Los personajes pertenecen tanto a como a la autora original.
Esta es una adaptación de la novela de L.M.R
Capítulo 9
—Toma, querida —le dijo el día siguiente Loren Jensen, el tendero, a su mujer—, puedes empezar a meter esto en bolsas. —Pasó los productos muy despacio, pero Bella no se impacientó.
A decir verdad, casi empezaba a... bueno... a gustarle el ritmo propio de Simpson. Algo bueno, por otro lado, pues los Jensen debían de ser los tenderos más tranquilos de todo Estados Unidos.
En Boston se habría puesto a tamborilear y a mirar constantemente el reloj si la cajera del supermercado se hubiera movido con la lentitud de Loren.
Le parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que tamborileara los dedos sobre el volante, aguardando a que el semáforo se pusiera en verde, o desde que aguardara impacientemente su turno en la cola del banco. En Simpson no había razón para hacer eso, pues con ello no conseguiría que nadie fuera más rápido y, de todas formas, ¿qué prisa había? Ni ella ni el resto tenían otra cosa que hacer.
Le recordaba a algunos de los sitios en los que había vivido con sus padres siendo una niña. Antes de que el trabajo de su padre les llevara a París y Londres, habían vivido en un pueblecito a las afueras de Dublín y en un pueblo cerca de Ámsterdam. Había vivido la mayoría de su infancia al ritmo de los pueblecitos y casi lo había olvidado. Hasta que llegó a Simpson.
«Soy una verdadera Swan», pensó con ironía. Se atrincheraba, tratando de amoldarse cuanto pudiera, antes de volver a mudarse.
Hacer la compra en la tienda de los Jensen se estaba convirtiendo en un agradable ritual. Loren y Beth eran encantadores, parecían la típica pareja de abuelitos. Loren era alto y delgado, mientras que Beth era bajita y rechoncha. Recordaba un poco a la mujer del granjero de Babe, el cerdito valiente.
Cada vez que Bella pedía algo que no tenían en el almacén, como algún pan integral especial, yogures griegos o pasta hecha de trigo duro, lo apuntaban y se lo pedían a algún mayorista de Rupert.
—...yogur, leche, huevos, pan; ¿sabes que desde que empezaste a pedir el pan de harina de avena, cada vez lo compra más gente? —Loren le sonrió y se giró hacia su mujer—: ¿A que sí, querida?
—Así es. La semana que viene vamos a pedir pan de salvado. Y también hemos vendido todos los yogures griegos esos que pediste. No eres nuestra mejor clienta, porque comes menos que un pajarito, Mary, pero eres la más lista de todas. —Beth Jensen le sonrió—. ¿Tienes todo lo que necesitas? —Entrecerró los ojos y se mordió el labio mientras echaba un vistazo a las estanterías de la tienda.
Bella se preguntaba si estaría viendo la tienda por lo que era, o si llevaba tanto tiempo allí que se había vuelto invisible, como esas mujeres incapaces de ver cómo tienen el salón; las telas desgastadas, los muebles arañados y la tapicería destrozada de una casa en la que la joven esposa veía a sus hijos crecer sin darse cuenta de que para su casa también pasaban los años.
La tienda era pequeña, más ancha que larga y un escaparate con expositores decolorados por el sol que Bella no había visto que cambiaran en el tiempo que llevaba en Simpson. A decir verdad, la tienda entera parecía no haber cambiado desde los tiempos en que Eisenhower era presidente.
Se oyó un tintineó y Bella se dio la vuelta. El alcalde y propietario del Emporio de Ferreterías Kellogg entró. Glenn Kellogg era un hombre panzudo de edad media. Solía blandir una enorme sonrisa y saludaba efusivamente a todo el mundo. El día en que conoció a Bella, se mostró especialmente bullicioso. Según Beth, se debía a que era la primera persona en cinco años que se mudaba a vivir a Simpson, y aGlenn le gustaba pensar que era la primera de un montón que estaban por venir. A Bella le divertía su vociferante simpatía. Era inofensivo, si no se tenían en cuenta su retahíla sin fin de chistes verdaderamente malos. Se preparó para escuchar uno de ellos, pero vio que estaba pálido y parecía alicaído.
—Hola, Glenn —dijo.
Glenn asintió con los labios apretados. A Bella le pareció que no le había reconocido siquiera.
Loren estaba apuntando el nuevo pedido de Bella: pan de pita y tomates italianos. Alzó la vista con una sonrisa.
—Ey, Glenn.
—Ey, Loren. —Glenn esbozó una sonrisa a su vez, pero el tono de su voz era apagado y carecía de su exaltación habitual.
