"Romeo & Juliet"

"Y de este día sangriento nacerán otros que extremarán la copia de mis males".

William Shakespeare - Romeo y Julieta. Escena I. Acto Tercero.

-Capítulo 9: Frente a frente-

La página número doscientos diecisiete estaba por terminarse. A mi lado, Lune remarcó las filigranas del margen sobre el papiro en el que estaba enseñándole a transcribir los manuscritos del inframundo. Un desliz más y la tinta quedó con finura en el sitio adecuado; una magnífica obra terminada y otra página repleta de nombres de las almas recién llegadas.

Volví a erguirme, orgulloso de mi mejor alumno. Sin duda, Lune aprendía con rapidez. Y sin embargo, pese a que él también se notaba satisfecho por su gran trabajo, pude percibir su enfado, el tremendo aburrimiento, oculto bajo sus ojos de fingido ánimo…

A estas alturas, esperaba que ya hubiera objetado al encierro en el que lo tenía conferido. Porque a pesar de haberle prometido reiniciar con sus entrenamientos, estos no habían sido otra cosa más que pasar horas sentado frente al escritorio, haciéndolo repasar textos, o transcribirlos; a veces, la misma obra quedaba transcrita más de una vez, sin razón alguna que lo justificara.

Pero él seguía sin preguntarme, sin reprochar mi exilio, o a mi repentina ansia por esconderme del mundo. ¿Sucedió algo "allá afuera"?, podía leer la pregunta en sus ojos suspicaces. ¿Qué habría sido tan malo que obligaba a un juez del inframundo a parapetarse en su templo? El ansia por conocer la respuesta no era tanta como su respeto hacia mí, y sin embargo, lo que más me atormentaba era que yo mismo deseaba ignorar esas razones, ¡mis razones!

No volver a salir, no poner un solo dedo fuera de mi confortable morada. Padecer amnesia, fingirla al menos, mentirme a mí mismo. Guardar la furia, el dolor, hacer crecer la lealtad hacía mi rescatador, con la conveniente labor del magistrado que soy. Me estaba hundiendo en un letargo de libros, de mis trabajos concernientes a juzgar a las almas que atravesaban mi umbral, para ocupar mi mente a tal grado que ningún pensamiento del exterior viniera a torturarme.

Y ese era el trabajo más difícil en realidad, concentrar mis pensamientos alejados del pasado. Porque a pesar de mi ira en su contra, aún seguía pensando en ella…

Una terrible debilidad, que podría terminar consumiéndome si no tenía cuidado. Por eso me mantenía aislado, obligando en el proceso a mi joven aprendiz a exiliarse conmigo. No había otra opción más que esa, lo lamentaba por Lune, pero permitirle salir sin más, implicaba que le hablara a otros de mi condición exhausta, de mi raro comportamiento, y cuchicheos infernales era lo último que necesitaba.

—Señor Minos… —rompió el silencio cuando las trescientas páginas estaban por completarse. Apenas levanté la mirada de mi escritorio—. El señor Aiakos me informó que vendría a verlo.

—¿Qué? —me enfadé. Aiakos… ahora no, por favor—. ¿Cuándo lo viste?

—En la última reunión con la Señorita Pandora. Él me dijo que quería encontrarse con usted.

Se encogió en su silla ante mi mirada rígida. Pero antes de que mi frustración arremetiera en contra suya, el aludido apareció como invocado por nosotros. Las puertas de la Primera Prisión se entreabrieron por primera vez desde hacía varios meses, para recibir a alguien más que no fuera un alma en pena.

Damn…

Cuando salí de la Biblioteca, tuve la desdicha de reencontrarme con la estúpida mueca del pajarraco. Caminó ceremonial hasta las enormes escaleras de la sala principal. Mientras que su rostro se ensanchaba de gusto por volver a fastidiarme, mis ojos adquirieron un gesto irritado que dejaba en claro que su llegada no era bien recibida.

—No te ves bien, grifo… —me saludó con su acostumbrada socarronería—. ¿No te dijo tu sirviente que vendría?

