10. La espada mágica

Esa mañana, Íñigo y Aurora se despidieron del capitán William Drake, en términos amables pero algo fríos, y pisaron por fin tierra Inglesa.

Si durante su viaje en el barco había sido Íñigo el que evitara hablar con Aurora, ahora, que habían desembarcado en su destino, era ella la que permanecía sumida en un obstinado silencio.

A pesar de la insistencia de Íñigo, William no le había querido contar nada de lo ocurrido entre ellos (aludiendo a que lo que pasaba en el camarote del capitán se quedaba en el camarote del capitán) y el español no se atrevía a preguntarle directamente a la maga. Así que caminaba a su lado, cada vez más atribulado por sus oscuros pensamientos y su dolor de cabeza, y sintiéndose el hombre más miserable de la tierra.

Además, ¿por qué demonios se había tenido que emborrachar? ¿Acaso no tenía ya bastantes cosas que le hiciesen sentir mal con la situación, para añadir también la resaca? Y encima, no tenía ni idea de qué había hecho o dicho la noche anterior. Todo había desaparecido de su memoria a partir de llevar media botella en el gaznate. ¿Y si Aurora no le hablaba porque él dijo o hizo algo inapropiado? Aunque, seguramente no. Para su desgracia, Íñigo sospechaba que la maga había estado muy ocupada con su amigo William… ¡Si tuviese valor para preguntarle sobre eso! Pero, ¿Cómo justificar su interés? Se supone que a él debería darle igual qué había pasado o dejado de pasar… ¡Vamos! ¿A quién pretendía engañar? Desde hace un tiempo, había empezado a sentir algo por ella… ¿Para qué seguir negándoselo a sí mismo? Aunque ahora ya daba igual… ¡Maldita sea!

Fue una suerte que Aurora no le estuviese prestando atención mientras caminaban, porque Íñigo suponía que su cara era todo un poema. Y mientras, se sentía cada vez más desgraciado, dando vueltas y más vueltas a su actual situación.

Sin embargo, en cuanto dejaron lo bastante atrás el muelle como para no ver los mástiles de los barcos, ella se detuvo y, volviéndose hacia él, le miró fijamente. Entonces, para sorpresa de Íñigo, habló en los siguientes términos:

-Vamos a hacer que lo del barco no ha sucedido y a empezar de cero, ¿de acuerdo? Y... no quiero hablar de lo que pasó anoche… –Entonces extendió la mano hacia él. -¿Te parece bien?

Íñigo la miró, frunciendo el ceño. "¿A qué se supone que se refiere? ¿Qué ha ocurrido en el barco?", se dijo a sí mismo con el estómago encogido. Sin embargo, tras un breve instante de duda, decidió que no tenía sentido seguir torturándose. Lo mejor era firmar esa paz que ella le ofrecía, sin hacer más preguntas. Era lo único que le quedaba… Así que estrechó su mano levemente.

Ella sonrió con brevedad. Pero cuando echaron a andar, parecía bastante aliviada. Lo cierto es que se había sentido fatal al ver tan mal al español la noche anterior, totalmente borracho. No quería que Íñigo se sintiese incómodo con ella, aunque no llegaba a comprender lo que le pasaba realmente. ¿Tal vez estaba celoso por su amistad con William? No, seguro que no podía ser eso… ¡Con gusto le habría contado lo que opinaba del capitán inglés, si no se sintiese ligeramente avergonzada! Porque, al fin y al cabo, puede que ella hubiese tenido parte de la culpa en lo ocurrido la noche anterior en el camarote, al aceptar que les trajese en su barco hasta Inglaterra. Por que, seguramente, si ella no se hubiese sentido obligada a ser tan amable con él, tal vez William no se habría tomado esas libertades… Pero, ¿Y por qué el espadachín había estado tan raro durante el viaje? Es más, ¿por qué habrían discutido él y el inglés? Porque estaba segura de que eso estaban haciendo ambos hombres cuando ella entró en el camarote la noche anterior. Seguramente, pensaba Aurora sintiéndose terriblemente mal por ello, también había tenido la culpa de eso. Puede que Íñigo se sintiese en compromiso entre ella y William. Tal vez se había visto forzado a defenderla frente a su amigo inglés o algo así. ¿O quizá lo que le molestó es que ella pareciera hacerle demasiado caso a William, después de todo? Pero eso no tenía sentido... Aurora suspiró, apartando la mente de todos esos molestos razonamientos. Definitivamente, debía admitir que no se le daban bien las relaciones. Sus amistades hasta ahora, habían sido muy limitadas en Ávalón. "Además," Se dijo, sintiéndose furiosa consigo misma. "en estos momento debería tener otras cosas en mente. ¡Cosas más importantes!".

