Disclaimer: Y luego dicen que Dumbledore es el bueno...

A/N: ¿Bellatrix, una heroína? ¡Ja! (risa cargada de desdén). Ni de coña, como decimos por España. No, Bellatrix no mató al kraken por querer ser una heroína, ni mucho menos. Lo hizo para que sus planes pudieran continuar adelante. Pero si no se arrugó lo más mínimo cuando el kraken le mandó a los Ravenclaw y los Hufflepuff. No mató a nadie por lo dicho antes, pero eso no significa que se esté cambiando de bando ni nada parecido. Ya veréis, queridos/as lectores/as, lo que se trae entre manos. Aún hay que leer mucho para eso.

En cuanto a aquella apuesta entre Draco y Hermione, ¿qué puedo decir? Bueno, puedo decir qué apuestan, pero eso sería hacer un spoiler y no me gustan, así que os quedáis con las ganas de saberlo. Ya se verá. Sólo adelanto que preparéis los pulmones, que se os van a salir por la boca de la risa. Lo estoy viendo en mi imaginación y me estoy partiendo la caja torácica, con que... (je, je).

Ahora toca lo de siempre, a leer y a dejar reviews, que ayudan a continuar pensando lo siguiente. Disfrutad.


PARTE 3

CAPÍTULO 10

¡ASESINO!

A pesar de todo lo que hizo Richard Granger el año anterior, a pesar de que Dumbledore sabía todo acerca de cómo iban las cosas en Privet Drive, Harry tuvo que pasar otro año allí, aguantando a la morsa y sus gritos, soportando lo insoportable, y yo encerrada en mi jaula sin poder hacer nada. Ya no sabía cuánto tiempo más podría resistir sin descubrir mi identidad, matar a los Dursley y salvar a Harry de su propia familia, pero tenía que seguir aguantando. Los dos teníamos que seguir aguantando, qué remedio, o estábamos condenados a huir toda la vida, e iba a ser muy larga, porque Harry acababa de cumplir trece años y yo tenía quince. No siempre fue así, por supuesto, pero así era ahora y así se iba a quedar. No me arrepentía de nada de lo que hice desde que conocí a Harry Potter.

De pronto, y así porque sí, llegaron otros dos habitantes más a la casa, esta vez bienvenidos por los Dursley, aunque no por nosotros.

—Hoy viene mi hermana Marge —anunció la morsa—. Se quedará durante una semana y se traerá a uno de sus perros. Espero que pase una buena semana aquí, así que espero también que nos comportemos como personas normales, y eso va por todos —supuse que se dirigió a Harry. Yo todo esto lo estaba oyendo desde arriba, por tanto no podía verificarlo, pero estaba segura casi al cien por cien de que eso iba por él.

Oí que Harry subía. Parecía que ya había acabado todo, al menos por ahora. Parecía derrotado. Cerró la puerta y se sentó en la cama, tras coger tres cartas que recibió el día anterior. Parecía que lo único que podía hacer era leer una y otra vez esas cartas.

Querido Harry,

Soy Ginny Weasley. Gracias por salvarme la vida en curso anterior. De verdad que no lo olvidaré y te estoy eternamente agradecida por eso. Desde que me pasó aquello con el libro que tú y yo sabemos, desconfío de todos los libros que escriben solos, aunque he de reconocer que aún no me he encontrado ninguno más. En serio, gracias por todo lo que has hecho por mí. Te debo una.

Espero que no me tomes por una niña tonta, pero te quería decir que no te tomes demasiado a mal lo que Ron hizo el día que os conocisteis. Te aseguro que no fue su intención hacerle daño a tu lechuza. Él asegura que fue un accidente y espera que no lo odies toda la vida por ello, y yo también lo espero, aunque espero también tu versión del accidente. Mi padre dice a veces que hay que ver todas las opiniones antes de juzgar a nadie y puede que tenga razón.

Ahora que hablo de mi padre, le han dado un premio por su trabajo y, con el dinero del premio, nos hemos ido a Egipto. Te he mandado una foto en la que salimos todos para que nos conozcas. Te aseguro que no todos somos como Ron o Percy, algunos tenemos sentido del humor, pero eso ya lo sabes por Fred y George.

