Disclaimer: Naruto ni ninguno de sus personajes me pertenecen, son obra del gran Masashi Kishimoto.
Advertencias: UA, Un poco de OOC, por el momento nada más.
-Diálogos-
-pensamientos-
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El guardaespaldas
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Capítulo IX.
La caída.
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Mira mira mariposa
Mira mira tu jardín
El sol calienta el revuelo de tus alas
Brillo y vida
Color y delicado batir
Pero la noche gris se acerca
La noche gris está aquí
Mira al cielo mariposa
Mira mira tu jardín
Gotas que golpean tu frágil cuerpecito
Oscuridad que no sabe de colores
La noche no está hecha para ti mariposa
Cierra los ojos
Hora de dormir..
No piensas en la muerte hasta que ésta es inminente, no sabes cuánto te dolería perder a una persona, cuán necesitado estás de su presencia hasta que crees que la pierdes. No sabes de lo que darías por mantenerla en esta vida, de lo que sacrificarías por ella, hasta que los bordes de su existencia se desgastan, hasta que crees que se trata de una alucinación, pronta a desaparecer, pronta desdibujarse por completo. De estas cosas estaba completamente seguro Kakashi Hatake.
Mientras manejaba como un desquiciado sobre la noche lluviosa, terribles y negros pensamientos acosaban su mente. ¿Dónde diablos se había metido? ¿Cómo se estaría sintiendo? ¿La encontraría? ¿Podría apretarla entre sus brazos y suspirar agradecido por encontrarla sana y salva? ¿Estaría triste? ¿Enojada? ¿Estaría bien? ¿Mal? ¿Querría ver a alguien? ¿Lo odiaría? ¿Lo alejaría? ¿Intentaría huir?
Él lo sabía todo, claro que lo sabía, sabía que la muchacha había recibido la noticia que pondría su vida patas para arriba en esa mesa.
En esa mesa en la que había instalado micrófonos apenas ingresó a la casa. Por supuesto que no dejaría que ella se comprometiera de manera alguna con el sobrino del capo del Dragón Rojo, eso no estaba bajo ningún aspecto en revisión.
Sabía también lo que significaba para ella semejante noticia, ella que ansiaba tanto la libertad, ella que creía haberla rosado con la punta de los dedos, era terrible.
Su padre había truncado sus sueños una vez más. Y el peliplata tenía ya otra razón para partirle la cara cuando todo aquello terminase.
Sus superiores le habían dado órdenes explícitas de no intervenir.
No intervenir… él no estaba interviniendo, simplemente daba una vuelta por la ciudad, mirando distraídamente, buscando a la niña que debía proteger a cambio de una paga voluptuosa, estaba cumpliendo su trabajo, simplemente eso..
Ojala pudiera controlar su mirada de demente en esos instantes, solamente quería que ella estuviera bien, que estuviera entera y fuera de esa lluvia torrencial.
Sentía odio, profundo odio, no odio contra ella, por supuesto que no, jamás podría odiarla, aunque varias veces lo había intentado. Era contra sí mismo, por no poder refrenarse ante sus provocaciones, porque su perfume de fresas lo volviera completamente loco, pero por sobre todo, porque sus palabras lo atravesaran como una flecha de punta afilada y certera y aún más que eso, odiaba ver cómo sus propias palabras hacían un doloroso eco en aquellos ojos jade. Pero debía hacerlo, era su maldita obligación, alejarla de él, de sus propios labios, de su mundo lleno de sangre y muerte. ¿Qué podría él ofrecerle? Pertenecían a distintas esferas, la de ella era pura luz, la suya todo tinieblas y dolor.
Se sentía un estúpido pensando aquellas cosas, él nunca fue un hombre que creyera precisamente en el amor, el amor… el amor era para él lo mismo que Dios para mucha gente, era lindo creer que existía y muchos creían sentirlo durante un tiempo, pero a lo larga o a la corta la verdad salía a la luz. No había tal cosa como el amor.
