¡Más de un mes! No puede ser, no saben cómo lo siento, se que dije que intentaría actualizar rápido, pero es que se me juntaron muchas cosas, y la uni no ayuda nadita. Pero bueno, aquí estoy con el capítulo 10 - que por cierto me salte el número 9, pero no presten atención a eso- y espero que eso recompense la tardanza.
DISCLAIMER:LA SERIE DE HETALIA AXIS POWERS NO ME PERTENECE, SON OBRA DE HIDEKAZ HIMARUYA.
CAPÍTULO 10:
NUEVAS PERSPECTIVAS
Dos meses.
Dos meses habían pasado desde la dolorosa muerte de su padre y las cosas habían cambiado radicalmente. Su madre, la Reina, debía ocuparse de los asuntos políticos, económicos y todo lo que concernía al reino, siendo ayudada por William y Andrei, dejándole a él poco tiempo para estar a su lado. Además cuando la oportunidad se presentaba, Catharina parecía estar rodeada de un aura de tristeza y melancolía, todavía afectada por la muerte de su esposo.
Era increíble como todo esto había pasado de manera tan efímera, desde la partida de Rossiya hacia Britania y el funeral del Rey. Para Maximilian era difícil acostumbrarse a tantas cosas en tan poco tiempo. Aún le dolía el pecho ante el recuerdo de su padre y aunque sabía que tenía que ser fuerte, buscaba consuelo con su madre, o con Mary.
Fue esta razón la que lo llevó al salón real, donde se discutían asuntos importantes, a buscar a su madre que se hallaba dentro con William, Andrei, los tres señores feudales y otros funcionarios políticos. Ya llevaban mucho tiempo en la habitación y Maximilian sólo podía oír gritos ocasionales a través de la puertas dobles custodiadas por guardias.
-¡Esto es inaudito! ¡Una total injusticia! – Se oye la voz encolerizada de Andrei. Maximilian da un brinco. –¡He servido a la familia Jones durante toda mi vida, tengo más derecho y experiencia para ocupar el puesto! ¡Están cometiendo un gran error!
-¡El único equivocado aquí eres tú! ¡Se ha tomado una decisión que beneficiará a Eurasia y tu deber como Consejero es estar de acuerdo! – Ahora es Dmitri Braginski quien habla. Maximilian no se sorprende, ya que el señor de Siberia no es conocido por ser muy paciente. –¡No tienes ningún derecho a cuestionar a Su Majestad! ¡William será Rey te guste o no!
-¡Pues entonces me niego a participar en este atropello que no hará más que llevar al reino a la ruina! – La puerta se abrió de golpe siendo empujada por un Andrei furioso.
-¡Andrei… por favor, no hagas esto…– El rostro de William es de preocupación
-Su Majestad, lamento que las cosas terminaran de esta manera. Le aseguro que mi hijo Ciprian hará un excelente trabajo como Consejero. Yo no puedo seguir con esto. Con su permiso. – Andrei se inclina y sale del salón, ignorando por completo a William y a las demás personas que lo llaman. Se detiene de golpe cuando ve a Maximilian a unos cuantos metros y se acerca a él. Hace una reverencia y lo abraza.
-Mi Príncipe, siento decirle que esta será la última vez que nos veamos. – Le susurra entre sus brazos. Max parpadeó sorprendido.
-Pero… ¿de qué hablas Andrei? ¿Por qué…
-Lo siento, pero no puedo soportar la idea de quedarme, no cuando se ha cometido una injusticia que afectará de manera desastrosa al reino y a usted. – Andrei se separó y miró por un momento sobre su hombro a la habitación que dejó atrás. Se quedó un momento callado, como si pensara en algo y luego lo miró a los ojos.- Cuídese de los Kirkland mi Príncipe, no son más que perros sarnosos esperando atacar. – Y con eso se levantó y se fue, dejando al pequeño Max confundido y asombrado.