Aún así, al cabo de un rato, se sintió obligada a decirle algo más a su acompañante:

-Puede que no te lo creas Íñigo, pero aprecio mucho tu ayuda en esto… -Comentó con sinceridad, para luego añadir: -Eres un gran amigo.

Él apretó los dientes sintiéndose repentinamente frustrado. Amigos, sí. Pero algo en su interior le decía que con eso no le iba a seguir bastando por mucho tiempo. Sin embargo, desechó ese pensamiento, bajó los ojos y asintió.

-Gracias, Aurora. –Murmuró después, aparentemente calmado, mientras el corazón parecía encogérsele en el pecho y se le hacía un doloroso nudo en la garganta.

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El barco en el que Fezzik y los demás viajaban había recibido el curioso nombre de Cangrejo Azul. Pero aparte de una representación de este molusco en el mascarón de proa, era una embarcación tan vulgar y corriente que apenas quedaba recuerdo de ella en la mente de los que lo veían. Además, para evitar atraer sobre ellos más atención de la necesaria, no viajaban con ninguna bandera conocida. Era casi como un barco fantasma.

Partieron del puerto principal de la Isla de la tortuga a primera hora de la mañana siguiente, tal como habían planeado y viajaron sin ninguna incidencia notable hasta llegar a la costa de Terranova, donde les sorprendió una gran tormenta que les obligó a refugiarse en tierra durante más de una semana.

Fezzik estaba desesperado, aunque se obligaba a permanecer tranquilo. Algunas noches tenía horribles pesadillas en las que Íñigo le pedía ayuda y él no era capaz de acercarse a él para prestársela. Hacía tantos años que estaban juntos que, sin el español, se sentía muy sólo. Lo único que paliaba esos funestos sentimientos era la proximidad de Rose. Por su parte, la muchacha había descubierto que le gustaba navegar. Y a pesar de su aspecto frágil, adoraba las aventuras, por lo que estaba disfrutando tremendamente del viaje. A esto se añadía además que, como su padre pasaba el tiempo encerrado en el camarote entre papeles y notas, ella buscaba con frecuencia la compañía del gigante. Le encantaba que este le hablase de sus aventuras y podía estar oyéndole durante horas. Y también adoraba jugar con él a las rimas. A Fezzik se le daba muy bien rimar, Íñigo siempre se lo había dicho...

Cuando el Cangrejo pudo volver a navegar, emprendieron nuevamente el viaje a la Isla del hielo. Afortunadamente, habían planeado el viaje de manera que llegaron en una época en que el clima no supuso demasiado problema. Desembarcaron en el sur de la isla y el profesor, Rose y Fezzik abandonaron nuevamente el barco, buscando alguna pista sobre La muerte del mar. Finalmente, algunos de los aldeanos que encontraron, les hablaron sobre un ermitaño que podría saber algo sobre ese tema. Valnyrd, que así se llamaba este misterioso hombre, vivía en una solitaria cabaña, en un páramo al norte de la isla.

-Tal vez deberías volver al barco... –Le propuso Silverian a Rose. Sin embargo, esta no quiso ni oír hablar del tema.

-¡Fezzik cuidará de mí! -Respondió ella sonriendo al gigante. Este se sonrojó levemente, asintiendo encantado.

Y así, al día siguiente, partieron los tres en busca de Valnyrd.

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-Este es el lago, sin duda... -Anunció Aurora señalando hacia delante. Habían coseguido unos caballos para el viaje y les espolearon, bajando al trote la suave cuesta hasta la orilla.

-¿Y ahora qué?... -Preguntó Íñigo contemplando el agua con aprensión. Tenía un mal presentimiento. Aurora le miró de reojo sin saber qué decir. Estaba segura de que la Dama del Lago andaba cerca, pero no se le ocurría cómo dar con ella.