Espero que este año nos veamos más. He conseguido por fin tener una amiga común contigo, Hermione, y me ha hablado maravillas de ti. Seguro que son ciertas las cosas que dice, pero me gustaría comprobarlo yo misma. Ya ves, ahora soy desconfiada. Por cierto, en Hogwarts no te acerques mucho a Percy o te aburrirá con un montón de historias. Como ha sido nombrado delegado, se lo tiene muy creído y puede resultar un pesado.

He quedado con Hermione en el Caldero Chorreante para pasar la última semana de agosto. ¿Podría ser que vinierais tú y Hedwig? Sería una buena oportunidad para hablar y hacernos amigos. Si es que sí, nos vemos allí.

Sinceramente,

Ginny.

—No me fío mucho de los Weasley —dijo Harry al acabar de leer la carta. Por lo menos, ahora podía sacarme de la jaula de vez en cuando, por tanto, leí la carta con él. Por cierto, ¿qué hablaba la Weasley de un libro que escribía solo? Me lo he preguntado una vez y otra pero nunca he hallado la respuesta—. Su hermano también parecía simpático al principio, y luego mira lo que intentó hacerte —prosiguió—. Supongo que puedo darle una oportunidad de todas formas. ¿Qué te parece?

Como respuesta, cogí con el pico la segunda carta y Harry sonrió.

—Vale, lo dejaremos para después. Leamos ahora la de Hermione.

Querido Harry,

Siento de veras que Dumbledore desestimara la petición de mis padres de dejarte en nuestra casa. Dijo que fue por tu bien, pero no veo dónde está el bien en esa decisión suya de dejarte con esos tiranos. Mi padre está tratando de mover algunos hilos con algunos conocidos suyos, pero no sé hasta dónde podrá intervenir. Ya veremos. Desconfío de la policía en general. No son tan buenos como quieren hacer creer.

Pero dejemos eso. Me carteo con Ginny, ya sabes, la menor de los Weasley. Es una chica bastante maja, aunque algo triste, pero estoy haciendo lo posible para remediar esa situación suya. Me gustaría que me echaras una mano, porque creo que es de la misma rama de la familia que Fred y George y lamentaría que se estropeara y se pasara a la rama de Percy y compañía, ya sabes, la rama insoportable. No quiero decir con eso que deba ser una bromista sin cuartel como los gemelos, pero sí estaría bien que tuviera un poco de alegría.

Me ha invitado a pasar la última semana de vacaciones con ella en el Caldero Chorreante. Naturalmente, he aceptado, pues también van a estar sus padres. Esa fue la condición que pusieron mis padres para poder ir, y como han cumplido, yo también lo haré.

¿Sabes con quién más me carteo? Con Blaise Zabini, ya sabes, la amiga de Draco Malfoy, aunque eso sólo nos lo dice a nosotros, parece ser. Será que no se estila en Slytherin tener amigos, posiblemente. Es curioso que sea una Slytherin, porque es bastante simpática. No tiene nada que ver con el pedazo de hielo de ojos grises de Draco. La invité también a pasar la última semana con nosotros, pero dijo que no podía ir porque estaba en Estados Unidos. Se ve que tiene familia allí.

Te echo mucho de menos. Esta vez no podemos hacer lo del año pasado, porque esta vez no colaría, así que aguanta cuanto puedas en ese cuchitril en el que estás y, si puedes, ven a Londres la última semana de agosto. Aunque no te guste la mitad de la familia Weasley, seguro que estás mejor que en esa cueva de locos.

Con amor, tu "hermana mayor",

Hermione.

P.D.: Por cierto, ¿sabes algo de nuestra amiga secreta? No me ha llegado nada, pero puede que a ti sí. Me encantaría conocerla. Debe de ser una tía genial.

Harry sonrió. Siempre que leía la carta sonreía, pero en su fuero interno se le veía triste. Era comprensible, por otra parte, porque bien podía estar con sus amigos en vez de encerrado en Privet Drive, pero parecía que Dumbledore aún tenía siempre la razón y, si no la tenía, se aplicaba lo anterior.

—Ahora la tercera, pero no la menos importante para mí —dijo Harry—. La carta que me has traído de mi admiradora secreta. La carta especial.

