Décima
En el que es momento de que Helblindi, Byleistr y Laufey decidan.
—Esta vez fue Skogmo, Señor.
—¿De nuevo? Es el tercero, ¿qué hay de las otras regiones?
—No ha habido más de dos.
—Envíen una tropa, tienen toda la libertad de actuar como crean conveniente.
—Pero los asgardianos señor —murmuró Harek temeroso.
—¡Se lo buscan al atacarnos! —gruñó Laufey—, ¡largo!
El viejo jotun se alejó tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Laufey se quedó sólo en el salón, delante de él estaba uno de los mapas más completos de Jotunheim, sobre él había pequeñas figuras, esparcidas a lo largo de la superficie, señalaban en dónde se habían registrado ataques. No hubo castigo oficial por parte de Asgard, pero el que permitía era demasiado brutal, cualquier asgardiano que quisiera podía viajar a Jotunheim y matar jotnar a placer (cazar era la palabra que él usaría), una añeja práctica durante milenios pero que casi había desaparecido, sin embargo los reportes de ataques se habían incrementado considerablemente desde el asunto con Thor y Malekith.
Tenía demasiados asuntos de los cuales ocuparse, pero la tranquilidad que se respiraba en ese momento en el salón era algo que no había tenido en semanas y necesitaba desesperadamente. Permaneció en silencio, tratando de no pensar en nada pero pensando a la vez.
Escuchó la puerta ser abierta y cerrada, ni siquiera trató de ver quién era, sólo Farbauti se atrevía a entrar sin anunciarse, y sólo ella sabía cuánto necesitaba el silencio que en ese momento disfrutaba.
—¿Qué ocurre? —murmuró al cabo de unos minutos.
La reina tomó asiento delante de él y lo vio atentamente con un gesto que él conocía bien.
—¿Dónde lo vieron ahora?
—En las cocinas, la armería, el templo, no hay sitio donde no lo hayan visto.
—¿De verdad lo vieron?
—No, pero han desaparecido muchas cosas, algo está tramando.
El rey soltó un suspiro, ése era otro problema qué agregar.
—¿Qué sugieres que haga?
Farbauti guardó silencio, Laufey sonrió.
—¿De verdad quieres que lo mate
—Si es la única solución.
—No lo dices en serio.
Farbauti soltó un suspiro, era la mejor solución y sí lo decía en serio, pero a sabiendas que no ocurriría, en el fondo ella no quería que ocurriera. Matar a su hijo menor sería una atrocidad en ese momento, no ocurrió cuando fue un bebé ahora era demasiado tarde para eso.
—Pero tenemos que hacer algo.
—Hay cosas más importantes de qué preocuparse.
—Ya lo sé, pero hay que hacer algo, su presencia está alterando más la vida en el palacio.
—¿Quieres que lo expulse de la ciudad?
—También sería opción —contestó ella, a sabiendas que él no lo haría.
—He estado pensando en eso —declaró Laufey y se puso de pie—, le preguntaré a Skyrmir si quiere adoptarlo.
Farbauti no pudo contener su expresión de sorpresa, ésa era una solución perfecta. Aunque no era un proceso habitual en Jotunheim, había algunos registros, una familia cedía a un niño a otra por distintas razones, al hacerlo se consideraba un nuevo comienzo para el niño, lo que en el caso del pequeño jotun sería la perfecta solución para todos sus problemas: se deshacían de él y el niño podría tener una posibilidad de tener una mejor vida.
—¿Cuándo?
—Cuando él regrese, ha ido a Skomsvoll, regresará en dos semanas.
—Es demasiado tiempo.
—Es lo que hay —replicó el rey irritado.
Ella sólo bufó. Sus hijos y en general los habitantes del palacio padecían la presencia del kvikindi, sus esporádicas apariciones alteraban a algunos y hacían que los supersticiosos hablaran de viejos mitos asociados con el fin del mundo, desgraciadamente no estaba tan alejado de la realidad; el chico los había condenado, y aunque era una verdad que sólo unos cuantos sabían, el que Laufey lo hubiera atacado había mandado el mensaje que el chico ya no era parte de la familia real, y ahora cualquiera que quisiera podía atacarlo, el reto estaba en poderlo atrapar.