— ¿Estás bien? —preguntó Loren.
—Sí, sí. Bien. —Glenn no parecía estar bien. Bella pudo ver que le temblaba la mano al sacar una hoja de papel del bolsillo de la camisa y desdoblarla poco a poco. Aun cuando por fin la tuvo completamente estirada, siguió mirándola con gesto inexpresivo, como si se le olvidara lo que estuviera leyendo.
— ¿Cómo va el negocio? —Loren le miraba con curiosidad.
—Bien. —Glenn dejó caer la hoja en el mostrador y miró a su alrededor, como si le sorprendiera estar donde estaba.
— ¿Y los chicos? ¿Qué tal les va en la universidad?
—Sí, sí —dijo Glenn con voz apagada—. Les va bien.
— ¿El estado de Idaho va bien?
—Mmm. —Se tocó el estómago distraídamente.
— ¿Y tu úlcera?
—Bien. —Glenn se pasó la mano por la cabeza, despeinándose por completo—. Está bien.
Loren parecía confundido y se mordió el labio.
—Bueno, qué... ¿vas a ensañarme esa lista?
— ¿Qué lista? —Glenn bajó la vista, sorprendido, hacia el papel que tenía sobre el mostrador de linóleo—. Ah, sí. Toma. —Se la tendió a Loren.
— ¿Qué tal está Maisie, Loren? —preguntó Beth con voz amable.
—Ah... bien —respondió éste— Está... no. —Miró a Beth con pesar—. No, no está bien. No está nada bien. No puede... no quiere... ¡joder! —Glenn soltó el aire con fuerza, frustrado, y los ojos se le humedecieron.
—No pasa nada, Glenn. Tranquilízate. —Beth se acercó y le puso una mano en los hombros—. ¿Qué es lo que no puede hacer?
—Nada. —Glenn se giró hacia Beth miserablemente—. Ya no puede hacer nada. O no quiere, no sabría decírtelo. Lo único que sé es que la mayoría de las veces ni siquiera sale de la cama en toda la mañana, y cuando lo hace no se molesta en vestirse. Lleva así desde septiembre, desde que el pequeño comenzó en la universidad. Lo único que hace es quedarse mirando fijamente la pared y decir que ya nada le importa.
—Yo estuve un tiempo algo deprimida cuando nuestra Karen se casó. —Beth le puso una mano en el hombro—. Fue horrible. Era como si mi vida se hubiera... detenido. Luego me recetaron unas medicinas contra la depresión y empecé a sentirme algo mejor, pero sólo porque estaba todo el tiempo grogui. La verdad es que no me importaba si estaba triste o no.
— ¿Deprimida? —Glenn miró a Beth con inquietud, y luego a Loren—. ¿Eso es lo que es? ¿Una depresión? ¿Pero por qué iba a estar deprimida? —Incluyó a Bella en la mirada que les lanzó con los ojos del azul de Simpson húmedos y dolidos—. ¿Qué? —Alargó las manos como suplicando—. Nuestro matrimonio es maravilloso. Quiero a Maisie, siempre la he querido. Tenemos dos chicos maravillosos. Tenemos buena salud, todos, los chicos también. ¿Qué más quiere? ¿Qué otra cosa podría querer? —Se giró hacia Loren, luego hacia Beth y después hacia Bella—. ¿Eh?
Loren se encogió de hombros y evadió la mirada de Glenn, Claramente incómodo con las preguntas y con los sentimientos que desprendía Glenn a borbotones.
Beth y Bella se miraron con gesto de: «Hombres... ¡no tienen ni idea!».
Bella dio un paso hacia atrás para que Beth se encargara de ayudarle. Glenn parecía completamente perdido.
Bella se había encontrado un par de veces con Maisie Kellogg. Ahora que lo pensaba, hacía al menos dos semanas que no veía a Maisie por ahí.
—Hombre, Glenn. —Beth apretó los dientes—. No estoy muy segura de que todo en la vida funcione así.
— ¿Cómo? —preguntó Glenn.
—Eso. —Loren miró a su mujer con curiosidad—. ¿Cómo?
—Toma, querido. Encárgate de esto, ¿quieres? Creo que Glenn necesita hablar con alguien. —Beth empujó las cosas de Bella hacia su marido—. Mira, Glenn, el hecho de que tú y los chicos estéis bien no tiene por qué significar que Maisie esté bien.
—Pero... pero no pasa nada. —Glenn alzó las manos, confuso.
—Glenn. —Beth tomó aire con fuerza y lo soltó poco a poco. ¿Te acuerdas del '79, cuando la tienda se quemó y Maisie estaba embarazada de Rosie?
