Disclaimer: Harry Potter y su mundo son míos y... *Tomate* Vale. No lo son. Nada de lo que puedan reconocer es mío, todos es de la Gran JK (Amén). Esto está hecho sin fines de lucro, sólo diversión propia y de ustedes.

Summary: Su básicamente inexistente "vida" es todo lo malo que puede ser una vida porque se ha convertido lentamente en un perene infierno de eterna agonía en donde el único culpable es... ¿Pues quién va a ser? Entre la esfera, su vecina, su trabajo, su familia, su jefe y Scorpius Malfoy, iba a volverse loca. Er, más loca.

¡Gracias por sus reviews tan geniales! Estás chicas me subieron la moral y me llenaron de ánimo: Diane Potter, Clickerland, Altea Kaur, MrsLGrint, Cami camila (descuida, linda. Entiendo que debiste estar ocupada, pero me alegra que te haya gustado el capítulo y espero que también te agrade este :D), Lucy (sí, quizás Scorpius la quiere volver loca con su ambivalencia xD. Con respecto a lo otro, la idea era dejarlas pensando! Jajaja Disfruta el capi y espero que hayas hecho al tarea, eh! xD), Erika Dee, Kiri (No, no está para nada bien, es cierto. Sólo te diré que hay mucho más detrás de eso. En cuanto a Marius y a Lorca… ya aparecerán de nuevo xD), FYA (la única que no se da cuenta de que Scorpius está como un bombón es Rose xD y Hugo es un sol, así que me alegra que te haya gustado :D), wednesday mellark, Annie Thompson, TAMYmos y Pelirrojos En Mi Nariz.

Todas son maravillosas y en serio espero que disfruten la continuación :D


(Más, muchás más preguntas) Sin Respuesta (ni siquiera una, joder)

(O del cómo ya va siendo hora de que Rose se acostumbre a estar confundida y desorientada porque en poco más de un mes, su vida se ha convertido en una pesadilla infinita, horrenda y un poco chistosa de forma perturbadora)


Sentada a la derecha de su padre y rodeada del asqueroso humo de tabaco, no podía más que sentirse hastiada.

Estaba cansada de todo y en especial de él. No dejaba de abrumarla con sus charlas incesantes sobre temas laborales mortalmente aburridos y de instruirla en tópicos tan banales como la administración de su futura herencia.

Y es que desde la unificación definitiva del Reino de Italia, el mercado no había dejado de prosperar y su padre había sido ampliamente beneficiado por su astucia en los negocios, consiguiendo montones de riquezas en poco tiempo y llenándose de sapiencia para administrar su fortuna con prudencia y sin derroches innecesarios.

Él quería que fuera ella su heredera universal y sus maneras de enseñarle esa misma sabiduría que él había adquirido con los años la hacía bostezar.

A ella no le importaba nada de eso. Según él, algún día se casaría y sería su esposo quien gestionara el dinero de su legado, así que no imaginaba para qué se tomaba tantas molestias.

A sus escasos 16 años, ya había perdido toda esperanza de convertirse en una mujer independiente, fuera del juicio de la sociedad y del acoso de los hombres.

Sólo quería ser libre y que su padre se lo permitiera.

Pero claro, el mundo no funcionaba de esa forma.

Señor –ingresó el joven Piero haciendo una reverencia–, el mensajero ha llegado y ha traído buenas noticias. La mercancía ha llegado a puerto y esperan su visita.

El mozo no hizo ni el más leve reconocimiento de su presencia en la habitación, pero ya estaba acostumbrada a ese tipo de trato. Las mujeres no eran más que un adorno en esta infernal sociedad.

Sin embargo, no se sintió enfadada. Piero era el único amigo que tenía pues a pesar de que le llevaba unos 7 años de edad, habían crecido juntos. Pero desde que su eficiencia lo había llevado a escalar hasta ser el jefe de servicio de la mansión al fallecer su padre, sus encuentros eran más bien pocos.

Excelente, puedes retirarte –Piero repitió la ovación y salió de la gran estancia. Su padre se giró hacia ella, obligándola a cerrar el libro que sostenía para prestarle toda su atención tal y como sus modales dictaban–. Mi pequeña Sofía, ilumíname el día y dime que me acompañarás a Génova la semana entrante. Es el lugar perfecto para recibir la mercancía; desde que se separó de Francia, entró en decadencia y los piratas la evitan como la peste. Acuérdate de ello en el futuro, querida.

Se alisó los pliegues del vestido con aburrimiento y asintió educadamente. Su padre tomó un poco de su Whisky y con una gran calada de humo, le sonrió satisfecho.

Por supuesto que no pensaba ir. Para el día siguiente a esa misma hora, ya estaría muy lejos de ese lugar persiguiendo su felicidad. Pero no valía la pena negarse cuando su padre parecía tan feliz por su silenciosa aceptación.

Debes aprender, Sofía. En los tiempos que corren, los oportunistas nunca faltan. Quiero que seas una señorita refinada, pero inteligente y capaz. Deseo que algún día comprendas como manejar mi fortuna sin que tu futuro esposo meta las manos en ella. Es lo único que puedo dejarte cuando muera, querida. Conocimiento y dinero. Conocimiento y dinero –dijo acariciaba su rostro cariñosamente.

Ella se limitó a inclinar la cabeza, tan obediente como siempre y evitando fruncir la nariz cuando el humo le rozó las mejillas y le irritó los ojos.

¿Qué más podría aprender? Todos y en especial su padre la trataban como si fuera tonta, pero nadie se había tomado la molestia de medir sus conocimientos acerca de la bolsa de valores, la distribución y mercadeo de productos, la banca y las sabias inversiones.

Sabía todo lo relacionado con el comercio tanto nacional como internacional a la perfección, no necesitaba visitas inútiles a Génova sólo para verlo firmar un par de papeles mientras permanecía pegada a él como una sombra.

Sí, padre –dijo finalmente, callándose todo los reproches y tomando la copa de vino entre sus dedos delgados.

Cerró los ojos disfrutando de la cosecha divinamente añejada y suspiró con placer. El vino y los viñedos de su hogar eran de las pocas cosas que de verdad le gustaban.

Su padre continuó hablando durante un rato más acerca de las ventajas del puerto de Génova con verdadero entusiasmo y ella lo escuchaba sólo superficialmente, hundida como estaba en sus pensamientos.

Cualquiera que la viera desde afuera pensaría que odiaba a su padre, pero no podía estar más lejos de la realidad.

Lo amaba, en serio. Con cada pequeña fibra de su corazón, pero estaba cansada de todo y en especial de él.

Desde la muerte de su madre y de su hermano mayor tras una rara enfermedad que azotó el país, ahora él era lo único que le quedaba y viceversa, pero desde ese infortunio ya no había nadie que se encargara de los negocios familiares cuando su vida acabara y su mayor temor (aparte de que ella sufriera el mismo destino, por lo cual jamás la dejaba sola) era que su pequeña se casara con un incompetente que llevara la administración de su legado completamente ciego por la ambición y las ansias de poder, llevándola a ella y a sus futuros hijos a la ruina.

Por ello la había instruido para que fuera una mujer llena de sabiduría y, al mismo tiempo, la había llenado de joyas y vestidos costosos para que siguiera siendo una hermosa señorita, ya que la inteligencia solía espantar hasta al hombre más temerario.

Él había manejado su dinero de forma bastante lucrativa desde que se había hecho cargo y esperaba que ella fuera lo suficientemente capaz como para continuar y seguir expandiendo sus horizontes exitosamente.

Y debería sentirse feliz ante la perspectiva de que posiblemente algún día sería la máxima autoridad en ese eterno manejo de mercancías y tendría la independencia que siempre había querido, pero buena suerte encontrando al esposo ideal que se lo permitiera.

Por eso sólo quería que llegara él y largarse para siempre.

¿Extrañaría a su padre? Sí, estaba segura. Pero al final de sus días, sabía que valdría la pena. Después de todo, no se gana la felicidad sin antes hacer un par de sacrificios.

Disculpe, señor Capeletti, pero el señor Montecantini espera en el recibidor. En 10 minutos podrán pasar al comedor –anunció Piero interrumpiendo el monólogo de su padre, que asintió y lo despachó con una sonrisa.

Sofía se percató de la breve mirada de advertencia que le dirigió el joven Piero, pero escogió ignorarla con sutileza. No cambiaría de opinión, no importaba lo mucho que insistiera.

Me alegro que hayas decidido usar ese precioso vestido de seda, querida Sofía. Hoy es una noche especial. Es la cena privada de despedida de Gianlucca y se merece todo los lujos posibles.

Sofía sonrió inconscientemente y volvió a alisarse los pliegues del vestido intentando camuflar su nerviosismo.

Gianlucca Montecantini se iría la semana entrante a Roma para representar a su padre en la nueva capital y, si todo salía como lo acordado, ella dejaría Florencia esa misma noche y lo esperaría en su nuevo hogar.

