CAPÍTULO 10:
La sensación de soledad que embargó a Emma cuando llegó por fin a Oxford es algo que ella no le deseaba ni a su peor enemigo. Era consciente de que ella misma había tomado esta decisión y estaba segura de que a largo plazo sería muy enriquecedora y todo eso, pero no podía evitar sentirse perdida.
Miró una vez más el papel con la dirección de su nuevo apartamento. Cuando habló por teléfono con la agencia desde casa le habían dicho que compartiría piso con otras dos personas. Emma esperaba que fueran gente normal, con la que fuese fácil convivir y no ningún loco.
Tomó un taxi y le dio la nueva dirección, nerviosa por llegar y ver a qué tendría que enfrentarse durante estos seis meses. El taxista la dejó justo enfrente del portal y Emma salió con paso decidido, su maleta haciendo ruido detrás de ella contra el pavimento de la acera. Tomó aire y tocó el timbre un par de veces, esperando a que alguien le abriese la puerta.
Pasados unos treinta segundos, ésta se abrió dejando paso a un chico más o menos de la edad de Emma, alto, bastante fornido en relación a otros chicos de su edad y de ojos azules.
-¿Puedo ayudarte en algo? – dijo con un denso acento inglés.
- Eh… - comenzó Emma nerviosa. – Soy Emma, me han dicho que aquí es donde viviré los próximos seis meses.
- ¡Ah! – exclamó él dándose cuenta. – Eres la alumna yanqui – dijo con una sonrisa. - ¡Pasa, pasa! Te estábamos esperando. Yo soy August.
- Encantada – contestó ella extendiendo la mano hacia él, la cual aceptó y estrechó de forma amistosa.
- Por aquí – dijo él abriendo de par en par la puerta para dejarla entrar.
Caminaron por un largo pasillo y August le iba explicando dónde quedaba todo: la cocina, el baño, el salón, el lavadero… hasta que finalmente giraron y señaló a la última puerta:
- Ésa es tu habitación – dijo. – Si quieres, te daré un tiempo para que te instales y puedes ayudarme a hacer la cena para cuando venga Ruby en un rato – añadió. – Es nuestra otra compañera de piso – agregó dándose cuenta de que Emma no tenía idea de quién era Ruby.
- Vale – contestó ella, agradecida por el buen rollo que se respiraba de momento. – Enseguida te ayudaré. Sólo tengo que avisar en casa de que estoy bien y esas cosas.
- Claro – dijo él comprensivo. – Ten, la contraseña del WiFi.
Emma entró en su habitación y lo que vio le gustó. No era muy grande, pero estaba segura de que podría hacerla suya. Era acogedora y muy luminosa. En la ventana había un pequeño balcón. Abrió la puerta que comunicaba con él y salió un momento para apreciar las vistas. Sí, definitivamente podría acostumbrarse.
Ya más tranquila, sacó el portátil de su bolso y se dispuso a hacer las llamadas de rigor. Esperó impaciente a que el Skype conectara y enseguida, se vieron las caras de sus dos hermanos pegadas a la webcam.
- David, si no te alejas un poco, sólo veré los agujeros de tu nariz – dijo Emma riéndose.
- ¡Oh! – dijo él alejándose. – Perdona, pensé que aún no había conectado – añadió soltando una carcajada también. - ¿Qué tal?
- Acabo de llegar a la que será mi casa durante estos seis meses. Está muy bien. Me esperaba algo mucho peor.
- ¿Has conocido ya a tus compañeros?
- A uno de ellos. Se llama August y por el acento es de aquí. Me ha dicho que la otra chica que vivirá con nosotros se llama Ruby, pero aún no está aquí en casa.
- ¿Y tú estás bien? ¿Seguro?
- Un poco abrumada – confesó ella. - Cuando bajé del avión, me temblaban hasta las piernas, pero ahora ya estoy mejor – añadió.
- Bueno, pues disfruta la experiencia al máximo, hermanita, pero por favor – dijo David con mirada suplicante. – Llama todos los días para saber que todo va bien, ¿vale?
- Eso está hecho – contestó ella parpadeando muy rápido para evitar que las lágrimas cayesen. – Os quiero mucho.
- Y nosotros a ti, hermanita – respondió David antes de finalizar la conexión.