Noté la incomodidad de Lune a nuestras espaldas cuando lo rebajo de tal modo. Como siempre…

—¿Qué quieres? —espeté— Estoy ocupado si no lo has notado…

—¿Ocupado? —su sorpresa fue burla— ¿En qué? ¿Leyendo los mismos libros aburridos de siempre? —mi puño se crispó emanando un cosmos agresivo—. Tranquilo, tranquilo… Sólo quiero hablar contigo sobre nuestra "honorable reunión" de jueces con la "señora Pandora" —imitó la cara sumisa de Radamanthys.

Esta vez no me divirtió. Respondí con sequedad. —Lune ya me dijo lo necesario.

—Tu discípulo no es un juez del inframundo —se defendió rápido—. Y aunque tiene tus "referencias", ni a Pandora ni a Wyvern les motiva mucho que envíes a alguien a reemplazar tu puesto. Sinceramente, a mí tampoco me agrada la idea.

—Ese ya no es mi problema... —me giré para darle la espalda—. Envíe mi aviso por medio de Lune a la superficie para informar mi ausencia temporal. No estoy interesado en ninguna actividad que se realice fuera de esta Prisión.

—¿Entonces quieres que hagamos todas las reuniones en tu templo, titiritero? —su risa comenzó a alterarme—. Deja de perder el tiempo escondiéndote entre tus libritos, tienes un deber con el Señor Hades y lo sabes.

Su repentina determinación me apesumbró para después dejarme con más frustración que antes. ¿Quién era él para hablarme de deberes y responsabilidades?

—Lárgate, Garuda… —me dirigí a la Biblioteca. Con un gesto silencioso, le indiqué a Lune que me siguiera.

—¿Vas a pudrirte en este lugar, grifo? —su voz se elevó—. ¿Vas a dejar que tu aprendiz se pudra junto contigo? ¡Creí que tenías mayor determinación, pero sólo eres una marioneta más! —detuve mis pasos—. ¡No tienes determinación!

Di la vuelta a toda prisa, tensando el gesto. Mi brazo se extendió a la par de sus últimas palabras y un hilar de cosmos se abalanzó directo a ese imbécil hablador. ¿Quería ver determinación? ¡Mi Cosmic Marionettion se la mostraría! De pronto, una rápida sombra se deslizó por el suelo hacia mí; retrocedí inmediatamente. Mi ataque se deshizo junto con la mancha oscura.

—¿Se encuentra bien, Señor Aiakos? —oí la voz grave. Un espectro se posó a su lado.

Respiré hondo, recuperando la estabilidad que me representaba como juez. Observé a aquel discípulo del "tres ojos", quien se levantó con sigilo, pendiente de mis movimientos.

—Qué osada eres, Violate. Atacar a un Juez del Infierno… —le negó divertido—. Sé una buena chica y espera afuera.

Su soldado asintió débilmente. Era claro que su última mirada fue una advertencia en mi contra.

Fruncí el ceño, consternado. Pero me daba igual si el tono de Garuda había sido más elocuente de lo usual.

Con más autoridad sobre mis acciones, le indiqué a Lune que también regresara a sus actividades.

—¿Estas probándome? —murmuré un tanto fanfarrón una vez que estuvimos solos. Aiakos se cruzó de brazos y contestó del mismo modo.

—¿Tú qué crees? No pienso dejarte aquí, grifo. La guerra iniciará pronto y tú no puedes perderte una buena masacre de caballeros.

—¿Y qué te hace pensar que te dejaré la diversión, tres ojos? —lo miré con la complicidad que nos había hecho amigos desde hace tiempo. Era sencillo cambiar de humor con él.

—Más te vale salir de esta cueva, ¿o piensas enfrentar a tus rivales con el poder de tus libros? —río más fuerte—. Creía que esa técnica era de tu sirviente.

También solté una risotada, tan natural que incluso yo mismo estuve a punto de creerme semejante mentira.

—Cerrarás la boca cuando mis aprendices te demuestren que no debes subestimarlos… —lo miré ceñudo, me posé con mi antiguo orgullo de juez infernal y aseveré—: Te veré en el campo de entrenamiento.

—Bien dicho, titiritero. No olvides tu sapuris, aunque eso no hará mucha diferencia cuando te patee el trasero —sacudió los hombros, riendo, caminando a la salida.

Al cerrarse la puerta detrás de él, mi sonrisa desapareció.

De inmediato di la vuelta, dirigiéndome a mis aposentos. Una vez ahí, la ostentosa túnica que usaba en mis labores resbaló de mi cuerpo hasta el suelo; el pantalón de algodón oscuro quedó como única prenda. El silencioso espacio me tragó por completo, nada más que mi existencia podía sentirse en el solitario lugar que era mi recámara.

