Capítulo 10
Albert llegó en su Panhard Levassor a finales de la tarde y se detuvo en el 75 West Street, al frente del edificio del New York Post. Como no había espacio de sobra, aparcó en una segunda fila y le dio las llaves al portero, quien no se hizo de rogar para ir a buscar un lugar en donde estacionar esa pequeña maravilla de la mecánica.
Albert entró en el edificio. Ante él había una hilera de placas de cobre pegadas a la pared y buscó la que le mostraría el piso en el que estaría el departamento de "escándalos" del periódico.
Piso quince...
Presionó frenéticamente el botón de llamada del ascensor. Éste se abrió después de un minuto, con una mujer joven, vestida con un traje formal, que sujetaba unos archivos en contra de ella.
- Hmm, bonita... – se dijo, tomándose el tiempo para detallarla de los pies a la cabeza.
Ella venía desde el sótano y dio un salto cuando descubrió a ese irresistible hombre de pelo rubio, que entró en el ascensor. Vestido con una chaqueta de cuero curtido por los años, pantalones de lona ocasionales, y la cara llena del polvo acumulado en la carretera, quien la saludó con una media sonrisa. Ella se cruzó con unos ojos azules que contrastaban agradablemente con la tez de su rostro polvoriento e inclinó la cabeza sonrojándose. El ascensor subió lentamente los quince pisos, y por primera vez, este retraso no le molestaba, absorbida por el hombre que estaba de pie junto a ella y que, a pesar de su desordenada apariencia, era terriblemente atractivo. Por el rabillo del ojo, vio como se quitó hábilmente sus guantes de cuero, que develaron las manos largas y cuidadas de un caballero. La atmósfera se electrificó en ese estrecho espacio... Sin aliento, sintió que su corazón se aceleraba, con la extraña sensación de estar flotando, y con sus manos sobre ella, acariciando su piel. Se quedó sin aliento mientras inclinaba la cabeza y captó la profundidad de sus pensamientos, como si hubiera leído a través de ellos. Con su rostro escarlata, se ocultó un poco detrás de sus registros, mientras le oyó reír a su lado y comenzó a maldecir su excesiva emocionalidad que la traicionó. La puerta del ascensor la salvó, cuando finalmente se abrió. La joven dijo un "adiós" tímido y huyó, dejando tras de sí una fragancia dulce, de hermosas flores. Albert, sonrió, mientras la veía alejarse a toda prisa por el pasillo. Él no ignoraba el poder seductor que tenía sobre las mujeres. En otras circunstancias, podría haberla invitado a cenar, para admirar sus bellos ojos negros, que lo habían mirado con interés, pero el tiempo no estaba para distracciones. ¡Reservaría las palabras tiernas para Gosseep!
Al no haber podido pedirle a la ingenua joven, en donde encontrar al periodista, se dirigió a un mensajero que pasó delante de él. Este último lo invitó a seguirlo en el laberinto de pasillos y lo llevó a la oficina de un hombre con cara de comadreja, obviamente muy ocupado en el teléfono. Sentado en su silla, con los pies cruzados sobre la mesa y demasiado cautivado por el contenido de su conversación, no había prestado atención a Albert,
- ¿Estás seguro de que es su amante? ¿Tienes fotografías? ¡SENSACIONAL! ¿Y tienes también del niño? Escucha, quiero que me envíes todo rápidamente. Prepararé el artículo esta noche para publicarlo mañana. Ya imagino el titular "La amante del alcalde y su hijo ilegítimo." ¡La primicia del año! ¡Creo que su reelección estará un poco complicada! ¡Jajaja!
- Disculpe... - interrumpió Albert, disgustado, pero no sorprendido por la perversidad del periodista. Este último elevó sus ojos hacia él, y le hizo un gesto con el índice para que esperara y continuó conversando.
- Sí... bien... Te mando al mensajero. No te demores. Y no te olvides además...
¡Beeep, Beeep!
El periodista se volvió hacia el teléfono y lo sacudió con fuerza, hasta que notó el dedo de Albert presionando el interruptor. Furioso, se puso de pie, botando algunos papeles con el impulso.
- ¡Pero oye! ¿Qué tienes en la cabeza?
- ¡Nada, estoy muy bien!...
- ¡Qué modales! ¡No sé qué me detiene de echarte de aquí ahora mismo!
- El miedo tal vez... – respondió Albert, mirándolo con su marcada mayor estatura. La mirada amenazadora que le dio terminó de eliminar el poco valor que le quedaba.
- Bueno... – dijo Gosseep teniendo dificultad para tragar - ¿Qué... ¿Qué puedo hacer por usted, señor... señor?
- Señor William Albert Andrew, de Chicago…
- ¿Señor Andrew? - gimió, dando un paso hacia atrás. Todo se volvió más claro en ese momento, y asustado lo recorrió un escalofrío a través de su carne correosa. Petrificado observó al hombre que estaba frente a él y obviamente sin ninguna intención de felicitarlo...
- En efecto... lo he venido a ver en persona para hablar sobre un artículo que ha escrito sobre mi hiija, Candice White Andrew... ¿Sabe que sus mentiras la han causado un grave perjuicio?
- ¡Ey! ¡Espere, espere!, yo no hice más que repetir las palabras de su sobrina, la señora Withmore…
Albert se había adelantado para bloquearle el paso, mientras trataba de huir.
- ¿La señora Whitmore? Bueno, bueno, ¡Qué sorpresa! ¿Y no trató de verificar lo que le dijo?
- ¡Bah! ¡Si lo hicieramos cada vez, no tendríamos un diario, sino un magazin semanal!
Furioso, Albert lo agarró por el cuello y lo levantó sin que pudiera poner sus pies en el piso. El pequeño perro ladrador arrogante ya no tenía más confianza...
- ¡Escúcheme bien, saco de m…! Va a contactar a su corresponsal en Italia y le va a pedir, que digo, le va a ORDENAR que abandone cualquier investigación y ¡Que imprima una corrección! ¡Mi hija no está comprometida, ni casada!
- ¡Eso tomará tiempo!
- ¡No me tome por idiota! ¡Le tomó sólo unas pocas horas responder a ese falso rumor en el otro lado del océano, por lo que no me va a hacer creer que ya no es posible ahora!
- Es que... la señora Whitmore me pagó una gran suma de dinero para cubrir los gastos...
- ¡Aquí tiene su primer pago! – Le respondió Albert, dándole una bofetada monumental que lo dejó aturdido - ¡Tengo otro en reserva, si lo quieres...!
- El periodista sacudió vigorosamente la cabeza. Se sentía como un roedor atrapado en las garras de un ave de presa. Se sentía sofocado.
- ¡Está bien, lo haré de inmediato, pero por favor, suélteme, no puedo respirar!... – dijo gimiendo.
Albert accedió y liberó a su presa, quien cayó sin ninguna elegancia en el piso.
- ¡No pierda tiempo!
- ¡Si, si! - Dijo el escritor corriendo hacia su teléfono.
- ¡Una última cosa! Si desea una exclusiva, le anuncio que desde ahora, la señora Whitmore ya no será parte de la familia Andrew. Ha sido desheredada. Si quiere hacer bien las cosas. Este es un interesante artículo que puede publicar en su pasquín, con la esperanza de que podrá vender suficientes copias para pagar los gastos legales.
- ¿Los gastos legales?- murmuró mientras colgaba el auricular.
- Si por la demanda que voy a realizar en contra de usted y del New-York Post. ¿Debe estar habituado, no? ¡Pero en esta ocasión cuente con que yo lo despojaré hasta del último dólar!
Gosseep se consumió con desánimo en el escritorio. Su jefe no estaría feliz. Lo había amenazado en repetidas ocasiones con despedirlo por los artículos que le habían hecho tener que enfrentar un juicio caro. Éste, sin duda, sería fatal, especialmente por haberlo hecho encubierto, sin el consentimiento de su editor. Su destino había quedado sellado. Esperó hasta que la alta y firme figura de Albert desapareciera, con un suspiro de disgusto, y con una mano temblorosa tomó el teléfono. Tenía que deshacerse de este caso rápidamente. En realidad no quería ver al señor William Albert Andrew en un futuro cercano...
Se lo habían advertido pero la realidad superó todos sus miedos. Desde su coche pudo escuchar los gritos de su esposa, que salían de la casa. Se puso de pie en la acera y una bola de ansiedad comenzó a agitar su vientre sin piedad. Respiró profundo, se inclinó con un breve guiño hacia su vecino que, atraído por la conmoción salió a los escalones y después ingresó con rapidez a su casa. El mayordomo lo recibió con alivio.