Cerró el portátil y decidió que a Killian lo llamaría en un rato, cuando pudiese hablar largo y tendido con él. No quería tener una conversación rápida de dos minutos. Sin embargo, para que no se preocupara, aunque estaba seguro de que el cotilla de su hermano ya le habría soltado todo lo que acababan de hablar, le mandó un WhatsApp:
E: Ya he llegado. Todo perfecto. Te llamo a la noche (mi noche). Te quiero.
Bloqueó la pantalla del teléfono y salió hacia la cocina para ayudar a August con la cena. Allí estaba él con un delantal de estos con dibujitos simpáticos mofándose del cocinero, mientras le daba vueltas a una olla.
- Bueno, ¿en qué puedo ayudar?
- ¿Podrías picar estas cebollas y estos pimientos?
- Claro – dijo ella remangándose para ponerse manos a la obra. - ¿Qué vamos a cenar?
- Un guiso de carne. No eres vegetariana, ¿verdad? – preguntó él poniendo cara de terror. – Porque sería una gran metedura de pata no haberte preguntado antes.
- No – respondió Emma riéndose a carcajadas. – Puedes estar tranquilo. Como carne.
- Perfecto – dijo él con una sonrisa. – Entonces esto te va a encantar.
Después de un rato de conversación fácil acerca de tonterías, se escuchó la puerta de entrada, indicando que Ruby acababa de llegar. Unos pasos se acercaron poco a poco a la cocina, hasta que se escuchó una voz femenina:
- ¡Pero qué bien huele! – dijo cerrando los ojos. – En momentos como éste es cuando me alegro de vivir contigo.
- ¿Sólo me quieres por mis dotes culinarias? Me ofendes – contestó él sin levantar la vista de la olla. – Ruby, ésta es Emma, nuestra nueva compañera de piso.
- ¡Emma! – exclamó ella rodeándole efusivamente el cuello con los brazos. - ¡Estaba deseando que llegaras! ¡Qué bien tener otra chica en casa! La testosterona me estaba asfixiando – dijo guiñándole un ojo a August.
Siguieron cocinando y hablando. La verdad que Emma se lo estaba pasando bien, eran gente muy simpática. Después de cenar y de ver un rato la televisión, con la excusa del "jet-lag", se despidió de ellos hasta mañana y entró en la habitación.
Lo primero que hizo fue mirar el teléfono y enseguida vió que Killian había contestado.
KJ: Yo también a ti. Espero tu llamada.
Cogió rápidamente el portátil y con los dedos temblorosos, pulsó el botón de llamada. Ni bien pasados cinco segundos, Killian aceptó la llamada y su preciosa cara apareció en la pantalla.
- Hola… - susurró ella con una sonrisa.
- Hola, amor – dijo él estirando la mano hacia la pantalla, como si estuviera acariciándole la cara. – Te acabas de ir y ya te echo de menos.
- Y yo a ti – respondió ella, sonrojándose un poco. - ¿Qué tal?
- Todo como siempre. ¿Y tú?
- Pues mi apartamento es muy bonito, tiene unas vistas impresionantes. ¡Te encantaría! Y mis compañeros son muy majos también. Él se llama August y es de aquí y ella se llama Ruby y creo que es alemana. Parecen buena gente.
- ¿Vives con un chico, Swan? – preguntó él frunciendo el ceño y jugando con uno de los bolígrafos de su mesa.
- Vivo con un chico, Killian – repitió ella, mofándose de él con una sonrisa. – Pero no te preocupes. Juntos, pero no revueltos.
- Más te vale – dijo él con una sonrisa pícara. - ¿Y ahora qué haces?
- Me acabo de meter en la cama, el "jet-lag" me está matando.
- ¿Estás en la cama? ¿Cuál de tus preciosos pijamitas llevas puesto? – dijo él con la voz un poco ronca, mientras ponía su característica sonrisa de lado.
- Ya te gustaría saberlo – respondió ella juguetona también.
- Y tanto… - susurró él. - ¿No me vas a dar ninguna pista?
Emma se quitó la sudadera que llevaba puesta, quedando a la vista la camisa celeste con la que había dormido en L. A, en el que había sido el mejor fin de semana de su vida.
- Dios… - gruñó Killian. – Ahora que sé que estás durmiendo con mi camisa… ¡Eres cruel conmigo!
Emma comenzó a reírse a carcajadas y se tumbó de lado en la cama, con el portátil enfrente de ella.
- ¿Tienes sueño? – preguntó él mirándola dulcemente.
- Mucho… Estoy agotada, el viaje es un palizón – dijo ella bostezando. – Pero quiero hablar contigo – añadió. – Tienes una voz muy relajante.