Jamás en su vida había escuchado a Andrei hablar de esa manera de alguien, ni siquiera del Rey de Amerrique, a quien se supone, odiaba. Y lo hace peor por el hecho de que esa persona era William. El caballero más fiel, valiente y amable que había conocido. Una persona intachable. Y también de Allistor, su mejor amigo. ¿Pero que le pasaba a Andrei? ¿Cómo se atrevía hablar así de ellos? Si más de una vez lo vio tener una buena relación con William, compartiendo como amigos. Sin mencionar que elogiaba a Allistor por ser un buen alumno… ciertamente Max no entendía nada. Quería a Andrei, era su mentor, pero le parecía totalmente injusto que los acusara de esa manera… Y que lo perdonara, pero en este caso iba a ignorar por completo su consejo.
Se quedó mirando la espalda de su maestro hasta que desapareció al doblar un pasillo. Suspiró y mejor se concentró en la buena nueva que acababa de escuchar.
William sería el nuevo Rey
…
La coronación se llevó a cabo dos meses después de la escandalosa renuncia de Andrei. No hubo grandes celebraciones ni gritos de júbilo. No hubo fiesta en las calles, ni trompetas, ni desfiles. Sólo una ceremonia rápida y sencilla con la presencia de los reyes y reinas de los otros reinos. Después de todo la gente de Eurasia aún resentía la muerte de su querido Rey, y William no pudo haber estado más de acuerdo, él se sentía de la misma manera. Sin embargo era necesario que alguien ocupara el trono, no sólo para la seguridad del reino, sino también por la de la Reina y el Príncipe.
Durante la ceremonia en la Santa Sala del Trono, William se mantuvo impávido y gallardo mientras el sacerdote recitaba las oraciones y bendiciones tradicionales, después de todo tenía que dar una impresión de fuerza y valentía a los demás reinos. La Reina observaba todo desde un puesto privilegiado, sentada a un costado del que será el nuevo Rey, con el pequeño príncipe a su lado y el nuevo Consejero Real, Ciprian Stoica, ocupando el lugar de su padre.
En el centro de la habitación se encuentra el Libro de Los Reyes con sus páginas abiertas, mostrándoles a todos en el gran recinto y a cualquiera que tuviera alguna duda, que William era el indicado, presumiendo en la última página el grabado con sangre "William George Kirkland Windsor".
Es irónico pensar que mientras el obispo toma la corona, que yace sostenida en un hermoso cojín y la coloca sobre la cabeza de William, la reina por fin se permite sentir una pequeña emoción que no siente desde su terrible pérdida: alivio. Al igual que su hijo y todo el reino.
Porque en el momento en que William Kirkland fue proclamado Rey de Eurasia…los Jones fueron condenados.
Arthur estaba seguro que Alfred tenía severos problemas de personalidad. Era difícil pensar para el ojiverde que hace unos momentos él y Jones estaban discutiendo acerca de qué familia era la mejor gobernando, para finalmente terminar sentados los dos en la alfombra jugando ajedrez. Para su sorpresa, Alfred no era nada malo jugando, de hecho en las primeras partidas le dio mucha batalla pero conforme pasaba el tiempo, el de ojos azules parecía desconcentrarse más y más.
- Jaque – Dijo Arthur mientras su caballo negro amenazaba al rey blanco del contrario. Alfred parecía estar pensando que hacer. Pero Arthur ignoraba que el chico no estaba concentrado en su rey, sino en el príncipe que estaba delante de él.
¿Arthur se dará cuenta que saca la lengua de forma graciosa mientras piensa en una jugada? ¿O que sus ojos brillan y sonríe cuando se le ocurre una? ¿O que los dos primeros botones de su camisa están desabrochados permitiéndole ver su pálido y formado pecho? O…
-¿No piensas tirar? – Alfred salió de su aturdimiento al escuchar la voz del otro hombre.
-… ¿Eh?