Huirían juntos y jamás se había sentido tan feliz por algo en su vida.

Vamos, Sofía. El invitado espera.

Mientras caminaba con paso regio junto a su padre hacia la estancia donde cenarían, su corazón no dejó de retumbar pesadamente contra su pecho y su respiración se alteró de forma tan exagerada, que le sorprendió que su padre no lo notara.

Y entonces lo vio, tan majestuoso como siempre. Con el semblante serio, el cabello perfectamente peinado y sus hermosos ojos grises mirándola sin disimulo alguno con una intensidad increíble.

Sintió sus rodillas temblar y temió perder el equilibrio al hacer la inclinación respetuosa que sus modales de señorita indicaban, así que agradeció al cielo cuando finalmente se sentaron a la mesa.

La cena pasó sin gran relevancia ante sus ojos que miraban fijamente el plato con una inquietud que se esforzaba por disimular. Su padre y Gianlucca hablaban de nuevas oportunidades y el esfuerzo de ambos por incluirla en la conversación cedió hacia el final de la velada sin recibir nada más que ocasionales asentimientos por su parte y varias sonrisas tímidas hacia el invitado.

Cuando finalizó, los hombres se retiraron al despacho de la mansión y ella se precipitó lo más rápido que el vestido le permitía a su habitación para verificar que todo lo que necesitaba estuviera correctamente empacado.

Y mientras decidía si llevar o no tal o cual vestido, tocaron la puerta.

Había pasado casi una hora desde que Gianlucca se había encerrado con su padre en el despacho del último y las probabilidades de que ya hubieran terminado o, más aún, que él hubiera podido saltear al servicio y colarse en su habitación eran ínfimas, así que ignoró a su corazón y concedió el permiso al visitante.

No deberías –resonó la voz grave de Piero en sus oídos. Se dio la vuelta y lo vio recostado en el marco de la puerta con expresión indescifrable.

Ya tomé mi decisión –dijo sin inmutarse caminando hasta la cómoda para guardar el maquillaje en su neceser de viaje–. Y no puedes estar aquí, son mis habitaciones privadas –continuó implacable esperando que la alusión a la falta de ética y moral que su presencia allí significaba tuviera algún efecto. Apretó los dientes cuando Piero permaneció inmóvil en su sitio–. No hay nada que puedas decir que me haga cambiarla –finalizó con firmeza, esperando inútilmente que eso cerrara el tema que tanto discutían últimamente.

Estás siendo egoísta, Sofía –dijo en tono neutro, pero con intenciones de hacerla sentir culpable.

Como si no fuera suficiente con su consciencia.

Lo sé, pero no me importa.

Tu padre sufrirá si te vas, ¿eso tampoco te importa? –increpó aún sin atreverse a entrar a la habitación.

Sobrevivirá –dijo fríamente, suprimiendo trabajosamente el nudo en la garganta.

No puedes hablar en serio –Piero, perdiendo el usual control de sus emociones, caminó hacia ella y cerró la puerta tras él–. Eres todo lo que le queda. Morirá si no estás con él y no puedes abandonarlo sólo por un capricho, Sofía.

Señorita Capeletti para ti –siseó enfrentándolo con ira y estrujando el neceser entre sus manos. Piero hizo un gesto dolido y ella rehuyó su mirada yendo hasta la cama a continuar revisando su equipaje–. No es un capricho; lo amo, Piero. Y ha sido tan difícil… –suspiró quedamente intentando reprimir las lágrimas–. ¿Qué es lo que está mal? Me iré con la única persona que me hará realmente feliz y si mi padre fuera más inteligente lo sabría. Pero no, ni siquiera ha considerado la idea de un matrimonio que no sea a su conveniencia.

Conseguir la plenitud a expensas del sufrimiento de otro es lo que está mal. El señor Capeletti no ha vivido por nadie más que por ti desde la muerte de tu madre y tu hermano y no puedes hacerle esto –la tomó suavemente del brazo intentando obligarla a mirarlo. No lo consiguió– Él hace lo que hace porque quiere lo mejor para ti.

¿Y alguna vez me ha preguntado qué pienso yo que es lo mejor para mí? –no lo vio, pero supo que la miraba con tristeza–. Yo también los perdí y Dios sabe que los extraño y aún lloro por ellos en las noches. La voz de mi adorado hermano y los cálidos brazos de mi madre aún están frescos en mi memoria... pero es momento de seguir adelante y si yo puedo hacerlo, eventualmente él también lo conseguirá, pero no conmigo.

No entiendes que…

No, no entiendo. Nunca lo hago, ¿no? –siseó con furia encarándolo definitivamente– No voy a atarme a él de por vida sólo porque le hace bien tener a alguien a quien querer aparte de sí mismo, Piero. Estoy harta de que mi voz no sea escuchada y de querer gritar todo el tiempo cuando sé que nadie me escuchará y que sólo lo haré hacia una pared. Él trata de vivir su vida a través de mí, pero no se lo permitiré.

¿Es tan malo querer que tu hija se case con un buen hombre y que tenga libertad económica? Muchas jóvenes en tu lugar estarían encantadas –bufó femeninamente y los rizos dorados flotaron a su alrededor cuando sacudió la cabeza con incredulidad– Además, que el señor Montecantini te pida algo tan bajo en vez de dar la cara y pedir tu mano como lo haría cualquier hombre respetable, es simplemente…

Calla –ordenó alzando la voz unas cuantas octavas–. No sabes de lo que hablas.

Claro que lo sé. Cortejarte a escondidas de su socio a sabiendas de que él jamás lo permitiría es de rufianes.

Cerró los ojos para recomponer su voz, que probablemente sonaría ahogada de otra forma.

No tienes idea de lo que hablas, Piero. No es justo que hables así de Gianlucca cuando sabes muy bien que hace tres meses rechacé su oferta de hacer oficial su cortejo. ¿Sabes acaso por qué lo hice? –abrió los ojos lentamente y encontró a Piero con los hombros caídos, previendo perdida la batalla–. Porque sabía que mi padre pensaría que la confianza otorgada a ambos había sido traicionada y lo alejaría de mí o, de estar de acuerdo, haría todo tan banal que arruinaría lo que podría ser una maravillosa relación. Sólo negocios y dinero… esa no es la vida que quiero. Yo quiero ser feliz –terminó con la voz pendiendo de un hilo y Piero resopló como si estuviera muy cansado.

¿Y ese hombre conseguirá que lo seas? Alejándote de tu familia, tus recuerdos, tus amigos y… –la miró suplicante y ella supo que evitó decir "Alejándote de mí"–. ¿Es esa la vida que quieres? ¿Una vida solitaria? –intentando ser fuerte, se encogió de hombros.

Siempre se necesitan hacer sacrificios para conseguir lo que se busca. Mi padre quiso sacrificar mi felicidad por su herencia, así que lo justo es que yo siga su ejemplo –dijo con dureza alzando la barbilla de forma implacable. Luego de algunos segundos de indecisión, repitió la oferta que tan incansablemente había hecho ya sin obtener ninguna respuesta afirmativa– Ven conmigo, Piero. Ven y tendrás una vida diferente. Ven como mi amigo, no como mi sirviente.

Eres mi mejor amiga y lo siento, pero no puedo apoyar la destrucción de la vida de un hombre. A diferencia de ti, yo no sería capaz de lidiar con mi consciencia –susurró luego de un largo silencio en el que la conexión de sus miradas no cedió, quizás porque él intentaba ganar visualmente una lucha que sabía perdida.

Pues, entonces… –suspiró con la vista empañada y la voz llena de ira contenida–. Que tengas una buena vida, Piero. Te deseo lo mejor.

Él la miró fijamente durante un par de segundos más y se rindió imitando su suspiro. Se adelantó unos pasos, cerró sus maletas y las cogió con firmeza, comenzando a caminar hasta la puerta.

Ella, que esperaba alguna otra clase de adiós, se sentó en su cama con el sentimiento de impotencia anteriormente reprimido inundándola sin piedad.

Dejaré el equipaje en las cocinas bajo la mesa para hacer pan que está junto a la puerta, como acordamos –dijo suavemente desde la salida sin volverse, logrando que ella perdiera las pocas esperanzas que tenía de, al menos, un abrazo de despedida–. Le deseo un buen viaje, señorita Capeletti –finalizó con la voz llena de tristeza y, quizás, un toque de sarcasmo.

Era la primera vez que acudía a las formalidades cuando estaban solos y eso, más que nada, fue lo que la hizo tumbarse sobre su almohada una última vez para llorar por la vida que dejaría atrás.

«Es necesario», se repitió mentalmente con severidad. «De otra forma no sería posible».

Pasó cerca de media hora dejando caer las lágrimas que pensaba que ya estaban agotadas y, finalmente, se levantó con pereza, caminó hasta la cómoda y se miró al espejo de forma crítica. Sus ojos de un iris azul zafiro estaban rojos e hinchados y tenía la cara toda sonrojada, como una chiquilla.

