Después de todo, la puerta era solo de madera. En algún momento, debía ceder. Y cedió.

Una panadería. Eso era lo que había detrás de la dichosa puerta.

Los chicos respiraron agitados, ignorando los golpes, los gruñidos, cada ruido que los molestara de afuera. Todo lo que proviniera del exterior quedó sellado detrás de esa puerta.

Ya estaban a salvo, aunque el latir de sus corazones les dijera lo contrario.

― Rose... ¿Tú llevabas las cosas? ―Inquirió Dave, hablando bajo. Tenía miedo hasta de respirar.

― ¿Las importantes? Sí ―contestó ella en el mismo tono.

― Todo lo que podamos tener es importante ―dijo Jade.

― Obviamente ―respondió, aunque no tenía mucho sentido.

Dave se sentía algo perdido. Miró a John, sin darse cuenta, buscando alguna familiaridad que lo reconfortara. John le devolvió la mirada y le sonrió, aunque Dave conocía esa sonrisa: "Nada está bien, pero sonríe de todas formas". Esa sonrisa lo molestaba, pero ahora, por primera vez, ayudaba bastante a tranquilizarle los nervios.

― Bueno... nuestro trabajo no terminó todavía ―sentenció Rose―, hay que seguir revisando si podemos comer algo de lo que haya quedado aquí.

― Yo podría utilizar el horno, si es que aun funciona ―la voz cantarina de Jade, de alguna forma, los serenaba a todos, y aun más su idea.

― Eso sería realmente genial ―asintió Dave―, solo nosotros, cuatro amigos comiendo pan en un día apocalíptico como cualquier otro.

John le dio una palmada cariñosa por su comentario y se dirigió a la cocina con Jade. Los dos rubios se quedaron a inspeccionar el pequeño lugar. Oh, era más chico que la verdulería. De todas maneras, no cabía ni una queja, agradecían por siempre a los puestos comerciales. ¿Qué harían sin ellos? Probablemente, morir de hambre.

― Dormiremos aquí. Uno hará la guardia y si hay algo malo, que despierte a los demás. Si les agarra sueño, por favor, despierten a otro para que siga la guardia. Tenemos que estar atentos. ¿Escucharon ahí? ―Preguntó Rose hablando para la cocina de la panadería.

― Sí ―la voz era de John― pero tenemos problemas aquí.

― John, la cosa blandita de olor rico, se llama "pan". Es lo que venden aquí. Es lo que estamos buscando ―lo molestó Dave.

― Ohhh, ¿En serio? Gracias Dave, realmente aprecio tu ayuda.

― Chicos, es en serio ―se oyó la voz de Jade― no hay ingredientes suficientes como para preparar nada. Ni siquiera masa para comer.

Rose dejó las cosas y fue hacia la cocina. Dave se quedó, por las dudas. Desde donde estaba, podía ver las góndolas de pan. No había masitas o galletas por ninguna parte. Ah, pero llenarse con pan sonaba rico, especialmente porque hace tiempo que no comía de verdad. Tomó una bolsa con la que se vendía el alimento y empezó a meter todo el pan que había. No era mucho, pero lo importante es que había. La comida era lo más preciado, la comida y el abrigo.

Cuando estaba guardando el pan con los demás alimentos, llegaron los demás.

― Buenas y malas noticias, Dave ―John se paró al lado suyo― los hornos nos servirán para calentarnos, pero no podemos hacer comida.

― Hay pan, pan duro ―observó Jade.

― Oigan, yo encontré sopa. Si hay tazones y agua, podríamos calentar...

― ¡Hay agua! ―exclamó la pelinegra, aunque enseguida se tapó la boca al darse cuenta que había subido su voz.

―Perfecto, con que haya un solo tazón alcanza.

― Podemos utilizar los moldes de pan... ―Rose sonrió y todos estuvieron de acuerdo.

― Yo lo hago ―se ofreció Jade.

Su humor había cambiado, su actitud siempre les transmitía optimismo al resto, como Rose transmitía calma, Dave seguridad y John valentía. Cada uno ayudaba a los demás, la mayor parte del tiempo, sin darse cuenta.

Los dos chicos se quedaron a solas y en silencio, algo poco habitual entre ellos. Al final, John sugirió arreglar cómo dormir. Acordaron que las personas del mismo sexo (sean John y Dave, o Rose y Jade) dormirían con la manta grande y quien quedara dormiría solo con la manta chica. Y bueno, alguien haciendo la guardia.

Jade se ofreció a hacer la primera guardia.

― Ya dormí mucho. Igualmente, no creo que pueda dormir esta noche ―aseguró.

Entonces los hombres dormirían juntos. Rose se negó a quedarse con la manta, ofreciéndosela a Jade. Dijo que dormiría cerca del horno, todos en la cocina era mejor. Allí había una puerta que daba al basurero, pero estaba muy bien trancada, a diferencia de la entrada. Jade se quedaría cerca de la puerta por la que entraron, con el rifle, abrigada con la manta. Ah, perfecto. Y más perfecta sería la sopa.