Laufey vio a su esposa, había muchas preocupaciones que compartían, principalmente sus hijos. Aparentemente Helblindi había tomado bien el anuncio de que el hijo menor ya no era su hermano, sólo había preguntado qué era lo que él podía hacer para ayudar a mejorar la situación del reino. En cambio Byleistr hizo muchas más preguntas (no le dijeron que el chico había arruinado la posibilidad de recuperar el Cofre), pero sólo le respondieron algunas, respuestas que generaron más preguntas. Laufey no se había dado cuenta de cuánto el kvikindi había enseñado al menor de sus hijos, con esa endemoniada costumbre de hacer demasiadas preguntas y hasta algunos trucos.
—¿Y mientras qué hacemos con él?
—Nada, deja que haga lo que pueda, conoce los límites y en cuanto cruce alguno, intervendré.
Farbauti asintió convencida y salió, el rey permaneció sólo unos minutos más. Después la siguió, había un reino (moribundo y decadente) qué dirigir.
Era casi de noche, Helblindi practicaba en el gran patio de armas, atacaba con furia el dummy de prácticas. Sus brazos aún eran cortos pero era capaz de sostener un hacha con destreza, su maestro de armas le había dicho que con el paso de los años podía llegar a dominar todas las armas, hazaña de la que sólo los mejores guerreros jotnar podían jactarse.
Había destrozado seis desde lo ocurrido con Asgard, desde ese día se había anidado en él una mezcla de furia y miedo. Le enojaba todo lo que el Reino Eterno había hecho a Jotunheim, no entendía cómo se habían atrevido a robar el Cofre sabiendo lo importante que era para su reino, y a pesar de que ahora podían verse las consecuencias, no lo devolvían. Él era muy pequeño pero recordaba cómo era el reino antes de la guerra contra Asgard, y le enfurecía que Byleistr sólo lo conociera como era ahora.
También tenía miedo, por el presente pero más por el futuro, no sabía qué pasaría con Jotunheim en mil o más años, y (aunque no quería reconocerlo) le aterraba pensar que quizá nunca llegara a ser rey.
Soltó un poderoso golpe que partió uno de los brazos de la figura con la que peleaba. Siguió golpeándolo hasta que una voz lo interrumpió.
—¿Puedo hablar contigo hermano mayor?
El príncipe heredero lanzó su hacha en la dirección de donde vino la voz. El pequeño jotun la esquivó sin problema desapareciendo, se dijo que lo había tomado por sorpresa y que por eso lo había atacado.
—Lo siento, no quería interrumpirte…
—¿Qué quieres? —espetó Helblindi.
—Hablar contigo.
—No quiero hablar contigo —declaró el mayor.
—Espera, espera —llamó el otro, casi desesperado— ¡mira, mira! te traje esto.
El pequeño jotun colocó tres pequeños bultos envueltos en tela azul delante de Helblindi.
—¡Sætur!, ¡dulces de Alfheim! —exclamó sonriente—, ¡tus favoritos!
—Sé lo que son —murmuró el mayor.
Helblindi los vio con desinterés, aunque su boca comenzó a salivar, la última vez que había comido uno de ésos fue casi 150 años atrás.
—¿De dónde los robaste?
El menor no se dejó intimidar por la acusación.
—De las habitaciones de Harek, no los iba a comer, además tenía más ¿recuerdas cuando le robábamos?
Por un momento el príncipe heredero sonríe, las memorias de las travesuras que cometían juntos antes de Byleistr aún están frescas en su cabeza pero hace que la sonrisa desaparezca.
—No los quiero, tampoco quiero hablar contigo, largo.
El pequeño jotun siente como si lo hubieran golpeado, ha oído esa palabra más veces en las últimas semanas que en toda su vida y sus ojos se llenan de lágrimas, esperaba que los dulces sirvieran pero no está dispuesto a rendirse.
—Sólo un momento, sólo una pregunta.
—¿Qué? —espeta Helblindi.
—¿Me odias?
La pregunta era simple pero la implicación enorme.