Enojada consigo misma, tomó un trapo húmedo y se limpió la cara con suavidad, manteniendo la mente en blanco y el corazón en un puño.

Y en eso estaba cuando Mina, una de sus doncellas y la madre de Piero, tocó la puerta tenuemente e ingresó sin esperar el permiso habitual con timidez. Sofía la observó con cariño desde el espejo, siendo consciente de que, a pesar de todo, extrañaría cada pequeño rincón de su hogar y a todos los que habitaban en él.

Señorita, el señor Capeletti espera en el recibidor para despedir al invitado –asintió advirtiendo la repentina rigidez de sus músculos. Sin embargo, Mina no se retiró, sino que miró alrededor notando el armario abierto y vacío y su cómoda desprovista de los usuales objetos y se mordió el labio vacilante–. Adiós, señorita Capeletti.

Cuando comenzó a cerrar la puerta, Sofía se paró impetuosamente de su asiento y prácticamente corrió hasta ella, atrapándola en un abrazo que la dejó estupefacta, pero lo correspondió.

Y volvió a sentirse culpable cuando susurró lo siguiente.

Dile a todos que lo siento y Mina… –se separó y se sostuvo del marco, sintiendo que de otra forma caería. La miró y vio la tristeza en sus ojos; la misma que varios minutos atrás tenía Piero–. Cuídalo.

Mina asintió, se frotó los ojos con delicadeza limpiando las repentinas lágrimas y salió definitivamente, dejándola nuevamente sola.

El servicio era de todo menos idiota y desde que hace una semana ella les había ordenado no entrar a su habitación ni siquiera para hacer el aseo y sin decirle ni una sola palabra a su padre, no era difícil deducir que quería hacer sus maletas en privado. Y menos cuando la mayoría de ellos rumoreaba que ella se veía a escondidas con Gianlucca.

Antes de bajar a "despedirse", se acicaló rápidamente tratando de desaparecer las sombras de llanto de su rostro y en un par de minutos estaba junto a su padre.

Que tenga un excelente viaje, Gianlucca. Y mande al mensajero tan pronto como llegue allí –dijo bonachón y él asintió educadamente, rehuyendo la mirada de todos los presentes.

Incluyendo la de ella, pero ignoró el detalle. De todas formas, ella tampoco se sentía capaz de enfrentar a nadie en ese momento.

Cuando el hombre dejó la Mansión, ambos lo miraron avanzar en su carruaje hasta que desapareció por el camino de grava. Escuchó a su padre suspirar.

Es un buen hombre –dijo con pena antes de volverse hacia ella–. Buen trabajo esta noche, querida. Te veías tan adorable como siempre –la tomó suavemente por las mejillas, inclinó la cabeza mientras sus ojos brillaban de orgullo y la plantó un cariñoso beso en la frente–. Tan parecida a tu madre...

Y eso fue más de lo que pudo soportar; a pesar de que intentó contenerse con todas sus fuerzas, se rindió ante el impulso de abrazarlo tan vehemente que el pobre hombre tardó unos segundos en reaccionar, poco acostumbrado a esas muestras de afecto tan íntimas entre su hija y él.

Padre… –musitó con la voz ahogada y cerrando los ojos cuando el familiar perfume y los ligeros rastros de tabaco llegaron a su nariz–. No importa lo que pase, no debes olvidar que siempre te querré y nunca te voy a olvidar.

Él hombre le palmeó la espalda con torpeza y sonrió enternecido.

Claro que no, Sofía querida –se apartó de ella sutilmente, luciendo confundido–. Ahora a dormir, que mañana nos espera un largo día. Partiremos a Génova al mediodía.

Le sonrió brevemente antes de girarse sobre sus talones y comenzó a subir las escaleras con pesadez, ignorante del estado en que la había dejado.

Sofía simplemente permaneció allí unos segundos más y caminó sin ser consciente de lo que la rodeaba hasta la cocina, que estaba completamente vacía justo como Piero había prometido cuando planeaba su escape. Revisó que sus maletas estuvieran en el lugar acordado y suspiró cuando escuchó un galopar en la lejanía, preparada para enfrentar el primer día del resto de su vida.

Cuando el incesante golpe contra la grava se detuvo y los pasos comenzaron a acercarse, su estómago se contrajo, su corazón se aceleró y por un breve instante se arrepintió de no haber mirado en profundidad cada rincón de la casa en la que creció para no olvidar jamás ningún pequeño detalle.

Pero entonces abrió la puerta, se encontró con el rostro de Gianlucca y todas sus penas y preocupaciones desaparecieron como siempre lo hacían cuando estaba junto a él. Su cabello despeinado por la brisa y sus ojos tan grises y brillantes como la plata de sus joyas esparcieron la calidez dentro de su cuerpo y se sintió sonreír embelesada.

Gianlucca no devolvió la sonrisa.

Sofía… –susurró con la voz ronca llena de emociones y la abrazó apretadamente. Ella, como de costumbre, encontró su verdadero hogar en sus brazos.

Y la besó como nunca lo había hecho.

Solía ser delicado y dulce, pero atrapó sus labios con rudeza y ella, a pesar de no despreciarlo, se sintió sobrecogida ante la pasión que mostraba y que era usual que reprimiera.

Algo estaba mal.

Una pequeña voz le dijo que algo andaba terriblemente, porque su boca sabía a desolación y desconsuelo, a tristeza y abandono.

A despedida.

Gianlucca, ¿qué ocurre? –lo enfrentó separando sus labios pero sin romper el abrazo y él no pareció sorprendido ante su capacidad de leer sus emociones.

Sofía, no puedo hacerlo.

Ella, como la joven caprichosa y obstinada que era, lo fulminó con la mirada.

Lo haremos. Nos iremos y seremos felices. No caben los arrepentimientos a estas alturas –dijo con brusquedad como cada vez que hacía cuando se sentía acorralada

y se alejó de él para tomar su equipaje.

Escucha, pequeña…

Lo prometiste.

Lo sé.

Permanecieron en silencio y ella se dio la vuelta y salió al exterior, caminando hasta el caballo que la llevaría a su carruaje hasta Roma.

Detente –e hizo caso más por instinto que por convicción. Gianlucca tomó sus maletas y volvió a ingresar a la casa con los hombros caídos y ojos que lucían apagados y vacíos de vida. Sintió como repentinamente el mundo se derrumbaba a su alrededor y el nudo se reforzaba en su garganta–. Ignazio confía en mí; en ambos. Y lo que estamos haciendo acabará con su vida –dijo con aspereza y rehuyendo su mirada una vez que ella regresó al interior de la cocina.

No tú también, por favor –suplicó en vano–. ¿Crees que no lo sé? Pensé que mis razones estaban claras y tú me prometiste, Gianlucca… me juraste que…

No hay nada que ame más en este mundo que a ti, Sofía. Eres lo único por lo que creo que vale la pena vivir y soy capaz de entregarle mi alma a cualquier bribón sólo para tener unos minutos más a tu lado –se irguió en toda su majestuosa altura para imponerse y ella no supo si sentirse enternecida o furiosa por su declaración–. Cuando llegué hoy, a pesar de que me sentía culpable, no podía esperar a que nuestra travesía hacia Roma acabara para poder encontrarme de nuevo en tus brazos. Pero tu padre…

Siempre se trata de él, ¿no es así? ¿Sabes acaso lo que yo quiero?

Lo sé porque quiero exactamente lo mismo que tú. Pero mientras estábamos en el despacho, me abrió su corazón, Sofía. Y lo único que habita allí eres tú. Te ama con cada fibra de su ser y que me llamen bastardo si le quito lo único por lo que vive.

Sus ojos volvieron a liberar lágrimas de pena y desvió la mirada, aclarándose la garganta antes de continuar por el temor de que su voz también le fallara.

No sabría vivir si no estás conmigo –susurró mirando hacia el suelo, totalmente rendida.

Y yo moriré cada día en que no pueda mirar tu rostro y decirte que te amo –dijo tomándole las manos con suavidad para atraerla hacia él.

Apoyó la cabeza sobre su pecho intentando inútilmente reprimir los sollozos y permanecieron así, en silencio, sólo acompañándose y sabiendo que, quizás, sería la última vez en que la soledad sería su mejor amiga.

Porque cuando el sol está en lo alto, la soledad vela por los amores imposibles, cuidándolos y nutriéndolos. Pero cuando las velas se apagan, los demonios del pasado atacan y el aislamiento te hace cerrar los ojos, deseando con desesperación que el amanecer llegue a borrar el pasado y sanar las heridas.

Sólo que algunas veces, jamás llega.

Gianlucca –dijo con la voz quebrada, luchando por recomponerse–, no es…

Se escucharon unos pasos y Gianlucca posó un dedo sobre sus labios para indicar silencio y una mano grande y áspera sobre la boca de Sofía, que se sintió estremecer. Escuchó lejanamente a Piero discutir con alguien en la entrada de la cocina para impedirle el paso y agradeció que, después de todo, haya decidido cubrirla aunque fuera una última vez.