Él sentía pasión, claro, absoluta pasión, no estaba enamorado de la pelirosa, claro que no, eran sólo sus hormonas, su cuerpo que le pedía, su corazón no, su corazón no intervenía, ni saltaba de felicidad con su presencia, ni se congelaba cuando ella estaba fuera de su vista, ni se encogía cuando ella lo miraba con ese odio, ese asco…
- Diablos, a quién quiero engañar- se llevó sus manos a la cabeza, jalando ligeramente de su pelo color plata.
Estaba hecho un marica.
La preocupación estaba haciendo estragos en su cuerpo, había algo ese día en la mirada de la pelirosa que no había visto antes, como si la laguna en sus ojos se hubiera enturbiado, no era simple enojo, no, él reconocía a la perfección ese tipo de miradas en ella, es más, su hobbie personal era provocarlas, hacer que apretara los puños, inflara las mejillas y lo mirara en rojo.
Pero esta era distinta. Esta le asustaba.
Quizás su mente estaba simplemente divagando, si bien siempre había sido un gran observador (por esto era bueno en lo que hacía), la pelirosa rompía todos los patrones. Descifrarla a ella era increíblemente difícil, hacía siempre lo contrario a lo que él esperaba, no era una niña mimada, por supuesto que no, una niñata mimada era lo que debería ser, lo que se esperaba que fuera, pero contra todo pronóstico, ella distaba de serlo.
Recordó los momentos antes, cuando se había reclinado sobre el asiento del Mercedes, con la mejilla aún ardiendo, con la respiración agitada y con la boca y el alma llenas de amargura, cerrando los ojos y suspirando antes de colocarse el auricular en el oído y escuchar la conversación causante de la huida de la muchacha.
Apenas la chica afirmó que se retiraba no pudo ni pensar en seguir al tanto de la conversación, largó el auricular y saltó del auto como si el asiento quemara, gotas de llovizna se pegaron a su pelo de plata.
No lograba comprender cómo se le había escapado de esa manera, cómo a él, quien se jactaba de ser un experto en su trabajo, una pequeña de 17 años podía fugársele ya en dos ocasiones bajo de sus narices.
Retrocedió su mente hasta apenas unos minutos antes.
"Sabía que algo así sucedería, sabía que su padre la cagaría hasta el fondo y rompería las pocas esperanzas en su hija, pero maldición que no lo esperaba tan de golpe, ni siquiera había preparado el maldito terreno.
¿No podía al menos haberle tirado la noticia de a cuentagotas? ¿No podía haberse detenido sobre sus sentimientos al menos en una ocasión?
Maldiciónmaldiciónmaldición
Subió las escaleras esperando alcanzarla antes de que llegara a su dormitorio, no lo dejaría encerrarse, de ninguna manera, quería abrazarla y decirle que todo saldría bien, que no dejaría que ese enfermo de sangre mafiosa se acercara a su perímetro, claro que no.
No le importaba si lo odiaba, si quisiera golpearlo otra vez.
La dejaría, dejaría que sus pequeños puños se estrellaran en su cuerpo cuantas veces quisiera si eso lograba sacar su furia, si eso lograba desahogarla, él estaría satisfecho.
Buscó con la mirada por el pasillo y le sorprendió no encontrar ni rastros de ella. Volvió a la escalera y vio las grandes puertas de la entrada abiertas de par en par, él no las había dejado así.
- Sakura
Maldijo quinientas veces más mientras bajaba las escaleras a trompicones, escuchó claramente que alguien derrapaba fuera de la mansión.
"Oh no, no no no no no, tiene que estarme jodiendo"
- Señor Hatake, ¿Qué sucede?- el viejo mayordomo se acercaba a toda velocidad, sorprendido por la mirada desquiciada del guardaespaldas.
Kakashi lo ignoró abiertamente y corrió como alma que lleva el diablo hasta el camino pedregoso de la entrada.
-¡SAKURA!- le gritó alterado al Mercedes que veía alejarse con maniobras violentas fuera de la mansión.
El corazón le bombeaba tan fuerte que parecía lo tosería en cualquier momento. El cerebro el maquinaba a una velocidad imposible.
"Voy a matarla, voy a matarla, juro que voy a matarla"
- Albert, necesito las llaves de algún coche del señor- se le acercó al anciano con la mirada ensombrecida y frenética.
