LOS PERSONAJES PERTENECEN A LA QUERIDA STEPHENIE MEYER.

LA HISTORIA ORIGINAL PERTENECE A JL&ER. YO SOLO LA ADAPTO PARA DIVERTIRME.


A mi querida amiga Esteph, gracias por todo, nena!


9

Edward POV

.

.

.

.

El abandono

—¿Que te hizo qué? —pregunta Jasper en tono de incredulidad mientras contempla mi magullado rostro.

—Me abandonó —repito y entonces, por si él no estuviera familiarizado con la expresión, añado—: Me dejó tirado, me soltó; se deshizo de mí; me descargó.

En este momento, se me ocurre pensar que todos y cada uno de estos términos se podría igualmente aplicar a la basura. Y no es pura coincidencia. Pues soy una basura, eso es lo que soy. Me siento una basura. Si en estos momentos entrara una cucaracha en el salón de Jasper, no tengo la menor duda de que se dirigiría en línea recta a mi persona y, al llegar, se consideraría en su casa.

Pero Jasper lo pasa mal, asimilando la información. Se deja caer a mi lado en el sofá.

—Pero eso es imposible.

Su afirmación, combinada con su expresión de consternación, me recuerda momentáneamente a Spock, enfrentándose con una aberración científica a bordo de la nave Enterprise. Comprendo su reacción. Lo ocurrido es efectivamente ilógico y contrario a la vida tal y como yo la conozco.

Por supuesto que me encantaría poder estar de acuerdo con Jasper a este respecto. Vaya si me encantaría. Me encantaría permanecer sentado aquí y poder asegurarle que, según todas las reglas conocidas del universo, es imposible que una buena chica como Bella haya decidido mandar a hacer puñetas a un buen chico como yo. Me gustaría poder decirle que, siendo tal cosa tan evidentemente imposible, me debo de encontrar bajo los efectos de una alucinación, de la cual no tardaré en despertar y entonces descubriré que todo marcha bien en mi mundo. Pero nunca se me han dado muy bien los desmentidos, por lo que, en su lugar, le digo:

—La mierda ocurre.

Porque ocurre.

Si lo sabré yo.

Me acaba de ocurrir a mí.

—Pero si todo iba tan bien —dice Jasper en tono quejumbroso—. Los dos estabais muy bien compenetrados.

—Iba y estábamos.

Me mira unos segundos, antes de preguntar:

—¿Y bien?

—Y bien, ¿qué?

—¿Quién le hizo la guarrada a quién?

—¿Qué…?

—Uno de los dos la tiene que haber hecho —aclara—. Es por eso por lo que la gente rompe sus relaciones. La mayoría de las veces, por lo menos.

—Eso no es cierto —protesto—. La gente rompe sus relaciones por un millón de motivos distintos. —Espera a que se lo aclare y yo lo hago—. Una de ellas podría roncar y la otra podría no aguantarlo. Puede que ambas sean hinchas de distintos equipos de fútbol. No sé… cualquier cosa. También se les pueden acabar los temas de conversación.

—Eso quiere decir que fuiste tú —deduce Jasper.

Es inútil tratar de convencerle de lo contrario; me conoce demasiado bien. Necesito una caja de resonancia. Necesito a alguien que me diga que no tengo por qué cerrar todavía la tapa de mi vida.

—Sí.

Asiente con la cabeza.

—Me lo figuraba. ¿Me lo quieres contar?

Y lo hago. Se lo describo paso a paso. Empiezo cuando Bella y yo nos intercambiamos confidencias delante del Zack's y lo agradable que fue no tener que seguir cargando con aquel peso. Lo llevo a la fiesta de Max, a mi ataque de celos, a mi ultimátum y a la postura de Bella. Le describo el Viernes Negro, la cita de Bella y mi constante paranoia. Le cuento los pormenores de la posterior aparición de Briston aquella noche y de mi grosero despertar de la mañana siguiente. Le explico de qué forma acompañé a Briston a la puerta y le dije que no quería volver a verla nunca más. Y finalmente, le hablo de las vacaciones, del accidente de carretera, de lo que le dije a Bella y de lo que ella me dijo a mí.

Cuando termino de contarle mis desgracias, lo primero que dice Jasper es:

—Este Nathan debe de ser un cabrón de mucho cuidado.

Le agradezco a Jasper su intento de animarme, pero no da resultado. Pero más por costumbre que por un vestigio de mi aborrecimiento, asiento con la cabeza y apunto que en la lista de Cosas Más Agradables que Nathan he de añadir a las personas que se tragan sus pesadillas.

Lo segundo que dice Jasper, ante mi ausencia de reacción a lo primero, es:

—¿Por qué demonios le hablaste a Bella de Sadomaso?

La pregunta no me sorprende. Es la misma pregunta que se me ocurrió a mí tras sufrir el accidente de carretera, en el breve pero sorprendentemente desagradable intervalo que transcurrió entre el momento en que Bella me soltó un puñetazo en el rostro y el momento en que me propinó una patada en los cojones. Y es la misma pregunta que me he estado haciendo desde entonces.

A fin de cuentas, no había ninguna necesidad de que le hablara de ella. Cierto que siempre hubiera temido que Bella se enterara por otros medios. Puede que yo hablara en sueños. Puede que Briston empezara a irse de la lengua. O puede que yo me adhiriera a alguna extremista secta religiosa que me obligara a confesar la verdad a todas las personas a las que alguna vez hubiera mentido en mi vida. Pero con toda franqueza, todas estas posibilidades se me antojaban entonces y se me siguen antojando ahora altamente improbables. Sin embargo, sigue subsistiendo el hecho de que, si yo hubiera mantenido la maldita boca cerrada, habría podido salir bien librado de la situación.

Tal como he salido a lo largo de toda mi vida.

Las consecuencias en tal caso hubieran sido evidentes y uniformemente beneficiosas. No se hubiera producido ningún accidente de moto, por ejemplo. Y tampoco hubiera habido un triste viaje de regreso a casa en avión, en cuyo transcurso ella se negó a hablar conmigo. En su lugar, ambos hubiéramos permanecido en lo alto de aquel acantilado tomados del brazo, contemplando la playa de abajo iluminada por la luna. Pero no una playa cualquiera. Nuestra playa, el lugar donde habíamos hecho el amor. Ella, yo y el mar. La escena más poética que cupiera imaginar.

Pero de eso ni hablar, tratándose de Edward Cullen. Edward Cullen tenía otros planes. Por ejemplo, no contestar cuando ella le preguntó en lo alto del acantilado si él también sentía lo mismo. A pesar de que lo sentía. Por primera vez en muchos años. A pesar de que, por primera vez en muchos años, estaba viviendo con una persona una situación que parecía un sueño convertido en realidad. Porque era tan extraordinaria que parecía increíble.

—Por sinceridad —le sugiero a Jasper—. Porque quería ser sincero con ella.

—¿Sinceridad? —pregunta Jasper, mirándome como si me acabara de tirar un pedo.

—Sí, sinceridad. Quería decir la verdad.

—Ya sé lo que significa esta palabra, Edward.

—Entonces, ¿cuál es tu problema?

—Mi problema es que no acierto a comprender qué tiene esto que ver con las relaciones.

—Lo tiene que ver todo —contesto, irritado. Me mira con cara de palo.

—Con la mía, no. Y con la de la mayoría de las personas, tampoco. —Su mirada se vuelve recelosa—. No habrás estado leyendo mi ejemplar de Diez pasos para alcanzar el amor eterno, ¿verdad?

—¿Tu qué?

Jasper se levanta y se acerca a la ventana.

—Nada.

—No quería engañarla —añado—. No me parecía bien. Ella confiaba en mí, yo le había mentido y, cuanto más tardaba en decirle la verdad, tanto peor me sentía.