Querido Harry,

Lo adivinaste: soy tu admiradora secreta. ¿A que te empieza a gustar esta letra? Ya sé yo que sí.

Ante todo, déjame felicitarte por haber vencido tú solito a nada menos que un basilisco, aunque lo del kraken sabemos bien tú y yo que no es verdad. ¿Qué creías, que no lo sabía? Claro que lo sé. No se me escapa nada.

Siento no haber podido ayudarte esta vez, pero tenía otros asuntos de gran importancia que atender y ocuparon más tiempo del que había planeado al principio. Esperaba haber podido compatibilizar las dos tareas, pero me fue imposible. Menos mal que mis libros te ayudaron cuando más lo necesitaste y Draco Malfoy no siempre está ahí para estorbar; a veces ayuda. También te felicito por tu sangre fría, chaval, que te salvó de la muerte donde yo no pude. Ya felicité también a Draco Malfoy por medio de Blaise Zabini. Nos carteamos a veces. Es muy maja, a pesar de ser una Slytherin.

Te preguntarás qué estaba haciendo mientras tú te pegabas con una serpiente de quince metros de largo, ¿verdad? Te lo diré por esta vez, aunque no sé si me creerás. Yo también estaba luchando por mi vida, pero no contra una serpiente, sino precisamente contra el kraken. ¿Por qué me di de guantazos con él? Para salvarte, a ti y a todo el colegio… y porque me gustan los calamares a la romana. Si te dijera las cosas que hacía ese bicho sin que nadie lo supiera… Ya te dije en la anterior carta que moriría para protegerte, y esta vez casi muero de verdad, y de verdad era para protegerte. Ahora ya sabes que voy en serio y ya verás cuando me descubras… si es que lo haces alguna vez, claro.

Seguramente te preguntarás también por qué no te libro de esos tíos tuyos, los Dursley, si me he jurado a mí misma protegerte. Siento decirte que no puedo aún hacer eso. De verdad quiero, pero no puedo, porque te pondría en un peligro aún mayor si hiciera eso. Vivir huyendo no es bueno, te lo digo yo. De todas formas, un guerrero también debe saber sufrir. Nunca sabes lo que te puedes encontrar a la vuelta de la esquina y, si sobrevives a la bola de sebo de tu tío, sobrevives a cualquier cosa.

Por ahora tengo que dejarte, pero pronto volverás a tener noticias mías. Hasta entonces, sigue confiando en mí como hasta ahora. Ya te llegará tu recompensa, ya, y vas a ver lo que es bueno cuando te coja por banda.

Siempre tuya,

Tu admiradora más querida.

P.D.: Venga, a ver si me descubres de una vez, que tengo ganas de ver tu expresión cuando me contemples tal cual soy. Seguro que no te decepcionas.

—No me decepcionarás, te lo aseguro —dijo Harry—. A ver qué es esa recompensa que me tienes preparada.

«No lo sabes tú bien», pensé. «Ya puedes preparar la resistencia física, que te va a hacer falta».


La semana que no tuvimos más remedio que pasar con Marjorie Dursley fue la peor en mucho tiempo. Yo personalmente estaba casi más a gusto con los guardianes de Azkaban que escuchando desde mi jaula la constante humillación que le infligía esa horrible mujer a Harry, día tras día. No sabía por qué, pero sentía pena por él. Era la primera vez que me pasaba algo así. Qué asco daba, que me estaba ablandando, aunque la verdad es que aquella arpía era lo peor que nadie se podía echar a la cara. Ni yo era tan zorra con mis enemigos. Menos mal que el Señor Oscuro no "contrataba" muggles, porque de ser así seguramente la tendría en el círculo interno, de cabrona que era. Y él aguantaba y aguantaba, aunque sus ganas de matarla no le faltaban, se le notaba en sus cambios en el control de su poder mágico. Al sexto día vi que su paciencia ya estaba casi agotada.

—Menos mal que se va mañana —dijo, con una voz más grave de lo normal, fruto de su rabia contenida—. Sólo tengo que aguantar un día más y todo acabará. Menos mal que tengo a mis amigos, el Quidditch, el libro que me regaló Hermione con la carta y, sobre todo, menos mal que tengo a mi admiradora secreta, porque si no, no sé en qué podría pensar para no matarla. Estoy harto.