Caminé hacia la cama y me dejé caer sobre el piso, a espaldas del amplio almohadón de plumas. Me encorvé sobre mis rodillas, me apreté el pecho. Retuve el nuevo grito. Mis labios se hincharon de tanto apretarlos. Pero cada día era más difícil mentir. Ya no era tan sencillo tratar de engañar a los otros. Ya no podía creer yo mismo en mis mentiras. .

Sonreí, nuevamente, con el sabor a hiel en mi garganta. ¿Cuánto había pasado ya? ¿Un año? Conté los días. Sí, un año, apenas uno. ¿Tan poco? ¿Tanto? En cambio, esa sonrisa no se iba.

Ahí, solo, en mi habitación, cuando ya no había más manuscritos que me socorrieran en mis fallidas amnesias, era cuando los recuerdos me embargaban. Sentado como estaba, cada tarde, cuando la falsa luz de la bóveda del inframundo se entenebrecía, me dedicaba a contemplar la soledad en la que me había sometido.

Huía de tus memorias durante el día, sólo para ahogarme en ellas todas las noches.

Mis intentos vanos por olvidar, por tratar de odiarte, terminaban evaporados a esa exacta hora del día, cuando el perfume de tu cuerpo se elevaba cada vez que encendía la chimenea en donde había tratado de exterminar cada rastro de tu existencia. Pero tal como la fragancia que se desprendía de esos desechos, tú te hacías más inminente en mis pensamientos. No te ibas, ¡no te dejaba ir!

¿Que por qué dejaba mis entrenamientos, mi hambre de batalla? Porque anhelaba poder quedarme en las estancias infernales, no salir nunca, aunque ansiara verte aunque fuera una vez. Esperaba que mi desinterés por la guerra fuera interpretada como debilidad, con tal de que no me obligaran a salir y matarte, a ti, amazona, ¡a ti Alyssa!

Pero tal parecía ser que no podía seguir huyendo, no más. Y si no quería que mi prolongado encierro causara más sospechas, tenía que someterme a los deseos que tuviesen mis superiores. Quizá las peleas de práctica prolongaran mis recesos sin ti, quizá el destino sería amable conmigo y me dejaría entrenar mas nunca enfrentarme a ti. Quizá podríamos matar a Athena sin que tu sangre se derramara junto a la de ella.

Quizá, sólo quizá, podría llegar a apreciar más mi juramento al Señor Hades, y así poder odiarte lo suficiente para no tener compasión contigo.

Y tal vez así, estas lágrimas, un día, no signifiquen nada…

~R&J~

—¿Quién será el siguiente? —preguntó con voz solemne. La mirada azul cobalto se elevó hacia el resto de sujetos de armaduras negras—. ¿Enviarás al resto de tus hombres… o serás tú quien me enfrente, Estrella Celeste del Valor, Minos de Grifo?

El aludido sonrió. Cuánta nostalgia podía sentirse en una insignificante expresión. Había cosas que jamás cambiarían, y esa burlesca formalidad, era muestra de ello.

Minos se adelantó apenas un poco. Estaba aún atónito por el repentino encuentro con esa persona especial, pero Alyssa, no, Albafika de Piscis había matado sin tapujos a seis de sus mejores soldados.

Era hora de mostrarse igual de reacio…

Luego de tanto tiempo, finalmente, estaban cara a cara, tal cual y como eran realmente.

De repente, Niobe de Deep volvió a intervenir. Minos se sorprendió al ver aquel espectro de la armada de Radamanthys, decidido a confrontar a la amazona de las rosas. La sensación de intromisión de parte de ese lacayo le invadió, podría ser que sus superiores estuvieran vigilándolo o peor aún, que alguien estuviera dudando de su lealtad.

A pesar de ello, aprovechó la oportunidad de contemplar una vez más a su encantadora enemiga en acción. Con cada movimiento, el fluir del cosmos en esas rosas, Minos sintió a su sangre de guerrero hervir. El placer de tener frente a sus ojos un contrincante digno de su grandeza era algo que no se olvidaría nunca, ni siquiera por una antigua y apreciable compañía, convertida ahora, en dicho rival.

