Los personajes de Candy Candy son propiedad de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi. La historia es propiedad de Morgan Rice.
CAPITULO X
Carnegie Hall estaba repleto. Archie los guió a través de la multitud hasta llegar a la taquilla para recoger los boletos. La situación no fue sencilla, pues el lugar estaba lleno de gente adinerada y exigente que quería entrar de inmediato al concierto. Candy jamás había visto a tantas personas tan bien vestidas en un mismo lugar. La mayoría de los hombre usaban esmoquin, y las mujeres, vestidos de coctel. La joyas brillaban por doquier. Era muy emocionante.
Archie recogió los boletos y condujo a Candy a la parte de arriba. Entregaron los boletos y el acomodador de la sala los rasgó y les devolvió una parte.
–¿Me puedo quedar con esto? –le preguntó Candy a Archie cuando este estaba a punto de meter los remanentes de los boletos en su bolsillo.
–Por supuesto –contestó él y le entregó uno.
Candy lo frotó con el pulgar.
–Me gusta conservar estas cosas –añadió ella, ruborizada –. Supongo que es puro sentimentalismo.
Archie sonrió y ella guardó el boleto en su cartera.
El acomodador los llevó a través de un lujoso pasillo en donde había una gruesa y roja alfombra. En las paredes, a cada lado del pasillo, se podían ver los retratos de artistas y cantantes.
–¿Y cómo obtuviste esos boletos gratis? –preguntó Candy.
–Gracias a mi maestro de viola –contestó Archie–. Tenía un abono para toda la temporada, pero no podía asistir al concierto de esta noche, así que me regaló los boletos. Sólo espero que el hecho de que yo no los haya comprado no me reste méritos.
Ella lo miró desconcertada.
–Me refiero a nuestra cita –dijo Archie.
–Claro que no –dijo Candy–. Tú me trajiste aquí y eso es lo único que importa. Es fabuloso.
Otro acomodador condujo a Candy y Archie hasta una pequeña puerta que se abría directamente a la sala de concierto.
Estaban en la parte superior de la sala, tal vez a unos quince metros de altura; su palco albergaba solamente unos diez o quince asientos. Los de ellos estaban justo en la orilla del palco y daban a la barandilla.
Archie movió una de las pesadas y lujosas sillas para que Candy se sentara; ella miró hacia abajo y pudo ver a toda la multitud y a los artistas . Era el lugar más elegante al que había asistido. Contempló el mar de cabellos canosos y sintió que era cincuenta años más joven como para estar ahí. Sin embargo, estaba muy conmovida.
Cuando Archie se sentó, sus codos se rozaron y ella se estremeció al entrar en contacto con el calor del cuerpo a su lado. Mientras estaban ahí sentados, esperando, ella quiso extender su mano y tomar la de él para sostenerla entra las suyas, pero no quería parecer demasiado atrevida, así que se quedó ahí aguardando a que él diera el primer paso...
Pero él no lo hizo. Aún era muy pronto y tal vez era tímido.
Archie se inclinó sobre la barandilla y señaló hacia abajo.
–Los mejores violinistas son los que están sentados al borde del escenario –dijo–. Aquella mujer que está sentada ahí es una de las mejores intérpretes del mundo.
–¿Has tocado aquí alguna vez?– preguntó ella. Archie se rió.
–Desearía haberlo hecho– contestó Archie–. Esta sala está a unas cincuenta cuadras de donde nosotros vivimos, pero en términos de talento, está a años luz de distancia. Tal vez algún día.
Candy miró el escenario y observó cómo los cientos de músicos que estaban ahí afinaban sus instrumentos.
Todos usaban esmoquin y se veían muy serios, muy concentrados. También había un coro enorme junto a la pared del fondo.
De repente, un joven de unos veinte años de edad, vestido con un impecable esmoquin, subió con vigor al escenario. Caminó entre los músicos y se dirigió al centro. En cuanto apareció, todo el público se puso de pie para aplaudirle.
–¿Quién es? –preguntó Candy.
El joven llegó al núcleo del escenario e hizo varias reverencias. A pesar de estar muy lejos, Candy de dio cuenta de que era muy atractivo.
–Thomas Steven –contestó Archie–. Es unos de los mejores cantantes del mundo.
–Pero se ve muy joven.
–Sí, mas lo importante no es la edad sino el talento –contestó Archie–. Existe el talento común, y aparte, existe el talento. Para tenerlo, debes nacer con él, y además, necesitas practicar en serio. No solo cuatro horas al día sino ocho. Todos los días. Yo lo haría si pudiera pero mi papá no me lo permite.
–¿Por qué no?
–Porque no quiere que la viola sea lo único en mi vida.
Candy percibió la desilusión en la voz de Archie.
Por fin, los aplausos comenzaron a apagarse.
–Esta noche van a tocar la Novena Sinfonía de Beethoven –dijo Archie–. Tal vez sea su obra más famosa. ¿La has escuchado?
Sintiéndose un poco estúpida, Candy negó con la cabeza. En la secundaria había tomado clases de música, pero prácticamente no había puesto atención a nada de lo que el maestro decía. Nunca le interesó, y luego, de todas formas tuvieron que mudarse. Su mente se había ido a otro lugar. Ahora deseaba haber prestado atención.
–Se necesita de una orquesta muy nutrida –dijo Archie– y también de un coro enorme. Creo que es una las obras cuya ejecución exige más intérpretes en el escenario. Es muy emocionante presenciarlo, por eso la sala está repleta.
Candy escudriño la sala. Había miles de persona y no quedaba un asiento libre.
