ADVERTENCIA: La historia de Candy Candy no me pertenece, este fic sólo persigue fines de entretenimiento, ningún lucro en particular. Sólo me reservo el derecho de usar los personajes creados para esta historia en lo particular. Gracias.
El presente capítulo contempla diálogos de lenguaje llamémosle rudo, pero es necesario ya que en la situación que se usa difícilmente alguien llega y te habla con palabras quedas. Quien no guste de vocabulario así o bien, de escenas descriptivas no aptas para menores, favor de abstenerse la lectura. Gracias.
UNA ROSA PARA SIEMPRE
Capítulo X
Encuentro de rivales
por AngelySoul
Y ahí iba, de nuevo rumbo a otra fiesta en la que ahora sí sabía con quien podría encontrarse. Candice White Andley, acompañada del joven Westport y su amiga Patricia O´Brien, tomaban rumbo a aquella recepción que les habían comentado de última hora los padres de Leonard y Catherine. Candy se vio tentada a rechazar la invitación, pero no quiso sentirse una cobarde. Después de todo ¿Qué más podría pasar esa noche? Y lo dicho, por eso, ahí estaba de nuevo.
Luego de la obra, Candy pensó que por fin podría darse la soledad que tanto necesitaba para reflexionar sobre las últimas horas. Las emociones encontradas la atormentaban, sobre todo al reconocer que sus sentimientos por Terry seguían tan vivos como aquella noche de invierno e incluso más; pero al ver a Susana en el teatro se sintió tan mal. Jamás debió aceptar ese beso ¿pero que diablos estabas pensando Candy? Se recriminaba.
El frío del otoño inglés ya estaba haciendo de las suyas y en esos momentos extrañaba su chalina que había dejado Dios sabe dónde. Leonard estaba siendo más que atento esa noche y ella había notado ese cambio desde hacía un par de días, cuando él se enteró de todo el asunto sobre Neil. Sus atenciones y galanteos estaban siendo más que evidentes.
- ¿Te ocurre algo Candy? – preguntó genuinamente preocupada su morena amiga, pues desde que habían salido del teatro la rubia apenas si había seguido las charlas con monosílabos.
- Cierto, te noto algo ausente – secundó Leonard.
- Oh, no pasa nada. Tal vez el frío ha entumecido mi cerebro – trató de mostrarse como siempre – Si no es por tu gabardina, Leonard, estaría congelada
- Hemos tenido suerte que no haya llovido esta noche – dijo Paty, sin dejar de observar a la pecosa. Era obvio que la función le había afectado, pensó.
Ese leve momento de broma permitió a nuestra rubia a amiga bajar un poco la tensión, era sólo cuestión de minutos para toparse con Terry y Susana. Juntos. Llegaron al lugar de la fiesta. Un mozo les abrió la puerta ayudando a las damas a bajar del transporte.
- Parece que en Londres desquitaremos todas las fiestas que no pudimos asistir en el colegio ¿no crees, Paty? – dijo sin pensar la rubia.
- Eso parece, Candy.
- La fama de rigidez de ese lugar me asusta. No imagino como lograron pasar el tiempo ahí – las escoltaba el joven.
- Bueno…tener buenas amigas fue de mucha ayuda ¿no es así Paty? – le guiñó el ojo riendo.
- Definitivamente sí – río con ella.
- Aunque insisto que no me habría gustado mucho lo estricto de ese colegio, sí me hubiera gustado estar ahí para conocerles desde entonces – fue galante al dirigirse a ambas, pero sin dejar de mirar de soslayo muy significativamente a la rubia.
- Bueno, con la presencia de mis primos fue fácil sobrevivir también – ignoró el comentario del muchacho.
- ¿Tus primos? – las escoltaba siguiendo el paso de las jóvenes al subir un par de escalones que daban con el gran recibidor de la mansión.
Candy no contestó de momento, ya que a la entrada los recibió personal del lugar indicándoles el camino. Al estar ya ubicados en el salón del baile donde habían dispuesto mesas y sillas elegantes para los invitados y otras mesas ubicadas estratégicamente a lo largo y ancho del salón ofreciendo viandas para los presentes.
La gala era ofrecida por una excéntrica viuda, recordó Candy que Leonard le había contado algo en el camino. Una mujer acaudalada, de largo linaje y cuyo esposo había sido fundador del festival de Shekaspeare. Se rumoraba que su lazo con la realeza era más que cercano, pues se decía que era hija de algún desvarío de un tío de la reina; sin embargo, oficialmente, su padre fue un duque y en su familia había un mundo de lords y condes. La nobleza y sus raras ideas, pensó Candy.
Al encuentro de nuestros amigos llegó Catherine quien se apartó de un grupo de jóvenes en edad casadera como ella, que con risas tímidas correspondían a galanteos a distancia de posibles candidatos a ganar su dote.
- Por fin llegaron, estaba aburrida.
- ¿Aburrida, tú? – le dijo el hermano - Pero si estabas al lado de las chicas más comunicativas de Londres.
- Sí, pero resulta que todas ellas fueron al teatro y no dejan de hablar de Terruce – dijo con abierta molestia.
- ¿Acaso no es él tu tema favorito?
- Bueno, no dejan de hablar de su prometida –denotó su fastidio
- Ah, ya entiendo lo que te molesta entonces- río con el mayor disimulo posible - Y tienes razón, la chica es muy bonita – su comentario siguiente fue más reflexivo - Tengo entendido que tuvo un accidente y me asombró bastante verla de pie en el teatro. Que alguien como Terruce esté al lado de ella, me sorprende.
- ¿No entiendo qué quieres decir con eso? – el comentario molestó inmediatamente a Candy, pero lo disimuló bastante bien.
- Me refiero a que él es de la nobleza, ella no. Además, el tiempo que lo conocí no mostró ser una persona precisamente gentil y compasiva. Por eso me sorprendió saber que va a casarse con alguien que no es ni siquiera de su clase social, no tanto que sea o no de la nobleza, pero que además esté en esas condiciones.
- Para el amor no existen esa clase de barreras – afirmó con más ahínco del que pretendía la rubia, pues conocía a Terry y sabía que por lo menos él no era del tipo de muchacho clasista.
- Señoritas, tal vez esto no lo comprendan, pero entre hombres podemos saber cuando alguno está enamorado. Y créanme, Terruce Grandchester no ama a esa joven.
- ¿Lo crees así hermanito? – no disimuló Catherine su interés por el comentario de su hermano mayor.
- No es correcto que yo hable más de cosas de caballeros – sonrió ampliamente – Pero cambiemos de tema, últimamente es lo único que escucho.