Finalmente, luego de una excitante batalla, la estrella terrestre de la oscuridad cayó muerta a los pies de la amazona dorada. Aquella era la señal que Minos esperaba, ahora conocía sus habilidades y la actitud hostil que recordaba, cobraba verdadero sentido ahora que estaba en batalla.

Descendió hasta el nivel de rosas que Niobe había marchitado. Su contrincante estaba dándole la espalda, ni siquiera notó un atisbo de su cosmos. Los cabellos azules flotaron acordes al viento y por un momento, Minos pensó en dedicarse a contemplarlos bailar, ir y venir como olas del mar, tal como lo había hecho años atrás.

La cloth dorada brilló… su resplandor lo arrojó a la realidad.

—¡Sorprendente! —usó una cargada ironía en su voz. Albafika se giró a verlo.

—Me doy cuenta de que te agradó el espectáculo, Minos de Grifo —su sonrisa también era una pugna.

—Sin duda serás una marioneta fantástica y tendrás el honor de ser usada por mí… Albafika de Piscis.

Las palabras sonaron distantes, casi sin la intención de penetrar de forma verbal la armadura y la calma del otro.

Crueles, desinteresadas, con la única intención de herir.

Pero nadie se atrevió a dar el primer golpe. Las miradas encontradas se descubrieron, leyéndose, como sabían hacerlo.

Minos frunció el ceño, tratando de no perderse en los turquesas.

—Prepárate… —juntó todo su aire para rugir—. Gigantic Feathers Flap!

¡Él sólo agradaría a su Señor Hades!

Las rosas marchitas volaron en un tornado que se acrecentó más y más. Cuando no quedó ni una de las inocentes flores, fue el suelo quien no soportó su potencia, y en pedazos salió disparado por los aires. La amazona de Piscis trató de no ser arrojada de la misma forma. Buscó con la mirada la forma de salir de la ventisca. Un guijarro se alzó en su contra y trató de esquivarlo. La figura alada quedó en su lugar, tomándola totalmente desprevenida.

El descuidado juez rompía las reglas otra vez: se acercaba sin cuidado.

Albafika reconoció la respiración, esparciéndose sobre sus labios. Inerte, observó de cerca las dudas reflejadas en su rostro, ocultas de pronto con el egocentrismo que lo caracterizaba.

—Espero que no hayas creído que Niobe era mi carta triunfal… —el aliento seguía siendo suave, como antes—. Porque desde un principio tus rosas no significaron ningún problema para mí —deslizó los dedos sobre su mejilla, riendo ante su rabia inmediata—. ¿Qué se siente ser la única rosa que queda en este lugar?

Empujó su mano, llena de ira. —Mis Demon Rose no son mi única habilidad —ocultó la mano en su armadura—: ¡No me subestimes! Piranha Rose!

La rosa negra fue directa a su rostro. El casco oscuro se escapó de su lugar precipitadamente.

Eso…

Eso era lo que Minos había estado esperando.

Su amada alma de guerrero lo dominó por completo. Las debilidades se esfumaron. Sólo quedó el deseo de luchar y por suerte, esa ilusa había descuidado por completo sus defensas. Los hilos invisibles salieron con presteza en su dirección.

Cosmic Marionettion!

Minos dejó que su víctima se sacudiera un poco, para que comprendiera por sí misma lo inútil que era luchar. Ya no había escapatoria, Albafika de Piscis moriría en ese instante. Pero antes…

—¿Qué están esperando, idiotas? —le habló fuerte a su élite de espectros— .¡Vayan a destruir al Santuario!

Entonces recordó algo. Aquellas callejas viejas y maltrechas, la antigua villa por la que había paseado con la misma persona que ahora se debatía entre la vida y la muerte, entre sus hilos.

—Antes de destruir a Athena, sería divertido pasar por ese lugar, ¿no lo crees? —la miró. Los ojos crecieron con temor.

Minos dio la orden de destruir a la aldea que precedía al Santuario. Llenaría de desdicha a su enemigo, la hundiría en la miseria antes de matarla. Un castigo digno a esa mentirosa. Así le haría sentir un poco del dolor que su traición le había provocado.

La muchacha se sacudió al ver a su séquito alejarse. Con un movimiento hábil, Minos la elevó en el aire para regresarla con fuerza al suelo; escuchó que algo más que el piso se rompía, unos cuantos huesos tal vez. Trató de ignorar el poco vigor que imponía en sus acciones.