- ¡Por fin ha llegado señor! ¡Lo siento, pero ninguno de nosotros ha conseguido calmarla!...
- ¿En dónde está ella? – Preguntó con un tono grave Augusto Whitmore, sosteniendo su sombrero.
- En la sala de estar, señor... Pero cuidado, está muy violenta...
A medida que caminaba por el pasillo, el empresario se dijo que la pregunta que había hecho no era de mucha utilidad. Todo lo que tenía que hacer era seguir el ruido de cosas rompiéndose, mezclado con los gritos de su mujer que hacían eco en toda la casa. La servidumbre, sin habla, se había reunido en la entrada de la sala y observaba, aturdida, a su señora a punto de ensañarse contra los muebles. Se podía ver en sus ojos el temor y el desconocimiento. Se separaron al llegar del dueño de casa. Augusto inclinó la cabeza al entrar en la habitación para evitar al objeto que salió disparado hacia él y que fue a estrellarse contra la pared, a sus espaldas. El interior parecía un campo de batalla. Era difícil creer que una persona podía poner todo patas arriba. Observó con tristeza como los muebles convertidos en escombros cubrían el piso.
-¡Raaaaah! ¿Qué haces aquí? ¿No tenías una reunión esta noche? – Rugió ella cuando lo vio, echando espuma por la boca y toda despeinada. Por un momento le recordó las brujas de los cuentos de su infancia, que lo habían aterrorizado y palideció ante la idea. Con calma, respondió:
- Vine porque me informaron que no estabas muy bien...
- ¿Quién te dijo eso? ¡Siguen siendo unos sirvientes cretinos! ¡Todos están mintiendo! ¡Estoy muy bien!
- ¿Realmente no lo ves?...
- ¿Estas en mi contra, tú también? ¿Están todos en mi contra? - Gritó histéricamente, aprovechando que todavía había un florero sobreviviente, el que rompió contra el suelo.
- ¡Vamos, cálmate! – Gritó él, retrocediendo - ¿Qué te pasó para estar en este estado?
- ¡Es mi tío...! ¡Se trata de Albert! ¡Él... se atrevió!
- ¿Qué te ha hecho para producirte tal nivel de furia?
- Él... Él vino aquí hace un momento y me dijo fríamente que me expulsó de la familia y me desheredó! ¡Wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
Ella pisoteaba el suelo con rabia, mientras que gritaba emitiendo sonidos como si fuera un cerdo al que se le sacrificaba cortándole el cuello. Daba miedo. El infeliz marido esperó un momento de calma para tratar de razonar con ella.
- ¿Por qué le das tanta importancia? ¡Tú no lo quieres de todos modos y no te gustan la mayoría de los miembros de tu familia!
- ¡Eres aún más estúpido de lo que pensaba! – Respondió ella con desdén, moviendo los ojos hacia el techo.
Él se puso tenso al oír esas palabras y se contuvo, con las mandíbulas apretadas, de abofetarla. No era la primera vez que ella le escupía en la cara todo su descontento, pero ya no lo aguantaba más.
- ¿No entiendes lo que representa el apellido Andrew en el país? - añadió - Somos una familia muy respetada e influyente aquí. Ser echada de ella me convierte en menos que nada, un paria a quien nadie va a querer dar la bienvenida en la sociedad. ¡Me van a evitar como la peste!...
- ¡Sigues siendo la esposa de Augusto Whitmore!, ¡Esto significa algo, te lo recuerdo!
- ¡En efecto! – gimió ella con voz trémola - ¡Un advenedizo que hizo su fortuna durante la guerra! ¡Realmente un linaje honorable!
- ¡No eres tan exigente cuando se trata de gastar mi dinero! - Contestó de manera brusca y molesto - Pero digame, "Su Majestad", ¿Qué delito le has hecho a tu tío para que te inflinja este castigo?
- ¡Es... Es debido a esa zorra, a esa Candy!
- ¿Una vez más? ¿Pero cuando vas a dejar de perseguir a esa chica? ¡Estas obsesionada con ella!
- ¿Estás insinuando que estoy loca?
- Por desgracia, no es necesario. Sólo tengo que escucharte hablar, y verte actuar de una manera totalmente irresponsable para descargar tu odio sobre esa pobre chica ¡Lo que te ha hecho perder por completo la cabeza! ¡Ya no tienes ninguna noción de los límites!...
- ¿Tú también, la estás defendiendo? - Le preguntó, amenazante, acercándose a él.
- No tomo la defensa de nadie... - dijo, retrocediendo un poco más. La mirada sombría que le envió no presagiaba nada bueno - ¿Por qué no la dejas tranquila? Ella vive tan lejos de ti, en un rincón remoto de Illinois. Pero, ¿qué más necesita?
Con ojos rojos y saltones, y labios temblorosos, ella le respondió con una voz extraña, tenebrosa que le heló la sangre.
Quiero... quiero... ¡Quiero que esta santa hipócrita que me robó todo lo que yo quería sufra los peores castigos! ¡Quiero arruinar su vida, haciéndola desgraciada, consumida por el dolor, la vergüenza, y que viva en desgracia!
- ¡Por Dios, Elisa! - Gritó su marido, con su frente cubierta con sudor – ¿No te das cuenta que lo que se desea con tanto ardor podría volverse en tu contra, y que esta penosa existencia que estás aspirando para ella, podría finalmente ser para tí?
Ella sacudió la cabeza con fuerza.
- ¡Eso nunca sucederá!
- ¿Cómo puedes estar tan segura? ¡Mira a donde te han conducido tus maldades! ¡Ya no tienes más una familia!
En respuesta, ella lo empezó a observar con una mirada alucinada y él rápidamente se dio cuenta de que estaba en peligro. Dio un paso hacia atrás y tropezó con un armario. Rápidamente, Elisa lo agarró por el cuello y comenzó a apretar, y apretar...
- Simplemente bastaría - dijo, con las pupilas dilatadas, los dientes apretados, y una sonrisa maligna en los labios – puede suceder... algo... Un accidente, por ejemplo...
- ¡Estás loca! ¡Suéltame! - Logró decir, tratando de escapar. Pero Elisa, impulsada por la rabia que multiplicó por diez sus fuerzas, presionó cada vez más fuerte. Su visión le empezó a molestar. Dió un gemido de dolor y sintió que estaba perdiendo la conciencia, cuando unos brazos fuertes lo agarraron y lo liberaron de la acción insana de su esposa. El aire penetró de inmediato en sus pulmones y cayó pesadamente al suelo, luchando por recuperar la respiración normal. En una semi-niebla, vio a su esposa en el suelo, sostenida por dos criados quien estaban tratando de evitar que se moviera, mientras ella estaba gritando como una poseída, pateando con sus pies y gritando insultos que harían enrojecer a un carretonero. El mayordomo se había precipitado hacia él, tomándolo por el brazo y ayudándolo a levantarse.
- ¿Está bien, señor?
Auguste Whitmore estaba aturdido, desanimado ante el espectáculo desolador que tenía ante él. Cuando volvió en sí, se volvió a su criado y le dijo:
- Walter, por favor, por favor, póngase en contacto con el hospital Bellevue y pida que envíen una ambulancia con sus dos enfermeros más fuertes...
- ¿El Hospital Bellevue? ¡Pero es un hospital psiquiátrico!
La mirada de complicidad que hizo el dueño de casa puso fin a sus preguntas y el mayordomo se dio la vuelta, ocultando apenas una mueca de satisfacción...
El asistente del conde Contarini llegó a la madrugada a la estación del tren de Venecia, con el corazón lleno de esperanza. El día anterior, había buscado a Terry por toda la ciudad, se dirigió al puerto desde dónde salían los buques diariamente para el extranjero, y tomó la iniciativa de ponerse en contacto con el Duque de Grandchester en Londres. No había rastro de él... Su última esperanza estaba en el controlador de la estación, que de acuerdo con el que vendía los boletos podían haber estado en el momento en que Terry pudo haberse transportado en él. El empleado de la estación recordaba bien el joven que había visto temprano en la mañana, sin tener una dirección definida de ruta.
- Quería ir hacia el norte, nada más- le dijo a Roberto - Vuelva mañana a primera hora. Mi colega estará aquí y le podrá informar mejor.
Roberto se encogió de hombros en la estación del tren, la misma en la que Terry había tomado el tren el día anterior. Tan pronto como la locomotora se detuvo, se metió en un coche y comenzó a buscar al controlador. Finalmente lo encontró en un vagón ayudando a una anciana a subir a bordo.
