desperdigados por todo el devastado campamento. Propinó un puntapié a una caja flameante, lo cual provocó que saltaran algunas chispas, y notó el emblema de Mercaderías Farone en ella. El pánico rápidamente se apoderó de él y corrió de un lado al otro, examinando los cadáveres y carretas arruinadas. Respiró aliviado cuando verificó que ninguno era del Sr. Dorian o de Tara.

—Link... —susurró Laila, saliendo de su sombrero y mirando aterrada el cementerio a su alrededor—, creo que deberíamos marcharnos.

—Tienes razón... si paramos ahora tal vez no podremos ayudar a los sobrevivientes. Esto sucedió hace muy poco.

Link envainó su espada de nuevo y dio unos pasos con dirección al bosque cuando de pronto sintió un remolino de aire frío a su alrededor; se dio la vuelta y vio jirones de neblina negra emanar desde el suelo y arrastrarse hacia los cadáveres dispersos por el campamento y cubriéndolos.

—¿Qué sucede? —preguntó Link, cuando de pronto uno de los cadáveres pareció moverse un poco, como un leve tic.

—¿L-Link? —tartamudeó Laila.

La piel del cadáver se oscureció y éste abrió los ojos bruscamente, los mismos ahora emitiendo un resplandor amarillo. Link volvió a desenfundar su espada mientras a su alrededor el resto de los cadáveres sufrían la misma transformación y empezaban a levantarse. Laila gritó y se ocultó en el sombrero de Link mientras él se lanzaba hacia adelante y apuñalaba uno de los cadáveres, un bulbin muerto reanimado.

—Son demasiados. No podré contodos ellos —dijo Link, cortando otro cadáver en dos con su espada.

—¡Al suelo! —gritó una voz masculina.

Instintivamente, Link se lanzó al piso mientras una flecha encendida pasaba sobre su cabeza y se calvaba en otro zombie justo detrás de él. Levantando la mirada, Link vio una figura encapuchada blandiendo una espada y decapitando otro cadáver.

—¡Vámonos! —gritó el hombre, mientras levantaba una tea encendida de la fogata y se dirigía al bosque.

Link no lo pensó dos veces y, apuñalando otro zombie, emprendió la carrera detrás del encapuchado y se adentraron en el bosque. Corrieron durante varios minutos hasta que llegaron a un pequeño claro. Link se reclinó contra el tronco de un viejo árbol mientras el hombre misterioso caminaba alrededor, verificando que no los hubieran seguido; entonces, se volvió hacia Link.

—Te crees muy superior, con tus ropas extrañas, elegante escudo y brillante espada, ¿verdad? —le preguntó con un tono mandón—. ¿Acaso pensaste que podrías enfrentarte tú solo a un ejército de redeads?

—¿Un ejército de qué? —preguntó Link estupefacto.

—Esperaba más de ti, por la forma en que luchaste ayer —dijo el sujeto, bajando su capucha y revelando su identidad: era Taglo, su primer rival en el torneo—. Escúchame niño, mejor muestra un poco más de respeto a las criaturas de la oscuridad.

—Yo... espera, ¿a quién le llamas niño? —preguntó Link, levantando una ceja—. ¿Quién eres tú, de todos modos?

—Mi nombre es Taglo, de Villa Kakariko. Soy uno de los descendientes ocultos de los Sheikah, protectores de la Familia Real de Hyrule. Me enviaron al castillo para advertirle al rey de... espera, ¡no tengo por qué hablar contigo de esto!

Link estaba perplejo. La Trifuerza empezó a brillar en su mano en ese momento y Taglo dio un paso atrás, mirando el triángulo de luz en la mano de Link, sus ojos llenos de sorpresa.

—No es cierto... entonces... ¿eres tú? —dijo Taglo.

—¿De qué hablas? —preguntó Link.

—Creo que eso explica tu atuendo —murmuró Taglo—. Tienes... la marca de las diosas.

Link miró su mano mientras la Trifuerza volvía a desvanecerse.


Link y Taglo se adentraban más en el bosque. Link lo seguía muy de cerca mientras Laila revoloteaba a su alrededor, alerta a cualquier peligro. Taglo iluminaba el camino con la antorcha mientras le explicaba la situación a Link.

—El caso es que desde que la oscuridad empezó a propagarse por Hyrule las cosas han ido de mal en peor. Hay alborotos por todos lados, el Cementerio de Kakariko ha sido cerrado ya que los muertos se han empezado a levantar de sus tumbas durante las noches, hordas de bulbins, moblins y bokoblins han estado saqueando por todos lados y acampando por la Pradera de Hyrule; incluso ahora, el Castillo de Hyrule parece estar bajo el control de Garoth, quien se hace llamar a sí mismo el Emisario de la Oscuridad, lo cual nos da a entender que sirve a alguien más, alguien más poderoso que él.