-Es tu turno – Arthur recargaba su barbilla en una mano, luciendo aburrido. – ¿o te rindes? – y le dio una sonrisa confiada. Alfred alzó una ceja.
-Ni lo sueñes cejón – Contesta con otra sonrisa. Mueve a una de sus torres para deshacerse de la amenaza, pero en su ensoñación no se da cuenta que ha cometido un error. Le ha dejado el paso libre a la reina de Arthur para acabar con el juego. Jaque mate y Alfred se pregunta por qué no lo vio venir.
Conoce muy bien la razón.
Y le enoja.
Arthur.
-Me estás haciendo las cosas muy sencillas Alfred, ¿te sientes bien? – Dice burlón.
-Fue un golpe de suerte, no te sientas mucho. – Alfred se levanta para irse – Además ya estoy cansado de jugar y tengo cosas más importantes que hacer que estarte entreteniendo. Regreso al rato.
-Sí, si...Pero no te tardes… – Y los dos se congelan en sus lugares. El color sube al rostro de Arthur… No quiso decir eso… bueno sí. Es que, se aburre mucho estando sólo. Y la compañía de Alfred ya no le es insoportable.
Han mejorado mucho. Es mejor que nada.
De hecho…hasta le agrada. Pero poco. Muy poco. Casi nada.
No, nada de nada. Que se vaya y que se tarde lo que quiera, no le importa.
Alfred por su parte también siente una leve calidez en las mejillas, entiende porque Arthur dijo eso, pero igual sonríe.
Además le gusta cuando Arthur tiene esos momentos de timidez, dejando de lado su fiereza, cuando su sonrisa arrogante se va, dejando pasó a unas mejillas sonrojadas...
No, no le gustan, sólo…le divierten las facetas de Arthur, eso es todo.
-Son pocas cosas las que tengo que hacer…si te aburres puedes tomar un libro – Fue lo único que se le ocurrió decir.
Sale de la tienda.
El color se niega a salir de su rostro, no entiende por qué y se siente como idiota por eso.
Detiene su andar. El color se va y la sonrisa también.
No, él no es el idiota, Arthur lo es.
No…esperen, el también… por prestarle más atención de la que se merece, por querer dar una mejor impresión, por ser amable con él, por sentirse a gusto con él, por mirarlo con tanta insistencia.
Y todo por culpa de ese dúo de idiotas que tiene por amigos y de la conversación que había surgido ayer.
-De acuerdo. – Dijeron los oficiales al mismo tiempo.
Los tres hombres se quedaron callados mirando las llamas de la fogata, hasta que a Gilbert se le ocurrió algo.
-¿Oye Al… porque no aprovechaste para sacarle algo más jugoso a Arthur?
-…¿?...
-Hicieron un trato ¿no? Esa era una oportunidad de oro..
-¿Para qué?
- Ya sabes…sacarle…no se…provecho al cuerpo – Dijo juguetón. Alfred frunció el ceño y antes de poder hablar, Gilbert lo interrumpió. –¡Oh vamos! deja de hacerla de mojigata, has tenido más parejas masculinas que femeninas y estoy seguro que Arthur es más guapo que cualquiera de ellos… tan sólo míralo y dime que no está bueno.
-Gilbert, no tengo tiempo para ese tipo de estupideces… y no, no está bueno.
De acuerdo...quizá...tal vez...sólo un poco.
Sus mejillas se sonrojaron.
Pero eso no importa, no cambia nada.
-¿Así que nunca has pensado en acostarte con él?
-Yo no fraternizo con el enemigo. – Además de que nunca se aprovecharía de esa manera de alguien. Mucho menos de Arthur que ha demostrado ser buena persona.
- Pero si yo nunca dije algo de fraternizar… sólo sería un acoston. –Dijo Gilbert como explicando algo obvio.
-No Gilbert, a diferencia de ti, no todos tenemos esas necesidades todo el tiempo, mejor concéntrate en tus tareas y cuida las armas, buen provecho. –Alfred se levantó de su lugar repentinamente incómodo… incluso un poco enojado de que Gilbert se expresara de esa forma de Arthur.