- Disculpe señor, necesito una información.
- Entiendo ¿Cómo puedo ayudarle?
- Uno de mis amigos tomó el tren ayer por la mañana y me gustaría. Es un joven inglés, de físico agradable, de unos veinticinco años, razonablemente alto, y con grandes ojos azul claro.
El controlador pensó por un momento, acariciándose la barbilla y respondió:
- Había un joven inglés ayer que se asemeja a su descripción... Se ha ido con una compañía de teatro que se quedó en Verona…
- ¿Verona?
- Sí. Hay un festival allí, ahora mismo...
- ¿Está seguro de lo que dice? ¿Es este hombre joven?
- Escuche... No puedo ser categórico, sin embargo, puedo decir que tan temprano, este tren lleva a la gente que va a su trabajo en vez de a los turistas. ¡Y ayer por la mañana, el joven y los actores eran los únicos ingleses que viajaron!
Roberto se abstuvo de lanzar un grito de alegría. Todos sus esfuerzos, todas estas agotadoras horas en busca del hijo del Duque de Grandchester fueron finalmente recompensados. Iba a encontrarlo y a decirle sobre la oscura conspiración que sufrió. ¡Cargando los telegramas que el señor Albert y Georges habían intercambiado con el conde, le mostraría la prueba irrefutable de que todo aquello en lo que creía era el fruto del malvado plan urdido por una persona odiosa, una cierta Elisa Whitmore!. Estaba ansioso por darle la noticia y ver el brillo de felicidad y el alivio en su rostro. Temblando de emoción, se dirigió al controlador que estaba ocupado ajustando su gorra.
- ¿Sería tan amable de venderme un boleto para Verona?
Esa mañana, Candy caminaba con un paso tranquilo por Verona, la que se iluminaba lentamente, todavía aturdida por el calor de la noche. La joven no había conocido un solo día de lluvia desde el comienzo de su estancia en Europa, lo que contrastaba con los veranos más húmedos en Indiana. Aquí, un calor muy pesado podía despertarla en las primeras horas del día y todavía tenía un poco de problema para acostumbrarse. Apresuró su paso al cruzar por el puente de Garibaldi (1), para alcanzar tan pronto como pudiera la sombra de las estrechas calles de la ciudad antigua. Las tiendas estaban abriendo, y las cortinas de los escaparates se levantaban, mientras se preparaban los puestos de venta en las aceras, ofreciendo a los clientes productos apetitosos y coloridos. A Candy le gustaban todos estos olores y colores, que hacían sufrir a su gran estómago goloso. Ella tenía debilidad por los deliciosos productos de fiambrería italiana, por su color y aromas inimitables, que la atraían como una abeja a un panal. Salami, panceta, mortadela y jamón ya no eran ningún secreto para ella; habían sido un verdadero descubrimiento culinario, que tenía la intención de trasladar a América gracias a un stock que dispondría en su equipaje...
Mirando hacia arriba, captó una conversación entre dos vecinos. Su fuerte voz resonaba de un balcón a otro, atrayendo la curiosidad de los transeúntes. Además, una mujer dejaba caer la ropa en una cuerda, bajo su ventana, mientras otra rociaba sus macetas de geraneos, cantando, cuyo color rojo brillante, mezclado con el follaje verde, parecía honrar los colores del país. Este espectáculo divertido de esta vida cotidiana hizo que Candy se sintiera alegre. Saltando esquivó al cartero quien había hecho una parada con su bicicleta en la floristería y luego volvió a pensar en la noche que había pasado con Patty, leyendo las cartas que había llevado del club, y los consejos que habían prodigado en la redacción de las respuestas. Patty siempre encontraba las palabras adecuadas para calmar la angustia de los remitentes, tal vez porque, por experiencia, entendía fácilmente lo que las personas sentían. Candy no era extraña a esos sentimientos, pero le era mucho más difícil expresar lo que sentía. En sus cartas, incluidas las que le había escrito a Terry, sabiendo que no las enviaría, siempre se había mantenido modesta, evasiva, distante, como si el hecho de compartir sus emociones podría verdaderamente debilitarla, haciéndola vulnerable. Siempre le dijeron que tenía que ser fuerte, tenía que levantar la cabeza, dando la cara a toda costa para seguir adelante y no caer, para no sufrir el riesgo de ser incapaz de levantarse. Ella estaba siempre en movimiento, y huía de esa dolorosa nostalgia, para darse un respiro.
Por eso se reconocía en las cartas que leía. Las penas del corazón seguían siendo penas de corazón, independientemente de su origen. Por lo tanto convertirse en su confidente, la llevaba automáticamente a revivir sus propias heridas y a ella no le gustaba mucho rememorar tantos recuerdos llenos de emoción y pesar. No obstante, cumplió su tarea con cuidado, consciente de lo que significaba la respuesta para el destinatario, imaginando su emoción por la apertura y la tranquilidad que le daría la respuesta. Ella sabía que una nueva pequeña pila de cartas la esperaba en el club, y aceleró su marcha al oír las campanas de la catedral de Santa María Matricolare, que estaba cercana y dio diez campanadas. Llegó sin aliento frente a la terraza del Trattoria Giulieta y saludó con una sonrisa al mesero que estaba vestido con una camisa blanca y traje negro, quien la saludó con un fuerte "¡Ciao Bella!". Sonrojándose de vergüenza, cruzó el comedor y subió corriendo las escaleras donde fue recibida calurosamente por Isabel, quien estaba haciendo el reparto de cartas. En el medio de la mesa había un humeante café y galletas. Candy ya había comido un buen desayuno, pero aceptó sin queja la galleta que le entregó Donatella.
- Soy yo quien las ha hecho. Creo que te gustarán – Susurró la más antigua del club.
- Donatella contribuye en gran medida al mantenimiento de nuestras curvas... – Bromeó la enfermera Francesca, quien sin pudor le dio un mordisco a una de ellas - ¡Pero no se le puede culpar, son muy ricas!
- Traten de ser damas razonables si quieren entrar en sus bonitos vestidos mañana por la noche... – dijo la castaña Isabella, con una sonrisa traviesa en los labios. Ante sus miradas interrogantes, continuó, agitando unos papeles sobre su cabeza - El ayuntamiento me entregó los boletos para el estreno de Romeo y Julieta.
- ¿Romeo y Julieta? ¡Qué original!... – Se rió María, de una manera sarcástica - ¡Cada año es lo mismo!
- ¡Verona no sería más Verona, sin una representación de Romeo y Julieta, por supuesto! - Comentó Donatella, mirando al cielo, como si María hubiera dicho una barbaridad.
- Bueno... - gruñó la última, ofendida - Pero sigo pensando que los organizadores del festival podrían cambiar el tema...
- ¡Tú sabes que atrae turistas! - Agregó Francesca - Y sin turistas...
- ¡No más correo! - Exclamó Isabella, tratando de mostrar entusiasmo para aligerar el ambiente, sintiendo la tormenta inminente. No era fácil mantener un perfecto entendimiento entre el carácter fuerte de todas estas mujeres. Al igual que hoy, un tema inocuo podría calentar repentinamente los ánimos y un buen argumento podría explotar para felizmente terminar todo tan rápido como había empezado.
- Se trata de una compañía inglesa que actuará este año - añadió inocentemente mirando en detalle las entradas – La compañía de Sidney Wilde...
- ¡No lo conozco! – Dijeron todas en coro, encogiéndose de hombros.
- ¿Alguna vez has visto esa obra Candy? - Preguntó Donatella, quien había notado la expresión petrificada de la joven.
- Sí, hace mucho tiempo. En Broadway...
- ¡Broadway! - Gritó Francesca, con estrellas en sus ojos - ¡Cómo me gustaría un día ir a Nueva York y visitar este lugar mítico!
- ¡Cierto, me gustaría ver a Rodolfo Valentino! - Añadió Isabella, parpadeando con sus ojos, con las manos apretadas contra su pecho - ¡Es muuuy atractivo!
- Hablando de hombres atractivos, tengo curiosidad por descubrir el rostro de quien personificará Romeo este año... - Francesca rió - Yo espero que sea más atractivo que el del año pasado, que era gordito y ceceaba.
- ¡Creo que no puede ser peor! – hizo una mueca Isabella - ¡El pobre terminó abucheado! ¡Fue patético!
- ¡Oh, sí! – Exclamó María entre risas. Obviamente había recuperado su buen humor - ¡Fue realmente digno de lástima! Espero que el público sea más tolerante este año.