Abrió mi jaula y me cogió, apretándome contra su pecho. Pero su abrazo era flojo, medido, para no hacerme daño. Aún tenía control sobre su fuerza.

—Te me vas a poner celosa, Hedwig, pero cada vez pienso más en ella, ¿sabías? —su voz era ya un susurro.

«¿Ah, sí?», pensé, con desdén. «¿Entonces por qué no haces por descubrirme de una vez?».

—Me pregunto cómo será —continuó—. ¿Será de mi edad o mayor que yo? ¿Y de qué casa será? No parece de Gryffindor. Los libros que me manda son difíciles de encontrar. Igual es una Ravenclaw. Me da igual, mira, como si es una Slytherin. Me encantaría verla. Pero primero tendría que descubrirla. ¿Por qué es todo tan complicado? ¿No sería más fácil que se mostrara de una vez y en paz? ¿Es una especie de prueba o qué? Menos mal que me gustan los retos.

Paró un momento de hablar, como pensando en lo siguiente que iba a decir, o quizá porque se oyeron algunos ruidos abajo y no quería que subieran a seguir dándole la tabarra. Al asegurarse de que no había peligro, continuó, como si estuviera hablando con alguien… aparte de su lechuza.

—Cuanto más pienso en ella, más me gustaría encontrarla —susurró de nuevo. ¿Qué pasaba por la mente de ese chico hoy?—. Si la encontrara, no sé qué haría. Creo que podría besarla nada más verla.

«Vaya, será si te doy permiso, no te digo…», pensé. Estaba claro que le gustaba, pero no se lo iba a poner tan fácil. Tan sólo con eso no se me consigue. Aunque creo que me estaba engañando a mí misma con eso. Cada vez que lo veía con alguna otra chica, me daba el ataque de celos. Aun así, tendría que cambiar de táctica si quería conseguirme del todo. Odio la pastelería.

El último día de visita de la gorda Dursley, ya por la noche, Harry tuvo que pensar mucho en mí, porque la arpía parecía que quería decirle de una vez por todas lo que pensaba de él, y se estaba cebando. Se metió con él y a él plim; se metió con sus amigos y a él plim, pero se metió con su familia y noté que su magia subía considerablemente. Ya estaba harto.

—Y es que todo va en la sangre, como digo —continuó la ballena—. A mí me pasó con uno de mis perros. Estaba tan débil que no podía cazar, así que lo sacrifiqué. Creo que algo así es lo que necesita este mocoso —por Harry, claro, cómo no—. Pero, como digo, es normal. Teniendo en cuenta cómo era su padre… por cierto, ¿a qué se dedicaba?

—Pues… estaba en el paro —dijo la jaca Petunia, con una voz que indicaba su vergüenza. Yo que ella me habría avergonzado de tener esa cara de caballo.

—Ya, lo que imaginaba. Un vago.

—¡No era un vago, sino un mago! —exclamó Harry, perdida la paciencia—. ¡Y muy bueno, por cierto, así que lávate las orejas antes de contar cosas que has oído de refilón y mal!

—¡Más brandy, eso es lo que necesitamos! —exclamó la morsa Vernon. Así iba la cosa, claro. Ahora me lo explicaba todo. Bebían brandy como si fuera agua y por eso decían lo que decían—. ¡Y tú a la cama, chico!

—Aún no, déjale hablar, que parece que quiere decir algo más —adujo la foca—. Parece que estás orgulloso de tus padres, ¿no? Ya ves, muertos en un accidente de coche, seguramente por ir borrachos.

—¿Un accidente de coche? ¿Es eso lo que crees que les pasó? ¡Ja! —rugió Harry—. ¡Murieron asesinados, que lo sepas, y todo para protegerme, estoy seguro!

—¿Y por qué iba a protegerte alguien?

—¡Porque me querían, por eso! ¡Pero claro, nunca podrás entenderlo, porque sólo sabes hablar de palizas a la hora de "educar"! ¡Eres peor que una arpía! ¡Os odio a todos! ¡Esta casa no es mi hogar! ¡No quiero vivir aquí, rodeado de gente que no merece vivir!