Entró a su tienda para sacar algunos documentos. Curioso, se asomó silenciosamente a ver si Arthur ya había despertado. No, el joven seguía dormido, su pecho subía y bajaba con relajadas respiraciones.
Que perezoso.
Alfred sonríe levemente sin darse cuenta. Su molestia se disipa por completo.
Y ahora no puede pasar más de cinco minutos en la misma habitación que Arthur sin que empiece a observar con detalle su rostro, o fijarse en el movimiento de sus manos, o en el contorno de sus caderas. ¡Dios, ellos tienen la culpa de que piense cosas tan raras! Definitivamente cuando regresen se va a desquitar.
-Muchas gracias Capitán, con su permiso – Matthew se despidió del hombre y se acercó a la barandilla del barco con una sonrisa. Se detiene donde su abuelo esta recargado mirando el vasto océano. –Abuelo, el Capitán dice que ya han avistado tierra, llegaremos en unas cuantas horas. –Maximilian suspira y toma una gran bocanada de aire salado, voltea a su nieto y sonríe.
-Por fin voy a regresar a mi querida tierra Matthew, no sabes lo feliz que estoy. Lo que hubiera dado por haber regresado hace mucho. – Otra bocanada – Dime de qué hablabas con el Capitán. – Matthew sonrió.
-El cree que todos en este barco estamos locos para visitar un país que ha sido invadido.
-Y no lo culpo– Rió Max. – Hasta creo que estoy de acuerdo con él. A parte de nosotros, nunca pensé que tantas personas querrían ir a Eurasia en plena guerra.
-Ni yo tampoco…pero si me lo preguntas abuelo, tengo la sensación de que esas personas no son precisamente normales. –Dijo Matt mientras miraba por el rabillo del ojo a un grupo de hombres vestidos de civiles, pero con rostros tan severos y poses tan firmes, que hasta un tonto sabría que son militares.
Ya estaba comenzando anochecer y en la tienda todo estaba tranquilo. Arthur leía un libro acostado en la cama de Alfred, mientras éste tomaba un baño en el área contigua. Iban a salir del campamento mañana y todo lo que Alfred quería hacer era relajarse un poco. Había ido al pueblo en la tarde para suministrar a sus soldados de más provisiones, y como le había dicho a Arthur, no se había tardado mucho.
Pero regresó cansado, hambriento y sin ganas de discutir con nadie, así que prefirió llevarse su cena con él y aprovechando, también la de Arthur. Cuando entró a la tienda lo encontró leyendo tumbado en el suelo. Le ofreció un plato con unos cuantos vegetales y un pedazo de carne, el ex príncipe lo acepto de inmediato pues también tenía hambre. Alfred se sentó en su cama en posición india, como un niño y empezó a comer, pero entonces se sintió un poco culpable de que Arthur estuviera comiendo en el suelo, así que lo invitó a sentarse con él, no sin antes advertirle que no llenara su cama de pulgas. El príncipe, algo renuente aceptó, porque aunque tuviera la alfombra de por medio, la cama era más cómoda que el suelo.
Así es como los dos terminaron sentados en la cama hablando tranquilamente mientras cenaban. Hablaron del pasado de la familia de cada uno y aunque hubo bromas ácidas, tonos altaneros y sarcasmo crudo, ninguno de los dos se lo tomaba a pecho, sino se burlaban de las ocurrencias del otro.
Mucho tiempo después de terminar su cena seguían hablando, pero esta vez de cosas más casuales. Por ejemplo, Alfred empezó a quejarse de que los bretones eran unos estirados, su comida era muy mala y hablaban como si tuvieran una papa atorada, Arthur por su parte, se defendía alegando que su té era cien veces mejor que el horrible café que probó una vez, o que tenían serios problemas de egocentrismo y metían sus narices donde nadie los llamaba.