- No dices nada, Candy... vienes con nosotras mañana por la noche, ¿verdad? - Preguntó Isabella, cuestionada por su extraño silencio. Esta última, evitando su mirada, balbuceó:
- No puedo porque... Tengo muchas cosas que hacer. Y luego está mi amiga Patty con la que suelo pasar mis tardes...
- ¿No eres tú la que nos dijo ayer que el atractivo médico está enamorada de ella? - Intervino María, quien no entendía la reticencia de la joven rubia - Es tu oportunidad para pedirle que cuide de tu amiga.
Candy frunció el ceño, con una rabia interior, por no poder desaparecer detrás de las hileras de estantes que separaban la sala de trabajo de la de los archivos. Lamentó haber confiado a las miembras del Club que sorprendió a Patty en los brazos del médico. Ahora no tenía excusa para escapar de esa noche, cuando la idea de asistir a una representación de Romeo y Julieta le era insoportable. Demasiados recuerdos dolorosos llegaron a su mente, recuerdos que había enterrado profundamente en su memoria y, que agitados, podrían volver a su vida como el primer día. Se vio sentada, de manera febril, en el teatro de Broadway. Eso significaba mucho para ella, todos esos meses de espera que tuvo para ver a Terry y admirarlo en el escenario, en el papel que siempre había soñado tener y del que tantas veces había conversado con ella durante sus vacaciones en Escocia. Tanto para ella, como para él, esa sería una página más en su vida, una página que iban a poder compartir libremente. Ya en el tren a Nueva York, al mostrarle el tiquete solo de ida al operario, estaba convencida de que ella no tendría que comprar un billete de vuelta. Ella sabía que cuando se encontrara con Terry, nunca podría alejarse de él... Y, sin embargo, cuando actuó en el escenario, irradiando tanta belleza en su magnífico traje de Romeo, su corazón dejó de latir y su respiración se había detenido. Tenía lágrimas en los ojos, mientras lo veía actuar, pero su mente estaba en otra parte, absorbida por la terrible noticia que acababa de conocer durante el intermedio: el accidente de Susana. A continuación, toda su vida se había derrumbado en una fracción de segundos. Las esperanzas y certezas fueron barridas por la terrible realidad: el sacrificio que había hecho esta joven actriz para salvar a Terry, al chico que amaba, ¡Que amaba más que nada, y que el destino estaba queriéndole arrebatar! Ella no quería creerlo, pero sin embargo tuvo que reconcialiarse consigo misma para resolverse a tomar la decisión de retirarse, para darle su libertad, y para que se pudiera dedicar a esa chica sin sentirse culpable toda su vida. ¡Deseaba evitar que sufriera! Después de eso todo se había desencadenado con rapidez: su reencuentro en el techo cubierto de nieve del hospital, su sorpresa y el silencio cuando él llevaba a la joven enferma a su habitación, su grito desesperado cuando ella se despidió de él y sus manos... sus manos alrededor de su cintura que la sujetaban mientras intentaba su fuga, que la apretaban hasta casi asfixiarla, sus lágrimas calientes que se deslizaban por su cuello, y su voz, tan frágil y vacilante, susurrando sus palabras ahogadas por los sollozos. ¡Oh Dios mio! ¿Cómo podía soportar el ver todo en ese escenario? ¡No, no podía infligirse esa tortura!...
Tratando de contener las lágrimas, ella balbuceó una negativa, que desconcertó a sus compañeras.
- ¿Qué te ocurre, querida? – Le preguntó Donatella, alarmada por el rostro distorsionado de la joven estadounidense - Es raro... Parece como si te fueras a poner a llorar. ¿Es esta obra la que te emociona tanto?
- Sí, eso es todo... - Candy mintió con un hilo de voz.
- Hay que reconocer que esta no es una historia muy feliz - añadió María haciendo un puchero - ¡Estos dos tortolitos, que se enamora en dos horas y terminan suicidándose!. ¡Esto no es muy alentador!
- No está mal... – se rió Isabella, tratando de ocultar su risa detrás de su chaqueta - Pero no se olviden, sin embargo, sigue siendo un gran privilegio asistir a este tipo de representaciones en un entorno tan idílico como el Arena.
- Dos mil años de historia... – asintió Francesca con orgullo.
Candy mantuvo su rostro paralizado, perdida en ese ensamblaje de rostros que la observaban.
No ignoro la gran oportunidad que me ofrecen y estoy agradecida con todas ustedes pero yo...
- No te preocupes, Candy, no te obligaremos a venir si no lo quieres... – la interrumpió María dulcemente, colocando cariñosamente una mano tranquilizadora sobre la suya.
- ¡Por supuesto, Candy! – dijo Isabella con una sonrisa benévola - Mira, tienes tiempo para pensar en ello. ¡Esto realmente no es obligatorio!
- Dicho esto, niñas, el tiempo se acaba, y tengo que irme antes del mediodía... - comentó Francesca. Candy discretamente dejó escapar un suspiro relajado de alivio.
- ¡Vamos! – exclamó Isabella, mirando el reloj en el tocador, detrás de ella - ¡Son casi las once, apurémonos!
Al decir esto, ella ondeó un sobre abierto que había en la cesta que había recogido, sacando una hoja doblada en cuatro.
- Con su permiso, quiero compartir con ustedes una carta que encontré ayer en la pared y leí esta mañana mientras las esperaba. Es especial, ya que fue escrita por un hombre, un hombre joven, para ser más precisa...
- ¿Un hombre? Hmmmm... Rara y prometedora... – dijo Francesca, arqueando las cejas sugestivamente.
- ¡No sabes cuánto, querida Francesca! Esta es una de las más bellas y conmovedoras cartas que me han dado a leer...
- ¡Pues bien, Isabella! - Gritó Donatella agitandose impacientemente en su silla - ¿Qué estas esperando para empezar a leerla?
La joven asintió, sonriendo, se sentó frente a sus amigas que la observaban de cerca, y se aclaró la garganta. Tomó la carta entre sus manos, y mientras se sentaba frente a la luz, se podía adivinar la escritura transparente de su autor. La mirada de Candy se fijó por casualidad sobre la escritura, con los trazos refinados de las letras, que le parecieron extrañamente familiares. Desconcertada, sacudió la cabeza para aclarar ese pensamiento extraño que había pasado por su cabeza. Pero cuando Isabella abrió la boca y empezó a leer la carta, se quedó petrificada, con los ojos muy abiertos de asombro, y con la terrible impresión de que un rayo la había golpeado...
1- Guiseppe Garibaldi fue un general italiano, político y nacionalista quien jugó un papel importante en la historia de Italia. Se considera uno de los "padres de la patria".
El taxi se detuvo frente a la Piazza Bra y el corazón de Roberto comenzó a latir un poco más rápido. De acuerdo con el taxista, había una buena probabilidad de que la compañía estuviera ensayando en el Arena.
- Este es al menos el lugar en donde conseguirá la mejor información, querido señor... - le había respondido el conductor, mientras se preguntaba si era el mejor lugar para comenzar su investigación.
Él puso su brazo sobre el asiento y le entregó un billete al conductor.
- ¡Espere aquí hasta que vuelva!
El conductor aceptó asintiendo con la cabeza y el mayordomo salió del vehículo. Se sentía extrañamente nervioso. Tenía las manos sudorosas y le faltaba la respiración, temblándole el pecho como si fuera un hombre joven en su primera cita. Su corazón de mediana edad se manifestaba con toda su franqueza. Él, que nunca habían tenido tiempo para tener una vida privada, quien se había sacrificado por el bienestar de su jefe, vivió este momento como si fuera el suyo propio. Había vivido vicariamente la emoción, la impaciencia del joven duque, su angustia y su desilusión. Ahora que estaba a punto de terminar este embrollo infernal, se sentía un poco deprimido. El retorno a su rutina diaria, sin duda, sería menos emocionante pero seguía confiado. El conde, un poco sacudido por esta historia, sin duda se alejaría de Venecia por un tiempo, para deshacerse de su abatimiento. Usualmente las salas de teatro de variedades de París sabían restaurar su corazón alegre. "Las pequeñas mujeres desnudas" de Folies Bergère tenían una influencia particular sobre su estado de ánimo, y por lo tanto sobre él mismo, quien lo acompañaba a donde quiera que fuera.
Alentado por estos pensamientos agradables, ajustó su traje, puso fin al desorden de su cabello gris, y se dirigió hacia una de las puertas entreabiertas del anfiteatro. Tan pronto como entró al lugar supo que su búsqueda había terminado...