—¿Entonces por qué no te vas, engendro? —rugió Marge.

Craso error.

De pronto, la energía mágica de Harry se desbordó y oí a la pelota de playa con faldas gritar de miedo, así como a los demás Dursley. Como tenía la jaula abierta, bajé volando y vi que estaba inflándola como a un globo tan sólo con su voluntad, haciéndola realmente una pelota de playa, una especialmente fea. Ese chico era terrible cuando se enfadaba, eso lo sabía, pero siempre había notado control en su magia; cuando no lo tenía era aún más que terrible.

Tras la obra, Harry subió como un huracán a la habitación y tiró toda la ropa al baúl, así como los libros de texto, teniendo cuidado especial con uno que le mandó Hagrid, pues mordía, y cerró el baúl a presión, poniendo mi jaula encima y atándola con presteza. Después, dobló cuidadosamente las cartas, separando la mía de las demás, y se las metió en un bolsillo; cogió mis libros y metió mi carta con las demás cartas mías, dentro de uno de los libros, que se llevó en una mano, mientras que con la otra mano cargó el baúl.

«Qué fuerza tiene el condenado cuando se enfada», pensé, asombrada, pues no parecía acusar el esfuerzo que estaba haciendo al arrastrar el baúl. No tuvo miramientos al bajarlo por la escalera y menos mal que yo no estaba en la jaula, porque oscilaba peligrosamente en su precaria posición, atada al baúl.

Fue abrir la puerta de la calle y entrar el gordazo, hecho una furia.

—¡Da un paso más y te arrepentirás, chico! —bramó.

—Lo mismo digo —siseó Harry, con una voz gélida que me puso las plumas de la cola de punta, mientras apuntaba al tonel con la varita.

—E-espera, piensa en lo que haces —dijo la morsa, más suave, tratando de negociar—. Si haces eso, te echarán de ese colegio al que vas.

—¿Y cómo sabes que no han cambiado las normas? —susurró Harry, con voz extremadamente peligrosa—. No lo sabes, ¿verdad? Entonces no me tientes.

Y se fue. Enseguida salí yo también y me colgué en su hombro. Por lo que a mí respectaba, se había acabado vivir en esa pocilga, y parecía que Harry era de mi misma opinión.


La furia de Harry pronto se tornó abatimiento. Se había ido de casa, por así decirlo, y ahora no sabía qué hacer. El abatimiento pronto pasó a angustia y la angustia, a miedo, sobre todo cuando oímos un ruido extraño y, al volvernos, vimos un enorme perro salir de las sombras, un perro que se me quedó mirando con curiosidad, la misma curiosidad que yo tenía sobre él. Me estaba planteando hablar con el perro para saber qué hacía allí a esas horas cuando, de pronto, oí a Harry llamar a un taxi.

«¿Qué tiene planeado ahora?», pensé, mientras el taxi paraba. «¿Tiene dinero muggle encima?».

No me pregunté adónde iría ahora en taxi, porque tenía una idea muy aproximada: a la casa de los Granger. Efectivamente, me metió en la jaula al mismo tiempo que le indicaba al taxista la dirección de dicha casa.

—Espero que tu mascota no deje plumas, chico —gruñó el taxista, arrancando—. Luego no quiero tener que pasar el aspirador por todo el coche para quitarlas.

—Descuide, señor —dijo Harry—. Se estará quieta.

El taxista parecía escéptico. Aun así, lo dejó estar y condujo hablando de sus cosas, como hacen todos los taxistas.

—¿Y has visto las noticias de esta tarde, chico? —preguntó. Harry negó con la cabeza—. Vaya, entonces no sabes que hay un asesino suelto por aquí. No me extraña entonces que anduvieras por ahí solo con ese enorme baúl y tu pájaro. Dicen que, hace doce años, mató a trece personas con una bomba y luego empezó a reírse como un loco incluso cuando la policía lo cogió. Por lo visto, se escapó ayer mismo y va armado con un revólver. Aunque aún no he oído que haya matado a nadie. Estoy seguro de que tiene un objetivo.

—¿Un objetivo? ¿Quién?