Paty había permanecido silenciosa durante la plática, analizándolo todo. No le pasó desapercibida la furia contenida de Candy cuando se mencionó el carácter del actor; sin duda la rubia lo conocía bien y debía tener sus motivos para no estar de acuerdo con Leonard. Por otra parte, éste último, cada vez era más abierto en su galanteó con su amiga, más al saber que no estaba realmente comprometida. Y Catherine…bueno, Catherine era obvio su interés por Grandchester. Paty se preguntaba a dónde iba a parar todo aquello con tantos intereses sentimentales cruzados.
Los siguientes 20 minutos transcurrieron, en los que Paty fue saludada por reconocidas familias que la identificaron inmediatamente. La gente comenzaba a llegar y el lugar estaba más que concurrido. La morena poco a poco fue identificando entre los invitados a algunos de los actores de la obra que acababan de ver y seguramente había más gente del medio del teatro de otras compañías que habían acudido al festival.
- ¿Quién lo diría? Mi amiga es muy popular en Londres – comentó al cabo de un rato Candy cuando por fin estuvieron un rato solas luego de tantos saludos y presentaciones.
- Realmente me sorprende que me reconozcan, quienes se encargaron de la vida social fueron mis padres. Yo me la pasé en el Colegio, quien realmente siempre ha procurado por mi es la abuela y les agradezco a mis padres que me hayan dejado bajo su tutela.
- Me pregunto qué estará haciendo la abuela Martha.
- No quiero ni pensarlo, dejarla sola es como soltar un crío en un parque.
- Ojalá yo llegué a sus años con tanta energía.
- Es posible, Candy, ya que nunca cambiarás – ambas rieron.
La música que amenizaba dejó de sonar y el sonido de una campana llamó la atención de todos los presentes. En el descanso de la escalera que magnificaba aquel salón, estaba de pie la anfitriona de la fiesta, una mujer ya entrada en años de espigada figura, rostro enjutado y ataviada con las más glamorosas galas de la época.
- Muy buenas noches – dijo con aguda y alegre voz – Me siento halagada que todos estén presentes. No pienso dar un largo discurso de bienvenida, sólo agradecer a todos los que han hecho posible que el Festival de Shakespeare se realice este año. Estoy segura que mi querido Henry está tan contento como yo, donde sea que nos esté viendo. A las compañías de teatro asistentes. Gracias. Disfruten la fiesta. Bienvenidos
El aplauso de los asistentes siguió al discurso. La curiosa dama llamó la atención de Candy, pues hablando de gente mayor con energía, esa mujer irradiaba en montones. Bajó las escaleras con gracia exagerada y al llegar al pie un grupo de personas la saludaba efusivamente. Fue conducida por otro hombre mayor y se abrieron paso en entre los asistentes, sonriéndole a todo mundo e insistiendo que se sintieran como en su casa. Al pasar por cerca de Candy y Paty, ambas alcanzaron a escuchar sus comentarios.
- Pero ¿no ha llegado quien se ha convertido en mi intérprete favorito de Shekaspeare?, ¿dónde está ese joven Romeo que vi hace un par de horas en el teatro?
- Están por llegar Señora. Recuerde que a veces lleva tiempo el desocuparse tras la presentación de una obra…
- Cierto, pero estoy impaciente por conocerle. Su interpretación ha sido sublime.
- Bueno, parece que ya no tiene que esperar más, el joven ha arribado
Con interés la mujer avanzó hacia la entrada a darle la bienvenida al actor, quien a su llegada provocó murmullos entre los presentes y una abierta admiración de las damas, sobre todo las más jóvenes, quienes veían con envidia a la chica rubia que iba colgada de su brazo.
- Joven Grandchester – lo saludó la anfitriona – quien diría que la nobleza nos otorgara tanto talento. Buenas noches señorita…
- Marlowe – comentó el hombre que escoltaba a la madura mujer – la señorita Susana Marlowe, prometida del joven Grandchester, según me han informado – vio a Terruce desconociendo la tensión que le provocó con tal afirmación.
- ¿Va usted a casarse? – dijo con el tono de sorpresa y totalmente chillante que varios a su alrededor escucharon bastante bien. La música impidió que todos los asistentes se enteraran.
- No…no hemos fijado fecha aún – se apresuró a contestar Susana al sentir la tensión del brazo masculino que sujetaba.
-Jovencita, en mis tiempos decir prometidos es estar con un pie en el altar – comentó con gracia, pero luego miró a Terry – Sin embargo, entiendo que dedicarse al teatro le roba el tiempo que necesita para dedicarle a su novia.
Por toda respuesta, Terry asintió con un gesto cortés, sin saber cómo eludir los imprudentes comentarios. Por fortuna alguien más requirió de la presencia de la anfitriona, despidiéndose de los recién llegados.
-Vaya mujer – comentó Susana cuando avanzaron hacia el salón de baile, tratando de aligerar la situación.
- La excentricidad y la nobleza son una mezcla peligrosa. Vamos Susana, allá está Robert con otros miembros de la compañía. – siguió avanzando mirando de soslayo entre la gente, buscando una rizada rubia cabellera. Estaba ahí, lo sabía, sin embargo no la había visto por ningún lado.
Utilizando de pantalla a algunos comensales, Candy y Paty se habían alejado a tiempo del camino que llevaba Terry. Nuestra pecosa amiga no pudo evitar el sinsabor que le provocaba verle acompañado, pero así eran las cosas. Encontrarse de nuevo en Inglaterra sólo era una mala jugada del destino, que en más de una ocasión se ensañaba con ella, pensó. Decidió mantenerse en el polo opuesto del lugar, algo que fue muy difícil hacer al principio puesto que Catherine buscaba la forma de encontrarse con el joven actor. Por fortuna Leonard estaba más dispuesto a seguir a Candy que a su hermana y así se colocaron algo lejos de la comitiva de actores.
- ¿Dónde se habrán metido nuestros padres? – comentó Leonard buscando entre los asistentes a sus progenitores.
- De seguro en algún lugar mejor que en el que estamos – protestó abiertamente Catherine – Alguno de sus tantos conocidos los debe haber invitado a una mesa mejor que ésta.
- Estamos bien ubicados, frente a la pista y tenemos buena vista aquí para que observes a todos los asistentes…o quizá sólo a uno – bromeó.
-Sigues con lo mismo.
- Ya los ví – comentó el joven ignorando los refunfuños de su hermana – Están con la señora Baker.
Al instante Candy siguió la mirada de Leonard, observando como efectivamente Eleanor Baker tenía una plática muy animada con Marie Westport. A nuestra pecosa amiga no dejaba de rondarle en la cabeza qué tanto sabía del pasado de la actriz la madre de estos recientes amigos que conoció en el barco. Su presentimiento no estaba lejos de la realidad.
Así, al otro lado del salón, ambas mujeres conversaban con la confianza que dan los años de la amistad, a pesar de la distancia forzada.