—Claro —dijo Glenn, sonriendo débilmente—. Maisie era como una piedra. Montó una cocina sobre la marcha para dar de comer a los que luchaban por apagar las llamas y, después, a los que reconstruyeron la tienda. Se negó a dar a luz hasta que la tienda estuvo terminada. —Sacudió la cabeza con admiración—. Rosie nació doce horas después de que amartillaran el último clavo.
— ¿Y de la vez que pensabas que te estaba dando un ataque al corazón pero los médicos descubrieron que no era más que una hernia hiatal?
—Sí, claro. —Glenn frunció el ceño—. Maisie me llevó hasta Boise a pesar de la nevada que estaba cayendo, y no me dejo solo hasta que los médicos nos dijeron que estaba bien. —Suspiró frustrado—. Pero a eso es a lo que me refiero, Beth. Maisie y yo hemos pasado por un montón de cosas. Hemos superado momentos malos y baches horrorosos, pero siempre hemos salido adelante. ¿Qué pasa ahora?
—Creo —dijo Beth con suavidad—... Creo que el problema es que ya nadie la necesita. Los chicos son mayores, corre el rumor de que estás pensando en vender el negocio... —Le miró con curiosidad.
—Es cierto. —Glenn miró a Beth con gesto de culpabilidad, y luego a Loren. Si la única ferretería que había en el pueblo cerraba, las cosas se iban a poner algo más complicadas para los habitantes de Simpson—. El pueblo parecer estar haciéndose cada vez más pequeño y cada año nuestros ingresos son menores. Además, nuestro Lee no tiene ninguna intención de seguir con el negocio. Quiere ser profesor de historia, ¿qué te parece? Es una verdadera lástima. Ferreterías Kellogg lleva en pie desde 1938; la fundó mi abuelo. Seguiré un año más, tal vez dos, pero si las cosas no mejoran, me veré obligado a cerrarlo. —Encogió los hombros—. Supongo que así es la vida.
—Pero mientras tanto tienes tu negocio, y tus cosas: la caza en otoño. —Beth miró con gesto de desaprobación a Glenn y a Loren—. Las partidas de póquer del viernes por la noche.
Los dos hombres se revolvieron incómodos.
— ¿Y qué tiene Maisie? —continuó—. Hasta ahora tenía que cuidar de ti, porque tenías la tienda. Y de los chicos. Pero ahora...
—Yo la necesito —protestó Glenn—. Sigo necesitándola.
—No, no es verdad. —La voz de Beth era suave—. Tú y los chicos la necesitabais antes, pero ya no. Ahora tiene... tiene que hacer algo por ella misma.
— ¿Pero el qué? Has dicho antes que pasaste por lo mismo. ¿Qué hiciste?
—Empecé a ayudar a Loren con la tienda. —Beth miró a su alrededor con gesto de disgusto—. Aunque nadie diría que una mujer trabaja aquí.
— ¿Trabajar en la tienda? —Glenn tamborileó un dedo sobre la barbilla, pensando, antes de sacudir la cabeza—. Nooo. Maisie odia las herramientas.
—Hombre, no tiene por qué estar con las herramientas —dijo Beth—. Puede ser cualquier cosa. ¿Qué le gusta hacer a Beth?
—No lo sé, de verdad. Nunca... —empezó a decir Glenn; de pronto se le iluminó el rostro—. Cocinar. Le gusta cocinar. Es una cocinera maravillosa. Sabe todo lo que hay que saber acerca de la comida y esas cosas. ¿Qué tal si Loren y tú...?
—Lo siento, Glenn. —Loren había acabado de llenar una bolsa de plástico con las cosas que había en la lista—. Apenas llegamos a fin de mes como estamos. Ya sabes cómo va la economía local desde hace un par de años. Puede que nosotros también acabemos cerrando; a ninguno de nuestros hijos le atrae la idea de continuar con el negocio. —Suspiró—. Ni siquiera quieren quedarse en Simpson. Ningún joven quiere. De aquí a diez años Simpson será una ciudad fantasma, ya verás. Será mejor que le busques a Maisie trabajo en otro sitio.
—Ya, claro. —Glenn hundió los hombros—. Como si eso fuera posible por aquí. —Pagó lo que había comprado y cogió la bolsa—. Muchas gracias por escucharme. Beth. Loren. —Asintió en dirección a Bella—. Señorita Dwyer.
Beth le acompañó hasta la puerta y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Dale un beso a Maisie de mi parte; dile que me llame si necesita hablar con alguien. —Le observó mientras se alejaba, se encogió de hombros y se volvió con gesto de haber hecho lo que tenía que hacer.