Jasper se vuelve y me mira con los ojos entornados.

—¿Por un remordimiento de conciencia tal vez? —pregunta—. ¿Porque sentías que una implacable sensación de traición te recorría las venas, cual si fuera un veneno, cada vez que la mirabas? ¿Y tenías la sensación de que la volvías a traicionar cada vez que la besabas o hacías el amor con ella? ¿Casi como si cada nueva intimidad que compartías con ella ya no significara nada por el hecho de estar basada en el engaño?

—Sí —contesto, comprendiendo que Jasper acaba de poner el dedo en la llaga y que era eso exactamente lo que ocurría. Me siento invadido por una oleada de alivio. Parece que alguien lo comprende.

Pero resulta que este alguien no es Jasper.

—En otras palabras, lo hiciste para sentirte mejor. ¿No te hubiera parecido más lógico que te enfrentaras tú solo con tu culpa, aprendieras la lección y te propusieras no volver a hacerlo nunca más? —pregunta, regresando al sofá y volviendo a sentarse.

Tardo unos segundos en recuperarme de la decepción que me ha producido el hecho de que Jasper y yo no vayamos a someternos a un trascendental momento de compenetración masculina. Pero consigo superarlo muy bien. En primer lugar, el fanatismo medioambiental jamás ha sido la idea que yo tengo de la diversión… para empezar, hay demasiado moho y mierda de ardilla. Y en cuanto a los cazadores-recolectores… debo decir que me expulsaron de la sección infantil de los niños exploradores por fumar a los nueve años y jamás he vuelto la vista atrás; por consiguiente, mejor que también me mantenga al margen de todo eso. Pero lo supero, sobre todo, porque no estoy furioso con Jasper. Sino más bien conmigo mismo.

Quiero decir con eso que no es que su reacción a mi comportamiento sea anormal. Muy al contrario. Si, por ejemplo, yo llevara a cabo una rápida encuesta en la calle delante de la casa de Jasper e hiciera las siguientes preguntas a las personas que estuvieran manteniendo relaciones estables:

a) Si usted se emborrachara y jodiera con una desconocida a la que jamás tuviera que volver a ver, ¿se lo diría a su pareja?

b) Si usted entablara unas relaciones con alguien y se diera cuenta de que de quien en realidad está enamorado es de su pareja actual, ¿le confesaría a ésta la existencia de dichas relaciones?

c) Si pudiera usted echarse impunemente un casquete con alguien (sí, sí, incluidas las estrellas de Hollywood), ¿renunciaría a hacerlo?

No me cabe la menor duda de que las respuestas serían unánimemente negativas. Quiero decir que hoy en día la gente no confiesa sus infidelidades, ¿verdad? Se lo puedes contar a los amigos, claro, pero no a tu amante. ¿De qué serviría? De nada. A no ser que quieras romper.

O por lo menos, eso era lo que yo pensaba. Incluso con Zoe. A pesar de que jamás le fui infiel, creo que, si lo hubiera sido, no le habría dicho nada. De lo contrario, habría sido demasiado doloroso. Sin embargo, cuando lo intenté con Bella, no dio resultado. De ahí mi papel estelar en el clásico de la cinematografía griega Las confesiones de un motorista. Parece ser que la sinceridad es más fuerte que yo. Pero, al igual que Jasper, yo tampoco me trago lo de la sinceridad en sí misma. Demasiado simple. Demasiado fácil. Cierto que la sinceridad es importante, pero sólo en el sentido de que es un síntoma de otra cosa. La sinceridad no es más que una cabeza de turco. Tiene que haber estado trabajando por cuenta de otra persona. Pero no de otra persona cualquiera, comprendo ahora, sino del mismísimo Señor Importante. Y en cuestión de sentimientos, sólo existe un Señor Importante. Me sorprende que haya tardado tanto tiempo en identificarlo. Miro a Jasper directamente a los ojos.

—La amo —le digo—. Le hablé de Briston porque la amo.

Jasper levanta la mano.

—Déjala ahí, hermano.

—¿Qué?

—Lo sabes muy bien. La palabra que empieza por A. La acabas de pronunciar. —Agita el dedo—. Lo has hecho. Lo has hecho. Sabes muy bien que sí. No intentes disimularlo.

—No pienso hacerlo.

Jasper ladea la cabeza.

—¿De veras que no?

—No. Lo he dicho y hablo en serio. La amo. —Presto atención al sonido de las palabras que brotan de mi boca. Es un buen sonido. Es la clase de sonido que no me importaría volver a oír—. Yo, Edward Cullen —le digo a Jasper—, en pleno uso de mis facultades mentales…

—Es cuestión de opiniones —murmura Jasper.

—… amo a Bella Swan.

Jasper me mira largo rato con dureza.

—En tal caso, eso lo explicaría todo —termina diciendo.

—Explicaría, ¿qué?

—Por qué te has estado comportando como un imbécil total. —Nos miramos en silencio unos minutos—. Supongo que será mejor que busquemos la manera de sacarte de este embrollo —dice finalmente.

En su calidad de abogado, Jasper aborda el problema como un abogado: parte de los hechos. Tras analizarlos uno a uno conmigo, guarda silencio. Su rostro se transforma en una máscara de concentración. Me imagino su cerebro implacablemente lógico en acción, retorciendo, tirando y jugueteando con el problema. Me invade una sensación de confianza. Si alguien puede encontrar el camino para salir de esta horrible guarida de Minotauro, es Jasper.

—Felación accidental —dice finalmente—. La cosa es bastante complicada. —Se rasca la barbilla y frunce el entrecejo—. Una auténtica lata, en realidad.

No es la solución que yo esperaba.

—No, Jasper —lo corrijo—. Eso no es una lata. Perder el billetero sería una lata. Conseguir un ticket de aparcamiento sería una lata. Esto, en cambio, es un maldito desastre total.

Jasper espera pacientemente a que termine mi estallido.

—El quid de la cuestión —dice en tono pensativo— es establecer si tú has sido o no has sido infiel. Técnicamente, supongo que la respuesta tiene que ser que sí. Te hicieron efectivamente una mamada. La punta de su lengua rozó efectivamente la punta de tu instrumento. Eso nos lleva al propósito. Aunque, a los ojos de la ley, la ignorancia no es una excusa, se puede argumentar que, en tu estado de semiinconsciencia, no tuviste el menor conocimiento de que la lengua en cuestión pertenecía a otra persona que no era tu amada Bella. De ahí que el hecho de que tú experimentaras placer como consecuencia de los movimientos de esta lengua no constituya una infidelidad emocional.

—Estupendo, amigo —lo interrumpo, exasperado—, prueba a decirle eso a Bella. Un simple caso de confusión de identidad, cariño. Ocurre muy a menudo. No tienes por qué tomártelo de esta manera. Sí, Jasper, le va a encantar.

Jasper me mira de soslayo.

—Mira, tienes que aprender a canalizar esta agresividad. No es bueno para ti.

—¿Cómo?

—Respira hondo —dice Jasper.

—¿Cómo?

—Relájate. Cálmate. Déjate llevar un rato por la corriente.

No estoy de humor para este tipo de mierdas hippies… y menos aún por parte de un abogado de la City que no sabría distinguir la diferencia entre una lenteja y una esponja vegetal.

—¿Que me relaje? —replico en tono cortante—. ¿Y cómo coño quieres que me relaje? Me acaban de pegar la patada, hombre.

Me da unos segundos para que me calme antes de decir:

—Mira, amigo, nunca nada es tan malo como parece.

—¿Te importa explicarme a qué te refieres exactamente?

Frunce los labios con expresión pensativa y después me contesta:

—A la objetividad. Tienes que ser objetivo en todo este asunto.

—¿La objetividad? —balbuceo.