- ¿Y qué sucedió con su auto? ¿Dónde está la señorita?, la escuché salir…
Hinata apareció corriendo, con la cara llena de miedo, de preocupación.
- Kakashi-san, Sakura…- la pequeña muchacha temblaba, nunca había visto así a su amiga- Huyó, no se a dónde se dirigió, tenía una mirada extraña, Kakashi-san..- la voz insegura puso al peligris más nervioso, si es que eso era posible. Colocó una mano en la cabeza de la pequeña, intentando tranquilizarla e intentando respirar con normalidad. Fallando en las dos intenciones.
- Iré tras ella, la traeré a la rastra, no te preocupes Hinata- Miró al mayordomo - Albert, la llaves- El viejo no pensaba hacer enojar aún más a ese intimidante hombre, así que corrió hasta una mesita en el recibidor, abrió un cajoncito y retiró una de las tres llaves plateadas que allí había.
- Aquí tiene, es de la Hilux gris, por favor señor Hatake- se la entregó- tráigala sana y salva… - el viejo había comprendido, la muchacha finalmente había estallado, él había escuchado los rumores de un posible compromiso, los criados siempre estaban al tanto de cada movimiento en cualquier casa que trabajasen, era una regla, y ante esta situación la pequeña había reaccionado, finalmente, luego de tantos años, él había esperado con nervios ese día, esa niña era la única razón por la que todavía no se había tomado el retiro y trabajaba en esa casa cada día, hasta que la pequeña reaccionara e impusiera su voluntad, y al parecer ese día había llegado, sabía que tarde o temprano sucedería pero no sabía de qué manera sería, y esto le preocupaba enormemente.
Mientras el peliplata corría hacia la cochera se percató de que la lluvia arreciaba con mayor fuerza y el viento frío comenzaba a ser una molestia.
Divisó rápidamente la camioneta gris, insultando mentalmente al viejo por no darle las llaves del rápido y pequeño Audi que estaba junto a la bestia.
No importaba, este sería mejor en la lluvia.
Se montó al carro y piso a fondo el acelerador, un relámpago atravesó la noche al momento que él traspasaba las rejas, conduciendo como un kamikaze. Aunque sabía que con el camino mojado no era la mejor opción pero no podía, literalmente, hacer otra cosa, no podía disminuir la velocidad, era algo casi físico."
Y allí estaba, tenía una maldito mal presentimiento, una corazonada que le llenaba la boca de pura amargura, un nudo en el estómago que le recordó aquella vez, aquella hacía tanto tiempo en que vió a su padre por última vez, antes de tener que cerrarle él mismo los ojos para siempre.
Sacudió su cabeza, no era momento para esos recuerdos.
Estaba terriblemente preocupado, la lluvia, el viento, las calles mojadas y la velocidad no eran la mejor combinación, sobre todo para alguien que apenas comenzaba a manejar.
Se pateó mentalmente por enésima vez, no debería haberle enseñado a conducir, ¿Dónde diablos había tenido la cabeza? sabía donde, enfocada en prolongar indefinidamente esa apabullante sonrisa.
Maldita sonrisa, maldita niña infernal.
La lluvia apenas lo dejaba ver, ¿para dónde se había dirigido?
¿Dónde podría estar?
Ya había manejado hasta la casa del Uzumaki y había telefoneado a Ino y Ten ten, hasta pensaba hacerlo también a lo del muchacho engreído de pelo negro, el Uchiha, cuando entre la maraña de sus pensamientos vino un momento que le iluminó el camino..
La pelirosa y un atardecer
Olor a fresa y calidez
Él la había encontrado allí alguna vez, parecía ser un lugar especial para ella..
Giró violentamente en dirección al puente de Tokio.
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Un auto negro, de vidrios polarizados avanzaba por las calles poco transitadas de Tokio.
Un hombre joven y un adulto miraban cada uno por su ventana, observando cómo la lluvia arrasaba con todo a su paso.
- Mi futura esposa no lucía demasiado contenta ¿Verdad?- Una sonrisa sarcástica del joven, sus ojos brillaron con malicia.
