Nota: en este capítulo me he tomado la libertad de cambiar ligeramente la escena de la cárcel y también la del juicio, la cual personalmente, encontré poco íntima para lo que allí se hablaba. Es por ello que he tratado de corregirla.
Pecados del pasado
Los días se sucedían, también las victorias de la Inquisición e igualmente, la intimidad entre ellos dos.
En las últimas semanas, la conciencia le martirizaba y cuando no era esta, se trataba del deseo que lo consumía.
Las cosas tomaron otro cariz cuando le llegó la noticia de que se había dictado sentencia de ejecución contra Mornay, uno de los hombres que habían estado presentes en la matanza de Callier. Una vez más, el hombre que fue, las consecuencias de sus acciones, volvían a hacer acto de presencia.
Comprendía que debía hacer algo, otros muchos de sus soldados habían sido ejecutados por ese crimen. Era hora de que los decesos concluyesen. Por lo que sabía, quedaban ya pocos. Imperaba que se entregase para salvarlos y al fin pagase por sus pecados del pasado. No tendría oportunidad mejor.
¿Cómo se lo diría a la inquisidora? Tan pronto como se formuló la pregunta halló la respuesta: nunca. Desaparecería sin dejar rastro por el bien de todos.
La pena le abrumaba pero nadie debía notarlo, bastaba con que cualquiera, Varric o Cole, verbigracia, se percatase de algo anómalo para que la Heraldo lo supiese.
Para su huida no podía llevar una montura, no robaría ninguna posesión a la Inquisición. Tenía que caminar hasta Val Royeaux evitando los campamentos que habían montado y en cuantas menos poblaciones se internase, mejor. Le llevó unos días trazar el trayecto que seguiría. Lo más complicado fue sustraer las provisiones que necesitaría. Hubo de hacerlo poco a poco, para que no fuese muy notorio.
La última noche, pidió a la inquisidora que le acompañase a la taberna, quería que pasasen juntos las horas previas a su marcha. Su plan consistía en hablar con ella para llevarse su voz seductora grabada en la memoria. Luego la acompañaría hasta la puerta de sus aposentos, donde le daría unos besos. Tras degustar el húmedo mullido de sus labios estaría preparado para conquistar el mundo. Con un último abrazo partiría sin mirar atrás, liberándola de la infamia.
Pero ella también tenía sus propios proyectos en mente, algo que comprobó cuando al salir de la tasca lo tomó de la mano dirigiéndolo al pajar donde él dormía.
Ella sabía que él ocultaba algo, no le hizo falta ahondar en su tristeza, podían leerse las miradas. Además, respetaba demasiado las parcelas privadas de su intimidad, esas en las que no permitía a nadie entrar, como para asaltarlas por la fuerza, lo suyo era el asedio paciente hasta la rendición.
Cuando trató de arrastrarlo con ella hacia el heno, protestó débilmente, no estaba seguro de hallarse preparado para ello.
La Heraldo supo exactamente qué decir para aportarle seguridad, el deseo hizo lo demás.
Sucumbieron a la pasión, al principio con cautela, pues la vergüenza de mostrarse desnudos el uno al otro por vez primera pesaba, en cuanto esta prueba fue superada, la avidez hizo acto de presencia y ardió el fuego.
Ya exánimes, saciada reiteradamente la inmensa sed que les había deshidratado, la cobijó entre sus brazos, notando la calidez que su cuerpo desprendía; ella luchaba por mantener los ojos abiertos, pero el cansancio la venció. Continuó pegado a ella aun cuando su respiración se volvió rítmica, indicando la profundidad del sueño que la absorbía.
Le costó dejarla, mas era necesario que desapareciese de su vida, mientras todavía le consideraba un hombre bueno.
Había sido mágico sentirse respetado, querido, no obstante, iba siendo hora de abandonar tal quimera, deseaba que ella jamás descubriese quién realmente era, empañando así, una de las cosas más bellas que la vida le había otorgado.
Tras vestirse la contempló desnuda, sobre la paja, la tapó con una manta y se arrodilló ante ella, dedicándole unas palabras que jamás sabría fueron pronunciadas.
─Ojalá que conozcáis a una persona más buena, alguien digno de vos. Que pueda daros lo que yo no pude.