—Sí, verás —dice—, como cuando estás en lo alto de un cerro y contemplas la ciudad de abajo y ésta te parece totalmente distinta porque has interpuesto una cierta distancia entre ella y tu persona.

—Jasper —le digo—, dudo que el hecho de estar en lo alto de un maldito cerro me sirva de algo.

Pone los ojos en blanco.

—Tú escúchame, ¿vale?

—Te estoy escuchando.

Jasper enciende un cigarrillo y da un par de caladas.

—El punto de vista objetivo es el siguiente —dice—. El amor de tu vida ya no te quiere. Ha descubierto que tú has metido la polla en la boca de otra mujer a espaldas suyas. Como consecuencia de ello y del hecho de que no se lo dijeras de inmediato, ella cree ahora que eres un inútil y miserable pedazo de mierda que merece arder en el fuego del infierno por toda la eternidad. Baste decir que no quiere volver a verte nunca más.

—Gracias, Jasper —le digo, empezando a abrigar serias dudas acerca de sus aptitudes como abogado—. ¿Por qué no me das una cuchilla de afeitar y me preparas el baño?

—Bueno —dice Jasper—, olvídate de la objetividad. Tienes razón; objetivamente, estás jodido. No obstante —añade tras una pausa—, la situación podría ser mucho peor.

Por primera vez, ha dicho algo que tiene sentido.

—Sí —convengo con él—, podría encontrarme en pleno desierto del Sahara sin una gota de agua. Me podrían estar comiendo vivo los gusanos. Incluso me podrían obligar a ver todos los episodios de Dinastía que jamás se hayan hecho. Pero, aparte de eso, creo sinceramente que son muy pocas las cosas peores que me podrían ocurrir.

Jasper ignora deliberadamente mi andanada de sarcasmos.

—Pues yo te digo muy en serio que las hay. Sigues estando vivo. Y ella también. La mierda existe. Nos ocurre a todos de vez en cuando, ¿verdad?

—No, Jasper —lo interrumpo—, yo no lo creo. No creo, por ejemplo, que te ocurra a ti. ¿Te ocurre alguna vez, Jasper? ¿Y bien? ¿Te ocurre? No tengas el menor reparo en corregirme si crees que me equivoco, pero contéstame a esta pregunta: ¿has sido abandonado alguna vez por alguien de quien tú estuvieras enamorado?

—No.

—Muy bien, lo cual significa que no nos ocurre a todos. Les ocurre a algunas personas. Y eso lo admito. No tengo el menor problema en reconocerlo.

—Pues entonces, ¿cuál es tu problema?

—Mi problema es que no me hubiera tenido que ocurrir a mí —contesto bruscamente.

—¿Y por qué no?

Me sostengo la cabeza con las manos.

—Porque yo confié en ella, Jasper. Eso es lo que me está matando. Me he pasado toda la vida mintiendo a las mujeres y ocultándoles cosas. Pero a ella, no. Yo confié en ella y le dije la verdad. Le dije la verdad porque la amo. ¿Y qué conseguí con eso? Que ella me dejara plantado. Ni siquiera me dio la oportunidad de explicárselo.

—¿Tú crees de veras que eso hubiera cambiado las cosas —pregunta Jasper—, si ella hubiera podido escuchar tu versión de lo ocurrido?

—Sí —musito—. Lo creo sinceramente. Pero ¿qué más da? Me he pasado todo el día llamándola y ella ni siquiera contesta.

Jasper me apoya una mano en el hombro.

—A lo mejor necesita un poco de tiempo para calmarse —apunta—. Dale un poco de espacio. Créeme —me asegura—, no es posible que te odie por siempre jamás. —Su mirada se pierde en la distancia inmediata—. Dicen —añade— que, si quieres algo, tienes que dejarlo en libertad. Si regresa, será tuyo para siempre. Y si no, es que jamás lo fue.

Para proceder de Jasper, el comentario es muy profundo. Sólo me resta llegar a la conclusión de que necesitaré un rasgo de ingenio para salir de ésta.

El juego de la espera

—Ya sé que me estás oyendo —digo—. Sí, tú, Bella Swan, te estoy hablando a ti.

Espero unos cuantos segundos la respuesta, pero no la hay. Pese a lo cual, no me doy por vencido. Estoy cumpliendo una misión. Soy un Guerrillero del Corazón. Y los Guerrilleros del Corazón no andan por ahí acobardándose a la menor señal de resistencia. Somos intrépidos y arrojados. Nos encantan los desafíos, sabiendo que la victoria, cuando se produzca, será dos veces más dulce.

—Muy bien —digo, levantando la voz—, puedes esconderte todo lo que quieras. No pienso retirarme. ¿Me oyes, Bella? Yo no me muevo de aquí. Ni un solo centímetro. Me quedaré hasta que bajes y me ofrezcas la oportunidad de darte una explicación.

De repente, mi determinación experimenta un dramático giro que agrava la situación. Pego los labios al interfono y digo en un susurro:

—Por favor, Bella. Te quiero. Te quiero y esto me está matando.

Vuelvo a esperar, pero la única respuesta es el silencio.

Un viejo sentado en un banco de la acera de enfrente me mira poniendo los ojos en blanco y toma un trago de su botella de Thunderbird. Pone cara de haberlo visto todo otras veces. Pero me da igual. Lo que digo, lo digo en serio: la amo. Y me importa un bledo quién lo sepa. Ella es la chica de mi vida. La Supernena. Es la que he estado buscando durante todo este tiempo.

Desde que anoche le dije a Jasper que estaba enamorado de ella, sólo he estado pensando en ella… casi como si el hecho de decírselo en voz alta lo convirtiera en realidad para mí. No, me importa un bledo quién lo sepa. Quiero que lo sepa todo el mundo, pero por encima de todo, Bella.

Por eso estoy aquí.

Acaban de dar las diez y media del domingo por la mañana y estoy en los peldaños de la entrada de su casa. Llevo aquí desde las nueve. Aparte del viejo, la calle está desierta. Puesto que las aceras de ambos lados están cerradas con unos conos por obras, ni siquiera hay automóviles. Por encima de mi cabeza y haciendo juego con mi estado de ánimo, el cielo está encapotado por primera vez en varias semanas. Retrocedo un par de pasos, estiro el cuello y levanto los ojos hacia el último piso del edificio donde vive Bella.

No hay ninguna señal de agresión exterior. No están echando aceite hirviendo desde las almenas. No hay arqueros preparados para disparar. Pero tampoco se observa la menor señal de inminente reunión. No hay ningún pañuelo blanco ondeando en medio de la brisa. No hay ninguna mano saludando ni haciéndome señas de que suba, no veo la cabellera de Rapónchigo derramándose hacia abajo. Ni siquiera hay una ventana abierta. Pero no importa. Estoy seguro de que ella está en casa. Estoy dispuesto a esperar. Si ella quiere que le ponga sitio, eso es justamente lo que voy a hacer. Si quiere una prueba de que la amo, aquí la tiene. Y si no la quiere… se la voy a dar de todos modos.

Me acerco de nuevo a la puerta y pulso el timbre del interfono. Hace un ruido semejante al de una avispa enfurecida. Lo mantengo apretado y me imagino a Bella dentro, escuchando. La debe de estar volviendo loca. Por lo menos, eso espero. Suena desagradable, lo sé, pero me da igual. A mí lo único que ahora me importa es tener la oportunidad de darle mi versión de los hechos. No olvidemos que eso es una democracia. A la gente no se la condena sin un juicio. La justicia dice que ella me tiene que escuchar. Lo estropeé todo. Lo sé. Pero todo el mundo comete errores, ¿verdad? Y yo he aprendido de los míos. Jamás permitiré que vuelva a producirse una situación como la que viví con Briston. Jamás le volveré a mentir a Bella ni la volveré a engañar de la forma en que lo hice. Lo único que necesito es una oportunidad —sólo una— para que ella sepa que la amo y soy suyo y no quiero estar con nadie más. Nunca.