—Bueno, según la policía, dicen que persigue a un chico llamado Harry Potter o algo así, pero vete a saber. Creí que perseguía a alguien famoso o algo, pero no, es un chico de lo más anónimo. Dicen que se escapó de una prisión de la que nadie había podido salir antes, algo así como Alcatraz, pero la llamaron de otra forma. Normal, Alcatraz ya no es una prisión, o eso dicen…

—Vaya, no me gustaría estar en el pellejo del tal Harry Potter entonces —dijo Harry, tratando de sonar casual, aunque estaba claro que estaba preocupado. Yo que lo conocía lo noté enseguida, pero al taxista le pasó desapercibido—. ¿Y se sabe cómo se llama el sujeto?

—Sí, por supuesto —dijo el taxista—. Se llama Sirius Black. Un nombre un poco raro, pero en eso no me meto. De complexión delgada, alto, con el pelo negro muy largo y despeinado… aunque eso es circunstancial, la verdad. Con cortárselo le vale para pasar desapercibido. Dicen que lo tienen estrechamente vigilado, a pesar de todo, pero si eso fuera verdad ya lo habrían cogido, ¿no?

—La verdad, mirado así no sé qué pensar de momento —dijo Harry, cada vez más preocupado, aunque no se le veía asustado—. Supongo que lo mejor es no cruzarse con él. Seguramente ahora esté escondido en alguna parte hasta que pase la tormenta.

—Sí, yo también pienso lo mismo —dijo el taxista, parando el taxímetro—. Bueno, ya hemos llegado. Son cinco libras.

«¡Cinco libras por una carrera!», pensé, pasmada. «¡Timador…!».

Harry no protestó. Sacó las cinco libras y se apeó del taxi, cogiendo el baúl del maletero y la jaula conmigo dentro, mientras yo trataba de hacer memoria.

«¿Cuándo ha cogido este tío el dinero muggle?», pensé. Lo mirara por donde lo mirara, no encontraba el momento en que se dirigió a Gringotts para cambiar dinero mágico por dinero muggle. Luego vi la cartera en la mano y tuve que reprimirme para no reír. «Ya veo, es la cartera del saco de grasa con mostacho. Ladronzuelo…».

Harry llamó a la casa y, al instante, Richard Granger salió armado con un bate de béisbol. Cuando vio a Harry, suspiró de alivio un segundo para, al siguiente, mirar alrededor y meterlo dentro. Salió otra vez, verificó que no había nadie y metió el baúl y mi jaula. Ese comportamiento extraño me escamó, y era obvio que a Harry también, porque preguntó:

—¿Qué ocurre? ¿De qué tienes miedo?

—Dicen que Sirius Black ha sido visto por aquí cerca —dijo Richard, cerrando la puerta—. Pensé que eras él.

—Si hubiera sido él, no habría llamado a la puerta, Richard —dijo Jane, acercándose con Hermione—. Vaya, hola, Harry. ¿Qué haces aquí?

—Me he largado de la casa de los Dursley —dijo Harry—. Ya estaba harto de la hermana de mi tío. No paraba de insultarme y, al final, la inflé inconscientemente. No sé cómo lo hice, pero sí sé que lo llevo claro. Ya van dos veces que hay magia en esa casa y, con la primera, me dieron un ultimátum. A la siguiente, es decir, ahora, me expulsarían de Hogwarts.

—Pero ha sido un accidente, ¿verdad? —opinó Hermione—. No creo que vayan a tomártelo en cuenta.

—No sé yo —dijo Harry, ominoso—. La otra vez ni siquiera fui yo, sino un elfo doméstico de los Malfoy. Lo liberé después de matar al basilisco, haciendo que el señor Malfoy le diera un calcetín mío. Si me acusaron antes, que no había sido yo, imagínate ahora, que sí que he sido yo. Me van a expulsar, seguro.

Volvieron a llamar a la puerta y de nuevo fue Richard a abrir, bate en ristre, mientras los demás se escondían por orden de Jane. Pero, cuando Richard abrió, no apareció Sirius Black, como temía, y lo sé porque lo conozco. Sin embargo, también conocía a esa otra persona y tampoco me parecía buena compañía.