Depositó una caricia en su frente, con sutileza, cuidando de no despertarla y luego, su sombra se fundió con la noche.
Iba camino al patíbulo y, a pesar de que enfrentarse a la muerte no era plato de su gusto, lo había aceptado y, por primera vez en mucho tiempo, se sentía orgulloso de la decisión tomada. Miró al cielo, la luna comenzaba a perder nitidez, en una o dos horas ella despertaría y se le partiría el corazón. Una punzada le atravesó el pecho. A él también le dolía, pero sabía que el dolor sería pasajero, al menos para ella, hasta que consiguiera olvidarlo. Él por su parte, moriría queriéndola.
Lo más desasosegante de aquellos días eran los pasos a sus espaldas o cascos de caballos acercándose que escuchaba de vez en cuando. Se agachaba entre árboles, detrás de rocas y arbustos, creyendo que algún miembro de la Inquisición le encontraría. Tenía la certeza de que la inquisidora pediría al Ruiseñor que le buscase. Y aunque no había dejado nada al azar, con la hermana Leliana uno nunca sabía qué esperar. Era capaz de hallar una aguja en un pajar si se lo propusiese.
Llegó a Val Royeaux cansado, algo secundario sin duda, teniendo en cuenta que se encontraba a punto de ganar el descanso eterno, así que ni se preocupó de la fatiga.
Se dirigió directamente a la plaza, donde el populacho ya se había congregado para visualizar el ahorcamiento. Trató de hablar con un guardia, pidiéndole que le dejasen tratar con su superior sobre el crimen por el que se dictaba sentencia. Fue ignorado y le obligaron a aguardar. Decidió probar suerte en la prisión, pero para cuando llegó allí, encontró las puertas cerradas. Un transeúnte le informó de que algunos soldados acababan de abandonar el lugar dirección al ajusticiamiento. Regresó allí de nuevo.
Divisó a Mornay custodiado, sus manos atadas. Él que iniciaba peleas cuando alguien que no le gustaba le tocaba el hombro. Ironías de la vida.
La sentencia se leía para todos los presentes. Se abrió paso entre la muchedumbre, pensando en ella para no flaquear.
Entonces escuchó que lo llamaban, ella lo llamaba. Lo achacó a las ganas que tenía de verla otra vez, pero por inercia volvió la cabeza y la vio. Lo miraba desde el fondo. Lo había encontrado. Cerró los puños con fuerza, mentalmente maldijo a Leliana y su instinto de sabueso, también a él mismo por su descuido, fuese cual fuese el que hubiese cometido.
Pero bastaba de lamentos, no era el momento ni el lugar, tan sólo había cabida para la verdad, para despojarse de su máscara, aunque al final, ésta se hubiese mimetizado con su propia piel, convirtiéndose en su auténtica faz.
Así pues, se mantuvo firme, como un mástil al que había golpeado violentamente el viento, cuya bandera ondeaba hecha jirones tras la tempestad. Sumiso se dejó poner los grilletes. No quiso volver a mirarla, temiendo la decepción ya pintada en su cara.
Camino a la prisión, rezó a Andraste, pidiéndole que ella regresase a Feudo Celestial sin interferir. Creyó haber sido escuchado cuando el que le visitó fue el comandante Cullen. Le refirió que su voluntad era cumplir condena, sin intervención de la Inquisición, también le pidió, a título personal, a pesar de conocer que no lo tenía en muy alta estima, que no volviesen junto a él y que ignorasen su existencia.
Pero Ser Rutherford no cumplió con lo que habían tratado. La inquisidora apareció unas horas más tarde. Al contemplarla, la furia le poseyó. Ella no debería estar allí. El plan consistía en desaparecer para siempre.
Cabizbajo le relató quién era, a pesar de hallarse seguro de que antes de visitarlo ella ya se había informado. Pero debía saberlo de sus propios labios. Trató de contestar a sus preguntas, pero los nervios lo traicionaron al abordar el asesinato del general y su familia. ¿Por qué ella se empeñaba en preguntar los motivos? Era bien sabido por todos que se debió al oro, al maldito y fútil oro.
Se levantó de su camastro, la observó un fugaz instante y luego desvió la mirada. Bajó la cabeza, se acercó a los barrotes y los asió con fuerza, iracundo.