-No sé, llamémosla... -Propuso finalmente, encogiéndose de hombros. Y se echó hacia delante en su montura para gritar el nombre. -¡Nimue! Hemos venido a verte... ¿Dónde estás?

Al principio no pasó nada. Aurora se mordió el labio inferior con nerviosismo, sin dejar de mirar hacia el agua fijamente. Pasado un minuto, se llevó las manos a la boca y volvió a gritar su nombre.

-No creo que sea tan fácil... -Murmuró el español con pesimismo, revolviéndose inquieto.

Pero en ese momento, el agua del lago pareció agitarse como formando olas, aunque el aire estaba totalmente en calma, y vieron que emergía lentamente una figura humana del agua. Esta escurrió de su cuerpo y tanto ella como sus ropas se secaron al instante. Obviamente, debía ser cosa de magia. La mujer, pues eso es lo que parecía, caminó por encima de las aguas, y les sonrió enigmáticamente, al quedar inmóvil cerca de la orilla, frente a ellos.

-Por el alma de mi padre... ¡es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! –Musitó Íñigo, que no podía apartar los ojos de ella. Sentía que sería infeliz en el momento en que dejase de verla.

Aurora se volvió a medias hacia él, frunciendo el ceño con enfado, pero se obligó a no decirle nada. En lugar de eso, descabalgó y caminó hacia Nimue.

-Soy Aurora, la discípula de Circe. Vengo de Ávalon para que me des a Excalibur. -Exigió sin más. La Dama del Lago la miró unos instantes antes de echarse a reír. Su fina risa sonaba como de cristal, pero tenía un cierto aire burlón que enfureció aún más a Aurora. Así que gritó rabiosa. -¡Si no me la das, te la quitaré!... La necesito y no me iré sin ella.

Nimue renovó sus burlonas carcajadas. Cuando finalmente pareció más calmada, hizo un gesto con la mano, como si se limpiase una lágrima del ojo, y habló por primera vez con su voz cristalina y fría.

-Veo que tu maestra no te ha enseñado a tener respeto por los que son más sabios y poderosos que tú. ¡Eso habrá que arreglarlo, joven maga! -Estrechó sus ojos azules con frialdad y Aurora no pudo evitar un escalofrío.

Pero en lugar de atacarla, como había supuesto que haría, la bella mujer miró hacia dónde estaba Íñigo, aún montado en su caballo.

-Mi querido caballero… ¿No querríais acompañarme a mi palacio, en el fondo de este lago? –Dijo, sonriéndole encantadoramente. Pero Aurora pudo ver un brillo cruel en sus ojos, que la dejó helada.

Íñigo descabalgó al instante y empezó a andar hacia el agua sin hacer caso de Aurora. Era como si la maga no estuviese allí, para él sólo existía la insinuante Nimue.

-¡Íñigo, despierta! –Gritó Aurora con cierta desesperación, al ver que el español se dirigía directo al agua. Mientras, Nimue seguía sonriendo sin dejar de mirar a su presa.

-¡Ahora es mío, joven maga! Y pienso ahogarle, para que aprendas a respetar a tus mayores… -Las cortantes palabras de La Dama del Lago estaban llenas de resentimiento y frialdad. Al oírlas, a Aurora no le cupo duda alguna de que Nimue llevaría a cabo su venganza sin vacilar. Así que avanzó desesperada hacia Íñigo para detenerle, ahora que el agua había empezado a lamerle las botas.

-¡Íñigo, por favor!… ¡DESPIERTA! –Insistió, agarrando al español por los brazos y agitándole con brusquedad. Pero los ojos de este seguían como nublados y lucía una plácida y tonta expresión de somnolienta felicidad. Así que, aún cogido por Aurora, siguió andando lentamente hacia el interior del lago, arrastrándola también a ella.

Una vez más, la cruel risa de Nimue llegó a los oídos de la desesperada Aurora.

-Yo que tú le soltaría. Al menos, si no quieres ahogarte con él… -Comentó fríamente La Dama del lago.- ¿Sabes que mi hechizo fue efectivo incluso con el gran mago Merlín?... ¡No sé cómo vas a evitarlo tú, que apenas eres una aprendiz! –Finalizó en tono despectivo.