- Debes dejarla madurar, al principio será una yegua rebelde, pero con el tiempo se acostumbrará- El hombre de cabello gris tenía el ceño fruncido, no quería más desastres en el negocio. El servicio secreto le estaba pisando los talones.
- Yo me encargaré de domarla tío- sonrió más ampliamente- será divertido.
- No la quiero muerta ¿Entiendes eso? Haruno tiene poder, es un maldito miserable pero ya nos hicimos a un miembro de su puta familia, cuida tu temperamento, no quiero que me jodan más por tu genio infernal.
- Un error lo comete cualquiera tío… unos pares de errores. De todos modos ella es demasiado bonita como para tirarla al río como las otras. Sería una pérdida lamentable.
- Intenta no volverla demasiado loca tampoco. Tu padre hizo eso con tu madre, luego se te vuelven en contra y tratan de acuchillarte mientras duermes. Son peligrosas
- No era necesario que toques ese tema- Lo miró con odio. La imbécil de su madre se había ganado su tiro en la cien.
- Solo te lo recuerdo, las mujeres son astutas e impredecibles. Debes saber controlarlas, te descuidas y ¡Zaz! Te cortan el pescuezo.
Los dos rieron por lo bajo, sin apartar las miradas de las ventanillas.
Parecía que el cielo se venía abajo esa noche.
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Puedes escapar de todo lo que te rodea, puedes correr y escapar de la gente, de las deudas, de los compromisos, pero no puedes escapar del dolor interior, no puedes escapar de la sensación de pérdida, no puedes recuperar los años perdidos y no puedes vivir como si tu mundo si viniera abajo en cualquier momento.
No podrás sostener el cielo de cemento durante mucho tiempo sola, no cuando todo se está cayendo y ya no tienes fuerzas.
Y ella finalmente se había rendido
Ya no había sonrisas para complacer y podía sentir cómo sus fuerzas finalmente la abandonaban
¿Qué le quedaba? ¿Qué había logrado?
Tanto esfuerzo, tanto tiempo. Nada, no tenía nada, para su padre solo era otro peón, una pieza fácilmente intercambiable, una pieza que no le costaba sacrificar, que no le interesaba.
Tanto tiempo.
¿Cuánto se había permitido soñar?
¿Cómo no lo había entendido desde un principio?
Ella no estaba destinada a ser feliz. La muerte llegó a su familia con su madre, su madre, la pieza angular de su existencia, de la de su padre, el amor de su familia, el corazón había muerto con ella. Ella ya no tenía derecho, ella misma había acabado con el corazón.
Por su culpa, todo era su culpa.
Sonrió tristemente, agotada pero resuelta. Enfebrecida y con el mundo cayendo a sus pies, sobre sus hombros, llevándola consigo.
Y ella caería con todo.
Caería con sus sueños, con su deseo de libertad, con su anhelo de una vida feliz, con el alma hecha trizas.
El viento le quemaba la piel, las gotas le consumían los huesos, y ella caería.
Caer.
Tan sencillo, un paso, eso es todo.
La fragilidad humana estaba de su lado. Para acabar con todo. Morir era fácil. Vivir era un condenado infierno.
Un paso, solo eso.
Un paso.
Una sonrisa.
Caer.
….
Frenó tan abruptamente que de no haber sido por el cinturón de seguridad, su cuerpo habría sido despedido por el parabrisas.
La imagen a través del manto de lluvia hizo que todo su cuerpo se tensara, preso del pánico.
La figura de una mujer subida en la barandilla.
Una mujer con el cabello rosa.
Demasiado cerca del borde.
Demasiado cerca.
¿Qué demonios estaba haciendo?
El corazón le dio un vuelco y sin siquiera pensarlo se lanzó a su figura.
La vio dar el paso decisivo y la adrenalina lo empujó como una bala, su expresión surcada por una mueca de horror y aterrorizante miedo.
- ¡NO!
Falló al escapársele la tela del vestido de sus dedos, que se desviaron automáticamente tomándole con fuerza, la mano que había quedado rezagada al cuerpo.
- ¡Sujétate! ¡Maldición sujétate!- gritó enfadado.