Sigue sin haber ninguna respuesta.

Tengo que animarme. Estoy mejor preparado que ella para afrontar esta situación. Para empezar, tenemos la cuestión de la comida. ¿Qué va a comer ella? Conozco a Bella. Los armarios bien abastecidos no son su punto fuerte. Los dos briks de leche de Larga Duración y el paquete de paté de garbanzos con la fecha de caducidad pasada que hay en el frigorífico no le permitirán subsistir durante mucho tiempo. Y después tenemos la cuestión de su nuevo trabajo. No lo va a arrojar por la borda sólo para evitar enfrentarse conmigo. Significa demasiado para ella. No, no podrá permanecer escondida mucho tiempo. No tendrá más remedio que acabar cansándose y entonces me abrirá o, por lo menos, bajará y escuchará lo que tengo que decirle. La lógica dice que las probabilidades en este caso están decididamente de mi parte. En mi calidad de Especialista Provisional en Asedios y Nosotros, llevo el último grito en equipos de Supervivencia de Relaciones:

a) Doce rosas de color de rosa (confieso que se están marchitando, pero conservan intacto todo su potencial romántico).

b) Comida: un paquete de tamaño familiar de Pollo-Rico Marca Registrada (lo único que quedaba en el frigorífico del garaje abierto las veinticuatro horas del día); Pastel de Menta Kendal (fabricación reglamentaria estándar para el Ejército) y dos bolsas de cacahuetes tostados (ricos en proteínas).

c) Bebidas: dos latas de Toxoshock (bebida energética isotónica con cafeína, taurina y guaraná) más una caja de Nutroshake (con sabor a fresa).

d) Prendas de vestir: pantalones téjanos y camiseta FCUK (ambos de Jasper); botines de ante (ideales para terrenos accidentados).

e) Otros artículos: dos cajetillas de Marlboro (Light); un encendedor (gas) a prueba de viento.

Dejando aparte la ropa que he elegido (levanto los ojos al cielo; se está encapotando por momentos), creo que puedo durar aquí afuera varias horas si no días. En otras palabras, a no ser que se construya un ala delta con las sábanas de su cama y otros objetos domésticos y se lance desde el tejado, Bella tiene muy pocas posibilidades de escapar. Tanto si le gusta como si no, yo conseguiré decir lo que tenga que decir.

Con un «Todavía estoy aquí» de despedida, suelto el timbre y me tumbo en los peldaños. Noto algo en el rostro y, cuando levanto la vista, observo que ha empezado a llover. Pegándome a la puerta, saco la caja de Pollo-Rico de mi mochila y mordisqueo un trozo sin entusiasmo antes de desecharlo y encender un cigarrillo en su lugar. Calle abajo empiezan a tocar las campanas de la iglesia, convocando a la gente a la función religiosa matutina.

Recen un poco por mí.

Anoche no dormí. No pegué el ojo ni un momento. Permanecí tendido, contemplando cómo pasaban los minutos en Perro Gordo. Huelga decir que fue Bella la que me mantuvo en vela. O más bien su ausencia. Porque es evidente que no estaba allí. Y no estaba porque me odiaba. Pensaba que yo era una escoria. ¿Por qué no? Yo, en su lugar, hubiera hecho exactamente lo mismo. Psicología a la inversa. ¿Qué sentiría yo si ella me dijera que un tío se le había bajado al pilón? ¿Rabia? ¿Celos? ¿Repugnancia? Sí, todas estas cosas. Pero sobre todo me sentiría traicionado. Sólo que yo no traicioné a Bella. No quise hacerle daño a propósito. Simplemente la cagué. Muy mal, lo reconozco. Y no es que eso me hiciera sentir mejor. No lo hizo. Mientras permanecía tendido allí sin poder abrazar ni siquiera la almohada para consolarme (porque todavía apestaba a Briston), me sentí hecho polvo. Destrozado. Era como si alguien me hubiera partido el corazón por la mitad.

Hasta mi polla estaba de acuerdo. Y eso no era propio de ella. Por regla general (exceptuando el episodio con Ella Trent), tanto si llueve como si luce el sol, la constitución de mi polla es inexpugnable. No la creía capaz de defraudarme de aquella manera. Sin embargo, allí estaba, hundida entre mis piernas como una criatura en estado de hibernación. Si hubiera podido hablar, sospecho que nuestra conversación se habría desarrollado más o menos de la manera siguiente:

Edward: ¿Qué te pasa?

Polla: No me pasa nada. Ahí está lo malo.

Edward: ¿Lo malo?

Polla: Exactamente.

Edward: ¿Te sientes con ánimos para hablar de ello?

Polla: Yo no me siento con ánimos para nada. Sólo me siento entumecida.

Edward: Supongo que estás hablando de Bella, ¿no?

Polla: Bueno, no querrás que esté hablando de Briston, ¿verdad? Sólo faltaría que lo hiciera después de la birria de mamada que me hizo.

Edward: Ni siquiera lo recuerdo. ¿Tan mala fue?

Polla: Digámoslo así, Edward: como mamada, fue una mierda… y me quedo muy corto. Allí estaba yo, preparándome psíquicamente para una polución nocturna sensacional. Tenía todas las características de un clásico. Tú y yo en medio de aquella sauna, rodeados de vapor por todas partes, y entra Bella vestida con su uniforme de colegiala…

Edward: ¿Su uniforme de colegiala? Ni siquiera sé cómo es su uniforme de colegiala.

Polla: Es una licencia literaria, Edward. Dame una oportunidad.

Edward: Comprendo. ¿Qué ocurrió a continuación?

Polla: Aparece la maldita Briston. Entra con paso decidido y, sin pedir permiso siquiera, aparta a Bella y asume todo el protagonismo.

Edward: No suena tan malo. Como fantasía, quiero decir.

Polla: Ya, bien se ve todo lo que sabes. Créeme, Edward, soy una profesional, y no tiene demasiada gracia conducir un Mini cuando estás acostumbrado a un Rolls-Royce. Pero a pesar de todo me las arreglé bastante bien. Bueno, me dije, procuremos sacar de lo malo lo mejor. Pero ni hablar, tú tampoco estabas dispuesto a eso. No estabas preparado para permitir que yo hiciera el primo con la chica equivocada. Tú querías otra cosa mejor. Justo cuando la situación estaba empezando a mejorar un poco, te retiraste. ¡Te retiraste, Edward! Y eso es simplemente repugnante. Eso es propio de… un aficionado.

Edward: Lo siento, Polla. No permitiré que vuelva a ocurrir. ¿Podemos ser simplemente buenos amigos como en los viejos tiempos?

Polla: Los viejos tiempos. Ah, sí, ya los recuerdo. Tú, yo, el frasco de aceite infantil y un ejemplar del Hustler. Sin olvidar, naturalmente, las ocasionales aventuras de una noche con que me solías obsequiar. Una rápida zambullida en un paraíso en tres dimensiones, que a la mañana siguiente me era arrebatado una vez más. Unos días efectivamente sensacionales. Pero aun así, perdóname que no empiece a brincar arriba y abajo ante semejante perspectiva.

Edward: Ya te he dicho que lo siento.

Polla: Lo sé, lo sé. Lo que ocurre es que la echo de menos, Edward. Encajaba muy bien, ¿sabes? Notaba que era apropiada.

Por una vez en mi vida tuve que reconocer que mi polla me había ganado decididamente la partida.