- Estuviste excelente. No puedo creer que una mujer tan bella pudiera caracterizarse de nana – le comentó Marie.
- Es parte de mi trabajo.
- Y lo haces excelente…y parece que ese talento lo has heredado – le dijo con disimulo.
- Está mal que lo diga yo, pero es el mejor – dijo con disimulo también, pero sin poder evitar ese orgullo en la mirada – Por cierto, quiero pedirte un favor – la jaló del brazo discretamente alejándola del marido de su amiga – Me has invitado a tu mesa, puedo incluir a Terruce y compañía con nosotros.
- Por supuesto, mi hija estará encantada – sonrió y luego soltó un suspiro resignado – Es una pena que no pueda darle alientos, debo admitir que la chica que le acompaña es linda.
- Sí – le cambió el rostro a la rubia mujer – Es linda
- Veo que no apruebas la relación.
- No es ningún prejuicio. Me conoces desde siempre Marie, pero hay una historia ahí con la que no estoy de acuerdo.
- ¿Una historia? – sin duda sintió curiosidad. En eso su esposo la abordó rodeándole los hombros.
- Querida, vayamos a nuestra mesa. Pronto la pista será abarrotada por jóvenes danzantes.
- Nosotros aún podemos bailar y muy bien – bromeó la mujer – Eleanor ¿nos acompañas?
- Por supuesto, pero he quedado con el joven Grandchester y su novia…
- Estaré encantado que se sumen a nuestra mesa, si no es que alguien más los acaparó ya – dijo el inglés amenamente, a pesar de su inflexivo acento.
A unos pasos, platicando con otros actores de la compañía, estaban Terruce, Susana y su madre. Eleanor Baker los abordó.
- Sra. Marlowe, Susana, joven Grandchester, espero no les moleste mi osadía, pero me han invitado a la mesa de los Westport y me tomé el atrevimiento de incluirles.
- ¿No seremos inoportunos? – comentó la señora Marlowe que estaba más que entusiasmada ante el glamoroso ambiente del lugar. Y por supuesto, no quería perder de vista a Eleanor desde que se había enterado su verdadera relación con Terruce.
- Sería un honor contar con ustedes – se acercó Marie y su esposo.
- Pero…- balbuceó Terry.
- ¿Algún problema joven Grandchester? – le dijo dulcemente Eleanor.
- Sólo que no me gustaría inoportunar a los señores – dijo con su clásico tono serio. ¿Qué estaba tramando su madre? Sabía que con los Westport estaba Candy y eso implicaba que ella y Susana compartirían mesa.
Bajo tales circunstancias, desafortunadamente para Candy no pasó mucho para mantenerse relativamente "oculta" de esa profunda mirada, pues la madre de Leonard y Catherine había tenido la genial idea de invitar a Eleanor Baker a la mesa, y la madura actriz tuvo a su vez la idea de invitar a Terry, Susana y su madre.
- Buenas noches – dijo una profunda voz a su espalda, erizándole todos los rizos de la nuca.
- Te…Terruce – tartamudeó Catherine más que feliz
- Buenas noches – fue el cortés tono de Leonard quien ante las damas se puso inmediatamente de pie.
Mientras todos tomaban asiento, esta vez Candy pudo observar más el aspecto de Terry, vestido con ropa de acuerdo a la ocasión, pero traía su cabello suelto con rebeldía. Igualmente impresionante con ese estilo tan formal de vestir, pero no con la sobriedad que le había visto en la primer fiesta que llevaba su cabello recogido en una coleta. También pudo ver de cerca de Susana, quien lucía hermosa con su vestido amarillo; sin duda, la compañía de Terry le hacía mucho bien. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron de nuevo, luego de haberse visto por casualidad hace un par de días por las calles de Londres.
Terry ayudó a Susana a tomar asiento, acomodándole la silla como marcan las reglas de etiqueta, y Leonard hizo lo mismo con la madre de Susana. En la mesa quedaron así: Marie con su esposo Alfred a su derecha, a su izquierda Eleanor, quien tenía a su lado a la madre de Susana, luego la propia Susana, Terruce, a su lado una alegre Catherine, seguida de Candy, luego Paty, y finalmente Leonard. Una mesa llena. ¡Vaya mesa!. Flanqueada por sus amigas y abordada constantemente por Leonard, Candy trató de forjar una barrera mental para ignorar a los ahí presentes. La música ya había atraído a algunas parejas al centro del salón.
- Que linda melodía – dijo soñadora Marie.
- Los jóvenes no deberían desperdiciarla – dijo Eleanor viéndolos a todos y a ninguno a la vez, o al menos eso parecía.
- Yo soy muy torpe para el baile – se apresuró a decir Paty que casi podía tocar el hilo tenso que cruzaba entre algunos miembros de aquella mesa.
- Tonterías, es cuestión de seguir la música – dijo Eleanor con simpatía por la morena chica.
- Yo la sigo, pero parece que mis pies no hacen lo mismo – se le ocurrió contestar a la tímida chica provocando la risa de los presentes, incluso de Terry que apenas si sonrió ligeramente.
- Exageras – atinó a comentar Leonard – Además tengo entendido que al colegio que asistieron sólo están los mejores maestros. No creo que hayan dejado de lado las clases de baile.
- El Real Colegio San Pablo es reconocido por la formación de damas y caballeros de sociedad – dijo Catherine queriendo llamar la atención – El baile es una de las cosas que debemos aprender para no rechazar a un caballero.
- Tampoco a todos los caballeros, jovencita – se apresuró a contestar su padre, Alfred.
- Bueno, creo que el baile es importante a la hora de que se conozcan los jóvenes cuando hablamos de una fiesta – dijo Marie – Claro, con el total respeto de las normas morales. Aunque el San Pablo se me hace una exageración, aplaudo que tuvieran internados a muchachos y muchachas.
- Pero con normas muy rígidas – dijo con tono desaprobador Leonard – Yo agradezco que nuestros padres no nos hayan enviado ahí…en parte.
- Creo que sobre ese lugar nos podrían comentar más sus exalumnos – se atrevió a decir Susana, tratando de confirmar el dato que se había enterado aquella tarde al encontrarse con Candy – Suena a un lugar aterrador.
- Las normas para los jóvenes son por sí solas aterradoras – fue el jocoso comentario de Alfred que ya se sentía más extrovertido con el poco alcohol que había tomado.
Los presentes guardaron silencio observando principalmente a Candy y Paty, aunque ya todos ahí sabían que Terry había sido alumno de dicha institución.
- Bueno…- tomó aire discretamente nuestra pecosa amiga. El tema de la charla le causaba muchas sensaciones, pero hablar era una buena forma de disimular su congoja – Yo no estuve tanto tiempo en el Colegio como Paty, pero si puedo decir que la disciplina es muy fuerte.