Dos figuras estaban de pie en el escenario, uno era rubio, atlético y tenía el pelo rizado, el otro, más delgado, se movía con una elegancia natural que no le era desconocida. El brillo de sus ojos aguamarina brillaba con insolencia detrás de los largos cabellos castaños que cubrían su cara. Su voz profunda, con una armonía musical, daba a entender la sensibilidad contenida, que le daba el aura tan especial, cautivador, capaz de seducir los corazones y las almas.
El mayordomo, sin atreverse a interrumpir a los actores, se fue a sentar en silencio, en los escalones, junto a otros miembros del reparto que observaban cuidadosamente a los dos hombres jóvenes que actuaban. Roberto sabía de memoria esta pieza y no tuvo dificultad para identificar la primera escena del primer acto, en el que Romeo, hijo y heredero de los Montesco, confiaba a su primo Benvolio, la loca pasión que sentía por la hermosa Rosalina quien lo había rechazado...
BENVOLIO. - ¡Buenos días, primo!
ROMEO. - ¿Ya es tan de mañana?
BENVOLIO. – Las nueve ya han dado.
ROMEO. - ¡Oh! ¡Las horas tristes se alargan! ¿Era mi padre el que acaba de salir tan rápidamente?
BENVOLIO. - Es él mismo. Entonces, ¿qué tristeza alarga las horas de Romeo?
ROMEO. – No tener lo que al tenerlo las acorta.
BENVOLIO. - ¿Enamorado?
ROMEO. - Cansado...
BENVOLIO. - ¿De amar?
ROMEO. – Por no ser correspondido por mi amada.
BENVOLIO. - ¡Ah! ¿Por qué el amor, de presencia gentil, es tan duro y tiránico en sus obras?
ROMEO. - ¡Ah! ¿Por qué el amor, con la venda en los ojos,
puede, siendo ciego imponer sus antojos?
¿Dónde comemos? ¡Ah! ¿Qué pelea ha habido?
No me lo digas, que ya lo sé todo.
Tumulto de odio, pero más de amor.
¡Ah, amor combativo! ¡Ah, odio amoroso!
¡Ah, todo, creado de la nada!
¡Ah, grave levedad, seria vanidad, caos deforme
de formas hermosas, pluma de plomo,
humo radiante, fuego glacial, salud enfermiza,
sueño desvelado, que no es lo que es!
Yo siento este amor sin sentir nada en él.
¿No te ríes?
BENVOLIO.- No, primo; más bien lloro.
ROMEO.- ¿Por qué, noble alma?
BENVOLIO.- Porque en tu alma hay dolor.
ROMEO.- Así es el pecado del amor:
mi propio pesar, que tanto me angustia,
tú ahora lo agrandas, puesto que lo turbas
con el tuyo propio. Ese amor que muestras
añade congoja a la que me supera.
El amor es humo, soplo de suspiros:
se esfuma, y es fuego en ojos que aman;
refrénalo, y crece como un mar de lágrimas.
¿Qué cosa es, si no? Locura juiciosa,
amargor que asfixia, dulzor que conforta.
Adiós, primo mío. (Él va a salir)
Benvolio: Deseo acompañarte. Me molestaré si me dejas así, y no te enojes.
Romeo: Guarda silencio, que el verdadero Romeo debe andar en otro lugar.
Benvolio: Dime el nombre de tu amada.
Romeo: ¿Seriamente? ¿Quieres escuchar lamentos?
Benvolio: ¡Lamentos! ¡Gentil idea! Dime formalmente quién es.
Romeo: ¿Dime formalmente? ... ¡Oh, qué expresión tan brutal! Recomiéndale que haga testamento a quien está sufriendo horriblemente. Primo, estoy enamorado de una mujer.
Benvolio: Hasta ahí ya lo entiendo.
Romeo: Has adivinado. Estoy enamorado de una bella mujer.
Benvolio: ¿Y es fácil dar en ese blanco tan bello?
Romeo: Inútiles serían mis tiros, porque ella, poseedora de un gran abolengo como Diana la cazadora, esquivará todas las pueriles flechas del rapaz alado. Su pudor le sirve de armadura. Escapa de las palabras de amor, elude el encuentro de otros ojos, no la vence el oro. Es rica, porque es bella. Pobre, porque cuando muera, únicamente quedarán restos de su perfección soberana.
A los pies del escenario, un pequeño hombre se sacudía con cada línea y latía sus brazos, mirando a los dos actores, a veces haciendo muecas, y sonriendo a menudo. Parecía satisfecho con lo que veía, tal como lo estaba Roberto, quien, fascinado, saboreaba la modernidad de la actuación de Terry. La exactitud de su interpretación enriquecía la riqueza del texto, sacudiéndo tres siglos de tradición clásica y brindando originalidad a la naturaleza contemporánea de las palabras evocadas.
En otra vida, Terry tuvo que atravesarse por el camino de Shakespeare – se dijo el mayordomo, estaba convencido de que nunca había visto tal Romeo en toda su existencia. La escena continuó, y el joven héroe continuó abriendo su corazón al infortunio de su destino, igual de desgraciado a aquel joven desesperado que, dos días antes, vagaba por las calles de Venecia...
Benvolio: ¿Está unida a Dios por algún voto de castidad?
Romeo: No es ahorro el suyo, es despilfarro, porque oculta miserablemente su hermosura, y priva de ella al mundo. Es tan discreta y tan bella, que no debiera regocijarse en mi martirio, sin embargo odia el amor, y ese voto es la causa de mi muerte.
Benvolio: Ya no pienses en ella.
Romeo: Muéstrame cómo se debe dejar de pensar.
Benvolio: Hazte libre. Contempla a otras.
Romeo: De esa manera resplandecerá más y más su belleza. Con el negro antifaz sobresale más la blancura de la tez. Nunca olvida el don de la vista quien una vez la perdió. La hermosura de una dama medianamente bella únicamente sería un libro dónde leer, que era mayor la perfección de mi amada. ¡Adiós! No sabes enseñarme a olvidar.
Benvolio: Me comprometo a destruir tu parecer (Salen).
- ¡Bravo! ¡Perfecto! – Exclamó Sidney Wilde aplaudiendo – Manténganse así chicos y será un gran éxito mañana en la noche!
Pero la expresión de satisfacción en su rostro rápidamente dio paso a la molestia cuando se dirigió a los integrantes de su compañía que estaban detrás de él.
- Capuleto, París, ¿Tienen la intención de que les crezcan raíces? ¿Ustedes creen que la segunda escena se interpretará sola? ¡Vamos vamos! ¡Muévanse un poco!
Los dos actores se movieron enseguida. Pero como uno de ellos dejó escapar un bostezo que apenas pudo ocultar, el director explotó.
- ¡Les advierto a todos tanto como tí! ¡No más salidas a las tabernas hasta tarde en la noche! Al primero que me encuentre esta noche en un bar, ¡Va a salir del hotel con la impronta indeleble de mi zapato en el trasero! ¡Los quiero mañana por la noche en forma! ¿Comprendes Cristian, o quieres que te lo demuestre frente a todos los presentes?
El joven actor que interpretaba a París asintió frenéticamente a su jefe y acudió al lugar. En la víspera de la representación, no se podía tomar a la ligera a Sidney. Él había estado por renunciar, con mucho dolor en su corazón, el día en que Simon, el mujeriego que hacía de Romeo había dado un mal paso y se había roto la pierna. Por lo que no era tiempo para hacer que todo fracasara, estando tan cerca de su objetivo. Actuar en Verona significaba mucho para él. Esto simbolizaba su éxito después de todos los años de precariedad que había pasado, y no dejaría que nadie le estropeara este gran momento. Pero la intervención intempestiva de un extraño ponía en duda todas sus certezas...
- Por favor, disculpen esta intromisión, señoras y señores, pero... - interrumpió el mayordomo, levantando un índice con vergüenza.
- ¿Qué es lo que quiere?... - gruñó entre dientes, el director.
- ¿Roberto? – Exclamó Terry con incredulidad al verlo - ¿Pero qué haces aquí?
El joven saltó de la plataforma y se dirigió directamente al mayordomo, con la mano extendida.
- ¿Cómo me has encontrado? - Preguntó discretamente con gusto de darle la mano.
- Es toda una historia, señor... - respondió el mayordomo, moviendo sus ojos - ¡Usted no puede imaginar cómo me tranquiliza tenerlo frente a mí!
- ¡Pues mi amigo, no debería tener que preocuparse! Soy un muchacho grande, y como puede ver, estoy bien...
- ¡Piense un poco, señor!, ¡No es por eso que vine aquí!...
- ¿Por qué es entonces?
El mayordomo se retiró un poco más lejos, y dijo con una voz casi inaudible.