Jugueteó con su cuerpecillo por un momento. Cuando sintió que había sido suficiente, le permitió ponerse en pie, aún aprisionándola con su técnica. El brazo derecho colgaba de un lado a otro, chorreando sangre, totalmente roto.

Verla vulnerable le regocijó. ¡Así era como un enemigo tenía que verse ante él!

Esa era la verdadera basura del mundo. Pura insignificancia ante sus ojos, creada por sus propias manos.

De pronto, la alegría se marchitó. Sus ojos parecieron abiertos a la realidad.

Ahora hería a quien en algún momento juró defender.

Culpa.

Aún había un poco de lealtad

—Minos… Minos… —lo atrajo con su hilo de voz—. Puedes burlarte todo lo que quieras. Rostro, brazos, piernas, rompe lo que quieras… Pero ya no tengo pensado dejar que juegues conmigo. No de nuevo… —la advertencia fue amarga.

Y eso lo cambió todo.

Las manos de Minos se debilitaron, los delgados hilos se aflojaron. Su afán por derramar la sangre de su víctima comenzó a extinguirse, los planes de la guerra zozobraron hasta hundirse en el olvido. Lo que fluía en su lugar, era la palabra que los dulces labios habían proferido: jugar.

¿Acaso Alyssa había creído que su esmero por conquistarla en el pasado no había sido más que un maldito juego?

¡Debe ser una maldita broma!

Había sido ella quien en primer lugar había jugado con él, mintiéndole, fingiendo ser otra persona, cautivando su atención con falacias.

Su acusación era inadmisible, no tenía ni siquiera un fundamento. Minos la miró con atención, los acusadores zafiros indicaban un dolor arraigado desde años atrás, tan silenciado por la pena, por la angustia de saberse engañada, el mismo suplicio con el que Minos había tenido que vivir los últimos años.

De pronto, se sintió confundido.

Podría ser esa una trampa, esa mujer quería engancharlo de nuevo con mentiras.

Pero, ¿podría alguien fingir la desdicha de esa forma? Podría ser que todo ese tiempo, las cosas no fueran más que un estúpido mal entendido. Si Minos jamás había deseado burlarse de su querida perla, tal vez ella tampoco había querido hacerlo con él.

¿Importaba acaso? Aunque ambos fueran sinceros, aunque el Cosmos se abriera a favor de volverlos a encontrar, ¿cómo unir lo que debe estar separado para siempre?

Amazona de Athena… Espectro de Hades…

Dos mundos distintos que bajo ninguna circunstancia se enlazarían. Ambos contrincantes ya habían rendido su lealtad, su vida misma, a dos amos que se odiaban desde la época del mito. Eso era innegable, aunque fuera un terrible pesar reconocerlo.

Sin embargo, Minos no podía creer que su reencuentro fuese una mera y simple coincidencia.

Y si era una treta más del Destino al que siempre le gustaba jugar, entonces él también podría arrojar su propia hazaña.

Sintió el tensar de sus hilos cuando la amazona se movió. No se sorprendió de la enorme fuerza de voluntad, era algo que caracterizaba a la bella perla, y sabía que tratar de llegar a un acuerdo en ese momento tan crucial no serviría de nada.

No habría diplomacia, ni palabras.

Las cosas terminarían peor de lo que él alguna vez hubiera imaginado. Y aunque le afligía tener que acabar las cosas con sus propias manos, no pensaba permitir que otro espectro entrometido le causara más daño.

Había tomado una decisión…

Albafika le arrojó una ráfaga de espinas hechas con su sangre, nada que la sapuris de Griffón no pudiera contrarrestar con sus impenetrables alas. La expresión absorta acongojó el rostro femenino al ver la futilidad de su ataque. Minos desvió la mirada, su mano se cerró, jalando sin temor los hilos que la sostenían. Con un escalofrío, la oyó gritar cuando sus extremidades se contorsionaran lo suficiente para dejarla inconsciente.

Quedó inerte sobre el piso. Minos se acercó lento, temiendo haber sido demasiado agresivo. Se sintió aliviado cuando se acuclilló y escuchó la queda respiración. La fragancia a rosas emanó de la sangre fresca. El olor que en otro tiempo había sido suave, ahora quemó su garganta. Entonces entendió sus razones para mantenerlo lejos.