- Me quedaré aquí hasta que te duermas, amor – dijo él echándose hacia atrás en lo que parecía la silla de su despacho. - ¿Sabes? Este despacho no es lo mismo sin ti por aquí, peleándote con mi impresora y con la fotocopiadora…
- ¡Ja, ja! – dijo ella fingiendo que se reía. – Eres muy gracioso, Killian – añadió enterrando la cabeza contra la almohada.
Después de un par de minutos de silencio, en los que se miraban a los ojos a través de una pantalla, Emma habló y con voz temblorosa, dijo:
- Te echo mucho de menos. Me encantaría que estuvieses aquí…
- Y a mí me encantaría poder estar ahí contigo – dijo él pasándose la mano por el pelo. – Muy pronto.
- Muy pronto – repitió ella antes de quedarse profundamente dormida.
Killian desde su sitio en la oficina, acarició una última vez la pantalla y se desconectó del Skype. Al cerrar el ordenador, le escribió un mensaje:
KJ: Eres monísima durmiendo, pero incluso por Skype, ¡roncas! Te quiero.
Cuando Emma se despertó ya por la mañana al ir a clase, vio el mensaje y soltó una carcajada, al tiempo que arrugaba la nariz, sin estar de acuerdo con lo que Killian ponía.
E: Las princesas no roncamos.
Se metió en la ducha y se vistió rápidamente, nerviosa ante su primer día de clase. Esperaba que todo saliese bien.
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Habían pasado dos meses desde que Emma había llegado a Oxford, y cada vez estaba ya más acostumbrada a la gente y al ambiente. Además de sus compañeros de piso, se había hecho muy amiga de una chica escocesa llamada Mérida y de otro chico americano como ella que se llamaba Arthur.
Sin embargo, seguía echando de menos a su familia y a Killian. Sobre todo a Killian. La distancia les estaba costando cada vez más, ya que ambos estaban muy ocupados y no podían hablar todo lo que querían. Alguna vez incluso, esto había provocado pequeñas discusiones entre ellos. Nada grave, pero que poco a poco ella notaba que iba haciendo mella en la relación. Algo que Emma no quería que pasase.
Su portátil comenzó a sonar, indicando una llamada entrante por el Skype. Era él. Emma suspiró y se recolocó el pelo, antes de aceptar la llamada.
- ¡Hola! – exclamó Emma un poco preocupada. - ¿Cómo es que llamas tan temprano? Ahí debe de ser todavía de madrugada.
- No podía dormir – contestó él desde la cama, con el pelo todo revuelto.
- ¿Qué te pasa?
- Nada – respondió él sonriendo brevemente. – Sólo quería verte.
- Killian... Te conozco – dijo Emma. – Cuéntame qué te pasa.
Se escuchó alguien llamar a la puerta de la habitación de Emma. Tanto Killian como ella miraron hacia la fuente del sonido. Era August.
- Emma, ¿ayer a la noche me olvidé aquí mi sudadera azul?
- Eh… - dijo ella levantándose. – Sí, la apoyé ahí en mi mesa – señaló.
- Oh, gracias – respondió él con una sonrisa. – Perdón – dijo de repente. – No sabía que estabas con el Skype. Ya te dejo a solas – añadió saliendo de la habitación rápidamente y cerrando la puerta con suavidad.
- Ya estoy aquí otra vez – dijo Emma sentándose de nuevo en la cama.
Killian la miraba con la mandíbula apretada y Emma vio que se avecinaban curvas.
- ¿Killian?
- ¿Por qué está su sudadera en tu habitación?
- Porque ayer estuvimos viendo una película aquí con el ordenador – contestó Emma muy calmada, tratando de no alterarse.
- ¿Los dos solos? – preguntó él de mal humor.
- No, con Ruby también – replicó Emma comenzando a cabrearse.
- Ya, claro – dijo él con un tono de voz que demostraba que no se lo creía.
- ¿Qué pasa? ¿No me crees? – preguntó ella ofendida. – Porque si no confías en mí, esto no va a ningún lado.
- Emma, no es eso… - dijo él revolviéndose aún más el pelo.
- Porque te recuerdo – comenzó Emma, ahora ya del todo enfadada. – Que no soy yo la que tiene novio. ¿Has hablado con Tink?
- Aún no – respondió él con un hilillo de voz, sin mirar directamente a la cámara.