- Creo que usted debe sentarse, señor, porque lo que tengo que decirle puede afectarlo demasiado...
- ¡Me preocupas, Roberto!
- ¡Permítame insistir señor!... Por favor, ¡Tome asiento!...
Terry esbozó una mueca de fastidio y cumplió. Se sentó en uno de los escalones de piedra, con el brazo descansando casualmente en la pierna que había doblado hacia un lado, y miró intrigado a los ojos al mayordomo.
- ¿Tranquilizarme?, ¡No se trata del conde Contarini! ¿Está bien?
- ¡Muy bien, señor! De hecho, tengo una información de gran importancia asociada con esa "dama"...
El joven abrió los ojos y sintió que su cuerpo se hundía en la piedra.
- ¿Disculpa? - Dijo, tragando con dificultad.
- Sí, esa joven, que...
Terry borró el tópico con un movimiento rápido.
- ¡Veo muy bien de quién estás hablando, Roberto! ¿Le ha ocurrido algo?
- ¡No, señor, tranquilícese! - Dijo el mayordomo haciendo grandes señas con la mano - ¡Sigue siendo la razón por la que estoy aquí!
- No entiendo, no entiendo lo que dices...!
- Señor... Esta dama...
- ¿Y bien?
- ¡Ella no está casada!, ¡Ella nunca lo ha estado! ¡Fue un montaje!
Terry entiendió por qué el mayordomo le había insistido en que se sentara. Lívido, tartamudeó:
- ¿Un montaje?
El mayordomo asintió. Se sentó junto a Terry quien permaneció en silencio, paralizado por lo que estaba escuchando, a través de un largo monólogo explicativo. Le relató la férrea voluntad del conde Contarini para ayudarlo, para pedir al ejército que entrara rápidamente en contacto con la familia Andrew. Las llamadas telefónicas transatlánticas eran muy básicas en ese momento, y el telégrafo era todavía la forma más rápida y segura de comunicación. Por lo tanto, después de varios intercambios de telegramas, se enteraron de que Candice White Andrew no estaba casada, que viajaba con la amiga, Patricia O'Brien, y que la persona que había originado estos rumores infundados, había sido ayudada por un pícaro periodista, y su identidad era la de una cierta Elisa Legrand-Whitmore...
Elisa... - susurró Terry, con el puño cerrado y temblando de rabia - ¡Una vez más! ¿Cómo pude ser tan estúpido y caer tan fácilmente en su trampa?
- Parece que ella conoce muy bien sus debilidades, señor. Pero también tuvo que ver mucho la suerte...
- Lo que siempre he echado de menos... - replicó él con amargura. A continuación, después de haberse recuperado, preguntó - ¿En dónde está ahora? ¿En dónde está Candy?
- Todavía no lo sé, señor...
Terry saltó.
- ¿Cómo así?
- Pero lo vamos a saber pronto - añadió rápidamente el mayordomo - sólo tenemos que visitar a la señorita O'Brien aquí en el hospital...
- ¿En el hospital?
- En efecto, señor... Ellas iban camino a Venecia cuando la señorita O'Brien tuvo un ataque de apendicitis. Como Verona era la ciudad más cercana, fue operada aquí.
- ¡Ellas están aquí! ¡Candy es aquí! – repetía Terry, pasándose la mano por el pelo.
- Incluso puedo añadir que ella estárá aquí por algunos días y que nunca ha puesto un pie en Venecia...
- ¿Ese hospital, sabe en dónde está?
- No, pero el taxi está esperando a que yo regrese...
- ¡Así que no perdamos tiempo! dijo volviéndose a Sidney para asegurar su aprobación. Este último lo miraba, inmóvil y sin habla, bloqueado. Lo había oído y sabía que Terry se iría de todos modos, aún sin su permiso. Dejó caer los brazos con resignación, mientras que el joven inglés le prometió a la distancia volver, tan pronto como le fuera posible.
- No te preocupes, Sid, voy a estar aquí para la premiere, ¡Lo prometo!
El director suspiró con frustración. ¡Había encontrado tan pronto a un nuevo Romeo y había desaparecido de la misma manera! Por desgracia, no podía culparlo, el le había ordenado el día anterior actuar y luchar para recuperar a su amada. Era evidente que había escuchado su consejo...
Decidido a no dejarse intimidar, se dirigió a los actores de su compañía gritándo:
- ¡Traiganme a Simon! ¡En una camilla, o en una silla de ruedas, no importa, pero lo quiero en el escenario en diez minutos! ¡Y si él se resiste, díganle que va a volver a Inglaterra, no con una pierna rota, pero enyesado como una momia! ¡Y háganlo rápido!
El ruido de los neumáticos crujió, seguido inmediatamente por un prolongado toque de bocina y un grito, sacando a Candy violentamente de su distracción. Al salir de su letargo, se dio cuenta que estaba en el medio de la calle y le dio una mirada aturdida al conductor del automóvil que la estaba insultando. Avergonzada, se apresuró a llegar a la acera y se apoyó contra una pared, a un poco de distancia, en un callejón, tratando de calmarse. Durante varios minutos, fue incapaz de tener un pensamiento racional. Un nombre se cernía sobre su mente, el que le había hecho salir a toda prisa del club de Julieta, después de que ella se dio cuenta de que él era el autor de la carta que tanto había conmovido Isabella.
- ¡Terry, Terry está aquí! - Se dijo a sí misma sin poder creerlo - ¡Terry está en Verona!
Apoyó la cabeza contra la pared, trató de respirar profundamente para desacelerar los latidos de su corazón que parecía le iba a explotar en el pecho. Pero en vano... Ella estaba en un estado de excitación tal, que perdió todo el control de sus pensamientos y de su cuerpo. No podía ser de otra manera, cuando las elocuentes palabras de Terry volvían constantemente a ella, exactamente como si tuviera su carta en sus manos?
"Querida Julieta
Qué extraño es para mí estar aquí ante ti y escribir estas palabras para tí. Nos conocemos muy bien y desde hace mucho tiempo. Recuerdo nuestra primera obra de Broadway. Yo estaba tan intimidado, casí paralizado por el miedo escénico, que tenía la impresión de que nada saldría de mi boca, y luego, de repente, como por arte de magia, todo esa ansiedad, y toda esta opresión desapareció, porque te tenía conmigo, Julieta, mi amiga, tranquilizadora, tan cerca que podía incluso sin verte, sentirte rozar contra mí.
¿Recuerdas nuestro primer encuentro? Acababa de cumplir catorce años cuando fui a ver a mi madre en secreto quien estaba actuando en Londres. Ella me dio esta colección de obras de su creador, William Shakespeare, y fue así como te conocí. Te encontré de inmediato fascinante. Tenías casi la misma edad que yo, casi saliendo de la infancia y, sin embargo, ese amor, esa pasión loca, violenta y ciega que condujo a ese muchacho, ese Romeo, me subyugó. Me preguntaba cómo podíamos ser tan jovenes y sentir tan intensamente estos sentimientos, sensaciones que había destinado a otros, convencido de que nunca sería capaz de sentir lo mismo. Y, sin embargo... ¿Quién me hubiera dicho que en una noche de la víspera de Año Nuevo, sería abrazado por esta emoción divina que cambiaría toda mi vida? ... Oh, si la había visto, Julieta, en su vestido de seda color crema y con una cinta preciosa que sostenía sus largos rizos rubios, ¡Que te habría deslumbrado también a ti por su belleza y el toque de gracia que emanaba de ella! Estaba tan preocupado de que no lo notara, que me comporté como un patán, e ironicé sobre las pecas que salpicaban su pequeña nariz. Lejos de amedrentarse, ella respondió de inmediato, arrugando la nariz y los ojos de ira, con un color verde oscuro, magnético, que me miraban con mucha confidencia. Ella me miró sin parpadear, y me devolvió toda mi arrogancia a mi cara, me reprendió fuertemente como si ella fuera la bribona. La encontré a cambio exquisita y excepcional, y quedé para siempre enamorada de ella...
A partir de ese día, cada vez que me la encontraba, mi corazón se aceleraba y mis piernas temblaban incontrolablemente. ¡Tenía tanto miedo de que se me notara! Así que redoblé mis groserías hacia ella que no tenía idea de mis sentimientos. Ocupaba mis pensamientos constantemente. Yo quería estar cerca de ella, escuchar su voz, su risa. Por desgracia, se quedaba lejos del personaje antipático que yo le mostraba...