Me puse a pensar en el consejo de Jasper… en todas aquellas memeces sobre la conveniencia de dejarle un poco de espacio a Bella. Puede que el espacio sea la frontera final, pero por lo que a mí respectaba, eso era sólo para los pusilánimes. Yo no quería darle espacio; yo quería compartir su espacio. Y en cuanto a la bobada de si-quieres-algo-tienes-que-dejarlo-en-libertad, Jasper también se la puede guardar donde le quepa. ¿Para qué quiero yo hacer eso? De acuerdo, eso de dejarla en libertad es un concepto que está muy bien y que yo podría admitir a nivel puramente teórico. E incluso a nivel práctico… si estuviera hablando de jilgueros o de tigres domesticados. Pero no estaba hablando de eso, sino de Bella. Estaba hablando de la mujer a la que ahora comprendía que amaba. Y a mi modo de ver, en caso de que yo la dejara en libertad, lo menos que podía hacer era darle a conocer los hechos. La decisión que ella había tomado había sido de carácter unilateral. Lo que yo tenía que hacer era restaurar la democracia. Sería absurdo que la dejara volar para que recuperara la libertad si ella no supiera que yo deseaba su regreso. Porque puede que siguiera volando y entonces, ¿qué ocurriría? Ella se quedaría sin casa y yo me quedaría solo en casa. Sufrimiento por partida doble. No quería dejarla en libertad. Quería recuperarla. Y si ello me exigiera luchar por ella, lo haría. Los diez asaltos del combate. Muhammed Alí. Como una mariposa. Como un colibrí.

O, en su defecto, limitándome a permanecer sentado delante de su puerta.

Bajo la lluvia. Muerto de sueño y de frío.

Me acurruco más cerca de la piedra y cierro los ojos. Son las tres y cuarto cuando me despierto. Me noto la boca como si la tuviera forrada de engrudo de empapelar. Tras haber visto los ingredientes que contenía cuando trabajaba en Pro-Pixel, deduzco que se trata de un efecto secundario del Pollo-Rico que antes me he comido.

Me levanto con gran esfuerzo y doblo las piernas durante unos cuantos segundos para librarlas de los calambres: ahora el cielo está despejado. Al parecer, las negras nubes se han refugiado en el interior de mi cabeza.

Me vuelvo y pruebo a pulsar de nuevo el timbre. Una vez más, Bella no contesta. Miro al otro lado de la calle. Nada ha cambiado. El viejo sigue allí, lo mismo que los conos y las herramientas de los obreros. Una sonrisa nostálgica me ilumina el rostro al recordar las vacaciones estivales que pasé trabajando en una brigada de obreros de construcción de carreteras en mis tiempos de estudiante. Estábamos tendiendo un cable para la televisión, lo mismo que se ha estado haciendo aquí, destripando la carretera, instalando y empalmando los cables y, una vez puestos, pintando otra vez las rayas en el asfalto. Mi sonrisa se ensancha cuando, de pronto, se me ocurre una idea.

—Muy bien, Bella —grito contra la rejilla del portero electrónico—, ¿quieres pelear duro? Fíjate en eso.

Cruzo la calle. El viejo, al ver que un compañero de vagancia entra en acción, posa la botella y me saluda con la mano. Yo le devuelvo el saludo porque se trata de una actividad de carácter masculino. Algo con lo que todos los hombres del mundo se identificarán. En efecto, estoy a punto de hacer una impresionante declaración. Será una cosa romántica. Una cosa estupenda. La clase de gesto que otros hombres desearán haber tenido los cojones de hacer.

No tardo mucho en romper la cerradura de la máquina de pintar rayas que hay a un lado de la calle. Un par de hábiles golpes con la palanca que encuentro en la caseta de los obreros es suficiente. ¡Después, la libertad! El cacharro es mío. Empujo la manivela hacia abajo y hago avanzar la máquina un par de pasos. Como era de esperar, está cargada: una raya blanca de sesenta centímetros de longitud marca la superficie de la calzada a mi espalda. Suelto la manivela y dirijo la máquina hacia el centro de la calzada. Y allí es donde empiezo el verdadero trabajo: la escritura del mensaje que quiero que Bella lea la próxima vez que mire a través de su ventana. Se me ocurren varias alternativas:

a) Bella Edward te ama (demasiado infantil).

b) Te quiero (demasiado obvio).

c) Vuelve a mí (demasiado cursi).

En su lugar, me decido por un clásico, el tipo de frase capaz de dejar sin habla al mismísimo Cyrano de Bergerac. Recorro la calzada con la máquina y la escribo. La tarea no es fácil, por supuesto. La máquina está hecha para trazar líneas rectas. Tengo que irla girando poco a poco para describir cada uno de los trazos de cada letra. Pero es un esfuerzo que me gusta. No sé lo que es el cansancio. A los veinte minutos de haber empezado, el mensaje ya está listo. Y por un pelo. La pintura se termina justo cuando estoy haciendo el último trazo de la última letra. Pero ¿qué importa? Por lo menos, resulta legible. ¿Quién podría pedir más?

Devuelvo la máquina al lugar donde estaba. Cruzo la calle y, una vez en la acera de Bella, contemplo la enormidad de lo que acabo de hacer. Tiene muy buena pinta. Tiene una pinta fabulosa. Aunque me esté mal decirlo, resulta artístico. Y no soy yo el único que se impresiona. Al viejo le ocurre lo mismo. Por el rabillo del ojo, observo que se levanta del banco por primera vez. Se adelanta un par de pasos y mueve lentamente la cabeza de izquierda a derecha para estudiar mi obra. Después, se acerca a mí. Como una abeja a una flor. Contempla la belleza de lo que he creado. Quiere inspeccionar la obra. Para no parecer presumido, permanezco donde estoy y adopto una expresión impasible. Mi público espera.

—Muy bien, tío —dice, tendiéndome la mano—. Me llamo Clifford.

—Hola, Clifford. —Cojo su mano y se la estrecho—. ¿Qué le parece?

Clifford contempla un momento la calzada y se queda sin habla. Lo comprendo; no es fácil aceptar un gesto de semejante alcance. Abre la boca para hablar y yo me permito el lujo de ceder por un instante a la tentación del orgullo. ¿Cómo lo expresará exactamente? ¿Cómo conseguirá manifestar con palabras la conmoción emocional que ha experimentado como consecuencia de la lectura de mis pocas y sencillas palabras?

De la siguiente manera:

—Entonces, ¿es que trabajas para la compañía eléctrica, hijo?

Le miro. Después contemplo la botella semivacía de Thunderbird que sostiene en la mano. Le vuelvo a mirar a él. Al final, sonrío para darle a entender que comparto su visión del mundo… cosa que sinceramente dudo.

—¿La compañía eléctrica? —repito—. No, Clifford, no.

Me mira de arriba abajo antes de hacer otra conjetura:

—¿El gas entonces?

—¿Por qué lo dice? —le pregunto.

—Porque lo que has escrito —contesta— suena como un anuncio, ¿no te parece, hijo? —Toma un trago de la botella—. Un anuncio de una calefacción. Si no es de electricidad, tiene que ser de gas, ¿no crees?

—Pues sí —contesto en tono jovial porque reconozcamos que, en momentos como éste, el hecho de seguirle la corriente a alguien no cuesta nada en realidad.

—Está muy bien, hijo. Francamente ingenioso —añade en tono pensativo, antes de señalar su banco con la cabeza—. Tiene mucho mérito —añade—. Si yo tuviera calefacción central eléctrica y leyera un anuncio como éste, seguro que me pasaba al gas.

Pero todo tiene un límite. Y el límite ya ha llegado.

—Pero ¿de qué demonios está usted hablando? —le pregunto.

Me mira como si estuviera loco.

—Léelo —dice, señalando la calzada—. Allí mismo.

Sigo la dirección de la mano de Clifford y hago lo que éste me dice.

—La verdad es que no le entiendo —digo.

Clifford sacude la cabeza.