Le habría gustado gritar como un poseso para obligarla a irse de allí y que lo olvidase. Sus pies se distanciaron de él, había conseguido asustarla, pero no abandonó los interrogantes.
Tras haber saciado su curiosidad, la escuchó desplazarse. Luego el silencio. Por un momento lamentó que no le hubiese dedicado un adiós, pero quién era él para aguardar nada de alguien a quien había engañado con alevosía.
Continuó en la misma posición, melancólico, abatido, asustado, enfadado. Y entonces notó la mano de ella sobre la suya, levantó la vista y la vio acuclillada frente a frente. Su mirada, siempre cálida y acariciadora, no había cambiado. Su tacto, igual que otrora su risa, calmaba sus heridas del alma.
Se había alejado para pensar, como siempre hacía, debería haberlo sospechado, mas inmerso como se hallaba en sus propias miserias, unido a lo silenciosa que ella había sido, no fue capaz.
─Recuerdo que no me sentía cómoda siendo nombrada la Heraldo de Andraste. Vos me dijisteis que eso era en lo que me había convertido, me gustase o no y que, la persona que una vez fui había desaparecido, debía pues dejar las dudas y ser la Heraldo. Así mismo yo os digo que ese es quien erais antes. Un capitán que se perdió en el tiempo. El hombre que yo conozco, llámese Thom Rainier o Blackwall, es un caballero de honor. Vuestra condena es y será vivir con la carga de lo que hicisteis, creyendo que jamás podréis redimiros, sin saber que un día, la corrupción y el pecado, se unieron para forjar a una buena persona, inquebrantable y con valores.
Se hizo el silencio y ella se fue, esta vez de verdad.
Supo entonces que no lo dejaría cumplir el castigo que se merecía, que se las ingeniaría para llevarlo de nuevo a la Inquisición y juzgarlo allí. Jamás se había sentido como ahora, cuando ingresó en el calabozo lo hizo suponiendo que la había perdido, a pesar de que él seguía adorándola. Se hallaba devastado porque ella había visto a Rainier, mas ahora le confundía, asignándole unos atributos y una nobleza que a todas luces no creía merecer.
Tenía razón, fue llevado a Feudo Celestial para ser sentenciado. Cuando llegó frente a ella, encadenado, le recriminó que se hubiese dejado corromper por salvar a un hombre indigno. Ella le dejó expresarse. Luego, tras un largo silencio, cuando ya los murmullos de los presentes comenzaron a ser audibles, habló.
─Thom Rainier, la Inquisición condena el crimen del que se os acusa ─, se había levantado de su silla y caminaba despacio de un lado a otro para que, la multitud allí congregada le escuchase. ─No obstante, no podemos olvidar que os unisteis altruistamente a la Inquisición para ayudar cuando el caos reinaba. Son muchos los presentes que hoy se han allegado hasta aquí, a los cuales ayudasteis durante los años que fingisteis ser el guardia gris Blackwall. Es así por tanto, que concluimos que al ponerlas en una balanza, las vidas que salvasteis pesan más que las que segasteis. Por ello, este tribunal os concede la libertad, para que como el hombre que sois reparéis el mal que un día causasteis. Damos por tanto, una vez dictada sentencia, concluida esta sesión.
Y así fue como volvió a recuperar su libertad. Los soldados que lo custodiaban lo condujeron fuera de allí. Antes de girarse, la distinguió a ella, camino del despacho de Josephine, o quizás de la mesa de guerra.
Horas después la aguardó en el pasillo que llevaba a sus aposentos. Se cansó de esperar. Cuando al fin apareció, la llamó. Ella se sobresaltó, pronto recuperó el sosiego. Antes de concederle tiempo a hablar, se postró ante ella y se abrazó a sus piernas.
─Os he mentido acerca de quién era, pero nunca de lo que he sentido. Ya no importa quién fuera o qué va a ser de mí, ahora sólo soy un hombre con el corazón al desnudo. Estoy en vuestras manos.
Percibió una sutil caricia en la mejilla, su tacto destilaba cariño y comprensión. Supo que ella le perdonaba y se dio cuenta de que no era simplemente amor lo que sentía por aquella mujer, sino también una ferviente veneración que se extinguiría tan sólo con el infinito.