La pelirosa colgaba desde el majestuoso puente de Tokio, sus pequeños pies se balanceaban, la lluvia empapaba su rostro y el de la persona que la sostenía a la vida. Miró hacia abajo sin reaccionar y luego la mano que sostenía con fuerza la suya.
¿Por qué seguía allí?
¿Quién era él?
¿Quién era ella?
Que importaba.
- ¡Con un demonio Sakura! ¡Tu otra mano! ¡Dame tu otra mano!
Kakashi podía comenzar a sentir con pánico cómo los dedos de la chica comenzaban a resbalársele entre sus dedos.
La pelirosa lo miró inexpresivamente y el alma se le cayó a sus pies.
Su rostro era de porcelana fría, una muñeca rota, los ojos sin brillo, la mirada fija, perdida, muerta.
Era como si la vida se le hubiese escapado, como si se tratara de un cascarón vacío, como si realmente ella ya hubiese caído.
El miedo que le produjo esa visión nubló por completo sus sentidos, eso no podía ser. ¿Quén era ella? ¿De quién era ese rostro vacío? ¿Cómo la había dejado llegar a ese punto? ¿Cómo no lo había visto venir?
- ¡No Sakura! ¡Por favor! Por favor no me hagas esto, Sakura- con una frialdad escalofriante le pelirosa habló, sin mirarlo realmente.
- Lo siento Kakashi, ya encontrarás otro trabajo.
Atónito.
No podía creer lo que estaba diciendo.
No podía creer lo que estaba pasando.
Debía ser una horrible pesadilla, debía ser una ilusión, debía ser el cansancio, debía ser todo menos la realidad.
No podía ser la realidad.
Kami no, kami-sama no, no, no es posible, no. Por favor, no.
El dedo pulgar de la unión mojada de sus manos se le escapó, la muchacha ni siquiera tenía intención de aferrarse a su mano.
La oscuridad rugía debajo, como un león hambriento esperando el trozo de carne, la muerte esperando una vida.
- ¡No te atrevas! ¡No te dejaré! ¡No te perderé! ¡No a ti también! ¡No lo haré!- le gritó alterado, la voz quemándole la garganta, la desesperación volviéndolo loco- ¡¿Lo escuchas? ¡Dame tu maldita mano, ahora!- La respiración agitada, el cuerpo temblándole, el miedo hirviendo sus entrañas-.¡No! ¡Sakura! ¡Ahora!
La combinación de la voz aterrada, quebrada por la emoción y la mirada desesperada del peliplata hicieron mella en la conciencia de la muchacha y despertándose de su estado de apatía dirigió su miraba hacia abajo, a la noche líquida que se agitaba varios metros bajo sus pies.
¿Quién era ella?
Sakura Haruno
¿Quién era él?
Kakashi Hatake
¿Por qué seguía ahí?
Él la sostenía, él no la dejaba caer.
No quería morir, no quería hacerlo. ¿Por qué había saltado? ¿Por qué estaba haciendo eso? ¿Quién era?
El dolor, recordaba el dolor.
¿Y esa mano estrechando la suya?
Eso no dolía, dolía todo menos aquello.
Extendió rápidamente la mano que el peliplata esperaba como una trampa a su presa.
- Te tengo
Con todas sus fuerzas tiró hacia atrás hasta sacarla del peligro y aún más hasta que ambos cayeron al suelo, los brazos del peliplata envueltos como una jaula alrededor del cuerpo frío y tembloroso de ella.
Estaba enfadado, terriblemente enfadado, no, enfadado se quedaba corto, iracundo como nunca en toda su vida había estado, sus manos temblaban, ¿Qué carajo creía que estaba haciendo? ¿Qué demonios pasaba por esa estúpida cabeza?
Maldición Sakura, maldición. ¿Quieres matarme? ¿Eso quieres hacer? Mátame entonces, mátame pero no te dañes. Mierda, no lo hagas ¿Qué hacías? No puedes, no te dejaré, nunca, nunca.
Pero cualquier pensamiento furioso, todas las ganas de ahorcarla con sus propias manos, toda la adrenalina que corrían por sus venas como un río a punto de desembocar por una cascada se desvanecieron de su cuerpo cuando la escuchó sollozar sobre su pecho.