- Perfecto – masculló Emma. – Y aún así tienes las narices de portarte como un novio celoso conmigo. No tienes derecho, Killian.
- Emma…
- Tengo que irme a clase – dijo ella, haciendo ademán de cerrar ya el ordenador.
- ¡Espera, por favor! – le pidió Killian. – Lo siento. Es sólo que no aguanto tenerte lejos, Emma. Apenas como, apenas duermo, me paso el día pensando en ti…
- ¿Y te crees que yo no pienso en ti? Pero yo no me porto como una gilipollas cada vez que tengo un mal día y aún encima me acuerdo de que la que está ahí contigo es Tink…
- Hablaré con ella. Te lo prometo. De hoy no pasa.
- Me lo creeré cuando lo vea – respondió ella antes de despedirse. – Y ahora me tengo que ir.
- Te llamo a la noche.
- Mejor que no, Killian. Dame un tiempo para que me calme – advirtió ella antes de cortar la llamada.
Le sabía mal ser tan brusca con él, pero le parecía que había que tener la cara muy grande para estar celoso cuando él todavía no había salido de su relación con Tink.
Enterró la cara en un cojín y soltó un grito que quedó amortiguado por ésta. En esta postura, la encontró Ruby, que ya estaba lista para ir a clase.
- ¿Mala noche?
- Mala mañana, más bien.
- ¿Quieres contarme?
- Tengo una especie de novio… - comenzó Emma.
- ¡Ah! No sabía – dijo Ruby curiosa de repente. – Cuéntamelo todo.
- Él es bastante más mayor que yo, es el mejor amigo de mi hermano.
- ¡Guau! Suena interesante… ¿Me lo cuentas por el camino?
Así fue. Emma se desahogó con su amiga de camino a clase y no pudo sentirse mejor. Era genial poder desahogarse con alguien, sin temor a que la juzgasen ni a nada. Hablar de forma natural acerca de la persona más importante que tenía en su vida.
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Killian cerró el portátil, cabreado con como había ido la conversación.
- ¡Soy un bocazas! – gritó al aire, mientras se dejaba caer contra la almohada.
Se quedó pensando durante unos minutos en todo lo que Emma había dicho y se dio cuenta de que ella, como siempre, tenía razón. La situación con Tink ya era insostenible. Ambos sabían que la relación estaba muerta, pero ninguno de los dos sacaba el tema para romperla por completo. Tink trataba y trataba de arreglar las cosas, pero Killian no podía ni imaginárselo. Él sólo quería poder estar con Emma de una vez.
Dicho eso, tomó una decisión. Hoy hablaría con Tink y terminaría la relación. Era en firme.
La jornada de trabajo acabó y Killian se dirigió al apartamento de Tink. Se cuestionó sobre si debería usar su llave o no y finalmente decidió que era mejor anunciar su llegada, tocando el timbre. Enseguida, unos pasos se acercaron rápidamente a la puerta.
- ¡Killian! – exclamó Tink sorprendida. - ¿Te has olvidado tu llave? – preguntó mientras se apartaba para dejarlo entrar.
- Tenemos que hablar, Tink – comenzó él muy serio.
- Lo sé – respondió ella asintiendo con la cabeza.
Ambos se sentaron en el sofá. Killian veía por el rabillo del ojo como Tink jugaba con las mangas de su jersey, señal inequívoca de que estaba nerviosa. Alargó una de sus manos y la puso encima de las de ella, tratando de reconfortarla.
- Esto no va bien – dijo él.
- ¿El qué? – preguntó ella fingiendo ignorancia.
- Ya sabes el qué – insistió él. – Esto – señaló con un dedo entre ellos. – Creo que es mejor que lo dejemos.
Tink se quedó pálida ante lo que estaba escuchando.
- ¡Guau! Sabía que no estaban las cosas bien, pero pensé que era un bache – dijo ella. – No pensé que tú quisieras dejarme.
- Tink… sabes perfectamente que esto no va bien.
- Pero porque acabamos de perder un bebé y yo he estado un poco ausente – dijo ella muy rápido, intentando que él cambiara de opinión. – Pero te prometo que ya estoy mucho mejor. Todo volverá a ser como antes.
- Yo no quiero seguir con esto – dijo él de la forma más suave que pudo, a la vez que trataba de ser sincero con ella.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y comenzó a parpadear muy deprisa para que éstas no rodaran por sus mejillas.
- ¿Estás con otra? – preguntó de repente.
Killian se quedó sorprendido con la pregunta y por unos instantes no supo qué contestar.