Con ese tipo de temas charlaban, hasta que Alfred decidió tomar un baño y Arthur entonces siguió con su lectura.
Alfred ya estaba dentro de su pequeña tina de madera, había calentado su agua en la fogata y ahora estaba lavándose el cuerpo. Cuando terminó de pasarse la esponja, aprovecho que el agua seguía caliente para nada más relajar sus músculos. Recargó su cabeza hacia atrás y cerro sus ojos un momento. Estaba muy cansado, ya quería regresar al castillo. Le encantaba estar al aire libre, en contacto con la naturaleza, pero después de estas últimas semanas, debía admitir que se había acostumbrado muy fácilmente a una cama cómoda y caliente.
Un estornudo lo hizo salir de sus pensamientos. Abrió los ojos y volteó a donde escuchó el ruido, intentó mirar a través del manto, para divisar la figura borrosa de Arthur acostado en su cama. Se quedó un momento mirándolo, hasta que un recuerdo lo golpeo.
-¿Así que nunca has pensado en acostarte con él?
Un escalofrío le recorrió la columna ante dicho pensamiento.
Arthur estaba en la otra "habitación". Tan solo separados por ese mando traslúcido. Encadenado a su cama... Tan cerca.
Y él estaba desnudo.
¡No! Sacudió la cabeza. Por favor... por favor, por todos los cielos o el infierno, llévense esos pensamientos.
-¿Alfred?- El pobre saltó al oír su nombre en esos labios. – ¿Crees que podría darme un baño? No me he lavado desde que salimos y apesto – Dijo Arthur. Alfred volvió a sentir el mismo escalofrió de hace rato al pensar en algo, pero decidió ignorarlo.
-Si claro ¿por qué no vienes? hay mucho espacio aquí para los dos. – Dijo en tono de broma, pero sus mejillas estaban rojas.
-Ja...ja, no te hagas el gracioso, hablo en serio, no soporto estar tan sucio.
-Mira, mañana salimos, te podrás bañar cuando regresemos al castillo.
-Por favor, no puedo esperar tanto, ya hasta las moscas se amontonan a mi alrededor.
-Te oyes como una chica haciendo berrinche ¿sabes?
-No me importa, quiero tomar un baño.
-Está bien, está bien, pero espera a que termine el mío. – Contestó, decidiendo apiadarse de Arthur.
Cuando por fin salió de la tina, y se terminó de secar y cambiar, liberó a Arthur y le dijo que preparara sus cosas. El chico lo hizo inmediatamente y juntos salieron de la tienda, bajo las miradas curiosas de uno que otro soldado.
Alfred llevaba una sonrisita maliciosa en el rostro. Si su Alteza quería tomar un baño...bueno, él iba a darle uno muy refrescante.
Llegaron al lago que estaba cerca del campamento y Alfred se detuvo en la orilla, se giró hacia Arthur y señalando con la cabeza el cuerpo de agua, le sonrió.
-Ahí está tu tina ¿crees que necesites más espacio? – Ante el ceño fruncido que Arthur le dio, el de ojos azules resopló.-Todos los soldados se bañan aquí , no veo porque tengas que ser una excepción. Incluso yo tengo no siempre tengo el lujo de un baño caliente.
-No, está bien, no necesito ninguna comodidad – Fue su orgullo el que hablo. Era obvio que no iba a esperar una tina con burbujas, pero la idea de meterse al agua helada no le era muy cómoda. Sus ansias de bañarse titubearon un poco, pero dejaron de dudar al ver la sonrisita triunfal de Alfred. Sólo...Hay que ver el lado bueno... por fin iba estar limpio, más cuando trajo a escondidas los jabones que Eli le dio. Además, la noche no estaba tan fresca y podría relajarse un rato bajo las estrellas.
Con las ganas nuevamente renovadas, dejó su ropa limpia en la orilla, se desamarró las botas y se las quitó junto con las medias. Se deshizo del chaleco café así como de su camisa, sintiendo un leve aire fresco golpeó su torso desnudo.