Volvieron a quedar en un silencio tan penetrante que sintió un pitido agudo en su oído. Él la miraba a los ojos con tanta desolación, que tuvo que besarle la palma de la mano que aún estaba sobre su boca porque no le gustaba verlo así, tan triste y derrotado. Ni siquiera importaba que ella estuviera en las mismas condiciones por su culpa.

Cuando él apartó sus manos, estás cayeron sobre su cintura y sus labios se buscaron por inercia, con el sabor de la despedida mezclándose con las lágrimas saladas.

Y ella apretó los puños en torno a los ropajes que cubrían su pecho sintiéndose devastada, llena de furia y de impotencia.

Cuando se separaron, juntaron sus frentes y cerraron los ojos.

No lo haré porque lo entiendo, Sofía. Si te tuviera junto a mí y algún hombre cobarde y poca cosa te apartara de mi lado, no podría seguir. No podría enfrentar mi reflejo en el espejo y saber que te perdí sin siquiera ser consciente del cuando o del porqué –susurró provocando que abriera los párpados para observarlo fijamente. Desde tan corta distancia, sus ojos se veían vagos y difusos, pero brillaban con un sentimiento que le encogió el corazón–. No puedo hacerlo y te amo, Sofía. Te entregaría el mundo si estuviera en mis manos el hacerlo, pero no puedo.

Se separó súbitamente de ella y atravesó la puerta con paso veloz, dejándola con una mezcla de sentimientos que la hizo sentir mareada.

Gianlucca… –susurró sin saber que más decir.

Se miraron durante un par de instantes y él comenzó a cerrar la puerta trasera de la mansión con una lentitud que parecía insuficiente. Entonces, justo antes de que Sofía escuchara el chasquido de la portezuela, él susurró algo que le rompió en corazón en mil pedazos y la hizo quedarse allí parada, en medio de la gran cocina, completamente sola y tan vacía…

El final de la noche lo recordaría como si hubiera sido cubierto con un velo oscuro e inquebrantable. Sabe que, de alguna forma, consiguió salir de esa estancia y Piero corrió hasta ella con el corazón en un puño, sorprendido de volver a verla cuando estaba convencido de que esa sería la última vez. Sospecha que lloró sobre él sin importarle lo poco apropiado que era estar con un hombre sobre su cama hasta que el peso de sus párpados le ganó al deseo de su corazón roto de liberar todo aquello. Sabe amaneció bajo el amparo de las paredes blancas de su habitación, recostada en el regazo de Piero porque él, en algún momento de esa noche infernal, también se había rendido ante Morfeo. También sabe que Mina organizó su guardarropa pacientemente mientras ella lloraba desconsolada y ajena a la silenciosa compañía de ambos.

Y confirmó que el servicio entero sabía de su relación oculta por las miradas de pena y las atenciones más insistentes de lo usual, pero nada de eso importó porque, sencillamente, ya nada lo haría jamás.

El resto es historia. Se casó unos cinco años después con el hombre perfecto que eligió su padre y él le dio toda la libertad deseada, expandiendo sus relaciones comerciales incluso hasta en América y fue una de las pocas que logró sobrevivir a la crisis económica al fin de la Gran Guerra en 1918 y a la posterior a esa en los años 30.

Si en algún momento se arrepintió de quedarse con su padre, jamás lo supo. No pensaba en ello. Pero sin embargo, intentó ser la hija que él esperaba que fuera y el hombre murió con una sonrisa de plenitud infinita y orgullo desmesurado en sus labios, ignorante del sacrificio que su hija había hecho por él.

Gianlucca murió unos diez años después de su despedida y algunos dicen que fue de soledad. Y Sofía, que sólo lo había vuelto a ver un par de veces desde esa noche y sólo de vista, recibió la noticia estoicamente.

Nadie, ni siquiera su esposo, Mina o Piero, supo que pasó todas las noches del siguiente mes llorando la pérdida y pasó muchos años ahogada en recuerdos que lograron que fuera calificada como una mujer ausente y distraída, casi al borde de la locura.

Recuerdos como sus besos, sus caricias y sus ojos; esos maravillosos ojos grises que siempre que la miraban la hacían sentir cálida y amada. Cosas como las palabras, dichas o no, que compartieron y los momentos que, bajo el resguardo de las sombras de su mansión, tuvieron juntos.

¿Qué si fue feliz? Nunca conoció la verdadera felicidad como para juzgarlo.

Lo único que sabe con certeza es que lo último que escuchó de él lo recordaría incluso en su lecho de muerte, cuando en medio de su delirio lo único que podría pronunciar incansablemente fuera su nombre, ante el desconcierto de sus hijos y de sus allegados, que jamás tendrían idea de quién era el hombre que le robaba los sueños a la disciplinada, inteligente y hermosa mujer.

Lo siento, mi dulce Sofía.


Despertó sobresaltada, bañada en sudor frío y con un inexplicable temblor azotándole el cuerpo. Se incorporó sobre la cama respirando agitadamente y un ligero mareo la obligó a volver a tumbarse sobre la almohada.

¿Qué mierda había sido eso?

Sabía que mientras dormía, soñaba; principalmente porque todos lo hacían. Pero no solía recordar sus sueños y este había sido tan vívido…

Era como si de una forma u otra, ese sueño fuera parte de ella.

Sacudió la cabeza de nuevo preguntándose si le faltaba algún tornillo y se giró para mirar el reloj sobre su velador.

Las cinco y media de la mañana.

Gimió angustiada y se puso la mano sobre los ojos en un intento obligarse a dormir nuevamente.

Pero se percató de la humedad en sus dedos y, confundida y aturdida a partes iguales, se dio cuenta de que estaba llorando.

Definitivamente debía renunciar a las películas de época. Y al exceso de helado por las noches.

Se levantó con pesadez y, con un suspiro resignado, fue hasta el baño a lavarse la cara y empezar el día un par de horas más temprano de lo usual. Cuando estuvo frente al espejo, se miró de forma crítica; sus ojos de un iris azul zafiro estaban rojos e hinchados y tenía la cara toda sonrojada, como una chiquilla.

Sofía

Cerró los ojos y tuvo que apoyarse de la pared para no caerse.

¿Qué le estaba pasando?

Había tenido un déjà vu de lo más perturbador y, vamos… sólo había sido un sueño.

–Porque sólo fue eso, ¿cierto? Una proyección inconsciente de mi cerebro mientras dormía, ¿verdad? –se dijo a sí misma frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza, despachando cualquier idea descabellada del tipo que a su mente le gustaba procesar.

–Luces horrible y continúas hablando sola. ¿Debería preocuparme? –apuntó el espejo con sarcasmo y ella lo ignoró.

Estúpido espejo.

Había tenido una noche terrible y a él sólo se le ocurría burlarse de ella.

Estúpido cristal supuestamente inanimado.

–Cállate –dijo cortante y le sacó la lengua infantilmente antes de caer en cuenta de lo que hacía.

Estaba discutiendo con un espejo.

Já. Já…

Ignorando su extraño sueño y su inquietante discusión con un objeto que debería ser inanimado, se metió a la ducha y cerró los ojos con placer cuando sintió el agua caer sobre su cabeza y derramándose por sus hombros, limpiando cualquier malestar previo.

Y como podía darse el maravilloso lujo de disfrutar de un baño caliente a sus anchas y sin ninguna prisa, cuando salió se fijó en que el reloj ya marcaba las seis y treinta, hora en la que solía despertar. Así que con pereza y lentitud, se vistió y salió de la habitación.

Estaba hambrienta.

Era extraño, dado que el día anterior había comido tanto que pensó que…

Argh, el día anterior.

¿Por qué, oh Dios, por qué su mente no era normal y suprimía los malos recuerdos? ¿Por qué se empeñaba en traerlos de vuelta como un sádico círculo vicioso? Porque no importaba lo mucho que lo intentara, jamás podría olvidar lo que había ocurrido.

Y es que, sorpresa, sorpresa, el almuerzo con su padre había sido tan terrible como lo había imaginado. Incluso peor.

A penas llegó, Ron no había dejado de mirarla lleno de ira, pero se había reservado sus comentarios. Sin embargo, ni siquiera hacía falta qua abriera la boca dado que toda la familia la miraba con una gran gama de emociones que iban desde la confusión hasta la decepción.

Y se sintió inmensamente irritada porque incluso Lysander la miraba con reproche.

¿Quién carajo se creía que era para mirarla a ella con reprobación? No era ningún santo y Lily a su derecha, también con ojos inquisitivos, lo demostraba.

Incluso llegó a pensar que se salvaría de la furia estúpida e irracional de su padre cuando el almuerzo pasó sin más que miradas asesinas durante toda la comida, que había sido la más silenciosa de todos los tiempos.