Pero, quién podría imaginar que un veneno tan mortal, estuviera oculto en una de las más bellas creaciones de la Tierra.

Aquello, no hizo más que incrementar la devoción que había tratado de olvidar. Nuevamente, sus ojos podían apreciar la razón por la que la Lealtad tenía sentido para él.

Limpió la sangre del rostro herido. —Dos años tratando de olvidarte… y vuelves a cautivarme en un solo día, Alyssa.

Y se alegró de que su estuviera inconsciente, para que así no tuviera que enterarse de la muerte de su diosa, a la que pronto visitaría. Con Athena muerta, su bella perla no tenía que servir al enemigo del Señor Hades, y aunque quizá le costaría adaptarse a una vida nueva, Minos sabría convencerla.

Se puso de pie para ir en dirección al Santuario. Cuando sobrevoló la vieja aldea, se percató del gran trabajo que sus discípulos habían hecho. Lo que una vez había sido un apacible lugar para vivir, ahora estaba desperdigado en escombros, con gente gimoteando de dolor y desconsuelo. Minos ignoró aquello para alcanzar al resto de sus súbditos, a punto de llegar a las faldas de la montaña en donde el Santuario se erguía imponente.

En cuanto llegó, ayudó a los demás espectros a deshacerse de una inútil guardia de caballeros, demasiado inexpertos como para darles pelea. Sin embargo, sólo bastó un momento de desconcentración de su parte para que un cosmos repentino arremetiera contra ellos. El ataque quedó disipado en polvo de estelar, llevándose a la tumba a tres de sus espectros.

Minos reconoció la armadura dorada que se presentó ante él. Frunció el ceño, despreciativo.

—Shion de Aries —ensanchó su mueca.

—¿Fuiste tú quién luchó contra la amazona de Piscis? —parecía airado.

—¿Amazona? —rio cruel—. Recuerdo a una linda marioneta torciéndose en mis hilos… ¿Acaso deseas vengar su muerte?

La cólera se encendió en el caballero, rugiendo con todo su poder.

—¡No dejaré que pases de este lugar, espectro asqueroso! ¡¿Me oyes?!

Minos no ocultó su carcajada. Llenó de placer por la batalla, lo atrapó entre su Cosmic Marionettion sin ningún problema.

—¿Y es así como piensas defender a tu diosa? —apretó sin jugar más—. No tengo tiempo de entretenerme contigo, Aries. Así que te arrancaré la cabeza de una vez…

Tensó el hilo alrededor de su cuello. El hambre de la guerra había surgido más grande esta vez, y Minos esperaba aprovechar sus anhelos de destrucción hasta que la misma Athena sucumbiera.

El dolor en el otro se hizo notable, todo terminaría rápidamente…

Los hilos se rompieron repentinamente. —Fue suficiente.

Las hilera de rosas anunció su llegada. Caminando lentamente, Albafika se interpuso entre ellos, su rostro estaba ocultó, tras heridas y cabellos revueltos. Pero su voz era clara todavía, arrepentida.

—Lamento esto, Shion… Pero, ahora, yo me haré cargo de ti, Minos…

Volvió a encontrar sus ojos, decidida a no dejarlo ir más.

Las cejas blancas se apretaron. Minos comenzaba a cansarse de que sus planes no dieran dieran los resultados que esperaba. ¡Le había dado la oportunidad a la delicada perla de salir con vida y volvía a su perdición!

Y no sólo eso, regresaba para retarlo de nueva cuenta, malherida como estaba.

"Eres demasiado terca, Alyssa…"

¿Qué seguiría ahora? Si luchaba contra ella, frente al resto de sus espectros y los demás caballeros, tendría que matarla antes de levantar más sospechas. Una opción que sin duda se negaba a seguir.

Pensó en burlarse, en fingir alguna clase de "amabilidad" y dejarla escapar, dar por terminada su lucha, pero sabía que ella no se marcharía. No sería sino hasta que uno de los dos cayera en combate.

Albafika pareció harta de su indecisión. Soltó un alarido junto a una nueva ráfaga de espinas carmesíes. Las enormes alas de la surplice lo protegieron de cualquier daño, aún con problemas para tomar un decisión.

Pero sus súbditos no esperaron más.