Pero cuando estaba desabrochándose su pantalón se detuvo en seco, recordando un pequeño y ligero detalle. Volteó su rostro y se encontró con Alfred recargado en un árbol, observándolo.
-¿Y bien? – Preguntó con una gruesa ceja alzada.
-¿Y bien qué?
-¿Piensas quedarte a examinar que me lave bien? – Sonrió con suficiencia cuando Alfred levantó ambas cejas en sorpresa, pero luego las frunció.
-No te tardes – Dio la media vuelta y se fue a buscar un lugar un poco apartado. Arthur oyó levemente que refunfuñaba.
El chico de ojos azules refunfuñaba mientras caminaba, iba tan molesto y tan sonrojado.
¡Pero qué estúpido! ¡De seguro se vio como un total pervertido observando a Arthur de esa manera!
Pero es que le llamó mucho la atención su piel tan pálida a la luz de la luna, y la forma de sus músculos... bien formados pero sin ser exagerados. Alfred no se imaginaba que siendo un príncipe tuviera tan buena forma. Y luego esa cicatriz que tenía en su espalda baja.
Sintió su cara calentarse más. Estúpido Arthur, ojala se ahogue.
Cuando estuvo a unos cuantos metros del lago, lo suficiente para darle privacidad al otro rubio, se sentó en un tronco caído y se puso a pensar. Pero no le duró mucho el tiempo hasta que alguien que silbaba una melodía alegre se iba acercando. Era uno de sus soldados y por lo que Alfred vio, llevaba ropa y una toalla. De seguro iba a bañarse.
Bañarse...en el lago...
Como un rayo se levantó para obstruir el camino del hombre.
-¿A dónde cree que va soldado...um.. joven... – Preguntó. El chico parpadeó, claramente confundido.
-Samuel, señor. Voy a darme un baño...
-¿A estas horas de la noche Samuel...?
-Siempre vengo a esta hora señor
-Mhp...no me parece, será mejor que vuelvas más tarde
-Pero...
-O mejor mañana, ahorita hace mucho frío y si se enferma no va a ser útil soldado, regrese a su tienda. – Y dicho esto, empujó levemente al confundido chico para enfatizar su punto. Cuando vio al hombre regresar por donde vino fue a sentarse en su tronco. Pero una revelación le llegó y se palmeó la cara. Maravilloso, ahora no sólo era la niñera de un niño mimado, sino también tenía que hacerla de guardaespaldas. ¿Cómo llegó a este punto?... No pudo responderse porque ni cinco segundos pasaron antes de que más sodados aparecieran, ésta vez un trió de amigos que charlaban animadamente.
Así como los chicos se encontraron con Alfred, fueron regresados al campamento mientras éste alegaba cosas sin sentido. Los tres hombres aunque un poco molestos, obedecieron a su líder y volvieron a la fogata que muchos de sus amigos compartían.
-¿Y? ¿A ustedes les dijo lo mismo? – Preguntó Samuel en cuanto los vio, estaba sentado junto al fuego todavía con sus cosas de limpieza. Los tres recién llegados asintieron con la cabeza.
-Sí, nos dijo que no podíamos entrar al lago porque le pareció haber visto un cocodrilo rondando. – Habló uno de ellos.
-¿Un cocodrilo? ¿En serio? – Intervino otro, riéndose.
-Sí, aunque no lo creas – Suspiró – Creo que a Alfred le está haciendo mal estar al aire libre.
- O a lo mejor se le está votando la canina por tanto estrés porque su abuelo va a llegar muy pronto. – Intervino Samuel.
-Yo no creo eso. – Interrumpió una nueva voz con tono picarón. – Más bien yo creo que lo estamos perdiendo por un par de ojos verdes con buen trasero. – Dijo Gilbert.
Todos lo miraron confundidos.
Bueno, espero la espera haya valido la pena, nos vemos en el siguiente capítulo.