Pero como el hombre no podía aguantarse, cuando se retiraba al jardín para pasar la tarde al resguardo del gran roble acostumbrado, él la abordó en medio de susurros histéricos que no tardaron en convertirse en gritos cuando le confirmó que salía con Marius mientras todos los Weasley los rodeaban. Había sido una completa pesadilla y agradeció que Hugo estuviera todo el tiempo junto a ella y que su madre permaneciera tras su padre regañándolo hasta que se rindió.

Al menos se calmó un poco cuando le dijo que no tenía absolutamente nada que ver con Scorpius y aunque sabe que mintió un poco, fue para protegerlo.

Y es que era tan injusto… ¿Por qué nadie armó escándalo alguno cuando Lily apareció colgada del brazo de Lysander y a ella la retaban por salir con un buen hombre?

Hacia el final de la tarde, harta de la ley del hielo de su padre, le dijo que bien se podía meter sus prejuicios por donde mejor le apeteciera, porque su enfado no iba a cambiar en nada lo que sentía por Marius (que era más bien nada, claro. Pero le enfurecían las personas prejuiciosas y le molestaba aún más que precisamente su padre fuera así de idiota) y se desapareció, dejando a la familia atónita.

Quizás fue un poco drástica, pero estaba harta.

¡Tenía 22 malditos años! Podía hacer lo que se le viniera en gana, joder.

–¡Argh, joder! –gruñó repitiendo la maldición de su mente cuando se quemó la mano derecha con el sartén que preparaba sus huevos.

Eso, la inquietante discusión en el baño, los recuerdos y el sueño auguraban un día de pesadilla.

Y no pudo pedir un mejor comienzo cuando recordó que al mediodía volvería a encontrarse con Scorpius. Genial.

Absolutamente genial.

Recordando que ese lunes tendría que posponer su habitual almuerzo con Teddy, le envió una lechuza y se sentó a desayunar huevos con tostadas que, cómo no, se le habían quemado.

Si a todo eso le sumaba la tensión permanente en sus hombros, bien podría afirmar que sólo faltaba su cuerpo para revelarse en su contra y probablemente le saldría algún tipo de sarpullido molesto en alguna parte inalcanzable de su espalda.

Merlín, en serio esperaba que eso no pasara. No había nada más frustrante que una picazón que no podías aplacar.

Y cuando, quizás provocada por la fuerza de su mente, un pequeño picor inició un poco más abajo de su hombro, gimió internamente; ese día sería una mierda.


Salió al encuentro de las calles londinenses luego de abandonar el tren subterráneo y se ajustó la bufanda alrededor del cuello ya que el frío de finales de Octubre, aunque ligero, era despiadado y el encuentro con Albus y Scorpius en el Ministerio se veía incluso apetecible por la promesa de la calidez de una estancia cerrada y mágicamente cálida.

Poco antes de abandonar su oficina, le envió una lechuza a su primo para un corto almuerzo juntos y él respondió con evasivas. Imaginaba que era porque esperaría a Scorpius ese día, pero Rose no aceptó un no por respuesta.

Así que acordaron que ella lo esperaría cerca de la entrada para visitantes al edificio y él la buscaría cuando el Departamento de Misterios se desalojara e irían a su oficina a hurtadillas porque estaba terminantemente prohibido llevar visitas a esa zona.

En lo particular, Rose detestaba esa planta porque le recordaba a las mazmorras en Hogwarts, que siempre le parecieron tenebrosas. Entrar allí era como estar dentro de una película de terror: al salir del ascensor, había un pasillo infinito sin ventanas que terminaba en una imponente puerta negra. La diferencia estaba en que tras la puerta no había ningún espectro maligno, que no había ninguna esquina tras la cual pudiera ocultarse algún asesino en serie y que nadie la perseguiría mientras avanzaba a través del pasillo, pero ese pensamiento no era tranquilizador.

Cuando llegó al punto de acceso al Ministerio luego de una caminata de casi diez minutos, encontró a Scorpius apoyado sobre la destartalada cabina telefónica para visitantes e inmediatamente se puso a la defensiva, acercándose a él con pasos cautelosos.

Malfoy, que leía un pergamino completamente ajeno al mundo, no alzó la cabeza ni siquiera cuando ella carraspeó para que reconociera su presencia.

¿Qué ocurría con él? Cualquiera diría que luego de arrastrarla a esa situación, él podría tener la delicadeza de ser educado y, al menos, darle algún saludo vago antes de volver a su lectura.

Pero no. Oh, no. Malfoy no era así de decente. Él se limitaría a fingir que ella no existía porque de seguro pensaba que ella era inferior y, además, era un insufrible de mierda.

Así que pensando en eso, soltó un bufido indignado y como él tenía la cara parcialmente oculta por el pergamino, fulminó su frente con la mirada.

–Sé que estás allí, sólo quería alargar la maravillosa tranquilidad que me rodeaba antes de que llegaras –alzó la vista y sonrió de esa manera que te hace sentir tan idiota y pasó a observarla minuciosamente, escaneándola por completo antes de llegar a su rostro.

Se ruborizó ante su cinismo y su desfachatez, pero decidió no darle importancia a cualquier cosa que él hiciera para avergonzarla y poder reírse a su costa. Además, no le haría muy bien a su imagen de supuesta cordura y rectitud si le chillaba que dejara de mirarla así porque le crispaba los nervios.

Claro que eso de no gritarle era mucho más difícil porque su inspección no cesó ni siquiera cuando intentó asesinarlo con la mirada.

–Pues a mí me apetecería más ser una verruga en el culo de un Trol, pero ya vez… no siempre se tiene lo que se quiere –replicó mordazmente, cruzándose de brazos y alzando la barbilla con orgullo.

–Siempre me encuentro sorprendido ante tu continuo desborde de encantos femeninos –dijo suavemente y sonrió–. Pero ahora me perturban un poco tus... ambiciones.

Merlín santísimo, ¿En qué ocupaba este hombre su tiempo libre? ¿En buscar a chicas inocentes para hacerlas víctima de sus despiadados comentarios? ¿En practicar pausas al hablar para ser aún más desesperante?

Oh, ya podía imaginarlo. Seguro se encorvaba sobre una mesa ajada y mohosa de madera en una habitación a oscuras y con sólo una moribunda vela para hacerle compañía. Pasaba horas enteras viendo fijamente un pergamino en blanco hasta que su mente creara una perversa idea que derivaba de alguno de sus vergonzosos recuerdos junto a ella y sus ojos se tornarían oscuros, casi rojos, mientras escribía sobre el papel con una sonrisa a medias de suficiencia y llenaba sus oraciones de puntos suspensivos para que…

Por Dios, debía dejar de especular en ese mismo instante.

Sacudió la cabeza intentando espantar esas ideas de su cabeza y resopló, procurando pensar en algún tema de conversación que no desembocara en un potencial sonrojo o, en su defecto, en un silencio incómodo.

–¿Albus no ha venido a buscarte? –inquirió con toda la intención de abandonar el tema anterior y pensando en que quizás Albus se había pasado por allí para excusarse por la más que obvia demora.

–Sí –dijo seriamente antes de añadir–. Y me quedé aquí sólo para avisarte.

¿Por qué se quedaría? Fácilmente podría haberse ido con su primo y luego ella buscaría la forma de unirse a ellos. Entornó los ojos un segundo intentando dilucidar si se trataba de un chiste o hablaba en serio y, entonces, él arqueó una infernal ceja sin siquiera molestarse en lanzarle una de sus despreciables sonrisas socarronas.

Era como si no valiera la pena dedicarle el gesto porque ella inmediatamente reconocería la total estupidez que era dudar de las palabras de Scorpius cuando era más que obvio que bromeaba si la miraba lo suficiente como para que se rindiera ante el poder de la ceja.

Pero Rose tenía un poco más de fuerza interior de lo que cualquiera pudiera imaginar, así que frunció el ceño y apretó los puños, sin explicarse muy bien por qué se sentía tan enojada.

–Dime una cosa, Malfoy –siseó acercándose a él para probar suerte y ver si podía intimidarlo. Sólo logró incomodarse a sí misma por la cercanía–. ¿Qué haces en tu tiempo libre? ¿Te sientas en rincones oscuros de habitaciones lúgubres a idear formas retorcidas para destilar todo tu desagrado hacia el mundo entero?

El compuso una mueca burlona y rió entre dientes antes de responder.

–Oh, yo amo al mundo. Lo que me molesta es la gente que lo habita –afirmó divertido al ver lo obscenamente fácil que era irritar a Rose–. Además, eso es un hábito que pierde color cuando tú pareces pasarte todo el día distraída por tus infructuosos intentos de suprimir tus anhelos de ser una verruga en el culo de un Trol.

Le dedicó la mirada más mortífera de su repertorio, maldiciéndose a sí misma por cometer el desastroso error de querer entablar una conversación civilizada con ese odioso de mierda.

–Por Circe, qué sorprendente es verte actuar de forma enfermiza y sardónica –gruñó sarcástica y Scorpius arqueó las cejas, expectante por el final de esa afirmación.