–Esta sinfonía fue la última que compuso Beethoven. Estaba muriendo y lo sabía. Se supone que representa el sonido de la muerte al llegar. Archie volteó a ver a Candy como disculpándose–. Perdóname por ser tan morboso.
–No, no está bien –dijo ella de corazón. Le encantaba escucharlo hablar. Le encantaba el sonido de su voz. Le fascinaba todo lo que sabía. Sus demás amigos siempre tenían conversaciones triviales y ella ansiaba algo más. Se sintió muy afortunada de estar con él.
Candy tenía muchas cosas que decirle a Archie, muchas preguntas qué hacerle, pero de repente las luces se apagaron y la multitud guardó silencio. Todo lo que quería decir y preguntar tendría que esperar, así que solo se recargó en el asiento y se relajó.
Al mirar hacia un lado, vio la mano de Archie. La había colocado sobre el brazo de la silla que se interponía entre ambos. Tenía la palma hacia arriba, invitando a Candy a tomarla. Ella extendió el brazo y con toda lentitud, para no parecer desesperada, colocó su mano sobre la de él. Era suave y cálida, y Candy sintió cómo el calor de la mano de Archie derretía la suya.
Cuando la orquesta tocó las primeras dulces, tranquilizantes y melodiosas notas, Candy percibió una oleada de dicha y comprendió que jamás había sido tan feliz. Se olvidó por completo de lo que había sucedido el día anterior. Aunque fuera el sonido de la muerte, quería seguir escuchando.
Candy se quedó sentada, perdida en la música. Se preguntaba por qué jamás la habría escuchado antes, a la vez que se preguntaba cuánto tiempo podría prolongar su cita con Archie. En ese momento, de repente, volvió a suceder. Sintió un terrible dolor. Era en sus entrañas, justo como le había sucedido en la calle. Tuvo que hacer uso de toda su voluntad para no caer arrodillada frente a Archie: rechinó los dientes en silencio y respiró con gran dificultad. Sentía que el sudor rodaba por su frente.
Tuvo otra punzada. Era el hambre.
Esta ocasión chilló por el dolor. Fue solo un poco, pero lo suficiente para escucharse por encima de la música que estaba sonando in crescendo. Archie debió haberla escuchado porque de inmediato volteó y la miró con preocupación. Colocó con suavidad su mano sobre el hombro de ella.
–¿Te sientes bien? –le preguntó.
No, no se sentía bien. El dolor era abrumador, y además tenía hambre. Quería devorar algo, de una manera tan intensa como nunca había sentido en la vida.
Miró a Archie y sus ojos se fueron directamente a su cuello. Se quedó inmóvil y observó el palpitar de las venas, que corrían de la parte inferior de la oreja hasta la garganta. Candy notó su pulso y contó los latidos.
–¿Candy? –preguntó Archie una vez más.
La ansiedad de la chica era abrumadora. Sabía que si se quedaba sentada un segundo más, ya no podría controlarse y terminaría hundiendo sus dientes en el cuello de Archie.
Con el último remanente que tenía de voluntad, Candy se levantó de la silla. Con un ágil movimiento saltó sobre el regazo de Archie y subió por las escaleras hacia la puerta. En ese momento se encendieron las luces de toda la sala porque la orquesta acababa de tocar la última nota –era tiempo del intermedio. Todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción.
Candy llegó a la puerta de salida unos segundos antes de que toda la gente se moviera de su asiento.
–¡Candy! –gritó Archie detrás de ella. Posiblemente ya se estaba poniendo de pie para seguirla.
Candy no podía permitir que Archie la viera en ese estado, pero sobre todo, no podía dejar que se le acercara de ninguna manera. Se sentía como una fiera. Recorrió los pasillo vacíos del Carnegie Hall, y corrió cada vez más rápido hasta que casi volaba.
Antes de siquiera notarlo, había alcanzado una velocidad imposible sobre las alfombras rojas del lugar. Era como un animal cazando. Necesitaba alimento y sabía bien que debía alejarse de las masas lo más rápido posible.
De pronto, se topó con la puerta de salida y la empujó con el hombro. Estaba cerrada, pero se recargó sobre ella con tal fuerza que logró botar las bisagras.
Llegó a una escalera privada y bajó a toda velocidad saltando de tres en tres escalones hasta que llegó a otra puerta. Volvió a golpear con el hombro y, tras abrirla, se encontró en un corredor nuevo.
Este corredor era aún más exclusivo y estaba vacío. A pesar de la confusión que sentía se dio cuenta de que había llegado a un área restringida. Caminó por el corredor. Iba doblándose del hambre y sabía que no resistiría ni un minuto más. Levantó la palma y abrió la primera puerta que encontró de un solo golpe. Era un camerino privado.
Ahí estaba Tom, admirándose a sí mismo frente al espejo. Era el cantante. De alguna manera Candy había llegado al área de camerinos para los intérpretes.
Tom se puso de pie molesto.
–Lo siento pero no voy a dar autógrafos en este momento –dijo con rudeza–. Debió decírtelo el guardia de seguridad. Éste es una momento privado, así que, por favor, si me disculpas, debo prepararme.
Emitiendo un bramido gutural, Candy se volcó directamente sobre el cuello y le encajó los dientes hasta lo más profundo.
Tom gritó pero ya era demasiado tarde.
Los dientes de Candy habían llegado a sus venas. Bebió y sintió como la sangre corría por su cuerpo; comenzaba a saciar su ansiedad. Era justo lo que necesitaba y no habría podido espera ni un minuto más.
Inconsciente, Tom cayó en la silla como un bulto. Candy se hizo hacia atrás. Tenía el rostro cubierto de sangre. Sonrió. Comenzaba a disfrutar un nuevo sabor y nada podría interponerse en su camino de nuevo.