Ahora que su madre y los demás eran plenamente hostiles con él, y que las ausencias de Skyrmir eran más largas (dejándole ver que tampoco quería nada qué ver con él) se encontraba complemente solo, y aunque antes no tenía mucha compañía, ahora el pequeño jotun estaba desesperado por escuchar que alguien no lo detestaba.
—Padre dijo que no debía hablar contigo —declaró el mayor y comenzó a alejarse.
—¡Seguimos robándole a Harek aún cuando Padre lo prohibió!, ¿¡ahora eres un hijo obediente!?
Helblindi se giró de nuevo hacia su hermano, sorprendido, era la primera vez que lo escuchaba confrontarlo, antes aceptaba todo lo que le decía sin replicar, aún cuando reñían, aunque claro, antes era casi todo juego. Antes todo era muy distinto.
—Soy el príncipe heredero de Jotunheim, debo ser un hijo obediente, por mi reino, mis padres y mi hermano.
El menor inclinó la cabeza, no notó cuando las lágrimas comenzaron a caer, Helblindi no le dijo que lo odiaba pero reconocía sólo a un hermano. Ya sabía que lo había hecho a un lado cuando Byeistr pudo jugar con él, pero no le había dolido tanto como en ese momento.
—¡Eres un tonto! —gritó el pequeño—, ¿por qué me dijiste tantas veces que me querías si me ibas a cambiar por Byleistr?, ¿por qué me prometiste que siempre me ayudarías si no lo ibas a hacer? —murmuró al tope de sus pulmones, ésas y muchas otras preguntas se agolpaban en su cabeza, nunca antes le había reclamado a su hermano mayor el haberse olvidado de él.
Helblindi sintió la conocida culpa que le había carcomido durante años, que aunque cada vez era menor, solía estar presente, pero el enojo que sentía un momento atrás regresó y creció. Rápidamente tomó las manos del menor que lo vio con terror, las lágrimas se detuvieron.
—'blindi? —preguntó con voz entrecortada.
—¿De verdad quieres oírlo? —siseó el mayor y acercó al otro hacia él— todos dicen que eres tonto, tienen razón. Sí te desprecio y mucho, por tu culpa perdimos el Cofre, por tu culpa Madre no fue la misma, por tu culpa se burlaban de mi, por tu culpa Byleistr quiere aprender magia.
El pequeño jotun comenzó a llorar de nuevo, su mente estaba tan agitada que ni siquiera pudo concentrarse para desaparecer.
—¿Hermano? —dijo en un murmullo.
—No eres mi hermano, kvikindi.
Helblindi lo soltó y el chico cayó de rodillas. El mayor se alejó corriendo, el otro permaneció ahí por bastante tiempo hasta que escuchó voces de soldados que se acercaban y se fue antes de que lo vieran.
Mientras se acomodaba en su cama improvisada en el rincón de la biblioteca, el pequeño jotun estaba convencido que al otro día buscaría a Byleistr, su soledad ya era insoportable. Antes de quedarse dormido recordó las últimas palabras de Helblindi, comenzó a llorar y su decisión se tambaleó, ¿y si ocurría lo mismo con su hermano menor?
No podría soportar escuchar que Byleistr también lo odiaba.
Lo que no esperaba era que Byleistr sí quería verlo. Después de la negativa de sus padres para explicarle lo que había pasado y responder a todas sus preguntas, el más pequeño de los príncipes decidió buscar él mismo las respuestas.
Preguntar para saber fue una de las cosas que había aprendido del segundo hijo, otra fue que cuando nadie respondía ésas preguntas, él debía buscar las respuestas por cuenta propia, aunque se metiera en problemas haciéndolo.
La biblioteca era territorio prohibido por orden de su padre, pero si Byleistr Laufeyson era algo, era necio y cuando comprendió que no tenía posibilidades de encontrar a su hermano, decidió ir al único sitio donde era seguro que lo encontraría. En realidad había otro lugar pero habían pasado casi 40 años desde la última vez que pudo entrar al salón abandonado donde su hermano se refugiaba ocasionalmente.
Fue a la biblioteca, por fortuna Skyrmir no estaba ahí porque estaba de viaje, y ahí esperó, miró alrededor, ese sitio hasta no hace mucho había sido un lugar en el que ambos se divertían.