–¿En serio? –preguntó con su acostumbrado cinismo para obligarla a continuar y poder reírse a su costa.

–Si, en serio. Jamás lo hubiera imaginado, Malfoy; ¿Quién diría que, a parte de ser insoportable, fueras impredecible y, además, un filántropo que ama al mundo? Eres toda una caja de sorpresas –finalizó sonrojada por el esfuerzo que requería contener un par de chillidos de ira y el hombre la miró un par de segundos más antes de echar la cabeza hacia atrás y proferir una corta carcajada. Ella se limitó a enfurruñarse y cruzarse de brazos con obstinación y el movimiento atrajo la atención de Scorpius nuevamente, porque su mirada crítica volvió a pasearse por su cuerpo sin ningún tipo de decoro y ella, dividiéndose entre la irritación y la vergüenza, añadió entre dientes–. Deja de hacer eso. Es una falta de respeto

Él inclinó la cabeza y alzó la ceja en una muda burla por su pudorosa reacción.

–¿El qué? –la retó con una sonrisa ladina y Rose soltó un gruñido gutural antes de darle la espalda, decidiendo ignorarlo hasta que no tuviera más remedio que hablarle nuevamente en presencia de Albus.

Y es que no iba a caer en su juego porque sabía por experiencia que si lo hacía, ese idiota volvería a sacar lo peor de ella.

Sin embargo, gracias a Merlín no tuvieron que esperar más que un par de minutos porque el silencio le estaba taladrando los oídos y ella tenía la insoportable costumbre de intentar llenar los vacíos incómodos diciendo estupideces con el potencial de dejarse a sí misma en ridículo, como ya había tenido la oportunidad de demostrar unas cien veces en esos cinco minutos a solas con Malfoy.

Así que cuando vio llegar a su primo, prácticamente se le echó encima y poco faltó para que sollozara de alivio.

–¡Albus, que bueno que llegas! –exclamó con demasiado entusiasmo. Tanto, que el susodicho quedó algo descolocado –.Traje estofado de carne de res y arroz para acompañar, tu favorito –lo soltó y le sonrió abiertamente. Nunca se había sentido tan feliz de ver a alguien en su vida.

–Ya siento cómo mi boca se hace agua. Estoy hambriento –dijo poniendo las manos sobre su estómago, haciéndola reír. Albus se inclinó un poco y alcanzó a ver a Scorpius, aún apoyado sobre la cabina, observándolos con una mueca de desinterés–. Malfoy, gracias por venir y por tu discreción. Y siento mucho la espera, pero debía aguardar a que el departamento se vaciara para que tengamos privacidad –dijo con una formalidad y determinación en su voz que a Rose le sonó ajena y extraña, estrechando la mano de Scorpius con solemnidad.

–Descuida, Weasley la hizo bastante grata –Rose bufó aun ignorándolo y Albus los miró inquisitivamente–. Aunque me pregunto a qué debemos el honor de su presencia.

–Olvidé decirte –Albus chocó la palma de su mano contra su frente, reprendiéndose internamente por su descuido–. Rose no pudo escoger un momento más oportuno para traerme el almuerzo.

–Bien puedo irme y yo y mi estofado disfrutaremos muchísimo sin ti –dijo resentida ante el sarcasmo de su primo, mirándolo con la nariz arrugada y los labios apretados formando un gesto de rencoroso desdén.

Scorpius rió entre dientes y Albus rodó los ojos.

–Pues si hay suficiente para los tres, puedes quedarte –dijo Malfoy finalmente, encogiéndose de hombros.

Rose, que aún le daba la espalda, se giró y lo miró con ojos encendidos por la advertencia, pero recogiendo los pedazos de su dignidad se adelantó a la cabina, asegurándose antes de golpear a Albus con su hombro al pasar.

Escuchó las risas de ambos mientras la cabina descendía y tuvo el terrible presentimiento de que la camaradería masculina lograría que se aliaran en su contra.

Maldita testosterona.

–Potter, si me disculpas el atrevimiento, me gustaría saber qué hago aquí. La carta no fue demasiado específica –dijo cuando los tres se sentaron en el pequeño escritorio de Albus a comer.

–Y debiste haberme dicho que él estaría aquí. Habría sido una buena manera de deshacerte de mí –dijo Rose como quien no quiere la cosa pinchando un pedazo de carne con el tenedor como si éste tuviera la culpa de todas sus desgracias.

Scorpius arqueó la ceja burlonamente y Rose entornó los ojos en su dirección. Claro que ambos sabían qué hacían allí, pero debían guardar las apariencias.

Albus volvió a mirarlos con suspicacia, pero sacudió la cabeza para sí mismo y vaciló antes de responder al no estar seguro de que Rose pudiera escuchar lo que debía decir.

Finalmente suspiró y comenzó a hablar tras el primer bocado.

–¿Qué más da? Al fin y al cabo fue tu idea –Rose fingió desconcierto cuando Albus se dirigió a ella–. Pues, er… Malfoy, eres el único que no es expulsado por la esfera y fuiste quien la encontró. Con lo quisquillosa que hemos descubierto que es, eso debe significar algo y decidí tomarlo en cuenta, así que, bueno… necesito ayuda para descifrar la esfera. ayuda –dijo al decidir que era mejor ser directo y no andarse con rodeos que sólo le quitarían tiempo.

Scorpius fingió considerarlo unos segundos antes de responder.

–De acuerdo, entiendo –asintió lentamente y añadió–. Pero me da curiosidad… ¿Por qué me citaste durante la hora del almuerzo cuando el departamento está completamente vacío? No quiero hacer nada que comprometa mi nombre.

Albus se removió incómodo y masticó lentamente. Rose, por otra parte, le lanzó una mirada fulminante.

¡¿Por qué tenía que sacar a relucir la moral de su primo?! ¿Era necesario? Albus era tan... bueno, tan Albus que lo más probable era que se retractara.

–Mi jefe es algo…

–¿Cabrón? –finalizó Scorpius por él cuando su primo se hallaba en el dilema de encontrar una palabra lo suficientemente sutil como para denominar al imbécil de su jefe.

–Susceptible –corrigió riendo entre dientes–. Afirma que soy un inútil y no está dispuesto a darme aunque sea una pequeña oportunidad. Si la idea no proviene de él, no es aceptable; pero la realidad es que su iluminado cerebro no nos ha hecho avanzar absolutamente nada en la investigación –se agitó el cabello con frustración antes de bufar–. Me temo que si seguimos así, jamás sacaremos nada en claro.

–Entonces comenzarás tu propia pesquisa, ¿cierto? –dijo luego de limpiarse la boca tras el bocado de forma insoportablemente educada y parsimoniosa, como si fuera un rey disfrutando del poder sobre su pobre súbdito. Albus sólo asintió–. No pensé que fueras capaz de saltearte tantas normas, Potter. ¿Debería estar decepcionado? –preguntó con suficiencia sobreactuada y Albus volvió a reír.

Rose, por su parte, apuñaló un pequeño pedazo de carne que no tenía culpa de nada. ¡Sólo tenía que aceptar! No debería estar aprovechándose de esa delicada situación sólo por complacer a su retorcido sentido del humor.

–No conoces a mi padre –dijo Albus entre risas, logrando que Scorpius también riera entre dientes. Rose bufó y ambos la miraron como si acabaran de percatarse de que seguía allí antes de continuar con su conversación y, de paso, su silencioso pacto de ignorarla.

–Tienes razón, pero antes de aceptar, estoy seguro de que hacer esto a escondidas es ilegal… ¿Cómo sé que no me veré comprometido? Y, de resultar provechoso nuestro acuerdo, ¿cómo saldría bene… –como estaba sentado junto a ella, Rose decidió tomar al situación entre sus manos y le pellizcó el muslo, logrando que Scorpius arrugara el rostro en una mudo gesto de dolor. Pero es que en serio… ¿Tenía que ser tan insoportable todo el tiempo?–...ficiado si mi intervención da frutos positivos? –finalizó con voz ahogada, pero no la miró ni siquiera de refilón.

–¿Estás bien? –preguntó Albus al notar la inusual pausa y Scorpius frunció el ceño.

–Sí, sólo me parece que este estofado es algo quisquilloso y debería entender que trato de tragarlo bien. Casi me ahogo –dijo con reproche y Albus lo miró confundido antes de girarse hacia Rose, que comía demasiado angelicalmente.

–Vale, er… sí, tu pregunta –sacudió la cabeza para reponerse y antes de continuar–. Tu nombre jamás será mencionado si llegan a atraparme. Si todo sale bien, compartiremos el crédito y, bueno… daremos mucho de qué hablar. Un Potter y un Malfoy trabajando juntos. ¿Una locura, cierto?

Ambos rieron y Rose rodó los ojos sin querer evitarlo. ¿Por qué los hombres eran tan idiotas cuando se juntaban? Ni siquiera su bondadoso y cuasi-perfecto primo se salvaba.