Terry Grandchester, a ese punto de escuchar por fin hablar a Candy tras su encuentro en el teatro, contuvo el aliento casi inconcientemente.
- Sin embargo – continuó la rubia con cautela seleccionando muy bien sus palabras, evitando por todo cruzar su mirada con Terry o Susana – Amigas como Paty hacen más llevadero un internado así.
- El mundo es demasiado pequeño – comentó Catherine, buscando la manera de que Terry hiciera algún comentario – Ya que también Terruce estudió ahí ¿no es así?
- Efectivamente – fue su lacónica respuesta. Y sin duda Candy fue quien le dio sentido y sólo cuando ella estuvo aquel lugar de estudio no era tan gris ni monótono.
El joven noble se dio cuenta que de alguna forma Susana no sólo estaba ya enterada de la presencia de Candy en Londres antes de esa fiesta en la que ahora estaban, sino que además sabía que habían estudiado juntos, algo que él jamás le había contado. Claro, no podía olvidar que aquella tarde que Catherine se fue con él al teatro, seguramente se había enterado de algo Susana al platicar con Marie Westport o su madre. Pero ¿por qué ella no le había dicho nada aún?
- ¿Y de casualidad no fue en ese colegio donde conociste a tu prometido, Candy? – fue la pregunta de Marie
- ¿Estás comprometida? – dijo con más entusiasmo del que esperaba Susana al confirmar la noticia que había leído semanas atrás en Nueva York – ¡Felicidades!
- Gracias – dijo por toda respuesta agachando la mirada.
Susana no pudo evitar esa sensación gratificante. Ciertamente Terry y aquella chica rica se habían visto de nuevo, sin duda eso había provocado el sutil nuevo brillo en la mirada de él, pero ella ya tenía otro camino que seguir. Por fin, Terry tendría que darse cuenta que la única mujer que realmente lo amaba, era ella, Susana Marlowe.
- Entonces – retomó la pregunta Catherine con inocencia, ya que tampoco podía olvidar el encuentro que habían tenido a la salida del teatro Terry y ella, con aquella pareja americana, cuyos rasgos destacaban el parentesco entre ellos - ¿Dónde conociste a tu prometido, Candy?
- Creo que nuestra amiga no se siente muy cómoda hablando del tema – intervino Leonard quien conocía al menos en parte la farsa del compromiso con Neil.
Se hizo un silencio y por toda respuesta la rubia pecosa le obsequió una sonrisa de agradecimiento a aquel inglés. Pero Catherine estaba dispuesta a averiguar y amarrar los cabos sueltos.
- Cierto. Bueno, la música es grandiosa ¿me invitas a bailar Leonard? – optó por comportarse con su usual desenfado.
- Pero…- dijo Leonard sorprendido
- Vayan…que todavía hay más damas en este mesa con las que debes bailar – dijo su madre jocosamente
- Aún quedamos dos caballeros, querida – recordó su esposo.
- Pues estoy esperando que uno de estos caballeros en cuestión me lleve a la pista de baile – le dijo, a lo que su esposo inmediatamente respondió poniéndose de pie e invitándola a la pista.
- Sólo Marie podría ser tan ocurrente – pensó en voz alta Eleanor viendo alejarse a la pareja madura.
- Debe ser muy gratificante reencontrarse con una amiga de años – comentó la Sra. Marlowe, quien estaba dispuesta a averiguar más sobre la verdadera madre de Terry.
- Sí, sin duda lo es – fue la educada respuesta y comentó casualmente – Una amiga es un apoyo muy fuerte en tiempos difíciles ¿no lo cree así señorita O´Brien?
- En mi caso así ha sido – dijo y miró a Candy con agradecimiento – Candy es la mejor amiga que se puede tener.
- Que bien – dijo Susana no queriendo escuchar más elogios hacia aquella chica – Querido, estás muy callado.
- Sólo un poco cansado, Susana.
- Después de una actuación como la de hoy, no lo dudo. Estuvo usted excelente, joven Grandchester – dijo la madre de Susana.
- Sólo hice mi trabajo – dijo visiblemente incómodo. Había dado lo mejor de sí para la chica que estaba en aquella mesa también y quien se veía tan distante.
Diablos, ni en sus peores sueños pensó estar en una situación así, aún quemaba el sabor a cerezas en sus labios, su tacto recordaba perfectamente la suavidad de la nacarada piel. Y ella estaba ahí, tan impasible, aunque su mirada estaba más inquieta que de costumbre notó. Por otro lado, la presencia de Susana le irritaba sin pensarlo, sentía aún el peso que le quedó aquella noche fría de invierno en sus brazos, sentía sus brazos como plomo.
Por su parte, Candy sentía que si en ese momento no gritaba, se volvería loca. Ver a Terry había sido demasiado, que la besara de nuevo, sabía a una mezcla dulciamarga; pero verlo con Susana le oprimía demasiado el corazón. El destino tenía algo en contra de ella, se dijo.
- Así que ustedes se conocieron aquí, en Londres – se aventuró a decir Susana, tratando de retomar el tema.
- La señorita Candice White Andrey y Patricia O´Brien estudiaron en el Real Colegio San Pablo, Susana – decidió aclarar Terry de una vez – Efectivamente, desde entonces les conozco a ambas y a las familias de ellas. En el colegio estudiaron también los primos de la señorita Andrey
- Los Andrey son una familia muy reconocida en América. De gran linaje – observó la madre de Susana - ¿Su abolengo es inglés, escocés?
- Creo que escocés – dijo educadamente Candy.
- Debe ser un orgullo ser descendiente de una familia como los Andrey ¿no lo crees Candy? - la exactriz quería saber más y escuchar lo afortunada que había sido la vida de Candy.
- Mis…- nunca lo había ocultado y no lo haría ante Susana tampoco, pensó Candy al contestar – mis orígenes no me son muy claros, salvo el hecho que nací en América.
- ¿Cómo? – fue la pregunta de una muy sorprendida Eleanor, ya que desconocía la historia de esa joven que había robado el corazón de su hijo.
- Soy hija adoptiva de los Andrey.
- Yo…yo creía que – dijo una azorada Susana.
Si alguien lo iba a seguir sorprendiendo en la vida, siempre sería Candy, su Candy, quien tocaba un tema tan delicado como la adopción como algo de lo más natural del mundo, sin sentirse inhibida por la cara de espanto de la madre de Susana, ni como ésta trataba de disimular su sorpresa.
- Bien, bueno, si nos disculpan – decidió ponerse de pie Candy para escapar y cortar la plática – Paty¿me acompañas? Regresamos, cosas de mujeres.