Dispuestos a hacerle pagar por retar a su líder, arremetieron contra la chica. Shion de Aries detuvo el primer ataque, contrarrestándolo de inmediato. Pero aún quedaba un espectro más, que hizo caso omiso a la orden del juez de retirarse. Albafika apenas pudo defenderse del cosmos sorpresivo. Los ataques constantes la obligaron a retroceder hasta las paredes de la montaña donde las viejas prisiones estaban en desuso.

Byaku de Nigromante consiguió ubicarla en el lugar indicado. Sus fantasmas aullaron cuando atravesaron las rocas, precipitándolas sobre la amazona.

El crujir del muro se intensificó. Todos se quedaron quietos ante el temblor que el derrumbe trajo.

La montaña se desgarró violentamente, abriéndose en hendiduras espaciosas. Un pedazo de roca se soltó de su lugar y se precipitó hasta una indefensa Albafika, pero antes de que pudiera soltar su último aliento, alguien la empujó contra las grietas recién formadas.

Los ojos amatistas la vieron con reproche.

—¡Acaso no ves que están tratando de matarte!

No pudo evitar reírse de él, sus brazos débiles temblaron cuando lo empujó: —Pues tú no eres muy diferente, ¿o sí? —Minos observó el rostro pálido, casi muerto por el cansancio y el dolor.

Como si de una charla amena se tratara, ignoró el peligro para eximirse de culpas.

—Te di la oportunidad de escapar y vivir. Tú eres quien no la aprovecha.

—¿No lo has entendido? —gritó—. ¡No necesito de tu cortesía!

Los azulados orbes se estrujaron, perdiendo toda su agresión. La nostalgia los invadió por fin ante aquella frase. Albafika notó que Minos también lo recordaba.

No importaba que más tarde lo negaran; habían vuelto a perderse en el otro.

Cada mirada se contempló sin vacilar, con la confianza que habían logrado ganar a base de pruebas y diferencias. No había separaciones de ningún tipo, porque en ese mundo dentro del par de ojos que cada uno contemplaba, no existía la divergencia de status, no había armaduras, no había categorías, sólo estaba él, sólo estaba ella…

"¿Y ahora qué…?", quiso saber el juez, absortó aún.

Un chasquido lo sacó de sus pensamientos.

La mitad de la colina estaba a punto de venirse abajo. Albafika trató de salir, pero no pudo hacer otra cosa más que dejarse llevar por unos brazos más fuertes que los suyos, empujada más hacia el fondo de la hendidura en la que estaban. Cayó al piso, adolorida y exhausta, y no supo si su vista se ennegreció porque la luz había desaparecido o porque comenzaba a perder la razón nuevamente.

Lo último que sintió fue el peso de un cuerpo sobre ella, protegiéndola, otra vez, como antes.

~R&J~

Se terminó la soledad… Alyssa…

. . .

Realmente no entendía por qué seguía yendo a ese lugar.

¿No era estúpido?

Un mes entero se cumplía ese día, sin que él hiciera acto de aparición.

Estaba siendo clara la realidad.

Pero yo quería insistir. ¡No podía ser verdad! ¿O sí…?

Detesté el rechinido de la puerta cuando entré. Ojos curiosos me asediaron. Los ignoré a todos. Recorrí la estancia, cada rincón de ese bar desagradable. Examinarlo era ya mi rutina diaria.

No lo encontré. Un día más sin él.

Sinceramente, ya no me sorprendía. Comencé a aceptarlo. Minos se había ido para siempre, sin siquiera despedirse.

¿Por qué lo haría en primer lugar? ¿No se había divertido lo suficiente?

Escuché pasos viniendo hacia mí, fulminé con la mirada a ese atrevido barbaján. Mi orden fue atendida por todos los que estuvieron a mi alrededor, no se acercaron más.

Caminé en dirección contraria a la salida. Entré al pasillo donde las escaleras estrechas llevaban a la planta alta y al camino de habitaciones. Traté por todos los cielos de ignorar los bochornosos sonidos tras las puertas. Me concentré en la madera crujiendo bajo mis pies.

Me detuve. Mi mano tembló sobre el pestillo.

¡Estúpida fragilidad!

Ojala estuviera él aquí para golpearlo. Idiota orgulloso, ¡traidor! Le arrojaría toda mi sangre envenenada para verlo retorcer, suplicándome piedad.