—Eso tiene que ser un anuncio, ¿no? —dice—. De lo contrario, no tendría sentido.

Hasta este momento, he estado hablando, dando por sentado que Clifford padece una discapacidad de lectura. Pero cuanto más contemplo las letras que he escrito en la calzada, tanto más cuenta me doy de que no es así. Todo lo contrario. No es Clifford el que padece una discapacidad de lectura sino yo. O más bien una discapacidad de escritura. Porque, cuando contemplo lo que he escrito, esto es lo que veo:

MI CALOR TE PERTENECE

No MI CORAZÓN TE PERTENECE. No el impresionante gesto que yo me proponía realizar. Es algo que no tiene ni pies ni cabeza. Mi primera reacción es echarme a reír. No es posible. No es posible que lo haya escrito tan mal, que me haya confundido de palabra. Pero mi segunda reacción es tomármelo a broma. Porque Clifford tiene razón: lo que he escrito parece efectivamente el anuncio de una compañía eléctrica. Corro hacia la ofensiva palabra y le paso el pie por encima; nada. Lo vuelvo a intentar; no consigo producir el menor daño en su inmaculada y suave perfección. Me pongo a gatas y la froto con la mano; no alcanzo el menor resultado. Y la máquina se ha quedado sin pintura. Ni siquiera la puedo tachar.

Me quedo absolutamente inmóvil por espacio de un minuto, tratando de asimilar el monumental lío que me he armado. Después me vuelvo hacia Clifford y le pregunto:

—¿Le importa que tome un trago?

Sin darle tiempo para contestarme, le arrebato de la mano la botella de Thunderbird y apuro su contenido.

La conclusión

El lunes transcurre en un borroso agotamiento físico y mental provocado por los acontecimientos del fin de semana. Me paso casi todo el rato en la cama, durmiendo o tendido boca arriba mirando al techo mientras escucho CDs. No me afeito. No me lavo. No me cambio de ropa. Procuro no pensar en nada. En su lugar, me pudro en silencio y, excepto mearme encima, voy dejando sucesivamente atrás todos los vestigios de la civilización. Con Jasper ausente por asuntos de trabajo, mi contacto con el mundo exterior es nulo. Y no me importa. Yo sólo quiero que pasen los días y que se forme un amortiguador entre Bella y yo porque será la única manera de que me resulte más fácil soportar el dolor que siento.

El martes por la tarde el estómago me obliga a emerger a la superficie de este avanzado estado de nihilismo. Descuelgo el teléfono y pido una pizza. Mientras la mastico, se me ocurre pensar que a lo mejor lo estoy haciendo todo mal. Al fin y al cabo, el abatimiento no me va a llevar a ninguna parte. El simple hecho de que la pintada en la calzada delante de la casa de Bella se convirtiera en un fracaso no significa que cualquier otro plan que se me pueda ocurrir tenga que acabar en un fracaso similar. Estuve muy cerca, maldita sea. Tremendamente cerca. Me equivoqué de palabra. Eso es lo que tengo que recordar. No mi fracaso sino lo cerca que estuve del éxito. Lo único que necesito es otro plan. Una nueva perspectiva. Cojo una botella de vodka y regreso a mi habitación para estudiarlo.

Llega la noche del martes y sigo en mi dormitorio… o en mi colmena creativa, tal como ahora la llamo. He optado por un plan. Es tan sencillo que me parece increíble que no se me haya ocurrido antes. Sobre todo, teniendo en cuenta que es algo que me ha estado mirando todo el rato.

Mi guitarra.

Allí estaba, apoyada contra el armario, sin que yo la hubiera vuelto a tocar desde las cinco lecciones que tomé el verano pasado. Una canción. Claro. Para hacerle una serenata. ¿Qué mejor manera de obligarla a levantarse y ver lo mucho que la quiero? Todo me está saliendo muy bien. Mucho mejor de lo que yo imaginaba. Al principio, la letra me costó un poco, pero no tardó en adquirir vida propia. Y la música también es estupenda… sobre todo, teniendo en cuenta que sólo conozco tres cuerdas. Todo parece perfecto. Los pebetes están encendidos. Tengo a Elvis tarareándome melodías desde el estéreo para inspirarme. Y el toque final: un pañuelo anudado alrededor de la cabeza a lo Springsteen.

A las once, ya estoy preparado para la primera actuación. Dejo la botella de vodka semivacía en el suelo para que no estorbe, me cuelgo la guitarra del cuello y anuncio desde la puerta:

—Y ahora, directamente en vivo desde el Hollywood Bowl, tenemos el orgullo de presentar al único y singular Jaaa-ckieee Cullen.

Cruzo la estancia y ocupo el escenario central en medio de la cama.

—Es una pequeña composición —digo, echando mano de mi mejor acento sureño— que escribí para una damita que conozco. Una damita llamada Bella. Una damita a la que quiero mucho. —Me paso la mano por la frente para enjugarme el sudor—. Se titula No creas que ya no lo puedo resistir.

Rasgueo las primeras cuerdas y me lanzo:

No creas que ya no lo puedo resistir.

Mi vida sin tu amor es un morir.

Tanto de menos te echo

y me siento tan deshecho

que el corazón se me va a partir.

A continuación, el coro destinado a ser cantado por un trío de teloneras, contoneándose en vaqueros:

No creas que ya no lo puedo resistir,

desde que de su casa te quisiste ir.

Vuelve de nuevo al hogar, donde te espera tu Edward,

pues su vida es un tormento sin ti.

Y después, la segunda estrofa. Estoy empezando a cogerle el tranquillo.

No creas que ya no lo puedo resistir.

Me hundo en un abismo sinfín.

Sálvame, te lo ruego,

de este oscuro mar tan negro.

Vuelve y ten compasión, sólo pienso en ti.

Sin embargo, no consigo llegar al segundo estribillo del coro. En su lugar, oigo:

—Pero ¿qué coño crees que estás haciendo?

Levanto la vista y veo a Jasper en la puerta con una expresión de absoluto asombro en el rostro.

—Cantando —contesto—. ¿Qué otra cosa parece?

Lo piensa un momento y contesta:

—Un tío en grave peligro de que lo encierren en el manicomio.

—Respeto tu opinión.

Mira lentamente a su alrededor.

—Deduzco de todo este número que ella aún no te ha perdonado.

—Exactamente.

—Pues entonces enfréntate a los hechos, Edward: ya no lo va a hacer. —Sacude la cabeza—. Ha terminado. Acéptalo.

—Nada ha terminado.

—Mañana terminará.

—¿Cómo?

—Mañana —me dice—. Esta mierda termina mañana. Ya basta de cantos fúnebres. Basta de aborrecerte a ti mismo. —Contempla la botella de vodka antes de volverme a mirar con desprecio—. Ya basta de emborracharte hasta perder el sentido. Ya basta, ¿lo has entendido?

No contesto.

—Será mejor que lo creas, hermano —me advierte—, porque así tendrá que ser.

Dicho lo cual, sale dando un portazo. Contemplo la puerta unos segundos antes de volver a rasguear la guitarra en gesto de desafío y de reanudar la canción en el punto en que la interrumpí.

No sé a qué hora caigo dormido, pero me despierto con una resaca tremenda y oigo la voz de Jasper:

—Radiohead… Nick Cave y los Bad Seeds… Portishead… Bob Dylan… Nick Drake… ¿Veo a los Smurfs? No, no los veo. ¿Veo la Recopilación de Villancicos Navideños del St. George Church Choir? No, eso tampoco lo veo. —Abro brevemente un ojo y veo que la luz está encendida. Agachado en el suelo, Jasper está examinando los CDs que he estado poniendo en los últimos días—. Aquí lo que tenemos —termina diciendo— son todas las señales de una juerga de autocompasión. —Da una fuerte palmada—. Bueno, aquí termina todo. Y ahora, levántate.