- No – mintió de forma muy poco convincente.
- No te creo – dijo ella levantándose del sofá. - ¿Te estás follando a otra?
- Tink… - trató él de calmarla, levantándose también y yendo tras ella.
- ¡No me toques y responde a mi pregunta! – gritó ella. - ¿Te estás acostando con otra?
- No quieres oír la respuesta a eso – dijo él suavemente.
- ¡Sí! ¡Necesito que me lo digas, Killian! – alzó de nuevo la voz.
- He estado con otra chica – confesó él.
Tink soltó una risa de incredulidad, mientras se pasaba las manos por el pelo, a la vez que las lágrimas comenzaban a caer.
- ¿Desde hace cuándo?
- Eso no importa, Tink – dijo él. – Yo lo siento mucho. Nunca quise hacerte daño. Tienes que creerme.
- ¿Desde cuándo, Killian? – insistió ella con un grito.
- Unos meses… - susurró él.
- ¿Y cúando pensabas decírmelo? ¿Llevas unos meses follándote a otra y no me dices nada?
- Las cosas se complicaron… Me enamoré sin darme cuenta, Tink.
- ¿Te enamoraste? – preguntó ella abriendo mucho los ojos. – Dios, esto es peor de lo que me imaginaba – masculló por lo bajo.
- El día que sufrimos el aborto iba a contártelo todo…
- Pero te di pena y te quedaste conmigo. ¡perfecto! – exclamó ella de forma muy irónica.
Se quedó unos segundos en silencio, sin duda tratando de digerir todo lo que estaba saliendo por la boca de Killian.
- ¿Quién es ella? – preguntó de repente, haciendo que a Killian se le pusiesen rojas hasta las puntas de las orejas.
- No la conoces – mintió él.
- ¡Y me sigues mintiendo! – gritó ella dándole un pequeño empujón en el pecho. - ¿Quién es?
- Eso no importa Tink – dijo él agarrándole las manos para que dejase de golpearlo. – Yo no he buscado esto. Simplemente pasó. Nunca he querido hacerte daño. Por el amor de Dios, Tink, me conoces…
- Puede que tus intenciones no fuesen hacerme daño, pero me lo has hecho. ¡Quiero que te vayas!
- Tink… - comenzó él.
- ¡Vete!
Killian asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta, dejando su juego de llaves en el mueble de la entrada.
- Sé que todo lo que te diga ahora no va a servir de nada porque no te lo vas a creer. Pero para mí siempre vas a ser especial, Tink, y me gustaría que siguiésemos formando parte el uno de la vida del otro.
Tink soltó una risa sin ganas por lo bajo, mientras meneaba la cabeza y comenzaba a llorar.
- ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Yo te quiero! ¡Te lo di todo! – gritó mientras lloraba desconsolada. – Podía imaginar nuestra vida juntos.
- Yo también te quiero Tink, pero… - respondió él mientras la abrazaba contra su pecho, tratando de que no llorase más.
- No estás enamorado de mí – terminó ella la frase, mientras lo apartaba suavemente y se echaba hacia atrás. – Necesito que te vayas – le pidió con los ojos brillantes.
Él asintió, con los ojos llorosos también y volvió hacia la puerta, girándose una última vez hacia ella.
- Adiós, Tink.
Volvió a casa y se dejó caer derrotado en el sofá. Se sentía aliviado y apenado a partes iguales. Le había partido el corazón ver así a Tink, pero sabía que si quería estar con Emma, era algo que había que hacer.
Emma.
Después de unos segundos de pensar, se levantó e impulsivamente comenzó a preparar una maleta. Llamó rápidamente a su secretaria y le dijo que le había surgido algo personal y que se pillaría unos días de vacaciones para solucionarlo. Después, llamó un taxi y se fue al aeropuerto, con la intención de coger el primer avión hacia Londres que hubiese.
El vuelo había sido agotador y de los nervios, Killian no había podido pegar ojo, así que cuando por fin, después de coger un tren de cercanías, llegó a Oxford, casi llora de la emoción. Pidió un coche que lo llevase hasta la dirección de Emma y una vez allí, reuniendo todo el valor que puedo, llamó al timbre.
Los inconfundibles pasos de Emma sonaron desde el otro lado de la puerta. Contuvo la respiración mientras ésta se abría.
- Killian… - dijo ella con la boca y los ojos muy abiertos.
- Hola, amor – contestó él con una sonrisa.