Reiría tanto…

Luego me tiraría a su abrazo, para ser yo quien rogara que no volviera a marcharse.

Sí… estúpida fragilidad.

Esta era mi realidad.

—Él ya no está aquí, linda…

Levanté el rostro, contraataqué esos ojos llenos de maquillaje. Me sonrieron con lástima.

—Se fue, sin decir adiós. Es una pena… —pasó a mi lado, jugueteando con su cabello como una idiota—. Daba buenas propinas…

Las risas se apagaron junto a sus pasos. Me quedé quieta, en la misma posición, temblando ahora de impotencia.

Maestro… Ya no estabas. Tu ausencia seguía siendo un agujero enorme en mi pecho. Nadie, jamás, podría reemplazarte. Pero finalmente, luego de perder toda esperanza, había encontrado a alguien que limpiara mis lágrimas.

No. Él me había encontrado a mí.

Y ahora…

Me encogí estremecida.

¿Por qué mi cara se sentía tan húmeda? ¿Dónde estaba su mano, retirando mi dolor?

¡Por Athena! ¡¿Dónde estaba?!

Doblé la manija y empujé la puerta. La luz se filtró por las ventanas. La cama seguía con las sábanas corridas, ¿alguien había dormido ahí? Se veía tan cómoda, tan confortante…

Tan vacío.

El espacio fue demasiado grande de repente. Para mí todo quedó claro al fin.

Las palabras eran mentiras. Se habían burlado de mí como nunca antes… Aceptaba la realidad. ¡Qué importaba! Aunque doliera, aunque me hiciera trizas, podría renacer sobre todo mi sufrimiento. ¡Lucharía contra esa estúpida maldad interna que quería consumirme!

No me doblegaría por él.

Yo era Albafika de Piscis, una amazona preparada ante cualquier peligro.

Deslicé la mano en mis mejillas para quitar toda mancha de dolor. ¡Podía limpiarme sola las lágrimas!

Cerré la puerta tras de mí.

No volvería nunca más a ese lugar.

~R&J~

El sueño desapareció por completo y sólo quedó la oscuridad.

No pasó mucho tiempo para que su cuerpo detectara la agradable sensación de calor a un costado. Por instinto trató de acercarse. En cuanto se movió, sus músculos reclamaron la atención debida, de inmediato comenzaron a dolerle. Y no sólo ellos, sus huesos también se quejaron, causándole malestar.

De su pecho sacó una gritito dolorido y al oírse, se sorprendió del eco que su voz había producido.

Así que abrió los ojos, sin notar algún cambio del momento en que habían estado cerrados. Albafika consideró, con cierto temor, la idea de haberse quedado ciega; sin embargo, a su derecha percibió el brillo tenue del fuego. Una fogata ardía cerca de ella, proporcionándole la calidez que la había despertado.

Trató de levantarse, quería averiguar en dónde rayos se había metido… y por qué.

Apenas pudo recordar algo de lo sucedido antes de quedar atrapada en ese lugar desconocido.

Peleas, enfrentamientos, la guerra santa… la armadura oscura de uno de los jueces del inframundo… Minos.

—No te muevas —escuchó su voz, proveniente de algún lugar de la estancia.

Tras buscarlo un momento, lo vio al otro lado de la pequeña hoguera. Vislumbró su figura sentada, recargado sobre una gruesa pared de roca. Los ojos amatistas la miraban atentamente.

Entonces sintió miedo. Estaba indefensa, totalmente expuesta al enemigo. Sus deseos de ponerse en pie fueron mayores, y se precipitó a resguardarse de ese sujeto. Sin embargo, Minos se adelantó y la contuvo, cuidadoso de no producir algún dolor sobre ese cuerpo herido.

—Quédate quieta, ¿quieres? —su mirada no le dejaría desobedecer. Pero ella respondió con un gesto receloso. Minos comprendió. Soltó un suspiro afligido—. No voy a lastimarte, lo juro…

La muchacha sacudió los hombros para deshacerse de las manos que trataban de recostarla de nuevo. Tendría poco tiempo para averiguar en dónde estaba prisionera. Una vez que lo supiera, podría decidir si salía de ahí simplemente, o si mataba al hombre que la había herido.

Una cosa era segura: no volvería a confiar en él…

To be continued...