La clara luz del sol inunda la estancia cuando abro los ojos y veo a Jasper junto a la ventana. Levanto la cabeza del colchón donde la tengo apoyada y miro a Perro Gordo. Son las 8 de la mañana del miércoles. Suelto un gruñido y me escondo de nuevo bajo la colcha.

—Hablo en serio —dice Jasper, tomando la colcha y arrancándomela de encima—. Ya te lo dije anoche: esta mierda termina aquí.

Es ahora cuando reacciono. Agarro la fugitiva esquina de la colcha y trato de retenerla. Pero Jasper gana la partida.

—Vete a la mierda —le digo, hundiendo el rostro en la almohada.

—Muy bonito. —Se produce una pausa de silencio y después Jasper dice—: Lo podemos hacer de dos maneras: a las buenas o a las malas. O te levantas voluntariamente o yo te obligo a hacerlo. —Espera mi respuesta, pero yo no se la doy—. Muy bien pues —dice finalmente—, lo haremos a las malas.

Le oigo abandonar la habitación mientras una vaga sensación de inquietud se apodera de mí. Sé muy bien cómo es Jasper cuando se le mete en la cabeza hacer algo. Lo hace y lo hace a la perfección. Pero como no me acerque una pistola a la cabeza, no habrá forma de conseguir que yo me mueva. Y eso Jasper no lo haría. Es abogado. Tiene demasiado que perder. Puedo estar tranquilo. Se está echando un farol. Pero entonces recuerdo la cicatriz de mi frente, de la vez que él me pegó un disparo con una pistola de aire comprimido cuando éramos pequeños. Sin embargo, no puedo entretenerme demasiado pensándolo.

El agua, cuando me cae encima, no sólo está helada sino que, además, es muy copiosa. Quisiera gritar, pero el sobresalto que me ha producido el hecho de sentirla sobre el cuerpo me ha dejado los pulmones sin aire.

—Serás pedazo de mierda —le digo, soltando un gruñido—. Me has dejado empapado.

—Una situación no del todo inesperada —comenta Jasper, haciendo oscilar indiferentemente en su mano el ya vacío cubo de plástico.

Me incorporo mientras el agua me resbala desde el cabello por la cara. La camiseta y los pantalones téjanos que no me he quitado desde el domingo están chorreando.

—Te debe de parecer muy gracioso, ¿verdad? —digo, mirándole enfurecido.

—Café —dice, señalándome con la cabeza la mesilla de noche.

Alargo a regañadientes la mano y tomo un sorbo.

—Ya está —digo—. ¿Contento?

—Aquí no se trata de que yo esté contento —señala. Me mira en silencio mientras yo me termino el café—. Ahora, levántate —me ordena.

—¿Cómo?

Entorna los ojos.

—Hazlo, Edward. No tengo todo el día que perder. Tengo que estar en el despacho dentro de una hora.

Resignado ante el hecho de que no parará hasta conseguir lo que se propone, me levanto.

—Mira qué pinta tienes —dice.

Contemplo mi imagen reflejada en el espejo que tengo detrás. Reconozco que el espectáculo no es demasiado agradable. El cuello de la camiseta FCUK de Jasper está cubierto de una grisácea mugre. Tengo las uñas tan negras como si hubiera estado cavando la tierra con las manos. Y llevo pegado a la frente lo que yo supongo que es un trozo de salchichón. Pero lo que de veras me asusta son mis ojos. Es como si un chiquillo hubiera tomado un lápiz rojo y hubiera llenado el blanco de garabatos. Aunque no es fácil que un chiquillo con dos dedos de frente se atreviera a acercarse a mí con la pinta que tengo. Avisaría a la policía, diciendo que un loco furioso andaba suelto por ahí.

—Eres la deshonra de esta casa —sentencia Jasper, mirándome de arriba abajo con cara de asco—. Un estorbo. —Clava fijamente los ojos en mí—. Me avergüenza vivir bajo el mismo techo que tú. ¿Qué puedes decir en tu descargo?

Me miro los pies y murmuro:

—Es verdad, no ofrezco mi mejor aspecto en este momento.

—¿Que no ofreces tu mejor aspecto, dices? Es que ni siquiera ofreces el peor. Si tu peor aspecto pudiera verte, arrugaría la nariz.

—De acuerdo —replico secamente—. Estoy hecho un verdadero desastre.

—Muy bien —dice con visible complacencia—. El hecho de reconocer que tienes un problema es el primer paso hacia la recuperación. Ahora, repite conmigo. Me llamo Edward Cullen.

—Pero ¿qué…? —empiezo a decir, pero la mirada de advertencia que me dirige me hace evocar el cubo de agua fría. Recuerdo que este hombre es un animal capaz de cualquier cosa—. Me llamo Edward Cullen —repito según sus instrucciones, procurando utilizar el mayor tono de aburrimiento que puedo.

Pero él no me presta atención.

—Soy un hombre —añade.

Otra vez la voz de robot.

—Soy un hombre.

—Soy un hombre fuerte e independiente —dice.

—Soy un hombre fuerte e independiente.

—No necesito que me defina una mujer.

—No necesito que me defina una mujer.

—Puedo ser feliz por mi cuenta.

—Puedo ser feliz por mi cuenta.

—No sólo soy un hombre, sino que, además, soy un hombre muy guarro.

Sonrío por primera vez en varios días.

—No sólo soy un hombre sino que, además, soy un hombre muy guarro —consigo repetir.

—Y necesito un buen baño.

—Y necesito un buen baño.

—Y un cambio de ropa interior.

—Y un cambio de ropa interior.

—Porque huelo mal.

No logro terminar esta última frase porque estoy demasiado ocupado riéndome. Jasper se saca una pastilla de jabón del bolsillo y la deposita en mi mano. Después me acompaña a la puerta y me señala el cuarto de baño al fondo del pasillo.

Más tarde, mientras me estoy secando, asoma la cabeza por la puerta.

—Volveré sobre las seis —me comunica—. Y como te sorprenda con otra mierda a lo Hijo-Bastardo-de-Bon-Jovi como la de anoche, te meto la guitarra por el trasero.

—No te preocupes —le digo—. El fantasma de Jimmi Hendrix ya no volverá a aparecer.

Asiente con la cabeza.

—Ah, sí. Y otra cosa.

—¿Qué?

—Anoche llamó Chloe. Te espera a cenar a las ocho. —Me guiña el ojo—. Como parte de tu programa de recuperación; así que no te retrases.

Dedico el resto de la mañana a ordenar mi habitación y por la tarde me entrego a la tarea de terminar Estudio en amarillo. Mi sesión de esta mañana con Jasper ha sido tan terapéutica que consigo resistir el impulso de pintarlo de negro. Pero la terapia no ha terminado. Las imágenes de Briston siguen cruzando a intervalos por mi cabeza. Probablemente ello se debe a su presencia aquí, en la habitación. Al final, llego a la conclusión de que ya está bien, cruzo la estancia y cojo el lienzo. Abro la puerta vidriera y salgo al jardín.

Fuera, la hoguera en la que arden el cuadro y la pintura despide un aroma sumamente satisfactorio. No me arrepiento. Encerraba demasiados recuerdos. Y no simplemente de lo que ocurrió entre Briston y yo la víspera de mis vacaciones. Demasiados recuerdos de mí. De la persona que yo era. De toda aquella palabrería. De todas las intrigas y manipulaciones. No sirve de nada, y ahora sé que no sirve de nada porque todas aquellas chorradas de don Juan tomadas en su conjunto no me han ayudado a conseguir lo único que yo quiero: el perdón de Bella o, más concretamente, a Bella. Ella ha tomado una decisión y en caso de que sea definitiva, no hay nada que hacer. No la puedo obligar a pensar de otra manera. Fui un estúpido al pensar que podría conseguirlo. Contemplo cómo el lienzo se curva sobre sí mismo y se convierte en ceniza. Entonces doy media vuelta y vuelvo a entrar.