Aurora se sentía cada vez más desesperada. Algo había oído en Ávalón, sobre la aventura de Merlín con esta peligrosa mujer. Se decía que, a pesar de ser un mago muy poderoso, había caído en sus manos como si se tratase de un chiquillo indefenso. Al final, el propio Aquelarre hubo de intervenir en su favor, para que Nimue consintiera en liberarlo de su hechizo… ¿Cómo podría ella romper ahora el que atrapaba a Íñigo? Pero... ¡No podía permitir que le pasase nada malo!

El agua ya les llegaba por encima de las rodillas a ambos, mientras Aurora intentaba arrastrarle fuera, sin éxito. Entonces, la maga actuó a la desesperada.

"¡Ahora o nunca!", se dijo a sí misma. Y abrazó al español para darle un beso en la boca.

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Dos días después de que el Dragón de William tocase tierra en Inglaterra, llegaba, casualmente al mismo puerto, un pequeño velero. El sombrío joven que viajaba en él hizo sus pesquisas y se enteró, con evidente disgusto, de que la joven y el espadachín español se le habían adelantado.

Valkian se volvió rabioso hacia la sombra.

-¿Y qué haremos ahora? –Murmuró con fría desesperación.

La sombra avanzó levemente hacia él y pareció hacerse más negra y corpórea.

-Puede que no consigan a Excalibur…

Valkian sonrió irónico, a su pesar.

-¡No cuentes con ello! Seguro que Aurora tiene muchos recursos…

Entonces la sombra pareció volverse hacia su espalda.

-Pues habrá que informarse... ¿Sabes mago?, estar muerto tiene sus ventajas. Puedo ir a espiarles y así te podré decir qué ha pasado. Espérame aquí…

Y, simplemente, se desvaneció delante de los ojos de Valkian, como si nunca hubiese existido.

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De todos, no sólo de los magos, es sabido el poder mágico que posee el amor. De hecho, el amor verdadero puede incluso traer a los hombres de la muerte… El propio Íñigo lo había comprobado con Westly, hace años.

Y un beso es la representación más perfecta de la magia de ese amor. No era sólo cosa de los cuentos que, gracias a los besos, las ranas se convirtiesen en príncipes y las bellas durmientes despertaran, después de más de mil años de malos sueños.

Aurora sabía eso. Y también, que no quería perder a Íñigo por nada del mundo… Así que le besó en los labios, sintiendo que el mundo podía detenerse en ese instante.

-¡QUÉ HACES! –Gritó furiosa Nimue, a su espalda.

Al principio, Íñigo se quedó totalmente quieto. Pero luego, como dejándose llevar, la rodeó también con sus brazos. El beso entre los dos pareció durar eternamente.

Cuando por fin separaron sus labios, se quedaron mirándose a los ojos, aún enlazados con los bazos.

-¿Has… has vuelto? –Preguntó ella en un susurro.

-Sí. –Respondió él, algo vacilante. –Eso creo.

Ella le sonrió con infinito alivio.

Entonces oyeron que alguien aplaudía a su espalda y se volvieron los dos hacia Nimue. La Dama del Lago aún conservaba su fría sonrisa, pero ahora había algo más en sus ojos, que era difícil de interpretar. Quizá se tratase de reconocimiento hacia Aurora. O sólo sorpresa, por no haber conseguido salirse con la suya finalmente.

-¡Enhorabuena, joven aprendiz! Puede que esto sea divertido, después de todo… - Y sin añadir nada más, se arrojó al agua del lago con un grácil salto, desapareciendo rápidamente en sus profundidades.

-¡Maldita sea!… -Aurora se separó de Íñigo para seguirla, pero este alargó la mano intentando detenerla.

-¡Espera!… ¡Te ahogarás ahí dentro! –Sus palabras estaban teñidas de temor.

-No te preocupes… Recuerda que soy maga. –Dijo ella guiñándole el ojo y sonriéndole con ánimo. Después, apretó su mano brevemente, antes de volverse hacia donde había desaparecido La Dama y saltar a su vez al agua, tras ella.