A Dave nunca se le hubiera ocurrido que podía disfrutar tanto de una sopa instantánea. ¡Era puro agua, saborizantes y agua! Y aun así, casi se estremece con solo sentir el calor de aquella maldita sopa. A medida que la consumía, sentía su estómago calentarse con un dulce y familiar recuerdo de cotidianidad. Se permitieron medio pan cada uno para llenar sus estómagos. Nada más. "Hay que racionar la comida..."

A Dave le importa una mierda racionar la comida. Esa sopa sabía como a la mejor cosa del mundo. Bueno, no, sabía a zapallo, ¿Pero a quién le importa?

Se notaba que no era el único que había disfrutado de la comida. De repente sintió un optimismo casi absurdo, pero en ese momento era auténtico, y hasta alegre. Esa noche se fueron a dormir con aquella sensación.

Bueno, Dave debía admitir que era mucho menos incómodo de lo que creía dormir abrazado a su mejor amigo. Nunca había sido fan del contacto físico, pero siempre que venía de parte de John, era bien recibido. Jamás le molestó ningún abrazo que él pudiera darle. Y mucho menos si cada vez hacía más frío... Invierno, que estación más desafortunada para un fin del mundo.

Rose estaba a unos metros, cerca las llamas del horno prendido. Ellos estaban más alejados, más pegados a la pared, juntos y con la manta encima. El lugar permanecía en completo silencio, ni siquiera se oían los constantes quejidos de antes provenientes de la calle. Lo único que podía escuchar Dave eran las acompasadas respiraciones de John. De alguna forma era relajante, porque él ya se había quedado dormido. Parecía tan cansado...

Él también lo estaba. Completamente agotado. Sin embargo, no se sentía capaz de dormir. Sentía que amanecería antes de que pudiera pegar un ojo, así que simplemente se quedó dormitando medio despierto, descansando su cuerpo para lo que fuera a venir al día siguiente.

Hubo momento para sus reflexiones, sí, esas mismas reflexiones que tiene uno consigo mismo cuando no puede conciliar el sueño. Pensó en su hermano muerto, pensó en John, en la forma íntima de su amistad, en los comentarios tontos y sugerentes de Rose al respecto, en Rose, que era una hermana para él, en Jade, su mejor amiga. En lo triste que era pensar que ya no tendría un futuro como el que había planeado, ya no podría ir a conciertos de rap ni mirar basura en la televisión. Extrañaba la televisión. Y el jugo de manzana.

Se equivocó cuando creía que toda la noche se la pasaría de nostálgico.

Lo sobresaltó un ruido. Luego otro. Después, el grito aturdidor de Jade.

Todo sucedió más rápido que su poder de reacción. John estaba medio dormido, al igual que Rose, pero él ya estaba corriendo hacia dónde provino el grito mientras oía uno, dos, tres disparos...

No hubo cuarto disparo.

No hubo ni siquiera a quien salvar. Dave jamás iba quitar la imagen de su cabeza. Supo en ese mismo instante que lo perseguiría hasta la muerte, soñaría con Jade intentando clavar las uñas en el suelo inútilmente, ya que su cuerpo estaba siendo destrozado por incontables zombies. No parecían verlo. Se sentía en un sueño, en un horrible sueño donde todo olía a sangre y juraba que podía saborear el metálico y amargo dulzón sabor de la sangre que manaba de cada herida del cuerpo de su amiga.

No, no se quedó paralizado. Solo necesitó ese segundo para traumatizarse de por vida, por siempre y para siempre.

Los zombies estaban muy ocupados con ella como para prestarle atención, y en el medio de la conmoción y las ganas de vomitar recordó que tenían que salir de este horrendo lugar. Jade ya había dado su último respiro. ¡Estaba muerta, maldita sea! Ya no luchaba, ya se había rendido a ser devorada. De todas formas, aunque hubiera podido salvarla, ella moriría desangrada, o se convertiría en zombie. Pero había personas que podía salvar.

Parecía que todavía seguía estancado en el mismo segundo. Su cabeza daba vueltas, pero pensaba tantas cosas tan rápido que casi lo asustada. No, ya estaba asustado. Aterrorizado. Porque podían morir más. Podía morir Rose, podía morir... dios, John, no.

Al girarse John acababa de ponerse los anteojos y Rose estaba al lado de él.

― Abran la puerta de la cocina ―farfulló, su voz salió más ronca de lo que hubiera querido.

― ¿Y Jade? ―Preguntó John, preocupado.

― ABRAN LA PUERTA.

Rose lo miró con desconfianza pero se puso a destrabar la puerta rápidamente.

―Hay que ayudar a Jade ―John intentó pasar, pero Dave le cortó el paso y lo empujó hacia atrás.

― Agarra las cosas ―le ordenó mientras lo arrastraba hacia atrás y ayudaba a Rose con la puerta. Había que quitar lo que parecía un pestillo enorme.

Nadie se apuró hasta que oyeron los gruñidos del otro lado del umbral. John hizo un ademán de ir hacia allí por su amiga, pero Dave lo sacó afuera mientras Rose tomaba las bolsas.

― ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? ¡Jade...! ―Chilló el pelinegro.

― ESTÁ MUERTA.

Dave observó con angustia cómo sus palabras fueron una apuñalada para sus amigos. Tenía que ser fuerte, también por ellos. Salieron apurados y cerraron la puerta detrás de ellos.

Caminaron en fila, al frente Dave, atrás John, con paso desganado, pero nunca lento. Esquivaron zombies, se pegaron a la pared, se metieron en los escondrijos más oscuros, sortearon ruinas, saltaron muros... todo en silencio. No pararon, a pesar de que el amanecer se había ido hace mucho tiempo, llevándose al mediodía con él. La tarde era fresca como la estación y el hambre era un enemigo que perseveraba, negándose a irse por sí solo. Ah, pero la comida era escasa.

Recién se detuvieron cuando ya estaban agotados, a media tarde. Nadie quiso decir nada. Pasaron un largo rato sentados adentro de la recepción de un banco, que tenía la mayoría de las paredes de vidrio hechas añicos en el suelo. Al entrar, tuvieron que tener mucho cuidado de no pisarlos, ni de cortarse.

Al final, John no aguantó.

― ¿Por qué? ―Murmuró apenas audible. Al no obtener respuesta, continuó con sus preguntas retóricas para sí― ¿Por qué ella? ¿Por qué tenía que ser ella?

― John...

Dave quiso no haberse estancado en su nombre. Pero no tenía nada que decir. Realmente, no sabía cómo expresar lo que sentía, toda esa angustia estancada en su pecho no tenía nombre.

No importaba que no tuviera ni una sola cosa por decir. John necesitaba que alguien le dijera algo, aunque no tuviera contenido. Dave sabía lo que quería escuchar.

― John, mira. No pude hacer una jodida mierda por ella, y admito que me sentí y me siento impotente. Yo... ―Se mordió el labio, porque quería decirles que todo iría bien, pero no le daba la cara para mentir.

Miró a Rose, buscando apoyo. Eso no serviría para nada. Ella estaba mirando a la nada con los ojos vidriosos, la mirada perdida. Tenía tal aspecto de muerto que le daba miedo que la hubieran mordido aquellas porquerías, pero él estuvo con ella todo el tiempo así que sabía que no fue así.

Dejó de pensar que contaba con su ayuda. Volvió su atención a John... y se le partió el alma.

Pudo sentir la misma impotencia que con Jade. Esa fría hoja metálica, más helada que la de su espada, más afilada que la misma; la sentía atravesándole el pecho, y no moría, sino que vivía con ella. Es lo que sentía ahora al ver llorar a su mejor amigo.

Apretó los dientes con fuerza. Sí, por supuesto que le surgía de adentro ese sentimiento de "¿Por qué no me asesinaron a mí también?". Pero, ni siquiera sumado al sentimiento de la espada podían hacerlo llorar. Por más extraño que fuera, no sentía la pérdida de su amiga en este momento. Era como si ella fuese a aparecer en cualquier momento tras los vidrios rotos, diciendo que se perdió, que tuvo que ayudar a un perrito en apuros, que por qué la dejamos sola y no la esperamos. Pero ellos estaban ahí cuando ella murió. Él fue quien la vio intentando dar una bocanada más de aire, luchando por algo que ya no tenía remedio.

No era propio de él. Para nada. Un Strider es frío a contactos, que los demás demuestren su debilidad no significaba que él debiera hacerlo. Era un gesto que había aprendido de su hermano... otra persona que se había perdido por las calles para no volver nunca más. Como fuere, por lo que fuere, en la situación que fuere, Dave abrazó a John.

Por primera vez en todo este tiempo, le dieron ganas de llorar. No lo hizo. Pero John sí... oh, John. Quiso acariciar su cabello y susurrarle al oído, ya, ya, todo está bien ahora. Todo eso se extralimitaba de su personalidad, así que por supuesto que no. Además, nada estaba bien ahora.

Fue raro cuando Rose apoyó su cabeza en su espalda. Como abrazaba a su amigo, no se dio cuenta que la había dejado de lado. Rose tampoco era tan afectiva en el sentido de contacto físico, pero hoy era un día demasiado triste.

Hoy debían estar juntos. Tan juntos como para ser cuatro personas, aunque fueran tres.

― Ella va a estar bien ―Masculló Rose―, ella ya no sufrirá todo esto.

De alguna forma, eso tranquilizó a Dave. Tenía razón. Jade era la última persona que pertenecía a este lugar, en este tiempo apocalíptico. Ella tendría que estar paseando por prados, no corriendo entre escombros. Ella hubiera sufrido más que nadie. Intentó consolarse así, pero seguía aquel sentimiento de la espada.

No importa qué tan malo pudiera haber sido para ella, los tres la querían allí. Ahora estaban incompletos.

Ahora todo era un verdadero desastre.

Apretó a John entre sus brazos, oyendo su quejido de pena en respuesta.

No volvería a bajar la guardia nunca más. No dormiría nunca más en la vida si eso era necesario para mantenerlos a salvo a John y a Rose.