Llego a casa de Chloe a las ocho en punto.

—Jasper no bromeaba —me dice ésta al abrir la puerta.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti, mi pobre niño. Pareces una mierda.

Mira para qué me han servido la ducha y el afeitado de antes de venir. Esbozo una leve sonrisa.

—Gracias —digo, estudiándola—. Estás preciosa.

Es cierto. Más aún, sensacional, con su corto vestido negro. Aunque tal y como me encuentro en estos momentos, a mí apenas me hace efecto.

—Ven aquí —me dice, rodeándome con sus brazos y estrechándome con fuerza—. Deja que te abrace. —Me mantiene un minuto abrazado y después me toma de la mano y me acompaña al comedor—. Espero que tengas buen apetito —me dice, ofreciéndome una copa de vino—. He cocinado para diez.

Miro a mi alrededor mientras ella se retira a la cocina y pienso que lo que ha dicho no parece enteramente descabellado. Con el esfuerzo que ha hecho, aquello bien podría ser un banquete por todo lo alto. La mejor cubertería. Suave música desde el estéreo y una vela encendida. Me miro la arrugada camisa y los desteñidos vaqueros y me siento culpable. Pero después pienso: estoy en casa de Chloe. A ella le importaría un bledo que me pusiera una toca de monja y un sombrero de ala ancha. Y no me equivoco al pensarlo. A los pocos minutos, aparece con los entremeses y una sonrisa tan ancha como el Gran Cañón del Colorado. Empieza a hablar y no para. Consigue soslayar el tema de Bella durante toda la cena. Hasta yo consigo olvidarla momentáneamente. Pero después, cuando nos sentamos en el sofá a tomar el café, vuelven los perros negros y yo me hundo de nuevo en el silencio.

—Bueno, cuéntamelo —me dice—. ¿Qué le ocurrió a Edward el Juerguista!

—Desapareció. Se fue. —Me encojo de hombros—. O, por lo menos, está en año sabático.

—¿Cuándo volverá?

—Ojalá lo supiera. —Busco las palabras más apropiadas—. Todo ha cambiado. Creo que mis reglas ya no son válidas.

—¿Qué quieres decir?

—No sé. Las mujeres. Creía conocerlas. Creía saber lo que les hacía tilín.

—¿Y ahora no lo sabes?

—No. No tengo ni la menor idea.

Le cuento que Bella no contestó a mis llamadas, el número del domingo y todo lo demás. Hasta le cuento lo que Jasper me sorprendió haciendo anoche.

—Habrá otras —me asegura—. Eres atractivo. Encontrarás a alguien más.

Cierro los ojos por un instante, pero sólo veo a Bella al borde de aquella carretera con las lágrimas rodando por sus mejillas.

—No quiero a nadie más.

Chloe pone los ojos en blanco y me hunde suavemente un dedo en las costillas.

—Ahora te estás poniendo un poco melodramático. Así es la vida. Recibimos un golpe, nos levantamos y volvemos a empezar. Así son las cosas. —Apoya la mano en la mía—. Tendrás que aceptarlo, Edward —lanza un suspiro—. No va a ser fácil, pero tendrás que hacerlo más tarde o más temprano.

—Es muy duro, Chloe. Es tremendamente duro.

Me pasa la mano por el cabello.

—Ya lo sé, mi niño —me dice—. Sé que lo es. Pero lo superarás.

—Sí, lo malo es que no sé cómo.

Permanecemos cosa de un minuto en silencio y después ella dice:

—Yo te puedo ayudar, si quieres.

Me vuelvo a mirarla. Su rostro se encuentra a escasos centímetros del mío.

—¿Cómo?

Se acerca un poco más y me dice en un susurro:

—Así.

Siento sus labios sobre los míos.

—No —le digo, apartándola—. No es eso lo que yo quiero.

Debe de comprender por la expresión de mi rostro que hablo en serio. Veo que se reclina contra el respaldo del sillón, enciende un cigarrillo y mira hacia el otro lado de la estancia.

—Lo siento —dice, volviéndose de nuevo hacia mí. Su rostro está arrebolado.

—Somos amigos, Chloe —le digo con la mayor dulzura que puedo—. Muy buenos amigos. Pero nada más.

—Lo sé. He sido una estúpida. He bebido demasiado. —Como para demostrármelo, se levanta, coge su copa de vino y la llena hasta el borde—. Lo siento.

—No te preocupes —le digo con toda sinceridad—. No ha ocurrido nada.

—La quieres mucho, ¿verdad? —me pregunta, cuando termina de fumarse el cigarrillo.

—Sí, muchísimo.

—Pues escríbele. Explícale lo que sientes. Puede que eso dé resultado. Vale la pena probarlo. A fin de cuentas, ya has probado todo lo demás.

—Lo haré.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. Lo haré esta noche y mañana le dejaré la carta en su casa.

Chloe se acerca, se inclina hacia mí y me besa en la mejilla. Después se levanta y me sonríe, sacudiendo la cabeza.

—El Hijo Bastardo de Bon Jovi, verdaderamente. ¿Cómo eres, Edward Cullen?

Cuando regreso a casa, Jasper aún está levantado, leyendo una revista en la cocina.

—Has vuelto muy pronto —me comenta—. Pensaba que os ibais a pasar toda la noche charlando.

Me siento en el borde de la mesa. No pienso contarle lo que ha ocurrido con Chloe. Es un asunto cerrado. No tendría sentido.

—Estoy agotado.

—El rock and roll de anoche te dejó hecho polvo, ¿verdad?

Le miro sonriendo.

—Te pido perdón. Y te agradezco que me hayas despejado la cabeza esta mañana. Necesitaba que me pegaran un buen puntapié en el trasero.

—El gusto ha sido mío. —Me estudia el rostro—. Pero ahora ya estás bien, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

—Sí. Mejor dicho, no, pero así es la vida. Tardaré un poco.

—¿Y entre tanto?

—¿Entre tanto?

—Entre tanto —me comunica Jasper—, nos vamos a divertir.

—¿A divertir?

—Pues sí, a divertir. Toma nota. Saldremos. Nos reiremos. Echaremos polvos.

—Si quieres que te diga la verdad, Jasper, echar un polvo es lo que menos me interesa.

—No estoy hablando de ti. Con esta cara, tienes tan pocas posibilidades de ligar como el Jorobado de Nôtre Dame. Estoy hablando de mí.

Me levanto y bostezo.

—Aun así, amigo mío, creo que lo evitaré durante algún tiempo.

—Como quieras —dice—. Tienes de plazo hasta el sábado. Porque entonces saldrás. Conmigo. Iremos a las discotecas y yo te haré recordar qué significa pasarlo bien.

Arriba, me siento junto a mi escritorio y cojo papel y pluma. Querida Bella, empiezo. Después, contemplo el papel. Me parece muy pequeño, comparado con todo lo que tengo que decir. Pero aun así lo intento. Lo intento y no lo consigo. Porque no sé cómo empezar a decirle cuánto la quiero y cuánto la echo de menos o cómo explicarle lo que ocurrió aquella noche con Briston. Pero también porque no quiero que esto termine. Y aquí termina todo. De eso no me cabe la menor duda. Éste es el lugar donde yo doy por finalizada mi actuación. Lo que ocurra a partir de ahora dependerá de ella y sólo de ella.


Corro a esconderme.

Agradezco a quienes leen y a leo sus reviews que son mi paga.

(^_^)凸

Nos leemos el Viernes 06, con el último capítulo.

๑۩۞۩๑

#Andre!#