–Perfecto, entonces. Estoy dentro.

–¡Genial! –exclamó Albus luego del último bocado y se levantó de la mesa con los ojos brillando de anticipación. Rose se limitó a bufar nuevamente, alejando su plato e imitándolo.

–Este almuerzo no fue en absoluto como imaginaba –y era sincera. Esperaba que Scorpius se dejara de estupideces y aceptara rápido, pero Albus lo interpretó como que ella quería compartir un tiempo a solas con él y hablar amenamente, como de costumbre–. Así que si mi presencia ya no es necesaria, me retiro –finalizó dramáticamente mientras comenzaba a caminar hasta la puerta, olvidando su objetivo al montar todo ese teatro por pura indignación.

–Weasley –llamó Scorpius repentinamente y los primos se volvieron a verlo, uno sorprendido y la otra desafiante–. No soy experto en cuestiones culinarias, pero al estofado le faltó algo de sal.

Rose resopló con enfado. No había sido el comentario en sí, sino el tono condescendiente que había empleado lo que la había molestado.

–No lo hizo ella. Seguro lo trajo de GG'S Cornucopia; Rose no es capaz de hacer ni hielo –dijo Albus en tono confidencial y Scorpius y él se echaron a reír, pero la mirada mortífera de su prima lo hizo retractarse–. Aunque igual estaba delicioso, muchísimas gracias.

–Bien, porque para tu información sí lo hice yo –mentira; sus conocimientos de cocina se limitaban a las cosas básicas para sobrevivir, pero ellos no tenían por qué saber eso. Aunque sus miradas le indicaron que no le creían nada–. Y ya puedes irte despidiendo de tu invitación a los miércoles de películas en mi piso –terminó saliendo de la estancia con un elegante y ofendido aspaviento de la cabeza.

O al menos intentándolo, porque se tropezó de la forma más ridícula posible con el tapete que cubría las afueras de la oficina. Pero igual mantuvo la cabeza en alto con dignidad y, cuando azotó la puerta tras ella, escuchó a los hombres carcajeándose abiertamente por su descuido.

Malditos hombres y maldita torpeza.

Avanzó un par de minutos y finalmente cayó en la cuenta de que, en efecto, debía regresar. No podía salir del Ministerio sin Albus de escolta dado que ella en teoría no debía estar allí y con lo distraída que era, se perdería fácilmente en el laberinto que era el Departamento de Misterios.

Y claro, ella también tenía que hacerle una visita a la esfera.

Cuando ingresó nuevamente en la oficina, se encontró a Albus y a Scorpius mirando fijamente hacia la puerta que ella acababa de abrir. Cuando entró, estallaron en risas cómplices e irritantes.

–Sabíamos que volverías –dijo su primo entrecortadamente por tanta carcajada inútil–. No puedes salir sin mí, cariño.

–Weasley, no sabía que fueras tan descuidada.

Rose entornó los ojos, alzó el mentón y se cruzó de brazos, aguantando las burlas con un estoicismo envidiable. Albus se levantó perezosamente y estiró los músculos, aun sonriendo abiertamente.

–Vamos, te llevaré.

Rose asintió y consideró seriamente la idea de irse definitivamente y dejar a Scorpius por su cuenta pero antes de siquiera dar un paso, Malfoy intervino.

–Creo que Weasley debería quedarse –dijo de improviso, logrando que Albus se volviera hacia él y Rose alzara las cejas, dejando que él solito inventara una excusa. Después de todo, él disfrutaba de una extraordinaria capacidad de improvisación, así que no tendría ningún problema–. Si no me equivoco, debe faltar una media hora para que el descanso de los empleados termine y te tomará al menos 15 minutos regresar. Una total pérdida de tiempo, si quieres mi opinión.

Albus lo miró dubitativamente y volvió a componer una mueca suspicaz, llevando sus ojos de Rose a Scorpius y viceversa, notando la tensión en sus invitados. ¿No era posible que sospechara, cierto?

Finalmente sacudió la cabeza y ambos contuvieron un suspiro de alivio. Demasiadas explicaciones y excusas que inventar si se daba cuenta de algo.

–Tienes razón –concedió con un asentimiento y volvió a mirar a Rose con indecisión–. ¿Te molestaría? En verdad necesito hacer esto y creo que tu inteligencia sería útil.

Se encogió de hombros intentando restarle importancia y Albus sonrió satisfecho.

Los tres abandonaron la oficina y su primo los guió a través de lo que parecieron cientos de pasillos hasta que llegaron a una gran habitación circular decorada con muchas puertas y con el techo casi invisible por la oscuridad del lugar. Rose se colocó tras Albus de manera instintiva; el lugar era intimidante. Él los hizo situarse en medio del gran salón y pronunció en un latín perfecto la habitación a la que quería entrar y las puertas comenzaron a girar de forma mareante hasta detenerse en la que parecía más nueva y, por ende, más imponente.

–Desde que mi padre y sus amigos estuvieron por aquí, ahora a todos los inefables nos exigen un dominio perfecto del latín pues nadie logra explicarse como se las arreglaron para entrar –explicó ausente mientras ingresaban al lúgubre recinto–. Estamos en la Sala de Misterios Inclasificables, abierta especialmente para nuestra querida esfera –añadió con sarcasmo cuando la puerta se cerró tras ellos. Volvió a articular unas palabras en latín y la sala se iluminó.

Era grande y en los alrededores se ubicaban largas mesas cubiertas de planos, papeles y gruesos libros. En el centro, la esfera seguía tan reluciente como la recordaba y brilló aún más cuando se acercaron, haciendo que Albus mirara a Scorpius con un matiz de triunfo en sus ojos.

–Nunca hace eso –reveló felizmente, dirigiéndose a Scorpius con admiración–, así que yo tenía razón. Es toda tuya –dijo empujando ligeramente a Scorpius para que se acercara.

Rose, por algún impulso extraño, fue detrás de él con cuidado, manteniéndose alejada del perímetro de seguridad marcado a pesar de las inexplicables ganas de aproximarse.

Malfoy logró pasar sin problema alguno la señal de precaución y cuando se posó a centímetros de la esfera, las letras impresas en la superficie de las franjas despojadas de joyas de las que su primo le había hablado hace días desaparecieron. Albus y Rose soltaron un jadeo de sorpresa, pero Scorpius se mantuvo inmutable.

Dime, Scorpius, ¿Qué quieres saber?

–¡Joder, jamás había hecho eso! ¿Qué dice? –preguntó Albus impresionado situándose junto a Rose, que tenía la cada vez más imperiosa necesidad de acercarse.

El mensaje debía ser directo a Malfoy, porque no entendía absolutamente nada de lo que decía. Para ser honesta, eso la molestó un poco porque se suponía que ella también tenía una inverosímil conexión con la reliquia.

Pero sólo un poco.

–Me ha preguntado qué quiero saber, pero no sé exactamente qué indagar –se volvió a mirar a Rose con el ceño fruncido y ella se limitó a encogerse de hombros, evitando fijarse directamente en sus ojos como llevaba haciendo desde que se habían encontrado. Aún no dejaban de hacerla sentir extraña por su intensidad.

–Pregúntale de dónde viene o quién la creó –dijo Albus son poder disimular su ansiedad ni su renovado entusiasmo.

–¿Quién es tu creador? –inquirió y su mueca torcida le hizo saber a Rose que se sentía como tonto hablándole a la esfera como un igual, pero él mantuvo su estoicismo. La frase escrita se desdibujó y abrió paso a una nueva oración.

¿En serio, Scorpius? No creo que esa sea la duda más relevante y de todas formas no importa dado que la respuesta no tendría ninguna utilidad.

–¿Y cuál es la pregunta correcta? –dijo lentamente, casi saboreando las palabras antes de pronunciarlas.

Quizás Rose pueda ayudarte. ¿Por qué no se acerca? Sabe que no le haré daño.

Volvió a fruncir el ceño de forma pensativa y clavó su mirada en Rose, que parecía lidiar con una especie de lucha consigo misma.

–¿Qué pasó? –Rose agradeció la pregunta de su primo, porque no se sentía capaz de pronunciar ninguna palabra coherente, demasiado concentrada como estaba en evitar que sus pies se movieran por su cuenta.

–Quiere que ella se acerque –dijo sin despegar sus ojos de la chica, que se mordió el labio inferior con nerviosismo y se giró hacia Albus, pidiéndole permiso de forma silenciosa.

–Adelante, Rose. No tenemos mucho tiempo –dijo él tan atónito como ella luego de consultar su reloj y la empujó levemente cuando la chica no hizo ademán de moverse.

Avanzó con paso dubitativo hasta el podio ignorando la familiar sensación de tranquilidad que la embargaba justo como cuando se acercó a la reliquia por primera vez y se detuvo cuando llegó junto a Scorpius. Tras ella, escuchó otro jadeo impresionado.