Lloraba tan amargamente. Tan dolorosamente.
Nunca la había oído llorar, la había visto derramar un par de lágrimas, pero no de esa manera desgarradora. Era el sonido más triste del mundo. Sentía en su pecho que miles de agujas restregaban su corazón.
No quería oírlo más, no podía soportarlo.
Creía poder palpar todo el dolor que esa pequeña muchacha cargaba. La pena que destilaba su llanto era tan pesada, tan perceptible que sentía que su propio cuerpo se hundía con ella.
Se hundía en un mar de soledad y dolor, en un mar que conocía bien, se ahogaba junto a ella, en las aguas del desasosiego.
Y el miedo lo asaltó, el miedo hizo jirones su furia, el miedo a perderla, a no poder hacer nada con su sufrimiento.
- Sakura- susurró, con dolor.
"Kami, ¿Cuánto tiempo estuviste guardando esto?"
Ella no lo merece. Ella es tan pequeña. Ella no debería pasar por esto.
¿Por qué Kami-sama? ¿Por qué?
Instantáneamente se aferró a ella más suavemente, apretando sus fuertes brazos alrededor de su frágil cuerpo, mojado, frío y desmadejado. Intentando darle calor, intentando hacerle saber que él estaba allí, deseaba poder refugiarla dentro de su cuerpo y que su corazón sanara el suyo. Pero su corazón estaba seco, ¿A quién podría sanar él cuando él mismo necesitaba ser sanado?
Pero no le importaba, solo quería arreglarla, estaba tan rota… ¿cómo no había notado todo esto antes? Esto no era solo por la última noticia, eso era más profundo, más antiguo y mil veces más doloroso.
No sabía qué hacer, no sabía cómo hacerlo, se sentía como un niño allí, entre la necesidad de consolar y ser consolado.
Incorporándose un poco y balanceando su cuerpo de adelante hacia atrás, la dejó llorar. La dejó descargar todo ese pesar que había cargado por tanto tiempo, la mantuvo firme contra su pecho pero no intentó tranquilizarla. No intentó callar su llanto aunque se sentía un maldito desgraciado al oírle.
Ella no necesitaba tranquilizarse, ella necesitaba sacar la amargura, pero lo haría entre sus brazos. Segura entre sus brazos.
La lluvia descargaba su furia sobre ellos, amortiguando un poco la voz casi agonizante de la pelirosa.
Estuvo tan cerca de perderla, tan irrealmente cerca. Si él no hubiese llegado en el segundo justo, si ella no hubiese decidido a último momento tomarte la mano… tan cerca.
Agradeció al cielo por permitirle retenerla en esta vida, ¿Qué habría hecho si…? No quería pensar en eso, el vacío que apenas esa suposición le hacía sentir lo sorprendía completamente.
En ese momento, allí sobre el puente de Tokio, Kakashi Hatake se dio cuenta que su propia vida ya no le pertenecía, que alguien se la haba arrebatado sin siquiera darse cuenta, y que aquella persona estaba ahora mismo entre sus brazos. Temblando de frío y llanto.
En ese momento, la necesidad imperiosa de hacer a esa persona menos desgraciada, de intentar hacerla feliz lo dominó con tanta intensidad que apenas pudo contener el gemido abriéndose en su pecho, resquebrajándolo poco a poco.
¿Cómo, él, de entre todas las personas sanas en ese mundo sería capaz de hacer feliz a una persona tan resplandeciente como Sakura? ¿Cómo él, que vivía día a día con un peso que apenas podía convivir, lograría ayudarla a llevar su carga?
Él también estaba roto, pero lo estaba hacía tanto tiempo que había aprendido a vivir con esa abertura, con ese agujero en medio del pecho, ese vacío que tragaba todas sus esperanzas, toda la ilusión de llevar una vida en la luz.
¿Cómo Sakura? ¿Cómo? Mi vida está llena de muerte, ¿cómo llenar de vida la tuya?
Pero quería hacerlo, necesitaba hacerlo. Necesitaba salvarla, y quizás, en el camino, lograr salvarse él también.