-Volveré enseguida… -Fueron las últimas palabras que llegaron a los oídos de un confundido y temeroso Íñigo. El español ni siquiera salió del agua. Se quedó mirando ansiosamente hacia la superficie del lago, intentando captar cualquier cosa que pasase bajo sus aguas. Sentía el estómago encogido y su garganta parecía haberse estrechado tanto, que era incapaz de hacer sonido alguno y, mucho menos, de tragar saliva. Sólo podía pensar en ella. Y en el miedo que le daba perderla…

Nunca supo a ciencia cierta cuánto estuvo esperando, consumido de ansiedad, a que Aurora saliera del agua. A Íñigo le parecieron años.

Pero, finalmente, vio que el agua se agitaba levemente ante él y una mano sacaba una espada algo herrumbrosa. Y detrás de esta, vino Aurora, que era la que la estaba sosteniendo. Parecía que la joven maga estuviese totalmente extenuada. Dio un par de pasos vacilantes hacia él, pero antes de llegar a su lado, tropezó y cayó. No obstante, Íñigo consiguió sostenerla, antes de que tocase el agua. Aún así, ella se las arregló para seguir agarrando fuertemente la empuñadura de la espada y no dejarla caer.

-¿Estás bien? –Quiso saber Íñigo intranquilo, mientras la estrechaba con fuerza contra él. -¿Te ha herido esa mujer?

Aurora sonrió con infinito cansancio, mientras negaba lentamente con la cabeza. Apenas tenía fuerzas para hablar, tan sólo consiguió murmurar con vacilación:

-Lo hemos conseguido… Ahora, necesito… descansar. –Y entonces se desmayó. Íñigo la sostuvo cuidadosamente en sus brazos y la alzó para llevarla a la orilla. A ella y a la espada que había conseguido arrebatarle a Nimue.

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-Como temías Valkian, ellos han conseguido la espada… Pero no veo por qué, cuando llegue el momento, no podemos arrebatársela.

La voz susurrante confirmó sus peores temores, pero también, sus propias esperanzas. Ya había pensado en la posibilidad de quitarles la espada a Aurora y a ese espadachín que le acompañaba.

-En la guerra todo vale, para conseguir la victoria. –Dijo Valkian con frialdad, mientras sonreía. Y lo cierto es que era tremendamente difícil ganar a quién estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por proclamarse el campeón. Su maestra se lo había enseñado hace años. –Esto sólo nos ha ahorrado el esfuerzo de arrebatarle a Nimue la maldita espada. ¡Incluso deberíamos estarles agradecidos, de que nos hayan evitado la molestia!…

Y se echó a reír, mientras, su sombrío compañero le miraba en completo silencio. Pero en su mente, acompañó al joven mago con unas frías carcajadas que adelantaban su propio y cercano triunfo personal.

(Continuará)


PD: Os confieso que me costó bastante escribir la primera parte de este capítulo, en la que tanto Íñigo como Aurora, intentan aclararse a sí mismos sus propios sentimientos... ¡Espero que no haya quedado demasiado liado! (Bueno, en realidad algo de lío sí, pero un poquito je je je... ¡Porque es exactamente como ellos se sienten en ese momento!)

Y bueno, ¿qué os ha parecido esta declaración de amor en plena regla por parte de Aurora?... Es curioso que, a veces, no confesemos nuestros sentimientos hasta que nos vemos forzados a ello, ¿eh? Je je je

De todas maneras, nadie ha dicho que todo vaya a ser fácil para ellos a partir de aquí… ¡La vida no es un camino de rosas, ni siquiera cuando estás enamorado! (Y si no, que se lo digan a Westly y Buttercup… O peor, ¡A Romeo y Julieta!) ^_^

Por cierto, todo mi agradecimiento a Valdemar: tanto por seguir esta historia desde el principio y mandarme unos magníficos Reviews (¡que sepas que me animan un montón!), como por ser, a su vez, una gran escritora y creadora de historias... ¡Y a mí, me encanta leerlas! je je je

Y una mención especial a Ginevre: Amiga mía, cuando leas este capítulo, espero que estés bien y animada... ¡Un beso enorme (de oso) y mucha energía positiva para ti!

Hasta el próximo capítulo...

Cirze