—Y tú viniste al castillo para entrar al torneo para que pudieras advertirle al rey —dijo Link—. Perdón por entrometerme.

—No, Link, no te entrometiste —dijo Taglo, evadiendo su disculpa—. Fue el destino lo que te hizo entrar al torneo. Eres tú quien debe salvar a Hyrule.

—La gente sigue diciéndome eso, pero no tengo ni idea de qué demonios debo hacer.

—Las Diosas te mostrarán el camino —respondió Taglo. Se detuvieron y Laila revoloteó junto a una puerta de hierro oxidada y cubierta de enredaderas.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Link—. Nunca he visto este sitio.

—Son las ruinas del viejo pueblo de Ordon, probablemente el hogar de tus ancestros.

Link vio los restos de pequeñas casas construidas a lo largo de un riachuelo que fluía en medio de la aldea. Seguramente antaño habría sido un hermoso lugar, pero ahora estaba inmerso en tinieblas.

—Vamos —urgió Taglo—. Por aquí.

Link lo siguió mientras se aventuraban aún más en la oscuridad del bosque.


Zelda caminaba de un lado a otro en su habitación sin poder dormir.

Estuvo aquí —pensaba—. Vino a buscarme, pero, ¿dónde está ahora?

Su mente era un caos de pensamientos y temores. ¿Lo habrían capturado? ¿Estaría muerto? ¡No! No podía permitirse pensar esas cosas. Estaba segura de que Link seguía con vida y la estaba buscando. En ese momento escuchó que alguien la llamaba y se volteó a mirar a Viacka, quien dormía plácidamente en un colchón en el suelo (se había rehusado a aceptar dormir en la cama de Zelda). Volvió a escuchar que la llamaban, y esta vez supo que no se trataba de la joven doncella.

Zelda escuchó su nombre una vez más, esta vez detrás suyo, así que se volteó justo a tiempo para ver una pequeña orbe luminosa brillando sobre su cama. Se le acercó despacio y extendió una mano para tocarla. La orbe empezó a brillar con mayor intensidad y Zelda cerró los ojos mientras sentía como si fuera transportada a otro lugar.

Cuando abrió los ojos, se encontró de pie en mitad de lo que parecía ser la sala del trono del castillo. Supo inmediatamente que debía tratarse de una alucinación, ya que todo se veía demasiado brillante y una tenue neblina blanca la rodeaba. En eso, vio acercarse a una joven mujer, alrededor de su edad, la cual venía desde el trono mismo.

—No temas —dijo la joven con una voz que hacía eco a través del espacio.

—¿Quién eres? —preguntó Zelda.

—No te preocupes, Zelda —respondió la mujer—, pues sé muy bien las penas que pesan en tu corazón.

Zelda intentaba con esfuerzo ver el rostro de la mujer, pero la neblina lo hacía casi imposible. Se percató de que, sin importar cuánto caminara, no parecía moverse del mismo lugar.

—Tu destino ha sido trazado frente a tus ojos, Princesa —dijo la mujer—, y también lo ha sido el de Link. No temas por él, pues es el Héroe que Hyrule ha estado esperando desde hace tiempo, ya que también él es portador del Poder Divino. Las Diosas lo protegen y él pronto volverá por ti. No pierdas la fe, ya que llegará el día en que también tú deberás ayudar al Héroe en su misión para salvar Hyrule.

—¿Dónde está Link ahora? —preguntó Zelda, sintiéndose algo aliviada.

—Está en camino al Templo del Bosque, al final del Bosque de Farone. Debe romper la maldición impuesta sobre él y devolver la luz al bosque.

Zelda sonrió con renovada esperanza. Se sentía más tranquila de saber que el Héroe había despertado en Link y que todo estaría bien.

—Gracias, pero... ¿quién eres?

—Soy tú, y tú eres yo —respondió la mujer de forma enigmática. Zelda finalmente pudo ver su rostro y se percató que era el suyo propio, pero resplandeciendo con una luz celestial que parecía emanar de los cielos—. Mi nombre es Hylia.

Zelda se despertó sobresaltada. ¿Realmente había sido solo un sueño? Estaba tendida en su cama, los cielos afuera de su ventana aún recubiertos en un manto de oscuridad. Se sentó y sintió una paz cálida en su interior. No estaba segura de si solo lo había soñado, pero estaba segura de una cosa: las Diosas habían respondido a sus preguntas.


Link y Taglo llegaron al final del camino a través del bosque y encontraron un claro rodeado de árboles de aspecto lúgubre. Al final del claro, Link reconoció la fachada de piedra y madera de lo que parecía ser una antigua iglesia.

—Bueno, aquí es —dijo Taglo.

—El Templo del Bosque —dijo Link, asintiendo con seriedad.