–Dijo que tenía que hacer la pregunta correcta si quiero que la responda y que quizás tú podrías ayudarme.

Rose asintió sintiendo que sus manos comenzaban a temblar por el nerviosismo que le inspiraba la esfera; aparentemente, ni toda la paz del mundo podría acabar con sus reticencias. Miró hacia el suelo completamente concentrada, intentando pensar en algo clave que se les estuviera escapando.

Finalmente bufó y miró a Scorpius intentando darle a entender que sin la información necesaria, no podrían atinarle.

–¿Y cuál es "la pregunta correcta"? –exclamó impaciente y dio un respingo cuando las letras comenzaron a aparecer.

Sería trampa si te digo, ¿no crees?

Malfoy rió ligeramente y Rose lo fulminó con la mirada.

–¿Qué? ¡Díganme! –exigió Albus como un niño pequeño y caprichoso, pero Rose estaba demasiado aturdida y enojada como para responderle.

–La esfera acaba de regañar a Rose por tramposa –respondió Scorpius por ella, ganándose otra mirada cabreada.

–Bien, er… ¿Por qué no dejas que nadie más que nosotros se acerque? –dijo desganada, sin ninguna esperanza de recibir respuesta.

¡Eureka! ¿Por qué crees que será?

Volvió a respingar al leer la frase y ambos, Scorpius y Rose, rodaron los ojos sin poder evitarlo.

–¿Estás tratando de hacer que respondamos nuestras propias preguntas? Es algo retorcido –Scorpius negó con la cabeza y Rose lo miró incrédula.

¡Él era el rey de las cosas retorcidas y absurdamente cínicas! No debería estarse quejando; la esfera y él hablaban el mismo idioma.

–Joder… ¿Creen que si se lo piden deje que me acerque? Aquí me siento algo apartado –refunfuñó Albus agitando su indomable cabello negro. Rose, por su parte, se sintió extrañamente reconfortada; hasta hace unos minutos, Albus había pasado de ella olímpicamente y ahora recibía el mismo trato.

Y Scorpius era un idiota y ahora la reliquia le pagaba con el mismo galeón.

Merlín, la esfera estaba haciendo justicia. Sonrió levemente; qué satisfacción.

Qué mas da… podrá hacerlo sólo cuando ustedes estén aquí.

Scorpius y Rose miraron a Albus con un deje de desconcierto. ¡Esa esfera era toda una caja de sorpresas!

–Acércate, Albus. Pero sólo te dejará cuando estemos nosotros aquí –dijo ella repitiendo lo dicho por la esfera y su primo comenzó a caminar con paso vacilante. Regresando su mirada a la reliquia, meditó unos segundos lo que podrían decir a continuación y cuando el hombre se posicionó junto a ella, continuó– ¿Alguna idea?

–Como ya le había comentado a Rose, no creo que la esfera actúe sólo porque sí. Si se dirige a ustedes solamente, es porque soy un genio y he encontrado a los destinatarios del mensaje –Albus sonrió triunfante.

Excluyendo su auto-proclamación como "genio", el chico tiene razón; pero porqué, oh, buenos Dioses, porqué solo me dirijo a ustedes.

–Mira quien tiene sentido del humor –masculló Rose sarcásticamente y sintiendo como aquella ligera satisfacción que había sentido se esfumaba ya que estaba segura de que de poder reír, la esfera estaría descojonándose en sus caras.

–Tienes razón, Potter. Y la reliquia maneja muy bien los conceptos de la ironía… se está burlando de nosotros –explicó Scorpius antes de que Albus abriera la boca–. Oh, y dice que, en realidad, no eres un genio.

A pesar del potencial insulto que esa afirmación sugería, su primo dio un pequeño salto de alegría e hizo un descoordinado baile de la victoria.

–Chúpese esa, jefe –exclamó ganándose sendas miradas por parte de sus acompañantes.

–Albus, no seas idiota. Concéntrate; no nos queda mucho tiempo –Rose se acarició la barbilla pensativa y volvió a clavar su mirada en la reliquia–. A ver… la esfera sólo se dirige a nosotros porque quiere darnos alguna clase de mensaje. Las personas dan mensajes cuando quieren comunicar algo…

–Eso está muy claro, Weasley –interrumpió Scorpius y sin verlo, sintió como se arqueó la ceja del mal.

Sí, la sintió. «¿Y qué?», se retó a sí misma a contradecirse con un tono mentalmente desafiante y casi gime de angustia al darse cuenta de lo que había pensado.

Por Circe, definitivamente tenía un problema.

–Se comunica algo –prosiguió pasando de Scorpius, que soltó un bufido de risa–, cuando quieres que se sepa algo. ¿Quieres que conozcamos alguna cosa?

Muchísimas, pero no es el momento.

–¿Y cuando será el momento? –gruñó volviendo a cruzarse de brazos con testarudez.

Cuando estén listos para la verdad. Y eso lo juzgaré yo.

–Eres imposible –suspiró resignada, evitando el sentimiento creciente de estupidez por discutir en vano con una esfera que no sólo debería ser inanimada, sino que ya estaba siendo tratada como a un ser humano normal y corriente.

Se giró hacia Albus en busca de ayuda, pero él escribía frenéticamente sobre un pergamino sacado Merlín sabía de donde. Lo codeó ligeramente y él alzó la cabeza, mirando a la esfera con una mueca de concentración.

–Les dije que era quisquillosa –se encogió de hombros y Rose bufó. Describirla así era ser demasiado condescendiente–. Pero pensemos… miles de personas antes de Malfoy pudieron hallarla, pero lo hizo él; un rompe maldiciones con poca experiencia y arqueólogo aficionado. Sin ofender –añadió sin despegar la vista de la reliquia. Scorpius ni se inmutó–. Como ya dejó bien claro, no actúa al azar sino que tiene un propósito y te eligió. Los eligió –se corrigió volviendo a mirar sus notas–. No tengo claro su objetivo y por supuesto que no nos lo dirá, pero creo que los escogió porque algo vio en ustedes que la motivó a hacerlo; deben tener alguna cualidad o particularidad que llamó su atención –frunció el ceño y sus ojos verdes llamearon cuando los observó directamente–. O tal vez es algo que les falta.

Como por inercia, tres pares de ojos volvieron a posarse sobre la esfera, pero seguía resistiéndose a colaborar.

–¿Qué nos falta? ¿Qué podemos necesitar nosotros de una esfera que nada tiene que ver con nuestra vida o siquiera con nuestra época? –inquirió Rose señalando a la reliquia con una mueca de escepticismo.

Esa, querida Rose, es la pregunta correcta.

Rose y Scorpius se miraron entre sí con idénticas expresiones de asombro y Albus volvió a fruncir el ceño.

–¿Qué? –musitó quedamente al percatarse de la extraña tensión que se había apoderado del ambiente cuando sus acompañantes se vieron con sorpresa y, quizás, reconocimiento.

«Gianlucca», pensó Rose completamente aturdida, recordando el bizarro sueño que había tenido mientras dormía. Sus ojos eran imposiblemente grises y sin poder evitarlo, se estremeció.

Eran iguales a los de…

Sacudió la cabeza despertando del trance y siendo consiente de que era la primera vez que miraba a Scorpius directamente a los ojos desde que se encontraron ese día, acostumbrada como estaba a mirar a cualquier otra parte por la inquietante sensación que le causaban.

Merlín, jamás volvería a mirar a Malfoy a los ojos en lo que le restara de existencia. Si algo había aprendido luego de ese accidente algo-más-que-desafortunado, era que ese acto sólo la podía llevar a una cosa.

Esa cosa siendo la más profunda de las agonías.

–¡¿Qué?! –exclamó Albus irritado porque tal vez habían descubierto algo importante que se escapaba de su entendimiento. Scorpius salió súbitamente de su ensimismamiento y carraspeó sin dejar de mirar los azules ojos de Rose con desconcierto.

–¿Qué es lo que necesitamos de ti? –susurró Malfoy lentamente, haciendo eco a los pensamientos de Rose.

Necesitan ayuda.


Pom, pom, pooooom. xD

Creo que aquí se empieza a notar eso de que la esfera se las trae, pero dejaré que ustedes lo juzguen :) Por otra parte, ya ven que Rose sigue sin soportar a Scorpius, pero él y Albus parecen llevarse bastante bien a costa de nuestra heroína, para su "profunda agonía" jajajajaja

Con respecto a aquel fragmento del principio y aquel extraño encuentro de miradas, sólo diré que deben tener paciencia. Tarde o temprano, se encajaran las piezas de rompecabezas de forma lenta, ya saben… una por una.

Por lo demás… ¿Soy la única que adora a Albus en plan Inefable?

Y algo que no tiene absolutamente nada que ver… ¡He llegado temprano hoy, eh! ¿No merece eso una recompensa? ;)

Hasta pronto chicas. Mis mejores deseos para la semana!

Besos, Clio :)

Viernes, 26 de octubre de 2012

3:09 pm