En tanto la rubia y su amiga se alejaban de la mesa, Leonard las divisó de las pista de baile.
- ¿Qué ves? – cuestionó su hermana
- Nada
- Oye, Leonard, hay algo que no me gusta. ¿Notaste la cara de Susana al ver a Candy?
- Kate, Grandchester te está obsesionando ¿qué tiene que ver su novia y Candy?
- Mmm – hizo un gesto cómo quien duda si debe soltar lo que sigue - No te lo había dicho, pero ¿sabías que el prometido de Candy está aquí?
- ¿Tú cómo lo sabes? – fue la total sorpresa del joven
- ¿Lo sabías? – le reprochó
- Sí…bueno. Estaba en casa de Paty cuando llegaron – fue el escueto comentario
- ¿Llegaron?, ¿te tocó conocer a su hermana?
- ¿Cómo sabes qué tiene una hermana y que ella le acompañaba?
- Bien, pon atención a lo que voy a contarte. Hace un par de días acompañé a Terruce al teatro a un ensayo y a la salida salieron a su encuentro estas personas, el prometido de Candy y su hermana.
- ¿Qué tienen que ver con Grandchester?
- Eso es lo que yo me pregunto. Porque ellos mostraron mucha familiaridad con Terruce y…esto es lo que no me había animado a decirte…parece que él tenía toda la intención de que Terruce supiera sobre el compromiso.
- ¿Qué estás queriendo insinuar?
- No sé, tal vez estoy alucinando, pero es obvio que el prometido de Candy conoce bien a Terruce y viceversa.
- Serían compañeros de colegio, hermana.
- Puede ser…pero ¿por qué Candy se pone tan evasiva cuando le hablamos de su prometido y Terruce finge no conocerlo?
- Kate, creo que ya estás armando tu historia. Deja en paz tu volátil imaginación – trató cerrar el tema, pero sin duda él trataba en su mente de atar los cabos sueltos.
No pasó mucho tiempo en que Terruce fue solicitado por otras personas y tuvo que alejarse de la mesa. Eleanor fue invitada a bailar por Robert Hathaway. Y cuando Candy regresó, Paty fue interceptada por algún joven que la reconoció y la invitó a la pista. De pronto, nuestra rubia amiga se vio en la incómoda situación de volver a la mesa con Susana y su madre. Cuando la rubia se sentó se hizo un incómodo silencio, que la exactriz decidió romper.
- Mamá, ¿podrías traerme un vaso con agua? - dijo la joven mujer.
- ¿Agua? – respondió extrañada su progenitora
- Por favor – fue insistente y con un gesto donde la mamá supo que Susana quería hablar con aquella chica a solas.
- Está bien. Regreso. Permiso
Cuando estuvieron solas en aquella mesa, a pesar de la música que sonaba en todo el salón y los murmullos de todos los asistentes, el silencio se hizo más agudo aún si era posible entre ambas. Como nunca, la verde mirada de nuestra pecosa amiga viajaba de un lugar a otro, mientras que la frustrada actriz tenía la vista fija sobre el mantel.
- Ha pasado tanto tiempo desde que nos vimos la última vez – logró decir la exactriz
- Un par de años – se felicitó por articular palabra.
- Los mejores de mi vida –se apresuró a contestar con más alegría de la que en realidad sentía - He recuperado mis ganas de ser feliz. Vuelvo a caminar. Y todo gracias a Terry.
- Me alegró que estén bien los dos.
- Yo no sabía que se habían conocido aquí…- dijo Susana conteniendo la amargura que sentía, pues tenía que fingir ante Candy que todo iba bien.
- No importa cómo nos conocimos Susana. Lo importante es que ustedes están juntos.
- Gracias. Candy, somos muy felices, y lo seremos aún más.
- Lo sé…yo…
- Pero mira qué lindo cuadro – dijo una viperina voz – Una huérfana y una lisiada en una gran fiesta de la sociedad inglesa.
- Eliza – volteó Candy y se puso de pie inmediatamente – Tú y tus comentarios sucios.
- Parece que ustedes tienen más en común de lo que creen – ignoró el comentario de la rubia - No sólo en gustos, que va, sino que les gusta escalar socialmente de la manera más rápida.
- No voy a permitir que hagas esa clase de comentarios Eliza. ¿Cómo es que estás en esta fiesta?
- Pero si estás tú ¿acaso crees que no sería mucho más sencillo para mí acudir?
- ¿Qué quieres? – la espetó Candy.
- Que hablemos – adoptó su pose de autosuficiencia.
- Ya le dije a tu hermano lo que tenía que decirle – dijo conteniéndose para no armar un escándalo.
- Es sobre Terry, seguramente a tu rival le encantaría enterarse de lo que tengo que comentarte.
- ¿Qué tienes tú que ver con Terry? – trató de ponerse de pie, pero su bastón cayó al suelo, obligándola a tomar asiento.
- Es una larga historia "querida" – le sonrió hipócritamente y luego se dirigió a Candy - ¿Vamos, cuñadita? Mi hermano no tarda en llegar y quiero hablar contigo antes que aparezca a interrumpirnos.
Acostumbrada a las sucias artimañas de Eliza, Candy decidió aceptar, sobre todo porque algo le decía que aquello realmente tenía que ver con Terry. La pelirroja chica llevó a Candy por un corredor que comunicaba al salón con algún otro punto de la mansión. Cuando dieron los suficientes pasos alejados de la fiesta, Eliza abrió una puerta que comunicaba con lo que parecía un salón de estar para tomar té.
-Aquí nadie nos interrumpirá
- ¿Qué es lo que tienes que decirme de Terry?
- Calma, cuñada – observó el salón – Vaya, sin duda esto es lo que se dice de buen gusto
- No tengo humor para soportar tus juegos. Dime de una vez lo que quieres.
- Bien, no tengo ganas de jugar tampoco. Seré directa – se volteó hacia ella y la miró con su porte frío y dijo con un letal tono de advertencia – Te vas a casar con mi hermano o estoy dispuesta a revelar el secreto del origen de Terruce Greum Grandchester.
-¡¿Cómo?! – exclamó una horrorizada Candy, sin poder creer que Eliza se refiera a lo que estaba pensando.
- Como lo supuse, estas enterada: Eleanor Baker es la verdadera madre de Terruce y por lo tanto es el hijo bastardo del duque.
- Cállate – dijo con desespero temiendo que alguien se enterara. Eso sin duda podría afectarle a Terry.
La risa de Eliza Leagan resonó en aquella habitación, sintiéndose triunfal. Por fin, lograría que Candy fuera infeliz, y para eso no lo importaba que tuviera que casarse con su hermano. El postre de aquella situación sería lograr que se concretara la boda de Terry con aquella lisiada actriz, pensó.