Se estaba quedando dormido cuando escuchó ruido en un extremo del salón entre dos enormes libreros, se puso de pie y con cautela se acercó. De pronto su hermano apareció y ambos se quedaron paralizados, viéndose entre sí.
El pequeño jotun retrocedió asustado, era la primera vez que alguien que no fuera Skyrmir entraba a la biblioteca, al comprender que se trataba de Byleistr se tranquilizó y sonrió.
—Hola —saludó, esperanzado que su hermano estuviera ahí para hablar, tal vez jugar.
—Hola —replicó Byleistr, sentía como si hubiera pasado muchos años desde la última vez que lo vio, habían sido sólo unas semanas pero lo vio diferente, notó algunas heridas y otras marcas que parecían ser de golpes, se preguntó si comía seguido.
—¿Qué haces aquí?
—Estaba buscándote.
El mayor sintió cómo su corazón se sobresaltaba, trató de no sonreír.
—¿Para qué?
—Quería hablar contigo, te he buscado por todos lados, no te encontré, supuse que aquí podía encontrarte.
—¿Para qué?
—¿Por qué madre y padre están tan enojados?, ¿qué hiciste?
El mayor inclinó la cabeza, se preguntó si debía decirle la verdad pero decidió hacerlo, Byleistr siempre detestó que le mintieran y si quería asegurar su compañía, estaba seguro que era mejor con la verdad.
-¿Es verdad que ayudaste al asgardiano a escapar?
-Sí -respondió débilmente y bajó la mirada, se preparó para un reclamo o un intento de atacarlo como había sido común los últimos días.
—¿Por qué? —preguntó el hermano menor.
El pequeño jotun levantó la vista lentamente, sorprendido de que Byleistr no pareciera molesto sino más bien curioso. Helblindi y todos los demás habían enfurecido porque por su culpa no habían podido recuperar el Cofre, a Byeistr ni siquiera parecía importarle.
—Padre amenazó con matarlo, no podía dejarlo, es mi amigo.
—Entiendo.
Ambos sabían que eso no era cierto, aún antes de que todo eso pasara sus vidas eran muy distintas y por eso ninguno podía ponerse en el lugar de otro.
—¿Quieres jugar?
Byleistr asintió entusiasmado, echaba de menos esos juegos, Helblindi ya casi nunca jugaba con él, y no era lo mismo jugar con sus otros amigos que con su hermano, ellos no tenían magia, ni esa habilidad para inventar historias y juegos. Byleistr miró alrededor, no había nada con qué jugar. Estaba a punto de comentarlo cuando vio que su hermano corría a esconderse, y con una gran sonrisa se dio a la tarea de buscarlo. Siempre era más divertido así, él era demasiado grande y siempre lo descubría rápidamente, además el otro era experto en buscar escondites. Después de una hora, los dos reían recordando las veces que habían jugado lo mismo, estaban cansados pero Byleistr no quería irse, y evidentemente el otro no quería que se fuera.
—Skyrmir tiene un tablero de Hftafl ¿quieres jugar?
Byleistr asintió de inmediato, su hermano le había enseñado bien y aunque nunca le había ganado, había aprendido lo suficiente como para derrotar a Helblindi siempre.
El pequeño jotun extendió el tablero y colocó las piezas, jugaron una partida con el resultado de siempre, cuando comenzaron la segunda, Byleistr le preguntó cómo era antes el reino. Él tampoco sabía cómo era el Jotunheim que Helblindi y sus padres recordaban, y el que él conoció antes del nacimiento de Byleistr no era muy diferente a como era ahora, sin embargo había preguntado a su padre, hermano mayor y a Skyrmir, también había leído, lo suficiente como para darse una idea.
Le narró todo lo que recordaba y Byleistr cerraba los ojos en momentos para imaginárselo, el juego finalmente terminó con el resultado de siempre.
—¿Otro? —preguntó el pequeño jotun esperanzado.
—¡Claro! —replicó Byleistr, sabía que su madre lo estaría buscando para ese momento, pero el príncipe decidió quedarse.