Pero a veces cuando dos destinos están obligados a reunirse, no hay ningún obstáculo insuperable... Así, poco a poco aprendimos a conocercernos y a ella a apreciarme... Fue la primera vez que me sentí en confianza con alguien, hasta delinear algunos gestos de ternura hacia ella, los que recibía mirando hacia abajo y ruborizándose. Me gustaba verla bajar la guardia, lo que me daba la loca idea de que sus sentimientos eran recíprocos...
Recuerdo la tarde en Escocia, donde una tormenta nos sorprendió y nos vimos obligados a ir a protegernos en la mansión. La estuve observando, arrodillado frente a la chimenea, vestida con el vestido de mi madre, con la que intentaba calentarse las extremidades adormecidas por la lluvia fría. Estábamos solos en esta casa grande, en medio de un silencio profundo que no nos atrevimos a romper por miedo a que se acabara el hechizo. Sentado junto a ella, vi las llamas reflejadas en sus ojos de un verde singular y penetrante, que, cuando se instaló en mí, me hizo olvidar incluso mi nombre, mientras que sus labios bonitos, carnosos, se acercaban a mí, mientras hablabamos. Era tan hermosa y tan frágil, deseaba fervientemente tenerla en mis brazos, apretarla contra mí, pasar mis dedos por su pelo y oler el dulce aroma de su piel. A pesar del impulso que me roía, no tuve el valor de besarla. Temía demasiado en su reacción, la que experimenté a los pocos días, en el lago cuando finalmente tuve la audacia de poner mis labios sobre los suyos. La bofetada que me dio, sigue estando dolorosamente arraigada en mi memoria, sin afectar sin embargo el recuerdo imborrable de ese momento mágico, que confirmó que ella también me quería. Por un breve momento, la había tenido en mis brazos, lo que me aseguró que no me mentía..."
-¡ Oh Terry!, por el exceso de orgullo, yo no quería admitirlo en el momento, pero ese beso fue para mí uno de los más maravillosos acontecimientos de mi vida... - dijo Candy, con una sonrisa nostálgica en los labios - no lo he olvidado... no, no he olvidado ese delicioso toque de tus labios sobre los míos. Tan pronto cierro los ojos y los pocos minutos vividos contra tus labios, reviven en mí emociones extraordinarias que he guardado a lo largo de los años. Ese fue mi primer beso, Terry... ¡Qué alegría haberlo recibido de tí!...
Perdida en sus pensamientos, continuó su marcha más decidida.
"Desafortunadamente, esa felicidad no podía durar y debido a la falta de honradez de una persona diabólica, se separaron nuestros destinos. Salí con mi corazón dolido de Inglaterra a Estados Unidos, sin saber si la volvería a ver de nuevo algún día. A mi llegada, fui a visitar a esas dos personas de las que tan a menudo me había hablado y que la habían educado. Con una mano temblorosa, llamé a su puerta y la abrió solo a medias una señora mayor, con gafas gruesas, quien me miró con simpatía. Mi corazón dio un salto al descubrir a su colega, una muy devota religiosa. Me parecía conocerlas desde hacía tiempo. Ella me contó sobre sus rostros y sus voces, por lo que se me hacían muy familiar. Y cuando les dije que yo estaba en el mismo colegio que su hija, me dieron una bienvenida tan cálida, que supe de inmediato que también me habían adoptado y que también se habían dado cuenta de lo mucho que estaba enamorado de ella. Más tarde, antes de salir, fui a recapacitar sobre mis pensamientos en la colina, la colina que recordaba tanto en el San Pablo, en donde nos reuníamos. Me quedé inmóvil en la nieve que caía en grandes copos, pensado en ello, en detalle. Quería grabar en mi memoria estos lugares donde creció, y que habían hecho que ella fuera esa admirable persona que era, llena de compasión y dedicación por los demás, amable y generosa, pero también combativa y valiente. ¡Ah, Julieta, el conocerla fue una gran lección de vida!..."
- Las lágrimas nublaron sus ojos cuando miro hacia atrás en ese momento, Terry... Todavía podía distinguir las huellas de sus pisadas en la nieve cuando llegué a la cima de la colina. El viento azotó mi rostro, grité muchas veces tu nombre, sin mucha esperanza, porque supuse que ya estabas muy lejos. ¡Estabas tan cerca y tan lejos a la vez! ¡Sólo unos minutos nos separaron! ¡Oh Terry!... ¡La taza de té que estaba en tus manos todavía estaba caliente! ... La mantuve mucho tiempo en las mias para mantener el mayor tiempo posible tu calor entre mis dedos, para mantenerte un poco conmigo...
"Poco después, yo me comprometí con la compañía Stratford y me dediqué de lleno al teatro. Estaba libre para satisfacer mi pasión, la pasión que ella me había animado a seguir, cuando ya se lo había expresado, durante nuestras largas conversaciones frente al lago, en Escocia. ¡Ella creía tan firmemente en mí! Para mí era evidente y quería demostrarle que no se había equivocado. Así que puse todo mi corazón y toda mi alma en seguir con ese sentimiento, por unas horas, y para traerla a mí. Pero un día, a pesar de todo, la realidad se unió a la ficción y el destino de nuevo nos unió... La recuerdo todavía, con el corazón palpitante, sujetándome firmemente a la manija de la puerta del tren, mientras ella corría detrás de él, en su traje de enfermera, encantadora. ¡Estaba aquí en Estados Unidos, mientras que yo todavía creía que estaba en Inglaterra! ¡Ya no había más un océano entre nosotros! ¡Al final nos volveríamos a reunir! Le miré a los ojos en los que detecté la misma alegría que yo estaba viviendo. Tenía tanto que decirle, tantas cosas que la distancia me impedía compartir con ella. ¡Qué tortura era saberla tan cerca de mí, pero no ser capaz de tocarla o tenerla entre mis brazos!...
Yo me reivindiqué enviándole muy rápidamente una entrada para el estreno de Romeo y Julieta que se presentaba en Nueva York. Incluí solo un boleto de tren, porque de alguna manera quería mantenerla cerca de mí, no dejaría que se fuera. Pero, de nuevo, el destino quizo, con una mano traicionera, poner fin a esa esperanza, con ese trágico suceso: el accidente de Suzana, esa joven actriz, que al salvar mi vida, perdió la movilidad de sus piernas. Consumido por la culpa, obligado a someterme a los requisitos de esta enorme responsabilidad, me encontré en la horrible posición de tener que abandonarla mientras mi corazón y mi alma no lo hicieron. ¡Teniendo que dedicarme a alguien a quien no amaba, fue insoportable! Cuando ella se reunió a mí en Nueva York, no pude encontrar el valor para decirle la verdad. Las palabras se tropezaron contra mis labios y no pudieron salir. Ella estaba allí, al fin ante mí, era una belleza irreal, y no me atreví a hacer ningún movimiento hacia ella, ¡Porque había perdido la razón! ¿Cómo describir con palabras el horror y asco que sentía de mí mismo, que me invadió cuando descubrí en el techo del hospital, que Susana había intentado poner fin a su vida?... Yo estaba tan avergonzado de mí mismo, avergonzado por tenerlo que enfrentar frente a su rostro... Mientras que llevé a Susana a su habitación, a pesar de que no era tan pesada la sentí como si fuera de plomo. Titubeando, me encontré con su aspecto aterrado, pero tan lúcida que me di cuenta de que todo era el fin... Para salvarme, hizo lo que yo era incapaz de hacer: una elección dolorosa, esa elección dolorosa de sacrificar la felicidad que teníamos tan cerca al alcance de nuestras manos. Quería gritar mi desesperación, impedirle que se marchara, ¡Decirle que no quería que desapareciera para siempre de mi vida! ¡Qué crueldad, qué ignominia el habernos separado, en las escaleras del hospital Jacob, en la que todavía brillaban nuestras lágrimas derramadas!... Oh, Julieta, no hubo peor castigo que tener que retirar mis manos de su talle y dejarla ir... ¡Quizás hubiera sido mejor no volver a reunirnos, si estábamos condenados a separarnos..."