- No lo diré una vez más, Candy. No me gustas ni quisiera tenerte en mi familia, pero parece que mi hermano no descansará hasta lograrlo.
- Y si no me quieres en el clan de los Leagan ¿por qué haces esto?, ¿por qué quieres obligarme a casarme con Neil?
- Pues porque… – dijo con fingida bondad – soy una buena hermana y deseo verlo feliz, a costa de lo que sea. Aún si eso implica tenerte en mi familia. Claro, si a eso le agrego que tú jamás serías feliz a su lado, eso le da un toque extra a la situación.
- Eres una malvada, Eliza. No pienso casarme con Neil.
- Ay, ya me hartaste con la misma cantaleta. O aceptas casarte con Neil o te juro que en esta fiesta le cuento a todos el secreto del duque y sus desvaríos.
- No te atreverías.
- Me conoces, Candy. Haré lo que fuera por verte infeliz y borrar esa estúpida sonrisa de tu rostro. Te lo juro.
Mientras tanto, Terruce volvía a la mesa encontrando a Susana y a su madre, pero también llevaban unos minutos que había regresado la pareja Westport, tambien Eleanor y Paty, que platicaban amenamente. Al tomar su lugar en la mesa buscó con la mirada a Candy en la pista de baile, pero comprobó que seguía siendo Catherine quien bailaba con Leonard. Un desasosiego atravesó como una lanza su alma. Se puso de pie y entre la gente pudo ver una masculina figura conocida que dejaba una copa con descuido al pasar un camarero y tomaba rumbo fuera del salón.
- Terry ¿a dónde vas? – lo sujetó Susana de una mano
- Con Robert, tengo que comentarle algo…regreso en un minuto Susana – dijo inexpresivamente y sin más se alejó de nuevo del lugar.
La puerta se abrió, dando paso un desagradable rostro conocido por ambas mujeres.
- Aquí estás – dijo con mirada brillosa recorriéndola de pies a cabeza – debo decir que mi futura esposa es la envidia de muchas esta noche. Tu belleza las opaca
- Comenzaba a preguntarme donde estabas – dijo la rubia con valentía.
- ¿Me extrañas?
- No seas idiota.
Nuestra amiga sentía una furia contenida como pocas veces, aquel par de bribones querían a toda costa obligarla a hacer algo contra su voluntad, pero lo que más la enfurecía es que metieran en ese asunto a Terry.
- Me estoy cansando de tus desprecios, Candy. He hecho un viaje muy largo para estar contigo y ¿es esta la forma en que me correspondes?
- Yo no te pedí que vinieras, ni mucho menos quiero tu compañía – retrocedió instintivamente cuando el comenzó a acercarse amenazadoramente.
- Aprenderás a tenerme a tu lado, pero sobre todo aprenderás a amarme – se plantó por fin frente a ella sujetándola por los brazos.
- Me estás lastimando, Neil – sintió que las manos le aprisionaban la blanca piel, y sintió una furia y miedo a la vez. La mirada de aquel hombre estaba transformada.
- Debes acostumbrarte a mi toque. Serás mi mujer – acercó su rostro rozándola con su aliento, con lo que la rubia giró su cabeza a un lado.
- Estás borracho.
- Así me tienes, borracho, loco, rabioso – la miró y sin soltar a la rubia volteó a ver su hermana – Déjanos solos.
- Pero Neil – se expresó con burlona y fingida preocupación – No es propio que estén solos – y caminó rumbo a la puerta y antes de cerrarla asomó el rostro – Pero lo haré con la esperanza que por fin arreglen sus diferencias. Hasta luego, querida cuñada.
Cuando se oyó el cerrar de la puerta, Candy sintió un frió helado por la espalda. No podía ser el clima del lugar, ya que si bien afuera el otoño estaba comenzando a calar los huesos, la habitación tenía una temperatura agradable.
- Me vas a soltar de una buena vez.
- ¿Crees que ha sido muy agradable para mi sentir tus desprecios una y otra vez, Candy?
- ¿Por qué te empeñas en seguir con esto? – nuestra pecosa amiga trataba de recuperar el valor al hablar, pues la mirada de Neil tenía un brillo lascivo y si a eso le sumaban el descontrol que puede dar el alcohol al cuerpo.
- No sólo te alejas de mi – ignoró el comentario de la mujer, sintiendo cada vez como el calor del licor lo dominaba – Si no que además aceptas los galanteos de un estúpido. Te he visto de lejos en el teatro, te he observado en la fiesta y ese maldito Westport no te quita la mirada de encima.
- No sé de qué hablas.
- Pero eso no es suficiente – la rabia fue creciendo – Grandchester está aquí y el muy idiota aún suspira por ti, sin importarle la estúpida mujer que tiene al lado.
- Terry no…- su instinto de defender al hombre que amaba era inevitable.
- Terry, Terry, Terry – repitió soltándola y dando un paso atrás – ¿Que le sigues viendo a ese bastardo? Porque eso es lo que es. El muy estúpido, con esos aires de grandeza, todo mundo rindiéndole pleitesía en el colegio y no es más que el hijo de una mujerzuela y un noble que se dejó embaucar.
- No permitiré que te expreses así. No sabes nada y no tienes derecho a juzgar de esa manera.
- ¡NO ES MEJOR QUE YO! – le gritó con furia que estalló ante el ahínco con el habló la rubia. La sujetó de nuevo con más fuerza – ESE IDIOTA NO ES MEJOR QUE YO.
- ¡Neil! Me estás lastimando. ¡Suéltame! – forcejó la rubia.
- Un tipo como Grandchester – dijo de pronto en un tono tan quedó y oscuro que amedrentó más a Candy – Esos te gustan, los de tu clase. Ahora lo entiendo. El origen de ambos es tan dudoso que es lógico que cayera en tus redes. Y esos te gustan a ti ¡eh!. Nada de caballeros, pero eso sí…un bastardo, un actor de quinta que lo único que pudiera ofrecerte en el futuro es que fueras su querida, porque el va a casarse con esa lisiada.
- No hables de lo que no sabes.
- Me importa un bledo por qué Grandchester esté al lado de esa mujer, a pesar de que no puede quitarte la mirada de encima. Pero si así es como quieres que esto sea, así será.
- ¡Déjame salir! – tembló ya su voz sin poder fingir ya el miedo del que era presa. La mirada de ese hombre alcoholizado estaba cegada.
- No te irás – la aventó, trastabillando ella y cayendo de sentón en el piso – Te vas a casar conmigo porque no me voy a exponer al ridículo, porque te quiero a mi lado, pero antes tendrás la clase de hombre que buscas, nada de caballerosidad ni nada de galanteos – se quitó saco y comenzó a desabrocharse la camisa.