—¿Recuerdas cuando jugamos en el pasillo?
Los dos rieron, esa vez Helblindi los vio y se acercó, trató de aprender pero nunca entendió las reglas básicas y los dos menores ganaron fácilmente. Esos recuerdos llevaron a otros, llegó el punto que se olvidaron del juego, y reían casi al borde del llanto.
—Y pensar que iba a irme con Thor —musitó el pequeño jotun limpiándose las lágrimas, las primeras en mucho tiempo que eran causadas por la risa—, iba a echar esto mucho de menos.
Byleistr dejó de reír y frunció levemente el ceño.
—¿Te ibas a ir?
—Sï, Thor dijo que me iría con él pero no tuvo tiempo para decirle al Padre-de-Todo.
—¿Ibas a dejarnos?
La sonrisa del mayor desapareció cuando reconoció el tono molesto de su hermano. No supo qué decir.
—Entonces es verdad —murmuró Byleistr—, padre me dio el papel que me dejaste, pensé que no era de verdad, que sólo era para convencerme de que no te buscara. Ibas a irte —dijo decepcionado—, ¿por qué?
La pregunta hizo que el chico se enojara.
—¿Por qué?, ¿para qué me quedaba?, ¡Kvikindi, kvikindi! —dijo levantando la voz como si gritara—, ¿sabes cuándo fue la última vez que alguien me llamó por mi nombre?
—¿Y sólo por eso ibas a irte?
—¿A qué me quedaba?, ¿quién me iba a extrañar?
—Yo —respondió Byleistr con un hilo de voz.
El hijo menor frunció el ceño y dio un golpe sobre el tablero desperdigando las piezas.
—¿Byla? —preguntó tímidamente el pequeño jotun.
—¡No me llames así! —gritó Byleistr—, ¡padre tenía razón!, ¡él y madre y Helblindi! No eres como nosotros, no eres un jotun de verdad.
Byleistr se puso de pie y salió azotando la puerta, el otro chico se quedó petrificando, procesando lo que acababa de pasar, y lo que significaba para él. No perdió ni un segundo, corrió detrás de su hermano.
—¡Byleistr, espera, hermano!
Byleistr ya estaba en uno de los pasillos principales, al escuchar al otro se detuvo y se giró hacia él.
—No soy tu hermano.
—Byla… —dijo el más pequeño en un tono casi suplicante.
—¡No!, ¡te dije que no me llames así! kvikindi.
Byleistr empujó sin mucha fuerza a su hermano, pero claro que dada la diferencia de estaturas y fuerzas, terminó por lanzarlo contra uno de los muros. El pequeño jotun estaba pasmado, y levantó la vista hacia su hermano, quien miró de inmediato hacia otro lado y se alejó.
El chico se puso de pie y vio en la dirección que Byleistr había desaparecido, su mente no estaba alerta, y no reaccionó a tiempo cuando alguien le tomó ambas manos.
—¡Miren qué tenemos aquí! —dijo una voz gruesa.
El pequeño jotun giró la mirada pero casi al mismo tiempo su vista se oscureció a causa del golpe que recibió.
Laufey creía que nada podía ser peor, pero le irritó ver que estaba equivocado. El kvikindi decidió buscar a sus hermanos, y Helblindi (como podía esperar de él) lo rechazó de inmediato, su primogénito le dijo todo lo que había pasado. Con Byleistr fue un poco más difícil pero al final, entre lágrimas de enojo, el menor también le contó todo, y como imaginó, le entristeció más de lo que le enojó. No le sorprendía, los lazos y la familia eran unas de las cosas más importantes para su hijo menor, y saber que su hermano iba a renegar de todo eso le hacía sentirse profundamente traicionado.
Por su parte, Helblindi siempre se había debatido entre su papel de heredero y de hermano, y Laufey sabía lo difícil que había sido para él rechazar a un hermano para consagrarse al otro. Porque lo había hecho debatirse entre su deber de protección que debía honrar algún día como rey, y ser el primogénito de Jotunheim, lo que implicaba rechazar todo lazo con el miembro defectuoso de la familia, el mismo que había querido desde que nació.