—Gracias por ser tan paciente —le dijo a Bella—. Ahora mismo pido lo que querías.
—No pasa nada —dijo Bella consuavidad—. Mimadre tuvo una depresión de caballo cuando yo tenía quince años. Me asusté mucho. —Hasta que abrió la boca, Bella ni siquiera sabía que iba a decir aquello.
— ¿Ah, sí? —Beth la miró con gesto amable—. Mis hijos también se asustaron cuando estuve deprimida, pero no podía evitarlo. ¿Y cómo consiguió superarlo tu madre?
—Se... —Fue cuando Bella tenía quince años. A su padre le enviaron de pronto de París a Riyadh. A su madre le encantaba París y odiaba Arabia Saudí; odiaba las humillantes restricciones que imponían a las mujeres, y aquella sociedad estricta, inculta y dominada por los hombres. Entonces, un sábado, su padre se encontró con su madre y con las mujeres del embajador, del agregado cultural y del que se decía que era un oficial de la CIA, conduciendo por el gigantesco recinto de la embajada, puesto que no se les permitía conducir por ningún otro sitio, achispadas por haber bebido demasiado oporto del que la mujer del embajador había introducido en el país en las valijas diplomáticas, y cantando a pleno pulmón No hay nada como una Dama.
Después de aquello, Renée Swan se calmó y se dedicó a llevar la mejor vida posible junto con su familia en Riyadh, tal y como había conseguido hacer en cada lugar en el que habían vivido.
Bella parpadeó para deshacerse de las lágrimas. Le gustaría poder contarle la historia a Beth; estaba segura de que le habría gustado. Pero Beth creía que ella era Mary Dwyer, quien nunca había salido del país y cuya madre seguía vivita y coleando en Bend.
— ¿Mary? —Beth la observaba con la cabeza ladeada—. ¿Qué le pasó a tu madre?
Bella se limpió los ojos furtivamente y pensó en algo a toda velocidad.
—Ah, se... se alistó voluntaria para ayudar a los hijos de los trabajadores inmigrantes a aprender a leer en inglés, y luego se convirtió en tutora por las tardes. Sigue haciéndolo. —Tampoco era una mentira tan mala, en especial porque se la había inventado sobre la marcha. Además, si su madre hubiera sido Carmen Dwyer, en lugar de Renee Swan, seguro que habría hecho eso.
Beth suspiró.
—Eso es lo que necesita hacer Maisie. ¿Sabes qué creo? Que seguro que es una gran cocinera, ¿pero quién iba a contratar una cocinera en Simpson? —Beth sacudió la cabeza con pesar y se puso detrás del mostrador. Empezó a apuntar las cosas de Bella—. Paquete de arroz, lata de salsa de tomate, macarrones... no, ya no se llaman así: pasta... café descafeinado. Vale, creo que eso es todo. ¡Ah! —Alargó una mano y puso un paquete de seis cervezas sobre el resto de las cosas de Bella—. Casi se me olvida.
—Pero... pero... no quiero cervezas —protestó Bella. Prefería el vino, aunque aún tenía un agujero en el estómago de la vez que probó el vino de Loren. Desde entonces no había vuelto a probarlo—. No es que me guste demasiado la cerveza.
—No es para ti, querida —dijo Beth con sencillez—, sino para Cullen. Es su marca preferida.
—Yo... —Bella sintió que se ponía colorada—. Ah, es... ehhh... —Las palabras no querían salirse. La lengua había desconectado por completo del cerebro y se movía sin sentido por su boca—. De acuerdo, ehhh... aña... añádelo a la cuenta.
—No —dijo Loren—. Se lo debo a Cullen; me dejó una de sus camionetas cuando se rompió nuestra camioneta de reparto. Dile que invita la casa.
—De acuerdo... muchas gracias, entonces.
—Un placer. —Loren le dio las dos bolsas de provisiones y pasó el brazo por los amplios hombros de su mujer.
Beth sonrió y sus redondas mejillas rosadas brillaron.
—Estamos muy contentos de que Cullen por fin se acueste con alguien —dijo.
Lo prometido es deuda hoy van a ser dos capítulos...
Me alegra saber que la historia les guste...
A BKPATTZZ, , .PATTZ, PRINCESLYNX, CULLEN CALCETINES, DANISANCHEZ, LAPTEAGALAXY, MADASWAN, LUNATICO0030, SUPATTINSONDECULLEN muchísimas gracias por su apoyo.
Las quiero un montón
INDI