Ella quería hacerse daño, ella había estado a solo un paso ¿Cómo hacerle retroceder? ¿Cómo sacarla a flote? ¿Cómo llenar de aire sus pulmones?
Tan podrido, tan enfermo. Dime Sakura, ¿Puedo ayudarte? Déjame hacerlo, déjame intentarlo al menos. No me apartes, no me odies, no soy digno, no lo soy, puedo intentarlo, puedo darte mis fuerzas, mi sangre. ¿Quieres destruir algo? Destrúyeme a mí, no lo hagas contigo. No lo hagas. No lo mereces.
Estás tan fría, tan rota y fría.
La tomó delicadamente en brazos, con el rostro de ella escondido en su pecho, empapado por la lluvia y las lágrimas. Sintió un poco de aire en sus pulmones cuando ella comenzó a calmarse y a llorar silenciosamente. La llevó hasta la camioneta, sentándose en la parte trasera sin decir una sola palabra y sin apartarse un centímetro de ella. La acomodó y dejó que enterrara su cabeza en su cuello y apretara con sus manitas su camisa mojada.
Esperaba que el ambiente del vehículo la reconfortara un poco. Acarició sus brazos en un vano intento de hacerla entrar en calor.
Acarició su cabello con ternura, y acercó su rostro. El olor de fresas mezclado con el olor de la lluvia lo desarmó por completo.
Tan cerca, tan cerca. ¿Qué haría..? No puedo pensarlo, no puedo.
Cerró los ojos, los minutos comenzaron a pasar, cinco, diez, quince, veinte, treinta, cuarenta, ¿cuánto tiempo estuvo allí? No lo recordaba, no le importaba. Ella no lloraba, eso era lo que importaba. Ella respiraba de forma acompasada en su pecho. Sus manos aún sostenían su camisa, de forma débil pero allí estaban, como una niña que no se desprende de su manta preferida en una noche de tormenta.
¿Soy tu manta Sakura? Déjame serlo ¿Tienes miedo? No me sueltes, te protegeré. ¿Te sientes triste? Llora sobre mí ¿Ira? Golpéame ¿Odio? Arráncame los ojos. ¿Inseguridad? Sujétate de mí ¿Quieres caer? Cae sobre mí.
Pero no desaparezcas, no lo pienses, no lo desees, no lo imagines.
Abrió los ojos y la vio con las facciones relajadas, una nueva oleada de oxígeno llenó su cuerpo.
¿Tienes sueño? Duerme sobre mi, descansa. Descansa Sakura, estás tan cansada ¿verdad? ¿Cuánto tiempo estuviste luchando? ¿Cuánto sacrificaste? Eres tan pequeña. Descansa. Deja de pelear, los niños no deben pelear ¿Eres una niña Sakura? ¿Cuándo te colocaste tus guantes? ¿Por qué lo haces? Descansa un momento, déjame pelear por ti. Déjame pelear tus batallas ¿Lo harás Sakura? ¿Me dejarás entrar? ¿Descansarás mientras lo hago? Lo haré cuanto quieras, cuanto necesites. Déjame hacerlo, es muy poco, muy poco, no lo mereces, pero déjame.
¿Me escuchas Sakura? No lo puedo decir, por favor escúchame.
Descansa. Yo pelearé. Tu descansa.
...
N/A
¿Me extrañaron? Yo se que si. ¿Cortito? Lo se ¿Demasiado drama? Cambien de canal. No les voy a anticipar nada del próximo capítulo, lloren y agonicen mientras tanto.
Debería estar preparando una materia, miren cómo me distraen. Malas, malas. Y mala yo por tardar tanto en actualizar. Pura crueldad la mía.
Gracias por los comentarios y a las que aún siguen esta historia, SON LAS SANTAS PATRONAS DE LA PACIENCIA. Yo me habría buscado y me habría dado de patadas hasta sacarme hematomas, realmente.
No se murió ¿Vieron? No podía dejar que se mate chicas, todavía falta lo mejor. Pobrecita Sakura, y mi Kakashi todo oscurito y lastimado por el pasado. ¿Quieren que sean felices? Un review lo arregla todo.
Un abrazo desde mi mundo de la vaguedad. Estudien y sean responsables, no como yo.