La plática de aquella dama lo estaba sacando de sus casillas como pocas veces. La anfitriona de la fiesta lo había atrapado en el camino y comenzado una plática de banales charlas sobre la nobleza. La mirada de Robert Hathaway le indicaba paciencia al joven, pero éste ya no la tenía. De reojo pudo ver por la entrada aquella que comunicaba al salón con algún punto de la casa, como aparecía con pelirroja con caminar tranquilo y coqueteando con los hombres.
- Permiso, mi lady – se alejó sin más
- Pero… - dejó a boquiabierta a la mujer por el gesto tan altanero del actor.
Con su firme andar llegó hasta la pelirroja. Su corazón estaba demasiado inquieto desde hacía rato.
- ¿Dónde está Candy? – fue su instintiva pregunta.
- Buenas noches, Terry. Me preguntaba cuando te dignarías a hablarme. Tu novia debe ser agobiante.
- ¿Dónde está Candy? – insistió con fría mirada
- No sé de qué me hablas – dirigió su vista hacia el salón – Pero el baile está muy entretenido ¿por qué no me invitas?
- Neil – dijo de pronto, ignorando a la mujer y tomando el camino por donde ella había aparecido y por donde había visto desaparecer hace rato a Neil.
- Espera – dijo con furia contenida - ¡Maldición!
Desde la pista de baile, Leonard observó cómo el aristócrata intercambiaba palabras con aquella joven que recordaba era la hermana del que se decía prometido de Candy. Y en su mente aún rondaba los comentarios que su hermana le había hecho. ¿Qué historia había ahí?
- ¿Qué pasa? – notó su hermana
- Nada. Ya tenemos varias piezas bailando ¿no te cansas?
- Vamos, que lo que quieres es bailar con Candy – rió – y yo espero que Terry haga lo mismo, aunque no creo que le guste a su novia. Se acaba la pieza y regresamos a la mesa ¿está bien?
El joven asintió y siguió por un par de minutos los restantes compases de aquel vals.
- Por favor, Neil, déjame ir – comenzó a sollozar Candy sin poder detener los lascivos avances del hombre.
- Esto quieres ¿no? – la tenía contra el piso, sujetándola de las manos y con su peso sobre ella evitando que escapara – Quiero darte un apellido, ponerte en el papel de señora, pero no tengo éxito. Será a tu modo, como la gente de tu clase – comenzó a recorrer su cuerpo con sus abrasivas manos y asaltar su cuello con besos que generaban repugnancia en la rubia.
Un movimiento en el cuerpo de él le dio cierta libertad a sus piernas, doblando la rodilla con toda su energía y aprisionando la entrepierna de él. La reacción fue inmediata, el hombre la soltó llevándose las manos a la zona de dolor y nuestra pecosa amiga se incorporó lo más rápido que pudo. Corrió a la puerta, pero la furia del hombre era más fuerte de lo esperado y le dio alcance, sujetándola con fuerza y aventándola contra el sillón.
- Eres una gata muy fiera. Pero aprenderás a hacer las cosas como te diga. Me has puesto esta maldición y no razonó cuando estoy contigo.
- ¿Qué ganas con esto?
- De manera inmediata una gran satisfacción y garantizar que te desposes conmigo – la asaltó de nuevo.
- Noooooo – pudo gritar antes que él le cubriera la boca con la mano que inmediatamente mordió Candy – Ayúdenme.
- Agh! Estúpida.
Esa voz. Terry corrió acortando la distancia hacia el punto de origen de aquel sonido. Era Candy. Su corazón estaba latiendo a mil por hora y el frío que sentía en la sangre lo horrorizaba. Abrió la puerta de golpe. La imagen lo llenó de una rabia inmediata e incontrolable.
A pesar del pavor, la chica se estaba defendiendo con todas sus fuerzas, de pronto por arte de magia oyó el ruido de la puerta y una figura le quitaba de encima el asqueroso peso que la aprisionaba, viendo como de golpe era derribado al piso.
- ¡Eres un hijo de puta! – dijo la voz grave con un tono que jamás le había escuchado esa joven – Desgraciado infeliz, cómo te atreves… – se fue encima propinándole otro golpe en la cara.
- ¡Maldito Grandchester! – le dijo limpiándose la comisura izquierda del labio que inmediatamente comenzó a sangrar y sintió como otro golpe le embestía el otro lado del rostro.
- Poner tus sucias manos en ella – seguía diciendo, dando un tercer golpe para agarrarlo de la camisa desabotonada y levantarlo con todas sus fuerzas – Sólo una rata miserable podría hacer algo tan vil.
- Aaaay – sintió un golpe en el plexo que lo sofocó, haciéndolo caer de nuevo al piso – No…ay…no tienes por qué meterte…ouh…en asuntos de dos. Por si se te olvida, es mi prometida.
- ¡Mientes! – por fin logró pronunciar palabras una Candy casi en estado de shock.
El escuchar la voz de Candy, hizo reaccionar por un instante a Terry quien sentía ganas de matar a Neil; más al escuchar ese tono enérgico, no pudo evitar el gozo que por un instante sintió con la afirmación tan vehemente de la chica. Sin moverse de su lugar, todavía en alerta contra Neil, Terry volteó por fin a ver a la rubia que estaba sentada sobre aquel sillón, temblorosa aún y llorando. Sólo de pensar lo que pudo haber pasado provocaba en el joven actor una furia desconocida. Hacerle daño a su pecosa, cómo osaba ese malnacido…
- Parece que la dama no está de acuerdo contigo…
- ¡Oh no! Neil – irrumpió en la habitación Eliza corriendo hacia su hermano – Terry, eres un bárbaro.
- Ustedes son un par de alimañas. Sabías que estaba tu asqueroso hermano aquí…y tú ni siquiera.
- No sé de que me hablas – y luego vio a Candy – por lo que veo esto es una situación bastante penosa. Sólo una huérfana puede provocar algo como esto. Qué espanto.
- Deja de hacerte la mosca muerta, Eliza. No va contigo.
De pronto Candy sintió náusea de la situación y una fuerza irrefrenable de salir corriendo de esa habitación donde estuvo a punto de…¡Dios mio! Si no fuera por Terry…Terry…se puso de pie y sin evitarlo corrió hacia él, que la recibió con secreto júbilo y gran sorpresa.
- Candy…- pronunció quedamente al guarecer a la rubia en sus brazos aún temblando.
- Sácame de aquí por favor – lo miró con los ojos brillosos y suplicantes, tomándole por la camisa y aferrándose a él como un roble seguro.
- Neil tiene que pagar por lo que ha querido hacer – le dijo, con sentimientos encontrados por hacerle pagar a aquel cobarde y por la emoción que la mirada jade le provocaba al mostrarle tanta confianza.