Nada de eso era fácil, no le cabía duda, para ninguno de sus hijos… ni siquiera para el segundo. Al parecer, después de que vieron a Byleistr atacarlo, dieron por hecho que estaba bien hacerlo y sin Skyrmir, el chico no había tenido un descanso desde entonces, nadie veía por él y sólo dependía de su habilidad para mantenerse a salvo. Era lógico que los ataques no se hicieran esperar, todos los que sabían culpaban al chico de la pérdida del Cofre, y los que no, simplemente vaciaban su frustración por lo mismo. A pesar de eso, le sorprendía que la ley de Ymir se impusiera y nadie le hubiera atacado con salvajismo, a pesar de todo, se medían en la violencia que le infringían.
Pero claro que siendo el defectuoso jotun que era, el chico requirió asistencia, y nadie se animó a dársela, hasta que fue el mismo Laufey quien lo llevó a los sanadores, y aún así casi todos se negaron, sólo Ingelaug lo atendió.
Esa situación se había repetido en dos ocasiones.
El rey podía sentir el reclamo silente de Farbauti, y ver la duda en los ojos de sus hijos y sus súbditos, cuestionándole por qué lo hacía. Él se hizo esa misma pregunta, pero no pudo respondérsela.
Cuando ocurrió por tercera vez, Ingelaug lo atendió de nuevo, pero le dijo que no lo haría de nuevo, aún la amenazara con ejecución, no lo haría. Él decidió no esperar más a Skyrmir, y le envió el mensaje, proponiéndole la adopción del chico, explicándole que a ese paso, el niño moriría por la falta de atención.
Skyrmir respondió con una negativa, y Laufey no pudo culparlo. Entendía su posición, su hijo Rögnvaldr había muerto defendiendo el Cofre durante la guerra, y se había hecho cargo del chico a su memoria. Saber que ese mismo chico era el culpable de haberlo perdido, sin duda bastaba para no querer tener nada que ver con él.
—Señor —le llamó un guardia.
—¿Otra vez? —preguntó pero no esperó respuesta—, ¿dónde?
—El ala norte Su Majestad.
—Estúpido.
La cuarta vez.
Habían pasado casi tres meses desde el evento con Asgard, como era de esperarse Malekith no había vuelto a asomar su detestable cabeza, Odin no se había pronunciado en ningún sentido pero seguía permitiendo las incursiones de sus hombres a Jotunheim, habían comenzado a llegar grupos de desplazados, huyendo del terror de esas cacerías. Byleistr estaba deprimido, Helblindi furioso, Farbauti tan inamovible como siempre, y el causante de todo, yaciendo herido en algún rincón.
Sólo había una solución, no para todo pero sí para resolver varios problemas.
Tras repasar varias veces el pensamiento no halló otra opción. Se puso de pie, tomó la tela que cubría la mesa a su lado y avanzó con paso decidido hacia el lugar mencionado, varios lo vieron pasar, y la mayoría sabía a dónde iba, entre ellos su esposa e hijos. Sólo Farbauti lo siguió.
—No puedes seguir haciendo esto —le dijo ella.
—Lo sé.
La reina lo siguió hasta el pasillo en que, entre manchas de sangre en el muro, el chico yacía inconsciente; la violencia constante, la falta de alimento suficiente y atención habían hecho mella en el niño, Farbauti dio un paso para acercarse pero se detuvo, Laufey sí se acercó y se inclinó a su lado, lo envolvió con la tela que llevaba y lo tomó en brazos, se alejó. Farbauti lo volvió a seguir, Helblindi, Byleistr y varios más los vieron pasar, nadie les dijo nada.
Él no fue hacia el salón de sanadores, ni a las habitaciones, ni a la biblioteca, fue a los establos. Farbauti se le adelantó y se plantó delante suyo.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que debí hacer yo mismo hace 300 años.
Escuchó a su esposa pasar saliva pero no hizo nada por detenerlo, lo vio tomar su montura personal, un oso de Ulborg, montarlo y agitar las riendas con fuerza, alejándose rápidamente.
La reina permaneció ahí por mucho tiempo más, en silencio, repitiendo las palabras que dijo aquella vez cuando envió a su segundo hijo a su muerte.