—Buenas noches, señor Granger —dijo el hombre, quitándose el bombín. Ni siquiera se había molestado en disfrazarse de muggle, pues llevaba una túnica color verde botella y capa a rayas—. Soy Cornelius Fudge, ministro de magia. Tengo entendido que Harry Potter acaba de hospedarse aquí.

—Pues sí que corren las noticias, buen hombre —gruñó Richard, dejando el bate de béisbol en el suelo, apoyado en una pared, e invitando a Fudge a pasar—. No hace más de un minuto que llegó. ¿Qué se le ofrece exactamente?

—Bueno… —Fudge vaciló—. ¡Ah, estás aquí, Harry! Me alegro. Estaba preocupado desde que te fuiste tan precipitadamente de Privet Drive tras inflar a tu tía… bueno, no es exactamente tu tía, sino la hermana de tu tío, ¿no? —rió.

—Responda, ministro de magia, ¿qué hace aquí? —insistió Richard, perdiendo la paciencia. Estaba claro que estaba susceptible, seguramente por el asunto de Sirius—. Puede que en el mundo mágico sea alguien importante, pero ahora no está en el mundo mágico. Como venga para hacerle algo a Harry…

—De ningún modo, señor Granger —aseguró Fudge—. Estoy aquí para llevar a Harry Potter al callejón Diagon. Me parece un sitio mucho más seguro que esta casa para protegerlo de Sirius Black.

—¿Pretende confinarlo en el callejón, señor Fudge? —preguntó Richard.

—Bueno, no es exactamente un confinamiento, señor Granger. Es para protegerlo. No podrá abandonar el callejón, pero es un lugar bastante grande y estará seguro. Será difícil que Black lo encuentre allí, con tanta gente.

—De acuerdo —dijo Richard—, pero para estar más seguro iremos nosotros también. No creo que haya ningún problema, ¿verdad?, con que haya muggles en ese callejón exclusivo de magos. A fin de cuentas, sabemos muy bien que existe la magia y la aceptamos tal cual.

—Está bien, pero seguramente se encuentren con cosas que considerarían… raras —dijo Fudge—. No es lo mismo que vivir en este barrio.

—Espere, ministro —intervino Harry—. No entiendo nada. Hice magia, ¿no?, y se suponía que no podía, sobre todo después de…

—¿Y quién se acuerda de eso? —dijo Fudge, riéndose—. Todo el mundo puede perder el control alguna vez, no es grave. Ya la han desinflado y han modificado su memoria para que no recuerde nada. Por ahora, lo más importante es tu seguridad.

»Hemos mandado a los guardianes de Azkaban en su busca, así que no tardaremos mucho en darle caza —continuó—. Mientras tanto, serás vigilado, por tu seguridad, y te encontrarás algo más falto de movimientos que otras veces, pero no te preocupes. Como digo, es por tu seguridad. El callejón es todo tuyo. Podrás moverte libremente por todas partes, mientras no salgas al barrio muggle. ¿Entendido?

—No hay otro remedio, ¿verdad? —sopesó Richard—. Sea. Iremos mañana mismo. Lo primero es descansar y dormir.

—De acuerdo —accedió Fudge finalmente—. Siendo así, estoy más tranquilo. Mañana enviaré a dos aurores para protegerlos. Toda prevención es poca ante un asesino de Quien Ustedes Saben, ¿no?

—¿Qué? ¿Uno de sus aliados? —preguntó Harry, alarmado, aunque yo no podía creer eso. ¿Sirius, un aliado del Señor Oscuro? ¿Desde cuándo, si era la oveja negra de la familia Black?

—Sí, así es —dijo Fudge—. Y uno de los más peligrosos, me atrevería a decir. Su mano derecha, por así decirlo, pero no estamos del todo seguros. Son más las preguntas que las respuestas con respecto a ese loco asesino. Por eso quiero que no te muevas del callejón Diagon. Allí estarás seguro. Mañana por la mañana vendrán dos magos para escoltarlos. Ya no les robo más tiempo. Adiós.

Y se desapareció. Richard se quedó un poco perplejo y Jane miró a Hermione, mientras ésta se encogía de hombros. Y luego hablaba el ministro de la discreción a la hora de actuar, cuando él mismo era justo lo contrario a lo que quería inculcar a los demás. Así iba el mundo, claro.