- Quiero irme, quiero irme de aquí, por favor Terry.
- Serás mi esposa – logró Leagan ponerse en pie con ayuda de su hermana – Nuestro compromiso no podrás eludirlo.
- Pretendes forzarla – contuvo su furia.
- Ella sola volverá a mí. Ya lo verás – dijo burlón seguro de su as bajo la manga.
- Vámonos – le urgió Candy a punto de perder el poco control que le quedaba de sus emociones.
- No puedo dejar que esto se quede así – la miró a los ojos y pudo sentir el dolor que sentía el alma de ella.
- Te lo suplico. Ya no puedo estar un segundo más aquí. – su voz comenzaba a quebrarse.
- Pagarás por esto Neil, juro por lo que más amo, que pagarás por esto – terminó por acceder a la petición de la rubia, no sin antes lanzar una última y fría mirada a aquel par de hermanos.
Salieron al pasillo. Terry sujetaba por los hombros a una temblorosa Candy. El sentimiento de júbilo que sentía al tenerla tan cerca, se mezclaba con la furia de ir y acabar a golpes a Neil.
- ¿Estás bien? – fue su instintiva pregunta deteniendo su andar para tratar de verle el rostro.
Avergonzada, Candy evadía la profunda mirada azul. No entendía cómo es que él estaba ahí, pero sin duda era la persona que en una situación así le brindaba toda la sensación de seguridad. Sentir su brazo alrededor esfumaba asombrosamente el miedo provocado por la situación vivida. Ante la pregunta del chico, la rubia tomó conciencia de su estado y asintió levemente tratando de recomponer su aspecto.
- No podemos regresar a la fiesta – le dijo Terry ante el silencio de la chica que trataba de alisar su vestido.
- Pero Paty…- trataba de recuperar su control.
- Le dejaremos un recado.
- Terry…yo…- en esos momentos no podía negar que se sentía tremendamente protegida y el momento vivido la urgía a cobijarse bajo esa protección.
- Vamos, pecosa. Por aquí – la condujo por otro pasillo, sabiendo de antemano que como las mayorías de las mansiones tendría otras alternativas para salir del lugar.
De pronto atravesaban unos jardines bajo la fría noche otoñal, el suelo estaba algo mojado por la llovizna que de pronto caía, pero en esos momentos el cielo se había despejado dejando ver su manto estrellado. Dieron por un costado a la entrada principal e inmediatamente Terry soltó a Candy brevemente para dirigirse con unos de los mozos. Les hicieron llegar un carruaje. El aristócrata ayudó con premura a subir a la dama. Antes de hacer el lo mismo se cercioró de que su recado llegara a Patricia O´Brien dándole unas monedas al sirviente. Se subió al carruaje y ambos emprendieron camino.
La tímida morena se sentía por demás acongojada, ya era mucho la ausencia de Candy. De pronto un mozo se acercó a ella murmurándole algo.
- ¿Está seguro? – dijo Paty sin poder evitar que se le fuera el color. El recado repetido por la persona del servicio era simple: "Candy se ha sentido indispuesta. La he llevado a tu casa, Terruce".
- ¿Pasa algo, señorita O´Brien? – cuestionó el señor Westport.
- Temo que debo retirarme. Al parecer Candy se sintió mal y la tuvieron que llevar a casa.
Eso disparó el sentido de alerta de Susana.
- Que pena. – luego no pudo evitar añadir - ¿Dónde andará Terry?
- Me temo, señorita Marlowe que ha tenido que ausentarse – dijo Paty sabiendo que tenía que decirlo – Terruce es quien me ha mandado el mensaje.
La exactriz, a pesar de estar sentada, sintió que el piso desaparecía a sus pies. Eleanor Baker no pudo evitar la alegría de saber que esos dos estaban por un momento solos. Leonard y Catherine realmente estaban intrigados por lo raro de la situación.
- Pero ¿cómo es que Candy se sintió mal? – reacciono Catherine.
- Desde el teatro le veía incómoda – justificó Leonard, sin querer dejar volar su imaginación – Patricia, te llevaré a tu casa.
- Sí, hijo. Por favor – dijo su madre – Y manda inmediatamente un mensajero para saber como está Candy.
Llegaron a la residencia de los O´Brien. La ama de llaves salió al encuentro del carruaje. Terry bajo de él. Al instante, la mujer observó el porte del joven quien se veía de noble cuna.
- Buenas noches – le saludó la mujer con cautela.
Terry sólo asintió con un leve gesto de cabeza al bajar del vehiculo y ayudó a apearse a Candy, quien todo el camino estuvo callada y ausente. Si la rubia no hubiera entrado en ese estado de shock hubiera notado el rostro preocupado del actor.
- Señorita Andley – saludó la mujer con preocupación al ver cómo la chica bajaba.
- Vamos adentro, Candy – trató de cubrirla con su capa.
Apenas bajo de la carroza, vio el rostro de Terry y sintió que todo le daba vueltas. Una serie de recuerdos de las últimas horas golpearon por segundos la mente de Candy, hasta de pronto sólo ver obscuridad.
Un segundo más y hubiera caído al suelo. Notó cómo la chica bajó del carruaje y entonces con la mirada confusa perdió el equilibrio.
-¡Candy! – la sujetó rápidamente y la tomó en sus brazos - ¡Candy!
- Señorita Andley – corrió el ama de llaves hacia ellos.
- Una habitación. Rápido – ordenó avanzando hacia el interior de la casa.
- Por aquí – entraron a la casa y la mujer lo condujo por la escalera con prisa, avanzaron por un pasillo y abrió una de las puertas – Aquí, aquí…por Dios¿Qué le ha pasado?
-Traiga agua, sales. LO QUE SEA – exigió con desespero.
- Si, sí – decía toda nerviosa la pobre mujer.
Al quedarse solos, el joven palmeó levemente la mejilla de la joven, conteniendo su impaciencia por hacerla reaccionar
- Pecosa¡por favor! Reacciona – dijo quedamente con intensidad – Ese malnacido de Neil – se tragaba el coraje cerrando los ojos y veía de nuevo a la rubia – Vamos, Candy…reacciona.
CONTINUARA….
NOTAS DE LA AUTORA (NOVIEMBRE DEL 2005): Creo que la consigna es cada vez durar más en redactar esta historia. Pero créanme mis cinco lectoras, este capítulo me fue particularmente difícil porque traigo la historia ya tan hecha en mi mente, que no quiero saltar como cabra loca de un capítulo a otro. Sólo espero que realmente les agrade, tanto como yo disfrute hacerlo…si, sí, me tarde, pero bueno, aquí estoy jejejeje (que sinvergüenza soy)
Comentarios tomatazos, lo que se visitan el grupo en yahoo de CandyKiandy. Un abrazo.