- Oh, no, Terry, no lo digas... A pesar de todos estos años lejos de ti, nunca me he arrepentido de haberte conocido. He aprendido mucho de tí. Me trajiste de vuelta a la vida, cuando nunca pensé posible ser capaz de superar la muerte de Anthony. Mientras que todo el mundo me compadecía, tú no lo hiciste, me hiciste enfrentarme a mis demonios y me hiciste reaccionar. Sin ti, yo quizás todavía estaría llorando. Terry, si he podido vivir todo este tiempo lejos de ti, es porque no quiero decepcionarte, porque me he prometido a mí misma luchar, en memoria de todo lo que nos une. Ese fue nuestro acuerdo, ¿recuerdas? Nuestro compromiso común para no fallar y hacer todo lo posible para tener una vida feliz... Todo lo hice para seguir adelante sin ti... Muchas veces casi me dejé llevar, muchas veces casi me dí por vencida, pero luego pensé de nuevo en tí, y te vi de nuevo en ese miserable teatro itinerante, cuando borracho, ni siquiera eras capaz de recitar dos párrafos seguidos. Mi corazón se hunde ante la idea de recordar ese espectáculo tan triste y doloroso que ví. Sabía que yo era la causa, y quería lanzarme a tus brazos, tranquilizarte, decirte lo mucho que te amaba. Pero no podía, porque sabía que en algún momento u otro deberías regresar a Susana, para cuidar de ella y no tendrías espacio para mí en tu vida... Y entonces, de manera repentina te recuperaste y supe que no te dejarías caer de nuevo en un momento de desesperación, y también mantendrías tu promesa. Y yo he mantenido la mía hasta hoy...
La ciudad antigua de Verona nunca le había parecido tan larga, ni tan tortuosa. Le parecía que deambulaba en un laberinto sin fin. Con la mente perturbada, de repente ya no reconocía nada, aunque había caminado por estas calles por días. Pero el sonido repentino de las campanas de la iglesia de San Nicolás le confirmó que iba por el camino correcto...
"Durante todos estos largos años, Julieta, tú me has acompañado, fiel y leal. Aún así, puedo admitirlo a tí ahora, aunque sospecho que siempre lo has sabido: que los poemas de amor que te declamaba en cada presentación no estaban dirigidos para tí, sino eran para ella y sólo ella. Era mi manera de calmar ese dolor que llevo dentro de mí, ese dolor de no estar con ella. Me hubiera gustado olvidarla, pero su memoria sigue anclada a mi carne, de una manera inquietante y reconfortante.
Después de la muerte de Susana, pensé que mi vida iba a cambiar, pero no estaba contando con todos esos años atrapado en esta torre de cristal, en donde me quedé como espectador de esta existencia que aborrecía. He experimentado muchas dificultades para volver a la realidad. Parecía como si saliera de una celda oscura y fuera cegado por la luz. Yo era libre pero seguía siendo un prisionero en mi cabeza...
Quería escribirle, decirle que todavía la amaba, que nada había cambiado para mí. Muchas veces, remarqué más de un papel, arrugándolo y arrojándolo a la basura. Tenía tanto miedo de que ella me rechazara, que dejé pasar un año más. Y recientemente, volvió a aparecer, tan brevemente, que tuve que cruzar el océano para unirme a ella. Sin embargo, aunque he encontrado su rastro, ¡Tuve la odiosa sorpresa de saber que ella estaba casada! Todas mis esperanzas, mis sueños, se derrumbaron en un instante. Fue como una segunda muerte para mí. Yo ya era un espectro vacío desde nuestra separación en Nueva York, el que se ha convertido en un espectro errante ahora en las calles de Venecia.
Ah, Julieta, si tuviera valor, si no hubiera tenido miedo de escribirle, mi carta sin duda hubiera llegado antes de que conociera a ese hombre, ese hombre que ha ocupado mi lugar, ¡Un hombre al que maldigo, por todo lo que debe compartir con ella como marido!...
¡Yo se que a menudo he carecido de valor cuando se trataba de ella! Ahora acepto el castigo. ¿Qué podía haber esperado de un cobarde como yo? Sólo estoy siendo miserable, indigno del amor que ella me ha traído. Merezco su rechazo, su olvido y su indiferencia.
Por eso te pido tu ayuda, Julieta, porque yo no sé cómo podré actuar pasado mañana, sin querer clavarme esa daga en mi corazón, que tú estas reservando para tí. Te hago esta petición, como si fuera una botella lanzada al mar, con la esperanza hipotética de que pudieras oírme. Quiero creer, aunque sólo sea por un momento, que en toda esta tragedia podría surgir una luz que iluminara mis pasos y me diera un respiro. Estoy agotado, Julieta, te lo suplico, ayúdame...
Terrence"
Un silencio de muerte había extendido su mórbido velo en la habitación. Nadie se atrevía a decir una palabra. Fue Donatella quien le puso fin, dirigiéndose a Candy, quien estaba petrificada en su silla, con los puños apretados en su regazo, y su rostro pálido.
- Candy... ¿Eres tú de la que él habla? Nos has dicho que eras una enfermera, ¿verdad? Sobre Romeo y Julieta en Nueva York... Es vuestra historia la que evoca este joven...
- ¡De todos modos, tú no nos dijiste que estabas casada! - María añadió con un tono de reproche, mientras que inmediatamente se mordió el labio por arrepentimiento, ante la mirada de reproche que le dio Isabella.
Candy se había levantado inmediatamente y respondió con la voz temblorosa:
- ¡Yo... yo no estoy casada! ¡Nunca lo he estado! ¡Dios mío, el cree que… el cree que…!
Se dejó caer en la silla y rompió a llorar, sacudiendo la cabeza.
- No lo entiendo – dijo entre dientes, con la cara inmersa en las palmas de su mano - ¡No entiendo lo que le pudo hacerle creer eso...!
- Eso, mi hija, sólo tienes una forma de averiguarlo – le dijo Francesca - ¡Debes ir a su encuentro y preguntarle!
Candy levantó la cabeza con asombro. La incompresión se reflejó en sus ojos, los que se llenaron de lágrimas.
- ¡Pero no tengo idea de dónde está!
- ¿Hemos leído la misma carta Candy? - Replicó Isabel agitando los boletos para la obra - ¿No ha dicho que tiene que actuar mañana?
- ¿Y mañana qué obra se va a interpretar? – Preguntó Donatella con una sonrisa irónica.
- Romeo y Julieta... – susurró Candy confundida. ¿Cómo explicar que durante varios minutos con el calor del momento, había dejado de escuchar la lectura de Isabella, acosada por una multitud de pensamientos que la atravesaban. Uno, sin embargo, dominó a los demás: ¡Terry estaba en la ciudad!, ¡Terry estaba en Verona!
- ¿Qué haces todavía aquí, cabeza hueca? - Había entonces exclamado María, agitada por una impaciencia indescriptible - ¿Por qué no estás ya en el Arena?
- ¡Sí, Candy! ¡Date prisa! – había añadido Francesca, al borde de la histeria - ¡Ve rápido!
Candy había asentido sin opinar, secándose con un rápido movimiento las últimas lágrimas que bañaban su bonita cara. Al momento de pasar por el umbral de la puerta, se volvió hacia sus amigas que la estaban viendo con ternura y un poco de exitación.
- No temas, Candy – le susurró Isabella, quien observó su ansiedad - Todo está bien... ¡El amor es más fuerte que cualquier otra cosa! ¡Y él te ama, ese chico, te ama con locura! ¡Corre, Candy, corre!
Con palpitaciones en su corazón y falta de aliento, Candy había caminado, y corrido por las calles de Verona, sin darse cuenta a dónde se dirigía. Y cuando por fin se encontró en la Plaza Bra, en donde se encontraba la antigua arena romana, se preguntó si lo que estaba experimentando no era un sueño. Había una multitud a esa hora y no pudo evitar, al acercarse al edificio, buscar la cara de Terry entre aquellos sentados en las mesas, de las muchas terrazas que rodeaban el lugar. Decenas de veces pensó que lo veía, y decenas de veces no fue así. Decepcionada, se dirigió a una de las entradas del anfiteatro. Con la garganta seca, ensordecida por los latidos de su corazón que martillaba sobre sus tímpanos, empujó la gran puerta abierta y entró en el anfiteatro. El escenario estaba muy cerca de ella y podía fácilmente distinguir a los actores ensayando. Parpadeó al borde del desmayo y dio unos pasos hacia adelante. La mayoría de las personas a su alrededor estaban de espaldas, viendo la obra. ¡Terry sería sin duda uno de ellos, y se volvería a verla!
Una voz grave y autoritaria la trajo violentamente a tierra...
- ¿Puedo ayudarle señorita? – le preguntó un pequeño hombre, de cabeza calva. Quien la observó con grandes ojos escrutadores, mientras que ella tartamudeó, con voz temblorosa:
- Busco... a Terrence… Terrence Graham… Grandchester... En fin, busco a Terry...
- ¿Terry? – dijo Sidney Wilde adivinando de inmediato quién era, mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios carnosos - ¡Terry te está buscando mi tierna niña!. ¡Acabas de perderlo!...
Fin del capitulo 10
